Contrario a lo que pensó, esa noche durmió de maravilla; probablemente se debió a la sensación de seguridad que la mansión le infundía aunada al cansancio de las heridas, así como la alegría de saberse entre quienes lo querían. Antes de levantarse probó una meditación: cerró sus ojos e imaginó su cuerpo suspendido en el espacio; intentó visualizarlo todo, desde sus órganos vitales hasta la fibra más rebelde de su cabello. Sintió sus heridas y sus cicatrices, repasó cada lesión de batallas pasadas para, finalmente, concentrarse en la que más ansiaba curar. En su mente aparecieron cada músculo, tendón, ligamento y hueso que conformaban su destrozada mano, además de sus nervios desconectados de toda función. Elevó su cosmos ligeramente y lo dirigió hacia el dedo meñique.

"Muévete"

Su dedo crujió provocando un latigazo de dolor que se expandió por toda su mano, sin embargo, permanecía inmóvil. Ignoró el dolor para concentrarse en las fisuras de la falange más pequeña e imaginó que, con movimientos suaves, los huesos se iban acercando...

"Muévete"

Fue leve. Apenas un ligero temblor. Su dedo respondió, se quedó unos segundos levantado y lentamente volvió a su posición inicial. No pudo reprimir una amplia sonrisa que se le dibujó en los labios y casi suelta una carcajada de alivio; con práctica y tiempo podría lograrlo. Para esa mañana había sido suficiente.

Se levantó de la cama para salir de la habitación, sin siquiera mirarse en el espejo. El pasillo de habitaciones de la mansión Kido se encontraba en la parte trasera del edificio y ocupaba casi toda la planta alta de la casa, por lo que había tres baños (uno al inicio, otro a la mitad y otro al final) para que el servicio no se saturara cuando la familia albergaba muchos huéspedes. El cuarto de Ikki era uno de los últimos, cerca de Shiryu y Hyoga, pues ninguno solía quedarse en la mansión a menudo.

Al pasar cerca de uno de los sanitarios, le pareció escuchar arcadas del otro lado de la puerta y lo primero que pensó fue que Shun tenía otro de sus ataque de vómito (expulsión de Hades), así que irrumpió en el baño sin tocar ni siquiera.

Ella estaba arrodillada frente al inodoro con su largo cabello negro atado detrás de su cabeza en una coleta. Usaba un camisón color lavanda que le llegaba hasta los tobillos y sobre éste una bata azul marino que le recordó a su armadura; su abdomen se contraía en espasmos mientras tosía y lloraba. Se sintió avergonzado pero no salió de la habitación, sino que cerró la puerta tras de sí.

Pandora se incorporó lentamente, resoplando y con una mano sobre la boca. Su piel lucía un enfermizo color amarillo que contrastaba con el rojo de sus ojos. Cuando Ikki se dio cuenta de que quería levantarse, la abrazó por la cintura para poder sostenerla; con pasos pequeños llegaron hasta el lavabo dónde ella se enjuagó la cara y la boca. Respiró hondo unos minutos mientras Ikki seguía atentamente con la mirada las gotas de agua que resbalaban desde su mentón hasta su garganta.

Finalmente, la joven se recargó en la pared y dejó que su cuerpo resbalara hasta quedar sentada; Ikki hizo lo mismo.

- Lo siento.

- No. Yo lo siento. Pensé que eras mi hermano.

Pandora abrió sus ojos tornasol y lo miró unos segundos. Después soltó un largo suspiro.

- ¿Te sientes mejor?

- Sí, gracias. Es sólo que aún no me acostumbro a comer ¿sabes? Allá sólo comía frutas; intenté con la cena de ayer pero creo que aún es muy pronto...

- Entiendo.

El silencio se instaló entre ellos como un velo ligero. Pandora miraba de reojo los mechones despeinados que caían por la frente de Ikki, siguió la línea que delineaba su mentón fuerte y se detuvo un momento en sus clavículas. Cuando las miradas de ambos se encontraron, se sonrojaron y dieron un respingo.

- Ikki...

Él tomó su mano de repente. Primero sólo colocó la suya sobre la de ella pero no resistió la tentación de entrelazar sus dedos; al poco rato le acariciaba la base de su pulgar con movimientos circulares.

- Nunca he sido bueno con las palabras.

Pandora sólo apretó sus dedos y por primera vez se animó a sonreirle. Ikki sintió una explosión de calidez cuando vio las arrugas que se formaban al rededor de sus ojos en ese gesto; su corazón comenzó a latir rápidamente y tampoco él pudo reprimir una sonrisa que no le duró mucho.

- ¿Pandora?

- Dime.

-¿Quién vino ayer?

- Nadie.

Trató de responder calmada e indiferente pero al joven caballero no se le escapó el momento en el que se mordió los labios antes de contestar.

- ¿Pandora?

- ¿Sí?

- Creo que esta relación funcionará mucho mejor si acordamos no mentirnos el uno al otro.

Ella suspiró de nuevo y cerró sus ojos. Mientras miraba su pecho subir y bajar por las respiraciones profundas, Ikki se preguntó si no la estaba presionando demasiado para hablar de algo cuando claramente no se sentía bien; sin embargo, él estaba consciente de que la visita de la noche anterior suponía una situación de emergencia para ellos, por lo que no podía postergar la información. Pandora, por su parte, pensaba lo mismo pero también sabía que no le correspondía a ella hablar al respecto.

- No sé si puedo decirte y tampoco estoy segura de que sea yo quien deba contestarte.

Él sonrió con disgusto y asintió con la cabeza. Permanecieron algunos minutos más sentados, con las manos entrelazadas y las miradas perdidas, hasta que la piel de la chica volvió a su tono normal. Esta vez fue ella quién ayudó al joven a ponerse de pie, debido a la incapacidad de su mano derecha; en ese momento Ikki pudo apreciar toda la fuerza física que albergaba el cuerpo de Pandora: pensó que quizá ella era algo más que una simple comandante.

Salieron del baño y caminaron en silencio, con los brazos rozándose, dispuestos a bajar a la cocina pero la melodía remota de un piano los interrumpió. El rostro de Ikki se puso serio y el enojo le golpeó las sienes; a veces se preguntaba porqué servía a una persona tan indulgente e ingenua. Pandora vacilaba entre ir a buscar a su amiga o quedarse con él. Al mirar el semblante de Ikki, adivinó que no era la única que necesitaba una respuesta.

- Ve, ya te alcanzó.

La miró unos segundos para después darle la espalda y encaminarse hacia la escalera, sin decir una palabra; mientras tanto, ella se dirigió al estudio de Saori.

Abrió la puerta sutilmente e ingresó en la habitación. Saori se encontraba perfectamente alistada, con su largo cabello agarrado en un moño. Vestía una blusa de cuello redondo blanca y de mangas largas, además de una falda hasta los tobillos, ajustada y color azul marino; esa mañana era la señorita Kido. Pandora se sentó en un sillón junto a la ventana con los ojos cerrados, perdida en la sinfonía que el piano cantaba. Unos segundos después sintió sus dedos delgados acariciar su cabello, nadando entre las largas hebras color negro, tejiendo su curso.

- ¿Athenea?

- Dime sólo Saori- sonrió con su sonrisa blanca y sus labios rosados- ¿Qué sucede?

-Te agradecería mucho que fueras honesta siempre que te pregunte algo. Hay cosas que aún no comprendo.

- Claro.

Guardó silencio unos minutos mientras Saori terminó de elaborar su peinado; quería mirarla a los ojos cuando respondiera. Su mirada era radiante, como si de ella manara un manantial que refleja los hilos de oro del sol del amanecer; la de Pandora, en cambio, era profunda, un pozo sin fin en el que titilaban la luz de las estrellas. Ambas eran miradas que exigían saber la verdad.

- ¿Piensas hablar con los caballeros sobre Perséfone?

Saori bajó la mirada y pensó que algunos acuerdos podían torturar el corazón.

- No.