La luz comenzaba a apagarse cuando Pandora entró en el comedor, tomada del brazo de Shun. Habían pasado todo el día juntos hablando sobre sus vidas durante los cortos instantes en los que podían permitirse ser normales.

Hace muchos años abandoné la esperanza de ser un niño como tantos otros. He tenido que comportarme desde pequeño como el hombre que todos esperaban que fuese aunque me hubieran lanzado al mundo sin consideración alguna.

Shun la había llevado a recorrer la mansión Kido, en vista de que Saori no estaba disponible en ese momento: tras su misteriosa plática, ella e Ikki salieron de la mansión y aún no regresaban. Por otro lado, Hyoga y Shiryu casi no aparecieron durante el día debido a los preparativos urgentes para su viaje; Tatsumi y ellos tuvieron que tramitar permisos médicos, verificar horarios de vuelo, hablar con los pilotos e incluso acordar con Hilda el lugar y la hora de llegada, debido a algunos inconvenientes que Asgard atravesaba en ese momento. Acordaron conversar más tarde con "la diosa Athenea", una vez que ésta se encontrara en casa.

Shun se adelantó a poner la mesa mientras Pandora miraba el atardecer. El ventanal era tan amplio y el sol tan potente que las paredes blancas de la estancia reflejaban las sombras anaranjadas del cielo, dándoles la bienvenida a la antesala de la noche.

He visto escurrir la sangre de mi madre, de mi maestro, de mi hermano y mis amigos; la he visto derramada con mis propias manos. Fue la sangre de una diosa la que me despertó.

Adentro, las lámparas se encendían gradualmente para aprovechar hasta el último destello de luz solar. Comenzaron a tintinear los cubiertos para servir la mesa. De pronto tenía seis años; a su lado un gran danés color blanco lengüeteaba sus mejillas, haciéndola reír a carcajadas, cuando alcanzó a escuchar:

-Pandora, cielo, la cena está servida

Shun rozó su hombro y le sonrió.

- Pregunté que si podrías esperarme mientras les aviso a mis amigos que la cena casi está servida.

Ella asintió y en cuanto el caballero hubo salido del cuarto, se dirigió a la cocina para evitar sumergirse en la confusión de su pasado.

Tengo diecisiete años, he matado a más de un hombre y acepté morir desde que un papel decidió mi destino; sin embargo, en un momento estaré riendo y bebiendo té, lo cual me parece absolutamente increíble.

Se permitió entonces pensar en Ikki. Después de pasar toda la tarde con Shun se había dado cuenta de que entre las tantas cosas que compartía con él se encontraban las mismas ganas de recuperar tiempo perdido. Ella no sabía exactamente cómo pero tenía claro que, mientras Athenea decidía qué hacer respecto a la advertencia de Perséfone, quería acercarse a Ikki. Recordó el tacto de sus manos juntas esa mañana y no pudo evitar preguntarse qué era lo que sentía él por ella.

¿Cómo es que puedo disfrutar de algo tan simple con el peso del pasado sobre mis hombros?

El sol estaba casi oculto y el manto nocturno cubría el cielo con brillantes estrellas, las mismas que tantas veces había visto por su ventana mientras su madre la arrullaba con la historia del Fénix. ¿Eran tan fuertes las promesas que una vez hechas exigían ser cumplidas? ¿O acaso su corazón lo había llamado con tanta insistencia que no hubo más remedio que encontrarse?

Ahí está ella, mira todo como si fuera la primera vez y siento como se activan en su memoria los recuerdos. ¿Cómo será dejarse llevar por la muerte al punto de olvidar que se ama?

Caminó de regreso al comedor. Deslizó sus dedos sobre la superficie lisa de la madera mientras caminaba hacia la chimenea. El fuego la llamaba con sus movimientos ondulantes y su susurro cálido. Las llamas se reflejaban en su rostro pálido para colorear el blanco de su piel. Quiso extender la mano, dejar que el fuego le lamiera los dedos.

Yo no puedo comprenderlo porque conmigo está la fe de mis amigos y la fortaleza de mi hermano…

-Vas a hacerte daño.

No se movió cuando las manos bronceadas envolvieron su muñeca, tampoco cuando él se interpuso entre el fuego y ella para buscar sus ojos.

-En el infierno todo es frío, Ikki.

Se sentaron uno frente al otro, ella a la derecha de la silla principal. Él puso sus manos sobre la mesa y se sorprendió cuando ella las tomó entre las suyas; quizá buscaba el fuego para renacer de las cenizas, como él.

Hay algo más. Tu sonrisa, la frescura de tus ojos, las ganas de sobrevivir para volverte a ver.

-Forzaste tu mano de nuevo.

-No me agrada tener los puños heridos. Sin mis manos estoy indefenso.

-¿Crees que nos atacarán pronto?

Dos estrellas colapsaron cuando se miraron a los ojos. Ikki sentía una fuerza extraordinaria emanar de Pandora, un cosmos tan potente que lo hacía temblar.

-Mi trabajo no es saber, sino estar preparado.

¿Es necesario que te vayas? ¿Que desaparezcas hasta que otra guerra te traiga de regreso?

Pandora sonrió. Era bueno saber que contaba con él para enfrentar la tormenta, a pesar de que sus nubes apenas se estuvieran formando.

Toco la puerta, tu puerta, para pedirte que bajemos. Silencio. Silencio que se prolonga. Pienso en volver a tocar pero en ese momento tu rostro se asoma. En tus manos traes un par de vendas enredadas.

-¿Puedes pasar un momento? Necesito ayuda.

Mientras Ikki y Pandora entrelazaban sus manos por encima de la mesa del comedor, Shun cerraba la puerta después de entrar al cuarto de Hyoga.