— ¿Te has sentido mejor?

— Sí, gracias. No te preocupes por mí.

— No puedo evitarlo

Shun acomodó los mechones rubios fuera del vendaje para que se notara menos. Cuando terminó de revisar el aspecto de su compañero, dio un paso atrás para anunciarle que estaba listo. Hyōga se puso de pie y sonrió.

— Gracias, amigo.

Shun asintió y se dirigió hacia la ventana del cuarto, desde la cual se podía ver el patio trasero de la mansión, con sus pasajes rodeados de flores y el invernadero al fondo. Hyōga se recargó en el marco de la pared mientras lo miraba con intensidad. Una pequeña sonrisa curvó los labios del caballero de Andrómeda al darse cuenta de que no se había molestado en ocultar las emociones que emanaban de su cosmos, lo que permitía a su compañero leer lo que estaba pensando.

Hyōga se preguntó porqué ninguno de los dos lo decía en voz alta. A veces creía que era porque no era necesario: desde años atrás sus compañeros se habían dado cuenta y lo habían aceptado incluso antes que él. Durante los periodos en los que permanecían en la enfermería del Santuario o el hospital de los Kido, ambos se dedicaban a atender al otro mientras compartían caricias ocasionales. Recordó la noche anterior en la que acompañó a Shun hasta su habitación y lo ayudó a acostarse, así como el momento en que salió corriendo de la habitación para protegerlo del intruso. Así habían sido siempre, sin embargo, el caballero de Cisne no podía deshacerse de la sensación de que hacía falta algo, una palabra definitiva para afirmar lo que ya sabían.

— Deberíamos bajar ya, la cena estaba casi lista cuando subí.

Caminó en dirección a la puerta y antes de salir extendió su mano hacia Hyōga. Llegaron al comedor con los dedos entrelazados.


—¿Entonces cuál es tu plan?

Todos se habían retirado a sus habitaciones y el silencio se había apoderado de la Mansión Kido. En el cuarto principal, Saori y Pandora se preparaban para dormir. La joven diosa cepillaba su largo cabello para trenzarlo mientras miraba de reojo a su nueva amiga. Pandora vestía un camisón negro hasta los tobillos, el cual resaltaba la blancura de sus brazos descubiertos y el brillo de sus ojos. Su hermosura contrastaba con la mirada expectante que en ese momento le dirigía a su compañera.

—Zeus estará muy enojado por la derrota de ambos, Podeidón y Hades, así como por la alianza con mi hermana - sus dedos se movían con habilidad, como si nadaran en un océano púrpura -.Querrá castigar a los caballeros por desafiar mis órdenes y la autoridad de los dioses, pero sobre todo, querrá lastimarlos para castigarme a mí.

Pandora no respondió como muestra de que aún esperaba una respuesta. De pie, en medio de la habitación miraba exigente a su interlocutora. Su espalda recta, su expresión firme y los puños cerrados provocaron en Saori una sonrisa, pues la postura de la joven le recordaba a alguien más.

—¿Entonces?

—Entonces si le ofrezco mi vida a Zeus para saciar su enojo, evitaré el derrame de sangre. Perséfone e Hilda serán las responsables de mantener esta tierra a salvo y mi hermana ocupará mi lugar en el santuario.

Pandora no alteró su expresión.

—¿Y los caballeros?

—Serán libres. Podrán decidir si desean pertenecer a las huestes de Perséfone pero no existirán más los caballeros del Zodiaco.

—¿Y yo?

Saori se levantó y la tomó por los hombros. Mientras miraba a su compañera, la imaginó en su casa de campo, con los pies metidos en el arroyo. La vio riendo y bailando bajo los árboles y el sol, para aparecer más tarde acompañada de un hombre moreno con ojos de fuego. Sonrió con toda la dulzura que le fue posible emanar.

—Tú también serás libre.

Estaba acostumbrada a los arranques de ira de los caballeros y, por lo tanto, sabía cómo reaccionar ante ellos. Entendía su frustración, su impotencia, pero sabía en el fondo de su corazón que ellos comprenderían su sacrificio y lucharían por ella hasta el final. Nunca, sin embargo, pensó en prepararse para la mirada de decepción que en ese momento Pandora clavó en ella. Sintió un frío abrasador recorrerle la columna, al mismo tiempo que los pulmones se le llenaban de fuego y agua, impidiéndole respirar. Trago saliva pero un nudo en la garganta la ahogó.

—Comprendo.

La joven retiró el contacto y se encaminó hacia la puerta. Saori sentía que el mundo giraba con velocidad y los recuerdos llovían sobre ella. Volvió a escuchar el portazo en el automóvil con el que, hacía unas horas, Ikki la había abandonado.

"¿Cuántas veces han funcionado tus planes de sacrificio?"

Pandora no volteó atrás, sin embargo, se detuvo en el marco de la puerta para hablar.

—Sabía que eras generosa y compasiva, diosa Athenea, pero nunca pensé que fueras tan cobarde.

Fue como una flecha directa hacia su pecho. Saori temblaba de dolor. Quiso decir algo pero su voz quedó ahogada por la frase que no se había podido sacar de su cabeza.

"Dejamos todo por ti, nos destrozamos por ti pero tú insistes en no pelear a nuestro lado".

Ella había corrido a alcanzar a Ikki pero este la rechazó con el fuego ardiendo los ojos. Con una furia incontenible la había empujado contra el muro y la acorraló con sus brazos.

"Quiero una diosa que nos acompañe. No necesito tu lástima ni tu protección".

¿Ese era su error? ¿Tratar de proteger a la gente que amaba con su propia vida? Había prometido proteger a la tierra costara lo que costara. Su existencia le parecía una nimiedad comparada con el mundo al que pretendía salvar. Si luchaba corría el riesgo de perderlo todo, de ser testigo de cómo la vida que había construido se caía en pedazos...

"Prometiste ser la red que me sostendría".

Levantó bruscamente sus ojos ahogados en lágrimas. La proyección de su cosmos era tan fuerte que le pareció que en verdad estaba ahí parado frente a ella, con una mirada atravesada por el dolor.

Saori se ruborizó. Él era su caballero más fiel, el que nunca pensaba antes de sacrificarse y ahora pagaba el precio de sus acciones.

La culpa. Todos los sacrificios que hizo como Athenea los hizo para tratar de remediar los errores que ya no podían repararse: reclutar niños para convertirlos en soldados, tratarlos como sus esclavos, exponerlos a la muerte. Sólo quería retribuirles todo lo que habían hecho sin que se arriesgaran más pero todo lo que hacía era en vano. Ellos terminaban siempre en guerras sin sentido, pérdidas irreparables.

"Tú no tienes ningún derecho a decidir de qué manera continuaremos con nuestras vidas".

Quizá era momento de aceptar que nada de lo que hiciera podría enmendar el dolor de sus amigos. Sabía con certeza que Zeus culparía a los caballeros por su debilidad y cuando ella ya no estuviera iría por ellos. Estarían solos contra la ira de un ser que jamás conoció la piedad, pero esta vez no habría sacrificios que los salvaran. Caerían uno a uno, como caería la tierra después y sería su culpa por dejarlos desamparados.

Ellos lo habían dado todo por ella, incluso sus miedos y sus deseos más profundos. Habían cambiado sus convicciones e ideales sólo para poder protegerla. ¿Por qué no había sido capaz de hacer lo mismo?

Estrategia y guerra. Dos de sus principales atributos, dos impulsos que intentaba mantener dormidos en el fondo de su pecho. Si peleaba podía perder pero si se sacrificaba quienes perderían serían ellos. ¿Iba a hacerles eso? ¿A él también?

En ese momento, Saori Kido aceptó que era una diosa cobarde. También pensó en que si iba a ir a la guerra, necesitaría más que a sus amigos.

Del otro lado de la puerta, Pandora permanecía de espaldas, con los ojos cerrados. Respiró profundamente un par de segundos sopesando el efecto de sus palabras. Una sonrisa le curvó los labios. Siempre pensó en el lenguaje como el arma más poderosa que los dioses le habían regalado a los humanos, pues en él residía el potencial para crear y destruir. Se trataba de un poder que ella sabía manejar muy bien.