[Hola. Una enorme disculpa por tardar en subir este nuevo capítulo. No sé si ya lo había mencionado pero los capítulos previos los tenía escritos hace mucho, sólo nunca me había animado a publicarlos. A partir de este, estaré actualizando los viernes cada dos semanas, creo que es lo que me tardaré en escribir el contenido nuevo. Muchas gracias por seguir leyendo, significa mucho para mí. Espero estén excelente]

El motor del jet privado de la corporación Kido alzó su capa cuando despegó. Él permaneció con la mirada en el cielo hasta que los perdió de vista. Entre sus manos estrechaba una cruz de oro, colgada de su cuello mediante una delgada cadena. La apretó fuerte contra su pecho como si así sellara la promesa que representaba.

— Volveré.


Ikki ya estaba despierto cuando Pandora abrió los ojos. Se encontraba recostado por encima de las sábanas, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y la mirada perdida en el techo. Al sentir el cuerpo de la joven estremecerse ligeramente a causa del despertar, se incorporó.

— Hola.

— Hola.

Pandora, somnolienta, pasó sus dedos sobre sus ojos. Luego bostezó, apartó las sábanas y se sentó en la orilla de la cama. Ikki clavó su mirada en la piel desnuda de los hombros de la chica, así como el tirante izquierdo del camisón que había resbalado casi hasta el codo. Atenta a su silencio, ella se giró y el caballero pudo apreciar el contorno redondo de sus senos. Su corazón empezó a latir muy fuerte.

— ¿Pasa algo?

— Nada.

— ¿Cómo está tú mano?

Ikki levantó su mano derecha y flexionó sus dedos con orgullo. El caballero había acudido a ella en medio de la noche, acosado por sueños que le provocaban un dolor punzante en la mano. Juntos habían practicado el ejercicio de concentración del cosmos que Kiki le había enseñado a Pandora para poder sanar sus heridas. Después de varios intentos, Ikki había caído rendido, sin embargo, Pandora continuó con la labor hasta agotarse ella también. Al final, su esfuerzo dio frutos.

— Gracias.

La luz del sol marcaba los músculos del antebrazo que Ikki tensaba cuando flexionaba sus dedos. Pandora siguió atenta la línea que subía de la muñeca hasta los bíceps. Un escalofrío trepó por su espalda.

— Por nada. Disculpa pero debo alistarme.

Apenas se levantaron, alguien golpeó la puerta. A través de las paredes les llegó la voz de Tatsumi, quien acudía a la habitación de Pandora para entregarle la muda de ropa que la señorita Saori había elegido para ella. Sin vacilar, Ikki se adelantó a su compañera y abrió la puerta a penas lo suficiente como para asomar la cabeza.

— ¿Puedo ayudarte, Tatsumi?

El mayordomo se quedó de una pieza, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

— ¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde está la señorita Pandora?

— Pandora está ocupada. Yo dormía, antes de que interrumpieras. Apenas me diste tiempo de vestirme. ¿Qué quieres?— El joven caballero se fijó en el vestido que Tatsumi cargaba con su mano derecha y se lo arrebató—. ¿Esto es para ella? Yo se lo doy. No te preocupes, bajamos en un rato.

Sin decir una sola palabra más, cerró la puerta en las narices del pobre hombre. Ikki esperó a que se pasara la parálisis que el mayordomo seguramente estaba sufriendo, producto de la sorpresa y la indignación. Lo escuchó farfullar algunas maldiciones y, finalmente, cuando estuvo seguro de que Tatsumi ya se había ido corriendo al cuarto de Saori para acusarlo, regresó su atención a Pandora. Ella no dio muestras de encontrarse enojada, a pesar de que lo miraba con una ceja levantada y los brazos cruzados. El tirante de su hombro izquierdo aún se encontraba abajo y la tela del camisón comenzaba a transparentarse por la luz del sol. Ikki pensó que se trataba de una imagen sencillamente encantadora.

— Lo lamento. Me debía algunas— explicó mientras dejaba las prendas sobre la cama—. No lo haré de nuevo. ¿Puedo esperarte afuera?

Ella asintió. Antes de irse, el caballero tomó su barbilla con una mano y acarició la piel descubierta de sus brazos con la otra. Sus labios se sintieron cálidos cuando los apretó contra el borde de la boca de la chica. Rápidamente se dio la vuelta y salió de la habitación.

Cuando Shun llegó al comedor mientras empujaba la silla de ruedas de Seiya, Ikki y Pandora ya estaban ahí, sentados uno junto al otro. Ella revolvía distraída su té y al verlos entrar se puso de pie a forma de saludo.

— Caballeros.

Shun le sonrió. Seiya, en cambio, le dirigió una mirada severa que ella sostuvo. Ikki, por su parte, no se movió más que para dar una minúscula mordida a su pan.

Obediente a su intuición, Shun acomodó la silla de Seiya frente al lugar de Ikki y él se sentó frente a Pandora, al lado izquierdo del asiento principal. La joven les ofreció una taza de té. Shun aceptó por ambos. Mientras ella servía, el joven caballero observó a su hermano, quien de vez en cuando perdía la mirada entre las hebras del largo cabello negro de la muchacha. Cuando las miradas de ambos se interceptaron, Shun no pudo evitar una sonrisa traviesa. Ikki se ruborizó.

En ese momento, irradiando una suave luz, Seika entró en el comedor.

— Buenos días a todos.

Se dirigió hacia Seiya a quien besó y abrazó con dulzura. Después se volvió hacia Shun.

— Gracias por traer a mi hermanito -dijo antes de apoyar suavemente los labios en su mejilla —. Quería ayudar un poco al señor Tatsumi pero no me lo permitió, así que estuve persiguiéndolo un rato.

Seiya la miró orgulloso y Shun rió. Le deleitaba imaginar a un corpulento, estricto, Tatsumi azorado por la inocente presencia de Seika. Ikki debía estar pensando lo mismo porque masticó su bocado con alegría.

Pocos minutos después, Saori entró en la habitación. Sólo Shun y Pandora se pusieron de pie. La joven diosa rió y meneó la cabeza.

— Ustedes dos, ¿cuándo van a aprender a dejar las formalidades? — tomó asiento. Con un gesto de la mano les indicó a ambos que hicieran lo mismo —. Tatsumi, por favor, ya podemos servir el desayuno.

El aludido se retiró hacia la cocina, no sin antes fulminar con la mirada a Ikki. El muchacho ni se inmutó. Al poco rato la mesa estaba servida. Después de dar las gracias empezaron a comer. Mientras lo hacían, Saori le sonrió ampliamente a Seiya.

— Querido, Seiya, es un placer para mí verte sentado entre nosotros esta mañana. Tu presencia es como un rayo de luz para mi corazón.

Seiya, ruborizado, asintió. Luego miró a Tatsumi, quien observaba sus gestos con los ojos entrecerrados. El caballero de bronce alzó las cejas y bebió dignamente su taza de té, con el meñique levantado. Shun se sentía pleno, pues gracias a ellos, ahora pasaba la mayor parte del tiempo sonriendo.

— Quiero decirles algo, caballeros, ahora que están los tres —Un escalofrío recorrió la espalda de Shun al escuchar el tono serio de la voz de Saori —. Les reitero que en este momento su salud y recuperación son mi prioridad, por lo tanto, no deben preocuparse por otros asuntos. Les aseguro que no hay nada por lo que deban alarmarse.

Ni Shun ni Seiya pasaron por alto el leve bufido que salió de los labios de Ikki. Tampoco se les escapó la postura tensa que adoptó Pandora, aunque ésta intentó disimularlo con un sorbo de té. Saori continuó.

— La noche anterior recibí la visita de una persona especial. Se trata de alguien muy importante y querida por mí.

— ¿Quién era, señorita Saori?

Pandora se tensó aún más pero aún así miró a Saori con un aire de duda. Ikki, por su parte, permaneció con los brazos cruzados pero sus ojos estaban expectantes y por primera vez dirigió toda su atención a la joven diosa. Seiya se inclinó hacia adelante y la frente de Seika se posó en su hombro. Antes de contestar, Saori extendió su brazo para tomar la mano de Shun.

— Perséfone, diosa de la primavera, los ciclos y reina del Inframundo.

Sintió que el mundo comenzaba a dar vueltas y el patético impulso de llorar. En medio de su pánico, creyó ver los ojos oscurecidos que acosaron sus sueños durante semanas. El contacto con la mano de su amiga lo sostuvo como un hilo de hierro que poco a poco lo trajo de vuelta a la habitación. Alguien puso una mano sudorosa sobre su hombro: al volverse vio el rostro pálido de Seiya y comprendió. Por su parte, Pandora soltó un suspiro de alivio. Debajo de la mesa, tomó los puños que Ikki había cerrado sobre sus piernas y les dio un apretón. Él la miró sorprendido pero ella solamente tenía ojos para Saori. Ésta se había levantado y estaba frente a Shun, quien temblaba por el miedo y la ansiedad. La diosa tomó el rostro del caballero con la mano libre.

— No es nuestra enemiga, ni tiene ningún interés por adueñarse de lo que no le pertenece. Mi pobre Shun, te aseguro que tu alma está a salvo.

Con dificultad, Shun asintió pero no quiso soltarse. Saori lo abrazó y frotó su espalda. Él cerró los ojos. Se avergonzó de su debilidad, de mostrarse tan vulnerable frente a Athenea, Pandora y su hermano. Sin embargo, cuando recordaba el momento en el que todo se había oscurecido, cuando con horror escuchó salir de sus labios palabras que él no había puesto ahí, sentía el vómito negro subir por su garganta.

— ¿Entonces qué quiere?

La voz de Ikki, aunque ronca y exigente, también dejó entrever el miedo. La sola posibilidad de que Hades reclamara a su hermano de nuevo, lo enfermaba. Sintió un hormigueo en los dedos de la mano herida. De no ser por Pandora, hubiera derrumbado la mesa a golpes.

— Una alianza.

— ¿Una alianza?

— Para proteger la Tierra.

Todos la miraron cuando habló. Pandora se había puesto de pie para que los caballeros centraran su atención en ella y no en sus emociones. Así se aseguraba de que la situación no se saliera de control. Buscó la aprobación de Athenea para continuar. La diosa asintió.

— En el Olimpo no están felices con el resultado de las pasadas Guerras Santas: la de Poseidón y la de Hades. La diosa Perséfone teme posibles represalias contra Athenea.

— ¿Cómo es que apareció hasta ahora? —la voz de Shun sonó trémula, amortiguada por los brazos de Saori —¿Dónde estuvo durante las otras guerras Santas?

Pandora no quiso responder. Durante su primer encuentro con Hades, el nombre de la reina del Inframundo jamás había sido mencionado. Más tarde, cuando se convirtió en la comandante de las huestes del infierno, nadie parecía recordarla, por lo que había olvidado el tema. Esta era la primera vez que Perséfone aparecía y lo había hecho en son de paz. Sus acciones parecían contradecir la voluntad de su esposo. ¿El mismo Hades había sido capaz de sellar el alma de la diosa para llevar a cabo su conquista de oscuridad?

— Comprendo que en este momento hay muchas preguntas por responder — Athenea se separó del caballero de Andrómeda y ocupó el lugar que le correspondía en la mesa —, sin embargo, quiero que se concentren en su recuperación. Tanto si vamos a la guerra como si no, ustedes son los únicos santos divinos que quedan y el deber de proteger a la Tierra recae en nuestros hombros ahora más que nunca. Seiya, Shun, Ikki: ustedes, junto con Hyoga y Shiryu, son lo único que me queda en este mundo.

Todos guardaron silencio. Durante un momento sólo se escuchó el canto de los pájaros que disfrutaban del sol matutino en los jardines de la mansión. Pandora clavó sus ojos en Atenea antes de reformular la pregunta de la noche anterior.

— ¿Cuál es plan?

Saori suspiró. Su aliento alborotó el cabello que adornaba su frente blanca. Sus ojos lanzaron un destello triste.

— Aún no lo tengo claro. Por lo pronto sé que debemos regresar al santuario.

Seika, quien había permanecido con una expresión de confusión en el rostro, de pronto se iluminó como una chispa.

— ¿Al Santuario? ¿Vamos a ir a Grecia?— Miró uno a uno a todos los presentes pero todos estaban demasiado aturdidos para responder. Sólo la joven señorita Kido le sonrió —. ¡Volvemos al Santuario! ¡Vamos con Marin y los otros! ¡Volvemos a mi casa! ¡Seiya! ¿No es maravilloso?

Seiya permaneció con la mirada perdida. No dijo nada pero Shun adivinó que la idea de pisar un santuario vacío resultaba tan aterradora para su amigo como lo era para su hermano y para él.