Jabu pateó una piedra y continuó caminando. Sus compañeros peleaban entre ellos o golpeaban muros para entrenar pero él estaba harto. El sol del Santuario le quemaba los hombros y resecaba su garganta. Aburrido, se sentó en la entrada del coliseo, al pie de un árbol. Sus pensamientos volaron junto con la brisa fresca que le proporcionaba la sombra y poco a poco sintió que su cuerpo se relajaba.

No supo en qué momento se quedó dormido pero lo despertó el ajetreo de sus compañeros, quienes pasaban corriendo a su lado. Agitado se puso de pie.

— ¿Qué está pasando?

— ¡Jabu! ¡Jabu!

Ichi corría en sentido contrario y parecía buscarlo entre toda la multitud de aspirantes a caballeros. Cuándo por fin logró hallarlo, lo tomó del brazo y lo jaló hacia la entrada del Santuario.

— ¡Han vuelto! ¡Seiya ha vuelto!

Desde donde estaba, Jabu apreció un pequeño grupo de personas que se dirigía hacia ellos. Reconoció a sus amigos de inmediato; sin embargo, una figura de mujer atrapó su atención. Se trataba de una joven con el cabello largo, negro como la obsidiana y piel marmórea. Mientras Ichi lo apuraba para llegar alcanzó a mascullar:

— Bueno, esto es nuevo.

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Empujó la puerta de la cámara del patriarca y avanzó. Había atravesado a toda velocidad el camino desde el pueblo hasta el Santuario sólo para poder comprobar la noticia con sus propios ojos: han vuelto. Shun ha vuelto.

Ni siquiera se percató de que su cabello rubio estaba cubierto con hojas de los árboles con los que había entrenado; tampoco le importaron su armadura gastada, sus brazos raspados ni sus medias manchadas de pasto. No pensó en que así se presentaría frente a Athenea. Sólo quería verlo de nuevo y decirle, después de tantos años, que había tomado una decisión. Una amazona sólo tiene dos opciones cuando por primera vez un caballero descubre su rostro: matarlo... o amarlo.

Grande fue su decepción cuando. Al entrar a la estancia del Sumo Sacerdote, únicamente encontró a sus compañeras formadas en línea frente al trono del patriarca. Shaina y Marin, de pie frente a las demás, no se volvieron para mirarla. Su mirada se clavaba en la figura de una joven con unos ojos grandes y azules, como de lechuza. Había escuchado que cuando la joven Athenea aparecía, un aura de paz inundaba la habitación y podía tranquilizar al más violento de los hombres con sólo mirarlo. En ese momento la diosa lucía como cualquiera de las mujeres que se encontraban reunidas aunque, eso sí, hacía gala de una hermosura inalcanzable.

— Bienvenida, June de Camaleón.

June se arrodilló junto a sus compañeras con la mirada baja. Se sorprendió cuando Marin informó que nada fuera de lo usual había ocurrido durante los pocos días en los que Athenea se había ausentado, pues ni ella ni las otras amazonas se habían enterado de la anterior estancia de la diosa. Todas habían imaginado que Athenea permanecería al lado de sus más queridos caballeros en el hospital Kido en Japón hasta que estuvieran repuestos por completo y nadie las había sacado de su error. Sin embargo, la decepción le duró poco; las amazonas estaban acostumbradas a la exclusión. Su deber consistía en cubrir algunos de los lugares sagrados donde se entrenaban los aspirantes a caballeros, especialmente el Santuario y sus cercanías. Nadie las requería para nada más ni las consideraba dignas de ser incluidas en las huestes de Athenea. Shaina y Marin eran de las pocas privilegiadas que podían participar de manera activa entre los caballeros, debido a su estatus de caballeros de plata.

Athenea agradeció a todas que hubieran acudido al informe de la guardia y les pidió que se retiraran. Se pusieron de pie e hicieron una última reverencia. June estaba a punto de salir corriendo cuando la voz de una de sus compañeras inundó la habitación.

— ¿Diosa Athenea, los rumores son verdaderos?

Fue como si una corriente de aire helado las hubiera congelado. La mayoría, entre ellas June, intercambiaron miradas de confusión, mientras que Shaina y Marin dirigieron sus rostros hacia Athenea. La diosa permaneció serena y pidió a la joven amazona que explicara a qué se refería. La muchacha carraspeó nerviosa antes de hablar: se decía que la joven que había llegado con ellos ese mismo día era una sobreviviente del ejército de Hades, una prisionera que pasaría el resto de sus días en templo de Athenea para expiar sus pecados. Se decía que ella era responsable de la reencarnación del dios del Inframundo.

— ¿Es verdad, señora? ¿Es verdad que ella conjuró la maldición sobre el caballero de Andrómeda y que por eso fue poseído por Hades?

La amazona de Camaleón palideció. No era cierto. No podía ser cierto. Shun, el amable, pacífico y luminoso Shun jamás podría ser poseído por un dios tan cruel. Shun encarnaba la vida misma, en cambio, Hades era el dios de la muerte. June escuchó con un nudo en la garganta la rápida explicación que la joven Athenea les brindó sobre los sucesos de la guerra santa, la reencarnación del rey de la muerte, su posterior derrota y, finalmente, la amenaza de Zeus. Les aseguró que los caballeros de bronce se encontraban en un delicado pero seguro camino hacia la recuperación, por lo que ninguna de ellas debía preocuparse. La diosa personalmente resguardaba sus cosmos y sus corazones con su sangre. En cuanto a la extraña ...

Pandora: la hija maldita de los dioses, la traidora, semilla de la desgracia, la esposa de los Titanes. Tenía sentido que Hades la eligiera como princesa de la oscuridad, su mano derecha y la mente de su ejército. Lo que June no comprendía era que Athenea la hubiese perdonado después de sus crímenes contra el Santuario, por muy cruel que fuera su historia. El engaño de Tánathos e Hypnos sólo era otra prueba de su debilidad.

— Pandora es ahora una aliada digna de confianza. Confío en que todas ustedes sabrán recibirla y brindarle un nuevo hogar.

La indignación y la furia se apoderaron de ella. Pandora, a sus ojos, era la verdadera asesina de los caballeros dorados y la responsable de la maldición de Shun, ¿cómo podían aceptarla dentro del recinto sagrado, sin castigo ni condena? Se puso de pie y avanzó hasta estar frente al trono. Shaina y Marin la miraron extrañadas pero ella no vaciló. La expresion de la diosa, amable y abierta, no mudó en ningún momento pero eso sólo avivó aún más el enojo que embargaba el pecho de la joven guerrera.

— Diosa Athenea, me niego a obedecerte— sus compañeras la miraron y un silencio tenso se apoderó de la habitación—. Lo que propones no tiene nada que ver con la misericordia. Un acto así sólo puede llamarse traición.

— Comprendo tu sentir, June…

— No entiendes nada— esta vez las lágrimas le quemaron las mejillas. Se sintió humillada y la furia aumentó—. Eres una diosa egoísta y cobarde. ¡No te mereces que los caballeros de bronce peleen por ti! ¡Eres una tonta mimada y…!

— ¿Te atreves a hablarle así a tu diosa?

Todas se volvieron a mirarla y todas quedaron sin aliento. Las amazonas estaban acostumbradas a sentirse diminutas al lado de la hermosura divina que emanaban los caballeros dorados; sólo ellos de entre todos los caballeros de Athenea eran capaces de doblegar con una mirada el espíritu salvaje de las guerreras. Así de imponentes eran. Pero ella las dejaba paralizadas por una razón muy diferente. Ninguna supo precisar si era su rostro, su paso o su mirada, lo cierto fue que cuando Pandora entró en la habitación, las amazonas sintieron una fuerza extraordinaria que emanaba de la joven y se alojaba en ellas. Muchas describieron ese primer encuentro como una bocanada de aire fresco después de encontrarse milenios sumergidas.

Fue entonces cuando June alzó su látigo y la atacó. Desconcertada por esa sensación de poder y cegada por la rabia, se lanzó sin más e invocó a la estrella de Camaleón, a pesar de que Pandora estaba completamente desarmada. Marin sintió miedo: por impresionante que fuera la joven comandante, el látigo del Camaleón era un arma mortal, rápida e imparable. Sin una armadura que la protegiera, sin un entrenamiento, era probable que la amazona lastimase gravemente a la muchacha.

Pandora esquivó el primer ataque con un solo movimiento de cabeza, sin embargo, June contraatacó rápidamente y dirigió su látigo hacia el cuello de su adversaria. Para protegerse, la joven alzó un brazo y el látigo se enredó en su muñeca. Frente a ellas, Athenea se puso de pie y con voz firme ordenó que se detuvieran. Pandora la miró y relajó el cuerpo. Entonces,la amazona gritó triunfante.

-¡Ya te tengo!

Intentó tirar pero no lo logró. Extrañada, elevó su cosmos, sin embargo,el resultado no fue diferente. La miró y se quedó helada: Pandora sonreía. Mantenía su brazo alzado pero el resto de su cuerpo parecía relajado, como si no le costara demasiado resistir el ataque de June. Desesperada, la guerrera gritó y corrió hacia ella para atacarla con sus propios puños. Con un movimiento elegante, como si alzara las manos para tocar un arpa, Pandora tiró del látigo y mandó volando a la amazona hasta que se estrelló contra el techo. Después, con un ruido estrepitoso, June se estrelló contra el suelo. No volvió a levantarse. Marin gritó y corrió hacia ellas con la guardia en alto.

- ¡Marin, no!

-¡Vuelo del águila!

El impacto fue tremendo. Aún así, Pandora ni siquiera se dignó a voltear; únicamente detuvo el golpe con la misma mano en la que aún tenía enredado el látigo de June. Marín sintió cómo presionaba su puño sólo con la fuerza de sus dedos pero con todo, sintió que su brazo estallaría. Entonces, Pandora la miró.

-Pandora fue suficiente.

Inmediatamente, la joven liberó a Marin, quien se desplomó entre jadeos. Athenea avanzó hasta llegar a dónde se encontraba June; el golpe había destrozado su máscara y se encontraba inconsciente. Un hilo de sangre escurría de su nariz. La diosa se agachó para limpiar con su mano el rostro de la joven; apenas sus dedos rozaron la piel de June, el semblante adolorido de la joven cambió por una expresión de paz. Saori suspiró. Ordenó a Shaina que escoltara a Pandora a la enfermería para que ambas se hicieran cargo de Marin y June, mientras que todas las demás podían regresar a sus labores sin preocuparse. Hizo especial hincapié en que no había necesidad de comentar lo sucedido, pues todo se encontraba bajo contol.

Las amazonas tardaron en reaccionar. Shaina se acercó con cautela hacia el lugar en donde estaban Athenea y June. Al pasar frente a Pandora, ésta le dirigió una mirada intensa. Un estremecimiento le recorrió la espalda al sentir esos ojos color púrpura clavados en su nuca, mientras levantaba a la joven inconsciente entre sus brazos.

Pandora regresó su atención a Marin, quien se encontraba de pie a su lado, abrazando su brazo. Sin dejar de mirarla a los ojos -Marin tuvo la impresión de que su mirada podía traspasar la plata de su máscara-, se apartó para dejarla pasar. Fue así como Águila y Cobra se encaminaron hacia la enfermería. Antes de salir, escucharon a Pandora preguntándole a Athenea la razón por la cual todas las mujeres usaban máscaras. Para sorpresa de ambas, cuando Saori hubo explicado las condiciones bajo las que una amazona se convertía en guerrera del Santuario, la joven extranjera soltó un bufido.

— Qué estupidez.

Minutos después, las tres jóvenes recorrían la escalinata de las doce casas rumbo a la enfermería, cada una pensando en los cambios que se avecinaban.