Capítulo 2 – Superviviente
¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel instante, en que saltó hacia una muerte casi segura para evitar perecer a garras de un depredador? ¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas? Obtuvo su respuesta cuando finalmente abrió los ojos, volteándose para toser el agua que había tragado involuntariamente, y al levantar la mirada se encontró con un despejado cielo anaranjado. La noche pronto caería sobre la ciudad de Zootopia.
La corriente la había arrastrado hasta la orilla del lago, y no contó con demasiados problemas para ubicar el punto del distrito en el cual se encontraba. Recordó cuanto había sucedido desde el momento del accidente y, al oír las sirenas sonar a lo lejos en el centro, cayó en la cuenta de que la ayuda que esperaba probablemente nunca llegaría.
Su cabeza no tardó en unir los puntos mientras sacaba el celular de su bolsillo, ahora mojado e inutilizable. Lo razonó mientras le quitaba el chip y lo guardaba en su bolsillo derecho, luego descartando el aparato estropeado, y tuvo una idea aproximada de lo que estaba sucediendo.
La niebla morada había afectado a los depredadores que viajaban en el tren... pero no a ella, ni a las presas que también se encontraban allí. Gracias a ello, no era difícil suponer que esta vez los aulladores no eran los responsables del cambio en el comportamiento de los animales, pues de ser así la niebla debería de haber afectado tanto a depredadores como presas por igual.
Ahora, la ciudad entera y sus alrededores se habían visto invadidos por aquella niebla, y no fue difícil para Judy suponer el campo de batalla en el que el centro se habría visto transformado en las últimas horas. Y siguiendo aquella linea, sus pensamientos se centraron por un instante en uno de los cientos de predadores que habitaban la gran ciudad de Zootopia, alguien muy importante para ella.
—Nick... —Musitó débilmente, esforzándose por ponerse de pie nuevamente.
Tenía que encontrarle, pero sabía que no llegaría demasiado lejos sin el equipo adecuado, y menos aún sin el debido tratamiento. El primer paso sería llegar hasta el área residencial, hallar una farmacia, y tratar sus heridas. Lo siguiente sería conseguir cualquier clase de implemento que le permitiera defenderse sin poner en riesgo la vida de los depredadores dado que, después de todo, estaba segura de que la condición en la que ahora se encontraban era completamente reversible. Tenía que serlo...
—No puedo seguir... aquí. —Dijo para si misma al tiempo que comenzaba a caminar, disponiéndose a internarse en el bosque nuevamente.
Tenía una idea del lugar en donde se encontraba, y gracias a ello también sabía a donde debía dirigirse para llegar al área residencial, pero movilizarse con una herida como la suya resultaba en extremo difícil. Ya no sangraba como lo había hecho horas atrás, pero si dolía en sobremanera, así como también restringía bastante sus movimientos.
Finalmente se encontró con la reja de hierro que bordeaba el área del lago, lo cual impedía que los civiles arrojaran basura en aquel lugar, y para su mala suerte la misma se encontraba cerrada con candado. En cualquier otro momento la coneja policía habría cavado bajo la reja para cruzar sin mayor contratiempo, o incluso saltar por encima, pero en su condición actual aquellas dos opciones resultaban imposibles.
Llena de frustración intentó encontrar otro modo de cruzar y entonces, gracias a que solía pasear por el distrito con frecuencia, recordó que la cabaña del guarda estaba de aquel mismo lado y no quedaba muy lejos. Con aquel pensamiento en mente, se volteó dispuesta a seguir el sendero marcado que la llevaría a la mencionada cabaña. Después de todo, romper la ventana de la misma para pasar y conseguir una llave sería mucho más conveniente en su condición.
Al llegar pocos minutos después encontró que ni siquiera habría necesidad de ello, pues la puerta de la pequeña cabaña estaba abierta de par en par, y una de sus dos ventanas, rota. Cruzando el porche con cuidado de no pisar los cristales rotos, Judy se adentró en el lugar. Estuvo a punto de anunciarse, solo por si acaso, pero se encontró con un escenario que la dejó helada, y por un momento fue incapaz de pronunciar palabra alguna.
El lugar estaba hecho un desastre. Las sábanas de la cama desgarradas, el escritorio volcado, la ventana rota, y en el suelo... a la luz del sol de atardecer, la coneja notó múltiples marcas de patas ensangrentadas. Y en el centro de todo, abandonado, un rifle de dardos tranquilizantes.
La coneja tragó saliva al poner una pata sobre el interruptor de la luz, no sabiendo si en realidad deseaba contemplar aquel escenario en su totalidad. Fue una preocupación menos cuando la misma no encendió. Suspirando profundamente, aunque no más aliviada, se dispuso a entrar en silencio luego de cerrar la puerta, tomando el rifle en sus patas. Aunque solía cargar con armas similares dada su profesión, rara vez había tenido la necesidad real de usarlas en sus dos meses como policía, y al abrirla y comprobar que los dos proyectiles estaban cargados, un escalofrío recorrió su cuerpo. El guarda ni siquiera había llegado a disparar contra su adversario.
Si bien no había probabilidades de que el depredador atacante siguiera en las cercanías, no podía permitirse estar tranquila. Cualquier descuido podría llevar a un mortal desenlace, y ella lo sabía bien. No necesitó de mucho tiempo para comprender la situación en la que estaba, y el papel que ahora estaba jugando. Todo lo que estaba sucediendo la estaba afectando en sobremanera, estaba haciéndola pedazos, pero Judy se esforzó por bloquear los pensamientos que la aquejaban, por bloquear su miedo y terror, y de aquella forma seguir adelante. Era la única manera; si se rendía ante sus emociones, nunca encontraría a Nick a tiempo.
—Céntrate... tienes que centrarte. —Susurró, tragando saliva nuevamente y disponiéndose a registrar el lugar.
Junto al escritorio derribado se encontraba una portátil suspendida, la cual Judy encendió rápidamente, y no tardó en descubrir que la misma no tenía red.
—Por supuesto.
En los cajones de la mesa de noche no había nada que valiera la pena llevar, pero al abrir de par en par uno de los armarios encontró varias prendas. Y en la parte superior del armario izquierdo, un botiquín.
—Bingo.
Tomó el botiquín tan rápido como pudo, sintiendo el dolor de su herida al estirarse, y luego encogiéndose a causa de ello. No hace falta decir la tortura que fue el quitarse la ropa en su condición, pero debía de hacerlo, dado que la que llevaba puesta estaba completamente mojada, y cuando la noche cayera, el frío sería insoportable. Habiéndose desprendido de toda su ropa notó que la herida no era demasiado profunda, lo cual la tranquilizó un poco. Usó una de las camisas que encontró en el armario para secarse lo mejor que pudo y, al terminar, abrió el botiquín. En su interior encontró más implementos de los que esperaba, y fue tomando los que sabía, necesitaría a continuación.
—Desinfectante, gasas, vendas... si, con esto será suficiente. —Comenzó a girar la tapa de la botella, teniendo una vaga idea de lo que le esperaba, y la acercó a su abdomen desnudo—. De acuerdo... aquí voy.
Nunca hubiera imaginado el ardor que sufriría al aplicar el líquido en la herida abierta, y no pudo evitar dejarse caer al suelo y hacerse un ovillo, encogiéndose por aquella tortura mientras se esforzaba por reprimir sus gritos de dolor. Cinco minutos después, aquella terrible sensación había atenuado, pero no había desaparecido por completo. Estuvo presente en todo momento mientras la coneja colocaba gasas sobre la herida, y rodeaba con las vendas una buena parte de su torso. Contrario a lo que esperaba en un principio, no se sentía mejor, sino todo lo contrario, pero ahora había una cosa menos de la qué preocuparse. Poniéndose frente al espejo, usó el desinfectante y las vendas que restaban para tratar su oreja dado que, si bien no estaba sangrando, no podía permitir que se infectara.
Dado el tamaño de ropa que había guardada en el armario, no era fácil deducir que allí vivía un mamífero de un tamaño similar al suyo, por lo que su ropa le calzaba casi a la perfección. Le quedaban un poco sueltos, pero el pantalón de jogging negro y chaqueta de cuero del mismo color que ahora vestía serían más que suficientes para evitar que el frío nocturno le afectara.
En el cajón del armario encontró también un estuche de seis tranquilizantes con cuatro restantes, y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En el mismo cajón, encontró un juego de llaves con las cuales suponía, podría abrir la puerta de acceso al área residencial, y no perdió tiempo en tomarlo. Tan pronto como lo hizo, un sonido la hizo voltearse de repente, apuntando el rifle instintivamente hacia la ventana rota. Alguien había pisado el cristal roto en el exterior.
Mantuvo el arma en alto poco más de un minuto, sin oír nada más luego de ello, y con extremo cuidado se acercó poco a poco a la puerta principal, asegurándose de no producir sonido alguno ella misma. Se detuvo a una corta distancia de la entrada, y se esforzó por escuchar cualquier otro indicio de una criatura en el exterior, sin éxito.
Asumiendo que la misma ya había abandonado el lugar, Judy aguardó pacientemente dos minutos completos para estar segura, y luego se dispuso a abrir la puerta. La vista de las grandes fauces de un depredador frente a ella fue lo que encontró a escasos centímetros de su rostro. No hubo gritos. Apenas llegó a levantar el arma con sus dos patas a modo de escudo para detener el ataque inmediato de la bestia, que resultó ser nada más y nada menos que un enorme lobo, el cual había perdido cualquier indicio de raciocinio. Se había vuelto salvaje.
El lobo gigante mordía el cuerpo del rifle intentando llegar a su portadora, sin cesar sus dentelladas por un segundo, y la verdadera desesperación invadió el corazón de Judy cuando la criatura le arrebató su única arma, lanzándola fuera de su alcance, e inmediatamente después dirigiendo una dentellada hacia su cuello. Instintivamente, la coneja intentó detenerlo con su brazo, el cual oprimió fuertemente con sus fauces sin dejar de sacudirlo. Para la suerte de la policía, el cuero de la chaqueta que ahora estaba utilizando era especialmente grueso, pero aquello no le serviría durante mucho más tiempo. Debía escapar.
En un instante, la bestia atrapó su brazo en sus fauces, y la lanzó contra el refrigerador con una fuerza imposible. Ante el impacto, el plato con cubiertos que había sobre el mismo cayó frente a ella, partiéndose en dos. Aún atontada por el golpe, sus ojos vislumbraron por un instante el cuchillo de cocina frente a ella, y cuando las fauces de la bestia capturaron su pierna para luego arrastrarla, no hubo duda en su actuar al momento de capturar el arma.
—¡Por favor, no! ¡No! ¡No! ¡No! —Judy no pudo evitar gritar frente al dolor que el agarre le estaba causando, y la desesperación que le traía el solo intuir lo que vendría a continuación. Estaba aterrorizada. No quería morir, no iba a permitirlo.
La criatura la arrastró con fuerza hasta el centro de la habitación cuando Judy quedó boca arriba, instante en que su enemigo estuvo a punto de atacar su cuello. Ella reaccionó lo suficientemente rápido para poner su brazo cubierto entre ella y la bestia nuevamente, sosteniendo el cuchillo de cocina en su otra pata. Sabía que era lo que debía hacer, sabía que era la única manera, pero no podía aceptarlo, no podía creer que aquella fuera la única opción que tenía para salvarse. Pero cuando la bestia apartó su brazo y se dispuso a dar la dentellada final, su pata no tembló, y su mente no lo dudó.
Segundos después, el cuerpo tieso del lobo se encontraba sobre ella, con un cuchillo clavado en su ojo derecho, y las patas de la coneja estaban ahora manchadas con la sangre de su enemigo. Si bien en el fondo ella sabía que no hubiera salido viva de otra forma, aquel no era ningún consuelo en un momento como ese. Había dado fin a la vida de alguien más con objeto de conservar la suya, y entonces lo supo: aquel recuerdo la perseguiría por el resto de su vida, en sus peores pesadillas.
