Capítulo 3 – En caso de emergencia

Un cruento enfrentamiento entre el depredador y la presa había tenido lugar en la cabaña del guardabosques al final de aquella tarde, y al cabo de dos interminables minutos el vencedor fue decidido. Una aturdida Judy Hopps salió por la puerta principal pasando sobre los cristales rotos sin darse cuenta, sosteniendo en su pata izquierda el rifle de tranquilizantes, y en su pata derecha el cuchillo de cocina que había extraído de su víctima.

La coneja solo veía a un punto fijo mientras caminaba a través del sendero que la llevaría a la puerta de hierro, y de ahí al área residencial. Su mente no había podido lidiar con la carga psicológica que implicaba su reciente actuar. Podía sentir todo, y a la vez no podía. Estaba allí, y a la vez no estaba. Podía sentir el resplandor del sol de atardecer sobre su pelaje descubierto, el aroma de las flores, el aroma de la sangre en sus patas, las mordidas del lobo en sus brazos y pata, y el ardor de la herida en su abdomen. Esas sensaciones eran suyas, pero a la vez se sentían completamente ajenas. Después de todo, la coneja que ahora se encontraba caminando por aquel sendero, la misma que antes había dado fin a la vida de otro mamífero, no podía ser ella, pues la verdadera Judy Hopps nunca hubiera cometido un acto tan atroz como ese ni en las peores circunstancias.

A tan solo cinco metros de la reja de hierro, la coneja soltó tanto el cuchillo como el rifle y cayó arrodillada, incapaz de continuar. Su cuerpo entero temblaba, y al contemplar sus patas cubiertas por la sangre del lobo no pudo evitar romper en llanto, sollozando con ojos cerrados mientras intentaba asimilar todo lo que estaba sucediendo. No tenía excusa que valiera para el acto que había cometido, pues de haber sido más rápida habría podido disparar un tranquilizante contra el cánido, hubiera salido de aquella cabaña con bien, y aquel lobo seguiría con vida.

No importaba como lo viera; alguien había perecido bajo sus patas, y cargaría con la culpa de aquella muerte por el resto de su vida. Ya no había vuelta atrás, pero no podía quebrarse ahora, pues no estaba en un sitio seguro, y aún tenía un objetivo por cumplir. Debía de encontrar a Nick, encontrarlo y asegurarse de que estaba con bien. Y si el mismo había resultado afectado por aquella niebla morada, encontraría la forma de salvarle. Su determinación no conocía límites, y es por eso que estaba segura de que lo lograría.

Una vez su mente se centró de nueva cuenta, no menos afectada, usó una de las llaves del juego que había conseguido en la cabaña para abrir la puerta, descartando el resto después. Había tomado nuevamente el rifle en sus patas y puesto el cuchillo en su cintura, sostenido por el elástico de su pantalón. Se adentró varios metros más allá de la reja, a punto de entrar a la zona edificada del distrito, cuando un sonoro rugido la hizo retroceder, apartándose del lugar en donde comenzaba el piso de madera para esconderse detrás de un árbol.

Al apenas asomar de su escondite, explorando la zona próxima con la mirada, encontró a un león en cuatro patas que se paseaba por el puente que llevaba al centro comercial del distrito. Podía notarse que el depredador mencionado estaba exhausto; su andar era lento, y su cuerpo tenía varias laceraciones visibles. Una vez dejó de concentrarse en el felino, que por cierto no había notado su presencia, su visión se centró en otros depredadores que también circulaban la zona.

En el techo del centro comercial podía verse a un guepardo explorando, a un oso polar cerca de la entrada al puente, y a dos lobos frente a una de las tiendas de abarrotes próximas, aunque Judy consideró que esos no eran los únicos depredadores en el lugar. No dispuesta a ser detectada, la coneja se calzó el rifle a la espalda mediante la cinta que este tenía, e hizo uso de los árboles como escondite para mantenerse fuera de la vista de los depredadores afectados, logrando llegar a una de las tiendas, y de ahí internándose en uno de los callejones cercanos.

Siguió el camino sin dejar de vigilar sus espaldas hasta que llegó a la parte trasera de un restaurante, algo fácil de deducir a razón de las sobras de comida que sobresalían del contenedor de basura junto a la entrada. Viendo que no tenía otro lugar a donde ir, dado que se trataba de un callejón cerrado, se dispuso a entrar, ahora manteniendo el arma de tranquilizantes en alto, y lista para cualquier cosa que pudiera encontrar. La cocina estaba completamente desierta, la electricidad no funcionaba, y la única fuente de luz que iluminaba la estancia resultaban ser los escasos rayos del sol que pronto abandonarían el lugar.

Ella bien sabía que si avanzaba por las calles se encontraría con un espectáculo que prefería evitar de momento, no dispuesta a perder la poca cordura que le restaba. Sabía que debería enfrentarlo tarde o temprano si pretendía avanzar, pero si así era, prefería que fuese tarde. Atravesando la cocina con paso ligero llegó al comedor, el cual estaba apenas iluminado por los escasos rayos del sol próximo a ocultarse, solo para encontrar que no podría evitar aquella verdad por más tiempo. Junto a las mesas podían verse los cuerpos de varias presas que no habían conseguido escapar a tiempo de sus atacantes depredadores, y los amplios ventanales rotos del local le permitieron ver que en el exterior la situación era peor de lo que esperaba. Mucho peor.

Los cuerpos de las presas adornaban las calles, algunas incluso completamente deformadas por las mordidas sobre sus cuerpos, con su carne hecha jirones. Judy miró hacia otro lado al apenas caer en la cuenta de ello, no estando segura de qué tanto tiempo más podría durar soportando aquella situación. Al menos no se veía a ningún depredador en las cercanías, por lo que decidió aprovechar el momento para preparar un plan de acción.

Alcanzó a ver en una de las mesas un celular junto a los platos vegetarianos que los anteriores comensales se habían servido, y que no habían llegado a tocar. Evitando dos de los cuerpos, la coneja alcanzó el aparato, y mientras extraía el chip del mismo para introducir el suyo, consideró sus opciones. Ahora mismo ella no tenía ningún vehículo para viajar hasta el centro de Zootopia, y aún si estuviera en posesión de alguno, las carreteras probablemente eran ahora el camino más peligroso por el que podía llegar a circular. Eso sin mencionar que el tren, de principio, quedaba descartado.

Ahora la única forma de llegar hasta el centro resultaba ser el teleférico que, para su desgracia, se encontraba en el área superior del distrito. Había un acceso por elevador a dos calles de su posición, cruzando el puente y pasando el centro comercial, pero llegar hasta él ya conllevaba un gran peligro, dado que el camino estaba plagado de depredadores y no había callejones por los que pudiera moverse con seguridad. En lo que ella medía sus opciones, el celular finalmente aceptó el chip, pero sin recibir señal alguna.

—Maldición. —Susurró con frustración, mientras intentaba encontrar alguna red que funcionara. Tan concentrada estaba en su tarea, que no notó a la figura que se acercaba sigilosamente por detrás de ella hasta que fue demasiado tarde—. ¿Qu-...?

—¡Muere! —Gritó una voz femenina cargada de ira.

La visión de un hacha de filo rojo a punto de impactar contra su rostro fue lo único que llego a captar, antes de agacharse oportunamente para esquivarla. El atacante perdió el equilibrio al ser incapaz de manipular correctamente el peso del arma, y la policía aprovechó la oportunidad para embestirle, derribándole al instante.

Frente a ella cayó de espaldas una oveja joven de ojos verdes, falda crema y camisa blanca manchada de rojo casi tanto como su lana, y por causa de la sorpresa la coneja apenas alcanzó a levantar el arma cuando su actual adversaria se había incorporado, disponiéndose a atacarla nuevamente. El peso del hacha contra incendios cayó sobre ella mucho antes de lo que hubiera esperado, pero el mango de madera del arma blanca fue detenido por el cañón del rifle que la coneja sostenía a modo de escudo.

—¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! —Gritaba la oveja con una voz llena de desesperación.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —Inquirió con ira la coneja, justo antes de rechazar el ataque, apuntar el rifle y disparar contra la civil sin dudar un instante.

El proyectil se clavó en el brazo de la oveja quien, luego de quitárselo, se dispuso a correr hacia la policía, con hacha en pezuña nuevamente. Su carrera no duró mucho, ya que un instante después su paso se volvió torpe, descuidado, hasta que tropezó y arrastró con ella el mantel de una de las mesas cercanas, vajilla incluida. El sonido del cristal y la porcelana al romperse resonó en el local mientras Judy intentaba comprender qué era lo que acababa de suceder. ¿Por qué? Si las presas no podían resultar afectadas por la niebla morada, ¿Por qué aquella oveja la había atacado?

Le fue imposible seguir intentando encontrar la respuesta cuando el oso polar que antes había visto en el exterior irrumpió por la puerta principal, gruñendo furiosamente. Y así, al apenas avistar a las dos presas en el lugar, el depredador se lanzó a la carrera contra ellas a toda velocidad.

—¡Alto ahí! —Gritó Hopps apuntando el rifle, lista para protegerse a ella misma y a la oveja inconsciente que segundos antes había intentado eliminarla.