Capítulo 5 – Descenso a la locura
La oficial cortó el teléfono y dejó caer el brazo, bajando la mirada. Había estado a punto de llamar a Nick, aún sabiendo que no tendría caso. Quería creer que su compañero podía ser la excepción, de verdad quería, pero la realidad era otra. Aquella neblina había afectado a todos los depredadores por igual, y aunque encontrara a Nick, el zorro ya no sería el mismo de antes. Ubicarlo no sería suficiente; debía de encontrar la forma de revertir lo que estaba sucediendo, y solo podría hacer eso una vez llegara al centro de la ciudad.
La oscuridad de la noche ahora poblaba el lugar, y solo era cortada por los pocos y tímidos rayos de luz lunar que se atrevían a cruzar los ventanales del centro comercial. La oficial coneja había hecho guardia en la entrada durante las últimas tres horas esperando a que la oveja, que ahora dormía pacíficamente en la banca, fuera capaz de valerse por si misma nuevamente.
Exhausta, Judy se sentó junto a ella, admirando en la puerta a los lobos que aún se esforzaban por ingresar, pero estaba segura de que el rifle que había utilizado mantendría aquella salida bien asegurada por el momento. Suspiró profundamente para luego voltearse y ver a su acompañante levantar su brazo, intentando mover su pezuña derecha frente a su rostro. Había despertado, y estaba comenzando a recuperar la movilidad.
—¿Por qué me atacaste en el restaurante? —Preguntó fríamente la policía. La oveja ni siquiera la miró al responder.
—Supuse que estabas... enferma, al igual que los demás.
—¿Cómo podría estarlo?
—La niebla... —Dijo ella, bajando la mirada—. Cuando cubrió la ciudad, todo el mundo se... volvió loco.
—Esa niebla solo afecta a los depredadores. Deberías tener más-...
—No. —Cortó, sin duda en su voz—. También afecta a las presas, también... las afecta.
—¿De qué estás hablando?
—No nos afecta de la misma forma que a los depredadores, pero... también puede afectarnos. —Intentó explicar—. Hace unas horas, yo y muchos animales más estábamos resguardándonos aquí, esperando por ayuda. Muchos estaban afectados por lo que estaba sucediendo, pero algunos... lo estaban más que otros. Se volvieron... completamente locos.
—No es raro ver a la gente enloquecer en una situación así. —Respondió la coneja, con un bajo volumen de voz—. Yo misma estuve a punto de perder la cabeza hace poco.
—No, no lo entiendes. Esas presas... se volvieron completamente locas. Mataron a mucha gente aquí dentro, y por eso tuvimos que huir. Yo alcancé a esconderme en el restaurante donde te encontré, pero los demás...
—Eso no es posible.
—Lo es. Vi a un elefante matar a golpes a un rinoceronte justo frente a mis ojos. De hecho, la sangre en mi ropa... —Admiró su propia vestimenta, y se abrazó a si misma al comenzar a temblar.
—Por todos los cielos. —Judy negó con la cabeza, incapaz de creer todo lo que estaba sucediendo a su alrededor.
—No sé hasta que punto pueda afectarnos, a mi o a ti, pero parece que es distinto para cada presa.
—Entonces no tengo tiempo que perder. —Dijo al incorporarse—. ¿Ya puedes moverte? —Preguntó. La oveja movió las patas, poco convencida.
—No mucho.
—Es normal. De una forma u otra, son sedantes de corta duración. El efecto debería desaparecer por completo dentro de poco.
—¿Vas a dejarme aquí? —Preguntó, asustada.
—No creo que quieras seguirme.
—¿A dónde irás?
—Al centro de la ciudad. —Reveló, y la oveja se quedó sin habla—. Tengo que hallar la forma de arreglar esto, y estoy segura de que allí encontraré la respuesta. Por eso no puedo permitir que me acompañes.
—No me importa, quiero ir contigo. —Se incorporó débilmente, sorprendiendo a la coneja—. Mi hermano mayor... está en el centro. Tengo que encontrarlo. —Le pidió, pero la coneja desvió la mirada. No estaba segura de ser capaz de ocuparse de alguien más, no en una situación como aquella—. Solas no lo lograremos, pero juntas... quizá tengamos una oportunidad. ¡Prometo ayudarte en lo que pueda! —Suplicó, aún débil. Por más que lo pensara, Judy simplemente no era capaz de dejar a alguien atrás a su suerte, sin importar cuan complicada fuera la situación. Con esto en mente, no tardó mucho en responder a la petición de Diana.
—La ciudad es ahora mismo un campo de batalla. No será fácil llegar al centro, y aunque lleguemos...
—No me importa. Iré de una forma u otra. —Respondió con determinación, y la coneja sonrió.
—De acuerdo, entonces. —Se aproximó a ella y palmeó su hombro, reconociendo su valor—. Quédate detrás de mi, y no te arriesgues a menos que sea absolutamente necesario. Aún no estás en condiciones de pelear, después de todo. —Explicó ella, y la oveja asintió—. Perfecto, en marcha.
—Estoy detrás de ti. —Dijo la oveja, y las dos se dirigieron rápidamente a las escaleras. La coneja tenía pensado apegarse a su plan original, y llegar a la carretera desde el tejado del centro comercial.
—Por cierto, creo que no me he presentado. Mi nombre es-...
—Judy Hopps, del Departamento de Policía de Zootopia. —Completó Diana.
—¿Me conoces?
—Te vi en la portada de varios diarios hace un tiempo. Salvaste la ciudad.
—No fui yo sola, a decir verdad.
—¿Crees... crees que puedas hacerlo esta vez?
—Eso espero. —Respondió, no muy convincente, justo antes de llegar a la escalera. La misma se encontraba completamente destrozada, y continuaba unos dos metros más arriba—. ¿Cómo sucedió esto?
—Fue el rinoceronte... —Respondió la oveja, mirando a un lado. Al voltearse, Judy siguió su mirada hasta una gigantesca masa que ocupada una gran parte del corredor, una masa que la oficial coneja, por desgracia, supo reconocer.
—Oh no... ¡Rhinowitz! —Exclamó con desespero, dirigiéndose al cuerpo tendido en el suelo. El rinoceronte, que vestía el uniforme del ZPD, se encontraba tendido en el suelo, completamente inmóvil. El chaleco se encontraba completamente bañado en sangre, y su rostro prácticamente estaba hundido hacia dentro. La imagen resultó tan impactante para la coneja que debió desviar la mirada, cerrando los ojos con fuerza—. No... —Dejó escapar, con un gran dolor en su corazón.
—¿Era tu compañero? —Preguntó la oveja ante su reacción.
En efecto, Rhinowitz era uno de sus compañeros en el Departamento de Policía. Era uno de esos tipos duros que mastican piedra y y escupen gravilla, algo temperamental, pero tenía un buen corazón. Sus hijos lo eran todo para él, y él era todo para ellos. Y ahora... se había ido.
—Si... lo conocía. —Respondió la coneja con tristeza, reconociendo a la luz de la linterna otros cuerpos cercanos al rinoceronte.
La mitad de un búfalo metida de lleno en uno de los escaparates, una cebra sentada contra la pared con la mitad izquierda de su cuerpo aplastada, y una jirafa con sus patas traseras aplastadas, así como su largo cuello. Aquel escenario ya no provocaba en ella mayor impacto, algo que no dejaba de preocuparle, pero no esperaba que tampoco afectara a la oveja que la acompañaba, quien se cruzó de patas mientras bajaba la mirada.
—¿Podemos irnos? No quiero estar mucho tiempo más aquí. —Dijo Diana sin mirar a Judy.
—Está bien, solo tardaré un segundo. —Respondió comprensiva, antes de aproximarse al cuerpo del agente Rhinowitz.
Intentó no mirar su rostro mientras se acercaba, buscando en su cinturón un equipo que pudiera serle de utilidad. No era una sensación agradable el tomar las pertenencias de un cadáver, pero debía hacerlo. Siendo que los rinocerontes policías se valían de su propia fuerza física para detener a los criminales, desde un principio supo que no encontraría ningún implemento de ataque, pero sí halló un radio. El aparato era bastante grande en comparación al suyo, dado que los mismos estaban adaptados para el cuerpo de cada mamífero, pero la utilidad era la misma. La oficial coneja tomó el radio y lo activó en el suelo, mientras la oveja observaba atentamente cada uno de sus movimientos.
—Centro de mando, aquí la agente Hopps, desde el centro comercial del Distrito Forestal, solicito respuesta. Cambio. —Soltó el botón para oír solo estática al otro lado de la linea—. Centro de mando, aquí la agente Hopps, desde el centro comercial del Distrito Forestal, solicito respuesta. Cambio. —Insistió nuevamente, sin éxito—. Debí adivinarlo.
—Valía la pena intentar. —Comentó su compañera.
—Supongo. —Sin importar que no hubieran respondido, eso no significaba que la radio no tuviera utilidad. Era posible que en algún momento pudiera recibir alguna transmisión de sus compañeros, por lo que decidió acomodarla a sus espaldas, en el ajustado elástico de su pantalón prestado, y sosteniendo en pata nuevamente el celular en modo linterna—. De acuerdo, sigamos.
Ambas se aproximaron a la escalera rota, frente a las cuales Judy se colocó de espaldas, uniendo sus patas para que Diana pudiera escalar. Acto seguido, al apenas haber subido, la oveja extendió una pezuña para ayudarla a la coneja a subir, y ambas continuaron su ascenso hacia el tejado del centro comercial a la escasa luz de aquel celular.
—Disculpa... —Comenzó a decir la oveja, dudosa—. ¿Qué estabas haciendo cuando... cuando sucedió todo esto?
—¿A qué viene eso ahora? —Cuestionó al voltearse.
—Solo preguntaba. No... no me hagas caso.
—Estaba saliendo de la ciudad. Era mi cumpleaños, y tenía pensado pasarlo con mi familia en Bunny Burrows. Pero... parece que la fiesta se ha cancelado.
—Lo siento. —Bajó la mirada.
—Olvídalo, tenemos que centrarnos. Si nos dejamos llevar por nuestros sentimientos, no lo conseguiremos. Tenlo en cuenta cuando regresemos al exterior.
—Y... ¿cuál es el plan?
—Dado que los elevadores cercanos no funcionan por los cortes eléctricos, llegaremos al área superior desde la azotea de este centro comercial. La parte baja de la carretera no está muy lejos, así que podremos saltar, subir a la calle, y cruzar para buscar el generador de emergencia del teleférico. Eso debería llevarnos al centro de la ciudad.
—También deberíamos conseguir algo más con lo que defendernos. —Sugirió la oveja, y la coneja se volteó con cierta duda—. Sé que no confías en mi lo suficiente como para poner un arma en mis pezuñas después de lo que hice, lo entiendo, pero no llegaremos muy lejos si no trabajamos en equipo.
—¿Qué me asegura que no me atacarás por la espalda en el momento en que me descuide?
—Nada, así como nada me asegura que tú no me apuñalarás como lo hiciste con aquel guepardo. Pero si esa bestia no tuvo oportunidad contra ti, mucho menos la tendré yo. Y no podría sobrevivir más tiempo sola, por lo que no tengo más opción que confiar en ti, y trabajar contigo. —Dijo con seriedad. Judy lo consideró un momento, y no pudo evitar que una media sonrisa se dibujara en su rostro.
—Es un argumento bastante convincente.
—Soy abogada. —Correspondió a su sonrisa—. Es mi trabajo dar argumentos convincentes.
—Por supuesto. —Aceptó, volteando brevemente para contemplar la esbelta figura de la oveja—. Por cierto, ¿cuántos años tienes?
—Treinta.
—¿Treinta? Ustedes las ovejas si que no aparentan su propia edad.
—¿Cuántos años pensaste que tenía?
—Dieciocho, a lo sumo. —Comentó, y Diana soltó una pequeña carcajada—. No te rías, estoy comenzando a sentirme vieja. Pero tienes razón, si queremos salir de aquí tendremos que trabajar en equipo. —Dijo ella, cuando ambas se encontraron frente a una de las salidas en el segundo piso, bloqueada por una máquina expendedora de comida chatarra—. Empezando por aquí. Vamos, ayúdame a mover esto. —Ambas se colocaron junto a la máquina, y empujaron con todas sus fuerzas. El arrastre del metal resonó en la estancia, y fueron capaces de quitarla del camino al emplear todas sus fuerzas.
—Es una suerte que se deslice tan fácilmente en este piso. —Dijo al terminar, antes de notar la seria mirada de Judy—. ¿Qué sucede?
—Será mejor que te quedes mientras yo compruebo el exterior. Por aquí deberíamos poder llegar a las escaleras de emergencia y a la azotea, pero no tengo idea de qué clase de peligros nos esperen allí. No tienes ningún arma, y si algo llegara a pasar... —Explicó, mientras le hacía entrega del celular con linterna.
—Está bien. —Aceptó sin oponerse—. Quédate tranquila, yo... no quiero ser una carga. Me quedaré aquí, y buscaré algo que nos pueda ser de utilidad hasta que hayas regresado.
—Ten cuidado, Diana.
—Despreocúpate. —Intentó sonreírle, sin ánimos.
—Una vez que salga, quiero que bloquees la puerta. Si no vuelvo en diez minutos busca un escondite aquí, y espera hasta que amanezca antes de salir.
—Judy...
—Tranquila, estaré bien. —Le confirmó— Pero tienes que cuidar de ti misma. —Dijo la coneja, y la oveja asintió.
Al salir al exterior del complejo, una fresca brisa nocturna acarició la mejilla de la coneja, antes de que la puerta se cerrara detrás de ella. Un pequeño golpe contra el metal le indicó que la oveja había bloqueado la entrada, por lo que ahora solo podía ir hacia adelante.
Avanzó un par de metros antes de encontrarse con las escaleras de emergencia, y luego de comprobar que no había depredador alguno en las cercanías, Judy se dispuso a subir. Sus pasos resonaban sobre el grueso metal, y el sonido no hacía más que seguir poniendo de punta cada uno de sus pelos. Fueron dos pisos de escaleras que ella avanzó sin prisa hasta llegar al tejado, al cual accedió a través de una última escalera de pata.
Al apenas asomar su cabeza por el borde, encontró que el lugar estaba prácticamente desierto. La azotea estaba apenas iluminada por la luna llena, luz que Judy aprovechó para encontrar el camino más rápido que la llevara a la carretera. Lo halló a los pocos segundos; a su derecha, había una distancia de al menos dos metros hasta el inicio de la parte baja de la carretera, sobre la cual podría caminar, y trepar fácilmente hacia el camino. Pero justo frente a ese lugar había algo más, algo que no le dejaba ver del todo el panorama, una masa gigante que solo reconoció cuando subió al tejado, y sus ojos vislumbraron a la escasa luz el emblema del ZPD.
—¿Francine? —Reconoció a su compañera elefante, sentada junto al borde de la azotea, y no perdió tiempo en acercarse a ella—. ¡Francine! —Al aproximarse, Judy fue capaz de notar bajo su pecho una honda herida sangrante que la elefante cubría con uno de sus brazos—. Por todos los cielos, esto es grave. —Dijo por lo bajo al tocar su pata—. Francine, ¿Puedes oírme?
—S-si... —Dijo débilmente al abrir los ojos.
—Escúchame, tienes que resistir. Conseguiré ayuda... si, lo haré. —Prometió, y Francine soltó una carcajada cansada.
—Rhinowitz enloqueció... quería matarme. Realmente quería hacerlo... —Levantó su pata, para ver su propia sangre reflejar la luz de la luna.
—Tranquila, todo saldrá bien. Trataremos esto y... —Al levantar la vista, vio algo extraño en los ojos de su compañera. Un extraño sentimiento se presentó en su mente, algo que le decía que era peligroso estar ahí, pero ella hizo oídos sordos—. ¿Francine?
—El quería matarme... muchos querían hacerlo. —Dijo, antes de dirigir aquella fría mirada a la coneja—. ¿Tu también? ¿Tu... estás con ellos?
—Francine, ¿de qué estás hablando? ¡Estoy tratando de salvarte!
—Todos... están locos. —Dijo, a punto de romper en llanto—. Querían matarme, y no los dejé. No iba a darles una oportunidad. Me adelanté a ellos, y les di una lección. —Su tono fue cambiando y concluyó con uno muy diferente, uno lleno de ira.
—¿Qué estás...? —Estuvo a punto de preguntar de que estaba hablando, pero de repente todo fue claro. Las heridas que tenían tanto Rhinowitz como todos los mamíferos en la planta baja del centro comercial no habían sido causadas por depredadores, sino por el elefante que, según Diana, se había vuelto completamente loco—. N-no... —Dejó escapar, antes de comenzar a retroceder—. ¿Tú fuiste quien hizo... eso?
—Todos querían mi carne, y no les permití tomarla. —Dijo llena de furia, mientras se incorporaba dificultosamente. La herida que Rhinowitz logró infligirle había restringido enormemente sus movimientos—. Tu tampoco la tendrás, Hopps. ¡Ni tu... ni nadie más! ¡No lo permitiré! —Gritó al precipitarse, impactando el suelo con sus patas delanteras al emplear una fuerza imposible. Judy apenas alcanzó a esquivar el ataque, alejándose lo suficiente de su antigua compañera, y tomando el cuchillo de su cintura rápidamente. Por nada en el mundo dejaría que la elefante tomara a una nueva víctima.
