Capítulo 7 – Sin piedad

La luna resplandecía sobre el teleférico en movimiento, en el cual una coneja y una oveja viajaban con destino al centro de la ciudad de Zootopia, una ciudad que antaño había sido el ejemplo de la tolerancia y la unión de las razas, pero que ahora se había visto sumergida en el más terrible de los infiernos.

A lo lejos se observaban varias columnas de humo en distintos puntos del centro, elevándose incluso por sobre los edificios más altos, y Judy no pudo evitar estremecerse al oír un grito desesperado a lo lejos. El grito de alguien que estaba huyendo, el grito de alguien que había sido acorralado, el grito de alguien que en poco tiempo sería la presa de algún depredador, si no lo había sido ya. No importaba de quien fuera el grito en ese instante, después de todo la coneja no podría ayudarle. Después de todo, actualmente ni siquiera era capaz de protegerse a si misma.

Incapaz de recuperar el cuchillo del cuerpo de Francine, Diana y Judy habían llegado hasta la parada del teleférico más próxima completamente desarmadas, por lo que ahora, lo que deberían hacer al apenas bajar de su transporte, sería encontrar un arma para su protección.

Aquí la agente Swinton desde el Palm Hotel en Sahara Square. Rhinowitz, ¿me recibes? Cambio —Se oyó una voz desde la radio en la cintura de Judy, y la coneja procedió a quitársela y colocarla en el suelo rápidamente para utilizarla.

—Aquí Hopps, te recibo Swinton —Respondió, sonriente.

¿Hopps? Judy Hopps, ¿eres tú?

—La misma. Cielos, me alegra mucho oírte.

El sentimiento es mutuo, conejita. He estado tratando de comunicarme con todos nuestros compañeros, pero muy pocos han respondido. Estás con Rhinowitz y Trunkaby, ¿verdad? —Preguntó con entusiasmo, pero su compañera fue incapaz de responder al instante—. ¿Judy? Judy, ¿sigues ahí?

—Si... sigo aquí.

¿Qué sucede?

—Rhinowitz y Francine no... no lo...

Oh... cielos, entiendo.

—Lo siento Warden, yo... no pude hacer nada para salvarles.

Está bien Judy, no... no te pongas así. ¿Dónde estás?

—Aún en el Distrito Forestal, pero estoy camino al centro de la ciudad junto con una civil.

Perfecto, ¿entonces ya has hablado con los demás?

—¿Por qué?

Pensé que lo habías hecho. No importa, la cuestión es que hemos establecido un punto de extracción en el tejado del Hospital General de Zootopia. Stevens y Krumpansky están yendo a por el helicóptero a la estación de policía, y luego irán por nosotros allí para escapar de la ciudad. Trata de llegar de una pieza, ¿quieres?

—Perfecto, estaba camino al hospital de todas formas. ¿Cómo estás de equipo?

No muy bien. Aún tengo un rifle con seis tranquilizantes pero, considerando la situación, no duraran mucho tiempo. Estoy en el baño de una de las habitaciones en el décimo piso, pero hay dos tigres fuera en el pasillo, aún buscándome. Esperaré a que el pasillo se despeje, y luego saldré. De seguro te veré en el tejado del hospital directamente. Ten cuidado, Hopps.

—Tú también, Swinton. Cuídate.

Te veo allí, conejita. Cambio.

La comunicación terminó, y Judy sintió un terrible vacío al considerar la situación en la que se encontraban. Esto no pasó desapercibido para Diana, quien puso una pezuña en su hombro en señal de apoyo. Judy sonrió ante ese tierno gesto, pero su sonrisa no duró mucho antes de que la expresión sombría que tenía momentos antes regresara.

—De una forma u otra, tenemos que llegar al hospital. Nos vendría bien la ayuda de los otros para conseguir el antídoto —Dejó en claro la coneja.

—No le dijiste lo de la niebla. Que las presas... también pueden ser víctimas de ella.

—Si lo hubiera hecho, ellos ya no tendrían salvación. Hacer que desconfíen los unos de los otros en un momento así sería lo mismo que matarles con mis propias patas.

—Pero dejar que vayan por ahí sin saberlo... ¿que tal si...?

—Lo sé, pero la alternativa tampoco es algo que esté dispuesta a aceptar —Dijo con seriedad en el instante en que el transporte se detuvo de golpe, haciendo que las dos hembras tropezaran—. ¿Qué sucedió? ¿Por qué nos detuvimos? —Se preguntó en voz alta la coneja, y una voz distinta a la de Swinton le respondió en la radio.

Tenemos problemas. Parece que uno de esos inútiles depredadores sin cerebro destrozó el generador de emergencia —Dijo Bellwether, exasperada—. Debería haberlo adivinado, ese trasto estaba haciendo mucho ruido.

—¿Cómo rayos diste con la frecuencia de Rhinowitz? —Preguntó con furia la coneja.

¿De verdad creíste que te ibas a librar de mi bella voz tan fácilmente? Siento desilusionarte conejita, pero intervine la radio luego de que la tomaran del cadáver de ese rinoceronte. Además, ¡deberías estar feliz! Tienes a alguien con acceso a todas las cámaras de seguridad y a todos los sistemas electrónicos de la ciudad vigilando cada uno de tus pasos —Dijo alegremente.

—Eso es bastante enfermo, hasta para ti.

Pero también puedo guiarte en la dirección correcta, y créeme, por el estado en que está la ciudad ahora mismo, es seguro que necesitarás de mi ayuda para llegar con el zorro de una sola pieza.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Hay un plan B?

Estoy buscando una forma. El problema es que no hay generadores cercanos en el lugar que pueda utilizar. ¿Por qué no se relajan y contemplan el bello paisaje de nuestra colorida ciudad en lo que intento arreglar esto? —Y la coneja lo hizo, contempló el paisaje que proyectaba la ciudad en la cual había vivido hasta el día anterior, ahora consumida por el terror, y supo que en adelante ya nada sería igual.

—¿De verdad crees que podremos hacer algo para arreglar todo este desastre? —Preguntó Diana, con tristeza.

—No desde aquí. Tendremos que conseguir el antídoto en el hospital, encontrar a mi amigo y a tu hermano, y salir de la ciudad tan pronto como sea posible, en el helicóptero que traerán mis compañeros. Una vez estemos a salvo, podremos comenzar a pensar una forma de solucionar todo este problema desde la raíz —Dijo con determinación, y acto seguido algo impactó contra el teleférico, e hizo que se agitara en sobremanera.

—¡¿Qué rayos fue eso?! —Diana tropezó y cayó, pero no llegó a incorporarse cuando la coneja, aún de pie, la detuvo.

—Espera, escucha... —Extrañada y asustada, Judy se aproximó al borde para saber que había golpeado contra su transporte, y apenas pudo reaccionar para retirarse cuando el zarpazo de una garra negra pasó a centímetros de su rostro.

—¡Judy, no! —La coneja usó su pata para evitar que su espalda impactara contra la pared, y miró a una Diana completamente aterrorizada.

—¡Quédate abajo! —Le gritó, y cuando la garra de la pantera negra descendió sobre ella, la coneja desvió el ataque con la radio de Rhinowitz, sosteniéndola con sus dos patas. Era el único implemento que tenía para defenderse—. ¡Bellwether, ahora sería un buen momento para que esta cosa se ponga en marcha!

¡Los sistemas están lanzando error! Esa cosa rompió algo del riel cuando saltó sobre el teleférico. ¡No puedo ponerlo en marcha desde aquí! —Dijo la oveja a través de la radio.

—Debe ser una maldita broma —Soltó Judy, apenas reaccionando a tiempo para bloquear el ataque del depredador, lanzando a la coneja contra la pared.

Sin intenciones de intentar alcanzar a sus presas desde el techo, la pantera hizo un intento por ingresar al interior del teleférico pero fallando al caer, quedando colgada del borde. El balanceo del transporte provocó un terror que se extendió por el cuerpo de la coneja en un instante, y el riel que sostenía la estructura no resistió mucho más.

Todo se vino abajo. El teleférico cayó sin sostén alguno al romperse el riel, y lo último que Judy alcanzó a ver fue el rostro de la pantera, con sus profundos ojos verdes clavados en los suyos. Luego... oscuridad.


"¿Qué sucedió?"

Estaba aturdida. Al abrir los ojos, fue incapaz de percibir una imagen clara del escenario que la rodeaba. El bosque en el que habían caído estaba completamente en penumbras, apenas iluminado por la luz de la luna llena. Judy debió parpadear varias veces para intentar tener una imagen más clara, pero el golpe que se había llevado la había afectado terriblemente, incapacitándola momentáneamente.

—Diana... —Susurró, confundida.

Intentó mirar atrás, en búsqueda del transbordador que las había llevado hasta ese punto, y lo encontró a unos pocos metros de su posición. En las cercanías no había ni rastro de la oveja, por lo que consideró que su compañera había caído a unos cuantos metros más del teleférico, y ahora sólo podía esperar que estuviera con bien.

¡Coneja! ¡Oye, coneja! ¡No te quedes ahí! ¡Levántate y corre! —Se oyó la voz de alguien a lo lejos.

—¿Qué?

¡Si no quieres morir tendrás que salir de ahí ahora mismo! ¡La autopista al centro está a solo treinta metros a tu derecha! ¡Apresúrate! ¡Escapa de ese lugar ahora mismo!

—Bellwether... —Soltó al detectar el sonido proveniente de la radio pero sin llegar a comprenderlo del todo, aún atontada e incapaz de incorporarse.

La coneja alcanzó a darse la vuelta para quedar mirando al suelo, antes de oír un furioso rugido a su izquierda. Buscando su origen con dificultad, pudo ver a la pantera negra salir de entre la maleza, ahora dirigiéndose hacia ella con una pata trasera coja.

—No... —Dijo Judy al abrir los ojos como platos, al borde de las lágrimas al comprender el único desenlace que podía tener un escenario como aquel—. A-... ayuda...

Intentó gritar, pero ya no le quedaba voz ni fuerza para lograrlo, y aunque lo hubiera conseguido, sabía que ya nadie vendría en su auxilio.

—Por favor, alguien...

Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas mientras intentaba arrastrarse con las pocas fuerzas que le quedaban hacia la dirección contraria, aún cuando sabía que ya no tenía salvación. No cabía duda de que el deseo de vivir se aferraría a su cuerpo con fuerza hasta el final.

—Ayuda...

Suplicó con sus ojos llenos de lágrimas, justo antes de sentir la pata de la pantera negra sobre su cabeza y cuello, presionando hacia abajo. Lo siguiente que sintió fue el terror propagarse por su cuerpo a toda velocidad cuando las fauces de la bestia se cerraron sobre su costado, cuando sus dientes penetraron el cuero de su chaqueta, cuando se clavaron en su costado, y cuando arrancaron parte de su piel junto con un amplio corte de su único abrigo.

—Nick...

Los recuerdos que había creado con su mejor amigo, su entrenamiento como policía con objeto de hacer del mundo un lugar mejor, su adolescencia, su infancia, su familia, todo pasó frente a sus ojos cuando la bestia penetró la carne con sus dientes, arrancando sin piedad alguna un trozo de ella.

La coneja gritó, gritó como nunca había gritado en su vida, llena de un sufrimiento que parecía no tener fin, y ante sus gritos lo único que la bestia hizo fue presionar su cabeza con más fuerza. Judy no pudo hacer nada más que quedarse ahí, siendo devorada viva, teniendo que escuchar a la terrible criatura masticar su carne, a sabiendas de que sus dientes pronto descenderían sobre ella nuevamente, en busca de una nueva porción de su cuerpo.

—Por favor... alguien... ayuda... —Susurró temblando, incapaz de soportar aquella tortura por más tiempo.

Su vista comenzó a nublarse justo antes de sentir los dientes de su verdugo cerrarse sobre aquella herida nuevamente para arrancar otra parte de su carne. Justo después, lo único que pudo oír fue un sonido fuerte y repentino que no supo distinguir pues sus sentidos, al igual que su vida, ya estaban al límite. Después, cinco sonidos similares, todos en diferentes intervalos de tiempo que ella apenas alcanzaba a dilucidar. Judy no volvió a sentir los colmillos de la bestia sobre su carne, pero era incapaz de saber por qué.


Ahora Diana se encontraba de pie junto al cadáver de la pantera negra, la cual tenía tres balas 9mm incrustadas en lomo, pecho y cabeza. En su pezuña, aún temblorosa, sostenía débilmente un viejo revolver, el cual nunca en su vida había disparado. Guardó el arma bajo su camisa blanca manchada una vez más y se apresuró a socorrer a la coneja, aunque ya no estaba segura de que tanto podría llegar a hacer por ella.

La pantera la había herido gravemente en su costado, y a pesar de ver que la coneja tenía los ojos abiertos, la misma no reaccionaba, y no parecía ser consciente de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Diana acercó su oreja al rostro de Judy sólo para encontrar que su respiración era extremadamente pausada. No sabía cuanto más podría llegar a soportar la coneja policía, pero si iba a hacer algo por ella, tenía que ser en ese preciso instante.

¡Ovejita! ¡Tú, escúchame! —Habló Bellwether a través de la radio a pocos metros del teleférico caído—. Si aún está viva, puedo ayudarte a salvar a ese pobre despojo de policía, pero a cambio tendrás que hacer todo lo que te ordene de ahora en adelante. ¿Está claro?

La mirada de Diana se dirigió al área superior, y encontró una de las cámaras de seguridad en los árboles con su lente enfocada en ella. Sin otra opción posible, la oveja no pudo hacer más que asentir y aceptar las condiciones de la ex-alcaldesa, sin saber las consecuencias que aquello acarrearía.