Capítulo 8 – Escape

En la madrugada, el resplandor de la luna llena tocaba el último sector del Distrito Forestal en el límite con el centro, proveyendo de una fuente de luz a una joven oveja de falda crema y camisa blanca que huía desesperada con destino hacia la autopista más cercana. En su hombro cargaba a una coneja malherida, ahora inconsciente, y en el borde trasero de su falda llevaba una gran radio a través de la cual alguien de su misma especie le indicaba el camino correcto a seguir.

¡Corre en linea recta! ¡Más rápido! —vociferaba la voz cortada por la estática, pero llevar a alguien que pesaba casi lo mismo que ella resultaba en una tarea casi imposible para la abogada.

—¡Estoy haciendo... lo mejor... que puedo! —respondió, falta de aliento.

¡No es suficiente! Tienes a un oso polar a menos de setecientos metros por el sureste, un león a ochocientos por el este, y tres lobos a seiscientos por el noroeste. ¡Y todos fueron llamados por tu revolver, así que será mejor que muevas ese lanudo trasero hasta la autopista de una vez!

—¡Eres despreciable! —replicó llena de ira, deteniéndose cuando sintió sus pezuñas tocar el asfalto. Había llegado a la autopista.

Ahora, a veinte metros a tu derecha hay un vehículo con la puerta abierta. Entren y resguárdense ahí. Con algo de suerte, aún tendrá las llaves —indicó Bellwether, y Diana se puso en camino con un fuerte dolor en las patas. Aquella oveja no acostumbraba realizar actividad física, algo que lamentaba en sobremanera durante aquel preciso instante.

—¿Qué tal... si no tiene llaves? —preguntó con preocupación.

¡Estoy en eso! ¿De acuerdo? ¡Tú sigue mis malditas órdenes ovejita!

Alcanzó el auto tan rápido como le fue posible, entró para acomodar a Judy en el asiento del acompañante y cerró la puerta desde adentro en el instante en que el líder de una jauría de lobos salvajes chocó contra su puerta. Diana sintió el corazón en la garganta cuando la única división entre la vida y la muerte resultó en el cristal de la ventana de aquel automóvil, cristal contra el cual el líder apoyó sus patas mientras gruñía furiosamente a la oveja frente a él.

Esas ventanas no van a detener a un león o a un oso. Ve si las llaves están puestas —recordó la alcaldesa, mientras que Diana se quitaba la radio de la cintura y la dejaba entre los dos asientos.

Su pezuña fue en búsqueda de las llaves, pero su mirada se desvió hacia Judy por un instante, y al resplandor de la luna apenas vio junto a su compañera lo que antaño había sido un conejo. No era difícil notar que casi todo lo que había arriba de la mitad del torso había desaparecido a dentelladas, y Diana no pudo evitar volcar en el piso del automóvil cuanto había desayunado el día anterior ante aquella cruel escena. Peor que la imagen que ahora contemplaba, era saber que había puesto a la oficial coneja junto al masacrado cuerpo de alguien de su propia especie.

¡No pierdas el tiempo! ¡Búscalas! —la voz de Bellwether en la radio la hizo despertar de su trance, y al tantear con su pata nuevamente fue capaz de encontrar las llaves aún colocadas.

—¡Las tengo!

¡Entonces sal de ahí de una maldita vez!

Giró las llaves para arrancar el motor, pero el mismo se negó a obedecer luego de un cruel amague en aquel momento de desesperación, mientras que uno de los lobos se subía al techo y rasgaba el metal con sus garras. Un nuevo giro en vano de las llaves terminó en una desesperación mayor justo antes de que un fuerte golpe sacudiera el vehículo, descolocando a Diana. En el retrovisor pudo ver fugazmente la imagen de un depredador enorme que superaba en tamaño a los lobos, y sintió el verdadero terror al contemplar sus ojos, ojos que brillaban en la oscuridad de la noche con un destello dorado de pesadilla.

Un giro más y el motor encendió, en el instante en que el depredador de gran tamaño saltó al techo del automóvil, hundiéndolo, y acto seguido se oyó el inconfundible lamento del lobo que antes había subido. La oveja pudo ver a los otros dos abandonar al compañero que ahora yacía entre las fauces del depredador más peligroso jamás conocido, y cuando la sangre del mamífero atrapado comenzó a bañar el parabrisas Diana no pudo evitar pisar el acelerador con todas sus fuerzas. El león saltó habiendo previsto el movimiento, e inició su carrera contra el automóvil justo después. No iba a permitir que ninguna de sus presas escapara a sus fauces.

¡Bien hecho ovejita! Ahora tienes a una gran masa de carne de doscientos kilos persiguiéndote a una velocidad de sesenta kilómetros por hora. Ese vehículo va a ciento veinte como máximo, pero a esa velocidad no tendrás tanta libertad para doblar en curvas y esquinas cómo él.

—¿Qué esta autopista no va derecho? —preguntó, aterrada por la escena que acababa de presenciar mientras encendía el limpiaparabrisas, que apenas alcanzaba a quitar la sangre del cristal.

Sí, pero en dos minutos entrarás al túnel que te llevará al centro de la ciudad. Puedo guiarte hasta el hospital desde ahí pero, con ese león pegado a tus patas, llegar a ese lugar será bastante más difícil. ¿No tendrás más municiones para ese revolver tuyo, verdad?

—¡No! Lo saqueé del uniforme de un policía que encontré en el bosque hace unas horas. ¡Eran todas las municiones que tenía!

¿Por qué no le hablaste del revolver a Hopps?

—¡Este no es un momento para eso!

Sí lo es, tengo curiosidad. ¿Por qué no le dijiste?

—¡Porque no confiaba en ella! Y si llegaba a enloquecer como la elefante, iba a necesitar algún seguro para resguardar mi vida.

Interesante... ¿y tienes idea de quien era ese revolver?

—La placa del uniforme decía... Wilde, creo. ¿Eso qué importa? —inquirió confundida, pero la oveja en la radio no respondió—. ¿Ahora te quedas callada?

Estoy ocupada buscándote una ruta directa al Hospital. Y tienes razón, no hace falta que lo sepa. Por otra parte, las luces frontales... ¿funcionan?

—No, no encienden.

Entonces ten cuidado, porque no hay luces en el túnel, así que estarás a ciegas por ochocientos metros. Intentaré guiarte lo mejor que pueda con la visión nocturna de las cámaras, pero va a ser un viaje peligroso. Espero que estés lista.

—Tengo que estarlo —dijo Diana, suspirando—. Judy me salvó allá atrás, en una situación en la que pocos se habrían quedado por ayudar a alguien que no conocían. No puedo hacer más que devolverle el favor.

Que noble... y estúpido. Me viene bien que salves a esa coneja, pero los animales que hacen lo que ustedes en una situación como esta no suelen vivir por mucho tiempo. Mira a la coneja a tu lado, mira el estado en el que está. Si le queda algo de suerte podrá salir de esta, pero es una verdad que si no se hubiera parado a ayudarte probablemente ya estaría en el hospital junto con los suyos —las palabras de Bellwether eran como un puñal para Diana, quien no era capaz de negar frente a una afirmación como aquella—. Ahora prepárate, y recuerda seguir todas mis indicaciones.

—¡No es como si tuviera muchas opcio-! —su exclamación fue interrumpida cuando el león embistió el auto con todas sus fuerzas, casi sacándolo de la autopista—. ¡Rayos!

¡No te detengas! —gritó con una desesperación que Diana compartió por un instante, y pisó el acelerador lo suficiente como para poner cierta distancia entre la bestia y el vehículo, entrando al túnel.

Tanteando con su pata derecha, la oveja encontró el interruptor de luz del interior del auto, que seguía sin ser suficiente para iluminar el área a su alrededor.

¡Izquierda! —indicó la voz en la radio. La abogada trató de girar el volante con mucho cuidado, hasta que la luz del interior resplandeció sobre la pared del túnel—. ¡Derecha! —repitió el mismo proceso, intentando ir a lo seguro al alejarse lo más posible de la sección izquierda de aquella ruta—. Maldición... ¡Acelera un poco más!

—¡No puedo ver nada!

¡Sólo hazme caso! ¡Acelera! —con dificultades para confiar en la ex-alcaldesa, Diana pisó el acelerador a fondo, alcanzando en poco tiempo la máxima velocidad que el vehículo permitía, en un área completamente a oscuras. Los escasos segundos durante los cuales no recibió indicación alguna por parte de la oveja mayor fueron los más largos de toda su vida—. Ahora, con mucho cuidado... ¡A la izquierda! —ordenó de golpe, y las patas de Diana temblaron mientras manipulaba el volante, temiendo volcar el auto en el proceso—. Bien, esos eran todos los vehículos en el camino... ahora vas a entrar al centro. Apenas lo hagas, sigue derecho por Hoover por siete calles y dobla a la izquierda. Desde ahí serán dos calles hasta el hospital por Ekan. No tiene pérdida. ¿Cómo está la coneja?

—¡Está temblando! ¡Algo muy malo le sucede! —exclamó aterrorizada.

—¡Por supuesto que algo malo le sucede, oveja estúpida! ¡Acaban de mutilarla! Si no me equivoco estará entrando en shock hipovolémico por la pérdida de sangre... vas a tener que acelerar. Si esperas un poco más, ya no podrás salvarla.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó, y una vez más únicamente oyó estática a través de la radio—. Bellwether, ¡¿cuánto tiempo tengo?!

Diez minutos como máximo, y aún así ya no tiene muchas posibilidades.

—¡Llegaré al hospital en dos! —gritó con determinación, justo antes de atravesar el túnel finalmente. El escenario que contemplaron sus ojos la dejó sin habla.

Las columnas de humo en varios puntos de la ciudad se elevaban hasta donde llegaba la vista, y a lo lejos fue capaz de ver a una gran cantidad de depredadores recorriendo las calles en distintas direcciones, en busca de una nueva presa. Varias calles habían sido cortadas mediante basura y llantas incendiadas, en un intento desesperado por alejar a los depredadores de determinadas zonas.

Y así, mientras exploraba fugazmente la pesadilla en la que su hogar se había convertido, su vista alcanzó la terraza de un edificio de siete pisos, donde dos gacelas tomadas de las patas compartieron un breve beso... antes de saltar al vacío. Diana cerró sus ojos con dolor por un instante, olvidando momentáneamente a la bestia que la seguía incansablemente.

—Así que esto es el fin del mundo. —Soltó ella, devastada.

El de la ciudad, mejor dicho. Pero será el del mundo también si no consiguen el antídoto y lo sacan de aquí a tiempo.

Sus palabras ayudaron a Diana a salir del trance en el que se había hundido. ¡Claro! Si lograban llegar hasta el antídoto y sacarlo de la ciudad en ruinas, el Centro de Control de Enfermedades podría producirlo en masa, y tratar a todo el que se había visto afectado por el tóxico. Pero antes de eso debería encargarse del león que ahora comenzaba a acortar las distancias nuevamente, mientras que ella se esforzaba por evadir los automóviles parados en las calles sin reducir la velocidad.

¡Ese león no va a rendirse! Dame un segundo, voy a trabajar con la radio. ¡Tú no digas una sola palabra!

—¿Qué?

¡Silencio! —interrumpió, antes de activar una frecuencia diferente mediante el aparato—. A todos los oficiales en el Hospital General de Zootopia, aquí Diana Woolyland, civil. Estoy en compañía de la oficial Judy Hopps, pero ella se encuentra herida de gravedad y necesita tratamiento urgente. ¿Me reciben? Cambio.

Diana Woolyland, aquí el agente Savage desde el hospital. ¿Qué sucedió con Hopps? Cambio —respondió una voz desconocida para la oveja.

Una pantera la atacó y mordió su costado. Está viva, pero no por mucho tiempo. Necesito que un doctor esté listo para recibirla. Ahora estoy camino hacia la zona segura en un automóvil Fissan color azul de placa ZED-918, y llegaré dentro de poco por Ekan St. desde el lado del Centro Comercial, pero tenemos a un león siguiéndonos. ¿Pueden hacer algo al respecto?

Diana, trae a Hopps aquí ahora mismo. Nosotros nos encargaremos del león. Cambio y fuera —cerró aquel, terminando con la comunicación.

Fácil, ¿eh?

—Me sorprende que lo aceptaran tan fácilmente.

Hopps es toda una personalidad en la policía, por si no te habías enterado. Espero y tengan un buen francotirador para ocuparse de esa cosa. Ahora, entre tu y yo, nunca hablaste conmigo. ¿De acuerdo? Pero no te preocupes, te llamaré de nuevo cuando lo considere propicio. Después de todo, ahora me debes un favor —dejó en claro la ex-alcaldesa al finalizar la comunicación.

—Demonios —soltó la oveja menor en voz alta, cuando el león acortó distancias y la embistió nuevamente, desestabilizando el auto poco antes de llegar a la esquina en donde tenía que doblar.

Con una maniobra rápida, Diana fue capaz de enderezar su camino nuevamente justo antes de girar en Ekan St., recordando las palabras de Bellwether cuando debió reducir la velocidad mínimamente para ser capaz de maniobrar el vehículo, momento en que el gran depredador trepó al techo nuevamente.

Sus filosas garras atravesaron el metal y comenzaron a tirar, el león dispuesto a destruir el vehículo con tal de alcanzar a su conductora y acompañante. Ahora la oveja y la coneja se encontraban a una calle del hospital, y fueron capaces de entrar a tiempo en el rango de visión del oficial Trumpet, y su rifle TAC-M50 con mira de alta potencia, ambos ubicados en la terraza del enorme edificio de cinco pisos.

El elefante relajó sus músculos y calculó la velocidad y dirección del viento para apuntar correctamente. Intentó no apresurar su tiro y, en el momento en que el león fue capaz de levantar el techo del automóvil, su respiración se detuvo, y Trumpet no dudó. El proyectil de calibre .50 recorrió un trecho de seiscientos metros en un instante, y acertó en la cabeza del feroz depredador sin falla alguna.

Cuando Diana vio caer el cuerpo del león por el espejo retrovisor sintió que finalmente podría respirar en paz por un segundo, y aquella sensación la acompañó por un breve momento mientras giraba para ingresar al aparcamiento del hospital, probablemente el único edificio iluminado en toda la ciudad. Pero esa sensación de paz y seguridad se desvaneció en el momento en que detuvo el motor, cuando al bajar del vehículo se encontró con tres cañones de armas apuntando directamente a su rostro.

—¿Qué... qué sucede? —preguntó, sorprendida y asustada.

—Muy bien ovejita, será mejor que expliques alto y claro cómo es que conseguiste la frecuencia que estábamos utilizando aquí, y qué fue exactamente lo que ocurrió con Hopps —dijo uno de los oficiales mientras que otro abría la puerta de acompañante del auto para sacar a la coneja herida.

La oveja alcanzó a desviar su mirada de los cañones para llegar a ver los ojos azules de un conejo gris con rayas negras en nuca y orejas quien, al no recibir respuesta, terminó por apoyar el cañón de su revolver en la frente de Diana, haciendo que se estremeciera.

—De verdad espero que tengas una buena explicación —dijo el oficial al levantar el percutor, dispuesto a disparar en caso de ser necesario.