Capítulo 10 – Desde las sombras

¡Salgan a la entrada principal del hospital! ¡Llegaré en un momento! —gritó Swinton a través de la radio que Jack llevaba en su pata, mientras que Diana y él se dirigían rápidamente hacia la puerta junto a la persiana de acceso al exterior.

—Recibido, Warden. Estamos de camino —confirmó el agente.

Te veré en un momento, Jack. Por favor, resistan —respondió la oficial.

Dada la herida en su pata, aún sangrante, lo tenía bastante más difícil al momento de caminar a una mayor velocidad, pero la oveja compensaba eso al permitirle apoyarse en su hombro. Pero incluso así, Diana no se había detenido a pensar en cómo serían las cosas una vez que salieran al exterior, pues frente a los depredadores una presa herida no era más que una presa muerta. Jack Savage apenas era capaz de defenderse, por lo que dependería de ella al momento en que lograran salir de aquel aparcamiento, antes de que las bestias que ahora intentaban llegar a ellos mediante las escaleras los atraparan.

Al llegar a la salida, la oveja apuntó la escopeta al tirador rápidamente, volando la cerradura y pateando la puerta después. Con mucha dificultad por parte del conejo, ambos subieron a la planta baja mediante las escaleras, y al abrir la puerta de acceso al exterior, el fuerte resplandor del sol casi cegó a la oveja.

Estoy dando la vuelta, ¡vayan a la puerta ahora! —se oyó en la radio nuevamente.

El frente del hospital se encontraba a menos de ocho metros de la avenida principal, donde un sinnúmero de cadáveres yacía luego de la feroz batalla librada el día anterior. Jack se atemorizó al ver derribada la barricada que los oficiales habían levantado, y la puerta principal completamente destruida. En el interior sólo se avistaba oscuridad, pero era casi seguro que los invasores se habían internado mucho más en el edificio, por lo que contaban con unos pocos segundos antes de que regresaran a aquel lugar. Y así, mientras Diana y Jack caminaban hacia la avenida, al encuentro de la oficial que en breves instantes les recogería, el conejo percibió movimiento en las cercanías, y supo que alguien ya había puesto el ojo en ellos.

—Diana... en los arbustos, hay algo... —dijo en voz baja, y a la oveja se le subió el corazón a la garganta mientras seguían caminando, al tiempo que el conejo tomaba la escopeta en su pata disimuladamente—. Prepárese para correr, porque no tendremos mucho tiempo.

—No... —alcanzó a susurrar, acongojada.

—Lista... corra hacia la entrada. ¡Ahora! —inició su carrera al apenas recibir aquella orden, y Jack se preparó para su siguiente movimiento.

Ya fuera que el depredador se dirigiera a su compañera o a él, el agente ya había apuntado al arbusto en donde lo había percibido. Lo que no esperaba era que el león se hubiese movido sigilosamente al darse cuenta de que había sido visto. Fue por eso que la suerte no estuvo del lado de Savage cuando el depredador le saltó encima por el lado izquierdo, pues apenas contó con tiempo suficiente para volar su cabeza con un cartucho, pero el cuerpo ya muerto cayó encima del conejo, dañando su cuerpo más de lo que ya estaba.

—¡Jack! —gritó Diana al regresar con él, en un intento por ayudarle a escapar de aquel pesado cadáver, cuando un guepardo rugió con hambre al cruzar la puerta principal. Diana se quedó tiesa, sin saber si correr o intentar alcanzar la escopeta que ahora se encontraba bajo el cadáver del león, pero no tuvo tiempo para elegir pues el guepardo no esperó a que se decidiera, y fue en su busca al instante.

Casi había sentido el horrible aliento del depredador sobre su rostro, casi había sentido aquellos filosos dientes clavándose en su carne, desgarrándola y despedazándola mientras aún estaba con vida. Y eso habría sentido de no haber sido por una andanada de balas que la criatura recibió en su costado, derribándola y dejándola fuera de combate al instante. La oficial Swinton bajó el rifle automático que llevaba en sus patas, y se dirigió rápidamente hacia la oveja y al conejo.

—No puedo dejarte sólo ni por un segundo, ¿eh, Jack? —preguntó la cerda, intentando levantar el peso del león por el lado en donde su compañero estaba atrapado—. Vamos, ayúdame —se dirigió a Diana, quien no perdió un instante para sacar con cierta dificultad al malherido oficial—. Cielos, estás hecho un desastre —bromeó al soltar el peso muerto, para ayudar al oficial a ponerse en pie.

—Es tu culpa por haber tardado de más. Venga, salgamos de aquí ahora, antes de que llegue otro de esos bastardos —dijo él, mientras que la cerda subía al asiento de conductor de la van naranja oxido con diseño de un zorro macho con armadura guerrera que sostenía a una bella hembra de pelaje blanco en brazos. En tanto, la oveja ayudó al conejo a subir a la parte de atrás, cerrando la puerta rápidamente—. Vamos, ¡muévete!

—Estoy en eso, jefe —sin perder un segundo, pisó el acelerador y avanzó rápidamente por la avenida principal, alejándose del hospital—. ¿Qué fue lo que pasó allá atrás? ¿Dónde están los otros? —cuestionó, viendo a Savage por el retrovisor. La oveja había arrancado una pieza de tela de su falda para vendar la herida en la pata del conejo.

—Un grupo de depredadores atacó el hospital desde distintos puntos, casi al mismo tiempo. Fuimos los únicos que lograron escapar a tiempo —explicó, y Swinton permaneció en silencio. El hecho de pensar que todos sus compañeros hubieran caído en batalla era simplemente irreal, y apenas era capaz de sobreponerse a aquel sentimiento—. Es difícil creerlo, pero es casi como si lo hubieran planeado.

—¡Pe-pero esos animales no piensan! ¡No están razonando! —objetó Swinton, pero Savage negó con la cabeza.

—¿Qué tal si es todo lo contrario? ¿Qué tal si no se han vuelto salvajes sino que, aún conscientes, son movidos por el ansia de sangre? —cuestionó, sin obtener respuesta alguna por parte de la cerda y la oveja, sorprendidas y preocupadas ante semejante idea—. Es sólo una suposición, pero puede que el ataque al hospital haya sido planeado, que alguien lo haya coordinado. Es lo que creo.

—Eso es imposible... —alcanzó a decir Warden.

—Considerando todo lo que hemos visto desde ayer, ya nada me parece imposible.

—¿Y qué haremos ahora? ¿A dónde iremos? —preguntó Diana, no teniendo deseos de seguir rodando aquellas calles por más tiempo. Un guepardo intentó acercarse a la van, pero Warden no dudó al momento de golpearla con el parachoques, dejándola al lado del camino. Su mente estaba casi insensibilizada ante todo lo que estaba ocurriendo, como si se encontrara en un sueño, o en una pesadilla.

—Nos largamos de esta ciudad maldita de una vez por todas —declaró la cerda—. Este trasto es lo suficientemente resistente, así que podremos atravesar Tundratown sin problemas por más que alguno de esos bastardos se nos tire encima. Salimos de la ciudad, tomamos la interestatal y nos alejamos tanto como podamos. Eso es lo que debemos hacer.

—En el hospital... —susurró Diana, llamando la atención de Jack—. En el hospital, se guardaba el antídoto de los aulladores, ¿no es así? —preguntó. El conejo abrió más los ojos, sorprendido, pero los cerró al poco tiempo y negó con la cabeza al comprender su idea.

—Los aulladores volvían salvaje a cualquier animal, no sólo a los depredadores. No es a lo que nos enfrentamos, Diana.

—¿Pero qué tal si-...?

—Y aunque lo fuera, ya no podemos volver. El riesgo es demasiado grande —coincidió Swinton, y Diana bajó la mirada. El objetivo de Judy era conseguir el antídoto, sacarlo de la ciudad y usarlo para tratar a los afectados, pero aquella había dejado de ser una posibilidad unos cuantos minutos atrás. Lo único que restaba ahora era seguir adelante, y hacer todo lo posible por sobrevivir en un entorno como ese—. Llegaremos al túnel de Tundratown en dos minutos, y estaremos fuera de Zootopia en diez. Estén atentos por si alguna de esas bestias nos ataca por detrás o por los costados —indicó Warden al pasar el rifle automático a la oveja, quien asintió con determinación luego de tomarlo, justo antes de que en la radio de la cerda se oyera una particular voz femenina.

¡Den la vuelta ahora! ¡Si siguen adelante será su fin! —gritó aquella hembra, sorprendiendo a Jack y a Warden.

—¿Quién está ahí? ¡Responda! —cuestionó al accionar la radio. El conejo y la cerda tenían claro que no había forma de que alguien hubiese obtenido la frecuencia que ahora utilizaban, pero Diana sabía que no era así, pues aquella hembra aún la vigilaba, y seguía todos y cada uno de sus pasos a través de las cámaras de seguridad de la ciudad.

—Bellwether... —susurró con preocupación.

—¡¿Bellwether?! —exclamó sorprendida la cerda.

¡Ovejita, diles que den la vuelta ahora mismo! ¡No los dejarán escapar con vida del centro! —continuó, y el conejo y la oveja se incorporaron rápidamente para apoyarse en el respaldo de los asientos.

—¡¿Quienes?! —gritó la oveja a la radio de la policía, y los ojos de Savage avistaron algo a lo lejos. Cuando faltaban aproximadamente trescientos metros para llegar a la esquina, el agente pudo ver a quinientos metros de distancia a varios mamíferos posicionados a los lados de la calle, apuntando en su dirección armas que no alcanzaba a divisar con claridad.

—Santa madre de-... —susurró, antes de gritar a la oficial—. ¡Gire Warden! ¡Gire! ¡Ahora! —justo antes de llegar a la esquina, la cerda giró el volante con todas sus fuerzas, y los mamíferos que el conejo antes había avistado precipitaron su ataque al apenas ver que los fugitivos intentaban evadirlos.

Una lluvia de balas tomó por asalto el transporte, y la cerda apenas fue capaz de maniobrar la distancia y tiempo suficientes para escapar al tiroteo a través de la boca del subterráneo a la vuelta de la esquina. No dudó al momento de descender con la van por la escalera, y los saltos que hizo mientras bajaba bruscamente cada escalón sacudieron a las presas en su interior hasta los huesos, antes de parar abruptamente al chocar contra la pared. El golpe que Swinton se llevó en la frente la dejó aturdida, y no tardó en percatarse de su visión doble al momento de llevarse la pata derecha a la cara, para encontrar que un hilo de sangre descendía por su frente.

El conejo y la oveja terminaron en el suelo, pero no perdieron tiempo para incorporarse e intentar llegar a los asientos del conductor para salir por la puerta lateral derecha, dado que el espacio reducido del pasillo no permitía otra salida más que esa, y las puertas traseras quedaban descartadas desde el principio. Jack se detuvo a la mitad de los asientos y se inclinó sobre la cerda para auxiliarla, pero la oficial no parecía escucharle.

—Warden, ¡reaccione! ¡Reaccione de una vez, tenemos que irnos de aquí ahora! —intentó despabilarla al tiempo que la oveja pasaba por su costado, abriendo la puerta que daría acceso al pasillo, solo para encontrar que el tanque de gasolina se había dañado y ahora su contenido se disipaba por el suelo, bajando las escaleras próximas que daban acceso a los andenes.

—¡Tenemos que irnos! ¡Ahora! —gritó con desesperación, y Savage tomó de la pata a Swinton.

—Vamos, ¡levántese! —comenzó a tirar y, haciendo un esfuerzo, la cerda fue capaz de incorporarse del asiento, aún aturdida—. Eso es. Venga, ¡salgamos de aquí!

Con cierta dificultad por parte de la oficial, los tres lograron escapar de la van y se internaron rápidamente en el túnel, no sin que antes Savage se volteara para disparar con su revolver a la gasolina al pie de las escaleras. La chispa encendió el combustible, y el fuego se extendió poco a poco hasta su origen en el tanque del vehículo, haciéndolo estallar a los pocos segundos.

La explosión hizo temblar los cimientos del subsuelo, pero para entonces el equipo de tres ya se había alejado lo suficiente. La van bloqueando el túnel, ahora envuelta en llamas, no permitiría que los depredadores o aquellos mamíferos que antes dispararon llegaran hasta ellos por medio de esa ruta.

Para su suerte, el túnel estaba en completo silencio, y no parecía haber en los alrededores señal de peligro alguno, pero esto no fue suficiente para hacer que alguna de las presas se confiara. Por esta razón, la oveja y la cerda ayudaron al conejo a llegar hasta el baño público de la estación de subterráneo, trabando la puerta con un bote de basura metálico luego de haber comprobado que no hubiera nadie más allí. Hecho esto, la única entrada y salida del lugar estaba asegurada, por lo que no deberían preocuparse de peligro alguno de momento, más allá de aquellos mamíferos que habían intentado dejarlos como un colador.

—¿Quiénes eran? ¿Por qué... por qué nos dispararon? —atinó a preguntar Diana, con su lana humedecida por el sudor de la carrera. Jack se dejó caer contra la pared y Swinton se sentó a su lado, exhausta.

—Eran depredadores... no hay duda alguna. Aún a la distancia a la que estábamos, era fácil darse cuenta.

—¡Pero los depredadores se volvieron salvajes! ¡No podrían habernos disparado! ¡No tienen la inteligencia para usar armas! —objetó Diana al inclinarse sobre Swinton para examinarla, pero la cerda apartó sus pezuñas cuando intentó acercarse. Más allá de un fuerte golpe en la frente, la cerda parecía estar bien.

—¿Qué tal si la tienen? —cuestionó Savage—. Como dije hace un rato, el asalto al hospital tenía pinta de haber sido organizado. Los depredadores estaban coordinados, y atacaron desde varios puntos al mismo tiempo. Si me lo preguntas, tienen algo más de inteligencia de lo que aparentan.

—Pero si eso es cierto... —comenzó a hablar Swinton, apenas cayendo en la cuenta de las implicaciones que aquello tenía. Si aquello era cierto, no solo se estarían enfrentando a feroces depredadores que los superaban en fuerza y agilidad, sino a feroces depredadores capaces de razonar, capaces de planear un ataque, capaces de coordinarse para capturarlos y destrozarlos de las formas más horribles imaginables—. Demonios... esto no está pasando. Que alguien me diga que esto no está pasando.

Bueno... ¡no está pasando! —la voz de Bellwether sonó oportunamente en el radio ubicado en el pecho de Swinton, radio que Savage tomó antes de que la oficial fuera siquiera capaz de reaccionar.

—Maldita basura... si vuelves a intentar contactarnos, te aseguro que te encontraré y-...

¡¿Y qué?! Será mejor que me trates con más respeto, imbécil. Ahora mismo, soy la única razón por la que no están hechos pedazos en la avenida principal.

—Y también eres la causante de todo esto —habló Swinton, aún aturdida.

Por supuesto que no. Todo este tiempo he estado en prisión, y todos mis cómplices se entregaron a la policía o huyeron, ninguno continuó mi legado. De hecho, a mí me gustaría saber tanto como ustedes a quien se le ocurrió hacer esto, y ponerle una bala entre ceja y ceja. Lo único que yo quería era crear un mundo mejor para las presas, ¡no destruirlo!

—¡Deja de jugar con nosotros! —gritó el conejo con ira.

Escúchenme bien, bola de inútiles. Si les advertí sobre lo que había más adelante, fue porque los necesito con vida. Considerando la situación, vamos a necesitarnos mutuamente. Así que bien... ustedes me ayudan a salir del aprieto en que estoy metida, y yo los guío directamente hacia la salida. ¿Qué dicen?

—En verdad crees que vamos a fiarnos de ti, ¿eh? Lo siento, pero estás perdiendo tu tiempo. Cambio y fuera —respondió el conejo, a punto de apagar la radio.

Adelante, corta la comunicación. Pero una vez que lo hagas, ya no habrá vuelta atrás. Estarán muertos en diez minutos, y yo en un par de horas. Así que piensa bien lo que vas a hacer. —dijo ella, y Savage dudó por un instante, instante que que la oveja menor aprovechó para hablarle a la ex-alcaldesa.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué está sucediendo? —preguntó Diana.

Francamente no entiendo cómo funciona el gas que dispersaron en la ciudad, pero si he notado algunas particularidades a través de las cámaras mientras las horas pasaban, principalmente el hecho de que algunos animales se ven mayormente afectados en comparación a otros. Y así como algunas presas perdieron la cabeza y comenzaron a atacar indiscriminadamente, otros depredadores recuperaron la consciencia poco a poco, pero aun así continuaron su carnicería. Ignoro el por qué, pero el caso es que están yendo a por todos los supervivientes que restan en la ciudad, y eso nos incluye a ustedes y a mí.

—Supongamos por un segundo que lo que nos estás contando es cierto. ¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo los detenemos? —cuestionó Savage.

Si cazamos a quien los está coordinando terminaremos con la mayor amenaza, pero será difícil acercarnos a él.

—¿Él? —preguntó Swinton.

Un viejo amigo tuyo, cerdita. El apellido Fangmeyer... ¿te suena de algo? —preguntó, y por un momento la cerda se quedó con la boca abierta, sin habla.

—No puede ser... —susurró, aterrorizada.