Capítulo 12 – Bajo la fina piel
La noche había caído sobre la gran ciudad de Zootopia, cuyos cansados habitantes aún estaban a unas cuantas horas de reencontrarse con sus añoradas camas después de un largo día. Tal era el caso de la oficial Warden Swinton, una cerda que trabajaba en el Departamento de Policía de Zootopia, que se había quedado a hacer horas extras para terminar de preparar el papeleo que le había sido encargado por el jefe Bogo.
En el vestidor de hembras, mientras la cerda se cambiaba su usual ropa de trabajo por un pantalón de jean color crema y una camisa azul, decidió que al salir se daría el gusto de una merienda tardía en el Snarlbucks a unas calles de la estación antes de tomar rumbo a su hogar, pues verdaderamente no tenía deseos de cocinar, y se le antojaba algo dulce para cerrar su atareado día.
Al cruzar la puerta del negocio se alegró al ver que prácticamente no había fila para hacer un pedido, por lo que su espera por un delicioso café cortado y dos porciones de un exquisito budín marmolado se vio agradablemente reducida. Al sentarse a una mesa cercana a la ventana para contemplar el paisaje nocturno de la ciudad notó en el reflejo a una cara conocida, y al voltear encontró en la mesa frente a la suya al conejo que la agencia había enviado unos cuantos días atrás a preparar oficiales para una misión especial.
Su nombre era Jack Savage, alguien que a simple vista parecía un tipo serio y de pocas pulgas, pero que había demostrado ser todo lo contrario al hacer buenas migas con varios de sus compañeros, especialmente con Nicholas Wilde, un zorro recientemente admitido en la fuerza, con el que a menudo veía conversando en los pasillos de la comisaría.
Sin darse cuenta se había quedado mirando al conejo más de lo que pensaba, y esto no pasó desapercibido para el agente, que se volteó hacia ella con una mirada interrogante. Warden, lejos de simplemente desviar la mirada, saludó al asentir con una sonrisa, una que el agente correspondió antes de que la cerda devolviera su atención al delicioso café frente a ella.
—Warden Swinton, ¿verdad? —preguntó desde su lugar, a escasos metros.
—Sí, así es. ¿Cómo está? —saludó ella.
—Algo cansado, a decir verdad. Llevo casi dos días sin dormir adecuadamente, y aún tengo trabajo que hacer.
—¿De la comisaría?
—No, de la agencia. Francamente, no me vendrían mal unas cuantas horas de sueño.
—Somos dos.
—¿Trabajo?
—Insomnio. A veces me pasa…
—Que horrible.
—No lo dude.
—A veces una tizana puede ayudar con eso.
—No se ofenda, pero lo veía más como un tipo de pastillas que de hierbas.
—Algo de medicina natural nunca viene mal, señorita Swinton.
—Llámeme Warden, no hace falta la formalidad.
—Lo mismo digo, entonces. Jack, para los amigos.
—Es un placer, Jack. Y dígame, ¿de casualidad es mucho el trabajo que tiene? ¿O cuenta con algo de tiempo para compartir un café con una compañera? —preguntó sonriente, y al contemplar el papeleo del que aún debía ocuparse, el conejo no lo pensó por mucho tiempo al momento de responder.
—De hecho, no me vendría mal un descanso.
Aquella noche, Jack y Warden se quedaron platicando durante horas, perdiendo la noción del tiempo, hasta que el local cerró y se vieron obligados a salir. Siendo que habían disfrutado de aquel encuentro decidieron repetirlo al día siguiente, cuando se encontraron para cenar. La cerda de verdad disfrutaba de la compañía del conejo, con quien no tardó en formar una agradable amistad, y aquel encuentro en Snarlbucks después del trabajo se convirtió en una costumbre para ambos a lo largo de aquellas dos semanas previas al incidente.
—Y dime, Swinton. ¿Cuándo fue que decidiste ser policía? —preguntó el conejo con curiosidad en una ocasión.
—Lo decidí cuando era pequeña. Por aquel entonces asistí a una feria en Bunnyburrow donde, en una obra teatral protagonizada por unos niños, una pequeña coneja proclamó sus deseos de convertirse en oficial de policía. Por aquel entonces, la idea se me había antojado casi irreal, pero el hecho de que alguien como ella pudiera proteger a los demás me inspiró, sobre todo cuando la vi defender a otros niños de un zorro abusivo justo después de que la obra terminara. Fue cuando supe que eso era justo lo que quería hacer con mi vida.
—Esa coneja… no será Judy Hopps, ¿verdad?
—La misma —sonrió al responder—. Judy me inspiró desde pequeña, y su heroico acto de aquel entonces fue lo que me trajo a donde estoy ahora.
—Sin mencionar el hecho de que ella, junto con el oficial Wilde, detuvieron los terribles planes de Dawn Bellwether hace tres meses. Esa coneja no deja de impresionarme.
—Ya le has echado el ojo, ¿no es así?
—¿Qué te hace pensar eso? —cuestionó, intrigado.
—No lo sé… Judy es soltera, y no cabe duda que es muy guapa. Anda, ¿acaso vas a decirme que no te has fijado en ella?
—Tendré que responder que no, porque realmente no me había fijado en ella.
—¿Esperas que lo crea?
—Créelo o no, Swinton. El caso es que… me he fijado en alguien más.
—Oh… ¿y se puede saber quién merece más la atención del agente Savage?
—No voy a entrar a ese juego. No tenemos doce años.
—¿Entonces es alguien del departamento de policía? —preguntó al agente, quien siguió leyendo los papeles frente a él, evitando responder—. Lo es, ¿verdad?
—No voy a darte material para trabajar, Warden. No te hagas ilusiones.
—Aguafiestas.
—Chiquilla —devolvió él, y ambos rompieron en amenas risas.
Jack Savage terminó por convertirse en un buen amigo de Warden Swinton, alguien en quien la cerda podía confiar si tenía un problema, y alguien con quien podía conversar sobre casi cualquier cosa. Y luego de un ajetreado día de trabajo, aquellos encuentros con el conejo eran lo que la cerda más esperaba, no necesitando nada más para cerrar su jornada después de ello.
Así había sido hasta aquel fatídico día, cuando alguien liberó esa terrible plaga en la ciudad. Y al contemplar el cuerpo del agente muerto frente a ella, Warden decidió que no descansaría hasta dar con el culpable de todo, y pudiera arreglar cuentas con él. Pero antes de siquiera pensar en eso lo primero que debería hacer, junto a la oveja que ahora la acompañaba en aquel tren, sería llegar hasta la comisaría, rescatar las armas de fuego que pudieran y detener al oficial Fangmeyer, que ahora pretendía acabar con todas las presas de la ciudad, incluyendo a ellas dos.
—Jack… te prometo que no dejaré que esto sea en vano. Atraparemos a los responsables, y les haremos pagar por lo que han hecho —prometió al tomar su pata, con lágrimas en los ojos. Diana contempló aquella escena sin saber qué decir, hasta que la oficial le dirigió la mirada nuevamente—. Diana… no te culparé si quieres ir por tu cuenta apenas lleguemos, porque lo que voy a hacer es básicamente un suicidio, pero si no soy yo… nadie va a detener a Fangmeyer antes de que sea tarde —dijo al tiempo que la formación comenzaba a detenerse en la última estación, abriendo todas sus puertas.
—Fin del trayecto. Saliendo de la estación hay algunos depredadores rondando, pero si van con calma podrán evadirlos fácilmente. Es un trecho de una calle hasta el departamento de policía —aclaró Bellwether en la radio, mientras Warden tomaba el revólver de Jack y sus balas restantes para entregárselas a Diana, quien no podía dejar de ver al agente caído, siendo difícil para la oveja evitar pensar que, quizá, ella sería la próxima en terminar de aquella forma.
—No voy a juzgarte si decides irte ahora. De hecho, tal vez tengas más oportunidades de salvarte…
—No puedo hacerlo —dijo finalmente—. No después de lo que le sucedió a Jack. ¡Tenemos que acabar con Fangmeyer y descubrir por qué está pasando todo esto! No quiero que su muerte haya sido por nada —explicó al mirarla a los ojos con un nudo en su garganta, y la oficial asintió con determinación.
—Entonces estamos juntas en esto —dijo al ofrecerle el revólver nuevamente, y esta vez Diana lo tomó sin dudar un instante—. Perfecto.
—No quiero asustarlas, pero Fangmeyer ya va camino hacia Peak St., ¡por lo que les recomiendo que salgan de ese lugar inmediatamente! —gritó la oveja mayor en la radio, y ambas compañeras se incorporaron. Pero antes de salir de aquel vagón, Warden se detuvo a mirar a sus espaldas el cuerpo de Jack Savage, y asintió nuevamente a la promesa que había hecho. Acabaría con Fangmeyer, aunque le fuese la vida en ello.
Judy Hopps abrió sus ojos a una penumbra total, respirando agitadamente justo después de haber despertado repentinamente. Buscó sin éxito un punto de referencia en las penumbras para saber en dónde se encontraba, pero aquella oscuridad le impedía conseguirlo. Aún así, el olor que percibió fue suficiente para darle una idea, pues era el olor propio de una habitación esterilizada.
"Aroma de hospital" —pensó, antes de que una punzada en su costado la devolviera a la cama cuando intentó incorporarse.
Aquel dolor sordo acarreó imágenes de colmillos cerrándose sobre ella, imágenes que la hicieron soltar un grito de terror sin ser capaz de controlarlo mientras se aferraba a las sábanas con terror, al tiempo que un sudor frío descendía por su frente. Antes de que pudiera darse cuenta, su cuerpo entero estaba temblando, pero no podía decir si era a causa de la herida, o si era la horrible imagen de los dientes de aquel depredador, atravesando su cuerpo. Con temor acercó sus patas al origen de aquel dolor, y al tocar con cuidado los vendajes que la cubrían bajo lo que adivinaba como ropa de hospital, detectó aquella depresión en su propia carne que significaba la falta de una parte de ella.
Las lágrimas descendieron por sus mejillas al tiempo que un nudo se formaba en su garganta. Se sentía débil, vulnerable, indefensa frente al mundo, algo que nunca antes había sentido. Le dolía no haber podido salvar a Diana, la aterrorizaba el hecho de que cada paso que daba la alejaba más y más de su amigo zorro, y todo esto sumado al hecho de que, considerando sus heridas, no tenía idea de cuánto tiempo había estado dormida, de cuantas horas o días había perdido, si era de día o de noche, o cómo siquiera había llegado a aquel hospital en primer lugar. Todos estos interrogantes necesitaban una respuesta con urgencia, y por esa razón no podía seguir perdiendo tiempo, lamentándose en aquel terrorífico lugar que la luz no tocaba.
Su segundo intento por incorporarse fue más lento, pero acarreó casi el mismo dolor en su abdomen, y esto la llevó al pensamiento de que, si lo que quería era salir de ese lugar y acabar con todo, necesitaría poder desenvolverse óptimamente, y no conseguiría aquello con ese maldito dolor. Necesitaba aprovechar el hecho de que estaba en un hospital, llegar hasta la farmacia y conseguir analgésicos que detuvieran aquella tortura el tiempo suficiente hasta que ella pudiera dar fin a horror que ahora sufría la ciudad. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde para conseguirlo.
Se sentó al borde de la cama sin que sus patas llegaran a tocar el suelo, y se quitó rápidamente la aguja de su brazo, la cual dirigía el suero a su torrente sanguíneo. No tenía idea de cómo había llegado a ese hospital, ni que había sucedido mientras estaba dormida, pero estaba dispuesta a averiguarlo, y el primer paso para lograrlo sería contactar con Dawn Bellwether.
La oveja estaba fortificada en la prisión de Tundratown, vigilando todo lo que sucedía en la ciudad, y Judy no tenía duda alguna de que la oveja había seguido su "situación" durante aquel tiempo. Ella tenía todas las respuestas que la coneja buscaba, y Judy recordaba con claridad la frecuencia que la había utilizado para comunicarse con ella, por lo que una vez lograra hacerse con un radiotransmisor de la policía sería capaz de hacer contacto con facilidad.
Caminando despacio y con cuidado, extendiendo sus brazos en la oscuridad al apenas adivinar la posición de la puerta, salió a un pasillo gobernado por un silencio rotundo. Más allá del umbral de la penumbra, podía percibir distintas respiraciones a través de su agudo oído. No había que pensar mucho para saber que allí, al igual que ella, se encontraban muchas de las almas desgraciadas que apenas habían conseguido escapar a las garras y colmillos de aquellas bestias, junto con otros animales que de seguro estaban allí desde hacía mucho tiempo antes.
Y en el medio de aquella penumbra, casi absoluta, la coneja logró divisar un pequeño destello, alejado en un rincón. Siguió caminando con cautela, no queriendo arriesgarse a tropezar con cualquier objeto que hubiera quedado en el pasillo. Se inclinó con cuidado para acercar su pata a aquella luz, y alcanzó a descubrir una linterna de luz blanca, cuyo borde estaba tapado. Judy tomó la linterna con un gran alivio en su pecho, alivio que se convirtió en sobresalto cuando la coneja retrocedió con el horror dibujado en el rostro, en el momento en que el destello de su nueva luz alumbró el cuerpo muerto de una cebra junto a la puerta.
Aquella criatura, que vestía una bata médica, se había volado la tapa de los sesos con una pistola que aún sostenía en sus pezuñas, justo al lado del lugar donde antes había estado la linterna. Judy sintió nauseas al contemplar aquella terrible escena, pero no llegó a vomitar, pues no tenía nada en el estómago, y apenas se hubo repuesto de esa terrible sensación se inclinó nuevamente sobre el cuerpo para tomar la pistola.
—Sin balas —susurró Judy al examinar la recamara, cerrando los ojos con fuerza. Aquella cebra había abandonado toda esperanza de salvarse de aquella pesadilla, y empleó su última bala consigo misma.
"Tal vez yo debería haber hecho lo mismo hace tiempo..." —razonó desde lo más recóndito de su mente, rememorando cuanto había sufrido desde entonces.
Aquel pensamiento quedó descartado en el instante en el que recordó lo que estaba haciendo, lo que esperaba lograr, la razón por la que seguía adelante. Si había sobrevivido hasta ese momento, cuando nadie más lo había conseguido, debía de haber una razón. ¿No? Tenía claro que debía encontrar el antídoto contra los aulladores y sacarlo de la ciudad, como así también debía encontrar a su amigo zorro. Esas eran las dos metas que la mantenían de pie, las dos metas que no le permitirían quebrarse tan fácilmente, las dos que le guiarían a salvar a la ciudad, y quizá al mundo, del infierno que se había desatado. Pero antes de apartarse del cuerpo de la doctora llegó a notar un objeto que brillaba al resplandor de la linterna, agarrado con un broche a su bolsillo superior izquierdo: una tarjeta.
"¿Qué es esto?"
Al tomarla y comprobarla pudo notar que en la misma ponía "Dra. Zyra Zamballi, Nivel 2". Siendo esta una tarjeta magnética empleada para la apertura de ciertas puertas electrónicas, por lo que Judy no dudó al momento de conservarla, ajustando el broche al borde de la delgada tela que cubría su cuerpo desnudo.
Aquello la llevó a pensar que también había perdido todo el equipo con el que había contado anteriormente, por lo que debería, en primer lugar, salir de aquel pasillo y conseguir algo de ropa. Esa fue su intención al acercarse a la puerta, pasando la tarjeta recién obtenida por la lectora, pero la misma no se abrió.
"No hay electricidad. Tengo que encontrar la forma de reactivarla, o lo tendré bastante difícil para salir de aquí" —pensó ella al acercarse al cristal, intentando avistar algo en las penumbras, cuando una bestia furiosa embistió contra el metal, haciéndola retroceder.
El guepardo al otro lado, deseoso por capturarla entre sus fauces, intentó rasgar el cristal de la puerta con sus garras, pero al ver que era incapaz de romperlo se rindió al poco tiempo, comenzando a recorrer el pasillo del otro lado en busca de una entrada por la cual llegar hasta la coneja. Y mientras todo esto sucedía, Judy permaneció allí parada, observando lo que antes de seguro había sido un ciudadano de bien, con un trabajo, una familia que le quería, y una vida llena de recuerdos, pero que ahora se había visto reducido a una cruel bestia sedienta de sangre.
En ese momento la coneja lo comprendió, lo vio tan claro como el agua: aquellos animales ya no eran lo que solían ser, y quizá ya nunca lo serían. Ahora tan sólo eran meros obstáculos que se atravesaban en su camino para obtener el antídoto y salvar a Nick por lo que, de ahora en adelante, no dudaría en acabar con ellos, pues las reglas del juego habían cambiado por completo aquella mañana de su vigésimo noveno cumpleaños. Desde ese instante la ley fue matar o morir, y la coneja tenía clara la opción que iba a elegir.
