Capítulo 13 – Revelaciones

Podía verlo claramente al otro lado de la puerta. Aquel guepardo, incansablemente, buscaba cualquier acceso que le diera la posibilidad de acercarse hasta ella, y alimentarse con su carne. Era lo que todo depredador buscaba, era la única idea que perduraba en su mente, y era lo que conseguiría si Judy decidía intentar salir por aquel lugar.

A la luz de la linterna, pudo ver a varias especies de mamíferos en cama, a través de las ventanas de sus habitaciones. Una gacela respiraba dificultosamente, y tenía una buena parte de la cara y el cuello cubiertos de vendas. Una jirafa permanecía de costado en una larga cama, destapada, pero Judy apenas alcanzó a ver tres de sus patas y un muñón vendado donde antes habría estado la cuarta. En la siguiente ventana no encontró a nadie, sólo una cama cuyas sábanas estaban completamente empapadas de sangre, y Judy trató con todas sus fuerzas de no hacer conjeturas sobre lo que habría pasado en aquella habitación.

Lo único que sacó de todo aquello fue que no podía simplemente abrir la puerta, y dejar a las presas hospitalizadas a su suerte. Tenía que encontrar otra forma y ese fue su objetivo cuando, a la luz de su nueva linterna, caminó a lo largo del pasillo buscando un ducto de aire a través del cual pudiese escapar. Para su suerte, halló uno al final del pasillo, justo al lado de la puerta por la que antes había salido.

Le dolió pensar en el hecho de que, unos días atrás, habría podido alcanzar el ducto de un salto, para luego abrirlo y entrar con un rápido movimiento, todo de una sola vez. Pero claro, eso había sido mucho antes de que una pantera negra rasgara su vientre y devorara su costado.

Y mientras más lo pensaba, más le costaba creer que aún siguiera con vida, después de todo lo que había sucedido, después de aquellos terribles encuentros con criaturas que, normalmente, deberían haber podido terminar con una simple coneja con suma facilidad. No lo entendía, pero tampoco iba a detenerse a protestar, pues agradecía haber podido llegar hasta ese punto con vida, agradecía que su corazón aún siguiera latiendo, pues mientras así fuera aún habría una oportunidad de dar fin a esa pesadilla.

Regresó a su habitación en busca de algo que le permitiera acercarse a la boca del ducto de aire, y encontró junto a su cama un sillón que de seguro cumpliría con aquel objetivo. Ya se estaba posicionando detrás de él para empujarlo cuando, al otro lado de la habitación, vislumbró un sujetapapeles con una nota y un bolígrafo encima, dejados sobre una pequeña mesa. Dado que los mismos estaban en la que había sido su habitación, la coneja no pudo resistir la necesidad de investigar que ponía allí, por lo que tomó la nota en sus patas rápidamente.


"Informe de paciente, Hopps J. [7-5-19]:

Señor Savage, me complace comunicarle que en las últimas horas la paciente Hopps ha demostrado una gran mejoría. Mis colegas y yo nos ocupamos de reconstruir cuanto pudimos del área afectada, y cauterizamos los puntos en donde fue necesario. La operación duró cuatro horas, pero fue todo un éxito.

Sin embargo, no hubo nada que pudiésemos hacer con la pérdida del músculo, y el dolor que sufrirá la paciente una vez despierte hará necesario el consumo diario de analgésicos para resistirlo. Requerirá de varias semanas de reposo, si es que logramos sobrevivir aquí, pero no cabe duda que saldrá de esta.

Pero hay algo más que me gustaría comentarle, y es que antes de hacerle la transfusión con su sangre, tal y como nos solicitó, tomamos una muestra de la coneja sin alterar dado que aún estamos investigando como es que la neblina afectó a los mamíferos de esta ciudad. Como sabe, todas las presas que hemos examinado han demostrado algún cambio en la química de su cuerpo, pero los mismos difieren con cada mamífero.

En la agente Hopps, particularmente, encontramos que el conteo de plaquetas era anormalmente alto, lo que aumentaría su capacidad de cicatrización frente a ciertas heridas. Esto explicaría que haya sobrevivido a la abertura en su vientre que notamos cuando llegó. Puedo asegurar que fue hecha ayer, cuando el incidente comenzó, pero parece como si tuviera ya un par de semanas. Lo mismo si hablamos de sus glándulas suprarrenales, las cuales han aumentado su tamaño, contribuyendo a una mayor segregación de adrenalina y mejorando notablemente la reacción a ciertos peligros.

Como dije, lo más probable es que todos estos sean efectos secundarios provocados por la neblina empleada para volver salvajes a los depredadores, pero de momento es una mera suposición, y los análisis que estamos llevando a cabo para confirmarlo tardaran al menos un día más, por lo que tendremos una respuesta apropiada mañana por la tarde. Se le notificará apenas haya novedades con respecto a este tema.

Dra. Zyra Zamballi

Hospital General de Zootopia"

INFORME DE PACIENTE, HOPPS J. [7-5-19] (ARCHIVADO).


Judy cerró los ojos al apenas terminar de leer, sopesando las palabras escritas en aquel papel por la doctora que se había volado la tapa de los sesos al final del pasillo. Si lo que se decía allí era cierto, entonces no había llegado tan lejos por mera casualidad: la niebla que respiró en el tren había hecho algo con su cuerpo el cual, incluso en ese mismo momento, seguía sufriendo los efectos de aquella sustancia.

Por su mente pasaron las imágenes de los depredadores volviéndose salvajes en aquel instante, el recuerdo de Diana al atacarla con un hacha de incendios con una fuerza devastadora, y a Francine quien, aún malherida, se las había arreglado para pelear contra ella, ignorando el dolor de la cornada en su pecho.

No fue difícil para Judy unir los hilos y darse cuenta de que la niebla "mejoraba" a las presas de alguna forma, a cambio de arrebatarles poco a poco la cordura, tal y como había sucedido con Francine en aquel tejado. Pero todos habían sido infectados casi al mismo tiempo, y durante esa batalla tanto Diana como ella seguían cuerdas. A razón de esto, la coneja pudo deducir que el tamaño no influía en la infección, había otros factores que jugaban su papel al momento en que la presa afectada perdía la cordura, pero aún no era capaz de descifrar cuales eran. ¿Quizá Bellwether lo supiera? Si así fuera, no perdería nada con preguntárselo una vez pudiese contactar con ella.

Eso fue lo que pensó mientras, con mucha dificultad, empujaba el sillón y lo sacaba al pasillo, colocándose al otro lado y empujando el mueble hasta tocar la pared.

"Aquí viene la parte difícil" —pensó al aspirar profundamente, levantando la pata para subir y recibiendo una fuerte puntada en el costado en respuesta, puntada que intentó resistir por todos los medios al apretar fuertemente los dientes.

Repitió el proceso una vez más, y logró quedar frente a frente con la rejilla de ventilación cuya tapa procedió a extraer al quitar cada uno de sus cuatro tornillos, empleando para ello una de sus uñas como un destornillador. La coneja quitó la tapa y se preparó para lo que vendría, pues arrastrarse en aquel ducto con una herida en tratamiento como la suya no sería exactamente un día de campo.

No se equivocó. El impulso que empleó para colarse en el hueco ya de por sí fue una tortura, pero el roce contra el borde del metal fue una historia completamente diferente. Al apenas estar en el interior Judy no pudo hacer más que encogerse por el dolor, suplicando que se detuviera lo más pronto posible para que pudiera continuar su camino.

Se arrastró con mucho cuidado, intentando minimizar el roce con el metal y el producir el menor ruido posible, dado que no quería llamar la atención de los depredadores que pudieran rondar en las cercanías. No tenía idea de a donde se dirigía, pero tenía que alejarse de aquel lugar.

La oficial estuvo moviéndose de un punto a otro durante al menos cinco sufridos minutos, hasta que una de las rejillas bajo ella terminó por ceder y la coneja, golpeándose la cabeza con el borde, cayó sobre su espalda, impactando fuertemente con el suelo del hospital. El dolor de su costado se había intensificado a un nivel que ella nunca habría imaginado y, para empeorar las cosas, la linterna se había roto al tocar el suelo.

Judy entreabrió los ojos, intentando resistir, pero su visión borrosa le impedía tener un panorama claro del espacio en el cual se encontraba. Al final del pasillo podía ver un asomo de luz natural tocando una sala de espera, y alcanzó a oír la respiración de un depredador corriendo no muy lejos de allí. Era brutalmente obvio que se dirigía hacia el lugar donde la había oído caer.

En un arranque de desesperación, la coneja se incorporó con dificultad y rengueó apenas unos metros hasta la puerta abierta más próxima, la cual rápidamente cerró detrás de sí con la más absoluta delicadeza. Tan sólo esperaba que los depredadores no hubieran averiguado como abrir puertas en el tiempo que ella había estado dormida.

Una vez allí, Judy se quedó completamente quieta, muda, e intentando respirar lo más calmadamente posible para no dar nota de su ubicación a quien buscaba cazarla. Al otro lado pudo escuchar a la bestia acercarse, y la oyó olfatear el suelo y seguir el rastro hasta la puerta por la que antes había entrado. El corazón de Judy comenzó a golpear con fuerza, e intentó contener sus nervios cuando la bestia olfateó el espacio bajo la entrada, antes de comenzar a arañar el piso de cerámica. La criatura sabía que ella estaba allí, pero al parecer no sabía cómo llegar hasta la coneja, ni contaba con la fuerza para hacerlo. Con un poco más de calma, la oficial de policía se volteó para encontrar los restos de un cuerpo sin vida tras el escritorio de aquel consultorio.

No era difícil imaginar la cruenta batalla que allí se había desatado al ver el presente destrozo. Los muebles habían sido movidos de su lugar bruscamente y la computadora estaba rota en el suelo, al igual que una gran cantidad de papeleo desperdigado. Y detrás de ello, el suelo de la mitad de la habitación estaba completamente cubierto por la sangre de aquel cuerpo que la coneja no llegaba a identificar, pues no quedaba mucho del animal que había sido. Con mucho cuidado al acercarse, Judy encontró que la desgraciada víctima iba vistiendo parte de un uniforme de policía, y al agacharse para comprobarlo, descubrió una placa en donde ponía el apellido "Oates".

Sólo entonces cayó en la cuenta de que aquellos restos pertenecían a su compañero caballo del departamento de policía, del que ya poco quedaba. Pero al razonar esto, comenzó a rebuscar con cuidado entre los pedazos de aquel, rastreando algo en particular. Y al cabo de poco tiempo finalmente lo encontró: un radio de policía, que aún goteaba la sangre del caballo. Pero sin verse afectada por esto, apenas después de limpiar el aparato con la ropa de hospital y comprobar que aún funcionaba, procedió a realizar la última llamada que hubiese querido hacer.

—Bellwether, aquí Judy Hopps. ¿Puedes oírme? Cambio —llamó ella. Pasaron algunos segundos en silencio y la coneja comenzó a pensar que se había equivocado, hasta que la voz de su archienemiga sonó en el parlante.

Tal y como dice el dicho, hierba mala nunca muere. Supuse que te habían cenado hace horas.

—Eso significa que no he estado en este hospital más de un día, ¿no es así?

Diez horas, para ser más exactos.

—¿Qué sucedió con Diana? ¿Dónde está ella?

Murió esta mañana, cuando el hospital fue atacado.

—Maldición…

Aún quieres encontrar a tu amigo zorro, ¿no es verdad? Si es así, tendrás que bajar al tercer subsuelo del hospital y buscar la reserva del antídoto contra los aulladores. Es tu única oportunidad.

—¿Cómo sabes que se encuentra allí?

No perdí mi tiempo mientras me ponía al día con el sistema, conejita. Sabía qué era lo que tenía que buscar, y donde buscarlo. La red es una increíble fuente de información, si sabes como utilizarla.

—¿Cómo llego hasta ahí?

La única forma de entrar es mediante el ascensor central, y necesitarás una tarjeta de acceso de nivel 3 para bajar a ese piso.

—Debe ser una broma.

Y te digo más, sólo hay cinco médicos que tienen ese nivel de permiso allí, aparte del director del hospital.

—¿Alguno de esos médicos sigue aquí?

Cuando las cámaras aún funcionaban hallé a la doctora Laurence Kattler, una gacela mayor, y la última vez que la vi estaba en el tercer piso. Si la encuentras, o al menos encuentras su cuerpo, seguramente obtendrás la tarjeta que necesitas. Pero también deberás bajar al primer subsuelo, al lado del estacionamiento, para reconectar el generador de emergencia. Una vez haya electricidad y el ascensor esté activo nuevamente, podrás llegar al tercer subsuelo con la tarjeta y conseguir el antídoto.

—No tienes visual de los pasillos de este hospital, ¿no es así?

No mientras la electricidad esté cortada.

—Estupendo…

Lo siento, pero estás sola en ésta.

—¿Podrás darme instrucciones de cómo reconectar la electricidad una vez esté ahí?

—No es un sistema demasiado complicado.

—Preferiría tener algo de asistencia para esto.

De acuerdo, te guiaré paso a paso para que…

—Bellwether, quiero que me respondas una pregunta.

Espero que sea la última vez que te atreves a interrumpirme, conejita. Y no estoy bromeando.

—¿Por qué estás ayudándome realmente? ¿Acaso quieres que me crea que sólo quieres mantenerme viva hasta que salve a Nick, para que puedas completar tu venganza contra ambos? No soy tan ingenua como parezco. ¿Qué es lo que buscas en verdad? —preguntó, pero no recibió respuesta alguna—. Necesitas el antídoto para ti misma, ¿no es así?

Vaya… de verdad no dejas de sorprenderme, Judy. No esperaba menos de la conejita que me puso tras las rejas.

—Sabes que las presas también resultamos afectadas por la neblina, y de seguro has notado a través de las cámaras de seguridad que muchos de los supervivientes perdieron la cabeza en distintos intervalos de tiempo. No estás pensando en nadie más que ti misma al hacer esto, pero dime… ¿cómo pensabas quitarme el antídoto una vez que lo consiguiera? Necesito saberlo.

Improvisaría. Haría lo necesario para atraerte a la prisión, de una forma u otra.

—Probablemente al decirme que tenías a Nick en la prisión, ¿verdad?

¡Diez puntos, conejita! ¡Ganaste!

—Eres una bastarda…

¿Y qué esperabas? ¿De verdad creíste que les daría la oportunidad de escapar? Desde que todo comenzó, no he buscado nada más que mi propio beneficio, y mi venganza. Las dos lo sabemos.

—Pero aquí está el problema… no voy a ayudarte, a menos que me des lo que quiero.

Y aquí está el otro problema, vas a necesitarme para obtener el antídoto una vez que reconectes la electricidad. No es como si sólo tuvieras que abrir una puerta y ya, porque la reserva del mismo está asegurada en una caja de combinación. Y adivina, ¿quién tiene la contraseña para acceder a ella?

—Tal parece que, de momento, vamos a necesitarnos la una a la otra.

Tal parece que así es. Y bien, ¿qué es lo que quiere la señorita? Anda, dilo.

—Quiero que me digas cuales son los factores que hacen que las presas pierdan la cordura… y quiero que me digas donde está Nick.

Coneja astuta... —respondió Bellwether, divertida.