Capítulo 14 – La dama de la luz
Fuera de aquel consultorio, la coneja podía oír a uno de los depredadores salvajes esforzándose por hacer un hueco en el piso de cerámica para poder cruzar, pero el mismo comenzó a rasgar la puerta segundos después cuando vio que la primera opción no era viable. Deseaba con todas las fuerzas de su instinto primario bañar su hocico en la sangre de la presa al otro lado, y nada le impediría conseguirlo.
Judy se quedó allí, aferrando fuertemente la radio de policía al apenas oír la respuesta de Bellwether, cuando le preguntó por los factores que disparaban la locura en las presas luego de ser infectadas por la neblina. No podía ser cierto, la oveja tenía que estar equivocada, pues aquello implicaría que ya nadie que hubiera sido víctima tenía oportunidad de escapar de allí con la cordura intacta.
—¿Desesperación? ¿Estás segura de lo que me estás diciendo?
—Sólo puedo sacar conclusiones en base a lo que veo desde aquí, que no es poco. Pero es lo más probable.
—¡Pero no tiene sentido! Si así fuera, entonces yo debería estar…
—Has mantenido la esperanza de poder salir de esta, Hopps. Te conozco, sé cómo funcionas, y tu plan más probable de seguro era encontrar al zorro, salir de esta ciudad con el antídoto, y encontrar un sitio seguro. ¿No es verdad? Eso significa que no has caído verdaderamente en la desesperación, no al menos la desesperación de la que ahora te estoy hablando. La que sientes cuando sabes que todo ha terminado.
—Sigo sin comprenderte…
—Ayer por la tarde, casi medio día después de que todo esto comenzara, enfoqué mis cámaras en un par de gacelas que intentaban huir de la ciudad a pata. Una pareja. Acorralados, debieron buscar refugio en el centro comercial de Plaza Sahara, pero cuando estaban subiendo las escaleras eléctricas al primer piso, un tigre atrapó a la hembra. El macho estuvo a punto de seguir subiendo, con lágrimas en los ojos, oyendo las súplicas de su pareja aún viva bajo las dentelladas del tigre. Pero en ese momento, cuando supo que todo había terminado para la hembra que amaba, la mirada de esa gacela cambió. Regresó, y se arrojó sobre el tigre para atacarlo con pezuñas y dientes. Imagínate, una gacela mordiendo a un tigre. Claro, las dos murieron a garras del tigre, pero fue algo muy interesante de ver, pues situaciones similares se repitieron con mamíferos atrincherados en lugares atestados de depredadores, presas que perdieron a su familia de formas que no le desearías ni a tus peores enemigos, o incluso presas que ya estaban siendo atacadas, que se volvieron contra sus propios aliados. Ese es el disparador de la locura, oculto en la neblina que todos aspiramos. En el momento en que aceptas que todo ha terminado, pierdes la cabeza por completo, tal y como le sucedió a Francine, y lo mismo nos pasará a nosotras si llegamos a encontrarnos en una situación insalvable. En el momento en que perdemos todas las esperanzas de seguir adelante, es el momento en que lo hemos perdido todo.
—Esto… esto no se parece en nada al tóxico aullador que tú utilizaste hace meses. ¿De verdad crees que el antídoto pueda hacer algo contra esto?
—Si alguien tomó mi idea, y usó el tóxico aullador como base para preparar ese veneno que respiramos, hay una posibilidad de que el antídoto que se desarrolló hace unos meses anule el principio activo de las "Midnicampum holicithias", por lo que podríamos salvarnos al utilizarlo. Tenemos esa chance.
—¡Pero no es seguro! No hay seguridad de que el antídoto sirva contra lo que sea esto. Podría ser algo completamente diferente al tóxico aullador, y entonces ya no tendríamos oportunidad —respondió cuando la parte baja de la puerta sobresalió al producir un fuerte sonido proveniente de la madera quebrada, y una pata asomó bajo la misma, arañando el piso con las uñas.
—¿Qué fue eso? Judy, ¿hay alguien más ahí? ¿Qué está ocurriendo?
—Si todo esto es verdad, entonces Nick… Bellwether, ¿dónde está Nick?
—Coneja, estás hiperventilando. Cálmate y olvida todo lo que dije ahora, tienes que salir de ese lugar enseguida.
—No me has dicho nada de Nick, y lo único que eso puede significar es que no tienes ni pista de donde está. Eso, o…
—¡Coneja! ¡Cierra el hocico y sal de ahí! —dijo cuándo una sección mayor de la madera se rompió, y la cabeza de una hambrienta hiena asomó por debajo, exponiendo sus dientes a su próxima presa—. Escúchame bien Judy, el zorro aún está vivo. Aunque no lo creas, está durmiendo en el tejado de un centro comercial en Savanna Central a diez calles de ese hospital, y aún tenemos una oportunidad de salvarnos si usamos el antídoto, así que será mejor que te centres y te alejes de ese lugar, ¡porque hasta aquí puedo sentir al depredador que va a hincarte el diente si no espabilas de una vez! —le gritó cuando la hiena alcanzó a estirar mucho más una de sus patas, a escasos segundos de pasar por debajo, pero Judy estaba paralizada, sentía que su cabeza estaba a punto de estallar—. ¡Coneja, reacciona! —la risa de aquella hiena le heló la sangre, haciéndola temblar—. Hopps, con un demonio. ¡Sal de ahí ahora!
Y la coneja gritó, gritó con el alma hundida en el terror al momento en que tomó el monitor roto del suelo, para estrellarlo en la cabeza de la hiena con todas sus fuerzas. Pero incluso luego de ello, su grito no se detuvo.
Estaba aterrorizada, la pesadilla estaba pudiendo con ella, sentía que el peso del mundo se le venía encima sobre sus débiles hombros y no podía cargar con él. Cayó sentada al suelo, sin dejar de ver el cuerpo temblando de aquel depredador. Estaba muerto, no tenía duda, pero aquel temblor en los músculos del cadáver no hacía más que darle nauseas, por lo que debió voltearse para evitar el contacto visual.
—¿Qué sucedió? Coneja, ¿estás bien?
—No… no lo estoy —respondió en el intercomunicador al tomarlo nuevamente.
—Trata de calmarte… si caes en la desesperación, será el fin para las dos. ¿Me has oído? Sé que suena muy estúpido, pero es lo único que tenemos, es la única pista que tenemos de esta neblina. Mientras mantengas la esperanza de poder seguir adelante, de rescatar a tu compañero, podrás mantenerte cuerda. De otra forma, ya no tendremos salvación.
—¿Cómo sé que estás diciéndome la verdad? ¿Cómo sé que Nick de verdad está en ese tejado?
—Tendrás que ir allí a averiguarlo, una vez consigas el antídoto.
—¿Qué debo hacer ahora?
—Encuentra la manera de bajar al tercer piso, busca el cuerpo de la gacela Laurence Kattler y consigue su tarjeta de seguridad. Una vez lo hagas, baja hasta el subsuelo y busca el acceso a la sala del generador de emergencia. Está a unos pocos metros del ascensor, no tiene pérdida. Y una vez estés ahí, contáctame con ese radio y te daré instrucciones. ¿Entendido?
—No tengo otra alternativa.
—Bien, ¡en marcha! —dijo al cortar la comunicación.
Judy lo sabía bien, sabía que lo del tejado bien podría ser una trampa orquestada por Bellwether para arrebatarle el antídoto una vez lo consiguiera, aunque no tenía idea de cómo pensaba hacerlo exactamente. Pero si sus palabras anteriores eran ciertas, entonces debía de confiar en que aquello no era una treta, sino la verdad. De otra forma, aquella sustancia en su sangre le haría perder la cordura, tal y como había sucedido con su antigua compañera.
Ya no podía regresar por la entrada del consultorio, pues el cuerpo de la hiena estaba trabando la puerta de madera con su cuerpo, por lo que decidió ir en dirección hacia la ventana, no sin antes mirar de reojo los restos de Oates. Sabía que al salir por la ventana necesitaría emplear sus patas para sostenerse de los bordes y no caer al vacío, por lo que no podría llevar la pistola de Zyra y el comunicador de Oates consigo. No a menos que…
—Con un demonio —maldijo por lo bajo.
Se agachó junto al caballo muerto para examinar sus restos, haciendo girar el cuerpo para desabrochar la hebilla que mantenía unido su cinturón, y lo extrajo con extremo cuidado. El mismo estaba bañado en las entrañas del viejo policía, pero la coneja intentó no pensar demasiado en ello mientras rodeaba su torso con él, alcanzando a dar dos vueltas antes de unir ambos extremos en su hombro derecho. Si bien el cinturón del caballo había sido despojado de varios de sus complementos, las dos bandoleras que quedaban ubicadas en la cintura de la coneja, sumado a los estuches de pistola reglamentaria y cargadores en el pecho, serían más que suficiente para poder llevarse el intercomunicador y el arma con ella. Además, el cinturón aún llevaba consigo una linterna táctica que también funcionaba como porra y unas llaves que, Judy asumía, pertenecerían al patrullero de Oates, que probablemente aún permanecía en el estacionamiento del hospital en el primer subsuelo.
Una vez lista, la coneja se acercó con cuidado al otro lado de la habitación, intentando no resbalar con los restos de su antiguo compañero, y abrió la ventana a un día soleado y despejado sobre una ciudad en completo silencio. Miró hacia abajo, a través de la ventana, y calculó rápidamente que se hallaba en el quinto piso, por lo que debería encontrar la forma de bajar dos pisos y no caer al vacío en el intento.
—Esto… era lo único que me faltaba —pensó al pasar una de sus patas traseras, sintiendo una fuerte puntada en su costado e intentando ignorar el dolor, sosteniéndose con ambas patas al otro lado mientras pisaba el borde, un espacio de escasos centímetros en el que apenas cabía.
Una fuerte corriente de aire la empujó levemente, pero esto fue suficiente para aumentar sus nervios al tiempo que volteaba hacia los lados, buscando ubicar un espacio que le permitiera descender. Lo encontró a unas pocas ventanas: un tubo de hierro que descendía desde el tejado hasta la planta baja, y que probablemente sería una de las desembocaduras de las canaletas. Aquello fue suficiente para ella.
La coneja se deslizó con extremo cuidado a través de aquel borde, paso por paso, aferrándose a los espacios entre los ladrillos que conformaban la pared exterior del edificio, intentando con todas sus fuerzas no mirar hacia abajo, pues sabía lo que sucedería cuando lo hiciera. No era precisamente un buen día para una coneja con miedo a las alturas, pero Judy no contaba con muchas alternativas. Aunque sí deseó que hubiera habido otra cuando, al llegar a la segunda ventana, algo embistió el cristal con fuerza, provocándole un terrible susto que la hizo perder el equilibrio. Su cuerpo resbaló, y apenas llegó a sujetarse del borde para evitar una muerte segura, no sin sentir que su cuerpo se partía a la mitad desde el costado. Lágrimas de dolor corrieron por las mejillas de Judy, al tiempo que meditaba sus opciones, ya que no tenía la fuerza para subir nuevamente a aquel lugar, donde un depredador que no alcanzaba a ver por el reflejo del sol seguía golpeando el cristal con fuerza.
No le quedó otra opción más que desplazarse lateralmente los tres metros que aún quedaban hasta llegar a la canaleta, sintiendo un ardor y dolor infinito en la herida recientemente tratada. Judy no tenía idea de que tanto podía llegar a afectarle a largo plazo el realizar una actividad como aquella, pero debía continuar. No tenía más alternativa que seguir adelante, y mantener las esperanzas de que al final todo saldría bien.
Al llegar al tubo en donde desembocaba el agua de lluvia, cuando la había, la coneja se aferró fuertemente, mientras comenzaba a descender con mucho cuidado hasta quedar a la altura del tercer piso, asomándose a la ventana más próxima por el lado derecho. El interior aparecía como una habitación de hospital normal, con una cama de plaza y media en el centro, una consola colocada horizontalmente en la pared, una mesa de noche justo al lado, y una silla en una esquina. Únicamente llamó su atención el hecho de que en el brazo de la cama había un juego de esposas enganchado, así como una colilla de cigarrillo en el suelo, siendo estos los únicos indicios de que alguien había estado allí con anterioridad.
Incapaz de abrir la ventana, y sin soltarse del tubo de la canaleta, la coneja procedió a romper el vidrio con la culata de la pistola de Zyra. Luego de barrer los cristales más peligrosos y facilitando una entrada más segura, la coneja saltó al interior, volteándose para encontrar el paisaje de una ciudad hundida en el caos. El sol ya alto en el cielo iluminaba hasta el último rincón, y a la distancia podían verse columnas de humo negro elevándose incansablemente. Y a diferencia de la noche anterior, ya no podía oír gritos a la distancia, nada. El silencio inundaba la ciudad en su totalidad, y la coneja pensó que quizá, tan sólo quizá, ella y la oveja podrían ser las únicas presas conscientes que quedaban allí. Después de todo, la desesperación era un virus que, en una situación como aquella, se propagaría con extrema facilidad.
Intentando quitarse aquellas ideas de la cabeza para continuar, la coneja se volteó y se dirigió a la puerta en puntillas, apoyando sus largas orejas para oír lo que sucedía al otro lado. Pasaron varios segundos, pero no oyó nada, y consideró que, desde que los depredadores habían invadido el hospital, la mayoría se habría retirado luego de acabar con todas las presas que encontraron. Y siguiendo esta línea de pensamiento, Judy abrió la puerta lentamente, avistando el otro lado, y una vez más encontrándose con un pasillo completamente en penumbras.
Judy se alegró de que Oates hubiese podido conservar la linterna táctica hasta ese momento en el consultorio, pues la misma iluminó el camino de la coneja al momento de adentrarse en aquel lugar. No parecía haber depredadores en las cercanías, pero tendría el ojo puesto en la entrada de aquella habitación por si acaso debía regresar corriendo para cerrarla rápidamente, con objeto de refugiarse y defenderse de su ataque.
Al salir, la oficial exploró el lugar a la luz de aquel implemento que también podía utilizarse como porra de ser necesario, y comenzó su búsqueda del rastro de la doctora Laurence. Lo único que sabía de ella era que se trataba de una gacela mayor y, muy a su pesar, cruzó los dedos para que la misma no hubiera escapado de aquel lugar, pues no estaba segura de poder revisar el hospital en toda su extensión, dado que aquello simplemente sería un suicidio.
Su única defensa en la actualidad era la porra que constituía su fuente de luz, y la culata de la pistola cuyo cargador había sido vaciado por completo por su dueña anterior. Esto, sumado a su estado, no le daba muchas probabilidades de supervivencia en caso de un enfrentamiento, por lo que lo ideal de momento era evitar un combate innecesario.
Recorrió el suelo al haz de luz de la linterna hasta la esquina, donde halló un rastro de sangre. La amplia mancha en el suelo se arrastraba hasta el final del pasillo en donde se ubicaba el ascensor, actualmente sin corriente eléctrica. Allí el rastro, cada vez menos notable, doblaba hacia la derecha y pasaba por debajo de la puerta de la escalera de emergencia. Al notarlo, Judy dudó por un segundo, pues apenas había recorrido parte del pasillo del tercer piso, y aún había decenas de habitaciones en aquel lugar para explorar. Pero aquel rastro… aquel rastro simplemente había captado su curiosidad. La posibilidad de que perteneciera a la gacela que ahora buscaba era ínfima, pero era prácticamente la misma que podía tener en cualquiera de las habitaciones. La coneja sintió la necesidad de avanzar y consideró la posibilidad de que, si llegaba a equivocarse, aún tendría la posibilidad de regresar a aquel pasillo y revisar el lugar con más detenimiento… probablemente.
Muy a su pesar, no pudo evitar seguir aquel rastro de sangre que poco a poco se hacía menos fuerte, abriendo la puerta de la escalera de emergencia e internándose en el hueco. La línea de rojo carmesí, que de a ratos volvía a agrandarse de nueva cuenta, curiosamente bajaba las escaleras hasta el subsuelo. ¿Quizá el depredador quería esconder su presa del resto de los invasores? Era la única explicación que pasó por la mente de Judy para explicar aquel extraño actuar.
Pronto la coneja se encontró parada al final de la escalera, donde el rastro se internaba cruzando la puerta de madera rota, a un estacionamiento apenas iluminado por la luz del sol que se colaba a través de la persiana bajada. Allí pudo ver una gran multitud de vehículos dejados a su suerte por animales que quizá nunca regresarían a reclamarlos, pero los ojos de Judy se centraron en una ambulancia de puertas abiertas y luces interiores aún encendidas, la cual se encontraba a unos cuantos metros de distancia, cerca del acceso al exterior por una puerta simple que parecía abierta.
Ya estaba dirigiéndose a ella cuando, por pura casualidad, volteó a su izquierda para encontrar el cuerpo de una gacela dejado sobre el capó de un automóvil, devorado casi en su totalidad. Judy pudo observar que las entrañas de la presa y una buena parte de la carne de sus miembros había desaparecido por completo, pero no dudó al momento de acercarse a ella cuando avistó un objeto que brillaba al escaso resplandor del sol, aún bajo el baño de sangre que constituía aquella cruel escena. La coneja supo exactamente de qué se trataba mucho antes de que sus patas lo extrajeran, junto con el broche que lo mantenía aferrado a la solapa de su bata médica: una tarjeta magnética en la que ponía "Dra. Laurence Kattler, Nivel 3".
—Perfecto —susurró, buscando a su alrededor el ascensor, hallándolo y empleándolo como punto de referencia para encontrar la puerta que Bellwether le había indicado por radio: el acceso al generador de emergencia, señalizado con un letrero de "Alto voltaje". Ya estaba encaminándose hacia aquel lugar cuando un rugido que resonó en todo el subsuelo la hizo temblar, helando su sangre al tiempo que se volteaba rápidamente hacia el punto de origen.
El enorme depredador de melena larga y ojos penetrantes apenas la examinó una fracción de instante antes de lanzarse en su caza y Judy, casi por inercia, corrió hacia uno de los automóviles cercanos y dejarse caer, aprovechando el impulso para arrastrarse por debajo cuando el rey de la jungla de asfalto impactó la carrocería con todas sus fuerzas. Sin intenciones de esperar a que el león empujara el vehículo lo suficiente para alcanzarla, Judy se arrastró hacia el otro lado para incorporarse y correr con todas sus fuerzas los tres metros que la separaban de la ambulancia.
Subió y cerró la puerta del acompañante detrás de ella casi por inercia, pero el empujón que dio el depredador a la misma la envió al asiento del conductor, casi cayendo nuevamente hacia afuera, pero aprovechando la posición a su favor para cerrar la puerta abierta restante. Una vez segura en el interior, aún con el depredador buscando la forma de llegar hasta ella, Judy examinó de reojo la parte trasera de la ambulancia, asegurándose de que no había peligro alguno allí. Una vez chequeado, giró la llave para poner el transporte en marcha, a sabiendas de que el león que ahora se trepara a la parte alta del vehículo no le permitiría poner escapar tan fácilmente.
El depredador no dejó de inclinar el vehículo hacia un lado y otro en ningún momento, al tiempo que hundía el techo poco a poco, pero la coneja se las arregló para acercar y detener la ambulancia junto a la puerta de la sala del generador, casi pegada a la pared, antes de bajar el cristal de la ventana y estirarse para abrir la puerta. Debió retroceder bruscamente cuando la pata del león se abrió camino por el espacio que quedaba entre la ambulancia y la pared, intentando capturarla, pero en un acto reflejo la coneja golpeó su pata con el extremo de la linterna, antes de caer hacia atrás. Aprovechando el momento en que el depredador retiró la pata a causa del dolor para saltar por la ventana, pisó el picaporte y abrió la puerta de una sola vez, cerrándola detrás de si antes de siquiera darle tiempo de actuar al feroz depredador que estaba detrás de ella. Lo había conseguido.
Examinó brevemente la estancia que se extendía frente a ella, a la luz de la linterna, encontrando una sala atestada de máquinas cuya función desconocía, o ni siquiera llegaba a imaginarse. Tubos que iban de aquí para allá, cables repartidos por el suelo y las paredes, medidores e indicadores en siglas de las que nunca había oído hablar, y una multitud de botones en cada uno de los paneles que le daban la sensación de que volaría el hospital en pedazos si tocaba algo que no debía. ¿Y la oveja había dicho que aquel era un sistema simple? Judy rio por lo bajo tragicómicamente al tiempo que tomaba el radio del cinturón que la rodeaba, activándolo sin dejar de recorrer el lugar con la linterna, no deseando que un depredador escondido la tomara desprevenida.
—Bellwether, ¿puedes oírme? Estoy en la sala del generador, pero… no tengo idea de cómo voy a poner en marcha todo esto.
—Es más simple de lo que parece a simple vista. Sigue mis instrucciones al pie de la letra, y no tendrás problema.
—¿Y cómo es que tú sabes sobre esto?
—Te lo he dicho, descargué mucha información útil a las computadoras de la sala de seguridad antes de que la red cayera. Todo lo que sabía que iba a necesitar eventualmente.
—¿Tu plan siempre fue que terminara aquí, para obtener la cura?
—No, pero el hecho de que te atacaran fue bastante oportuno para eso. Me facilitó las cosas en sobremanera, para serte sincera.
—No esperaría menos. Pero, si la red cayó… ¿cómo es que estás conectada a las cámaras de seguridad que hay repartidas a lo largo de la ciudad?
—Mucho antes de hacer carrera en la alcaldía, me gradué como analista de sistemas, siendo la mejor de mi clase. No he olvidado los conocimientos que adquirí por ese entonces, por lo que usar mi usuario para acceder a las redes de seguridad en la ciudad sin limitación alguna, y convertir el sistema de vigilancia a un circuito cerrado con su centro en la prisión no fue problema para mí. Ahora, sería una buena idea que dejes de hacer preguntas innecesarias y sigas mis instrucciones, para que las dos podamos salir de esta con la cabeza sobre nuestros cuellos. ¿Te parece bien?
—No tengo objeción.
—Ahora, empecemos por el principio. Primero que nada, no puedes activar el interruptor principal manualmente, tienes que bombear la manija del cebador para poder cargarlo. Es grande, plana y gris.
—De verdad espero que sepas lo que estás diciendo —dijo al hallar la palanca, comenzando a subirla y bajarla hasta que escuchó un "clic" en el interior del aparato.
—No tienes más alternativa que seguir mis instrucciones, de cualquier forma. Ahora, bajo las palabras "posición de contacto" hay un botón redondo y verde que dice "pulsar para cerrar". Púlsalo —indicó la oveja al otro lado de la línea.
La coneja obedeció la instrucción y, al hacerlo, un tablero junto al panel se iluminó completamente al tiempo que la totalidad de la maquinaria en aquella habitación se ponía en marcha, haciendo vibrar el suelo. Apenas pasaron unos instantes cuando la estancia se iluminó completamente gracias a las bombillas que colgaban en el techo, y la coneja apagó la linterna para guardarla en su cinturón. Ya no tendría necesidad de usarla.
—Hecho, tenemos electricidad.
—Perfecto, una vez que las cámaras estén en línea tendré imágenes del hospital nuevamente. ¿Tienes la tarjeta de la doctora Kattler?
—La conseguí al bajar, sí. Pero el león que despedazó a Laurence ahora está detrás de mí. De hecho, está afuera del cuarto del generador, pero logré bloquear la puerta con una ambulancia.
—Maldición… ¿y no hay forma de que te acerques al ascensor con la ambulancia?
—No. Por más que me acerque, quedará un gran espacio entre la ambulancia y la puerta. El león me capturaría antes de que logre tocar el botón para llamarlo.
—Odio a esas malditas bestias. Está bien, creo que puedo guiarte hasta el hueco del ascensor mediante los ductos de ventilación. Llevará un poco de tiempo, pero… oh, santo cielo…
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—Vamos a tener que olvidarnos de esa idea, y vas a tener que acabar con ese león de ser necesario para que salgamos de esta.
—¿De qué estás hablando?
—Sólo imagino que las luces encendiéndose en todo el edificio, aun siendo de día, captaron la atención de los depredadores, porque hay varios dirigiéndose al hospital en todas direcciones. Créeme, en cinco minutos, el león será el menor de tus problemas.
—Debe ser una broma…
