Capítulo 15 – Fuera de control
El corazón de Warden golpeó con fuerza cuando se encontró a unos pocos metros de la entrada de la comisaría, resguardándose junto a Diana detrás de una de las varias barricadas que se habían levantado para detener el avance de los animales salvajes, escondiéndose de un león que ahora roía un largo hueso frente a la entrada principal. Tenían que quitar al depredador del camino si lo que deseaban era cruzar, pero si disparaban contra él, el resto de los salvajes en la zona las detectarían sin duda alguna, y tanto la cerda como la oveja lo sabían.
No dispuesta a quedarse ahí por mucho tiempo más, arriesgándose a que otro enemigo se acercara por la retaguardia, Diana tomó el cargador vacío de un arma que yacía en el suelo cerca de ella, arrojándolo con todas sus fuerzas a una de las paredes de la comisaría, lejanas a la entrada. Contra todo pronóstico, el león salvaje mordió el cebo, incorporándose sin soltar el hueso, y dirigiéndose al lugar de origen de aquel sonido.
La cerda y la oveja no perdieron oportunidad para subir rápidamente la escalinata en lo que el león iba a comprobar el lugar en busca de una nueva presa, y ambas compañeras cruzaron la entrada mediante el hueco en el cristal inferior de la puerta grande, evitando pisar los vidrios rotos repartidos por el suelo. Ahora, el vestíbulo del departamento de policía de Zootopia se extendía frente a sus ojos, con un gran escritorio en el centro de la estancia en donde un guepardo recepcionista ejercía sus funciones anteriormente, pero ahora el escritorio estaba completamente desordenado, al igual que sus alrededores.
Warden hizo una señal al levantar el rifle, y Diana se sobresaltó antes de hacer lo mismo con su revolver. Varias manchas rojas aparecían repartidas en el suelo y en las paredes con distintos patrones, como si hubieran sido pulverizadas sobre la superficie, o como si algo las hubiera desparramado a lo largo del lugar. Tras el escritorio pudieron observar los restos de varias presas y depredadores muertos en batalla, aunque una buena parte de estos ya no eran exactamente reconocibles. Pero lo que resultaba verdaderamente extraño… era que hubieran quedado allí, como si alguien los hubiese acomodado intencionalmente en ese lugar.
Desviando la mirada, no deseando comprobar la identidad de los uniformados que yacían allí, la cerda le indicó a la coneja que la siguiera, internándose en un pasillo a oscuras al tiempo que la oveja encendía la linterna nuevamente, disipando las tinieblas. Doblaron a la izquierda, sin bajar la guardia un segundo, y entraron en la sala de juntas, encontrándose de lleno con la barricada de mesas y sillas que sus compañeros habrían formado para bloquear el acceso de los depredadores a la armería. Aun así, la misma barricada había sido parcialmente derribada, y ya no era muy difícil cruzar al otro lado.
—Bellwether, ¿sigues ahí? —preguntó la cerda al activar la radio, y la oveja tardó unos segundos en responder, cuando las dos compañeras avanzaron unos pocos pasos en aquella sala que la cerda habría visitado prácticamente todos los días en los últimos dos años, y que ahora aparecía como un lugar desconocido, inquietante, asfixiante.
—Por supuesto que sí. Les seguí la pista hasta que entraron a la comisaría, pero dado que la corriente está cortada en esa sección, no tengo ojos allí. Swinton, espero que recuerdes bien en donde está todo, porque la luz no llega al subsuelo, en donde se encuentra la armería.
—No te preocupes, sé muy bien el camino. ¿Cómo están las cosas afuera?
—No muy bien. Tal parece que Fangmeyer sabe lo que estamos haciendo, o… quizá sólo esté buscando las armas, al igual que ustedes. Lo importante es que se está dirigiendo a la comisaría a través de las calles con todo su grupo detrás de él, y al paso que van estarán allí en menos de veinte minutos.
—¿Cuántos depredadores son exactamente? —preguntó Diana.
—Sin contar a Fangmeyer, hay cinco depredadores armados con rifles de asalto: dos lobos y tres hienas, sumando a veintiún salvajes a cuatro patas que los siguen.
—Y sólo somos nosotras dos… contra todos ellos —susurró la oveja.
—Así es. Mi recomendación es que recemos todo lo que sepamos, porque realmente vamos a necesitar un milagro para terminar con ese bastardo.
—Es muy fácil hablar cuando se está al otro lado de la ciudad, ¿no lo crees? —acusó Warden.
—Si ustedes pierden, significa que estoy muerta; es tan simple como eso. ¿De quién crees que irán detrás una vez terminen contigo y tu compañera? A diferencia suyo, yo no podría protegerme de un ataque como el que están a punto de enfrentar. Al menos puedo proveerles información en la batalla, e indicar la estrategia que considere más adecuada para enfrentar a los salvajes, y así conseguir la victoria.
—De verdad espero que eso sea suficiente para que salgamos con vida de este lugar.
—Lo mismo digo. Ahora seguiré monitoreando al grupo de Fangmeyer y las tendré al tanto. Si algo sucede, contáctenme al instante.
—De acuerdo. De una forma u otra, avísanos cuando estén cerca de aquí —pidió la cerda, pero la oveja ya había colgado, no esperando una respuesta por su parte—. Maldición…
—Al menos tenemos la seguridad de que va a guiarnos por el camino correcto. Después de todo, necesita que sigamos con vida.
—No te confíes tanto de esa oveja, por más que la situación actual la ponga en la necesidad de ayudarnos. No podemos olvidar las razones por las que estaba en prisión al momento en que todo esto comenzó —recordó Warden, y Diana asintió al cabo de un momento, al tiempo que abría la puerta que conducía al siguiente pasillo, donde al fondo podían notarse las escaleras que conducían tanto a los pisos superiores como a los inferiores—. Por aquí.
Ambas se dirigieron al final del pasillo rápidamente, bajando por las escaleras al subsuelo, a la escasa luz que proporcionaba la linterna de Diana. El lugar estaba en completo silencio, sin rastro de supervivientes o depredadores, algo que calmaba los ánimos de la cerda ligeramente, pero su preocupación hizo acto de presencia al dispararse al cielo cuando, dando la vuelta al bajar, hallaron dos cuerpos uniformados.
Uno de ellos, un rinoceronte, había muerto intentando arrastrarse escaleras arriba, con varias aberturas en la espalda que no parecían haber sido hechas con un arma de fuego; tenía el terror marcado en el rostro al momento de su muerte, y un radio de policía aún en sus patas. Varios metros detrás de él aparecía el cuerpo de un elefante sentado contra la pared, sin más signo de violencia que trece agujeros de bala abiertos en su pecho, el cargador entero de una pistola reglamentaria del ZPD.
—¿Quiénes eran? —preguntó la oveja, al ver la dolida mirada en el rostro de la cerda.
—Stevens y Krumpansky… eran quienes vendrían a buscar el helicóptero para sacarnos del hospital —dijo sin dejar de ver el cuerpo del elefante—. Todo esto… no lo hizo un depredador, lo hizo una presa —razonó al voltearse hacia la oveja—. Estate atenta y vigila tu espalda, Diana. Puede que haya alguien más peligroso que Fangmeyer aquí dentro.
—¿Más peligroso? —repitió la oveja, con un terror creciente en el fondo de su ser.
—Uno no termina con la vida de dos de las presas más fuertes que existen con tanta facilidad. Si sigue aquí, estaremos en grandes problemas —dijo ella con temor, ante la sorprendida mirada de Diana—. No tenemos tiempo que perder. Venga, la armería está a la vuelta de la esquina —dijo al retomar el paso, internándose más y más en aquel pasillo en penumbras con su compañera oveja cuidando la retaguardia.
La entrada a aquella sección no era nada especial, conformada por dos puertas de metal abiertas de par en par, dado que no había quedado un sólo superviviente que regresara para cerrar la habitación y asegurar las armas de fuego. Pero aun si aquel lugar aparentaba estar vacío, Swinton no bajaría su rifle en ningún momento. No iba a permitir que la sorprendieran.
La linterna de Diana alumbró la estancia en su totalidad, develando una habitación de unos pocos estantes que exponían distintos tipos de armas tales como pistolas, escopetas, ametralladoras y rifles, así como dos armarios que hasta el día anterior habían permanecido cerrados con candados de combinación. Y así, casi en una esquina de la habitación, se ubicaba un aparador con varios chalecos antibalas de diferentes tamaños, adaptables de acuerdo al mamífero que fuese a utilizarlos, al igual que las armas.
—Primero que nada: blindaje. Toma cualquier chaleco que sea más o menos tu talla, y póntelo —indicó la cerda. La oveja inició su búsqueda rápidamente, justo después de dejar la linterna en una mesa en el centro de la habitación para que ambas pudieran aprovechar la luz del aparato—. Segundo: ¿tienes destreza con algún arma en particular? —preguntó mientras revisaba los armarios fugazmente.
—Hasta anoche nunca había disparado un arma en toda mi vida —respondió al calzarse un chaleco que cubría tanto su pecho como su espalda y que, supuso, le hubiera quedado muy bien a la coneja que antes había conocido.
—¿Tienes buen pulso?
—Era buena jugando Jenga, ¿eso cuenta?
—Para la situación que estamos a punto de enfrentar, sí. Tú subirás al tercer piso del vestíbulo, y me cubrirás con un rifle de francotirador desde la ventana. Yo saldré a la entrada, y me valdré de ésta ametralladora… y ésta preciosidad, para ocuparme de los salvajes que intenten acercarse —dijo la cerda al tomar un arma muy parecida a la que Jack le había legado.
—¿No es igual a éste revolver? —preguntó la oveja con duda. Warden no volteó hacia ella al momento de responder.
—Esto es un revolver S&W .500 Magnum. Podría destrozarle la pata a alguien con tan sólo rozarle. Y si los depredadores se acercan demasiado, será mi salvación. El único problema… es que no parece que haya más municiones aquí, por lo que únicamente cuento con las seis que hay en el tambor —explicó al guardarla en la funda de su cinturón, tomando un rifle de gran tamaño del estante y dirigiéndose a ella—. Cuento con que me cubras la espalda, Diana —dijo al colocar aquella gran arma contra la pared, frente a ella, y tomando del armario una caja de metal que la oveja, supuso, era la munición para el rifle—. ¿Crees poder con ello?
—Como ya te dije, nunca había disparado un arma. Ni siquiera sé si podré cubrirte correctamente. Quizá mis patas tiemblen, o mis pezuñas se paralicen, y si eso ocurre… —dijo la oveja cuando la cerda la tomó por los hombros, mirándola directamente a los ojos, a la escasa luz de aquella habitación.
—Diana, escúchame… no creas que yo no tengo miedo. De hecho, lo más seguro es que estemos muertas en un par de minutos, pero no tenemos otra alternativa. De otra forma, nunca escaparemos de esta ciudad con vida.
—Lo sé, y tengo muy claro lo que debemos hacer pero…
—Sí, ni me lo digas. Somos nosotras dos, contra el grupo salvaje que Fangmeyer está trayendo hacia aquí. Sin mencionar a quien sea que haya acabado con mis dos compañeros —dijo al voltearse hacia el pasillo—. No tenemos mucho a nuestro favor, pero al menos tenemos que intentarlo —intentó convencerla—. No sé tú, pero si voy a morir… al menos voy a llevarme a un buen par de estos malnacidos conmigo. Me iré en paz sabiendo que no le podrán hacer daño a nadie más —alentó al ofrecerle su pata—. ¿Qué dices? ¿De verdad vas a rendirte al imbécil de ese tigre tan fácilmente? ¿O vas a pelear hasta el final? —le dijo con una sonrisa tan forzada que dolió en el corazón de la oveja, pues era una clara máscara para el terror que ahora sentía. No dispuesta a negarse después de una demostración de valor como aquella, Diana asintió rápida y repetidamente.
Dejando la armería, listas para lo que probablemente sería la última batalla de sus vidas, ambas cruzaron el pasillo al trote, subiendo las escaleras sin volver la mirada a los cuerpos de los policías, y cruzando por la sala de reuniones en tiempo record. Pero antes de entrar al vestíbulo, no deseando llamar la atención antes de tiempo, la oveja apagó la linterna, y junto a la cerda exploraron el lugar nueva y rápidamente con la mirada, en caso de que un invitado no esperado se hubiese unido a la fiesta.
La mirada de Warden viajó a través de los alrededores, el resto de las entradas a aquella estancia, las escaleras, y dio un breve vistazo al segundo y al tercer piso, encontrándose con dos ojos que la observaban fijamente desde lo alto. Los labios de la cerda temblaron al reconocer en lo alto a un robusto búfalo vestido con un traje de policía, de grandes cuernos, con sus pezuñas aferradas a la barandilla. Warden intentó hablarle, pero aquellos ojos fríos que se escondían tras unos lentes de gran aumento seguían clavados en los suyos, generándole un gran temor, uno que había sentido en menor medida en el pasado cuando aquel mismo búfalo le había llamado a su oficina por algún particular. Después de todo, el jefe era capaz de espantar a cualquiera con tan sólo fruncir el ceño si se lo proponía.
—Jefe Bogo… —alcanzó a susurrar la cerda, cuando el búfalo se retiró a su oficina nuevamente, pues la oficial oyó con claridad el portazo que venía del tercer piso, y la oveja se volteó hacia aquel lugar al apenas notarlo.
—¿Qué fue eso? —Preguntó con temor en susurro, pero Warden siguió ensimismada por unos instantes más, antes de partir con prisa hacia las escaleras—. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Fangmeyer estará aquí en unos minutos! —alertó la oveja, y la cerda se volteó hacia ella.
—¡Si vi a quien creo que vi, tendremos más oportunidades si nos ayuda! —avisó, antes de reanudar su paso. Sin otra opción posible, la oveja la siguió, temiendo por lo que encontrarían al final de aquella escalera.
Y mientras esto sucedía, Bellwether seguía al grupo de Fangmeyer a través de las cámaras de seguridad, alternando por los alrededores de la comisaría por un lado, y por el otro, aprovechando la otra mitad de los monitores, vigilaba los alrededores del Hospital General de Zootopia, ubicado en el centro de la ciudad. El único problema residía en que era incapaz de indagar en los corredores interiores dado que la corriente eléctrica dentro de aquella edificación había sido cortada casi una hora atrás.
La oveja mantenía la sala de seguridad en penumbras, una oscuridad que la luz de los ocho monitores frente a ella apenas alcanzaba a disipar, pero aquello era más que suficiente para ella. Allí, Dawn se sentía en su sitio, segura e inalcanzable tal y como antaño, antes de que cierta coneja y cierto zorro acabaran con el brillante futuro que ella misma había construido, con sus propias pezuñas. Pero el momento de su venganza llegaría. La coneja ni siquiera imaginaba los horrores que la oveja le tenía preparados, y se relamía al pensar las formas en las que tenía planeado quebrar su espíritu hasta que ya no quedara nada.
Y hablando de la coneja, su melodiosa voz llegó al auricular de Bellwether en aquel preciso instante, sacándola de sus dulces pensamientos.
—Hecho, tenemos electricidad —clamó la oficial.
—Perfecto, una vez que las cámaras estén en línea tendré imágenes del hospital nuevamente. ¿Tienes la tarjeta de la doctora Kattler?
—La conseguí al bajar, sí. Pero el león que despedazó a Laurence ahora está detrás de mí. De hecho, está afuera del cuarto del generador, pero logré bloquear la puerta con una ambulancia.
—Maldición… ¿y no hay forma de que te acerques al ascensor con la ambulancia?
—No. Por más que me acerque, quedará un gran espacio entre la ambulancia y la puerta. El león me capturaría antes de que logre tocar el botón para llamarlo.
—Odio a esas malditas bestias. Está bien, creo que puedo guiarte hasta el hueco del ascensor mediante los ductos de ventilación. Llevará un poco de tiempo, pero… —comenzó a decir, cuando algo extraño en uno de los monitores llamó su atención.
Mientras que en dos de los monitores del lado superior derecho mantenía vigilados los alrededores del hospital, en la parte inferior había quedado la imagen de dos cámaras que mantenían el ojo echado a una tienda de abarrotes donde un conejo y una gacela se habían refugiado, pues la oveja tenía pensado utilizarlos si la situación lo ameritaba. Pero no advirtió un movimiento por parte de estas presas en las cámaras, sino los de un pequeño grupo de animales que avanzaban a través de la calle, armados.
—Oh, santo cielo…
—¿Qué? ¿Qué sucede?
Alternó la imagen de uno de los monitores a otras cámaras que le proveían una vista más general de aquella sección de la ciudad, y advirtió a otros dos grupos que avanzaban por distintos caminos, caminos que convergían en un mismo destino, y la oveja lo supo al instante. Aquellos depredadores, habiendo recuperado su inteligencia, ahora se dirigían al hospital luego de haber advertido la presencia de alguien en el edificio. Si bien una organización semejante no dejaba de llamar la atención de Dawn Bellwether, a estas alturas ya pocas cosas lograban sorprenderla.
—Vamos a tener que olvidarnos de esa idea, y vas a tener que acabar con ese león de ser necesario para que salgamos de esta.
—¿De qué estás hablando?
—Sólo imagino que las luces encendiéndose en todo el edificio, aun siendo de día, captaron la atención de los depredadores, porque hay varios dirigiéndose al hospital en todas direcciones. Créeme, en cinco minutos, el león será el menor de tus problemas.
—Debe ser una broma…
Bellwether siguió navegando entre las distintas cámaras que aún seguían en línea, y acercó la imagen tanto como pudo al primer grupo que había observado. La sorpresa dibujándose en su rostro al momento en que notó lo que, realmente, no podía ser posible.
—Maldición… también hay presas.
—¿Qué es lo que has dicho?
—Hay tres grupos separados dirigiéndose hacia el hospital, pero no sólo están formados por depredadores… también hay presas.
—¿Qué rayos significa eso?
—Debería haberlo notado. Los uniformes no son los mismos que los que está utilizando el grupo de Fangmeyer. Estos mamíferos vinieron de afuera de la ciudad, y considerando que todos se dirigen al hospital… ¡carajo! —gritó llena de rabia.
—Bellwether, no entiendo nada.
—¡Están yendo al hospital para sacar el antídoto contra los aulladores! ¡No podemos permitir que lo hagan!
—¿De qué estás hablando? Debe… ¡tienen que ser del gobierno! ¡Si se lo llevan, de seguro podrán esparcir la cura y detener todo esto!
—El problema es que no van a curarnos a nosotras, coneja —dijo al ver al conejo y la gacela, que salían de su refugio en aquella tienda para suplicar ayuda al grupo armado. Ambas presas cayeron muertas bajo dos certeros disparos a la cabeza, antes de que el grupo continuara su avance sin siquiera inmutarse—. Parece que estos tipos no distinguirán entre salvajes y supervivientes. Te matarán apenas te vean.
—Quizá… quizá si les ofrecemos la cura…
—¡Despierta, Hopps! No va a importarles. Te meterán un tiro entre ceja y ceja antes de que digas "hola". Si quieres volver a ver con bien a tu amigo zorro, será mejor que te ocupes del león ahora, bajes a buscar el antídoto, y salgas de ese hospital como alma que se lleva el demonio. ¡¿Me has entendido?! —gritó la oveja con temor.
Nada estaba saliendo como ella había planeado, y si la oficial era muerta en aquel lugar, ella no tendría forma de limpiar aquel tóxico de su sistema, lo que en un futuro la llevaría a sufrir la misma locura que había consumido a toda la ciudad. No podía permitirlo.
Judy Hopps sostenía el intercomunicador con un grave temblor en sus patas, sopesando todo lo que ahora sucedía. Si lo que Bellwether decía era cierto, ahora no sólo corría peligro por causa de los depredadores salvajes, sino también por los agentes que ahora se dirigían al hospital, limpiando las calles y dispuestos a tomar el antídoto escondido en el tercer subsuelo a cualquier costo. Pero la coneja no podía permitirlo, no podía permitirse caer en aquel lugar, no cuando su ser más querido aún necesitaba su ayuda. Nick requería la cura con urgencia, y si para sacarla del hospital la oficial debía huir de un grupo armado y especializado, lo conseguiría, con tal de salvar al zorro que una vez la había salvado a ella.
—Coneja, ¡tienes que ponerte en marcha ahora! No contamos con mucho tiempo —gritó la oveja nuevamente a través del intercomunicador, haciéndola reaccionar.
—Aun así, no estoy en condiciones de enfrentar a ese león. Y mientras esté fuera, no lograré llegar al ascensor.
—Diablos… espera, tengo una idea. Primero, tienes que volver a la ambulancia. ¡Rápido! —indicó ella, y la coneja se puso en marcha al instante.
Abrió la puerta rápidamente, comprobando que el león se había bajado del vehículo y ahora merodeaba a su alrededor al otro lado, esperando una oportunidad para capturar a la coneja. Aprovechando esto, Judy saltó a la ventanilla y trepó al asiento del conductor, al tiempo que el león saltaba nuevamente sobre el capó de la ambulancia, impactando el cristal del parabrisas con una gran fuerza aplicada en sus patas delanteras. Para sorpresa de Judy, el cristal se agrietó visiblemente.
—Maldición… ¡Estoy dentro! Pero el león va a entrar por la parte de adelante en un momento. ¡Está rompiendo el parabrisas! —advirtió a través de la radio—. ¿Y ahora qué?
—Intenta ignorarlo por un momento. Vamos, busca en los cajones de la parte de atrás, los que tienen ampollas.
—¿Ampollas?
—¡Frascos pequeños! ¡Muévete de una vez! —gritó la oveja.
Navegó por el tablero del vehículo por un breve instante hasta encontrar el interruptor correcto, el cual encendió la luz en la sección que se encontraba justo detrás de ella. Deslizó fácilmente la ventanilla que separaba las dos secciones para aventurarse a la parte trasera de la ambulancia, pero el roce al pasar y caer al otro lado no le hizo ningún bien a la herida que llevaba en el costado. Si bien el informe de Zyra ponía que ahora poseía una mayor capacidad de cicatrización, eso no significaba que no sufriera el dolor de aquella herida, ni tampoco que era imposible que se abriera nuevamente, derivando en un problema mayor a la hora de salir de allí.
Halló los cajones a la derecha, y comenzó a abrirlos uno por uno, tan rápido como podía, hallando el señalado por la oveja en el momento justo en que le parabrisas estalló en pedazos, y la cabeza del furioso león emergió al tiempo que se ayudaba con sus patas para abrirse paso, a costa de astillarse con los cristales en una buena parte de su cuerpo. Una vez lograra entrar, estaría a un palmo de distancia de Judy, y no contaría con problema alguno para acabarla, pues por más que escapara al estacionamiento nuevamente, el león la atraparía en sus fauces antes de que lograra esconderse siquiera.
—¡Los encontré! —advirtió, atemorizada.
—Busca uno que diga "ketamina". Es un anestésico muy poderoso. Serán "dulces sueños" para ese depredador una vez se lo administres.
—¡¿Tengo que inyectarlo?! ¡Es una locura! —gritó cuando el león consiguió entrar a la cabina del conductor, metiendo la pata por la ventanilla que conducía a la parte trasera de la ambulancia para tirar el cristal hacia atrás, arrancándola del marco con suma facilidad.
—Lo sé, pero no tenemos otra alternativa —concluyó la oveja.
En ese momento el león comenzó a abrirse paso a la parte trasera, habiendo pasado su cabeza cuando la coneja tomó una jeringa vacía el cajón en sus patas, abriendo el paquete en un tiempo record, armándola y llenándola con el líquido contenido en la ampolla, no molestándose en comprobar si quedaba una burbuja de aire en el extremo. Debió apartarse repentinamente contra las puertas traseras para esquivar el ataque de la pata del león, que golpearon de lleno contra la pared con una fuerza brutal, abollando el metal. ¿De verdad tendría que inyectarlo en aquel lugar? No podía ser cierto.
Judy se apoyó contra la puerta con una pata, al tiempo que sostenía la jeringa con la otra. El espacio dentro de aquel transporte era extremadamente reducido, pero era el que mayores oportunidades de éxito le daban al momento de enfrentar a la bestia, y ella lo sabía.
Y así, reuniendo todo el valor que le restaba al momento en que las dos patas del depredador entraron en aquel espacio, Judy hizo un amago de acercarse para que el león, previendo a su movimiento, lanzara un nuevo ataque contra ella, momento en que la coneja se acercó velozmente al costado, retirando uno de los cajones de un solo tirón. El resto de las ampollas volaron en el aire al instante en que el cajón de metal golpeó el rostro de la bestia, atontándola por un breve instante que la coneja no desaprovechó al momento de clavar la aguja en el cuello del depredador, empujando el embolo con todas sus fuerzas para retirarse antes de que la garra del león recayera sobre ella nuevamente.
O al menos estuvo a punto de lograrlo. A pesar de apenas haber rozado a la coneja con su pata, la fuerza del ataque la envió contra la pared, sus garras abriéndole tres amplios cortes en el hombro izquierdo. Aún con la conmoción que el ataque implicó, Judy se impulsó para caer hacia atrás, tanteando con sus patas hasta hallar la manija de la puerta, cuando el león había ingresado ya la mitad de su cuerpo a través de la ventana. Empujó la puerta abierta hacia atrás para caer hacia afuera de espaldas al suelo, cerrándola de una patada y encerrando de milagro al león en aquel lugar.
Respiró a grandes bocanadas al tiempo que se tomaba de las heridas en su hombro, ahora sangrantes, mientras oía al depredador en el interior intentar regresar a la cabina del conductor, produciendo sonidos guturales que semejaban mucho a un jadeo, como si el mismo estuviera esforzándose excesivamente por respirar. Judy rodeó la ambulancia con extrema cautela y encontró que el león en el interior de la cabina aún se movía, pero ya no parecía tener fuerzas para escapar de aquel lugar. Y así, con la seguridad de saber que el depredador no lograría seguirle el paso, la coneja corrió hacia el ascensor y lo llamó repetidamente. Las puertas se abrieron al instante. Judy tocó el botón del tercer subsuelo sin perder un solo segundo, las puertas se cerraron frente a ella, y el ascensor descendió hacia la oscuridad que resguardaba la salvación de la ciudad, y la de su mejor amigo.
