Capítulo 16 – Depredadores
Las calles estaban casi desiertas, sumergidas en un silencio apenas interrumpido por el sonido de los pasos de aquellos animales salvajes que recorrían la ciudad como si les perteneciera. Pero, aunque esto no estaba muy lejos de la realidad, aún quedaban presas que intentaban escapar por todos los medios posibles.
Él sabía que era inútil, pues sus súbditos se encargarían de cuanta presa estuviera a su alcance, según sus órdenes, las que los depredadores salvajes no tenían intención de desobedecer.
Esto era lo que pensaba el tigre de gran tamaño, parado en sus patas traseras, y vistiendo un traje de policía con chaleco antibalas que había obtenido horas atrás, caminando por sobre los restos de animales repartidos por doquier en la vía pública. Aquel que antaño había sido un honorable oficial, dedicado al servicio y protección al prójimo, ahora caminaba a la mitad de Hill Street con una mirada afilada e imperturbable sonrisa, sosteniendo en sus garras un rifle de asalto de alta potencia, mismo tipo de rifle que ocupaban otras cinco bestias a su lado.
Hienas y lobos, que apenas se mantenían parados en dos patas, y que seguirían todos y cada uno de sus mandatos, pues el instinto de supervivencia les dictaba que era lo que estaban obligados a hacer, luego de que aquel tigre de mayor astucia y fuerza los hubiera sometido. Esa era su única opción: seguir al fuerte, y cumplir su voluntad. Aquella misma visión compartían los veintiún lobos que les seguían en cuatro patas en la retaguardia, dispuestos a acatar cualquier orden mientras aquello les proporcionara una fuente de alimento fresco.
El patio de juegos de aquella feroz criatura se extendía frente a sus ojos en forma de una ciudad sumida en el caos, la cual en breve estaría completamente bajo su control. Pero sabía que para lograrlo debería acabar con las presas que ahora buscaban refugio en el departamento de policía. Aun así, para Fangmeyer no importaba a donde fueran, ni en donde se escondieran, porque el destino de aquellas tres criaturas había quedado sellado en el momento en que el tigre las había puesto en su punto de mira.
El tigre no lograba recordar nada antes de aquella mañana, pero cuando despertó junto al cuerpo carcomido de una joven gacela, todo fue claro. Aquellas criaturas inferiores no tenían derecho de pisar el mismo suelo que él, pues no eran más que pasto. Eran alimento para el más fuerte, el más rápido, el más apto para la supervivencia.
Era lo único para lo que aquellas criaturas servían, y con objeto de limpiar lo que sería su nuevo hogar, se encargaría de eliminar a cada uno de los habitantes de aquel lugar que pertenecieran a aquella división.
Sonrió con este pensamiento en mente cuando ya se encontraba a unas pocas calles de su destino, alcanzando a ver la comisaría a lo lejos. En poco tiempo terminaría con el trabajo que se había impuesto a si mismo.
Warden subía las escaleras de dos en dos sin importarle los gritos de la oveja a sus espaldas, que se esforzaba por seguirle el paso sin éxito. La cerda no tenía intenciones de esperar por ella, pues ahora corría tras algo que había visto en uno de los pisos superiores, aunque Diana no había alcanzado a ver el qué. Pero si ahora corría con tanta desesperación no podía tratarse de una nimiedad cuando Fangmeyer estaba a punto de llegar a la comisaría.
El gran rifle y las municiones que la cerda le había dado pesaban tanto en su espalda como en su brazo derecho y reducían más su velocidad, pero ella no desistiría. No podía detenerse, y no iba a hacerlo.
La oficial se detuvo al alcanzar el tercer piso, dando bocanadas de aire en un intento por normalizar su respiración, sin esperar conseguirlo por completo cuando se apresuró a la puerta que aparecía frente a ella.
La abrió de golpe sin siquiera pensarlo, y el escenario frente a ella paralizó hasta el último de sus músculos. Warden se quedó ahí, incapaz de hablar, de moverse, de mirar a los ojos fríos del búfalo que la miraba a unos pocos metros, sentado frente al escritorio. Las palabras no alcanzaban a escapar de su garganta.
—¡Warden! ¿Qué está sucediendo? —decía Diana al acercarse a la puerta, aún cargando el rifle de francotirador a sus espaldas.
Frente a ella, la oficina del jefe de policía aparecía completamente desordenada. Varios de los cuadros de las paredes se habían caído al suelo y el cristal se había partido. Una plancha de corcho en la pared exponía un mapa completo de la comisaría con varias indicaciones y flechas que parecían dar forma a una estrategia cuyo objetivo no podía deducir. Su vista se centró en el escritorio junto a la ventana, sobre el cual descansaba el cuerpo de un búfalo joven cuyo abdomen había sido abierto a dentelladas, su sangre derramándose por uno de los bordes del mueble.
El jefe de policía permanecía sentado frente al mismo con sus ojos centrados en el cadáver frente a él, antes de dirigir la mirada nuevamente a las presas en la puerta, quienes no sabían si avanzar o retroceder. Pero finalmente, Warden decidió avanzar, sin duda en su mirada.
—¿Qué está haciendo aquí, Swinton? —preguntó el jefe con un tono áspero—. Debería haber dejado esta ciudad hace mucho tiempo. Aquí ya no queda nada que valga la pena salvar.
—Jefe Bogo... ¿qué ocurrió?
—¿Que no es obvio? —preguntó nuevamente, y la cerda no pudo evitar desviar la mirada hacia el cuerpo sobre el escritorio momentáneamente, antes de voltear, incapaz de mantenerla—. No pude salvar a la gente que amaba, Swinton. Eso fue exactamente lo que ocurrió.
—Pero la última vez que me comuniqué con usted, dijo que los estaban manteniendo a raya, que no había forma de que cruzaran las barricadas.
—Fuimos descuidados... cuando la batalla se desató aquí dentro, e hicimos todo lo que pudimos para detener a nuestros propios compañeros, creímos que habíamos logrado asegurar el lugar adecuadamente, listo para recibir a los supervivientes que aún corrían en las calles. No nos dimos cuenta de que Wolford y Grizzolli habían quedado encerrados en el baño cuando todo comenzó. Creímos que los demás estarían seguros si se quedaban en la retaguardia mientras nos ocupábamos de las bestias en el exterior… pero los bastardos se liberaron y atacaron cuando menos lo esperábamos. Mataron a muchos de los refugiados, incluyendo a mi hijo, y yo no pude hacer nada para salvarles. Y cuando nosotros retrocedimos para detenerles, los de afuera atacaron con todas sus fuerzas. De alguna forma, fui el único que sobrevivió a la masacre. Pero... ¿para qué? ¿Qué sentido tiene que yo siga con vida, cuando ya no me queda nada por lo qué vivir? ¿No te parece absurdo? —preguntó con dolor, escondiendo el rostro en sus patas.
—Lo lamento, de verdad...
—No me interesa que diga que lo lamenta —dijo al descubrirse—. No lo hace de verdad. No comprenderá mi dolor, ni usted... ni nadie.
—Disculpe, señor Bogo —habló la oveja, y el búfalo pareció reparar en ella por primera vez desde que había entrado—. Necesitamos su ayuda.
—¿Y quién diablos es usted?
—Diana Woolyland, abogada... aunque eso poco importa ya. Lo que importa es que un grupo de depredadores armados viene hacia aquí para acabar con nosotros, y necesitamos su ayuda para...
—Para matarlos, ¿no es así? —le interrumpió bruscamente, y la oveja tragó saliva antes de asentir—. En el final, todo se reduce a eso. A matar... o a morir. Es blanco, o es negro. No hay grises en este nuevo mundo que la niebla desató. Y esta ciudad es solo el principio —comenzó a decir, y la cerda y la oveja compartieron una mirada fugaz, sin saber a que se refería—. Ya no importa si logramos o no sobrevivir al principio, pues eventualmente... todos estaremos muertos.
—¡Pero no podemos simplemente rendirnos sin luchar! Jefe, por favor, tiene que ayudarnos... —suplicaba Swinton, siendo interrumpida por la irritada voz de Bogo.
—¡Váyanse de aquí! Y déjenme llorar a mi hijo en paz. Si tengo que partir, abrazaré la muerte con gusto. Después de todo, ya no me queda ninguna razón para pelear.
—Aún queda una razón —intentó convencerle la oveja, cuando el búfalo se incorporó—. Una vez que terminen con nosotros, esos depredadores saldrán de la ciudad y seguirán tomando vidas de más inocentes. ¿De verdad va a permitirlo? ¿Va a dejar que les pase lo mismo que le pasó a su hi…? —las palabras se quedaron atoradas en su garganta cuando el jefe de policía capturó el cuello de la abogada entre sus pezuñas, acorralándola contra la pared al tiempo que Swinton, no menos sorprendida, apuntó su rifle contra el jefe de policía.
—No te atrevas a mencionarlo, nunca —susurró amenazante.
—¡Suéltela! —amenazó Warden, debatiéndose si debería o no disparar contra su propio jefe.
—¿O qué? ¿Vas a dispararme? —inquirió, desafiante.
—Lo haré si debo, no voy a quedarme quieta si lastima a esa oveja —dijo con convicción—. Suéltela. ¡Ahora! —gritó nuevamente. El búfalo le mantuvo la mirada por escasos segundos, antes de soltar el cuello de su víctima, quien cayó sentada al suelo, intentando recuperar el aire a bocanadas.
—Las dos deberían irse de aquí —dijo al voltearse, comenzando a caminar hacia su escritorio—. No puedo ayudarlas.
—Claro que puede —replicó Swinton—. Fangmeyer está liderando a los depredadores. Ha recuperado la consciencia, y está guiándoles para acabar con todas las presas que quedan en la ciudad —explicó rápidamente, pero Bogo no reaccionó—. Era su mejor amigo, tiene una responsabilidad para con él, la responsabilidad de evitar que siga lastimando a más animales —intentó convencerle, pero solo consiguió un bufido de su parte.
—Los depredadores… fueron los que hundieron esta ciudad en el infierno —susurró, más para sí mismo que para su subordinada, al aproximarse al cuerpo de su hijo. Recorrió el rostro de aquel búfalo gris de torso desnudo con su pezuña, contemplando la dolida mueca marcada en el rostro de la presa al momento de su muerte—. Entonces me encargaré de hundir a todos y a cada uno de los que queden en esta ciudad —prometió al cerrar fuertemente los ojos, antes de voltearse hacia la cerda y a la asustada oveja—. Voy a vengar la muerte de mi familia, aunque sea lo último que haga —prometió, y Swinton asintió, ligeramente más tranquila, aunque no del todo. No sabía hasta qué punto podría confiar en la cordura de un búfalo que lo había perdido todo.
—¿Tiene algún arma? —preguntó al tragar saliva. El jefe de policía tomó de la funda en su cinturón la pistola reglamentaria que llevaba con él, exponiéndola frente a la cerda.
—Esto es lo único que necesito —explicó, antes de guardarla nuevamente en su sitio.
—¿Seguro? —cuestionó con duda, pero el jefe no respondió, ni cambió su expresión—. De acuerdo, entonces vámonos ahora. Esos tipos estarán en menos de…
—¡Están a cinco calles, y llegarán a la entrada en menos de cuatro minutos! ¡Tienen que prepararse ahora! —sonó desde la radio en el cinturón de la cerda.
—¿Acaso esa no es…? —iba a preguntar Bogo, pero fue interrumpido.
—Sí, lo es. Es una historia larga, pero en resumen ella constituye el menor de nuestros problemas ahora mismo. Tenemos más de veinte depredadores buscando matarnos, y a ella no le conviene que acaben con nosotros —le dijo, antes de tomar la radio para responderle—. Bellwether, aquí Swinton. El jefe Bogo está con nosotros, y va a ayudarnos contra Fangmeyer y su grupo —explicó cuando el jefe arrancó el radio de sus pezuñas sin darle tiempo a reaccionar.
—Bellwether, ¿qué información tienes? ¿A qué nos estamos enfrentando?
—Jefe Bogo, que gusto. Hace un tiempo que no sabía de usted. Para ser más específicos, desde que me arrestó.
—Concéntrate, por un demonio. ¿Qué información tienes del enemigo?
—Tiene razón, no tenemos tiempo para esto. El tigre va armado con un rifle de asalto, al igual que los cinco depredadores en dos patas y encorvados que le siguen: tres hienas y dos lobos. Detrás de ellos hay veintiún lobos parados en sus cuatro patas. Asumo que siguen siendo salvajes, pero están siguiendo sus pasos por alguna razón. Y tampoco parece que vaya a intentar rodear el departamento de policía. Sabe que básicamente los tiene acorralados.
—Eso es lo que ese imbécil cree —dijo por lo bajo al lanzarle el radio a Swinton, que lo capturó al vuelo antes de colocarlo nuevamente en su cinturón, al tiempo que el búfalo abría la puerta de golpe.
La cerda ayudó a la oveja a incorporarse, antes de salir al pasillo nuevamente. Bogo ubicó rápidamente un punto en aquel mismo piso desde el cual un francotirador podría hacer buen uso, pues desde aquel espacio podía verse prácticamente la totalidad de la calle frente al departamento de policía.
Si había una oportunidad de acabar con Fangmeyer de una sola vez, era confiándole a la oveja ese tiro, dado que dudaba que la cerda y la oveja resistieran lo suficiente en primera linea, sin mencionar el hecho de que el tigre no se detendría frente a ella. Aunque quizá si lo haría frente al búfalo, lo que les daría tiempo suficiente y una oportunidad. Y si el tiro fallaba, estaría en el frente para ocuparse personalmente del asunto.
—¡Tú, oveja! Ve a ese lado de la barandilla y apunta a la calle. En el momento en que veas al tigre, prepárate... y ponle una bala entre ceja y ceja. Si él cae, probablemente los demás se dispersaran. De otra forma, nos ayudarás a acabar con todos los depredadores que intenten atacarnos. ¿Entendido? —indicó rápidamente, pero Diana se quedó con aquel rifle entre los brazos, sin ser capaz de procesar lo que acababa de oír—. ¡¿Entendido?! —inquirió con ira. Diana tragó saliva al responder rápidamente.
—¡Sí, yo me ocuparé de cubrirles desde aquí!
—Perfecto. Swinton, tú vienes conmigo. Tomaremos lugar delante de las barricadas de la entrada. Bellwether va a indicarnos con esa radio como proceder con el enemigo una vez se posicionen, y de esa forma tendremos la ventaja si el primer disparo de la oveja falla —le dijo a ella.
—Es un buen plan, los asistiré si veo que la situación lo requiere —habló la ex-alcaldesa desde la radio, y Swinton suspiró pesadamente, preparándose para lo que vendría a continuación.
—De acuerdo, ¡vamos! —aceptó rápidamente.
Mientras la oveja se dirigía al punto indicado a prepararse para el primer ataque, la cerda siguió al búfalo escaleras abajo, dirigiéndose a paso rápido a la planta baja. El resplandor del sol que se colaba por los cristales del frente recaía sobre el suelo manchado de sangre, recuerdo de la batalla acontecida el día anterior, y cruzaron el vestíbulo a toda velocidad cuando el león salvaje que antes habían evadido en el exterior entró al departamento con toda tranquilidad, encontrándose de lleno con las dos figuras. El tiempo se detuvo por un instante cuando la cerda avistó a aquel depredador que, exponiendo sus dientes, rugió al lanzarse sobre la presa más grande.
—¡Cuidado jefe! —gritó Swinton.
La cerda intentó apuntar cuando el búfalo se agachó y cazó al león al vuelo, embistiéndolo contra el suelo y clavando sus cuernos en el pecho del animal. El depredador se resistió y logró zafarse de su agarre para darle un zarpazo directo al rostro, intentando atacarle nuevamente, pero el búfalo logró recuperarse a tiempo lo suficientemente rápido para atrapar su cuello con una pata, tomando la pistola de su funda con la otra y disparando cinco veces al corazón de la bestia.
Un instante después, el peligroso depredador había caído, con cinco balazos en el pecho y un par de aberturas que la cerda supo reconocer al instante, habiéndolas avistado no mucho tiempo atrás, en los cuerpos de sus compañeros que habían llegado a la comisaría en busca de una ruta de escape para salir de la ciudad.
—Usted... —comenzó a decir la cerda, llamando la atención del búfalo que poco a poco se incorporaba—. Usted mató a Stevens, y a Krumpansky —alcanzó a soltar, pero el jefe no reaccionó.
—¡¿Están todos bien?! —gritó la oveja desde su posición, y la cerda asintió, gesto que la francotiradora pudo reconocer incluso a pesar de la distancia que les separaba.
—Responda... ¿en verdad mató a Stevens y a Krumpansky? —inquirió nuevamente, y el búfalo se tomó su tiempo antes de responder.
—No me dejaron otra alternativa —respondió finalmente—. Intentaron quitarme la llave del helipuerto a la fuerza, y no pude hacer más que defenderme. En ese momento no podía permitir que nadie saliera de la ciudad... aunque ahora mismo eso ya no importa.
—¡Claro que importa! ¡Fueron sus compañeros durante años! ¡¿Por qué?! ¿Por qué...? ¿Por qué lo hizo? —inquirió furiosa, pero Bogo tampoco pareció inmutarse al responder.
—Porque la vida perdió todo significado para mí. Y si voy a luchar ahora... es solo para matar a los bastardos que iniciaron todo esto —respondió con franqueza, antes de darle la espalda para dirigirse hacia la entrada y dejando a Warden con un nudo en la garganta que no supo cómo encarar, pero aquel no era precisamente el momento adecuado para dejarse llevar por sus sentimientos.
—¡Ya están allí! ¡A sus posiciones! —habló Bellwether desde la radio, y Swinton se apresuró a seguir el paso de Bogo, volteando hacia el tercer piso para encontrar a Diana con una preocupada mirada.
—Confío en ti —susurró, saliendo del departamento de policía junto al jefe.
Frente a las dos presas se elevaban cinco filas de barricadas bien espaciadas que habían sido dejadas por los oficiales el día anterior, en cuya colocación de seguro el jefe había ayudado, y las mismas rodeaban completamente el frente de la estación de policía, protegiendo la entrada a la perfección. Si bien la cerda podría cubrirse detrás de las mismas sin problema, el búfalo debería sentarse para quedar fuera de la vista del enemigo.
Y hablando del diablo, a pocos metros de la última barricada, el tigre detuvo su marcha, situado al frente de su pequeño ejército privado, encontrándose con la severa mirada del búfalo. Aquellos lobos salvajes gruñeron a las presas frente a sus ojos, enseñando sus dientes, pero detuvieron aquellos sonidos amenazantes frente al levantamiento de la pata de Fangmeyer que, aún sin voltearse hacia ellos, logró calmar sus ánimos. Solo el cielo sabría de que forma había logrado domar a aquellas bestias.
—¡Bogo! Mi viejo amigo. ¿Cómo has estado? —saludó amablemente con una sonrisa que el jefe de policía no correspondió.
—Interesante... aún puedes hablar, y caminas en dos patas. Curioso que tú seas el primer depredador desde ayer que veo siendo capaz de hacer algo como eso —dijo Bogo, provocando una risa por parte de Fangmeyer.
—A decir verdad, y si te soy sincero, yo tampoco lo entiendo. Cuando desperté en la mañana, junto al cuerpo de una gacela que cené ayer en la noche, fui consciente de todo. Fui consciente de cómo funciona el mundo realmente, y como debería haber funcionado siempre —dijo a medida que su sonrisa desaparecía—. Nosotros, los depredadores, hemos vivido durante los últimos miles de años alejados de la carne de presa, conviviendo con estas como si de compañeros se tratase, reprimiendo nuestros instintos naturales por la promesa de un mundo mejor. ¿Puedes creerlo? —rió—. Y hablo por todos mis compañeros cuando digo que, luego de haber probado la carne verdadera, nunca nos hemos sentido más vivos que ahora —dijo al exponer los dientes.
Estuvo a punto de avanzar cuando percibió un zumbido en el oído izquierdo, seguido de un fuerte dolor en el mismo, le obligó a retroceder. Solo un instante después fue capaz de oír el disparo que le había destrozado la oreja.
Al ver que el primer disparo había fallado, ni Bogo ni Swinton dudaron al momento de buscar refugio tras la misma barricada, cuando recayó sobre ellos la lluvia de balas de los fusiles de los cinco armados, mientras Bogo desenfundaba la pistola que le había acompañado durante tantos años.
—¡Bastardo! —gritó Fangmeyer al buscar cobertura detrás de una de las barricadas—. ¡Lobos, vayan por el búfalo y la cerda! ¡Tres, cuatro y cinco, apunten a la ventana! ¡Tienen un francotirador! ¡Uno y dos, ustedes apunten al búfalo y a la cerda! ¡No los dejen con vida! —ordenó con furia.
—Están mandando a los lobos. ¡Prepárense! ¡Y por nada en el mundo se atrevan a asomar la cabeza, o los armados van a destrozarlos! —advirtió Bellwether en la radio, sus gritos perdiéndose entre aquellos disparos que chocaban contra el metal de las barricadas.
Los disparos del potente rifle que Diana empleaba desde el tercer piso de la comisaría retumbaban en el suelo de concreto al tiempo que Swinton y Bogo, a cada lado de la barricada, se preparaban mentalmente para lo que vendría a continuación. Sabían que los lobos serían solo su primer problema. Eran meros soldados descartables para Fangmeyer, lobos sin cerebro que solo seguían sus órdenes guiados por el miedo y el hambre, y siendo una jauría tan numerosa como aquella difícilmente tendrían oportunidad de seguir con vida.
Su única oportunidad era que Diana lograra matar a las tres hienas que ahora apuntaban contra la ventana, y acabara con los lobos que se acercaban al jefe y a ella a toda velocidad. De otra forma, realmente estarían en problemas.
Swinton alcanzó a voltearse ligeramente a la izquierda para ver las fauces de uno de los lobos asomando por el borde de la barricada, encontrando aquellos dientes, aquel aliento fétido, a centímetros de su rostro.
La cabeza de la bestia estalló frente a sus ojos bajo el certero disparo del jefe de policía, que apenas después se volteó a sus espaldas para capturar la cabeza de otra de las bestias en sus pezuñas, aplastándola con el suelo, y levantándose a tiempo para dar un potente golpe al hocico del lobo que intentaba aprovechar la ocasión para lanzarse en su búsqueda.
En ese instante, Swinton apenas asomó para arrasar con su fusil a los depredadores cercanos, logrando acabar con cinco al vaciar la totalidad del cargador sobre ellos, mientras Diana hacía lo posible desde el tercer piso para atacar a los depredadores que se acercaban a sus compañeros a toda velocidad, centrándose durante aquellos escasos segundos en el peligro que recaía sobre el búfalo y la cerda, y no sobre ella misma. Pues a pesar de que estaba aterrada, era perfectamente consciente de que no sería capaz de detener por su cuenta al oficial Fangmeyer si sus compañeros en primera línea caían bajo los colmillos de aquellos depredadores. Ellos eran la prioridad, y eran los únicos que realmente tenían oportunidad de acabar con el enemigo.
Esto era lo que pensaba Diana mientras aquellas hienas atacaban la ventana desde la que ella disparaba, tragándose aquel terror que ahora sentía mientras colocaba un nuevo cargador en el transcurso de unos pocos segundos, antes de cargar nuevamente contra los lobos y salvando a Swinton en el último instante, con su último disparo, antes de sentir aquel impacto que ya esperaba desde hacía varios segundos que, para ella, habían durado una eternidad.
La oveja era consciente de que, bajo un fuego constante como aquel, correría un peligro alto y constante hasta que uno de sus enemigos lograra asestarle una bala con un arma que ofrecía una precisión bastante más baja en comparación a la que ella utilizaba, y la oveja supo que ese momento había llegado cuando inconscientemente soltó el rifle, y sus patas flaquearon para caer al suelo de espaldas.
Diana contempló la forma en que la mancha roja de su camisa crecía con el paso de los instantes, agobiada por un dolor insoportable y un adormecimiento que la arrastraba inexorablemente hacia la inconsciencia. Pero ni Swinton ni Bogo tuvieron un solo instante para preocuparse por el cese de fuego de la oveja cuando se encontraban bajo el ataque constante de aquellas bestias.
—¡Tres de sus tiradores aún están ocupados con la ventana! ¡Dispárenles! —gritó Bellwether en la radio.
Bogo no dudó en tomar al lobo que intentó saltarle al cuello, reventando su cabeza de un tiro y usando su cuerpo como escudo al asomar de la barricada, sin dudar al momento de disparar contra los tiradores que no estaban centrados en él, pero luego vaciando el resto del cargador en las bestias que aún se dirigían hacia él.
Por su parte, y habiendo arrasado con el resto de los salvajes que intentaban cercarles, Swinton asomó para disparar contra Fangmeyer y sus cinco subordinados, y mientras el búfalo había logrado cargarse a dos de las hienas con dos certeros tiros entre ceja y ceja, Swinton logró darle en el hombro a uno de los lobos antes de que una bala se alojara en su pierna. Dando un fuerte gemido, la cerda se vio obligada a retroceder mientras se tomaba de aquella herida.
Bogo no necesitó preguntarle para saber que no podría levantarse nuevamente para enfrentar a los depredadores, que Fangmeyer lo habría razonado al cabo de poco tiempo, y avanzaría sin temor al saber que Bogo no podría con él. Pero eso era cuestión de tiempo, y el jefe de policía no tenía intención de dárselo cuando recargó las últimas quince balas que tenía. Todos los lobos salvajes habían sido eliminados, dos de los tiradores muertos, dos restaban activos, uno malherido, y el peligroso tigre seguía resguardado detrás de todo.
El jefe de policía ni siquiera terminó de dar aquella profunda respiración que tanto necesitaba al momento de salir de la barricada para disparar a la carrera contra los depredadores mientras se acercaba a la carrera a aquellos peligrosos enemigos. Mientras que dos tiros le dieron tanto en el abdomen como en el brazo izquierdo, el jefe alcanzó a vaciar cinco tiros de su cargador en los dos enemigos armados que aún restaban, derribándoles al tiempo que un nuevo disparo le arrebataba el arma de la pata a Fangmeyer.
Habiendo acortado las distancias en aquel preciso instante, levantó la pistola lo suficiente para apuntar a la cabeza del tigre y jalar el gatillo sin darle tiempo a reaccionar, pero esta oportunidad se vio frustrada cuando el lobo restante que se había puesto a cubierto luego del tiro de Swinton, salió de repente para levantar el brazo y desviar el tiro que acabaría con el tigre, momento en que, aun cuando Fangmeyer le tomó de las patas para arrebatarle el arma, Bogo logró asestarle un último tiro al lobo restante.
—¡Ahora somos solo tú y yo, viejo amigo! —gritó sonriente el tigre al arrebatarle el arma con un fuerte codazo en el pecho, soltando la pistola y lanzándose sobre su presa, derribándole sin contemplaciones y hundiendo las garras en sus hombros.
Viendo el cuello descubierto del búfalo, el tigre no pudo evitar lanzarse inconscientemente hacia aquel punto vulnerable, siguiendo su naturaleza y sus instintos en un intento por acabar con su enemigo, siendo detenido por un fuerte rodillazo en los bajos por parte del jefe que entorpeció su movimiento al obligarle a exhalar por el dolor, instante en que el jefe le dio un potente cabezazo para apartarle, no sin que antes el tigre arremetiera contra el rostro de su antiguo superior con un potente zarpazo.
Ambos se incorporaron prácticamente al instante, pero Bogo, que había recibido un tiro en el brazo izquierdo, sabía bien que Fangmeyer tenía todas las de ganar en un combate cuerpo a cuerpo.
—Jefe, de verdad que te has vuelto más desalmado —dijo riendo el tigre, dándole un potente puñetazo que el búfalo logró bloquear con su brazo sano, pero no el siguiente que le dio directamente en la trompa, haciéndole retroceder—. ¿Quién da un rodillazo allí, realmente? ¿Eh?
Bogo no había terminado de recuperarse de aquel puñetazo cuando recibió el segundo con toda su furia, derribándole. El jefe estuvo a punto de incorporarse cuando el tigre se agachó junto a él, tomándole del cuello y devolviéndole al suelo con todas sus fuerzas, atontándolo.
—Dime Bogo… ¿qué se siente ser de las pocas presas que quedan vivas en la ciudad que juraste proteger? ¿Eh? —dijo mientras lo levantaba por el cuello, para impactarlo nuevamente contra el suelo con gran fuerza—. ¡¿Cómo se siente?! —gritó con locura cuando un tiro sorpresivo le rozó el hombro, y el tigre se volteó hacia la comisaría para encontrar a la cerda que había sido su compañera por dos años al pie de la escalera.
La mirada llena de furia de Swinton mientras le apuntaba con aquel revolver no hacía más que sacarle una sonrisa. El tigre la conocía bien, y sabía que la cerda no tenía precisamente una buena puntería con armas que no llevaran una mira telescópica, pues su pulso temblaba y rara vez tenía oportunidad de dar en el blanco si no era a quemarropa y, por supuesto, los nervios le jugaban en contra si actuaba de manera apresurada, aumentando incluso más el temblor en sus patas que terminaba por reducir su puntería a un valor nulo.
Esto fue lo que consideró cuando, sin mediar otra palabra con el búfalo, se lanzó a la carrera en cuatro patas, subiendo las escaleras en un tiempo record mientras pasaba junto a las barricadas. Swinton apenas alcanzó a jalar el gatillo una vez, errando por causa del temblor de sus patas su segundo disparo. Su último disparo.
La cerda vio a los ojos de la mismísima locura justo antes de que el tigre saltara en su busca, hacia aquella cerda que había sido su compañera durante años, a quien veía todos los días, y a quien consideraba una verdadera amiga, su única amiga. Pero Fangmeyer no dudó al cerrar sus fauces sobre su cuello, hundiendo sus colmillos en la carne de la oficial y saboreándola sin soltar a su presa en ningún momento. Swinton no pudo hacer más que hundirse en la desesperación mientras se ahogaba con su propia sangre, derramando lágrimas de dolor.
Tan perdido estaba el tigre en aquella sensación que no pensó en nada más, ni siquiera en el hecho de que varias de las armas de sus subordinados muertos habían quedado a disposición del jefe de policía, incluyendo la pistola que antes le había arrebatado, misma pistola que el jefe tomó débilmente y, tratando de mantener el pulso de su mira en dirección hacia el tigre que se alimentaba ávidamente, jaló el gatillo, jugando así su última carta.
Aquella bala encontró blanco en la nuca de Fangmeyer, y su cuerpo cayó secamente sobre la cerda, quien volteó la mirada hacia el jefe de policía, siendo el búfalo malherido lo último que vio antes de que la luz escapara de sus ojos. Aquella mirada muerta quedaría clavada para siempre en la mente del búfalo que, un instante después, cayó inconsciente al suelo, superado por la debilidad de su propio cuerpo y sin saber qué había ganado, y cuanto más había perdido al final de aquella batalla.
