Capítulo 17 – Tras la pista del zorro

El sangrado no se detenía. La herida que el león había abierto en el hombro de la coneja ardía como el infierno, haciendo que se tomara del mismo con fuerza, apretando los dientes en un intento por resistir aquella molestia que se sumaba a la herida palpitante en su costado. En definitiva aquel no había sido su día, aunque considerando el destino que había sufrido el resto de la ciudad, ella había resultado ser bastante afortunada al menos hasta ese momento.

De repente el ascensor se detuvo, y las puertas se abrieron lentas a un corredor de unos pocos metros a lo largo del cual se ubicaban varias puertas a los lados. Aunque la única que de verdad era de interés para la oficial era la que se ubicaba al final del pasillo, que tenía un lector de tarjetas en el costado, y una luz roja en el mismo que indicaba que la puerta permanecía cerrada.

Respirando de manera profunda, Judy avanzó por el corredor, notando entonces una cámara junto al ascensor cuya lente estaba fijada en su espalda, siguiendo cada uno de sus pasos. La ex-alcaldesa estaba al acecho, asegurándose de que la coneja cumpliera con su papel en aquel juego, y ella lo sabía.

—Dime algo, Bellwether —habló en el radio al tomarlo, sin dejar de caminar—. ¿Por qué crees que el gobierno se presentó ahora? ¿Por qué no ayer?

De seguro esperaron a que la situación fuera menos riesgosa para sus agentes. Ayer los depredadores estaban haciendo estragos a lo largo de toda la ciudad, y meter a un grupo armado, por más numeroso que fuese, hubiera terminado en su eliminación, de una forma u otra. El día de hoy la mayor parte de los depredadores ya han abandonado la ciudad, y se han dirigido a los pueblos aledaños en busca de nuevas presas.

—Santo cielo…

¿Creíste que iban a quedarse en un solo lugar por tanto tiempo?

—No… supongo que no me detuve a pensar en ello —respondió al llegar al final del pasillo, pasando la tarjeta de la doctora Kattler por el lector en la pared. La luz del aparato cambió a verde, y un pitido seguido de un chasquido indicó la apertura de la puerta.

Al entrar en aquella sala, la luz se encendió automáticamente, revelando un amplio depósito con cinco filas de estanterías de un largo bastante considerable y pensó que, de no saber lo que de verdad estaba buscando, quizá nunca encontraría aquella cura. En las estanterías podía verse una gran cantidad de canastos cargados con cajas de comprimidos, frascos y ampollas, pero las etiquetas en las mismas llevaban nombres que la coneja nunca hubiera reconocido. ¿Dónde se guardaría el antídoto contra los aulladores?

En la última fila hay una seguidilla de contenedores con paneles numéricos para la apertura. Compruébalo —dijo la oveja, viendo a través de las cámaras en el interior del depósito.

—Sí, los veo —respondió al avanzar, haciendo un gran esfuerzo por soportar el silencio sepulcral de aquel cuarto—. Los contenedores están marcados con letras y números, pero no tengo idea de lo que significan. ¿No sería más fácil si pusieran el nombre de lo que guardan aquí directamente?

Es la forma en que los directores deciden administrar los recursos, no es de nuestra incumbencia. En fin, debería haber uno marcado como "A-L-B-4". ¿Puedes verlo?

—Alba… aquí está, lo encontré.

Alba es el nombre código que se le dio al antídoto de los aulladores, pues al momento de su creación consideraron que aquel sería un nuevo amanecer en la relación entre depredadores y presas, justo después de aquel incidente —explicó—. Lo único que deseaba era desplazar a los depredadores, pero algún bastardo tomó mi investigación y la utilizó para dar lugar a la masacre más grande en toda la historia.

—Lo que tu intentaste hacer fue terrible de todas formas, Bellwether. Sin mencionar que estuviste dispuesta a deshacerse de mí para lograr tus objetivos. No intentes compararte a quien provocó esta matanza para expiar tus pecados. Y ahora dime, ¿cuál es el código?

Primero dime… Judy, suponiendo que te dé la clave ahora mismo. ¿Qué harás con el antídoto? —preguntó, y la coneja guardó silencio sin entender a qué se refería. Creyó que estaba bastante claro lo que buscaba hasta ese momento—. Asumiendo que te he ayudado a llegar hasta él, me gustaría pensar que serás lo suficientemente bondadosa para traer conmigo la parte del botín que me corresponde. ¿No es así?

—No tengo otra alternativa, ¿o sí? Lo primero que haré será inyectarme a mí misma, luego… trataré a Nick. Y sólo entonces, la cura será tuya.

Está bien. Sólo espero que recuerdes eso, porque no soy la clase de animal que se toma a bien una traición —dijo la oveja con un tono tan tranquilo y confiado que le dio escalofríos—. El código de acceso es 873491 —indicó Bellwether.

Al abrir la puerta del contenedor, la coneja se encontró con ocho pequeñas cajas plateadas, y se apresuró a tomar una. Colocándola en el suelo para quitar la tapa que se mantenía ajustada mediante una traba en cada una de las cuatro esquinas, descubrió un juego de veinte ampollas de "Alba", junto a otras diez jeringas esterilizadas. Todo estaba listo.

Vas a tener que esperar un poco más para tratarte, porque los agentes llegarán al hospital en menos de dos minutos. Toma el contenedor y regresa al ascensor. ¡Ahora! —indicó, y Judy cerró la puerta del contenedor para tomar la caja plateada bajo su brazo y cruzar la puerta de aquel almacén a la carrera, llegando al ascensor en tiempo record y pulsando rápido el llamador. La puerta se abrió, y la coneja entró veloz—. Tal parece que van a entrar por la puerta principal, la puerta trasera y el estacionamiento. Toca el botón del quinto piso.

—¿Qué tienes en mente? —cuestionó al pulsarlo.

Si sales por cualquier otro lugar, van a dejarte como un colador en menos de un segundo. Vas a tener que bajar por los caños de las canaletas en el tejado una vez los agentes estén dentro.

—Esto no va a ser bueno para la herida de mi costado.

Bueno, el plomo no va a hacer un mejor trabajo con ella.

—Demonios... —respondió mientras veía el número de piso cambiar a un ritmo infinitamente más lento de lo que en verdad era—. ¿Por qué vinieron a buscar el antídoto aquí? ¿No deberían tenerlo también fuera de la ciudad?

Problemas legales con patentes. El antídoto provisorio que se logró aquí para controlar a los animales afectados se creó a partir de una vacuna ya existente. Es por eso que hasta ahora no había salido de Zootopia, y es por eso que el propio gobierno de Animalia vino a buscarlo aquí —explicó, cuando el ascensor se detuvo de repente en el segundo piso—. ¿Qué está...? ¡Me desconectaron del sistema!

—¿Qué? ¿De qué estás...?

No tengo idea de qué está pasando, pero mi acceso a los sistemas del hospital está bloqueado. Tampoco tengo visuales del exterior. Mierda... ¡sal de ahí ahora!

—Es fácil decirlo, ¡estoy atrapada aquí dentro!

No, no lo estás. Abre el techo del ascensor y busca un ducto de ventilación. ¡Rápido!

—¡Es imposible! Está demasiado lejos, y no puedo saltar en este estado.

Entonces morirás en ese lugar, vamos... ¡hazlo! —alentó la oveja.

Aun dudando de que aquello fuese una buena idea, Judy saltó con el brazo derecho extendido, teniendo bajo el izquierdo el contenedor de Alba. Su pata apenas levantó el techo del ascensor y la coneja quedó colgando del borde, con la puntada en su costado resultando en un dolor sordo e insoportable. Una lágrima bajó por la mejilla de la coneja al momento que se forzaba a trepar al otro lado, debiendo trepar con una sola pata y teniendo que lidiar también con el peso del techo al momento de pasar su cuerpo y el contenedor. Acto seguido, la coneja debió recostarse por un momento para recuperar el aliento y reponerse de aquel dolor insoportable.

—Lo logré, ¿y ahora qué? —preguntó a la radio.

Busca un ducto, algo que te permita salir de ese hueco ahora. ¡Ya no queda tiempo! —advirtió la oveja. Los ojos de la coneja recorrieron aquel hueco apenas iluminado por la luz del ascensor que se colaba por la entrada del techo, y por fin dio con la salida que buscaba.

—¡Lo tengo! Voy a apagar la radio, y la encenderé de nuevo cuando esté en un lugar seguro. Si te oyen, van a descubrirme.

¡Coneja, no...! —Bellwether intentó hablar, pero Judy ya había apagado el aparato.

La coneja avanzó con el contenedor sobre su espalda, con el choque de su cuerpo contra el metal retumbando a lo largo de su recorrido por el ducto, muy a su pesar. A lo lejos oía a otros animales hablando, y no necesitó pensar mucho para saber que se trataba de los agentes sobre los que Bellwether le había advertido. Sabiendo esto, y no deseando ser descubierta, Judy disminuyó un poco la velocidad de su avance, sabiendo que si pasaban por debajo de ella no tendrían problema para oírle y atacar el ducto sin necesidad de verla siquiera.

Pero había varios problemas en su proceder con los que la coneja no contaba. Uno era el hecho de que la herida dolería mucho más una vez cruzara el ducto luego del esfuerzo que había hecho, que no tenía idea de hacia donde se dirigía en la oscuridad de aquel camino, que aún debía de recorrer cinco pisos para llegar hasta el tejado, y que el ducto quizá no resistiría hasta que la coneja hubiera encontrado una salida.

Y eso fue lo que sucedió cuando, en medio de su arrastre, su punto de apoyo cedió unos milímetros, antes de caer por completo hacia adelante, dando contra el suelo con una fuerza brutal, y sus ojos resultando cegados por el actual resplandor del pasillo, pues ahora el hospital estaba completamente iluminado gracias al generador del subsuelo.

Intentando reponerse de aquel impacto, la coneja se arrastró con dificultad fuera del conducto roto en el que había quedado, y su agudo oído alcanzó a captar la voz de otro animal a lo lejos, seguido de varios pasos que se acercaban a su posición.

—¡Por aquí! ¡Escuché algo! —exclamó alguien a lo lejos.

—Mierda... —musitó la coneja al salir, recuperando la caja plateada bajo su brazo derecho y saliendo a la carrera a través del pasillo del hospital, no dispuesta a quedar en el campo visual de animales que pretendían matar a cualquier superviviente.

Por más que intentó correr con todas sus fuerzas, lo único que logró fue renguear hasta dar la vuelta en la esquina, sus patas y su costado resintiéndose por el impacto sufrido a cada paso que daba. Su cuerpo estaba llegando al límite de los daños que podía soportar, pero la coneja no iba a detenerse. No aún, no cuando estaba tan cerca de conseguir escapar.

Y la suerte quiso que la oficial de policía cayera a unos pocos metros del hueco de la escalera que la llevaría al tejado, donde debería dejarse caer por un tubo de metal a una distancia de cinco pisos, y si por casualidad su agarre no llegaba a ser lo suficientemente fuerte, caería a su muerte. Esto era lo que pensaba mientras cruzaba la entrada, subiendo con dificultad las escaleras y quedando a las puertas del tercer piso cuando oyó una puerta inferior abrirse de golpe.

—¡Está en las escaleras! —exclamó una voz a lo lejos, y la coneja se metió al pasillo del tercer piso sin pensarlo dos veces.

A la luz fría que iluminaba el corredor, Judy corrió con dificultad hasta el único punto en aquel espacio que de verdad conocía: el cuarto de las esposas y el cigarrillo, cuya ventana daba a una de las canaletas. Este era el único curso de acción que veía posible dado que, siendo que los agentes sabían que estaba subiendo las escaleras, no lograría alcanzar el tejado antes de que sus enemigos la encontraran.

Al cruzar el umbral de la habitación cerró rápido la puerta, tomó la silla dejada en una esquina y la usó para atascar el tirador de la puerta, antes de voltearse hacia la ventana. Si bien sabía que aquel bloqueo no resistiría para siempre, quizá le daría el tiempo suficiente para escapar.

Una vez hecho esto, saltó al otro lado de la ventana al apoyar sus patas en el borde del piso en el exterior, debiendo desplazarse hacia un lado al apoyarse en la pared solo con solo su pata izquierda. Alcanzando el tubo de la canaleta y aferrándose fuerte al mismo mientras bajaba a pequeños saltos en los que se despegaba de la pared por un instante, descendiendo medio metro antes de apoyarlos de nuevo, apretando los dientes por el dolor en su sangrante hombro izquierdo, producto de la herida que el león salvaje le había provocado.

De pronto oyó fuertes golpes en la habitación por la que había escapado, impactos sobre la puerta que había bloqueado. Sabía que la estaban buscando, que pretendían acabar con ella, y si no pensaba rápido en algo de seguro lo conseguirían, pues se encontraba en una posición en verdad desventajosa. Si los agentes asomaban y la encontraban aún trepada al tubo, no les costaría más que unas cuantas balas poner fin a su vida, mientras que el riesgo volvía a ser el mismo si intentaba regresar al interior del hospital a través de alguna de las ventanas, pues los agentes de seguro estaban asegurando el lugar mientras otro grupo usaba el ascensor central para descender al tercer subsuelo en busca de la vacuna.

Aún sosteniéndose del tubo, sintiendo su hombro y su abdomen arder a causa de sus heridas, la coneja miró hacia abajo en busca de una respuesta. Si bien en la parte inferior había algunos arbustos junto a las paredes a modo de decoración, nada le aseguraba que sobreviviría si se dejaba caer sobre ellos como última opción, pero de la misma manera, nada se lo aseguraba si continuaba descendiendo de aquella manera, o si intentaba buscar refugio tras alguna de las ventanas cercanas del segundo piso. La encontrarían de una forma u otra, pero una de las opciones le daba al menos un cincuenta por ciento de posibilidades de éxito en su escape, pero tan solo si lograba sobrevivir a la caída. Pero por más peligrosa que fuera la opción que ahora consideraba, cuando oyó el crujir de la madera de la puerta de la habitación, supo que ya no le quedaban más alternativas. Era ahora o nunca.

Cerró los ojos y aspiró hondo, antes de soltar el aire de la manera más calmada posible, girando su cuerpo un poco al costado mientras aún sostenía el tubo, y liberando el mismo para caer de espaldas al tiempo que abrazaba la caja plateada que contenía la vacuna. Si bien en su mente aquel plan sonaba mejor, no pudo evitar entrar en pánico cuando comenzó a caer a toda velocidad, ahogando un grito y preparándose para el impacto que sufriría apenas alcanzara su destino, cruzando sus dedos para que su cuerpo cayera sobre los arbustos y no en la acera a escasos centímetros.

Pero aún cuando la coneja logró su cometido de amortiguar la caída con el follaje, no se paró a pensar que el peligro también residía en aquella opción, y solo fue consciente de esto cuando las ramas que las hojas cubrían se clavaron en su cuerpo, antes de rodar hacia el costado y golpearse la cabeza contra el suelo de concreto, respirando agitada y aún abrazando la caja de metal.

Apenas consciente de que aún estaba con vida, se arrastró rápida debajo de los arbustos que la habían salvado, y apenas después fue cuando escuchó el último golpe sobre la puerta, antes de que la cabeza de un rinoceronte asomara en la ventana, explorando hacia los costados y hacia abajo con rapidez. En el momento en que enfocó sus ojos en el arbusto y asomó el fusil que llevaba consigo, la coneja sintió su corazón detenerse.

Cada músculo de su cuerpo se paralizó, pero ningún grito salió de su boca cuando el rinoceronte arrasó los arbustos con una ráfaga de disparos a lo largo de toda la hilera. Los labios de Judy temblaron cuando una de las balas impactó junto a su oreja derecha, mientras que otra lo hizo junto a su pata izquierda. No podía ser cierto.

El rinoceronte esperó unos instantes más mientras exploraba el lugar con la mirada, esperando que la presa fugitiva diera señales de estar escondida allí, pero regresó al interior a los pocos segundos al considerar que, de haber alguien entre aquellos arbustos, lo hubiera sabido para entonces. Y para cuando Judy fue consciente de ello, su cuerpo entero estaba temblando como una hoja. No podía creer la suerte que la había acompañado hasta ese punto, ni tampoco se creía que aún después de algo como aquello siguiera con vida, cuando muchos otros animales habían caído.

Saliendo de su escondite con cierta dificultad, y poniendo un esfuerzo sobreanimal en cada uno de sus movimientos, la coneja enfiló su camino con objeto de alejarse tanto como pudiera del hospital por la entrada lateral, intentando no arrastrar su pata derecha, que había recibido la peor parte de la caída. Y si aún le quedaba algo de suerte, los agentes que aún registraban el hospital en su interior no se pararían en las ventanas para ver a la coneja malherida que salía de allí tan rápido como su herido cuerpo se lo permitía.

Y la coneja corrió, corrió lo más rápido que pudo, huyendo de aquel peligroso lugar mientras se dirigía al punto que Bellwether le había indicado.

"Escúchame bien Judy, el zorro aún está vivo. Aunque no lo creas, está durmiendo en el tejado de un centro comercial en Savanna Central a diez calles de ese hospital."

Las palabras de la ex-alcaldesa resonaban en su mente y, asumiendo que las mismas guardaran algo de verdad, solo había un centro comercial a diez calles exactas del hospital, y la coneja agradeció aquel conocimiento a todos sus días de patrulla desde que había comenzado a trabajar en el departamento de policía. Pero de aquellas calles en las que antaño había reinado la paz, ahora tan solo quedaba el recuerdo, y un insano número de cadáveres donde quiera que mirara.

Judy Hopps siguió caminando por la acera, intentando no fijar su mirada en los cuerpos de las presas que habían caído bajo las garras de los depredadores el día anterior, o de los depredadores que habían sido heridos de muerte por presas que no entregarían sus vidas tan fácil. Mientras avanzaba, arrancó un retazo de la tela azul del hospital que cubría su cuerpo por debajo del cinturón de Oates, ajustándola por sobre su hombro para cubrir la herida que el león le había causado, y que hasta ese momento había estado expuesta. Un silencio sepulcral gobernaba aquel cementerio a cielo abierto, y la coneja intentó ahogar los pensamientos que surgían en su mente a cada paso que daba, hasta que por fin llegó a su destino.

El centro comercial de Zootopia se extendía frente a ella con la amplitud de una manzana entera y un alto de cuatro pisos, que prometía satisfacer todo tipo de necesidades de consumo que un animal pudiera tener. La entrada estaba abierta de par en par, y al entrar la coneja notó que solo la luz natural iluminaba aquel lugar, y gracias a sus orejas tuvo la seguridad de que en las cercanías no restaba depredador alguno. Después de todo, Bellwether le había dicho que casi todos habían abandonado la ciudad en busca de nuevas presas. Tenía sentido, dado que allí no quedaban más que cadáveres, y los animales salvajes que los aulladores habían generado no asesinaban por hambre, sino porque podían hacerlo, y a razón de ello, también debían. Pero por fin había llegado, por fin había conseguido llegar a su destino.

Una vez cruzó la puerta principal, la coneja se arrodilló para abrir el contenedor de la vacuna, armó una de las jeringas, y procedió a llenar con la misma con el contenido de una de las ampollas. En verdad no tenía idea de qué tanta ayuda podría serle contra la neblina que había aspirado, contra el veneno que aún corría por su sangre. Pero sabiendo que aquella era su única oportunidad para no perder la cordura, y la única salvación de Nick, no dudó al momento de inyectarse en el brazo izquierdo con ella, dejando caer la jeringa después y preparando otra justo después. Si el zorro de verdad estaba en el tejado, en un estado salvaje, debería estar lista para el encuentro. El problema... era que sus posibilidades de salir victoriosa en esta ocasión eran casi nulas.

Su cuerpo estaba en su límite. Sin contar con los daños que había sufrido al caer de un segundo piso, el daño en su costado y el ataque del león en su hombro ya dificultaban mucho su actuar. Y asumiendo que Nick estuviera solo, enfrentar por su cuenta al zorro en campo abierto y lograr inyectarle la vacuna conllevaba un serio riesgo de muerte, uno mayor a cualquiera al que se hubiera enfrentado antes. Pero todo se reducía a este momento, a este último intento por salvar a su ser querido de la oscuridad en la que la niebla lo había sumergido.

Este era el único pensamiento que la acompañó mientras subía las escaleras de servicio del centro comercial, sin mirar a los cuerpos de los animales repartidos por todo el lugar, sin mirar la sangre que manchaba las paredes y los pisos, y al final subiendo por la estrecha escalera que conducía al tejado. Pero una vez se encontró frente a la puerta, la coneja no fue capaz de avanzar. En una pata llevaba el contenedor con las ampollas de Alba, y en la otra, la jeringa que habría de utilizar con Nick, y mientras dejaba el contenedor a un lado de la puerta, la coneja preparó su mente para lo que vendría a continuación.

De ahí en más no había muchas opciones. Si el zorro de verdad estaba tras esa puerta, la situación solo podía terminar de dos formas: si lograba su cometido, ambos saldrían de allí conscientes y con vida. De otra forma, la coneja perecía bajo los colmillos del zorro, quien aprovecharía la puerta abierta para escapar del lugar y seguir el designio que la niebla había grabado a fuego en su mente.

Y si Nick no estaba allí, debería partir y buscar en los lugares que, sabía, el zorro solía frecuentar, con la esperanza de que, aún infectado por la niebla, por instinto hubiera partido hacia esos prados. Pero aún considerando todo esto, nada le aseguraba que encontraría al otro lado, pero Judy sabía que estaría lista para enfrentar su última tarea cuando tomó el tirador, y se adentró en la azotea del centro comercial.