Capítulo 18 – Mi mejor amigo

Judy Hopps no perdió tiempo al abrir la puerta, cruzando el umbral y encontrándose con una fuerte brisa que agitó sus lastimadas orejas, misma brisa que inevitablemente cerró de golpe la puerta. Aterrorizada, la coneja volvió sobre sus pasos, sólo para encontrarse con que aquel viento había cerrado la entrada de tal manera que había terminado por atascarla, y su actual fuerza física no era suficiente para abrirla. Ya no había vuelta atrás.

Resignada, la coneja se volteó hacia el frente para encontrar una azotea repleta de tubos por doquier que recorrían el piso y las escasas paredes. No era difícil imaginar que los mismos contenían los cables que conducían la electricidad y red a todo el establecimiento, mientras que los pocos ductos que asomaban allí servían de salida de ventilación. Pero para Judy, estos últimos quedaron descartados como ruta de escape cuando notó las rejillas atornilladas que los bloqueaban por completo.

Caminando hacia adelante, casi sin darse cuenta, terminó al borde del tejado, contemplando lo que una vez había sido una maravillosa utopía, pero que ahora aparecía ante sus ojos como los restos de una civilización ya perdida. Las columnas de humo en diversos puntos a lo lejos se erigían hacia el cielo, bloqueando la visión de las áreas más allá del centro de la ciudad. Ya no quedaba nada. Nada…

—Mamá, papá… de verdad espero que estén con bien —musitó la coneja, cuando sus orejas se torcieron dolorosamente hacia un lado cuando un sonido llamó su atención.

Sabía lo que era, lo supo desde el primer instante, pero ahora que finalmente se encontraba a escasos metros de lo que tanto había buscado, la razón por la que tanto había peleado, habiéndose aferrado con uñas y dientes a la vida, sólo ahora se sentía incapaz de girar su cuerpo para encarar su destino. Pero recordando por un instante que el tiempo no estaría de su parte, al igual que su contrincante, finalmente lo hizo.

Quería creer que aquellos intensos ojos verdes clavados en los suyos le reconocían, que aquella esponjosa cola pelirroja seguía siendo tan abrazable como siempre, y que la expresión de aquel depredador cambiaría en el último momento para dedicarle un tierno y desvergonzado "es una treta, tesoro".

Pero sonrió, apretando sus labios y siendo incapaz de contener sus lágrimas de dolor al caer en la cuenta de que aquello no era más que la ilusión vacía de una coneja rota, la ilusión de una pobre policía que creía que aquel depredador erguido en cuatro patas la reconocía, que sus ojos expresaban más que la necesidad de hincar sus colmillos en la carne de una presa desprotegida, que sus gruñidos eran intentos por hablar, que la sangre que manchaba su hocico y parte de su pelaje era la suya y no la de alguien más.

En verdad quería creerlo.

—Lo sé, Nick… no hace falta que lo digas —sonrió al contemplar en su pata la jeringuilla preparada con el antídoto "Alba", lista para inyectarse—. A fin de cuentas… soy solamente una torpe coneja.

De repente y sin previo aviso, el zorro de lomo desnudo y pantalones azules rasgados se lanzó al ataque y la coneja, que vestía únicamente una tela del hospital envuelta con el cinturón de su compañero caballo, alcanzó a evadirle al lanzarse hacia la izquierda, girando para disminuir el impacto contra el suelo e iniciando la carrera, siendo perseguida por su adversario a cuatro patas.

Sabía que el área de la azotea era bastante amplia, pero carecía de un lugar para resguardarse y contraatacar. Sabía que en última instancia podría colgarse de los bordes del edificio para evadir un ataque mortal por parte del vulpino, pero tal acto de esquive derivaría en el mismo cayendo de un cuarto piso, sin posibilidad alguna de sobrevivir. Sabía que solo le tomaría un instante acercarse y lograr inyectar al zorro, pero también sabía que al zorro le tomaría un instante desgarrarle el cuello con suma facilidad.

Judy tenía claro que aquel encuentro podría tener varios desenlaces, pero muy pocos en los que ella lograba salvar el día y salvarse a sí misma. Y eso lo tuvo muy presente cuando, sintiendo al depredador ya pisándole los talones, se volteó para exponer la pistola de Zyra y así bloquear las fauces del zorro, cayendo de espaldas y con la jeringa rodando en el suelo hasta uno de los tubos, a pocos metros de la batalla de patas, garras y colmillos que ahora se desataba entre un zorro que deseaba alimentarse por cualquier medio, y una coneja que pensaba traerle devuelta a toda costa.

—¡Nick, por todos los…! ¡Soy yo, Judy! ¡Judy! ¿Recuerdas? Me recuerdas, ¿verdad? —suplicó al zorro que, lejos de escuchar una sola palabra, se esforzaba por dar mordiscos que terminaban bloqueados por aquella arma—. Íbamos a cambiar el mundo juntos, ¿lo olvidaste? Por favor, Nick… ¡sé que lo recuerdas! —gritó con lágrimas en los ojos antes de lanzar un puñetazo al rostro del depredador, dando medio giro para arrastrarse hacia la jeringuilla, pero debiendo encarar al zorro una vez más cuando este estuvo a una corta distancia, arremetiendo con un culatazo contra su rostro y sacándole un quejido que partió el alma de la presa.

Pero la coneja no permitió que aquellos sentimientos le impidieran avanzar y lograr hacerse con la jeringuilla una vez más, aún a costa del esfuerzo que estaba tomándole, del agotamiento y de las heridas que aquejaban su maltratado cuerpo. Había llegado demasiado lejos, mucho más allá de lo que permitían los propios límites de su especie, pero todo lo había hecho por Nick, por aquel zorro cabeza dura por el que daría su vida de ser necesario.

Había cruzado el infierno mismo para llegar con él, para salvarle de su locura, y el recordar su objetivo le dio fuerzas para levantarse una vez más, para agacharse en el momento adecuado en pleno salto del zorro que iba en su caza, levantándose de golpe para impactar su vientre con un cabezazo y así lograr derribarlo. Tenía claro que solo habría logrado tumbar al zorro por un brevísimo instante antes de que el mismo se retorciera para incorporarse y lograr acabar con ella, por lo que no tenía mucho tiempo.

Debió actuar rápido al momento de levantar la pata que sostenía la jeringa para tomar impulso y clavarla en el cuello de su objetivo con todas sus fuerzas. Algo que no llegó a suceder porque una vez más el depredador superó su velocidad y expectativas, asestándole un arañazo en la cara que le hizo retroceder, y lanzándose sobre ella justo después.

Ahora era la coneja quien estaba contra las cuerdas, apenas habiendo logrado escapar al abrazo de la muerte al empujar el cuello del zorro con su pata izquierda, con la derecha intentando alcanzar la jeringuilla que había escapado a sus patas una vez más. Aquel era el momento, era su única oportunidad de salvar a su mejor amigo, y no pensaba desperdiciarla por ningún motivo.

Pero Nick tenía otros planes, con sus patas delanteras inmovilizando el cuerpo de Judy, y sus fauces haciendo todo lo posible por alcanzarle en un intento desesperado por acabar con ella. En tanto, Judy estiraba su pata tanto como podía, haciendo todo lo posible por alcanzar la jeringa que guardaba su salvación. Tenía que hacerlo, tenía que conseguirlo.

—Vamos… solo un poco más…

Apretó los dientes al tiempo que la saliva del salvaje salpicaba sobre su rostro, pero en ese momento supo con seguridad que a ese paso no lograría alcanzar la jeringa a tiempo. Su brazo izquierdo cedería en cualquier instante, y entonces no habría ningún obstáculo que se interpusiese entre ella y los colmillos del salvaje.

Solo le quedaba una oportunidad, un último intento, y no lo dejaría escapar. Y si no podía salvarse a sí misma, al menos lograría salvar al zorro, y su muerte no habría sido en vano.

Fue aquel el pensamiento que cruzó por su mente cuando, sin considerarlo por segunda vez, dio una patada al zorro con todas sus fuerzas, alejándole unos pocos centímetros para saltar en busca de la jeringa y girarse hacia su adversario.

Sabía de que no tendría oportunidad de bloquear su ataque nuevamente, y lo había aceptado.

Aquellas fauces se cerraron con fuerza en el cuello de la presa, y la aguja se clavó con la misma intensidad en el cuello del depredador. Y así, en un fuerte abrazo de la coneja hacia el zorro, todo había terminado.

Judy sintió aquellos colmillos penetrar la carne de su cuello, y la presión ejercida cortándole la respiración. No sabía cuánto podría llegar a tomar el efecto del antídoto, pero aquel pensamiento no tuvo cabida en su mente cuando sintió que la vida comenzaba a escurrirse por sus dedos. Su visión había comenzado a nublarse y sus oídos casi no captaban los gruñidos de aquel zorro que la agitaba para clavar sus dientes en ella incluso más, pero percibía claramente la calidez de la sangre que descendía por su cuello.

Y así, al poco tiempo, el agarre del zorro comenzó a aflojarse, pero el de la coneja no lo había hecho en ningún momento. Un cambio lento pero notable se hizo presente, hasta que sus colmillos se alejaron de la presa, quien se encontró con una mirada consternada muy diferente a la que segundos antes había atestiguado. Solo entonces, la coneja fue capaz de cerrar los ojos con una sonrisa. Pues sin importar lo que sucediera desde ese momento en adelante, sabía que todo estaría bien.

—T-torp-pe… zo… —musitó, antes de que sus fuerzas finalmente la abandonaran. Al fin podría descansar, pero no sin antes escuchar aquella voz que tanto había añorado oír una vez más.

Judy, no… ¡Judy!