Capítulo 19 – Tormenta
Frío, que percibía en sus largas orejas y mordía con fuerza. Dolor, que recorría su costado, sus patas y, sobre todo, su cuello. Oscuridad, que cubría cuanto había a su alrededor, opresiva y abrazadora. Y un silbido, una fresca brisa que sus oídos percibieron, que le hizo estremecerse y le obligó a abrir sus ojos lentamente cuando una luz blanca y brillante le cegó por un breve instante.
Frente a ella aparecía un techo de concreto que reconocía, pero que al mismo tiempo se le antojaba imposible, irreal, pues recordaba lo que había ocurrido unos minutos atrás, lo que había acontecido en la azotea del centro comercial.
Recordaba su encuentro con el zorro, la batalla que se había desatado entre ambos, y el momento en que se aferró a él, a costa de su propio bien, para lograr inyectarle con el antídoto. Lo recordaba todo.
Aquel había sido el fin, estaba segura de eso, por lo que aquel lugar solo podía ser la siguiente parada en el camino, representada por un lugar tan familiar que le dolía pensar que no volvería a estar allí.
Una vez creyó aceptar aquel pensamiento en su cabeza, se volteó para mirar hacia la ventana, encontrando un cielo gris oscuro y gruesas gotas de lluvia que chocaban contra el cristal. Por un instante, un relámpago iluminó la estancia, y la coneja fue capaz de contemplar el escritorio sobre el cual había trabajado incontables noches, la foto de sus padres sobre el mismo, el perchero con su uniforme de trabajo y los tres cambios de ropa que solía usar más seguido. Aquel era su departamento, nada más y nada menos.
Pero todas estas cosas perdieron importancia cuando sus ojos se centraron en el zorro durmiente sentado contra la pared junto a su cama, aquel depredador por el que tanto había luchado, y que ahora vestía el conjunto de jeans y camisa verde manzana que se había dejado en su departamento días atrás, sus ojos cerrados y un semblante tranquilo en su rostro, ajeno a cuanto había sucedido. Aquella imagen le sacó una sonrisa y consideró que, aunque era probable que nada de lo que sus ojos veían estuviera en verdad allí, por fin se sentía en paz, una paz que alegraba su alma. Una paz con la que podría partir tranquila al otro mundo.
Fue entonces que, luego de dar un largo bostezo, el zorro abrió los ojos.
Al principio permaneció mirando hacia adelante con un semblante serio, como si estuviera pensando detenidamente en algo, hasta que por casualidad sus ojos se giraron hacia la cama a su lado, encontrando a la coneja despierta, observándole con añoranza.
El zorro se quedó allí, con los ojos bien abiertos, y sin saber qué decir o hacer.
En un principio sintió la fuerte necesidad de abrazarla, de aferrarse a ella y decirle cuanto se alegraba de que estuviese con bien, luego de todo lo que había sucedido, luego de todo lo que él había hecho… luego de todas las atrocidades de las que había sido perpetrador en los últimos dos días, y al centrarse en el cuello vendado de su compañera, supo que quizá nunca podría volver a verla a los ojos. Supo que no podría excusarse por sus actos.
En ese momento, el zorro bajó la mirada para evitar encontrarse con aquellos orbes violáceos. La quería demasiado, y el solo hecho de haberla herido de aquella manera resultaba en la peor de sus pesadillas hecha realidad, pesadillas que le habían aquejado desde que Bellwether había intentado usarle para deshacerse de la coneja en el museo de historia natural, unos meses atrás.
—Lo siento —alcanzó a decir el zorro con voz ahogada, al tiempo que sus labios temblaban y sus ojos se humedecían.
Judy lo contempló sin decir palabra alguna, mientras cerraba y abría los ojos con cierta lentitud en un intento por acostumbrarse de nuevo a la escasa luz que se proyectaba en su habitación, proveniente de un día tormentoso.
Y entonces… la coneja sonrió.
Aquella habitación, el zorro que se esforzaba por no llorar frente a ella, el fuerte sonido de las gotas de lluvia golpeando contra la ventana, y el dolor que aún sentía en su cuerpo. Todo era real, tenía que serlo. Quería creerlo.
Después de todo… su corazón aún estaba latiendo. Podía sentirlo al llevarse una pata al pecho, y aquello era la mayor prueba de que su viaje aún no había terminado, pues salvar a su compañero apenas era el inicio. Aún quedaba mucho por hacer, y no iba a darse por vencida. Tenía que seguir adelante, y la sonrisa que se dibujó en su rostro solo fue posible por una sola razón: ahora no estaba sola.
Nick estaba de nuevo junto a ella.
Aquel zorro desvergonzado finalmente había regresado a su lado.
—No eras tú —dijo con una voz cálida y débil, mirando al techo.
—Por supuesto que lo era... —respondió con una voz quebradiza—. Eran mis ojos, eran mis patas... eran mis colmillos.
—Pero no eras tú —retrucó la coneja, sin dudar.
—No es una carga que pueda eliminar de mi sistema pensando de esa forma. No va a hacer que el olor a sangre desaparezca de mi pelaje. Nada lo hará.
—Tal vez... pero no puedes seguir diciéndote eso, no fue tu intención —dijo al mirarle a los ojos por un breve instante—. Ninguno de los animales que asolaron la ciudad tiene la culpa, porque simplemente no eran ellos. La niebla los convirtió en monstruos, y los obligó a hacer cosas que nunca en la vida hubieran hecho… al igual que yo —siguió al voltearse hacia el zorro, con una triste mirada en sus ojos.
—Te conozco bien, Zanahorias. Sé que nunca harías nada malo, ni aunque tu vida dependiese de ello.
—Entonces puede que no me conozcas demasiado bien —dijo con una voz temblorosa, sus ojos expresando desde el principio lo que sus palabras dirían a continuación. El zorro se quedó inmóvil ante la mirada de un animal roto, alguien que había visto el infierno con sus propios ojos, y había regresado—. Hice cosas horribles, Nick. Cosas que van a perseguirme por el resto de mi vida, acciones por las que nunca podré excusarme... porque era perfectamente consciente de ellas. Y sin importar que si lo que hice fue para sobrevivir, mis patas están manchadas de sangre, sangre inocente de animales que no sabían lo que estaban haciendo —para este punto la voz de Judy se había quebrado por completo, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas—. Luego de todo lo que hice, sin importar si fue para el bien de alguien más, ni siquiera merezco seguir con vida. No merezco estar aquí ahora —se quebró finalmente al tiempo que el zorro se arrojaba sobre ella para abrazarla fuertemente, desesperado, al borde de las lágrimas.
—Por favor, no digas eso… te suplico que no digas eso —le dijo al oído, para apretar los labios después. Ni siquiera quería pensar en un mundo en que aquella coneja ya no estuviera, no podría soportarlo—. Si te hubiera perdido en ese momento, en la azotea… no habría tenido una razón para seguir viviendo —declaró al apartarse, para mirarle a los ojos—. Eres todo lo que tengo, Judy. Así que por favor… no me dejes —suplicó, antes de abrazarle de nuevo.
La coneja se quedó allí, paralizada entre los brazos del zorro, sin saber qué hacer. Quería gritar, quería llorar, quería que el dolor que ahora invadía su pecho se esfumara, pero sabía que aquellas emociones no desaparecerían al momento de llevar los brazos al lomo del zorro, al tiempo que lo presionaba fuerte contra ella. Lo necesitaba más de lo que creía.
—Hice cosas horribles, Nick. Cosas realmente horribles —dijo con una voz quebradiza, las lágrimas humedeciendo su pelaje.
—No me importa —respondió el zorro.
—Lastimé a muchos animales que no lo merecían.
—Hiciste lo que debías para seguir con vida.
—Pero mi vida no vale más que la de ellos.
—Lo vale para mi —dijo él, y la coneja fue incapaz de responder por un breve instante.
—Eso es algo muy egoísta que decir...
—Si se trata de ti, seré tan egoísta como deba —reafirmó.
—Tú también eres… muy importante para mi.
—Lo sé… —dijo al apartarse, cuando la coneja posó una pata en su mejilla.
—Sin importa lo que suceda de ahora en más, siempre estaré a tu lado —prometió ella con sinceridad, y el zorro tomó delicadamente aquella pata en la suya.
—Siempre has estado a mi lado… desde que nos conocimos.
—Y me aseguraré de que siga siendo así… —sonrió entre lágrimas al abrazarle de nuevo—. Te extrañé mucho, Nick —confesó nuevamente al borde del llanto.
—Y yo a ti, Zanahorias —dijo con una sonrisa que no necesitaba de más palabras—. Y yo a ti…
Antes de que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta, los segundos se habían convertido en minutos, los minutos en horas, y la luz poco a poco comenzó a desvanecerse, pero el zorro no se había alejado de la coneja en ningún momento, habiéndose quedado recostado junto a ella para velar por su sueño. Después de todo, era lo menos que podía hacer por ella.
Judy había caído dormida una vez más por causa de su debilidad frente al daño sufrido con anterioridad. Su cuerpo estaba al límite, y el día anterior, cuando Nick se había ocupado de cambiar sus vendajes, había encontrado heridas que no podía creer la coneja hubiera resistido, en especial la del costado, en donde se podía notar el espacio en donde un gran depredador había hundido sus colmillos.
La coneja realmente había pasado por mucho para sobrevivir, para encontrarle, y lo único que él podía hacer era asegurarse de que ese esfuerzo no hubiera sido por nada. Debía se asegurarse de que la coneja frente a él lograra salir de aquella ciudad con vida, y debería sobrevivir por ella.
Se incorporó con cierta dificultad luego de estar tanto tiempo recostado en la cama de su compañera, y encendió la vela que había utilizado la noche anterior para iluminar la estancia, para luego correr la cortina de la ventana. Al asomarse entre el espacio que quedaba, pudo contemplar una ciudad que poco a poco comenzaba a sumergirse en la oscuridad, en medio de una fuerte tormenta, con un viento que parecía ser capaz de arrancar los árboles del suelo con suma facilidad.
—Los sistemas de control del clima dejaron de funcionar, ¿verdad? —preguntó la voz de su compañera recién despierta, y Nick asintió al voltear hacia ella.
—La electricidad se cortó en toda la ciudad ayer en la tarde, por lo que era de esperarse que el clima aquí no tardaría en cambiar —explicó, apresurándose hacia Judy justo después cuando notó que intentaba sentarse—. Espera, déjame ayudarte...
—No te preocupes, estoy bien —dijo cuando un fuerte mareo estuvo a punto de devolverla a una posición horizontal, pero fue detenida por el zorro—. De acuerdo, tal vez no esté tan bien. ¿Cuánto tiempo estuve dormida?
—Un día y medio —le dijo mientras se aferraba a su brazo, en un intento por recuperar el sentido del equilibrio.
—Maldición... —soltó con cierto fastidio. No esperaba haber perdido tanto tiempo.
—Anda, necesitas comer algo —se apartó cuando notó que la coneja comenzaba a reponerse, para tomar dos zanahorias de una bolsa junto a la cama y ofrecérselas después. La coneja sonrió al tomarlas en sus patas.
—Ahora que lo pienso, no he probado bocado durante más de dos días —pensó en voz alta para luego engullir el vegetal con mordidas lentas, y un ligero dolor en su garganta al momento de tragar.
Por más que hubiera eliminado la neblina de su organismo, la habilidad regenerativa que esta le había otorgado se había quedado con ella, ayudándole a cicatrizar sus heridas a una gran velocidad, que fue lo que ocurrió con la mordida en su cuello.
Sabía bien que aquella era la única razón por la que seguía con vida, y aquello le hizo preguntarse si el zorro también contaría con lo mismo.
—¿Y qué haremos ahora? —cortó el silencio el zorro, al momento en que Judy terminó de comer.
—No lo sé... pero no puedo quedarme aquí —dijo al mirarle con seriedad—. Mi familia aún está allá fuera, y ni siquiera sé si están a salvo.
—Tampoco tenemos idea de como están las cosas fuera de la ciudad —añadió el zorro, y una pregunta cruzó la mente de la coneja, recordando que no solo ella tenía animales por los cuales se preocupaba.
—¿Crees que Finnick esté bien? —cuestionó ella, y Nick pareció quedar en blanco ante aquellas palabras durante un breve instante.
—Espero que si —respondió finalmente, pero tanto él como la coneja sabían cual era el estado en el que el zorro fénec seguramente se encontraba. El único interrogante era... ¿Dónde? Pero sabiendo por su expresión que el zorro no tenía intensiones de hablar de ello, la coneja decidió cambiar de tema para resolver otra de sus dudas.
—¿Acaso cambiaste mis vendas? —preguntó al caer en la cuenta de que, bajo las sábanas, lo único que cubría su cuerpo era su ropa interior y los vendajes que rodeaban su torso, cuello y brazo izquierdo, apenas manchados por sangre reciente.
—Ju... juro que no vi nada. Bueno... nada más que lo necesario para cambiar los vendajes —se excusó rápidamente, y la coneja suspiró en respuesta.
—N-no te preocupes, tenemos mayores problemas ahora mismo —intentó quitarle importancia mientras se incorporaba con cierta dificultad, la luz de las velas iluminando su pelaje desnudo—. ¿Llegué aquí con mis cosas?
—¿Tus cosas? —preguntó el zorro, perdido por un instante en aquella vista.
—Lo que llevaba conmigo cuando te encontré —preguntó al voltearse, fingiendo no darse cuenta.
—T-todo está sobre la mesa, junto a la entrada —señaló rápidamente, y la coneja ubicó rápidamente todos sus efectos personales. El revolver de Zyra, la radio del oficial Oates, y la caja plateada que había dejado atrás. Y al notar que los ojos de la coneja se centraban por un instante en esta última, el zorro se atrevió a preguntar—. Esa caja de ahí... también era tuya, ¿verdad?
—Si... me sorprende que también la hayas tomado, dado que ni siquiera la llevaba conmigo cuando te encontré.
—Cuando logré abrir la puerta de la azotea, mientras te cargaba, estaba justo al lado. Resaltaba del lugar en el que estaba, por lo que asumí que... —explicaba cuando la coneja procedió a abrirla, encontrando allí las ampollas y jeringas que el contenedor cargaba, completamente intactas.
—Es el antídoto, la cura para los efectos de la neblina.
—¿Dónde la conseguiste?
—En el tercer subsuelo del hospital —dijo mientras cerraba la caja de nueva cuenta, volteándose hacia el zorro—. Lo habían usado en su momento para tratar a los depredadores afectados por el tóxico aullador y, dado que fue suficiente para salvarte, no es difícil deducir que uno de los componentes de la neblina proviene de las Midnicampum Holicithias —comenzó a explicar mientras tomaba el uniforme de policía de su perchero, disponiéndose a vestirse y exponiendo cierta dificultad en el proceso debido a sus heridas—. Alguien usó la idea de Bellwether, y la llevó a un nivel mucho más terrible.
—Lo más probable es que haya sido ella misma...
—Lo dudo... porque ella también necesita esto —reveló ella, mientras que su compañero le dedicaba una mirada inquisitiva. Judy suspiró cansadamente justo después de abrochar el último botón de su uniforme—. Bellwether fue quien me ayudó a llegar hasta el antídoto para salvarte, porque ella también está infectada, y necesita que le lleve la dosis para tratarse antes de que la locura que consumió la ciudad también acabe con ella. Es su única esperanza… yo soy su única esperanza.
—E-espera un momento, Judy. ¿Acaso escuchas lo que estás diciendo? ¡Estamos hablando de Bellwether! La oveja que intentó dividir la ciudad y convertir a los depredadores en el enemigo público, y quien intentó usarme como chivo expiatorio para matarte. ¿Lo has olvidado?
—Lo sé... pero hice un trato con ella para salvarte. Cumplió su parte, y ahora... yo tengo que cumplir la mía, llevándole el antídoto que le corresponde a la prisión en Tundratown.
—Sabes bien que una vez tenga lo que quiere, serás inútil para ella. Va a terminar contigo en ese momento. ¡Con nosotros! Llevarle lo que pide... es una sentencia de muerte, Judy. Sé que en el fondo lo sabes, y sé que tratas de cumplir con tu palabra, pero con alguien como Bellwether... eso no importa. No va a importarle que seas honesta y le lleves el antídoto, porque no me cabe la menor duda de que va a matarte en ese preciso momento —replicó aún incrédulo por las intenciones de la coneja, deteniéndose un instante con objeto de calmar sus ánimos al tiempo que oprimía las sienes con la punta de sus dedos—. Sé que es difícil para ti, pero no podemos hacer nada por ella. Nuestra única opción... es buscar una ruta segura para escapar de la ciudad y hallar a tu familia.
—Puede que tengas razón —contestó poco después, desviando la mirada—. ¿Pero cómo saldremos de aquí? No tenemos armas, y puede que aún queden depredadores salvajes en la ciudad, o en el camino hacia las afueras. Y si nos encontramos con alguno, por más que vayamos en un automóvil, no llegaremos muy lejos.
—Si aún está ahí, tal vez podamos utilizar el helicóptero del departamento de policía. Podríamos salir de aquí sin dar con ningún otro animal —sugirió el zorro.
—Pe-pero no podemos pilotearlo —respondió la coneja.
—Creí que estabas haciendo un curso de conducción para ello.
—Pero solo alcancé a ir dos clases. Apenas sé lo básico.
—Con eso será suficiente. Después de todo, es nuestra mejor oportunidad.
—También lo había pensado, pero Swinton y el resto de mis compañeros tenían pensado utilizarlo para escapar por su cuenta. Aunque...
—¿Estás segura de que lograron escapar usándolo? —inquirió el zorro, sin caer en la cuenta de las implicaciones que aquella idea tenía en el momento.
—Me gustaría creer que sí —musitó ella, y su compañero se mordió la lengua por un instante.
—Bueno, si no lo hicieron... por ese medio, hay una posibilidad de que siga allí —dijo él, pero la coneja permaneció en silencio, recostada contra la pared—. ¿Qué ocurre?
—Estaba pensando... la puerta que lleva al helipuerto del departamento de policía tiene una cerradura electrónica. Sin electricidad, y sin la tarjeta llave, no podremos llegar hasta el helicóptero —explicó, preocupada.
—Si ponemos en marcha el generador de emergencia del sótano, las cerraduras electrónicas de seguro volverán a estar activas. Solo espero que esa máquina aún tenga algo de combustible...
—Entonces el principal problema va a ser la tarjeta llave.
—¿Dónde la guardaban?
—Bogo siempre la llevaba consigo cuando estaba en la oficina —dijo ella, luego de lo cual prevaleció un largo silencio, hasta que el zorro lo rompió.
—¿Crees que... siga ahí?
—Me gustaría creer que también logró escapar. Si es así... de seguro seguirá en su oficina. De otra forma...
—De otra forma, tendremos que cruzar los dedos para que su cuerpo no se haya alejado mucho de la comisaría —completó el otro, contemplando a la coneja equiparse con la pistola descargada, la radio de policía, y colocando la caja plateada en una pequeña mochila, antes de cargarse esta última en el hombro—. ¿Qué estás haciendo?
—Quiero salir de aquí lo antes posible —dijo al mirarle a los ojos.
—¿De qué estás hablando? Tus heridas aún no han sanado, y si algo llegase a ocurrir...
—Entiendo que te preocupes Nick, pero ya perdí demasiado tiempo durmiendo —dijo con pesar—. Mi familia sigue allá fuera, y tengo que encontrarla lo antes posible...
—No voy a convencerte de lo contrario, ¿verdad?
—Lo siento.
—No importa... eso solo significa que deberé protegernos a ambos —razonó al incorporarse, recibiendo una sonrisa por parte de su compañera.
—Gracias Nick... —dijo ella, caminando hacia él para apoyar su frente contra su pecho—. Por estar siempre a mi lado —musitó.
Esta vez, el zorro no respondió con palabras. En cambio, rodeó a su compañera con ambos brazos, y su calidez le transmitió la sensación de que finalmente, después de lo que había parecido una eternidad, finalmente estaba a salvo.
No mucho tiempo después, tanto el zorro como la coneja tomaron del departamento los efectos que posiblemente les serían de utilidad en el camino hacia el exterior, para finalmente dirigirse a la salida. Cuando la coneja tomó el tirador y abrió la puerta, una brisa fría proveniente el pasillo oscuro frente a ella hizo estremecer hasta el último músculo de su cuerpo.
Allí afuera estaba oscuro, frío, y mil y un peligros aguardaban aún, agazapados y a la espera de cualquier iluso que fuera lo bastante despistado como para ignorarlos por tan solo un instante. Aquel era el pensamiento que cruzaba por la mente de Judy Hopps hasta que un haz de luz proveniente a sus espaldas aclaró el panorama.
—Quizá hayas pasado por aquí mil y un veces y conozcas el camino de memoria, pero será mejor que no nos arriesguemos a tropezarnos con un escalón o algo parecido. ¿No crees? —dijo el sonriente zorro, sosteniendo la linterna de pata.
La coneja devolvió aquella sonrisa confiada, antes de encarar la salida nuevamente. Aquel realmente era el mismo pasillo que durante aquellos meses había recorrido para ir a trabajar, no tenía nada que temer, y además... ahora Nick estaba con ella.
El solo pensamiento le trajo una calidez que le hizo olvidarse del fresco fuera de su habitación y finalmente, con gran determinación, dio el primer paso fuera de su departamento, sabiendo que quizá ya no volvería a aquel espacio que hasta entonces había considerado un hogar, pero aquel pensamiento pronto perdió fuerza cuando cayó en la cuenta de una verdad elemental: que su hogar estaba donde su familia, y aquello fue incentivo suficiente para avanzar en aquella oscuridad que sumergía a la ciudad entera durante aquella noche.
Su última noche en Zootopia.
