Capítulo 20 – Fin del camino

La fuerte lluvia caía sin cesar sobre las desoladas calles de la una vez vivaz utopía, de la cual ahora no quedaban más que cenizas, y el sonido del chaparrón era lo único que cortaba con el silencio sepulcral que ahora estaba presente en cada rincón, pero algo más lo cortó en ese preciso momento, el momento en que un par de farolas iluminaron el asfalto por un instante, antes de que un auto gris cruzara a una velocidad moderada.

La suficiente para llegar a su destino sin que algún depredador rezagado alcanzara a subirse, pero tampoco una excesiva, pues el zorro que ahora conducía debía ser capaz de ver el camino para no chocar con alguno de los cuerpos dejados a mitad de la calle, dado que un descuido así podría dejarles sin un medio de transporte en el mejor de los escenarios, y en un terrible accidente en la otra pata, algo que no podían permitirse cuando estaban tan cerca de conseguir lo que la coneja tanto había deseado.

Aquella, por su parte, intentaba evitar poner sus ojos en el camino para evitar aquel sangriento escenario en la medida de lo posible, terminando por centrarse en las ruinas de su querida ciudad. La silueta de los edificios a su alrededor apenas se dibujaba en la creciente oscuridad de la noche, que poco a poco consumía todo lo que estaba fuera del alcance de las farolas de su auto, pero en este punto eso ya había perdido importancia en la mente de la coneja.

Habían llegado a su destino.

El auto se detuvo, y la coneja vio a través de la ventana lo que alguna vez había sido su lugar de trabajo: el departamento de policía de Zootopia.

La mayor parte de los cristales del frente habían sido destrozados, y las escaleras que llevaban a la entrada se encontraban manchadas de sangre que resaltaba a la luz de las farolas, sangre de animales cuyos cuerpos no se encontraban a la vista.

El lugar estaba completamente despejado, a diferencia de las calles a través de las cuales habían llegado, lo cual llamó la atención de la coneja, pero no del zorro que soltó un largo suspiro, antes de hablar sin voltear hacia ella.

—Bueno... nuestro boleto de salida está a la vuelta de la esquina. ¿Estás lista? —le preguntó, esperando por una respuesta que tardó en llegar mucho más de lo que esperaba—. Sabes que nada de esto es tu culpa...

—Lo sé... —dijo finalmente, las gotas de lluvia golpeando contra el techo y los cristales del automóvil—. Pero no dejo de pensar que podría haber hecho algo más para salvar a los animales a mi alrededor —dijo al tiempo que sus orejas bajaban, mientras se sumergía en los primeros recuerdos que tenía del momento en que todo comenzó—. Había una oveja que me ayudó cuando fui herida por la pantera. Su nombre era Diana, y ella... murió mientras yo estaba inconsciente, al igual que el resto de los animales en el hospital —explicó, guardando un largo silencio después, uno que su compañero no tuvo problemas en romper.

—Al menos pudiste salvar a este zorro —dijo al señalarse con el pulgar, exponiendo una flamante sonrisa—. Tal vez no sea mucho, pero... —añadió al encogerse de hombros, provocando una sonrisa por parte de la coneja.

—Supongo que tienes razón —musitó ella, disponiéndose a abrir la puerta.

—Judy, antes de que salgas… abre la guantera, por favor —pidió el zorro y la coneja, no menos extrañada, acató la orden.

Se sorprendió al abrir el compartimiento y reconocer allí una pistola G17 de 9mm, una de las armas reglamentarias del ZPD. El armazón se encontraba ligeramente dañado, y una extraña mancha de sangre se extendía a la mitad del cañón hasta el martillo, algo que llamó la atención de la coneja justo antes de que el zorro se explicara.

—La encontré cuando te estaba sacando del centro comercial —le dijo al encontrar su mirada—. No creo que el revolver que cargas contigo sea de mucha utilidad si no tienes las municiones, así que... me sentiría más tranquilo si cargas esta contigo —explicó él, recibiendo una tímida risa en respuesta por parte de la coneja, antes de que la misma desviara la mirada de nuevo hacia el arma—. ¿Qué ocurre?

—Me resulta gracioso —respondió al suspirar—. Hasta hace tres días, nunca había usado armas con balas de plomo. De hecho, estaba en contra de ellas porque consideraba que las de tranquilizantes eran más que suficiente para poner fin a cualquier conflicto —dijo, manteniendo una amarga sonrisa—. Sigo sin poder creer que todo esto esté pasando…

—Oye, tranquila —dijo al llevar una pata a su hombro.

—Estoy bien —aseguró al enjugarse las pocas lágrimas que ahora descendían por sus mejillas—. Venga, salgamos de aquí de una vez por todas —dictaminó, abriendo la puerta de su lado y encendiendo la linterna que Nick le había dado para alumbrar su camino.

Ambos bajaron del vehículo sin importarles la lluvia que iba humedeciendo su pelaje, con Nick rodeando el auto para seguir el paso de Judy, que ya se había encaminado hacia la puerta con cierta prisa, sus emociones en conflicto dado que esperaba que el helicóptero siguiera allí, y a la vez quería creer que sus compañeros lo habían utilizado antes para escapar, y que ahora estaban con bien en algún lugar fuera de la ciudad.

Consideró que, desde el momento en que Swinton se había comunicado con ella, habían pasado ya dos días. Hacia dos días, sus compañeros de trabajo habían planeado un escape desde el departamento de policía. Hacia dos días, se había separado de la oveja que le había acompañado, luego de ser atacada por la pantera. Hacía dos días, la ciudad estaba cubierta por las llamas. Ahora, no quedaban más que cenizas.

El zorro y la coneja detuvieron su carrera una vez estuvieron bajo la protección del techo frontal, con Judy asegurando su linterna al pecho del uniforme antes de internarse en el recibimiento del departamento de policía, una estancia hundida en las penumbras. Aquel halo de luz alcanzó a iluminar el espacio a su alrededor, y los agentes fueron capaces de notar señales de lucha en todo el lugar.

Marcas de arrastre con sangre seca en el suelo, agujeros de bala en las paredes, fragmentos de cristal desperdigados por doquier, y marcas de uñas en varias de las superficies a su alrededor. Aún así, con todo esto, no había un solo cuerpo a la vista.

No tenía sentido. Y ambos lo sabían...

—Nick, mira... —apuntó ella, siguiendo el rastro hasta la puerta que llevaba a la sala de conferencias.

—Parece que se los llevaron por ahí.

—¿Pero quién? ¿Y por qué?

—La verdadera pregunta es: ¿queremos averiguarlo? —resaltó él, compartiendo la preocupación de la coneja—. Tu ve a la sala de mantenimiento y encárgate de comprobar el generador de emergencia. Vamos a necesitar electricidad para abrir la cerradura que lleva al helipuerto, ¿verdad?

—E-espera, ¿entonces tú...?

—Tengo visión nocturna, ¿recuerdas? —sonrió al golpearse la sien derecha con la punta de sus dedos—. Además de que necesito asegurarme de que el camino está despejado para que vengas.

—No tienes por qué hacerlo. Tú lo dijiste: estamos juntos en esto —se negó ella—. No quiero que nos separemos. ¡No ahora que te encontré!

—Tus heridas aún no han sanado, y no eres capaz de defenderte. Y por supuesto, me quedaré más tranquilo si vas en la dirección opuesta a la que tiene manchas de arrastre de sangre en el suelo.

—¡Entonces busquemos otro camino! Ese no es el único que lleva al helipuerto.

—Eso es cierto… pero si lo que arrastró a los cuerpos sigue ahí, y es hostil, ¿crees que sea buena idea encontrarlo en unos pasillos tan estrechos como lo son los que llevan al helipuerto? —inquirió él, y Judy supo que tenía razón—. El camino a través de la cafetería tal vez no sea el más seguro, pero al menos si me encuentro con algún animal peligroso cerca de ahí, podré retroceder a un espacio más grande para poder enfrentarle —dijo al exponer su cuchillo, antes de guardarlo nuevamente a sus espaldas, asegurado en su cinturón.

—¡Y aún así estarás arriesgando tu vida! —exclamó ella, con temor.

—¡Es la única manera! La única que me permitirá mantenerte a salvo —dijo al aproximarse, tomándola por los hombros. La coneja cerró sus ojos y mantuvo la cabeza gacha, incapaz de mantenerle la mirada—. No volveré a perderte, Judy. No voy a arriesgarme a que eso pase.

—Por favor... ten cuidado —dijo al mirarle nuevamente.

—Tú también —se apartó al voltearse, encaminando hacia la sala de conferencias.

—Nos encontraremos aquí apenas las luces estén encendidas, ¿de acuerdo?

—¡No te preocupes! Regresaré antes de que te des cuenta —aseguró, perdiéndose en las tinieblas de aquel pasillo.

—De verdad espero que así sea —musitó—. Nick... por favor, cuídate.


El zorro cruzó el umbral del pasillo que llevaba a la sala de conferencias, sin dificultad alguna para ver en donde pisaba, en medio de la oscuridad. En verdad echaba en falta una ruta más directa hacia el helipuerto, pero para llegar hasta él, el camino más rápido sería pasando la sala de conferencias, subir al segundo piso, atravesar la cafetería y subir la última escalera.

De momento sería imposible abrir la puerta sin electricidad o la correspondiente tarjeta llave, pero al menos podría asegurarse de que el camino hacia su ruta de escape era seguro para su débil compañera. Y de paso, podría buscar alguna pista de la ubicación del cuerpo de Bogo, quien supuestamente cargaba con la llave, y saber qué había ocurrido en aquel lugar.

Aún así, considerando aquel escenario, y aquel aroma putrefacto que se extendía a lo largo de todo el piso, tal vez lo mejor sería no averiguarlo. Teniendo en consideración aquella idea, el zorro continuó su avance, ingresando a la sala de conferencias en donde antaño él y sus compañeros del departamento se reunían para recibir órdenes por parte del jefe de policía.

Claro, atravesar este lugar, en donde las mesas y sillas habían sido corridos a los lados para despejar el camino, supuestamente debería haber sido pan comido, y así hubiera sido de no ser porque el zorro debía ignorar el hedor que se colaba por su nariz, proveniente de algún punto más allá de la siguiente puerta.

Quería salir lo antes posible de aquel lugar, y alejarse cuanto pudiera de aquel recordatorio constante de las vidas que se habían perdido en aquel edificio, y era por ello que, mientras salía de aquella habitación y subía las escaleras hacia la cafetería, deseaba con todas sus fuerzas no cruzarse con los cuerpos que proyectaban esta terrible peste.

Ese fue su deseo, hasta que sus patas empujaron ligeramente las puertas frente a él, y el hedor fue casi insoportable para su sensible olfato.

—Oh, maldición —musitó con impresión—. ¿Qué... rayos es... esto?

Frente a los ojos del zorro, más allá del umbral de la puerta, se presentaba un escenario imposible. Uno que, gracias a su visión nocturna, podía notar sin ninguna dificultad. Por desgracia.

—Santo... cielo... —el reflujo le quemó la garganta al tiempo que el zorro se encogía, y su estómago se retorcía.

A Nick le costaba trabajo reconocer en aquel cuarto lo que una vez había sido la cafetería del departamento de policía, sobre todo porque las mesas y sillas habían sido movidas hasta los extremos, con pilas y pilas de cadáveres acomodados sobre las mismas.

Presas... depredadores... allí había toda clase de animales, y al zorro le dolía reconocer en varios de ellos el uniforme de sus compañeros de la policía, aunque le era imposible reconocer sus rostros cuando quedaba poco o nada de ellos siendo claramente visible que, al igual que en varias partes de sus cuerpos, la carne había sido arrancada a dentelladas. Ahora, los restos de aquellos que una vez conoció se encontraban pudriéndose en aquella habitación, junto con varios más que no parecían llevar vestimenta alguna.

El olor estaba acabando con él, por lo que Nick hizo un esfuerzo por soportarlo al tiempo que avanzaba, explorando el lugar en busca de la salida directa hacia la escalera de emergencia que llevaba al helipuerto.

A medida que cruzaba el piso de baldosas blancas y negras manchadas de sangre seca, su inquietud iba en ascenso. Las sillas y los cuerpos habían bloqueado el resto de las puertas, las cuales sería imposible abrir dada la cantidad de cadáveres, y cuando llegó al final del camino, el zorro sintió sus músculos paralizarse como nunca en su vida.

A tan solo pasos de donde se encontraba, el cuerpo de Bogo permanecía apoyado contra la salida a la escalera. Su camisa había desaparecido, y su pelaje aparecía frente a él manchado de la misma sangre que manchaba el lugar. Apestaba, y mucho.

—Jefe... —alcanzó a soltar en un susurro.

Sabía que tendría que emplear un esfuerzo sobreanimal para mover el cuerpo de Bogo de aquel punto para ser capaz de abrir la puerta, pero antes de intentarlo, también recordó lo que Judy le había dicho.

"Cuando está en la oficina, suele llevar la tarjeta con él", pensó.

Si aquello era cierto, el jefe Bogo aún tendría la tarjeta llave en alguno de sus bolsillos, por lo que se apresuró a comprobarlos. Fue cuando una gran pezuña capturó su brazo al vuelo, y el corazón del zorro dio un vuelco.

—Un cadáver... debería ser dejado en paz, Wilde —musitó el gigantesco animal al tiempo que levantaba la vista y, pese a la oscuridad, parecía ser capaz de verlo con claridad al momento en que el depredador se apartó bruscamente—. No deberías estar aquí.

—¡Maldición jefe, puedo notarlo! —gritó con furia—. ¿Y por qué rayos me tomó así? ¡Me ha dado un susto de muerte! —continuó él, recibiendo una mero atisbo de risa en respuesta.

—Así que tu también lo has conseguido, al igual que Fangmeyer… —dijo él, mientras el zorro se reponía, notando entonces las heridas en el vientre del gran animal.

—Jefe… está herido —dijo al agacharse frente a él, acercando su pata a las heridas de bala, sin atreverse a tocarlas—. Venga, tengo que sacarlo de aquí —dijo cuando su pata se vio atrapada por una gran pezuña nuevamente.

—Eso te gustaría, ¿eh, Wilde? —dijo Bogo con un tono amenazante, tirando del zorro hacia abajo para, con su otra pezuña, poner una pistola contra el mentón del vulpino, quien no daba crédito de lo que estaba sucediendo.

—Jefe Bogo, ¿qué... está haciendo? —alcanzó a preguntar, paralizado.

—No vas a engañarme, no importa cuánto lo intentes. Eres igual que Fangmeyer, no es difícil darse cuenta —dijo el búfalo, presionando el cañón contra la carne blanda—. Los dos se infectaron… pero se mantuvieron conscientes. Y estaría bien, si no fuera por el hecho de que son mucho más peligrosos de esa forma —continuó mientras la respiración del zorro se agitaba en sobremanera, temiendo el peor de los desenlaces—. Y no pienso tomar ese riesgo de nuevo… —concluyó, presionando el gatillo.

—¡Jefe, no! —gritó el zorro con todas sus fuerzas, su voz siendo interrumpida por un fuerte chasquido.

La sangre del zorro se heló de repente al ver que su jefe había estado a punto de matarle, y lo habría conseguido de no ser por el hecho de que la pistola en efecto se había encasquillado, trabando el cañón e imposibilitando un nuevo disparo. Y un instante después, el zorro volvió a respirar.

—Oh cielos… oh cie… —se desesperó cuando el búfalo lo elevó en el aire, estrujando su cuello.

—¡¿Crees que te salvaste?! No, te aseguro que no —declaró al arrojarlo con todas sus fuerzas contra el montón de sillas, mesas y cadáveres, con Nick cayendo al suelo justo después, sintiendo la pata de una de las sillas clavada en su espalda y brazo izquierdo por la fuerza del impacto, cuando las lamparas de techo parpadearon un momento, antes de encenderse completamente, iluminando la estancia en su totalidad—. Así que no estás solo. Lo sabía… también estás manipulando a los depredadores, ¡¿verdad?!

—¡¿De qué rayos está hablando?! —Inquirió Nick, intentando incorporarse—. ¡Todos se han ido! Aparte de nosotros, ¡no queda nadie más en la ciudad!

—Y pronto ya no quedará nadie más… —declaró al aproximarse a una de las mesas derribadas, usando su fuerza para doblar y arrancar uno de sus tubos, antes de voltearse hacia el zorro—. Nadie.

—¡Jefe! Por favor, ¡reaccione! —suplicó al retroceder contra la pila de cadáveres, sus patas tanteando la pistola de uno de ellos, pero no quería recurrir a ello, no quería tener que hacerlo—. ¡Espabile de una vez! ¡¿Qué no ve lo que está haciendo?!

—Créeme Wilde, nunca estuve más espabilado —cuestionó sin detenerse, ya a unos pocos metros del zorro—. Todos cargamos con la locura desde ese momento. Todos y cada uno de nosotros. No sé si sea contagiosa o no, pero no voy a esperar para averiguarlo. Voy a comenzar a redimirme de mis errores, y el primer paso para lograrlo... será ocuparme de que tú no salgas de este edificio, ¡que no puedas lastimar a nadie más! —gritó al levantar el tubo y a punto de dejarlo caer sobre el zorro con todas sus fuerzas, cuando su subordinado le apuntó con la pistola hallada al mismo tiempo.

Todo terminó en un instante.


El sonido del motor en funcionamiento no tardó en llenar el cuarto del generador y, no mucho después, la corriente eléctrica había regresado al departamento de policía, encendiendo las bombillas e iluminando la mayor parte de los pasillos y habitaciones. En unos pocos instantes, el edificio se había convertido en un pequeño faro, un destello en medio de una ciudad sumergida en las tinieblas.

—Todo listo por aquí —suspiró la coneja al contemplar la gran máquina frente a ella, funcionando correctamente.

De esta forma, las cerraduras electrónicas ahora estaban en pleno funcionamiento. Ahora todo lo que quedaba era conseguir la tarjeta indicada.

"Será mejor que regrese a la entrada. Nick probablemente ya está ahí", pensó.

Estuvo a punto de dar el primer paso hacia la salida cuando lo oyó: tres disparos seguidos, uno atrás del otro.

La sangre de la coneja se heló de repente, y no tuvo control sobre su cuerpo cuando sus patas comenzaron a moverse, empujando la puerta del cuarto con todas sus fuerzas y saliendo al pasillo a la carrera, acortando la distancia con el recibimiento en unos pocos instantes, al tiempo que sostenía la pistola que el zorro le había dado.

—¡¿Nick?! —gritó al llegar, mirando hacia arriba y a los lados, pero ahí no había ni pista del zorro—. No...

Al apenas caer en la cuenta de que no tendría respuesta de su compañero en aquel lugar, retomó la carrera a través del pasillo con las manchas de sangre en el suelo, cruzando al vuelo la sala de conferencias, y sintiendo su corazón golpear con fuerza contra su pecho al tiempo que subía la escalera y, siguiendo el rastro, cruzaba el umbral de la entrada de la cafetería.

La coneja se detuvo en seco al contemplar la escena frente a ella, siendo incapaz de procesar cuanto estaba ocurriendo a su alrededor de forma inmediata. Primero se vio sobrecogida por el hedor putrefacto que inundaba el aire dentro de la sala iluminada. Luego, por la cantidad de cuerpos apilados a los lados de la cafetería. Y por último, por la imagen del zorro derribado, sosteniendo la pistola en su pata con un cañón aún humeante, y un enorme búfalo frente a él, con un charco de sangre fresca formándose justo debajo de su cuerpo.

—¡Nick! —gritó al acercarse rápidamente hacia él.

El zorro apenas alcanzó a voltearse hacia ella cuando fue capturado en su abrazo, soltando un dolido quejido que Judy ignoró antes de caer en la cuenta de las heridas que su compañero exponía en su rostro y en sus brazos.

—El jefe Bogo... perdió la cabeza. Trató de matarme... —dijo con dificultad mientras la coneja lo ayudaba a incorporarse, y el zorro soltó un repentino grito que dolió en los oídos de la coneja—. ¡Santo cielo! Espera, déjame... por favor —suplicó mientras la coneja lo sentaba en el suelo nuevamente, solo entonces notando la herida abierta en su pierna derecha—. Mierda, creí que había logrado esquivarlo, pero... alcanzó a golpearme con ese tubo.

—Cielos, esto... no se ve bien —dijo Judy al contemplar la pierna herida de su compañero, tomando la manga de la camisa de aquel y arrancándola sin dificultad alguna, para luego atarla con fuerza alrededor de la herida—. Eso deberá bastar por ahora... vamos, tenemos que salir de aquí. ¿Puedes moverte? —preguntó al levantar al zorro en hombros nuevamente.

—Eso creo... pero no me vendría nada mal una visita al hospital una vez salgamos de aquí —suspiró, resintiéndose de aquel dolor mientras se dirigían lentamente hacia la puerta que les llevaría al hueco de las escaleras—. Maldición, yo... le disparé al jefe. Judy, yo... le disparé —decía él, incrédulo de lo que acababa de ocurrir—. Santo cielo...

—Intenta no pensar en eso, al menos por ahora —dijo ella, con la mirada baja—. Después de todo, si no te hubieras defendido...

—Esto es una locura —interrumpió él—. Creí que la niebla solo afectaba a los depredadores...

—No, lo mismo ocurrió con todos los animales en la ciudad. A los depredadores los afectó casi al instante, pero las presas... fueron perdiendo la cordura con el pasar de las horas —explicó ella.

—Demonios —dijo al suspirar, antes de voltear nuevamente hacia quien una vez había sido su jefe—. Espera un segundo, el... el aún la tiene —avisó a la coneja, quien supo al instante a lo que se refería.

—Cielos, tienes razón —musitó ella, dejándole en el suelo con delicadeza para luego acercarse al cuerpo del búfalo. Una vez frente al animal caído, se puso en cuclillas para extraer del bolsillo de su pantalón el objeto que sobresalía: una tarjeta plateada con el emblema del departamento de policía de Zootopia.

—Genial, ahora larguémonos de este lugar de una maldita vez —pidió el zorro al intentar incorporarse, sus patas cediendo justo después, y la coneja capturándole al vuelo justo a tiempo.

—Con calma... —pidió ella, preocupada.

—Lo siento —asintió él, con debilidad.

—Venga, vámonos de aquí —indicó ella mientras ambos partían hacia la puerta que el búfalo antes había bloqueado, mientras el cuerpo caído tras ellos se movía unos pocos milímetros con debilidad, no siendo notado por los agentes.


Las escaleras al tejado resultaron eternas para el zorro herido y la coneja en quien se apoyaba, pero al fin podían estar tranquilos, sabiendo que ya nada se interponía entre ellos y su destino. Con este pensamiento en mente, la coneja deslizó la tarjeta llave del búfalo a través del lector, cuya luz cambió de roja a verde al tiempo que emitía un pitido, liberando la cerradura electrónica. La puerta se abrió fácilmente de un empujón, y un fuerte viento acompañado de lluvia dio en la cara de ambos oficiales que entrecerraron los ojos por un momento, para luego encontrarse con lo que tanto habían buscado.

El helicóptero de gran tamaño, capaz de llevar media docena de animales grandes en su cabina, se encontraba ubicado a menos de diez metros de la entrada. Las lámparas del tejado alcanzaban a alumbrar la mayor parte de la azotea, por lo que era fácil apreciar toda la extensión de aquel lugar en completo silencio. Pero en una noche como aquella, carente de luna, la totalidad de la ciudad se perdía en las tinieblas fuera de aquel edificio, y hacía pensar que ya no quedaba nada más allá de ese lugar, que el departamento de policía era el único edificio que quedaba en pie en medio de aquella terrible realidad que les rodeaba.

—Vamos, hay que subir... —le llevó casi arrastrando en medio de la lluvia, cuando un dolido grito retumbó en el interior de la estructura. El lamento de un gran animal herido, furioso. No podía ser posible.

—Tiene que ser una broma... —apretó los dientes el zorro, al tiempo que la coneja apretaba el paso.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

Al llegar donde el helicóptero, la coneja abrió la compuerta corrediza sin mucha dificultad, para luego ayudar al zorro a subir. El depredador cayó acostado a causa de su lastimado cuerpo, pero se sentó con dificultad cuando vio a la coneja quitar el seguro de la pistola, antes de voltearse.

—E-espera, ¿qué estás...?

—Si viene hacia aquí, no podremos despegar antes de que nos alcance —interrumpió ella, sin dejar de mirar hacia la puerta por la que antes habían llegado—. Tengo que terminar con esto... aquí —declaró al apuntar en aquella dirección.

—No... Judy, por favor... no lo hagas —intentó avanzar hacia ella, siendo detenido por la debilidad en su pierna y aferrándose a la compuerta abierta—. Es... es demasiado peligroso.

—Lo sé —admitió ella, con las orejas gachas, y la fuerte lluvia mojando su pelaje expuesto—. Pero voy a asegurarme de sacarte de aquí con vida, sin importar qué —dirigió una mirada fugaz al zorro, antes de voltearse repentinamente hacia la puerta, oyendo el claro avance de un gran animal a través de las escaleras.

Ya no había vuelta atrás.

—Lo siento jefe... pero vamos a salir de aquí, y usted no va a detenernos —declaró, determinada.

El problema fue que la coneja esperó que el búfalo irrumpiera en el tejado al empujar la puerta con todas sus fuerzas, momento que ella aprovecharía para disparar contra su objetivo antes de que este tuviera tiempo de nada. Pero eso no fue lo que sucedió.

En cambio, una ráfaga de balas atravesó la puerta en todas direcciones, apenas dándole el tiempo suficiente a la coneja para rodar en el suelo y ponerse a salvo detrás de la pared adyacente, varios de los disparos dando en el helicóptero justo antes de que el búfalo pateara la puerta con todas sus fuerzas al salir al exterior, la fuerte lluvia mezclándose con la sangre que bajaba por las heridas de bala aún abiertas en su abdomen, y una poderosa metralleta en sus patas.

—¡Wilde! —gritó con todas sus fuerzas al avanzar—. ¡Te lo advertí! ¡No voy a dejar que salgas de aquí! ¡No vas a librarte de mi! —dijo al apuntar contra el helicóptero y Judy, contemplando aquella escena a la vuelta de la esquina, no tuvo más opción que entrar en acción.

—¡Alto ahí! —gritó la coneja al asomar de su escondite, disparando dos veces al tiempo que el búfalo buscaba refugio en el hueco de la escalera.

—Debí suponer que tu eras quien le acompañaba, Hopps. Eres la única presa lo suficientemente estúpida como para confiar en un depredador así —dijo mientras colocaba un nuevo cargador en su arma recuperada de uno de los cuerpos en la cafetería—. Dudo que lo sepas, pero ese zorro no se ha salvado. Lo mismo pasó con Fangmeyer, y aquel terminó por liderar un ejercito de salvajes contra esta comisaría. Él… mató a la oficial Swinton, a tu amiga. ¡¿Es eso lo que estás esperando?! ¡¿Qué ese zorro te ataque en el momento menos pensado de la misma manera?!

—¡Se equivoca! No sé que habrá ocurrido con Fangmeyer, pero Nick recibió el antídoto contra los aulladores. ¡El está curado, al igual que yo! —explicó ella, aún a cubierto—. Jefe Bogo, este no es usted… ¡es la niebla en su sangre lo que está hablando! ¡Por favor, déjeme curarle! ¡De esa forma, todos saldremos de aquí con vida!

—¡¿Y crees que voy a creer esa estupidez?! —gritó con furia—. Esta enfermedad no tiene cura alguna, y solo continuará expandiéndose… ¡A menos que haga algo al respecto!

Fueron las últimas palabras que Judy escuchó antes de sentir el retumbar de las patas del gran animal, acortando la distancia entre ambos en unos pocos pasos para tomar a la coneja de las orejas sin siquiera darle tiempo a reaccionar y, con un grito de dolor, Judy levantó su pistola contra la cabeza del búfalo, quien atrapó su pata a tiempo, doblándola y desviando el disparo.

La presión sobre sus orejas ya era insoportable, pero el dolor en su pata al momento de soltar el arma fue algo que nunca en su vida había experimentado. Sus recuerdos del momento en que la pantera la había atacado aún eran difusos, pero el dolor de su pata probablemente rota fue la peor tortura de todas, tanto para ella como para el zorro escondido en la cabina del helicóptero, que ahora se arrastraba en el suelo en busca de algo que pudiese usar como arma, algo de por si bastante difícil para alguien tan malherido.

Luego de patear la pistola fuera del alcance de las lámparas que iluminaban el tejado, el búfalo elevó a la coneja en sus patas incluso más, presionando su delicado cuello mientras su presa tosía desesperadamente en busca de aire, tomándose del brazo del enemigo con su única pata sana.

—No vas a escapar de esto, ni tu… ¡ni ese zorro maldito! —gritó al desplazar a la coneja al tiempo que tomaba la metralleta de su cinto, para disparar contra el zorro que, desde la cabina del helicóptero, le apuntaba con un gran revolver.

Nick fue lo suficientemente veloz para alcanzar a disparar contra el pecho de su antiguo jefe, pero no lo suficiente para evadir la ráfaga de balas que el gran animal alcanzó a disparar antes de caer arrodillado, una de las cuales rozó el brazo con el que sostenía el revolver.

Herido, el zorro cayó al suelo fuera del helicóptero tomándose de aquella herida, mientras que Judy caía de espaldas al tiempo que intentaba recuperar el aliento desesperadamente, habiendo estado a punto de perder la consciencia.

Era su oportunidad, Bogo estaba herido, pero en un instante se recuperaría lo suficiente como para terminar lo que había empezado, antes de que la muerte sobreviniera por causa de las heridas en todo su cuerpo. Pero Nick era incapaz de mantener el revolver en alto contra el búfalo aturdido por causa de su brazo herido, por lo que sus últimas esperanzas de sobrevivir recayeron en las peludas patas de su compañera cuando le gritó con todas sus fuerzas.

—¡Judy! —la llamó, y la coneja se volteó hacia él mientras retrocedía, en un intento de alejarse de su peligroso enemigo—. Judy, ¡usa esto! —dijo al desplazar el revolver en el suelo en su dirección. La coneja se aferró al arma en su pata izquierda, antes de quedar de espaldas al voltearse hacia el búfalo frente a él al tiempo que tensaba el percutor.

—¡Hopps! —gritó con furia Bogo al levantar su arma contra ella.

—¡Adiós, jefe! —declaró ella al presionar el gatillo, el retroceso enviando el revolver detrás de su cabeza, y el búfalo cayendo hacia atrás, tomándose del cuello desesperadamente, y su sangre brotando a borbotones de la herida abierta.

Los segundos pasaron hasta que finalmente, bajo la fuerte lluvia que azotaba la ciudad aquella noche, el jefe de policía del ZPD dejó de moverse, y la coneja, luego de lo que había parecido una eternidad, pudo respirar en paz.


Mientras se ocupaba de comprobar el estado de los sistemas del vehículo, la coneja simplemente no podía creer que hubieran llegado tan lejos. Nunca hubiera creído que un viaje a través de la ciudad le tomaría tanto tiempo, y por momentos estuvo a punto de perder las esperanzas de conseguirlo, pero al voltearse y ver al zorro sentado en el asiento del copiloto, aunque con ojos cerrados y dientes apretados por causa de la herida de bala, supo que su viaje no había sido en vano. Había logrado salvar a su compañero.

—¿Crees que puedas poner esto en marcha? —preguntó Nick, entreabriendo los ojos, con un atisbo de sonrisa en su rostro.

—Estamos a punto de averiguarlo —respondió ella de la misma manera, activando dos interruptores más y tirando de la palanca con su pata sana.

Con un movimiento brusco, los patines de aterrizaje dejaron de tocar el suelo, y poco a poco el vehículo comenzó a alejarse del tejado de la comisaría, elevándose en una oscuridad apenas cortada por la lámpara frontal del helicóptero, mientras la coneja se esforzaba por enfilar en dirección al oeste.

Debajo de ellos parecía extenderse una oscuridad infinita, pero aquella luz que les acompañaba sería suficiente para asegurarse de que no encontraran un final repentino contra algún edificio.

—No puedo creerlo… lo conseguimos —dijo Nick, mientras miraba a través de la ventana—. Apenas estemos fuera de aquí, ¿podríamos parar en un hospital? —se volteó hacia la coneja, quien quiso reír ante la sugerencia, pero la realidad a la que ahora se enfrentaban se lo impedía.

—Aún no sabemos como están las cosas fuera de la ciudad, pero… —decía ella, negando con la cabeza en un intento de desprenderse de aquellos pensamientos, para luego sonreírle—. No te preocupes, te pondrás bien.

—Si lo dices tú, es suficiente motivo para tranquilizarme —dijo al recostarse nuevamente, deseando con todas sus fuerzas estar tan lejos de aquella ciudad perdida como fuera posible. Pero aquel instante estaba aún lejos en el horizonte, y lo estuvo incluso más cuando una repentina explosión retumbó en el vehículo, sacudiendo a sus pasajeros, y la coneja supo exactamente qué era lo que había ocurrido—. ¡¿Qué demonios fue eso?! —inquirió el aterrado zorro mientras giraban sin control, la coneja intentando detenerlo con todas sus fuerzas.

—¡No lo sé, pero perdimos la cola del helicóptero! —gritó ella, ahora mirándole—. ¡Nick, ayúdame! —pidió, y ambos se aferraron a la palanca en un intento por mantener el vehículo en linea recta, antes de rozar la pared de un edificio de apartamentos, sacando chispas por el arrastre del metal.

—Maldición… ¡vamos a morir! —gritó el zorro con todas sus fuerzas.

—¡No! ¡Vamos a aterrizar esto… a como dé lugar! —prometió cuando, justo después, tuvieron a frente a ellos una larga calle ocupada por autos y camiones detenidos—. ¡Sostente! —gritó al cerrar los ojos, pero nunca hubiera estado preparada para el impacto que recibiría.

Luego, todo fue oscuridad.