Capítulo 21 – Varados

Judy... despierta, mi conejita soñadora...

Una voz familiar resonaba en la cabeza de la aturdida oficial de policía, alcanzando los lugares más profundos de su mente. Así mismo, aquellas palabras alcanzaron para obligarla a abrir los ojos, quedando ciega por un momento a causa del tenue resplandor frente a ella.

Aquella luz borrosa, al poco tiempo, tomó la forma de una lámpara de techo, alumbrando una habitación pequeña, de paredes grises. Intentó girarse para ver a su alrededor, pero una fuerte puntada en la base del cuello se lo impidió, mientras recordaba el momento que había precedido a aquella situación.

—El accidente... —musitó Judy, empleando toda su fuerza para girarse por completo, quedando frente a un escenario que la desconcertó por completo.

"Barrotes..."

Sólo entonces cayó en la cuenta de que se encontraba en una pequeña celda, provista sólo de la rígida cama en la que estaba recostada, y un lavabo al otro lado. Las manchas de humedad abarcaban una buena parte del suelo y las esquinas de aquel espacio, y una oscuridad impenetrable más allá de los barrotes frente a ella.

"¿Qué está pasando? ¿Qué... estoy haciendo aquí?", pensó ella.

Al incorporarse con mucha dificultad, debió tomarse del abdomen con fuerza. Todo su cuerpo dolía por el impacto del helicóptero, aunque considerando el hecho de que no tenía heridas mayores a la vista, podía considerarse con suerte... o así lo haría, si no estuviera en aquella celda, sin saber cómo había terminado allí. Eso... y el hecho de que Nick ya no estaba con ella.

—¿Nick? —preguntó al aire.

Tocando el suelo con sus patas y caminando lentamente hacia los barrotes, acercó su rostro para intentar ver a los costados, pero la luz que iluminaba su celda poco podía hacer para disipar las penumbras del pasillo.

Fue al apartarse un poco que, por el rabillo del ojo, notó algo que sobresalía entre los tonos grises dentro de aquellas cuatro paredes. Y al acercarse para tomar el objeto, se encontró sosteniendo una linterna de pecho que no recordaba llevar consigo antes, lo cual la hizo notar entonces que todo su equipo había desaparecido. Ahora sólo podría depender de aquella linterna, la cual colocó en el pecho de su uniforme, antes de encenderla y acercarse a la puerta de nuevo.

—¿Nick? ¿Estás ahí? —intentó llamarle, pero no fue la voz de su compañero lo que llegó a sus oídos.

¿Cómo estás, Judy? ¿Dormiste bien? —preguntó una voz en un tono tan amable que le dio escalofríos.

Sabía quién era, y buscando el origen de aquella voz, se encontró recorriendo su cuello con sus patas, y sufriendo el mayor de los temores cuando reconoció el dispositivo conectado a su cuerpo: el collar de los convictos.

Seguramente sabes de esos, ¿cierto? Se colocan en los reclusos más peligrosos para incapacitarlos con una buena descarga eléctrica en caso de que intenten escapar o herir a sus compañeros. Pero claro, la intensidad de la descarga se ajusta dependiendo del tamaño y resistencia de cada animal. Interesante, ¿no lo crees? —explicó con total normalidad.

—Y déjame adivinar... el mío está ajustado en la mayor intensidad posible —adivinó Judy, su pulso acelerándose ante la mención en voz alta de aquel pensamiento.

Me alegra que captes las cosas con tanta rapidez, Judy. Es lo que me encanta de ti.

—¿Qué es lo que buscas, Bellwether? ¿Y qué fue lo que hiciste con Nick? —inquirió sin dudar, intentando ver algo más allá del muro de oscuridad fuera de su celda.

¿De verdad crees que estás en posición de hacer preguntas aquí? —replicó, reprimiendo su ira—. ¡Podría acabar contigo con sólo pulsar un botón, maldita coneja!

—Pero no lo has hecho... ¿por qué? —intentó mantener la calma, oyendo sólo la respiración de la oveja por un breve instante.

Nada de esto habría pasado si hubieras cumplido tu parte del trato —declaró ella—. Cuando fuiste tras del zorro... el salió del centro comercial con lo que parecía ser tu cadáver en sus brazos. Cuando lo vi… estuve segura de que era mi fin. No había forma para mi de llegar hasta el antídoto, y con este veneno corriendo por mi sangre... supe que era cuestión de tiempo antes de que perdiera la cabeza.

—Bellwether...

Pero estaba equivocada, porque este veneno... me ha liberado. Me ha hecho despertar por completo, y ahora siento que puedo dar rienda a suelta a todo lo que había en mi corazón. ¿Y sabes qué había en él? Odio... un odio indescriptible contra ti, contra ese zorro... contra todos los depredadores. E imagina mi sorpresa cuando descubrí que... estabas viva. Que estabas viva e intentando huir de esta ciudad sin regresar por mi, para salvarme. Luego de todo lo que hice por ti, tú... maldita desgraciada, intentaste darme la espalda.

—Fuiste tú quien derribó el helicóptero, ¿no es así? —preguntó ella, sin atreverse a responder ante sus justificadas acusaciones.

Por supuesto que no, yo sola no podría haberlo hecho. Simplemente di la orden...

—¿A quién?

Sabes... que la niebla haya alcanzado este lugar fue una de las mejores cosas que me haya pasado, porque me facilitó el tomar control no sólo de la misma, sino de los depredadores aquí atrapados con el mismo collar que tienes puesto, ¿y qué crees? Al recuperar parte de su inteligencia, fue mucho más fácil controlarlos y darles órdenes, asegurándome de que las cumplieran mediante descargas. Después de todo, sería muy difícil para mi manipular un lanzacohetes con mis propias pezuñas. Sin embargo, un tigre con buena musculatura puede hacerlo muy fácilmente.

—Intentaste aniquilarnos...

Pero fallé. El proyectil dio en la cola del helicóptero, y aterrizaron en las calles de Tundratown, muy cerca de la prisión. Ustedes aún estaban vivos, y eso me dio una maravillosa idea.

—Tienes que estar bromeando.

Voy a hacerte caer en la misma desesperación que yo sentí, y créeme conejita... vivirás la peor de tus pesadillas.

—¡¿Dónde está Nick?! ¡¿Qué hiciste con él?! —gritó con temor.

¿El zorro? Está aquí... conmigo —reveló con tranquilidad, haciendo que la sangre de la coneja se helara de repente—. Anda, dile hola.

Ju... dy... —apenas alcanzó a oír la voz cansada del zorro..

—¡Nick! Nick, ¿donde estás?

Estamos en la sala de vigilancia del pabellón cuatro, al norte de la prisión —respondió Bellwether con rapidez.

—¿Y por qué me lo estás diciendo? ¡¿Qué pretendes?!

Porque tendrás que tomar una decisión, conejita. Una vez abra las puertas que conectan los corredores y pabellones, también se abrirá la puerta de tu celda, y al mismo tiempo iniciará un temporizador de media hora en tu collar modificado. Una vez llegue a cero... bueno, podrás darte una idea de lo que pasará en ese momento. ¿Verdad?

—Entonces en verdad planeas matarme...

Por supuesto que no, conejita. No te diría todo esto si no fuese a darte una mínima oportunidad de salvarte —continuó, divertida—. En la sala de vigilancia del pabellón oeste hay una terminal configurada especialmente para ti, desde la cual podrás desactivar el collar con tan solo conectarlo por el cable que dejé preparado. Pero aquí está el problema... tu amigo zorro aquí presente tiene exactamente el mismo collar.

—No… —musitó ella, comprendiendo exactamente lo que la oveja pretendía.

La terminal para desactivar su collar está justo aquí, frente a él. ¿Y qué crees? No tendrás tiempo de alcanzar ambas terminales una vez esa puerta se abra. Es un simple juego de elecciones, perfecto para probar el cariño por tu compañero. ¿Irás al pabellón oeste para salvar tu propio cuello y dejarás al zorro a su suerte? ¿O vendrás aquí, y terminarás con tu propia vida para salvar la suya?

—¡Eres una desgraciada! —gritó con furia.

¡Nada de esto hubiera ocurrido si hubieras regresado a por mi! —regresó con la misma emoción—. Me traicionaste, me dejaste para morir, y ahora... vas a pagarlo con creces —sentenció ella, cuando un fuerte timbre retumbó en las paredes de su celda, antes de que la puerta se abriera hacia la izquierda para darle acceso al pasillo—. El reloj corre, conejita. Tic, toc, tic, toc…

—Maldición... ¡maldición! —renegó al salir veloz por la entrada abierta, mirando a izquierda y derecha sin forma posible de ubicarse.

Sin tiempo para pensar, decidió encaminarse hacia la izquierda, en busca de alguna señalización que le permitiese encontrar el camino mediante la escasa luz de la linterna que su captora le había proporcionado.

El halo de luz por su parte apenas iluminaba unos pocos metros más adelante, por lo que todo lo que alcanzaba a ver más allá de esto era un muro de oscuridad impenetrable. O así fue hasta que, de un momento a otro, se encontró al final del corredor cuya puerta, tal y como la oveja había prometido, permanecía abierta, dando acceso al centro del pabellón, donde una escasa claridad nocturna llegaba a través de los tragaluces en el techo.

Asomándose al mismo, pudo apreciar un escenario imposible, un escenario de pesadilla. En torno a un patio techado de gran tamaño se erigían siete pisos de celdas colocadas en fila, cuyos pasillos resultaban interconectados entre sí por puertas electrónicas de rejas, las cuales ahora permanecían abiertas de par en par por actuar de la oveja que manejaba la prisión. Pero lo que notó justo después heló su sangre por completo.

Sangre por doquier. En las paredes, en los pisos, en las rejas que evitaban que uno pudiera llegar al patio central de un solo salto. Y en ese momento lo supo: allí, antes de que Bellwether tomara el control de la prisión, y justo después de que la niebla hubiera cubierto la ciudad, una batalla se había desatado en aquel lugar. O mejor dicho, un exterminio, pues era seguro que los depredadores habían resultado victoriosos.

Y fue entonces cuando cayó en la cuenta, que lo que había quedado allí no era sólo sangre, pues por aquí y por allá pudo notar a la luz de la linterna trozos de las víctimas. Pedazos de huesos, piel, pelaje, e incluso retazos de carne, repartidos por doquier, y que ahora apestaban el lugar con el mismo aroma dulzón de la putrefacción, tal y como ocurría en las calles. Incluso si no hubiera sentido aquel olor, la sola imágen frente a ella era suficiente para producirle náuseas.

—Demonios —musitó al poner una pata en su boca, dispuesta a avanzar.

Fue cuando un fuerte rugido, prácticamente en su oreja, la hizo retroceder hasta la reja que daba al patio, a tiempo para evadir las filosas garras en la pata que había intentado atacarla desde su celda. El corazón de Judy latía fuertemente, no habiendo estado preparada para ello, y pensando que de haber reaccionado más tarde, la pata la habría atraído hasta la celda, y la criatura allí encerrada le habría devorado en un abrir y cerrar de ojos.

No creíste que habría liberado a estos bastardos, ¿verdad? —dijo la voz desde el parlante de su collar—. El león que casi te aniquila es el buen… Alex Lyokey está aquí por robar a pata armada a una pobre anciana, y por lo que tengo registrado, acabó con uno de los guardias de la misma forma en que casi te mata a tí —decía ella mientras Judy era incapaz de quitarle los ojos de encima al león que daba vueltas en su celda con impaciencia—. Por favor entiéndelo Judy, ha estado dos días sin comer, al igual que el resto de los depredadores en las otras celdas que aún viven. Si quieres alimentarlos, no te detendré. De hecho… —fue cuando un fuerte timbre retumbó en los pasillos del pabellón, y las cerraduras de las celdas frente a ella se encendieron con un rojo brillante, antes de cambiar una por una al color verde. Un frío cruel recorrió la espina de Judy cuando la cerradura se liberó, casi desencajando la puerta golpeada desde el otro lado, antes de deslizarse con lentitud hacia la derecha. Las patas de Judy temblaron al oír nuevamente la voz de Bellwether—. Corre, conejita.

Salió a la carrera a través del pasillo al apenas escucharle, sin saber a donde iba, mientras veía las celdas a su alrededor abrirse una por una. La mayoría de los animales que permanecían allí encerrados se habían matado entre si, y en otras, uno había salido victorioso, mientras que el otro había muerto, pero dejó de prestar atención a las propias celdas cuando sintió los pesados pasos del león retumbar detrás de ella. Tal vez el león estuviera débil, pero ella seguía herida, y nunca podría superar la velocidad del depredador.

Pero ella era la única presa en las cercanías, y no fue sorpresa que al pasar frente a una de las celdas abiertas, el tigre que saliera de allí como un relámpago se arrojara sobre el león que la perseguía y no sobre ella, embistiéndole contra las rejas con una fuerza devastadora mientras sacudía su cuello desesperadamente. Judy lo sabía: ella sería el premio para el vencedor, pero no se quedaría allí esperando por ello. Se dio la vuelta y corrió, corrió con todas sus fuerzas hasta finalmente llegar a un callejón sin salida.

La puerta de acero frente a ella estaba sellada a cal y canto, y era claro que sólo se abriría electrónicamente, y desde el otro lado. Pero no había nadie al otro lado esperando para abrirle, no había luz alguna que indicara el estado de la puerta, y aunque Judy no podía verlo, sabía que el terminal al otro lado ni siquiera tendría corriente.

¿Era esto acaso una broma cruel? Incluso a la escasa luz de la linterna era evidente que no había otra salida, ni por la puerta frente a la cual estaba, ni por el lugar por el cual había llegado, pues era seguro que de haber ido en la otra dirección se habría encontrado exactamente con el mismo obstáculo. No había salida alguna. Todo aquello no había sido más que una estratagema de Bellwether para darle una esperanza, y luego arrebatarsela de la peor manera. Moriría en ese lugar, y no sería capaz de salvar a Nick. Eso era lo que ella buscaba, era la desesperación que buscaba hacerle sentir.

Lo siento conejita, pero este juego se acabó —declaró la voz en el parlante cuando el tigre había logrado asfixiar al débil león, ahora volteandose en su dirección.

El depredador aún se encontraba a una distancia considerable, pero esa distancia se reduciría en un instante una vez comenzara a correr unos instantes después. Pero ella no quería quedarse quieta, esperando la muerte. No. Ella no lo permitiría, y pelearía con uñas y dientes hasta el final.

Fue el pensamiento que la mantuvo en movimiento cuando, en el momento en que el tigre había comenzado a correr, ella se lanzó contra las rejas que evitaban la caída hasta el patio central, dos pisos más abajo, pero rejas que también empleaban una alambrada por el lado exterior como medida de seguridad. Misma alambrada contra la que Judy arremetió en un solo punto, tirando con todas sus fuerzas hacia ambos lados, pues sólo necesitaba agrandar el agujero un poco. Unos pocos centímetros serían suficientes para pasar su delgado cuerpo hacia el otro lado, entre las rejas.

El tigre se acercaba a toda velocidad. Sus patas habían comenzado a sangrar por la fuerza empleada en ellas, pero ya nada más importaba. Era vivir o morir, y aquel pensamiento la acompañó cuando logró escapar a las fauces de la bestia con un instante de diferencia, mientras caía hacia el patio central sin nada que amortiguara su caída, ni nadie que la ayudara.

Estaba sola otra vez. Completamente sola, y a merced de su peor enemiga.