Capítulo 22 - El juego del olvido

Su mente estaba en blanco mientras caía sin otra resistencia más que la del aire a sus espaldas, alejándose a gran velocidad de aquel hueco en la reja del segundo piso, con su corazón detenido en el tiempo. No podía creer que todo cuanto había ocurrido en los últimos días hubiera derivado en ese instante.

En un momento estaba con Nick, alejándose por fin de la pesadilla de aquella ciudad en el helicóptero del ZPD. Y al otro… estaban atrapados otra vez, y ahora con collarines que acabarían con sus vidas cuando el temporizador de media hora que la oveja les había impuesto llegase a cero.

Bellwether le había dado dos opciones: ir en busca del terminal que liberaría su collarín, dejando morir a su compañero, o ir en la dirección contraria en busca del zorro, rindiendo así su propia vida. El juego impuesto por la oveja no era más que una diversión enferma para aquella, cuyo juicio se había perdido en la desesperación que gatilló el actuar del tóxico aullador.

Y si aquel tóxico la había afectado de la misma forma que lo había hecho con su compañera Francine, era brutalmente obvio que ya no podría razonar con ella. Todos los esfuerzos de la oveja ahora estaban centrados en hacer caer a la coneja en la misma desesperación a la que ella había sucumbido, y llevaría sus vidas al límite con tal de conseguirlo.

Era lo que pensaba cuando su espalda dio de lleno contra algo duro, pero no tanto como para pensar que se trataba del suelo de concreto que esperaba. Fue entonces que intentó voltearse, quedando de cara frente al ojo sin vida de un enorme rinoceronte, momento en que por primera vez se percató del hedor a podredumbre que inundaba el lugar.

—Santo cielo —musitó al llevarse ambas patas al hocico, intentando retroceder.

Notó que había aterrizado sobre una bola de cadáveres amontonados, como si de una pila de hojas secas se tratase.

Las moscas que hasta ese momento habían revoloteado a su alrededor poco a poco regresaron a posarse sobre la piel expuesta de los cuerpos, mientras la coneja tropezaba al intentar alejarse con rapidez, rodando colina abajo hasta golpearse contra el suelo duro que en un principio esperaba, mientras oía los sonidos guturales de la peligrosa bestia que había intentado devorarla en el segundo piso.

Al incorporarse con lentitud, mientras se alejaba de la pila de cadáveres de los que una vez habían sido los guardias de seguridad y varios de los convictos, lo cual notaba por causa de sus vestimentas, pudo apreciar la extensión del patio en el que se encontraba, con sus pisos y paredes sumergiéndose más allá de una oscuridad apenas debilitada por el resplandor de la luna.

Cuando sus ojos se acostumbraron a sus alrededores, pudo notar que había varias puertas en cada dirección, pero los indicadores de cierre, tal y como ocurría en el segundo piso, estaban apagados, y ella permanecería allí encerrada hasta que su estado cambiara. Bellwether aún sostenía la sartén por el mango, y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Tengo que admitirlo, no esperaba que pudieras escapar de esa, pero ahí vas tú otra vez… rompiendo con todas mis expectativas —sonó de nuevo aquella voz en el parlante de su collarín—. De hecho, el zorro está viendo este espectáculo junto a mí, y déjame decirte que se lo ve muy aliviado. ¿No es tierno? El hecho de que aún se preocupe por ti, el hecho de que crea que pueden sobrevivir aquí… —decía ella, con su voz tomando un tono cálido que le daba escalofríos a la coneja—. Pero vas a tener que disculparme… porque este no es un cuento de hadas en el que todo sale bien al final. Pero seguramente ya te percataste de ello… ¿verdad, Judy? —preguntó, cuando el indicador de cierre en una de las puertas se encendió en rojo, antes de cambiar a verde con un fuerte timbre que retumbó en el lugar, dando paso a la lenta apertura de la puerta.

Apretó los dientes e intentó tomar control de sí misma cuando alguien más entró en el patio a través de aquella puerta, caminando sobre sus dos grandes patas, su uniforme anaranjado hecho jirones, dejando ver su pelaje del mismo color a rayas negras, y sus ojos de rasgos felinos reluciendo en la oscuridad.

De haber visto una criatura así alguna vez, había sido en sus pesadillas.

Y entra en el cuadrilátero el carnicero invicto, ¡John Tigeller! —celebró la voz de Bellwether—. El mismo ha asesinado y devorado con sus propias garras a un total de veintidós presos y siete guardias desde que salió de su celda, y bajo mis órdenes contó con la habilidad suficiente para derribar un helicóptero de la policía con un lanzacohetes. ¡Mira que es un tipo hábil!

Fue entonces que cayó en la cuenta de que aquella voz también provenía del collarín del tigre, y fue cuando se percató de que había comenzado a retroceder. No podría ganar, no contra un animal así, y menos en su estado. Y fue cuando la misma puerta por la que había entrado el tigre se cerró detrás de él, con el indicador de cierre cambiando a rojo con un fuerte timbre justo después.

No había salida.

Tigeller… destrózala —Las palabras de Bellwether vibraron en las orejas de la coneja al tiempo que el tigre se dejó caer en sus cuatro patas, abriendo una pronta carrera hacia la presa.

La distancia que los separaba era relativamente corta, por lo que el depredador se abriría paso hasta ella en un espacio de pocos segundos. Sus ojos no mostraban emoción alguna, pero sentía a través de ellos el deseo de sangre del animal. Y por primera vez en su vida, sintió el verdadero miedo.

No tenía tiempo, ni lugar al que huir. Y cuando la criatura zanjó una gran distancia hacia ella con dos pasos, actuó por instinto, por causa del miedo, y el miedo la llevó a correr y zambullirse en el montón de cadáveres amontonados frente a ella, enterrándose entre ellos para escapar a la bestia que chocó contra los cuerpos justo después, intentando abrirse paso para llegar hasta la coneja, con una de sus garras alcanzando la pierna de la presa. Judy no pudo evitar ahogar el grito al tiempo que un terrible ardor llenaba aquella extremidad, pero no podía detenerse. Su vida y la de Nick estaban en juego.

Aún así, la peste por causa de la putrefacción de aquellos cadáveres inundó su nariz y escaló hasta su cabeza sin que pudiese evitarlo, provocando que la bilis le quemara la garganta a medida que intentaba internarse más en ese refugio macabro, agradeciendo a su pesar que el efecto del rigor mortis ya hubiera pasado. Pero unos pocos centímetros la separaban del ataque constante del depredador, que no parecía tener intenciones de dejar escapar a su presa.

Tal vez sobrevivir a esa batalla fuese imposible, pero ella no estaba dispuesta a rendirse sin dar pelea. Fue por eso que sus patas no dejaban de tantear entre aquellos cadáveres con desesperación, en busca de cualquier elemento a su alcance que le permitiera defenderse, y no contaba con demasiado tiempo antes de que el tigre quitara del camino la fila de cadáveres que separaban al uno del otro.

Judy no tenía tiempo para pensar, y dejaba que su instinto la guiara. Sabía que era la única forma, que no tenía otra alternativa. Aún así, el que su tacto la llevara a buscar en el cinturón de uno de los oficiales muertos entre aquel montón, sintiendo una pistola en aquella oscuridad, no fue suficiente para calmarla. No le daba ninguna seguridad en medio de aquella situación.

Tal vez no fuera capaz de quitarla de su funda a tiempo.

Tal vez no fuera capaz de usarla antes de que fuese tarde.

Tal vez ya no tendría munición.

Tal vez se encasquillaría en el peor momento posible.

En medio de aquella oscuridad, oyendo aquellos rugidos furiosos prácticamente en su oreja y retumbando en lo más recóndito de su ser, mientras tiraba con todas sus fuerzas de aquella arma, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, y los sollozos que dejó escapar se perdieron en la nada.

Bellwether había logrado su objetivo. Finalmente sentía aquella desesperación en carne propia, y de no haber utilizado el antídoto, de seguro ya habría perdido por completo la cabeza. Pero eso no había ocurrido, y junto con esa desesperación, también estaba presente la voluntad de vivir, una a la que se aferraría con todas sus fuerzas, las mismas fuerzas con las que tiraría de la pistola hasta desprenderla del frío cuerpo de su antiguo dueño, para luego girarse sobre su espalda para apuntar en el instante exacto en que el tigre quitó del camino el cadáver de oso que los separaba.

La escasa luz presente le impediría apuntar con precisión, y no contaba con tiempo suficiente para centrar la mira cuando el tigre lanzó un zarpazo para arrastrarla fuera de su escondrijo, pero la coneja hizo su última apuesta, y jaló el gatillo.

El disparo retumbó con fuerza en los oídos de ambos animales, y la bala hizo blanco en el hombro del tigre, alojandose en el hueso, y empujando su cuerpo hacia atrás cuando sus garras penetraron la protección de la coneja, tirando de su carne, y soltándole justo después, no sin antes disparar un terrible dolor en la presa que, en un momento de desesperación, levantó el arma contra su enemigo sin siquiera apuntar, descargando cada una de las balas en la recámara tan rápido como su dedo y el mecanismo del arma se lo permitían cuando el tigre se le vino encima.

Quería creer que sólo habían pasado segundos, pero ella los había sentido como una eternidad. Su cuerpo comenzó a temblar mientras intentaba retirarse, arrastrándose lejos del tigre inerte que yacía sobre ella, con dos balas en la frente, y tres en el pecho. Aún en la oscuridad, su intuitiva puntería había resultado ser más certera de lo que esperaba, pero no se paró a pensar en ello cuando, al alejarse, cayó arrodillada.

Sus piernas no eran capaces de sostenerla, y las lágrimas no dejaban de correr. Y a la luz de la luna, contempló sus brazos y manos manchados por la sangre, la sangre de aquel depredador. Cerró sus patas con fuerza, intentando sobreponerse al torrente de emociones que amenazaba con llevársela por delante, y finalmente… se puso en pie, una vez más. Porque al final, esa era su única opción, y el tiempo seguía corriendo.

Así que lo has matado… —oyó la calmada voz de Bellwether en el parlante de su collarín, mientras se alejaba de aquel montón de cadáveres, al cual ahora se había sumado el tigre—. Aunque la verdad... ya no me sorprende. Después de todo, eres el animal vivo más peligroso por aquí. Te das cuenta, ¿verdad? El hecho de que has matado a tantos, por el bien de unos pocos. Pero en fin, ¿quién soy yo para juzgar? Será mejor que vengas a buscar tu premio de una vez ya que, por si no te has dado cuenta, no te queda mucho tiempo. Tan sólo unos… diez minutos. Mi consejo es que te des prisa —decía ella, cuando el indicador de cierre de la entrada al otro lado del patio cambió a color verde al tono de un fuerte timbre, y la puerta metálica se abrió lentamente, dando paso a un corredor apenas iluminado por las luces de emergencia—. Te estaré esperando… —se despidió ella, y el parlante quedó en silencio.

Con su espíritu roto por las adversidades que había enfrentado hasta ese momento, y las que aún debería enfrentar, la coneja dio un paso, y luego otro, y así hasta que casi sin darse había alcanzado el corredor, avanzando en un completo silencio, con aquel hedor a humedad y sangre inundando el ambiente, con la puerta metálica cerrándose detrás de ella.

Estaba claro que la oveja se había ocupado de encender las luces de emergencia sólo en los corredores que llevaban hasta la sala de seguridad, y la ausencia de sonido alguno allí le indicaba que no había otro salvaje al que temer en las proximidades. Por ello, estuvo a punto de correr para acortar la distancia de manera más rápida cuando el parlante de su collarín cobró vida una vez más.

Por cierto, sé que es algo tarde para ello pero… ¡feliz cumpleaños! —exclamó la oveja al otro lado, y aquel saludo casi descolocó a Judy, quien al recuperar la compostura siguió su camino, pensando que eso había sido todo, pero estaba equivocada—. Estaba pensando, ¿cuál sería la mejor forma para darle a mi coneja favorita el mejor regalo de cumpleaños? De hecho, intentaba decidirlo desde ayer, y considerando que aún falta algo de tiempo para que llegues hasta mí, ¡no se me ocurre una oportunidad mejor! Verás… técnicamente este regalo no es sólo mío, sino más bien de tres animales: de parte mía, de parte del zorro amigo tuyo aquí presente, y del animal anónimo que lo envió al buzón de e-mail de Nicholas Piberius Wilde —decía ella, pero la coneja apenas podía soportar su palabrería en este punto.

—Ve al grano, ¿qué es lo que quieres? —cuestionó ella, sin dejar de caminar.

Sólo compartir conmigo este precioso archivo de audio que encontré… lo entenderás cuando lo oigas —sentenció ella, y entonces una grabación comenzó a reproducirse a través de aquel parlante.

Vaya comité de bienvenida que tiene —oyó la voz de Nick.

No esperarás un trato mejor para un poli, ¿verdad? —decía una grave voz cuando, acto seguido, algo golpeó contra una superficie de madera—. Pero no puedes engañarme… podrás llevar un uniforme y exhibir una brillante placa dorada, pero no eres ningún poli. ¿Cómo nos encontraste?

Conozco a todo el mundo en esta ciudad, y los animales que conozco también conocen a otros animales —hubo un momento de silencio, antes de que el zorro prosiguiera—. Quiero aportar a su causa.

Imagino que sabes lo que hacemos… lo que buscamos, ¿no es así?

Lo tengo muy claro.

¿Y por qué deberíamos confiar en un zorro?

No tienen por qué confiar en mí… sólo vengo a donar información —Un momento de silencio más y, de la misma forma, fue el zorro quien continuó—. Es la investigación que se realizó bajo la orden de Dawn Bellwether, la antigua alcaldesa, en relación a las midnicampum holicithias. Son copias íntegras de todos sus documentos en formato digital. Los originales siguen en el cuarto de evidencias, esperando por el juicio de su anterior dueña.

Te das cuenta lo que esta información podría causar, ¿verdad? He de admitir que es un regalo interesante el que has traído ante nosotros esta noche. Pero... ¿Qué es lo que quieres por esto?

Quiero ver arder esta ciudad —dejó escapar el zorro, y el corazón de la coneja dio un vuelco. Lo que estaba oyendo no podía ser verdad—. No necesito nada más.

Reconozco esa mirada. Esa… es la mirada de alguien a quién han roto, más de una vez —dijo aquel, haciendo una pausa—. La Familia estará más que feliz de recibir esta información, y esperamos un voto de confidencialidad por tu parte, mi estimado vulpino. Ya que, en caso de que tengas un ataque de moral, quiero que sepas que nuestra reunión ha sido grabada de principio a fin. Espero no te moleste…

Por mí está bien… —respondió el zorro, y la grabación llegó a su fin.

De repente, la oscuridad de aquel corredor resultó más opresiva que nunca, asfixiante. La coneja quería seguir adelante, pero sus patas no responderían.

—Tiene que ser una broma… —musitó, sin caer en la cuenta de que había comenzado a temblar—. Eso… no puede ser verdad.

Imagino que se lo enviaron hace unos días para recordarle su convenio con esos criminales, ya que seguramente lo tenían vigilado, y estaba dando señales de arrepentirse. De hecho, lo imagino, y me gustaría preguntárselo a Nick personalmente, pero el pobre está más silencioso que de costumbre. ¿Por qué crees que sea?

—No puede ser verdad —se repetía a sí misma, intentando convencerse de aquello, pero era incapaz, y de la misma forma fue incapaz de mantenerse en pie. Ya no podía seguir—. No puede...

Vamos… habla, conejita. Termina esa frase —dijo con un tono alegre—. Di que no te arrepientes de haber hecho esa elección, de haber venido hasta aquí para salvar al zorro a costa de tu propia vida, ¡avanza para rescatar a tu amigo! Después de todo, es tu amigo… ¿O no? ¡Vamos, coneja! ¡Quiero oírte! —ordenó ella, mientras que las lágrimas de la coneja tocaban aquel suelo frío de concreto.