Capítulo 23 - Rompecorazones

Tres años atrás…

En medio de una noche de tormenta, bajo el frío intenso de una fuerte ventisca, Nick Wilde caminaba en zigzag por las calles de Tundratown a medianoche. Con un clima así, no era raro que las calles estuvieran desiertas, aunque los dos cerdos que le habían dado una golpiza unos minutos antes habían sido la excepción. En otro momento, el problema podría haberse evitado simplemente ignorando el comentario por lo bajo que uno de ellos había hecho al cruzarse con el zorro y seguir su camino, pero Nick no estaba pensando con claridad al momento de voltearse hacia ellos.

El escurridizo Nick Wilde, que podía salir airoso de cualquier situación tan solo hablando, había perdido los estribos tras ser insultado por animales que no conocía. ¿Y ahora? Se tambaleaba por la acera, en un intento por encontrar un lugar en el cual refugiarse. Para su suerte, había un bar abierto unos pocos metros más adelante, y aunque el frente no proyectara un aura confiable, el zorro no tenía la opción de ponerse selectivo.

Cruzó la puerta, y se encontró con un ambiente más cálido del que esperaba; apenas había dos animales allí, siendo estos un oso de gran tamaño que degustaba una cerveza en la esquina más alejada del establecimiento, y un viejo lobo que oficiaba de bartender, cuya mirada se centró con algo de sorpresa en él al momento de cruzar el umbral.

Nick levantó una pata en señal de saludo, acompañada por una mueca ligeramente dolida, antes de acercarse a una de las mesas y derrumbarse sobre una silla. Los raspones ardían, sí, pero el puntapié que hacía recibido en el estómago, estando derribado, era lo que más le había dolido, y seguía doliendo.

Como si hubiera visto la escena más de unas cuantas veces en su oficio, el bartender se acercó a la mesa del zorro sin mucha ceremonia. Sabía bien por donde venían los tiros.

—¿Noche difícil? —preguntó el lobo, libreta en mano.

—Las he tenido peores —decía el zorro, dedicándole una sonrisa cansada—. Un trago del licor más barato que tenga, por favor.

—¿Para las heridas? —preguntó, arqueando una ceja, y el zorro asintió. Sin cambiar su expresión, el lobo se retiró brevemente para buscar detrás de la barra, y regresó con un botiquín en pata—. Aquí tienes.

—No hace falta. Con el licor…

—Va por cuenta de la casa, despreocúpate —aclaró, dejando el botiquín sobre la mesa y partiendo de regreso al mostrador, su atención regresando a las copas que había estado limpiando minutos antes.

—Gracias —dijo el zorro con sinceridad, humedeciendo un poco de algodón con alcohol, y colocándolo justo debajo de su hocico. Debió apretar los dientes por causa del ardor producido.

—No es nada. Después de todo, hoy más que nunca, los nuestros deben ayudarse los unos a los otros —dijo el lobo con seriedad, terminando de limpiar la última copa, y dejando escapar un largo suspiro.

—¿Es difícil mantener el bar? —preguntó el zorro sin mirarle, mientras vendaba su pata derecha.

—Lo ha sido durante los últimos meses —respondió, rascándose la nuca—. Si las cosas siguen tal y como están ahora, tendré que mudarme a otra ciudad. Aunque a decir verdad, es lo último que quiero hacer. He trabajado aquí toda mi vida, y no quisiera perder el bar por unos cuantos animales enojados.

—Esos "cuantos" han de ser más de la mitad de los ciudadanos. Algo así podría afectar bastante al negocio —decía el zorro.

—Lo sé, niño. Créeme que lo sé —dijo el lobo, negando con la cabeza antes de retirarse a la trastienda.

Nick permaneció en silencio por breves momentos mientras rodeaba la gasa sobre su brazo con cinta adhesiva. Fue entonces que alguien habló a sus espaldas, desde el otro asiento.

—De verdad es una mala situación la que se está desenvolviendo aquí… —comentó con una voz ronca el oso del abrigo.

Nick se preguntó en qué momento se había movido hasta allí sin que lo notara, pero lo atribuyó al hecho de que estaba centrado en su tratamiento.

—Puedes decirlo otra vez —respondió sin voltear.

—Es interesante, ¿sabes? La forma en que la desconfianza de las presas hacia los depredadores está renaciendo. Si lo piensas, estamos regresando varios miles de años por causa de unos pocos locos… ¿cuántos son, hasta ahora?

—Treinta, más o menos. Si lo que dicen en las noticias es verdad, claro está —remarcó el zorro.

—Y por treinta locos, los otros miles de depredadores que viven aquí tienen que pagar los platos rotos —lamentó, soltando una risa incrédula—. Háblame de injusticia.

—Es una verdad universal que este mundo no es precisamente justo, amigo.

—Si, pero todo empeoró cuando esa desconfianza regresó. Por causa de esos locos, y de la coneja policía que presentó el caso en las noticias —dijo el oso, y la sola mención de aquella hembra hizo que el zorro se detuviera en seco—. ¿Regresión a nuestros instintos más básicos? Ja… vete al demonio. Y lo peor es que esto es solo el principio.

—¿A qué te refieres? —preguntó con curiosidad.

—Todo comenzó aquí, en Zootopia. ¿Pero has pensado en el resto del mundo? La noticia de los animales volviéndose salvajes en esta ciudad ha estado circulando cada vez más desde esa conferencia de prensa, y la desconfianza y discriminación no harán más que escalar de ahora en adelante. No me sorprendería que, de aquí a unos años, los depredadores sean perseguidos, aislados, despreciados. Dales varios años más, y verás depredadores siendo ejecutados en la vía pública. Marca mis palabras…

—Creo que estás exagerando un poco —dijo con un asomo de sonrisa, aunque en verdad no quería pensar en la posibilidad de que hubiera algo de verdad en ello.

—Ojalá tengas razón, niño —dijo al levantarse con un quejido, encaminando hacia la salida, pero deteniéndose junto a la mesa del zorro, apenas volteandose hacia él—. Nuestra sociedad está podrida, desde la raíz. Tal vez no sería mala idea que los depredadores regresemos a nuestros instintos más básicos, y les demostremos que tal vez nos superan en número… pero nosotros los superamos en todo lo demás —dijo con una sonrisa que a Nick le provocó escalofríos—. Me rehúso a permitirles creer que son más que nosotros.

—Así son las cosas, viejo. No creo que puedan cambiarse de la noche a la mañana —respondió el Nick, centrándose en su brazo de nueva cuenta.

—Tienes razón, tal vez tome tiempo, pero… sé que las cosas pueden cambiar a nuestro favor —dijo sin cambiar su expresión, y una pregunta cruzó la mente de Nick cuando levantó la vista hacia él de nueva cuenta.

—¿Nos conocemos? —cuestionó con duda.

—Así es —afirmó, tomando algo de su bolsillo y dejándolo en la mesa. Era una tarjeta con un nombre y un número—. El día que quieras cambiar el mundo, búscame. Sé que tienes lo necesario dentro de ti, Nicky —dijo al seguir su camino, momento en que el zorro notó por su caminar que el oso en efecto llevaba una pata prostética, antes de que el gran animal saliera por la puerta y se perdiera en aquella noche de tormenta. Pasaron unos momentos antes de que Nick saliera de su trance, y tomara la tarjeta en sus patas.

—¿"Gris"? —se preguntó al leerla en voz alta—. Me suena…

—Te recomiendo que lo pienses dos veces si se te ocurre buscarle —advirtió el lobo desde el mostrador, habiendo presenciado la última parte su conversación.

—¿Usted le conoce? —preguntó con curiosidad.

—No, pero se aprenden una cosa o dos estando parado aquí durante tantos años. Por ejemplo, notas a primera vista qué animales pueden llegar a causar problemas, y ese… ese podría representar un problema bastante grande —concluyó el bartender, y Nick permaneció en silencio, meditando las palabras de aquel extraño oso mientras examinaba la tarjeta.


En el presente...

En aquella oscura sala de seguridad, apenas iluminada por el resplandor de ocho monitores de tubo, Bellwether sonreía ampliamente, tanto que sentía que los músculos de su rostro se desgarrarían de un momento a otro. El escenario que había planeado se estaba desenvolviendo con tanta naturalidad frente a ella que le era difícil creerlo.

—Vamos… habla, conejita. Termina esa frase —dijo con un tono alegre, observando la imagen de la oficial paralizada por el terror en aquel viejo monitor—. Di que no te arrepientes de haber hecho esa elección, de haber venido hasta aquí para salvar al zorro a costa de tu propia vida, ¡avanza para rescatar a tu amigo! Después de todo, es tu amigo… ¿O no? ¡Vamos, coneja! ¡Quiero oírte! —ordenó ella, sin dejar de sonreír.

—Maldición… ¿por qué? —musitó Nick finalmente, con una voz que apenas pareció escapar de su hocico.

La oveja se volteó hacia él, encarando a un zorro herido, atado a una silla metálica por brazos y piernas. Su collarín titilaba de manera constante y, al igual que en el de Judy, su contador se acercaba rápidamente a cero.

—Vaya, así que al fin decidiste hablar —sonrió con inocencia—. ¿Cómo te explico? Me hubiera gustado concretar el plan que había puesto en marcha hace tres años, y simplemente dejar que devoraras a la coneja. Aunque claro, eso fue antes de descubrir lo que intentaste eliminar de tu buzón de correo electrónico —explicó ella, sin perder aquella sonrisa en ningún momento—. Intentaste traicionarlos, ¿verdad? Te arrepentiste de lo que habías hecho, e intentaste remediarlo de alguna forma, pero…

—No te debo ninguna explicación —escupió él, mirando al monitor cuando la coneja volvió a incorporarse y continuar su camino, a pesar de la carga sobre sus hombros—. En todo caso, se la debo a ella.

—Ya veo —aceptó con ojos cerrados al voltearse nuevamente a las pantallas, comenzando a teclear a gran velocidad y abriendo varias ventanas cuyo contenido Nick no podía deducir por la distancia a la que estaba—. No te preocupes, tendrán suficiente tiempo para ponerse al día… antes de morir congelados en este lugar, claro —sentenció la oveja, oprimiendo "entrar" y dando lugar a varias ventanas en naranja y rojo en donde aparecían múltiples advertencias, cuando un mensaje pregrabado comenzó a sonar en los parlantes de aquella computadora.

"Atención. La temperatura en el sistema de calefacción del área de Tundratown está alcanzando niveles peligrosamente bajos. Contacte al servicio técnico calificado inmediatamente. Atención. La temperatura en el sistema de calefacción del área de Tundratown está alcanzando niveles peligrosamente bajos. Contacte al servicio técnico calificado inmediatamente. Atención..."

—¿Qué estás haciendo? —cuestionó él, y Bellwether suspiró con pesadez sin voltearse hacia él.

—Desvié la energía de los sistemas en el resto de los sectores de la ciudad a este, y envié el termostato por los suelos —respondió con naturalidad—. Por supuesto, hay un sinfín de sistemas de seguridad colocados para evitar que algo así pueda llegar a ocurrir, pero mi usuario me permite penetrar la mitad de las protecciones, y no queda nadie vivo para impedirme el paso con la otra mitad. Cruzando ese límite... tengo carta libre para hacer lo que me plazca con lo que queda de este lugar, y lo que decidí hacer, antes de que todo esto termine, es congelar este jodido cementerio —explicó ella, para finalmente voltearse hacia el zorro—. Tengo muy en claro que no puedo matar a esa coneja, pues este lugar que tú ayudaste a crear la ha fortalecido. Se ha convertido en el depredador más peligroso que he visto jamás, pero incluso así no podrá resistir ni tu traición, ni el frío polar que caerá sobre este lugar —declaró, tomando la pistola reglamentaria del escritorio, y observándola con melancolía.

—¿En qué… en qué estás pensando? —preguntó el zorro una vez más, sus latidos acelerándose al percibir el peligro inminente, y la oveja sonrió una vez más con ojos cerrados.

—Tal vez el tóxico aullador haya hecho de mi cabeza un desastre, pero sé reconocer una batalla que no puedo ganar —explicó, moviendo lentamente el arma, y colocando el cañón bajo su quijada—. Lo siento, pero tendrás que tratar con esa coneja desquiciada tú solito —concluyó finalmente, sin dejar de sonreír en ningún momento, al tiempo que jalaba el gatillo sin un solo rastro de duda.

El grito del zorro se perdió cuando el disparo retumbó en aquella habitación oscura y cerrada, y a pesar de que Nicholas había desviado la mirada en el momento justo, la imagen que había sucedido frente a él había quedado grabada en sus ojos. Y luego de ello, el tiempo pareció detenerse, hasta que el arma cayó de las tiesas pezuñas de la oveja, dando un golpe seco contra el suelo.

Nicholas abrió los ojos, pero era incapaz de voltearse hacia el cuerpo que ahora yacía inerte en aquella silla giratoria, y sus oídos aún estaban reponiéndose del estruendo. Y mientras el aroma a sangre comenzaba a inundar aquel lugar, el constante tono de advertencia que acompañaban los mensajes de aquellas pantallas era lo único que pudo oír durante un breve momento… hasta que la puerta de la sala de seguridad se abrió de golpe.

Una coneja con el arma levantada y una inexpresiva mirada en su rostro entró en el lugar, su atención centrándose en el cadáver frente a los monitores, y luego en el zorro inmovilizado en la silla al otro lado de la habitación. Y al reconocer la situación, Judy enfundó el arma sin decir palabra, antes de avanzar hacia los monitores, empujando la silla con el cadáver de su enemiga a un lado sin siquiera inmutarse, antes de comenzar a teclear velozmente.

Al ver los mensajes en la pantalla, no le fue difícil entender las intenciones de la oveja, y la razón por la que se había volado los sesos. En cuestión de horas, la temperatura en aquel distrito caería cien grados celsius bajo cero, una temperatura bajo la cual ningún mamífero sería capaz de sobrevivir.

Según los datos que aparecían en el monitor, la temperatura actual era de veinte grados bajo cero, y tomaría al menos tres horas alcanzar el clima frío esperado. Y con el sistema bloqueado, no había forma para la coneja de detener lo que estaba ocurriendo sin la asistencia de Bellwether, por lo que de si seguía en Tundratown durante las próximas horas, su destino estaría sellado.

—Lo mejor que puedes hacer ahora es dirigirte hacia el pabellón oeste tan rápido como puedas, usar la terminal para desactivar tu collar, y salir de aquí usando una de las motos de nieve de la prisión. Aún estás a tiempo —dijo el zorro con voz clara y segura, sin mirarle.

Judy Hopps se quedó allí, inmóvil y sin voltearse hacia el dueño de aquella voz, hacia quien había considerado su amigo, su compañero y su confidente. Y fue entonces cuando, sin previo aviso, tiró de su collar desde su nuca, tomó la pistola que Bellwether había usado para quitarse la vida, y la colocó contra el mismo para descargar un poderoso disparo contra el aparato en medio de un fuerte grito.

Un desesperado grito que se extendió cuando jaló el gatillo nuevamente, y otra vez, para luego tirar con todas sus fuerzas, desprendiendo el aparato averiado de su cuello. Tal vez los convictos no pudieran romper el collar a base de golpes pero, por supuesto, ellos no contaban con un arma de fuego de semejante potencia.

El collar roto cayó al suelo, mientras que Judy trataba de sobreponerse al aturdimiento producido por aquel estruendo en su sensible oído. Y en ello, la coneja respiró profundamente, en un fútil intento de calmar su mente, para acto seguido dirigir su mirada al zorro, que a su vez no pudo evitar alejar sus ojos de la hembra, exponente de una expresión que el depredador jamás había visto.

—Ya no sé a quién estoy mirando —habló ella, aspirando y exhalando calmadamente una vez más—. Podría preguntarte… podría preguntarte quién eres en realidad, o simplemente preguntarte ¿por qué? Pero, ¿qué caso tendría? Ninguna respuesta que pudieras darme me bastaría, ninguna respuesta devolvería las vidas que se han perdido en esta ciudad durante los últimos días —dijo con un tono gélido como el hielo mismo.

Nick no respondió. No podía hacerlo, y no tenía justificación posible. El infierno que se había desatado en esa ciudad había sido su culpa, y había tenido intenciones de ser devorado por el mismo cuando el momento llegara, de ser consumido por las llamas que él mismo había encendido. Pero eso no había ocurrido, porque su compañera había regresado por él para salvarle, para salvar una vida que no merecía ser salvada. Lo tenía muy claro.

Y en ello, sin mediar palabra, Judy tomó el largo cable que colgaba de una de las computadoras, se posicionó detrás del zorro atado, y lo conectó al collarín de su cuello. Luego de un timbre de confirmación, la cerradura del aparato cedió, y la coneja lo retiró sin dificultades de un confundido zorro. Y acto seguido, la coneja se paró frente a él con la pistola aún en pata.

—Si… tal vez no me basten, pero realmente necesito esas respuestas. Necesito saberlo todo —dijo fríamente, y el zorro finalmente le devolvió la mirada.

—Dispara —aceptó con seriedad—. Responderé a lo que me preguntes.

—¿Por qué? —Era la pregunta obvia, pensó Nick. Por un momento, repasó en su mente los eventos ocurridos en los últimos años, antes de continuar.

—¿Por qué…? Esa es una buena pregunta —dijo Nick, intentando evitar que sus ojos encontraran el cadáver de la oveja—. Si lo vieras de una forma lógica, mi actuar no tendría sentido en lo más mínimo. De hecho, yo mismo caí demasiado tarde en la cuenta de lo que había puesto en movimiento —continuaba, con un asomo de sonrisa—. Luego de esa conferencia de prensa, hace tres años, y luego de que desaparecieras por meses en ese entonces, las cosas no hicieron más que empeorar por aquí. No se quedó solo en las manifestaciones que podías ver en la televisión, o en Zootube, sino que era una constante en la vida de cada depredador en esta ciudad. Uno simplemente no podía salir a la calle sin sentir las miradas recelosas de cualquier presa en sus espaldas, y usualmente sufría ataques por parte de las presas más grandes, ya fuera verbales o, en varios casos… físicos.

—¿Entonces a eso se reduce? ¿Querías venganza por esa discriminación, y creíste que la mejor forma sería proporcionar a un grupo terrorista una bioarma frente a la cual no teníamos defensa alguna?

—Teníamos una defensa, pero no para un ataque a semejante escala —respondió, refiriéndose al antídoto contra los aulladores—. Por ese tiempo, me crucé con un oso de ideas bastante… radicales, que pretendía que los depredadores tomaran una vez más su lugar en el mundo, por sobre las presas que nos despreciaban. Y cuando regresaste a buscarme, cuando descubrimos que era lo que había usado Bellwether para volvernos salvajes, me pregunté… ¿cómo hubiera afectado a las presas de ser usado contra ellas?

—Pero eso no fue lo que utilizaron aquí —razonó ella—. Fue un derivado del tóxico aullador, algo contra lo cual el antídoto "Alba" es efectivo, pero que afecta a presas y depredadores de una manera diferente.

—Así es. No conozco los detalles de las modificaciones que hicieron al tóxico aullador original, pero el derivado, de nombre clave "Ocaso", es capaz de volver salvajes a los depredadores casi al instante, pero a medida que su cuerpo se adapta al compuesto, poco a poco recuperan la inteligencia, sin perder el hambre de carne. Por otro lado, las presas afectadas pierden esa misma inteligencia gradualmente, proceso que se acelera por un cambio psicológico.

—La desesperación, ¿no es así? —cuestionó Judy—. Cuando las presas pierden toda esperanza y caen en la desesperación, es cuando se vuelven salvajes. Lo he visto…

—Está bastante simplificado, pero sí, es la idea —confirmó Nick, mientras recordaba sus días de entrenamiento, cuando la idea que trajo esa desgracia había comenzado a gestarse—. Por ese entonces, mientras realizaba el entrenamiento para entrar a la policía, y cuando ya estaba trabajando en el ZPD, seguí reuniendo información sobre las midnicampum holicithias. Lo hice primero por mis propios medios, y luego tuve la oportunidad de sacar la investigación de Bellwether de la sala de evidencias sin que nadie lo supiera. La estuve revisando por mucho tiempo y al final me convencí de que lograría reducir a las presas a sus instintos más básicos también.

—¿Y qué esperabas conseguir con eso? —preguntó una vez más.

—La idea era que, si lograba que las presas entendieran, por unos pocos ejemplos, que hubieran terminado igual que nosotros de haber sido atacados, finalmente metería algo de sentido en las cabezas de esa gente. Claro, provocaría un gran alboroto en la ciudad que podría extenderse por mucho tiempo, tal y como ocurrió cuando lo hizo Bellwether, pero ya tendríamos el antídoto preparado, y esos animales volverían a la normalidad una vez se les hubiera aplicado.

—Luego de haber lastimado a sus familiares y amigos, por supuesto —señaló la coneja.

—¿Y qué crees que ocurrió con los familiares y amigos de los depredadores que atacó Bellwether? —cuestionó él.

—¡Esa no es razón para seguir su maldito ejemplo! —gritó ella, con sus ojos bien abiertos. Suspiró cansadamente, intentando calmarse, antes de preguntar lo que más le importaba—. ¿Y quién es el principal responsable? ¿Quién era el animal con el que hablabas en esa grabación?

—Su nombre es Gris —respondió finalmente—. Estaba claro que no podría lograr mi objetivo por mi cuenta, y fue por eso que recurrí a ese oso, que conocí en un bar hace tres años. Gracias a mis contactos, pude hallarlo sin mucho problema, y tuve con él la conversación que oíste a medias por parte de Bellwether.

—¿A medias? —cuestionó ella.

—Le ofrecí la información y sus usos posibles, que eran los que yo había planeado, todo a cambio de una sola cosa… poder elegir el día en que pondrían su plan en movimiento, el día en que alguien que realmente me importaba estaría fuera de la ciudad, para que no se viera involucrada en lo que ocurriría. Pero hubo dos cosas que no tuve en cuenta… la escala que tendría el ataque del grupo de Gris, y el hecho de que el tren a las madrigueras saldría con demora, precisamente esa mañana —lamentó el zorro, bajando la mirada.

—Por eso fuiste esa mañana a mi departamento, ¿verdad? —preguntó ella, adivinando sus razones—. Querías asegurarte de que saliera de allí a tiempo…

—Ya no podía detener lo que había empezado. Ese recorte de audio que oíste, llegó a mi casilla de e-mail con una foto adjunta y un mensaje. En la foto… aparecías tú, y el mensaje rezaba un simple "No interfieras, o ella pagará las consecuencias".

—¿Por qué te amenazarían? ¿Qué motivos les diste para ello?

—Resulta que el grupo terrorista al que pertenece Gris, "La Familia", tenía gente suya infiltrada en el departamento de policía. Traté de enviarle un correo interno al jefe Bogo para no levantar sospechas yendo directamente a su oficina, porque no sabía si tenían micrófonos cerca de mí, pero el correo fue rechazado casi al instante, y recibí ese mensaje poco después. Si hubiera hablado… te habrían asesinado, luego a mí, y el plan de La Familia seguiría su curso. Lo único que sabía era que atacarían en el día de tu cumpleaños, pero no había forma de saber en dónde. La ciudad es bastante grande, y establecer una defensa preventiva contra un ataque cuya ubicación y escala no conocíamos era imposible.

—Sin mencionar que estamos hablando de un grupo terrorista. Tampoco había garantías de que cumplirían con la fecha acordada —acotó ella—. ¿Por qué te arrepentiste? ¿Qué fue lo que te hizo querer dar marcha atrás con todo ello?

—Fuiste tú —dijo el zorro, sin duda en su voz—. El verte darlo todo por proteger esta ciudad durante los últimos años, y pelear codo a codo contigo por ese objetivo… supongo que mi manera de pensar cambió por causa de ello —dijo él, recordando sus días de patrulla—. Lo más probable es que creas que estoy mintiendo, pero es la verdad. No hace falta más que un corazón sincero para cambiar a la gente, tú me lo enseñaste.

—Pero tal parece que eso no fue suficiente —lamentó ella, con triste mirada.

—Ya no podía retractarme. Si intentaba detenerlos, iban a matarte, pero si dejaba que todo siguiera su curso, no serías víctima de lo que harían —decía él, cerrando fuertemente sus ojos—. De haber reprimido todo ese odio, de no haber intentado buscar equilibrar la balanza por medio de ellos… nada de esto hubiese ocurrido nunca...

—¿Acaso esperabas otra cosa? —cuestionó ella, furiosa—. ¿Filtrar información como esa, a un grupo terrorista? Todos esos animales, todos… murieron por tu culpa. Yo misma estoy así por tu culpa. Y yo… ¡y yo traté de salvarte, maldición! —gritó, con lágrimas en sus ojos—. Crucé el infierno mismo con tal de salvarte, Nicholas. De verdad lo hice… ¿Qué debo hacer? ¡¿Dime que demonios debo hacer?! —exigió una respuesta, sus patas temblando mientras era presa de sus emociones.

—Puedes empezar por jalar el gatillo —dijo el zorro—. No devolverá todas las vidas que se han perdido por mi culpa, no arreglará esta situación podrida en la que te he metido… pero será un inicio. Luego, la estación de tren de Tundratown debería ser una buena opción. Si tienes suerte, y hay un tren funcional ahí, tal vez aún puedas escapar de este lugar antes de que todo termine —respondió finalmente, rendido.

Judy Hopps apretó su pata sobre la pistola de Bellwether, considerando detenidamente esa opción. Quien estaba frente a ella, su amigo, resultó ser uno de los responsables del mayor genocidio que la animalidad hubiera contemplado nunca. ¿En verdad debía hacerlo? ¿Le correspondía ser el jurado, juez y verdugo de un criminal así?

A medida que su ira menguaba, la fuerza con la que apretaba el arma también lo hacía. Si bien había acabado con la vida de muchos animales salvajes en su camino a la prisión, lo había hecho por sobrevivir. ¿Pero ejecutar a un zorro atado a una silla? No… eso no era lo correcto. Sabía bien qué era lo que debía hacer. Qué era lo que su corazón dictaba.

Y así, al posicionarse detrás del zorro, comenzó a desatar su pecho y sus patas traseras, pero no las delanteras, que seguían esposadas.

—Nicholas Piberius Wilde… quedas bajo arresto por alta traición contra los ciudadanos de Zootopia, por afiliación con el grupo terrorista conocido como "La Familia", y la responsabilidad… por miles de muertes, cuyo número exacto aún permanece sin determinar. Tienes derecho a permanecer en silencio, y cualquier cosa que digas puede, y será usada en tu contra en un tribunal —decía ella, obligándole a levantarse—. Te sacaré de esta ciudad con vida, y me encargaré de que te pudras en prisión hasta que ya no quede nada de tí. No dejaré que mueras, no sin que antes recibas el castigo que mereces —declaró a sus espaldas, sin un rastro de duda en su mirada.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó el zorro, apenas volteandose. Y un instante de silencio después, la coneja respondió.

—No te conviene que lo reconsidere —sentenció ella, empujándolo fuera de la habitación—. Andando… —ordenó, mientras poco a poco se alejaban por el pasillo, dejando atrás el cadáver de su peor enemiga.