Harry Potter: Una lectura distinta

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Piedra Filosofal

CAPÍTULO 2 El vidrio que se desvaneció

La Sala de los Menesteres desplazó el atril en el cual reposaba el pergamino hasta ubicarlo delante de Lily, lo que la sorprendió:

—Parece que me toca a mí ahora… —al abrir el pergamino, leyó—: El vidrio que se desvaneció… ¿Magia accidental?

—¿Eso fue…? —comenzó a preguntar Ron, abriendo los ojos cuan grandes eran. Harry sólo pudo mencionar:

—Es probable, hay que leerlo. Mamá, por favor —aunque le extrañaba como sonaba, le gustaba mucho poder usar las palabras Mamá y Papá.

Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores, …

—Insisto —interrumpió Dil, sonriendo—, pero las descripciones son lo mejor de lo que hemos leído.

, pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.

Tuney… —Lily rumió el apodo con el que llamaba a su hermana con rabia contenida. Harry, comprendiendo que este capítulo iba a ser duro, le apretó levemente el brazo, lo que de alguna manera tranquilizó a su madre.

Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.

¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!

—¡Hey! —exclamó Molly— ¡Esa no es forma de despertar a un niño!

—Pero así me despertabas, ¿no? —refutó Ron, a lo que su madre respondió:

—A ti porque eres de sueño pesado, ¿verdad, Hermione?

—Es verdad, amor —afirmó, dándole un rápido beso en los labios.

Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.

¡Arriba! —chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.

—¿Siempre soñabas con la moto? —se interesó Sirius.

—Me imagino, era uno de mis sueños favoritos.

—Una pregunta —Lily miró a su compadre con una mirada inquisidora, mientras se acercaba a su asiento— ¿Cuántas veces paseaste a Harry en esa moto? ¿Cuándo te lo había prohibido ex-pre-sa-men-te? —hincó su dedo en el pecho del animago con cada sílaba de la palabra. Inmediatamente, se volteó a ver a su esposo, quien la miraba con las manos en alto— Y tú, ¿se lo permitiste?

—Fueron dos o tres veces, no más —respondió Sirius, aprovechando de escurrirse mientras Lily enfrentaba a James—, ¿verdad, Cornamenta?

—Así es, Lils, sólo fueron dos o tres veces, y no fueron paseos largos, al menos se mantenían a mi vista.

—Si, claro como es tan buena —bufó la pelirroja, regresando a la lectura.

Su tía volvió a la puerta.

¿Ya estás levantado? —quiso saber.

Casi —respondió Harry

Bueno, date prisa, quiero que vigiles el bacon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.

—¡Ya va! —saltó Molly—, Harry, ¿tu tía te hacía cocinar con cuánto, diez años?

La sorpresa fue generalizada. Harry suspiró, pensando que si este capítulo narraba su día-a-día con los Dursley, sería interrumpido constantemente. Por ello tomó la palabra y dijo:

—Quisiera que entiendan algo. Como se dieron cuenta, mis tíos no fueron los seres más amorosos conmigo, por lo que hay situaciones que pueden ser, digamos que "controversiales", como eso de que ya cocinara a los diez años, o las demás cosas que puedan aparecer. Recuerden que ya es pasado y que quizás esas vivencias me ayudaron a ser quien soy hoy en día.

—Cierto —ratificó Ginny—, cuando Harry toma el control de la cocina, hace verdaderas maravillas culinarias…

—Hablando de eso —interrumpió Ron—, ¿cuándo vamos a comer?

—Considerando el ritmo de lectura —respondió la voz de la Sala—, al terminar el capítulo cinco. Dispondremos de un espacio para lo que requieran preparar.

Ron, Sirius y los gemelos suspiraron derrotados.

Harry gimió.

¿Qué has dicho? —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.

Nada, nada... El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo?

Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso.

—Harry, ¿por qué tanto desorden? —se interrumpió Lily.

—Y sobre todo arañas —le recordó Ron, a quien la mención de ese animal le había quitado el hambre.

Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormía.

Lily dejó de leer, y vió a Harry sorprendida e incluso aterrada. No podía expresar la rabia que le había generado leer esa línea. James explotó, resumiendo el sentir de muchos en la sala:

—¡Petunia Dursley! ¡Yo hubiera sabido que ibas a tratar a mi hijo así y hubiera cambiado el hechizo por uno de superpoderes que estaba en el mismo libro! Además… —se volteó a ver a sus amigos y colegas merodeadores, pero se ahorró el reclamo, recordando por qué ni Sirius ni Remus habían cuidado de Harry, pues lo habían conversado cuando ambos cruzaron el Velo en su momento.

—Dumbledore —intervino Arthur, con su voz pausada—, ¿nunca consideraste entregar a Harry a alguna familia mágica?

—No, puesto que el encantamiento implicaba entregar a Harry a algún familiar de sangre, y como sabemos, James no tuvo hermanos y la única hermana de Lily era la señora Dursley, y tanto unos como otros abuelos ya habían fallecido. Si así hubiera podido hacerse, te aseguro que ustedes los Weasley hubieran sido los primeros en ser considerados.

—Gracias por al menos haberlo pensado, Albus —le sonrió Molly.

—Igual ustedes fueron mi familia casi desde ese septiembre —le dijo Harry a Ginny en el oído, haciéndola sonreir. Suspiró y, recordando a su primo, comentó, de forma inconsciente—: Me gustaría ver el rostro de Dudley si leyera estos libros.

—¿Les gustaría que Dudley Dursley los acompañe?

Todos en la Sala se sorprendieron al oir como la tranquila voz de ésta hacía esa sugerencia. Luego de cruzar miradas, muchas llenas de malicia (especialmente de parte de James, Sirius y los gemelos), Harry tomó la palabra:

—A mí me parece que sí, ha madurado mucho, y creo que oir cómo fue mi vida le hará comprender mucho más todo.

—Muy bien —respondió la Sala—, en unos minutos llegará.

Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto. El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry, pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.

Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad.

—No es eso, hijo —comentó James—, los hombres de la familia somos así, cuando llegamos a 14 o 15 años, es cuando damos el estirón.

—Que tampoco es mucho —reconoció Sirius, ganándose un golpe de Cornamenta—, ¡Sabes que es verdad!

—¿Me dejan seguir? —llamó la atención Lily, para que luego de unos segundos, retomara la lectura.

Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.

Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago.

—¿Cómo es eso que te gustaba? —preguntó Ginny, sorprendida. Varios de los de la generación de Harry lo vieron igualmente impactados.

—Bueno —reflexionó Harry—, para ese momento no sabía realmente que significaba, sólo que estaba relacionado a mis padres, por ello me gustaba. Ya después cambió mi forma de verlo.

La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.

En el accidente de coche donde tus padres murieron —había dicho—. Y no hagas preguntas.

«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.

—¿Cómo que no haga preguntas? —exclamó Molly, molesta—. ¿Cómo le coartan la curiosidad a un niño que está creciendo?

De pronto, la profesora McGonagall le preguntó a los demás profesores:

—¿Potter les hacía preguntas a ustedes? Porque, que yo recuerde, casi nunca me preguntó en clases.

—No, que recuerde —mencionó Flitwick—, aunque siempre era de los mejores en mi clase.

—A mi tampoco me preguntaba —comentó Sprout—, las intervenciones eran más de parte de Granger y de Longbottom.

—¿Y en tu clase, Severus? —preguntó Dumbledore, mientras James y Sirius veían con mala cara a Snape.

—No —respondió, manteniendo una mirada neutra—, Potter nunca fue de intervenir, usualmente la insufrible de ese grupo era Granger.

Unos golpes, como quien toca una puerta, se dejaron escuchar.

Lily, quien había tomado aire para seguir leyendo, se vió interrumpida, y mirando a la pared frente a la chimenea, notó algo distinto:

—Esa puerta… ¿estaba ahí cuando nosotros llegamos?

Hannah, tomando la iniciativa, se levantó y abrió la puerta. Una pareja entró, sorprendida por ver tanta gente, especialmente el hombre, quien resultó ser…

—Dudley, bienvenido —Harry se separó de su madre y esposa, acercándose a su primo y su esposa—, ven, hay mucha gente que conoces y otra que quiero que conozcan. Samantha, bienvenida.

Luego de las presentaciones, y de que los Dursley fueran informados de la situación que estaban viviendo, lo que sorprendió a Dudley, aunque sin llegar a una actitud de terror o de impacto, Lily pudo seguir la lectura.

Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino.

¡Péinate! —bramó como saludo matinal.

—Imposible —comentó Sirius—, ese es otro carácter distintivo de los Potter, la pelera rebelde. Hagas lo que hagas, Cachorro, es imposible que lo controles.

—Ya sé, padrino, ya sé…

Una vez por semana, tío Vernon miraba por encima de su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A Harry le habían cortado más veces el pelo que al resto de los niños de su clase todos juntos, pero no servía para nada, pues su pelo seguía creciendo de aquella manera, por todos lados.

Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.

Todos estallaron de la risa, excepto los profesores, quienes sonreían, incluyendo un leve movimiento de la comisura de los labios de Snape, y un brillo alegre en los ojos de Dumbledore. Dil se acariciaba la barriga, y los gemelos le hacían reverencias a Harry al estilo "no somos dignos". Dudley, sorprendido a la par que incómodo, intentaba recordar cómo era a sus once años, mientras se comparaba con su primo, lo que lo hizo entristecerse; Samantha intentaba calmarlo, tomando su mano. Luego de unos minutos, Lily pudo continuar.

Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y bacon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.

Treinta y seis —dijo, mirando a su madre y a su padre—. Dos menos que el año pasado.

Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.

Muy bien, treinta y siete entonces —dijo Dudley, poniéndose rojo.

Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el bacon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.

—¿Berrinche? —exclamó Molly—. ¿Con once años? Eso parece más bien malcriadez.

Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:

Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?

—Disculpe, señora Lily —interrumpió Fred.

—Dime Lily, y tranquilo, pregúntame…

—¿Está segura que dice "pichoncito"?

—A mi me parece —completó George—, que dice es "lechoncito" …

Otro ataque de risa distendió el momento; Sirius y James chocaron las manos con los gemelos, mientras Molly negaba en silencio, aunque con una gran sonrisa.

Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.

Entonces tendré treinta y... treinta y…

—¡Y de paso le cuesta sumar! —exclamó Hermione, escandalizada.

—Se nota que no era muy inteligente —comentó Dudley, apenado. Lily siguió leyendo, antes que James, Sirius o los gemelos hicieran algún comentario.

Treinta y nueve, dulzura —dijo tía Petunia.

Oh —Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano—. Entonces está bien.

Tío Vernon rió entre dientes.

El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo.

—Una terrible crianza la que le dieron a ese niño —exclamó la profesora McGonagall, siendo secundada por todas las madres en la sala y los demás profesores. Harry vió como su primo ocultaba su rostro en sus manazas, mientras su esposa lo abrazaba.

En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.

Malas noticias, Vernon —dijo—. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo. —Volvió la cabeza en dirección a Harry.

—¿Esa señora Figg no es Arabella, la concuñada de la señora Longbottom? —preguntó McGonagall.

—Sí —respondió Dumbledore—, y para aclararle al señor Longbottom —mirando a Neville—, de su abuela Augusta.

La boca de Dudley se abrió con horror, pero el corazón de Harry dio un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido.

—Harry —reclamó Lily, mientras su hijo encogía los hombros.

—Es que es verdad, mamá.

—Lamento tanto lo que tuviste que vivir con nosotros, primo —mencionó Dudley con voz grave, intentando reprimir el pesar que lo embargaba. Había recordado todo lo que había hecho a Harry, por lo que no dejaba de mirar sus zapatos.

—Dud, ya lo hablamos —respondió Harry, acercándose a su primo y palmeando su hombro—, lo pasado es pasado; ya somos familia, has madurado y tus hijas y mis hijos son amigos. Sí, estos libros los van a dejar muy mal parados, por lo que veo, así que tómalo como lo que son, reflexiones de un niño y de lo que vivió.

—Y no de cualquier niño —comentó Ron, sonriendo—, sino del "niño que vivió" —luego de un abrazo entre los primos y aplausos por parte del resto de los presentes, la lectura siguió:

¿Y ahora qué hacemos? —preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry, como si él lo hubiera planeado todo. Harry sabía que debería sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.

—¿Qué problemas tienes con los gatos? —preguntó Hermione, viendo a su amigo con mala cara.

—Ninguno —aclaró Harry—, sólo que me hacía ver las fotos una y otra vez; aún las recuerdo.

Podemos llamar a Marge —sugirió tío Vernon.

No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.

—Ni yo la aguanto a ella —ratificó Harry. Ron abrió nuevamente los ojos y sonrió.

—¿A esa no fue la que…? —pero un codazo de Hermione y la respuesta de Harry le hizo callarse:

—Seguramente saldrá. Esperemos.

Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonto que no podía entenderlos, algo así como un gusano.

Dudley negó en silencio. Parecía sufrir cada vez más por lo que sus padres y él mismo habían hecho vivir a su primo.

¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?

Está de vacaciones en Mallorca —respondió enfadada tía Petunia.

Podéis dejarme aquí —sugirió esperanzado Harry.

—Vanas esperanzas —reflexionó Harry, ante la mirada de los mayores.

Podría ver lo que quisiera en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugaría con el ordenador de Dudley. Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.

¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? —rezongó.

—¡Vamos, Tuney! ¡Harry no iba a quemar la casa! —exclamó Lily interrumpiéndose—, Ya la hubiera quemado en algún accidente en la cocina.

No voy a quemar la casa —dijo Harry, pero no le escucharon.

—Yo lo dije… —afirmaron madre e hijo. Ambos se vieron y sonrieron.

Supongo que podemos llevarlo al zoológico —dijo en voz baja tía Petunia— ...y dejarlo en el coche...

El coche es nuevo, no se quedará allí solo...

—¿Qué? —exclamó tanto Molly cómo algunos profesores.

—¡Se preocupa más por el coche que por el niño! —bufó el profesor Flitwick.

Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.

Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que él te estropee tu día especial —exclamó, abrazándolo.

—Insisto, malcriadez al extremo —mencionó Hannah, realmente irritada. Dudley no dejaba de ver sus zapatos, a pesar que Samantha lo abrazaba. Harry notó que su primo lloraba en silencio.

¡Yo... no... quiero... que... él venga! —exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Siempre lo estropea todo! —Le hizo una mueca burlona a Harry, desde los brazos de su madre.

Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.

¡Oh, Dios!, ¡ya están aquí! —dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata. Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.

—¡Por supuesto! —criticó Molly— ¡No iba a seguir con su teatro delante de sus amigos!

—Y menos delante de Piers —aclaró Harry—. Ese era su lugarteniente. Dud —intentando involucrar a su primo, le preguntó—, ¿qué es de su vida?

—No sé —habló, aun sin levantar la mirada—, después que nos fuimos a Michigan le perdí el rastro y cuando regresamos no me animé a buscarlo.

—Vaya —exclamó Lily, para luego seguir la lectura.

Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida. A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry.

Te lo advierto —dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry—. Te estoy avisando ahora, chico: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.

No voy a hacer nada —dijo Harry—. De verdad...

Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.

—Al menos durante esos años fue así, antes de entrar a Hogwarts —aclaró Harry—, y a veces pensaba que seguía siendo así.

—¿Seguro, Harry? —lo interrogó Hermione, con cierta aprensión.

—A veces, insisto. Recuerda nuestro segundo año, el Torneo, el incidente con el ministerio…

—Ya, ya, ya entendí el punto.

El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba.

En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz». Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara. Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.

¡Tuney! —exclamó Lily, al imaginarse a su hijo pasando estas penurias. James, por su parte, respiraba pesadamente. Por otro lado, los profesores se miraban extrañados:

—¿Magia accidental? —exclamó Sprout, interesada.

—Muy seguramente —afirmó Dumbledore, interesado.

Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harry no fue castigado.

Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley lo perseguía como de costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se encontró sentado en la chimenea. Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el viento lo había levantado en medio de su salto.

—Harry —volvió a interrumpir Lily—, ¿volaste o te apareciste?

—Wow, no recuerdo realmente, pero sí sé que en un momento estaba corriendo, y en el siguiente estaba allí arriba.

—Parecía uno de esos de las películas de kung-fu —intervino Dudley, levantando el rostro. Todos pudieron ver que estaba surcado por lágrimas—, con cada paso iba escalando y escalando hasta llegar al techo.

—¿Kung-fu? —preguntó Neville, a lo que Hermione respondió:

—Es un arte marcial, una forma de pelear que tienen los muggles, que viene de China, y es muy popular en películas.

—Recordé una vez que literalmente "volé" al saltar de un columpio —mencionó soñadoramente Lily, mientras Snape, sin cambiar su rostro, se creaba la imagen mental—, tendría como ocho o nueve años, y estaba con Tuney… Fue cuando me enteré que era una bruja, gracias a Severus… ¿Te acuerdas? —le sonrió al aludido, mientras James miraba extrañado a ambos, y Harry asentía silenciosamente a Ginny, Ron y Hermione, quienes lo interrogaban con la mirada.

—Si, lo recuerdo perfectamente —respondió Snape, tratando de mantener la indiferencia en el tono de voz y en la expresión de la cara, aunque el brillo en sus ojos expresaba otro sentimiento.

Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.

Mientras conducía, tío Vernon se quejaba con tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos.

—Definitivamente, Harry… —exclamó Fred.

—… no sales de los pensamientos de tu tío —remató George.

Aquella mañana le tocó a los motoristas.

...haciendo ruido como locos esos gamberros —dijo, mientras una moto los adelantaba.

Tuve un sueño sobre una moto —dijo Harry recordando de pronto—. Estaba volando.

—Craso error, Cachorro —mencionó Sirius, a pesar de la emoción de volver a oir sobre su moto.

—No te creas que no me dí cuenta después, padrino —respondió Harry, haciéndole señas a su madre para seguir la lectura.

Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry:

¡LAS MOTOS NO VUELAN!

Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes. Dudley y Piers se rieron disimuladamente.

En la sala, los más jóvenes reían a mandíbula batiente, mientras que los profesores sólo sonreían. Dudley, por el contrario, volvía a hundir su rostro en sus manos.

Ya sé que no lo hacen —dijo Harry—. Fue sólo un sueño.

Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de cualquier cosa que se comportara de forma indebida, no importa que fuera un sueño o un dibujo animado. Parecían pensar que podía llegar a tener ideas peligrosas.

—Y no era que las podía llegar a tener —aclaró Hermione—, era que a veces las tenía.

—Pero porque las circunstancias lo exigían —le señaló Harry—. Aunque, si mal no recuerdo, algunas de esas ideas fueron de alguno de ustedes dos —y antes que Lily preguntara, le aclaró—. Mamá, seguramente, las lecturas lo van a decir. Sigamos.

Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato. Aquello tampoco estaba mal, pensó Harry, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.

—¡Por Merlín, Harry! —exclamó Dil, tratando de aguantar la risa—, ¡qué imaginación!

Los demás dieron la razón a la hindú, con grandes sonrisas.

Fue la mejor mañana que Harry había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegarle a él. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.

—¡¿No te había comprado nada de comer?! —gruñó James, secundado por Sirius. Harry sólo alzó los hombros, respondiendo sin emitir palabra. Como no pudo quitar la mirada grave de su padre y padrino, tuvo que admitir:

—Bueno, papá… Me compró una galleta de las más pequeñas. Y como Dudley dejó casi todo el bocadillo, fue como si hubiera comido completo.

—Igual, Harry —intervino Molly, igualmente molesta—, todos debieron comer porciones iguales.

—Pero con el tío Vernon eso era más que improbable.

—Realmente —afirmó Dudley, sintiendo sin ver cómo lo fulminaban con la mirada—. Lo siento, señor papá de Harry.

—Ya, James, déjalo —advirtió Lily antes de seguir la lectura.

Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar.

Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida.

—Realmente grande —aclaró Harry—, aunque también me parece que exagero.

—¿Cuándo no, compañero? —exclamó Ron, ganándose una mirada agria de su amigo y cuñado.

Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.

Haz que se mueva —le exigió a su padre.

—Capaz y le hace caso —dijo Ginny, haciendo sonreir a Harry.

Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.

—¡No me digas! —se sorprendieron las mujeres Weasley, y Molly remató diciendo—: Por eso es que está malcriado, si los padres no imponen límites.

—Reconozco que era así, pero cambié, sólo espero que no haya sido demasiado tarde.

—Claro que no fue tarde, amor —le respondió Samantha, besándolo en la mejilla y renovando su abrazo.

Hazlo de nuevo —ordenó Dudley.

Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.

Esto es aburrido —se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.

Harry se movió frente al vidrio y miró intensamente a la serpiente. Si él hubiera estado allí dentro, sin duda se habría muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlo: al menos, él podía recorrer el resto de la casa.

—Harry… —empezó a reclamar Lily, pero su hijo le interrumpió.

—En ese momento era lo que sentía, ¿sí? Y es verdad, estaba compadeciendo a la serpiente.

De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry.

Guiñó un ojo.

Harry la miró fijamente. Luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo observaba. Nadie le prestaba atención. Miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo.

La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente:

Me pasa esto constantemente.

Lo sé —murmuró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo—. Debe de ser realmente molesto.

—¡Momento! —interrumpió Sirius, resumiendo la sorpresa de casi todos en la sala—, ¿le hablaste a la serpiente? ¿En pársel?

—Es probable —respondió Harry—, cada vez que intento recordarlo dudo si lo hice realmente en pársel o fuera mentalmente, o que hablaba en nuestro idioma y ella me entendiera, no sé.

La serpiente asintió vigorosamente.

A propósito, ¿de dónde vienes? —preguntó Harry.

La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad.

«Boa Constrictor, Brasil.»

¿Era bonito aquello?

La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó: «Este espécimen fue criado en el zoológico».

Oh, ya veo. ¿Entonces nunca has estado en Brasil?

Mientras la serpiente negaba con la cabeza, un grito ensordecedor detrás de Harry los hizo saltar.

—¡Vamos! —exclamó Neville, sorprendido— ¡Ya van a fastidiar!

Harry afirmó con la cabeza, mientras Ron y Hermione, a quienes le había mencionado el episodio de ese día, esperaban emocionados oir todos los detalles.

¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!

Dudley se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.

Quita de en medio —dijo, golpeando a Harry en las costillas.

—Y ese dolor me duró fácilmente una semana —reconoció Harry.

—Lo siento —se oyó nuevamente la voz de Dudley.

Cogido por sorpresa, Harry cayó al suelo de cemento. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante siguiente saltaron hacia atrás aullando de terror.

Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido.

—¡Vaya, Potter! —exclamó McGonagall, entre el aplauso de todos los jóvenes en la sala—, ¡ese si que fue un episodio de magia accidental poderosa!

—Verdaderamente —expuso Flitwick—, y combinado con el uso del pársel, debo decir que nunca había visto tamaño despilegue.

Quizás yo lo llegué a ver indirectamente con Tom —pensó Dumbledore, pero no dejó que sus pensamientos se materializara en palabras.

La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.

Mientras la serpiente se deslizaba ante él, Harry habría podido jurar que una voz baja y sibilante decía:

Brasil, allá voy... Gracias, amigo.

El encargado de los reptiles se encontraba totalmente conmocionado.

Pero... ¿y el vidrio? —repetía—. ¿Adónde ha ido el vidrio?

—A donde van todos los objetos desaparecidos —indicó Harry, recordando la respuesta a la pregunta que la puerta de la sala común de Ravenclaw le hizo a él y a Luna en los minutos previos a la Batalla de Hogwarts—, es decir al todo.

—Nunca mejor expresado, Potter —aplaudió Flitwick, ante la mirada emocionada de McGonagall.

El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Piers y Dudley no dejaban de quejarse. Por lo que Harry había visto, la serpiente no había hecho más que darles un golpe juguetón en los pies, pero cuando volvieron al asiento trasero del coche de tío Vernon, Dudley les contó que casi lo había mordido en la pierna, mientras Piers juraba que había intentado estrangularlo. Pero lo peor, para Harry al menos, fue cuando Piers se calmó y pudo decir:

Harry le estaba hablando. ¿Verdad, Harry?

—¿Nadie pudo callar a ese crío? —exclamó Sirius, a lo que Harry sólo negó con la cabeza, indicándole a su madre para que continuara.

Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harry. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar.

Ve... alacena... quédate... no hay comida —pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy.

—¡Ya va! —interrumpió nuevamente James, entre las exclamaciones de los mayores— ¿Te castigaron sin comer? ¿Por cuánto tiempo?

—Fue bastante largo el castigo, creo que dos o tres semanas —respondió Harry, intentando sonar relajado, aunque sabía que sus padres y padrino, además de Lupin, los patriarcas Weasley y varios profesores, estaban escandalizados por el castigo.

—¡Tres semanas sin comer! —ladró, literalmente, Sirius, a lo que Lily, tratando de calmarse, dijo:

—Espera, oye esto:

Mucho más tarde, Harry estaba acostado en su alacena oscura, deseando tener un reloj. No sabía qué hora era y no podía estar seguro de que los Dursley estuvieran dormidos. Hasta que lo estuvieran, no podía arriesgarse a ir a la cocina a buscar algo de comer.

—Igual, Lils —exclamó James—, no entiendo como nuestro hijo tenía que salir a medianoche a buscar comida como un ladronzuelo. Lástima que no pueda decirle sus cuatro verdades en la cara a Dursley o a tu hermana.

—¡Esos eran los ruidos que escuchaba! —comentó Dudley, estirándose nuevamente en su asiento—, como mi cuarto está sobre la cocina, a veces llegué a escuchar algo de ruidos.

Había vivido con los Dursley casi diez años, diez años desgraciados, hasta donde podía acordarse, desde que era un niño pequeño y sus padres habían muerto en un accidente de coche. No podía recordar haber estado en el coche cuando sus padres murieron. Algunas veces, cuando forzaba su memoria durante las largas horas en su alacena, tenía una extraña visión, un relámpago cegador de luz verde y un dolor como el de una quemadura en su frente.

—¡Por Merlín, Harry! —exclamó Lily al borde de las lágrimas luego de leer este párrafo.

—Quizás era lo único que era realmente mío, mamá. Que es doloroso, por supuesto, pero era lo único que era mío.

Aquello debía de ser el choque, suponía, aunque no podía imaginar de dónde procedía la luz verde. Y no podía recordar nada de sus padres. Sus tíos nunca hablaban de ellos y, por supuesto, tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de ellos en la casa.

Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscarlo para llevárselo, pero eso nunca sucedió: los Dursley eran su única familia. Pero a veces pensaba (tal vez era más bien que lo deseaba) que había personas desconocidas que se comportaban como si lo conocieran. Eran desconocidos muy extraños.

—Magos, seguramente —comentó Hagrid, tratando de secarse las lágrimas con un pañuelo del tamaño de un mantel para una mesa pequeña.

—Con el tiempo comprendí que sí —aclaró Harry—, eran magos y brujas.

Un hombrecito con un sombrero violeta lo había saludado, cuando estaba de compras con tía Petunia y Dudley. Después de preguntarle con ira si conocía al hombre, tía Petunia se los había llevado de la tienda, sin comprar nada. Una mujer anciana con aspecto estrafalario, toda vestida de verde, también lo había saludado alegremente en un autobús. Un hombre calvo, con un abrigo largo, color púrpura, le había estrechado la mano en la calle y se había alejado sin decir una palabra. Lo más raro de toda aquella gente era la forma en que parecían desaparecer en el momento en que Harry trataba de acercarse.

En el colegio, Harry no tenía amigos. Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba a aquel extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada y sus gafas rotas, y a nadie le gustaba estar en contra de la banda de Dudley.

—Y así termina este capítulo —Lily tenía los ojos llenos de lágrimas, y al apenas soltar el pergamino, abrazó a su hijo, diciéndole al oído—: mi niño, cuánto sufriste… Cómo quisiera que no hubiera pasado.

—Está bien, mamá, está bien…

El atril se desplazó hasta el asiento de la profesora McGonagall, quien, al ver el título del siguiente capítulo, sonrió.


Buenos mediodías desde San Diego, Venezuela! Por poquito y no les cumplo, y apenas es el capítulo tres... Pero sí, aplicando un poco de artes oscuras, algo de las artes místicas del Doctor Strange (aunque sea de otro fandom), y mucho de La Fuerza, aquí les traigo el segundo capíulo del libro, con unos nuevos invitados... ¿será que llegarán más personas? ¿Qué creen o prefieren ustedes? Déjenme saberlo en los comentarios para ver qué se puede hacer, jejejejejejeje... Salud y saludos!