Harry Potter: Una lectura distinta
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Piedra Filosofal
CAPÍTULO 3 Las cartas de nadie
El atril se desplazó hasta el asiento de la profesora McGonagall, quien, al ver el título del siguiente capítulo, sonrió.
—"Las cartas de nadie".
—¡Vaya días! —exclamó Harry sonriendo—. Seguro va a ser divertido cómo se vivió ese momento.
—Esperen —preguntó Dil—, antes de comenzar, ¿será que puedo ir al baño?
—Por supuesto, señora Sadjib —sonrió Dumbledore, y al instante se materializó un área en la sala, con dos puertas, y a su vez otra, en la pared opuesta con una única puerta. La voz de la Sala anunció:
—Hemos dispuesto el área de servicios y el área de cocinas, para que puedan satisfacer las necesidades propias que se presenten.
—Mientras Dil viene —indicó Harry—, ¿podemos buscar algo de agua o jugo de calabaza?
Con la aprobación general, y tras la aparición de una mesa auxiliar, Lily, Molly, Hermione, Ginny, Hannah, Harry y Ron entraron a la cocina, que a Harry se le pareció muchísimo a la de Grimmauld Place. Luego de buscar dos jarras de jugo de calabaza, dos de agua y suficientes copas, regresaron a la sala, donde Dil, ya más tranquila y la profesora McGonagall, con el pergamino del capítulo en la mano, esperaban junto con los demás para dar inicio de la lectura.
La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.
—¿Estamos hablando de cuánto tiempo, hijo? —preguntó James, intentando no volverse a molestar.
—Ya lo dije, creo que tres o cuatro semanas. Lo de la comida sólo duró una semana.
—Menos mal —exclamó Molly, aún molesta por el castigo tan largo. Dudley, mientras tanto, negaba arrepentido de todo lo que había hecho en esos días.
Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe. Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry. Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo.
—¡Claro! —exclamó Ron—, ¡"las cartas de nadie", no! ¡Las cartas de Hogwarts!
—Pero, ¿por qué "las cartas"? —preguntó Neville, extrañado, al igual que Hannah y algunos Weasley.
—Ya vas a ver. Siga, profesora —solicitó Harry.
Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido.
—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día —dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?
—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.
—Harry… —exclamó Fred, levantándose.
—… ¡No somos dignos! —completó George, inclinándose junto a su hermano ante el sorprendido Harry.
—¡Fred y George! —reclamó Molly, sonriendo.
—Y realmente lo vine a comprender mucho después —comentó Dudley, mientras depositaba una copa en una mesa auxiliar frente a los asientos que ocupaba junto a su esposa.
Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg.
Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.
—¡Harry! —reclamó Lily, aunque sonreía.
—¡Era verdad, mamá! —se justificó—, te aseguro que, si Remus la probaba, iba a estar de acuerdo conmigo.
Lupin volteó a ver a Harry, sorprendido de su comentario.
Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían.
—Qué hermoso se vería —comentó Ginny, con tono de absoluto sarcasmo, lo que provocó risas en sus hermanos.
Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura. Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.
—Realmente me dolieron por un buen rato —comentó Harry, mientras James y Sirius negaban, lo que no escapó al hijo/ahijado—. ¿Qué fue?
—Esos son los momentos en que un comentario chistoso, como el de los inodoros, se hacen no necesarios sino indispensables —aclaró James.
A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.
—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.
—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.
Harry volvió a mirar en el recipiente.
—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.
—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.
—Lo dudo, Harry —comentó Neville—, si son ropas viejas de tu primo y de paso teñidas, ibas a parecer que llevabas puestos pedazos de piel de un elefante viejo.
Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.
—Caray, Neville —exclamó Ron—, pensaste igual que Harry.
Y por la afirmación de varios en la sala, habían tenido el mismo pensamiento.
Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.
Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.
—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.
—Que vaya Harry.
—Trae las cartas, Harry.
—Que lo haga Dudley.
—Pégale con tu bastón, Dudley.
Harry esquivó el golpe y fue a buscar la correspondencia.
—Fue realmente rápido —comentó Dudley, recibiendo de vuelta las miradas agrias de los Merodeadores y de buena parte de los Weasley. Inmediatamente volvió a agachar la mirada.
Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.
—¡La carta de Hogwarts! —exclamó James, arrancando las risas de muchos en la sala.
—El momento más esperado —comentó Hannah, sonriendo al recordar su primera carta de Hogwarts.
—O el más sorprendente —reflexionó Hermione—, cuando eres nacido de muggles.
Dil veía ese intercambio entre divertida y extrañada, por lo que Ginny le preguntó:
—Dil, ¿en tu caso cómo hicieron? ¿A ustedes les enviaban cartas desde Humstall?
—¿No se los comenté cuando nos conocimos? —ante la negativa de Ginny, Neville y Hannah, siguió—: Mi primer año lo hice en Bombay, India, y fue bastante complicado, porque se suponía que por ser mujer y no de la casta bramhánica no tenía derecho a la educación mágica; por eso, al terminar ese año migramos a Inglaterra y tuve que presentar un examen de suficiencia en Humstall para validar mi primer año y quedar en segundo.
Todos en la sala se sorprendieron. McGonagall aprovechó el silencio incómodo para seguir leyendo.
Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.
Señor H. Potter
La Alacena Debajo De La Escalera
Privet Drive, 4
Little Whinging
Surrey
—Imposible equivocarse, ¿no, Dumbledore? —sonrió Lily.
—La pluma mágica que llena estas cartas es infalible —respondió en su lugar McGonagall.
El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.
Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.
Con la mención de cada animal, representante de cada casa, gritos y alboroto se oían en la sala, especialmente de parte de los Gryffindor y Hufflepuff, puesto que los únicos representantes de Ravenclaw y Slytherin eran Flitwick y Snape.
—¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.
—Si eso fue un chiste… —inició Fred.
—… debimos rescatar a Harry mucho antes —remató George, lo que llamó la atención de James y Lily.
—¿Cuál rescate?
—Mamá, seguramente se narrará más adelante. Sigamos.
Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.
—Cachorro, —observó Sirius, al borde del suspenso— ¿por qué no abriste tu sobre afuera? En el pasillo, en tu alacena, lejos de las miradas indiscretas.
—Realmente no lo pensé, estaba realmente sorprendido que alguien me escribiera.
Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.
—Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.
Ojalá hubiera sido antes de su visita dos años después. Pensó amargamente Harry mientras se leía esta línea.
—¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!
—¡No! —exclamaron varios, siendo los más encendidos James y Sirius. Harry, Lily y los profesores negaron desaprobatoriamente. Dudley también, aunque por la pena que le daba su comportamiento de esos tiempos.
Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.
—¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.
—¡Dale su carta, morsa con bigotes! —gritó James.
—¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.— ¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.
—Los reyes del drama, definitivamente —exclamó Lily, con mucha molestia.
Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.
—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!
—¡Vamos, Tuney! —explotó Lily—. ¡No seas exagerada! ¡Tú sabías de las cartas de Hogwarts!
—Tú misma lo dijiste, mamá, son los reyes del drama.
Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.
—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.
—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.
— Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.
Harry no se movió.
— ¡QUIERO MI CARTA! —gritó.
— ¡Déjame verla! —exigió Dudley.
—¡Dásela, morsa con bigotes! —exclamó James, desencajado. Harry bufó y le recordó:
—Papá, ya eso pasó. Me encanta que me defiendas, de verdad, pero dudo que gritando y pataleando logres algo.
James, quien se había levantado, sonrió apenado y volvió a sentarse, indicando a la profesora McGonagall para que siguiera leyendo.
—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.
Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.
—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?
—No vigilando —comentó Dumbledore—, pero la pluma mágica tiene tal poder y alcance que puede ubicar al niño mago donde esté al momento que se le envíe la carta.
—¿Por eso, cuando yo estaba en La Madriguera me llegaba la carta allá?
—Así es, señor Potter, igual que cuando estuvo en Grimmauld Place.
—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.
—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...
—Ni porque quisieran, Harry iba a dejar de asistir a Hogwarts —recalcó McGonagall, y los demás profesores, excepto Snape, aprobaron ese comentario.
Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.
—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...
—Pero…
—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?
—¿Vió, Dumbledore? —McGonagall tenía una mirada de triunfo al girarse a ver al director—, ¿Qué lo de la carta no iba a funcionar?
—Ya veo que fue mala idea —reconoció Albus, con su mirada alegre—, debimos haberlos despertado y hablar personalmente con ellos. Lo noté casi desde que comenzamos a leer.
Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.
—¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?
—Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.
—No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.
—¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo.
—¡Vamos! —exclamó Ron—, ¡más arañas!
Y pensar que apenas estamos mencionando las caseras, y no las del tamaño de Aragog —recordó Harry apesadumbrado por la fobia de su cuñado. Fred, entristecido, bajo la mirada para no ver la palidez en el rostro de su hermano.
Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.
—Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley.
—¿Por qué? —dijo Harry.
—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Lily, otra vez molesta con su hermana y cuñado—, ¡Lo hicieron dormir en una alacena teniendo Dudley dos habitaciones disponibles!
La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél.
—Lo que decía —machacó Lily, a lo que Harry mencionó:
—Bueno, si no hubiera sido por ese movimiento, hubiera tenido muchos problemas posteriormente —y ante la mirada severa de sus padres, sólo dejó caer—, seguro va a leerse, no desesperen.
En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.
Hermione y Flitwick se escandalizaron por los libros, pero no comentaron nada. Los demás comentaban en susurros acerca del montón de juguetes y aparatos apenas usados por el primo de Harry.
Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.
—No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo...
Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.
—Una sensación comprensible, sin dudas —indicó Remus. Dudley abrió la boca para volver a disculparse, pero una mirada de Harry, y su gesto, le hicieron mantener el silencio.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación.
—Malcriadez activada —gruñó Molly, lo que confirmaron Lily, Hermione, Ginny, Tonks y Hannah.
Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente.
Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley.
—¡Qué milagro! —dijo Arthur— ¡Lo mandó a hacer algo!
Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.
—¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive.
Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello.
—Parece que hubieras estado entrenando —se sonrió Ron, a lo que Harry y Hermione, al recordar, se rieron. Lily, sorprendida, preguntó:
—¿Entrenando para qué, hijo?
—Seguramente sale, mamá; si no, se lo contamos.
Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón,
—Incluyéndome —mencionó Dudley—. Nunca supe cómo, pero terminé con par de golpes en la espalda.
…tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.
—Vete a tu alacena, quiero decir, a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley… Vete... Vete de aquí.
Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.
—Y lo más seguro —anunció Hermione—, es que el primer plan de Harry falle.
—¿Tan poca fe me tienes, Hermione? —preguntó Harry, bajo la mirada feroz de padres y padrino.
—Es que cuando te conocí era raro que algún plan te funcionara; eran exitosos cuando nosotros —señalándose a ella misma y a Ron— aportábamos ideas.
—Si acaso fallaban —intervino Ron—, y asumías el modo líder, terminaban siendo exitosos.
—Ciertamente, Harry —intervino Dumbledore, sonriendo—, la señora Granger-Weasley tiene razón.
El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.
Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.
—¡AAAUUUGGG!
Todos en la sala saltaron de sus asientos, sorprendidos, pues la profesora McGonagall había hecho el ruido tal si hubiera recibido un golpe en el estómago.
Luego de unos segundos de incertidumbre, todos, comenzando por los gemelos, James y Sirius, echaron a reir escandalosamente. Unos minutos después, se retomó la lectura.
Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!
Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío. Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer.
—Primer plan, fallado —ratificó Hermione, bajo las risas de los jóvenes, incluyendo a Dudley, y la mirada severa de Harry.
Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té. Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.
—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos.
—¿Profesor? —preguntó Neville sorprendido—, ¿mientras más tarden en responder, más cartas llegan en cada envío?
—Así es, señor Longbottom —afirmó Dumbledore.
Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.
—¿Te das cuenta? —explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.
—No estoy segura de que esto resulte, Vernon.
—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.
—Eso es correcto, cuñado —comentó sarcásticamente James, con la venia de Lily—, gracias a los Grandes Magos que no somos como ustedes.
El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.
Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba de puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.
—Ya está en modo paranoico —indicó Bill.
—Casi, pero no —corrigió Harry—, todavía no lo está.
El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.
—¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba Dudley a Harry, con asombro.
—¡Por favor! —exclamó Lily—. ¿Por qué no le preguntaste a tu perfecta madre, que sabe de dónde vienen las cartas? ¡Tuney sabe perfectamente que esas cartas son de Hogwarts!
Dudley se sorprendió por el comentario de su tía, pero no comentó nada.
La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.
—No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...
—No llegará el correo muggle —corrigió Hermione—, pero el mágico sí llega los domingos.
—Y más el correo de Hogwarts —ratificó Hagrid.
Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.
—Instinto de buscador —sonrió James, mientras Lily veía a su esposo y su compadre celebrar y negaba, sonriendo a su vez. Cuando se calmaron, siguió la lectura.
—¡Fuera! ¡FUERA!
Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor. Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.
—¿Cuántas enviaron, profesor? —preguntó Dil, divertida por el relato.
—Creo suponer que unas 50 o 60 cartas —respondió Dumbledore, alegre—. Como bien supuso el señor Longbottom, mientras más se tarde la respuesta de la carta, más cartas se envían.
—E imagino —interrumpió Flitwick—, que en el caso del señor H. Potter —sonrió—, las circunstancias especiales hicieron que se incrementara el número mucho más con cada envío.
—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!
Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo.
—Ahora sí parece que se desató el modo paranoico —indicó Charlie, imaginando la escena.
—Casi, casi; lo que le falta es nada —sonrió Harry al recordar las peripecias vividas ese día. Dudley también sonrió, aunque fue una sonrisa agridulce.
Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.
Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.
—Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.
No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.
—Aunque el niño es malcriado, ninguno de los dos merece pasar un día así —reflexionó Molly, apenada y molesta a partes iguales.
Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber...
Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.
—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.
Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:
Señor H. Potter
Habitación 17
Hotel Railview
Cokeworth
—Definitivo —mencionó Arthur—, a usted no se le escapa nada, Dumbledore.
El director sólo sonrió. McGonagall siguió la lectura.
Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada.
Misma mirada que muchos le daban en la Sala al pergamino en las manos de McGonagall. El resto veía con una mezcla de rabia y pena a Dudley, quien había vuelto a agachar su mirada.
—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.
—¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha.
Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.
—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.
—Ahora sí que tiene el modo paranoico activo —insistió Bill, secundado por Charlie.
—Veremos, veremos —les mencionó misteriosamente Harry.
Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.
Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.
—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.
Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry. Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.
—Muchísimo menos en el mundo mágico —ratificó Ron, a lo que todos en la sala asintieron sonriendo, aunque una sombra de malestar pasó por la mirada de James, Lily, Sirius y Remus, al recordar lo que apenas se acababa de leer: Sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos.
Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.
—¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!
Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.
— ¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!
—Ahora sí está en modo paranoico —le dijo finalmente Harry a los hermanos mayores de Ron y Ginny.
—¡Por supuesto! —exclamó James—, ¡secuestrar dos días a su familia, pensar en llevarlos a una casucha en medio del mar, en una noche que augura tormenta, y en vísperas del cumpleaños número once de mi hijo!
Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.
—Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!
En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.
—Uno de los peores viajes que he hecho en mi vida, se lo aseguro —comentó Harry—, puedo jurarles que el frío en los huesos me duró un buen tiempo.
—Yo también pienso igual —comentó Dudley, con la mirada baja—, aunque en aquel momento no pareciese sino un crío consentido, yo también lo pasé horrible en ese viaje.
Nadie comentó, lo que aprovechó McGonagall para seguir leyendo.
El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda.
Sólo había dos habitaciones.
La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.
—Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.
Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.
—Señoras y señores —anunció Ron, muy protocolarmente—, permítanme presentarles a Harry Potter, el pensador fatalista.
Harry negó con la cabeza, pero Hermione atajó la negativa:
—Sabes que mientras estudiamos, muchos de tus pensamientos eran así, negativos y hasta catastróficos.
—Por eso, Hermione —admitió Harry—, porque sé que llegué a pensar muchas veces lo peor de las situaciones. Y es que siempre había sido así con mis tíos, todo negatividad.
Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.
La mayoría de los presentes en la Sala se quejaron ruidosamente, mientras Harry bajaba la mirada. Ginny le tomó la mano, dándole ánimos. Así mismo hizo Samantha, al tomar la mano de Dudley, quien no había vuelto a subir su mirada desde el inicio del capítulo.
La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir.
Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.
—Más cerca de lo que creías —comentó Hagrid, sonrojándose.
Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.
—No, Harry —explicó Dumbledore—, como la pluma mágica ya detectó que no estás en tu casa, ubica automáticamente dónde estás y envía la carta directamente a la nueva dirección.
Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?
Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo...
—Dime que lo hiciste —preguntó James, secundado por Sirius, mientras Lily los veía resignada.
—No, papá —respondió Harry, sembrando la decepción en los merodeadores—, pasó algo mejor. Profesora, siga, por favor.
tres... dos... uno...
BUM.
Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando.
—¿En plena tormenta? —preguntó Neville, sorprendido.
—Lo sabremos en el próximo capítulo —indicó la profesora McGonagall, dejando el pergamino en el atril, que se ubicó delante de Hagrid.
Buenos días desde San Diego cumpleañero, Venezuela! Hoy, el pueblo que me recibió hace casi 34 años (que se dicen fácil, pero no lo es), cumple 324 años de ser Parroquia Eclesiástica, una de las más longevas de Venezuela. Y este capítulo de hoy me gusta por la interacción que hay (creo que va bastante bien, no sé que opinan ustedes)... Se viene el que a mi parecer es uno de los tres mejores capítulos de este primer año (para ustedes, ¿cuáles serían?). Gracias a lavida134 por sus reviews (qué bien que también seas usuario de La Fuerza; y respecto a lo otro, ya veremos, recuerda el contexto temporal en el que me estoy moviendo en este relato, que publico todos los domingos su capítulo nuevo), y también a todos quienes siguen esta locura y las demás locuras que publico... Salud y saludos!
