Harry Potter: Una lectura distinta

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Piedra Filosofal

CAPÍTULO 5: El callejón Diagon

Hagrid colocó el pergamino en el atril y éste, silenciosamente, se desplazó hasta colocarse delante del propio Harry. Éste se sorprendió al ver el título del capítulo, sonrió y anunció:

—"El Callejón Diagon" —Todos se imaginaron un día interesante de compras. Sonrieron, al igual que el propio Harry, y así pudo iniciar su lectura:

Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.

«Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»

—No sé si me creerán, —comentó, deteniendo su lectura—, pero se siente raro leer lo que uno pensó en ese momento, o en cualquier otro de estos libros. Sobre todo, porque, como lo comenté en su momento, muchos de mis pensamientos se sienten como desgraciados o trágicos.

Muchos en la Sala asintieron en silencio.

Se produjo un súbito golpeteo.

«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado. Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito...

Toc. Toc. Toc.

Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.

Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.

Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.

—Realmente fue una sensación grandiosa —recordó Harry—, tanto que después la usé.

Lupin sonrió al recordar las clases anti-dementores que le había dado a Harry. Lily y James pasaron su mirada entre su hijo y el merodeador, pero al no tener respuestas, prefirieron no hablar.

Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.

No hagas eso.

—Hay que pagarles, Harry —mencionó Hermione, a lo que le respondió el aludido:

—En ese momento no lo sabía, recuerda.

Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.

¡Hagrid! —dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una lechuza...

Págale —gruñó Hagrid desde el sofá.

¿Qué?

Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.

El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con contenidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té...

—Y otras cosas que no se mencionan, pero que realmente están vivos —sonrió Harry, al recordar que estuvo a punto de que uno de los lirones en los bolsillos del abrigo lo mordiera.

Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.

Dale cinco knuts —dijo soñoliento Hagrid.

¿Knuts?

Esas pequeñas de bronce.

Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Y salió volando por la ventana abierta.

—Y esa fue tu primera experiencia pagando el periódico —sonrió Lily, al oir cómo su hijo comenzaba a descubrir el mundo mágico, de una manera distinta a como ella, gracias a Severus, lo fue descubriendo con tiempo.

Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.

Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.

Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.

—Típico —gruñó Neville—, apenas tiene alguna sensación de alegría y ¡Puf!, se acaba.

—Y me ocurría casi siempre —asintió Harry, con tono sombrío. Suspiró y siguió leyendo.

Mm... ¿Hagrid?

¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosales botas.

Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.

No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?

Pero si su casa fue destruida...

¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, frías no están mal, y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.

—Te habíamos dejado una bóveda, que era para tus gastos escolares —mencionó James, como si no le diera importancia—, tres con dinero en efectivo y dos de alta seguridad con los tesoros familiares, aparte de acciones en empresas y ya no recuerdo que tanto.

—Aparte de las cinco bóvedas de máxima seguridad de los Black —remató Sirius. Todos los que desconocían esa información estaban sorprendidos, especialmente los Weasley y Dudley, quien no conocía el poder económico de su primo dentro del mundo mágico

—Sí, papá y padrino, cuando cumplí los 18 me dieron todo el acceso a esos bienes.

—¿Por qué no a los 17? —preguntó Bill, para luego recordar—… Claro, ese año estuviste de misión.

Ante la pregunta silenciosa de Lily, Harry sólo respondió:

—Eso seguramente se narrará, mamá. Sigo leyendo.

¿Los magos tienen bancos?

Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.

Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.

¿Gnomos?

Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los gnomos, Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts —Hagrid se irguió con orgullo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.

—Cualquiera puede confiar en ti, Hagrid —le mencionó Hermione, y tanto Ron como Harry, además de los profesores pasados y presentes de Hogwarts asintieron, provocando que el aludido se sonrojara.

Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.

¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry; mirando alrededor, buscando otro bote.

Volando —dijo Hagrid.

¿Volando?

Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.

Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.

Todos rieron al crearse la imagen mental, al imaginarse lo que hubiera podido llevar al semigigante hasta la isla. Harry, luego de las sonrisas, comentó:

—¿Ven? No es nada sencillo.

—Dudley —preguntó Neville, interesado—, ¿cómo regresaron ustedes?

—Creo que a eso de mediodía, el viejo que le había alquilado la cabaña a mi papá regresó a buscarnos, pero no recuerdo más.

Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?

Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia.

—Harry… —intentó reclamar Lily, pero estaba divertida de cómo su hijo estuvo interesado en ver magia, por lo que lo volvió a abrazar y besar cariñosamente.

Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.

¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? —preguntó Harry.

Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba— …Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad. Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.

—Lo de los dragones lo descubrimos de mala manera —comentó Ron, sonriendo. Charlie frunció el ceño, pero no comentó nada.

Harry permaneció sentado pensando en aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las dejaran tranquilas cuando hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.

El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.

¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.

Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.

Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?

—Bueno —intervino Bill, mirando cauteloso a Percy—, en aquel momento, más estorbo que otra cosa…

—Actualmente —interrumpió Percy, tomando aire—, gracias a los esfuerzos que en estos 21 años hemos hecho personas como Kingsley, papá, Harry, Ron, Hermione y mi persona, se han logrado muchos cambios. Por ejemplo…

—Perce —cortó George, ganándose una mirada reprobatoria de su madre y hermano—, no necesitamos saberlo.

—Sí —completó Fred—, recuerda que vinimos por Harry, ¿o no?

Percy sólo pudo suspirar, y entre las sonrisas de buena parte de la Sala, Harry continuó la lectura.

Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.

¿Por qué?

¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.

—Totalmente de acuerdo —intervino Tonks, apoyada en el hombro de Remus.

En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle. Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:

¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?

—Hagrid —reclamó la profesora McGonagall—, no debió hacer eso.

—Cierto, profesora, discúlpeme.

—Tranquilo, Rubeus —sonrió Dumbledore.

Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Gringotts?

Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.

¿Te gustaría tener uno?

Quiero uno desde que era niño... Ya estamos.

—Por esos comentarios es que uno se puede meter en problemas —reflexionó Ron, relacionando los acontecimientos que vivieron en ese primer año.

—Cierto, Hagrid —coincidió Hermione—, cualquiera pudo haberte oído.

Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dinero muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes.

La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.

—¿Todavía? —exclamó Sirius, sorprendido—. ¡Si eso lo comenzaste a tejer en nuestro segundo año!

—Y lo sorprendente es que lo llevara encima —ratificó James, también impresionado.

¿Todavía tienes la carta, Harry? —preguntó, mientras contaba los puntos.

Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.

Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que necesitas.

Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

—Que terminó quedando para ocasiones especiales, como los banquetes de inicio o final de año —recordó Hannah, sonriendo.

—Creo que el único año que lo usamos a diario fue en primero —complementó Hermione.

Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

El libro reglamentario de hechizos (Año 1), Miranda Goshawk.

Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

Teoría mágica, Adalbert Waffling.

Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS ALUMNOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

—Ciertas excepciones aplican —se interrumpió Harry, sonriéndole a la profesora McGonagall.

—¿Y eso, hijo? —preguntó James—, porque siempre se lo comentamos a Dumbledore.

—Seguramente se dirá algo más adelante, papá. Sigamos.

¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se preguntó Harry en voz alta.

Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.

—Y si no sabes, te llevan —comentó Hermione, recordando su propia primera visita al Callejón Diagon.

Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria.

—Ya hasta temo preguntar —comentó Lily, suspirando.

—Es verdad, mamá, era mi primera visita a Londres. Al menos la que yo recordara. Porque ustedes nunca me llevaron, ¿o sí?

—No, —reconoció triste James—, nunca pudimos llevarte.

Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.

No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —comentó, mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.

Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él.

Un coro de carcajadas se escuchó en la sala.

Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de magos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley? Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.

Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.

Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían.

—De hecho, es así, Harry —comentó Remus.

—Sí, así me di cuenta todas las veces que he ido desde esa vez.

—Una especie de Fidelio donde sólo los magos y los muggles autorizados pueden verlo —comentó Hermione, dándole la razón a Dudley, quien asentía violentamente.

Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.

Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado.

—Famoso en el mundo mágico —mencionó Arthur.

—Y ahora está mucho mejor —comentó Neville, orgulloso del cambio que le había dado Hannah desde que lo había recibido como regalo de bodas por parte de Harry y Ginny. Abrazó y besó a su esposa en la mejilla, haciéndola sonrojar.

Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:

¿Lo de siempre, Hagrid?

—Hidromiel con especies, si mal no recuerdo —comentó Hannah, sonriendo a su vez. Hagrid sonrió de vuelta, sonrojándose.

—Tienes buena memoria, Hannah.

—Sabes que siempre tendré para ti la mejor hidromiel con especies del callejón —le respondió, aunque también se lo decía a su esposo—, incluso mejor que la de Las Tres Escobas.

Luego de algunas miradas inquisidoras, a las cuales los Longbottom rehuyeron, Harry siguió.

No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.

Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede ser...? El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio—. Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Potter... todo un honor.

—Profesor —preguntó Hannah, interesada—, ¿el señor Tom es o era hijo de muggles?

—Tengo entendido que sí, señora Longbottom.

—Sí, porque con tantas referencias a Dios, no lo dudaría.

Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.

Bienvenido, Harry, bienvenido.

Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.

Claro, siendo hijo de Potter, no sería extraño. Pensó Snape, con su mirada fija en Harry, quien tomaba aire ruidosamente.

—Siempre que recuerdo ese momento —reflexionó—, lo siento como una actitud exagerada de muchos —ante la mirada de sorpresa de muchos, incluyendo el propio Snape, aunque la disimulara muy bien, Harry explicó—; es decir, yo apenas tenía 11 años y muy pocas ideas del porqué tanto alboroto. Realmente llegué a sentirme mareado —y al adelantarse en la lectura, mencionó—. Exacto, acá está:

Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.

Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido. Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.

Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy complacido.

Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle.

¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Usted me saludó una vez en una tienda.

¡Me recuerda! —gritó Dedalus Diggle, mirando a todos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!

Harry estrechó manos una y otra vez. Doris Crockford volvió a repetir el saludo.

—¿Ven a lo que me refiero? —mencionó abatido Harry.

Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.

¡Profesor Quirrell! Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.

P-P-Potter! N-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.

¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?

D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras. N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? —se ahogó en su propia risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros.

Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparara a Harry.

Éste tardó más de diez minutos en despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.

Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.

Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.

Hagrid miró sonriente a Harry

Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.

¿Está siempre tan nervioso?

Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura...

—Quizás ahí ya estaba metido en problemas —recordó Harry.

—Es posible —reflexionó Dumbledore, pensando en lo comentado por su guardabosques.

Ahora ¿adónde vamos, paraguas?

¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry.

Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas. El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.

Todos, excepto los profesores y Dudley, aplaudieron a esta línea, recordando a su vez su primera entrada al callejón de los magos. Luego, como un todo, se enderezaron en sus asientos para escuchar la descripción que el Harry de 11 años haría.

Sonrió ante el asombro de Harry. Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.

El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.

Harry deseó tener ocho ojos más.

—¿Por qué ocho ojos, Harry? —gruñó Ron, mientras Fred suspiraba apenado.

—Quería verlo todo, era mi primera oportunidad, quería conocerlo todo.

Ron, convencido a medias, asintió.

Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».

—¡Harry! —Molly se sobresaltó, sonrojada— ¡Me escuchaste!

—Realmente nunca pensé que fuera usted, señora Molly.

Los demás Weasley sonrieron. Era la primera mención, al menos indirecta, de algún integrante de la familia.

Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco».

Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.»

—Seguramente allí estarían Seamus y Dean —mencionó Neville, mientras que James y Sirius se imaginaban a su hijo/ajhijado haciendo piruetas en un campo de quidditch sobre una de esas escobas de alta competencia.

—¿Y tú no? —le interrogó Ron.

—No creo, mi abuela no me dejaba acercarme a esta vidriera.

—Ernie y Zacharias también pudieron estar ahí —comentó Hannah.

Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...

Gringotts —dijo Hagrid.

Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...

Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Como impulsados por un resorte, Fred y George se levantaron, e interrumpiendo a Harry, recitaron de memoria la advertencia de la cual se hablaba, mientras que Bill, tomado de la mano de Fleur, sólo lo recitaba en susurros, por lo que se le veía mover los labios.

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

—¿Cuándo se aprendieron ese poema? —les preguntó Molly, extrañada, mientras los gemelos se sentaban.

—Cuando fuimos por primera vez —respondió Fred.

—Que creo que fue cuando Bill le tocaba ir a su primer año en Hogwarts —remató George.

—¿Y eso? —preguntó Ginny.

—Nada —dijo Fred, sin darle importancia—, nos pareció divertido aprenderlo.

—Además —completó George—, no es tan complicado.

Varios rieron por la ocurrencia de los gemelos, y luego de tomar un poco de agua, Harry siguió la lectura:

Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid.

Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.

Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.

¿Tiene su llave, señor?

La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz. Harry observó al gnomo que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones brillantes.

Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.

—Ahora que recuerdo —se interrumpió Harry—, nunca supe como Hagrid terminó con la llave de mi caja de seguridad.

—Yo se la entregué al profesor Dumbledore días antes de nuestra partida —mencionó James—, para que él la custodiara por si algo nos ocurría.

—Lo que fue una sabia decisión, James —reconoció el viejo director, inclinando su cabeza en señal de aprobación.

El gnomo la examinó de cerca.

Parece estar todo en orden.

Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.

El gnomo leyó la carta cuidadosamente.

Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!

Griphook era otro gnomo. Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.

¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.

—Y a partir de este momento, se activó la curiosidad de Harry —mencionó Hermione, sonriendo.

—No sólo de Harry —recordó Remus—, es otra característica de los Potter. Curiosos hasta el extremo.

James y Harry lo vieron con el ceño fruncido, intentando entender la idea del licántropo. Sin embargo, Sirius replicó:

—Más que de Cornamenta, eso de la curiosidad es más de Lils.

—¿Cómo es eso, Black? —preguntó la pelirroja, mirando amenazadoramente a su compadre. Éste sacudió las manos y señaló a Harry para que siguiera leyendo.

No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.

Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas.

Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.

Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.

A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde.

Charlie miró con una mezcla de curiosidad y molestia al pergamino, y después a Bill, quien miraba interesado la antorcha sobre la puerta de la cocina.

Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.

Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?

—La estalactita se forma por la deposición de sales desde el techo de una cueva hacia abajo —respondió Hermione, como si lo hubiera consultado en alguna enciclopedia—, y la estalagmita se forma desde el suelo de la cueva debido a esas sales que caen.

Las estalagmitas tienen una eme —dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.

—Bueno, la respuesta de Hagrid fue más directa —bromeó James.

Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.

Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.

Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.

Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.

—Bueno —mencionó Sirius, palmeando la espalda de su compadre—, nada pequeña, como te dijimos hace rato.

—Esa bóveda, como te dije —ratificó James—, era sólo para tus gastos escolares. A medida que fuiste sacando, se dejó autorizado para que se transfiriera de la bóveda principal para reponer ese monto.

Harry estaba impactado; nunca supuso que su familia y su padrino le dejaran una fortuna tan impresionante. Como no había revisado a profundidad los documentos bancarios recibidos, sino sólo algunos relacionados a propiedades, no estaba consciente de lo heredado.

Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.

Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?

Una sola velocidad —contestó Griphook.

Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.

—Típica curiosidad Potter —suspiró Lily, derrotada, aunque abrazó a su hijo.

La cámara setecientos trece no tenía cerradura.

Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.

¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? —quiso saber Harry.

Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.

—Eso sí es típico de los duendes —comentó Bill—, esos comentarios para impresionar a los visitantes novatos. Existen duendes que hacen rondas por los pasillos de las cámaras, atentos a cualquier problema, sobre todo en estas cámaras de alta seguridad.

Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía.

Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.

Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será mejor que mantengas la boca cerrada —dijo Hagrid.

Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.

Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts. —Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.

—¡Hagrid! —exclamaron Lily y Molly al mismo tiempo. Luego de verse y reírse, la madre de Harry siguió su reclamo—: ¿Cómo se te ocurrió dejarlo sólo?

—Fue sólo una vuelta, Lily —respondió el guardaborque, apenado—, un vaso de hidromiel y enseguida regresé a buscarlo.

Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.

¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a hablar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.

Harry suspiró sonoramente, recordando ese primer encuentro de muchos con ese muchacho. Ante la mirada silenciosa del resto de la sala, continuó:

En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y puntiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra. Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.

Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?

Sí —respondió Harry.

Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras…

—¿No me digas que ahí conociste a Malfoy? —preguntó Ron, sorprendido—. Porque dudo que esa descripción sea de otro.

—Sí —respondió Harry, con monocordia en su voz—, ahí me lo conseguí por primera vez.

—¿Malfoy? —preguntó a su vez James—. ¿el hijo de Lucius Malfoy?

—Ese mismo, papá, ese mismo.

—…Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.

A Harry este chico le recordaba a Dudley.

—No lo dudo —reflexionó Lily, mirando con seriedad al pergamino y luego al primo de Harry, quien había vuelto a su costumbre de ver sus zapatos al notar la mirada de su tía.

¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.

No —dijo Harry.

¿Juegas al menos al quidditch?

No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.

James estuvo a punto de exclamar algo, pero la presión en el brazo, ejercida por Lily, le hizo suspirar ruidosamente. Harry, luego de ver ese gesto, siguió la lectura:

Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?

—Realmente era un niño malcriado —comentó Molly, a lo que Hermione respondió, ante la mirada agria de Ron:

—Bueno, lo que ha vivido le ha hecho asentar cabeza, por decirlo así…

—Así parece —afirmó Arthur, viendo como Ron fruncía el ceño.

—Parece que somos dos, entonces —comentó Dudley, levantando nuevamente la mirada.

Luego de unos segundos en un tenso silencio, la lectura continuó:

No —dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.

Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?

—¡Hey! —saltó Tonks, ante la mirada divertida de Remus, Sirius y Harry—. ¡Con mi casa no te metas!

La profesora Sprout sonrió ante la actitud de su antigua alumna.

Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.

¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.

Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.

Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

Es el guardabosques —dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.

—Realmente me estaba cayendo mal —reflexionó Harry, interrumpiéndose—… Sí, ya recuerdo por qué…

Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.

Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.

¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?

Están muertos —respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese tema con él.

—Te comprendo —indicó James, suspirando—, y más si es un Malfoy.

Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?

Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.

—Y de los mejores —dijeron a dúo Sirius y Remus, haciendo sonreir a los Potter.

Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?

—Purista —gruñó Ron—, por eso terminaron como terminaron.

Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin le dijo:

Ya está listo lo tuyo, guapo.

Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.

Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.

—Sí, y no sólo una vez —completó Harry, con el asentimiento de los de su generación, recordando las múltiples veces que se lo cruzaron en aulas, pasillos y campo de quidditch.

Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).

—Realmente delicioso —recordó Harry, sonriendo. Nunca había podido olvidar el sabor de ese helado, que se había convertido en su favorito.

¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.

Nada —mintió Harry.

—El problema es —comentó Hagrid— que nunca has sabido mentir muy bien, Harry. Yo sabía que te estaba pasando algo.

—¿De verdad? —se sorprendió el aludido. Hermione y Ginny asintieron, al igual que Ron y Molly.

Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir.

—¡A ti también te gusta! —exclamó Lily, alegre—. Yo cuando la encontré casi que quise gastar todo lo que tenía por comprar muchos frascos de esa tinta.

Cuando salieron de la tienda, preguntó—: Hagrid, ¿qué es el quidditch?

Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No saber qué es el quidditch!

—Eso es casi un sacrilegio —dijo James, aunque después tuvo que aclarar—, aunque no recuerdo muy bien que es eso.

—Es cuando haces algo en contra de tu creencia —le mencionó Lily, con paciencia. Harry los vio, sonrió y siguió leyendo:

No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin—... y dijo que la gente de familia de muggles no deberían poder ir...

Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!

—Y pensar que sus nietas son brujas también… —soltó Harry en forma automática. Lily abrió sus ojos y exclamó:

—¡¿Las hijas de Dudley son brujas?!

—Sí, y tuve que aprender a vivir con la magia —respondió Dudley, sonriendo apenado.

—Bueno —intervino Ginny—, nosotros cuatro, y nuestros hijos, los hemos ayudado, y se ha adaptado bastante bien; las niñas son muy buenas amigas de Al, y y creo que están en la misma edad de Lilu, ¿no?

—De Al —corrigió Harry—, están en el mismo año, igual que Rose, creo.

—Gracias, de verdad —intervino por primera vez Samantha—, nunca hubiéramos sabido que hacer con Violet y Daisy, nuestras mellizas.

—Para nosotros es un gusto, Sam —le respondió Hermione, sonriendo.

Lily sonrió imaginándose a Petunia recibiendo a sus nietas como sus padres y ella misma la recibían al regresar de Hogwarts. Harry la sacó de sus pensamientos al seguir la lectura.

Entonces ¿qué es el quidditch?

Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.

¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?

Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...

—¡Hagrid! —exclamaron a una voz Sprout, Hannah y Tonks. El guardabosques trató de hacerse pequeño en su asiento, lo que fue imposible.

Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desanimado.

—Harry… —Tonks gruñó nuevamente, mientras Hannah veía con severidad al aludido, quien se limitó a responder:

—Acuérdate que eso era lo que pensaba en ese momento.

Es mejor Hufflepuff que Slytherin —dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.

¿Vol... perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?

Hace muchos años —respondió Hagrid.

Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.

Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley.

No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales —dijo Hagrid—. Y de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.

—Eso es verdad —mencionó Neville.

Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido caldero de oro (en la lista decía de peltre) pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).

Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry

Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.

Harry sintió que se ruborizaba.

No tienes que...

Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán...

—¡Hey! —exclamó Neville, quien recordaba con cariño a su escurridizo Trevor.

y no me gustan los gatos, me hacen estornudar.

En esta oportunidad fue Hermione quien se quejó, mientras recordaba a Crookshanks.

Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.

Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala. Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.

—Tu primer regalo de cumpleaños —sonrió Lily, abrazando a su hijo, con lágrimas en los ojos. Harry sonrió al rememorar a su lechuza.

Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.

Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente había estado esperando.

La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.

—Se dice que es la primera varita que hizo el primer Ollivander —mencionó Hermione, como si quisiera destacar ese hecho.

Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.

—A mí también me pasó —recordó Ginny, con el asentimiento de la gran mayoría de los asistentes. Fleur, extrañada, comentó:

—Cuando me llevaron pog mi primera varita, no tuve esa sensación.

—Porque tu varita no es Ollivander, amor —mencionó Bill, besando a su esposa.

Buenas tardes —dijo una voz amable.

Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

Hola —dijo Harry con torpeza.

Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Harry Potter —No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.

Lily sonrió al recordar su varita, y el rato que había pasado en la tienda.

El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.

—Típica sensación delante de Ollivander —mencionó Charlie, y los demás Weasley asintieron.

Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.

En este momento, James sonreía recordando su compra de la varita, acompañado de sus padres y lamentándose no haber estado con Harry en aquel momento.

El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.

Y aquí es donde... -El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco—. Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...

—Creo que le estaba dando mucha información —comentó la profesora McGonagall, a lo que Dumbledore sólo pudo encoger los hombros.

Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.

¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?

Así era, sí, señor —dijo Hagrid.

Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.

Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —añadió con vivacidad.

Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.

Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.

—Y así es como Hagrid se delata —comento jocosamente Hermione—, es peor que Harry tratando de mentir.

Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry… Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?

Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.

Extiende tu brazo. Eso es —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.

—Típico —reflexionó Sirius—, que Ollivander se vaya a buscar varitas mientras la cinta va midiendo por su cuenta.

—Y lo más extraño de todo —completó Tonks, reflexionando—, es que mide tantas veces y nunca usa esa información para hacer la varita, siempre deja la selección de la varita a la combinación más adecuada para el comprador.

Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry… Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala.

—¿Ven a lo que me refiero? —ratificó Tonks, encogiendo los hombros, ante la mirada divertida de su esposo.

Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto) la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.

Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...

Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.

No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.

Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.

—Vaya que sí —comentó Neville—, si conmigo probó creo que 35 o 40 varitas, y eso que ya estaba crecido.

—Creo que conmigo fue al contrario —comentó Hannah—, fueron tres o cuatro. Cuando le pagué, parecía decepcionado.

Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado… Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estalló en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid lo vitoreó y aplaudió…

Al igual que la mayoría de los presentes, Gryffindor, quienes relacionaron esos colores con los de su casa; James, Sirius y los gemelos comenzaron un extraño baile, que fue rápidamente controlado por miradas severas de Lily, la profesora McGonagall y Molly. Cuando el ánimo se calmó un poco, Harry siguió leyendo:

y el señor Ollivander dijo:

¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...

Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».

Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?

El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.

Todos en la sala también, pero en el pergamino que Harry leía.

Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz -Harry tragó, sin poder hablar—. Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.

Harry se estremeció.

Muchos en la sala también. La revelación de las varitas hermanas llamó la atención de Ron y Hermione, quienes desconocían en su totalidad ese hecho.

No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de paquetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.

Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren —dijo.

Le compró una hamburguesa a Harry y se sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.

—Sí, fue una sensación extraña —ratificó Harry ante la mirada de sus padres y de los nacidos en familias mágicas—, digo, después de conocer todo del callejón Diagon, volver al mundo muggle es como regresar a una realidad de la cual ya dejaste de formar parte, ¿no, Hermione?

—Si, es exactamente lo que yo sentí en mi primera vez en el callejón.

¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.

Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.

Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.

La misma sonrisa se repetía en la Sala, no sólo en Hagrid sino en la mayoría de los presentes.

No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.

Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.

Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiembre, en King's Cross. Está todo en el billete. Cualquier problema con los Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.

El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.

—Y así termina este capítulo —indicó Harry, sonriendo. Lily, sin embargo, comentó con voz de angustia:

—Hagrid, ¿te fuiste y no le explicaste a Harry como entrar al andén?

El guardabosque había perdido el color de la poca piel de la cara que no estaba cubierta de barba, pero Harry rápidamente dijo:

—Tranquila, mamá, vas a ver que fue mejor así.

Cuando soltó el pergamino, el atril se movió apenas, ubicándose al frente de Ginny, a la derecha de su esposo. Los Weasley sonrieron, pues era muy probable que alguno de ellos, especialmente Ron, hiciera su aparición en el capítulo que su hermana iba a leer.

Dumbledore, viendo su reloj de bolsillo, comentó:

—Creo que antes de leer este capítulo, nos tomaremos unos minutos de descanso, para lo que deseen hacer.

—Ahora que recuerdo —comentó Ron—, la voz de la sala comentó que al terminar este capítulo comeríamos.

—Oye —saltó Sirius—, ¡verdad que sí!

—Entonces —sonrió Dumbledore—, dispongamos todo para la comida.


Buenas tardes desde San Diego, Venezuela! Por primera vez en los read-fics, Harry lee un capítulo! Espero haberle hecho honor a ese acontecimiento... Pues bien, parece que en el próximo capítulo hay un descanso, van a comer y luego leeremos a Ginny leer cómo fue el "viaje desde el andén 9 y 3/4". Gracias por seguir esta aventura, especialmente a lavida134, que siempre está pendiente de no perder el tren, araña, gracias por tus comentarios, compatriota (en el sentido real de la palabra, ella también es venezolana)... Espero que lo disfruten!