Harry Potter: Una lectura distinta

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


La Piedra Filosofal

CAPÍTULO 6 El viaje desde el andén nueve y tres cuartos

Luego de un buen rato de comer y conversar, el atril de lectura se materializó nuevamente, ubicándose, como ya había hecho, frente a Ginny, quien, sonriendo, leyó el título del capítulo.

—"El viaje desde el andén nueve y tres cuartos".

Todos, a excepción de Dudley, Samantha, Fleur, Dil y Nadia, se emocionaron al imaginarse el viaje en el expreso. Harry también sonrió, y apoyando su mano en el brazo de Ginny, atendió la lectura:

El último mes de Harry con los Dursley no fue divertido. Es cierto que Dudley le tenía miedo y no se quedaba con él en la misma habitación, y que tía Petunia y tío Vernon no lo encerraban en la alacena ni lo obligaban a hacer nada ni le gritaban. En realidad, ni siquiera le dirigían la palabra.

—No entiendo, papá —intervino Al—, si te trataban tal mal, ¿por qué no era divertido que no te trataran?

James y Sirius asentían, puesto que ellos también habían pensado hacer esa pregunta.

—Seguramente la respuesta saldrá en la lectura —respondió Harry, y Ginny asintió, sonriendo tristemente mientras volvía a leer:

Mitad aterrorizados, mitad furiosos, se comportaban como si la silla que Harry ocupaba estuviera vacía. Aunque aquello significaba una mejora en muchos aspectos, después de un tiempo resultaba un poco deprimente.

—Ah, ya entiendo —respondió Al, viendo a su padre asentir.

Harry se quedaba en su habitación, con su nueva lechuza por compañía. Decidió llamarla Hedwig, un nombre que encontró en Una historia de la magia. Los libros del colegio eran muy interesantes.

—¡Lo perdimos! —exclamaron a dúo James y Sirius, desatando la risa en los más jóvenes.

—Imagino que si no tenía más nada que hacer —intervino Lily, sonriendo a pesar de la actitud de su esposo y compadre—, conocer algo del mundo mágico sería lo mejor.

—Además —se volteó Hermione a enfrentar a su amigo—, tú me habías dicho que "nunca" —destacó la palabra haciendo el gesto de las comillas con los dedos— habías leído ese libro.

—Sí lo leí —aclaró Harry—, que no me lo aprendí de memoria como tú es otro asunto.

Ginny veía divertida la discusión, al igual que sus hijos y los de Hermione, pero cuando Hermione fue a replicar, retomó la lectura.

Por la noche leía en la cama hasta tarde, mientras Hedwig entraba y salía a su antojo por la ventana abierta. Era una suerte que tía Petunia ya no entrara en la habitación, porque Hedwig llevaba ratones muertos. Cada noche, antes de dormir, Harry marcaba otro día en la hoja de papel que tenía en la pared, hasta el uno de septiembre.

Varias voces se escucharon diciendo "Yo hacía/hago lo mismo", siendo las más expresivas las de Sirius, Remus, Teddy, JS y Freddie.

—Casi que es una tradición, hijo —le comento James a Harry.

—Para mí era un ritual —ratificó Sirius—, pidiendo que pasara el tiempo más rápido para alejarme de mi "querida" madre.

El último día de agosto pensó que era mejor hablar con sus tíos para poder ir a la estación de King's Cross, al día siguiente. Así que bajó al salón, donde estaban viendo la televisión. Se aclaró la garganta, para que supieran que estaba allí, y Dudley gritó y salió corriendo.

—Realmente era un tonto a esa edad —reconoció Dudley, suspirando ruidosamente. Sus hijas lo abrazaron, y Violet, sorprendiendo a los presentes, le dijo:

—Pero eres nuestro papá y, tonto y todo, te queremos.

Hum... ¿Tío Vernon?

Tío Vernon gruñó, para demostrar que lo escuchaba.

—¡Vaya educación la de la morsa! —exclamó Lee, haciendo reír a los más jóvenes.

—El abuelo nunca va a cambiar, ¿verdad, papi? —le preguntó Daisy a Dudley, quien negó en silencio, suspirando nuevamente.

Hum... necesito estar mañana en King's Cross para... para ir a Hogwarts.

Tío Vernon gruñó otra vez.

¿Podría ser que me lleves hasta allí?

Otro gruñido. Harry interpretó que quería decir sí.

Muchas gracias.

Estaba a punto de volver a subir la escalera, cuando tío Vernon finalmente habló.

—¡Rayos! —intervino Fred

—Pensábamos que se había quedado mudo —completó George, provocando nuevas risas a pesar de la situación molesta que se narraba.

Qué forma curiosa de ir a una escuela de magos, en tren. ¿Las alfombras mágicas estarán todas pinchadas?

—No, abuelo —respondió Daisy, levantándose con un brazo en jarra y señalando el pergamino en manos de Ginny con la otra mano, lo que llamó la atención de las pelirrojas mayores y de un impresionado JS—, están prohibidas. Más bien, deberías aprender a conocernos y dejar de portarte así.

—Muy bien dicho, primita —dijo JS, viéndose sorprendido por las miradas de muchos de los de su generación y algunos de los mayores, como su abuelo, padre y el propio Dudley, lo que le hizo desaparecer la sonrisa tonta que se le había formado—… ¿Qué? ¿Dije algo malo?

—No, nada, nada —respondió Harry, pero ya él, James y Sirius habían notado algo: Ella es pelirroja, de carácter fuerte, y él es el primogénito… ¿la maldición Potter otra vez?

Harry no contestó nada.

¿Y dónde queda ese colegio, de todos modos?

No lo sé —dijo Harry; dándose cuenta de eso por primera vez. Sacó del bolsillo el billete que Hagrid le había dado—. Tengo que coger el tren que sale del andén nueve y tres cuartos, a las once de la mañana —leyó.

Sus tíos lo miraron asombrados.

¿Andén qué?

Nueve y tres cuartos.

No digas estupideces —dijo tío Vernon—. No hay ningún andén nueve y tres cuartos.

—Claro que sabía que existe —exclamó Lily, molesta—, iba con Tuney y mis padres a buscarme cuando regresaba en fin de año o me llevaban en las vacaciones de Navidad. Por supuesto que sabía, morsa estúpida —esto último lo dijo en un susurro, suficientemente audible para que Harry, los tres hijos de éste y Sirius pudieran escucharla.

Eso dice mi billete.

Equivocados —dijo tío Vernon—. Totalmente locos, todos ellos. Ya lo verás. Tú espera. Muy bien, te llevaremos a King's Cross. De todos modos, tenemos que ir a Londres mañana. Si no, no me molestaría.

¿Por qué vais a Londres? —preguntó Harry tratando de mantener el tono amistoso.

—Sí —comentó al ver las miradas puestas sobre sí mismo—, ya me estaba molestando con su perorata.

Llevamos a Dudley al hospital —gruñó tío Vernon—. Para que le quiten esa maldita cola antes de que vaya a Smeltings.

Una nueva tanda de risas, aumentada con la que los más jóvenes soltaban a carcajada batiente, se dejó escuchar. Dudley enrojeció, pensando que ese recuerdo de la cola de cerdo lo perseguiría hasta el fin de los tiempos, al igual que el malestar que esa cirugía le había provocado.

A la mañana siguiente, Harry se despertó a las cinco, tan emocionado e ilusionado que no pudo volver a dormir. Se levantó y se puso los tejanos: no quería andar por la estación con su túnica de mago, ya se cambiaría en el tren.

—Excelente idea, ahijado —saludó Sirius, pero una risa nerviosa hizo que varios voltearan a ver a Hermione, quien se había ruborizado fuertemente.

—¡Mamá! ¡No me digas que tú…! —exclamó Rose, sorprendiendo a su mamá.

—¡Por eso nos insististe tanto que nos vistiéramos con ropa muggle! —terminó de reclamar Hugo, ante las risas incontenibles de muchos. Hermione, totalmente apenada, se refugió en los brazos de Ron, quien acariciaba su espalda.

Miró otra vez su lista de Hogwarts para estar seguro de que tenía todo lo necesario, …

—Igual que yo —mencionó Lily, y varios asintieron sonriendo.

se ocupó de meter a Hedwig en su jaula y luego se paseó por la habitación, esperando que los Dursley se levantaran. Dos horas más tarde, el pesado baúl de Harry estaba cargado en el coche de los Dursley y tía Petunia había hecho que Dudley se sentara con Harry, para poder marcharse.

Llegaron a King's Cross a las diez y media. Tío Vernon cargó el baúl de Harry en un carrito y lo llevó por la estación. Harry pensó que era una rara amabilidad, hasta que tío Vernon se detuvo, mirando los andenes con una sonrisa perversa.

—¿Por qué me parecía que tanta amabilidad era sospechosa? —comentó James, intentando no reclamarle a Dudley.

—Eso mismo pensé yo —respondieron Harry y Dudley al mismo tiempo. Los primos se vieron, sorprendidos.

Bueno, aquí estás, muchacho. Andén nueve, andén diez... Tú andén debería estar en el medio, pero parece que aún no lo han construido, ¿no?

—Esta morsa bigotuda —reclamó por lo bajo Lily, mientras que otros, especialmente los más jóvenes, gruñían por la actitud del tío de Harry, y Dudley intentaba hacerse cada vez más pequeño en su asiento, aunque sus hijas intentaban abrazarlo.

Tenía razón, por supuesto. Había un gran número nueve, de plástico, sobre un andén, un número diez sobre el otro y, en el medio, nada.

Que tengas un buen curso —dijo tío Vernon con una sonrisa aún más torva. Se marchó sin decir una palabra más. Harry se volvió y vio que los Dursley se alejaban. Los tres se reían.

—Papá —preguntó Violet, haciendo que Dudley la viera y que el resto de los presentes observaran a padre e hija—, ¿tú también te estabas burlando del primo Harry?

—Mi linda —respondió, con voz ronca—, en aquellos días, cuando tenía la edad de ustedes, e incluso antes, era un niño mimado y malcriado, que creía que mi papá era un héroe y que lo que hacía estaba bien. Y estaba totalmente equivocado, y esos errores los estoy pagando.

Volteó a ver a Harry, quien en silencio le expresó su reconocimiento. Antes que alguien comentara algo, Ginny continuó leyendo:

Harry sintió la boca seca. ¿Qué haría? Estaba llamando la atención, a causa de Hedwig. Tendría que preguntarle a alguien.

—La cuestión es que ese alguien sepa de qué hablas —reflexionó Remus, quien había mantenido un silencio incómodo, al igual que Sirius, quien se removía molesto en su asiento.

Detuvo a un guarda que pasaba, pero no se atrevió a mencionar el andén nueve y tres cuartos. El guarda nunca había oído hablar de Hogwarts, y cuando Harry no pudo decirle en qué parte del país quedaba, comenzó a molestarse, como si pensara que Harry se hacía el tonto a propósito. Sin saber qué hacer, Harry le preguntó por el tren que salía a las once, pero el guarda le dijo que no había ninguno. Al final, el guarda se alejó, murmurando algo sobre la gente que hacía perder el tiempo. Según el gran reloj que había sobre la tabla de horarios de llegada, tenía diez minutos para coger el tren a Hogwarts y no tenía idea de qué podía hacer. Estaba en medio de la estación con un baúl que casi no podía transportar, un bolsillo lleno de monedas de mago y una jaula con una lechuza.

—Una muy mala perspectiva —reconoció Harry al oír cómo se sintió en ese momento. Muchos asintieron en silencio.

Hagrid debió de olvidar decirle algo que tenía que hacer, como dar un golpe al tercer ladrillo de la izquierda para entrar en el callejón Diagon. Se preguntó si debería sacar su varita y comenzar a golpear la taquilla, entre los andenes nueve y diez.

—No, así no funciona —mencionó Seamus, intentando sonreír, a lo que Harry, también sonriendo, aunque con cierto deje de tristeza, le respondió:

—Sí, así descubrí casi al instante, ¿verdad, Ginny?

—Sí, amor, aquí está…

En aquel momento, un grupo de gente pasó por su lado y captó unas pocas palabras.

...lleno de muggles, por supuesto...

Harry se volvió para verlos. La que hablaba era una mujer regordeta pelirroja, …

Harry notó la imperceptible pausa y el temblor en la voz y el brazo de su esposa, pero no comentó nada; sólo vio en el pergamino la palabra que había sido cambiada.

que se dirigía a cuatro muchachos, todos con pelo de llameante color rojo. Cada uno empujaba un baúl, como Harry, y llevaban una lechuza.

Con el corazón palpitante, Harry empujó el carrito detrás de ellos. Se detuvieron y los imitó, parándose lo bastante cerca para escuchar lo que decían.

Y ahora, ¿cuál es el número del andén? —dijo la madre.

¡Nueve y tres cuartos! —dijo la voz aguda de una niña, también pelirroja, que iba de la mano de la madre—. Mamá, ¿no puedo ir...?

Al leer cómo actuó en ese momento, la Ginny presente se sonrojó violentamente, y más al notar la mirada inquisidora de sus tres hijos y de varios de sus hermanos y sobrinos. Harry le apretó cariñosamente el brazo, infundiéndole ánimos para seguir la lectura.

No tienes edad suficiente, Ginny. Ahora estate quieta. Muy bien, Percy, tú primero.

El que parecía el mayor de los chicos se dirigió hacia los andenes nueve y diez. Harry observaba, procurando no parpadear para no perderse nada. Pero justo cuando el muchacho llegó a la división de los dos andenes, una larga caravana de turistas pasó frente a él y, cuando se alejaron, el muchacho había desaparecido.

—Típica suerte de los Potter —comentó Sirius, lo que atrajo las miradas molestas de cinco personas en la sala. Ron comentó:

—Es verdad, Harry, siempre te pasa algo que parece mala suerte.

—Y así es contigo, James —le indicó Frankie a JS—, si no es por nosotros, ya habrías roto el record de detenciones en un año.

Fred, eres el siguiente —dijo la mujer regordeta pelirroja.

Harry notó por segunda vez la imperceptible pausa en la lectura.

No soy Fred, soy George —dijo el muchacho—. ¿De veras, mujer, puedes llamarte nuestra madre? ¿No te das cuenta de que yo soy George?

Lo siento, George, cariño.

Estaba bromeando, soy Fred —dijo el muchacho, y se alejó…

Los que conocían a los gemelos se rieron, recordando que a más de uno habían logrado engañar con ese juego, mientras que Molly, emocionada, abrazaba a sus hijos después que éstos se levantaran a recibir el aplauso de los concurrentes.

Debió pasar, porque un segundo más tarde ya no estaba. Pero ¿cómo lo había hecho? Su hermano gemelo fue tras él: el tercer hermano iba rápidamente hacia la taquilla (estaba casi allí) y luego, súbitamente, no estaba en ninguna parte.

No había nadie más.

Discúlpeme —dijo Harry a la mujer regordeta pelirroja.

—Juro —le comentó Ginny en el oído, totalmente apenada— que te voy a mandar a dormir en un sofá por pensar que mi mamá es regordeta.

—Lo sé, y si me lo merezco, que al menos pueda dormir contigo en el sofá…

Se rieron en silencio, ante la mirada atenta de todos, Ginny siguió la lectura.

Hola, querido —dijo—. Primer año en Hogwarts, ¿no? Ron también es nuevo.

Señaló al último y menor de sus hijos varones. Era alto, flacucho y pecoso, con manos y pies grandes y una larga nariz.

—Vaya —comentó Ron—, pensaba que iba a salir peor parado.

Varios rieron, y Hermione se sonrojó al recordar cómo era Ron con once años.

Sí —dijo Harry—. Lo que pasa es que... es que no sé cómo...

¿Cómo entrar en el andén? —preguntó bondadosamente, y Harry asintió con la cabeza.

No te preocupes —dijo—. Lo único que tienes que hacer es andar recto hacia la barrera que está entre los dos andenes. No te detengas y no tengas miedo de chocar, eso es muy importante. Lo mejor es ir deprisa, si estás nervioso. Ve ahora, ve antes que Ron.

Hum... De acuerdo —dijo Harry.

—Gracias, Molly —expresó Lily, con lágrimas en los ojos, mientras se acercaba a una emocional señora Weasley, mientras James suspiraba, entre el agradecimiento y el pesar de no haber acompañado a su hijo en esa "primera vez" cruzando al Andén 9 y ¾.

Empujó su carrito y se dirigió hacia la barrera. Parecía muy sólida. Comenzó a andar. La gente que andaba a su alrededor iba al andén nueve o al diez. Fue más rápido. Iba a chocar contra la taquilla y tendría problemas. Se inclinó sobre el carrito y comenzó a correr (la barrera se acercaba cada vez más). Ya no podía detenerse (el carrito estaba fuera de control), ya estaba allí... Cerró los ojos, preparado para el choque...

—El pensamiento fatalista de Harry activado —comentó Neville, sonriendo. El aludido fue a replicar, pero Ginny se le adelantó al seguir leyendo.

Pero no llegó. Siguió rodando. Abrió los ojos.

Una locomotora de vapor, de color escarlata, esperaba en el andén lleno de gente. Un rótulo decía: «Expreso de Hogwarts, 11 h». Harry miró hacia atrás y vio una arcada de hierro donde debía estar la taquilla, con las palabras «Andén Nueve y Tres Cuartos».

Lo había logrado.

Todos los de la generación de Harry y los jóvenes aplaudieron, haciendo que Harry negara en silencio, aunque con una sonrisa tímida.

El humo de la locomotora se elevaba sobre las cabezas de la ruidosa multitud, mientras que gatos de todos los colores iban y venían entre las piernas de la gente. Las lechuzas se llamaban unas a otras, con un malhumorado ulular, por encima del ruido de las charlas y el movimiento de los pesados baúles.

Los primeros vagones ya estaban repletos de estudiantes, algunos asomados por las ventanillas para hablar con sus familiares, otros discutiendo sobre los asientos que iban a ocupar. Harry empujó su carrito por el andén, buscando un asiento vacío. Pasó al lado de un chico de cara redonda que decía:

Abuelita, he vuelto a perder mi sapo.

—¿Por qué sospecho que eras tú, Neville? —preguntó Hannah, sonriendo, mientras el aludido se sonrojaba y su padre, palmeándole el hombro, le comentaba:

—Típico de los Longbottom, con sapos por mascotas y que éstos sean escapistas.

—Ni me lo recuerdes, Frank —exclamó James, sonriendo—, que varias veces tu sapo hizo rodar a Peter en el baño de nuestro cuarto, y yo estuve a punto de tener una cicatriz igual a la de Harry por culpa de ese bicho. Y no sé por qué hijo de mala bludger le gustaba meterse a nuestro cuarto, cuando debía estar en el de ustedes.

Oh, Neville —oyó que suspiraba la anciana.

Un muchacho de pelos tiesos estaba rodeado por un grupo.

Déjanos mirar, Lee, vamos.

El muchacho levantó la tapa de la caja que llevaba en los brazos, y los que lo rodeaban gritaron cuando del interior salió una larga cola peluda.

—¿Qué era eso, señor Jordan? —preguntó amenazadoramente McGonagall. Lee sonrió, encogió los hombros, y respondió:

—No recuerdo ahorita, profesora —y mirando a los gemelos, les preguntó—. ¿ese no fue el año de la tarántula?

Un par de gestos de misterio en el rostro de los gemelos, hizo que la profesora frunciera el ceño, y que Ginny siguiera la lectura:

Harry se abrió paso hasta que encontró un compartimiento vacío, cerca del final del tren. Primero puso a Hedwig y luego comenzó a empujar el baúl hacia la puerta del vagón. Trató de subirlo por los escalones, pero sólo lo pudo levantar un poco antes de que se cayera golpeándole un pie.

—¿No te pasó igual a ti, Cornamenta? —preguntó Sirius, sonriendo, ganándose una mirada agria de su amigo y compadre.

—Sí, y el pie me quedó doliendo varios días. Pero, gracias por ayudarme… Después de reírte un rato.

¿Quieres que te eche una mano? —Era uno de los gemelos pelirrojos, a los que había seguido a través de la barrera de los andenes.

Sí, por favor —jadeó Harry.

—Qué bueno, George, que lo ayudaste —comentó Ginny, a lo que Fred respondió, haciéndose el ofendido:

—¿Cómo sabes que no era yo? ¡Sin leer la línea que sigue!

—Fácil —respondió la pelirroja, clavando la mirada en su hermano—, porque tú te hubieras reído un rato antes de ayudar; George es más caballeroso en ese sentido. ¿O no?

—Tienes tu punto —admitió Fred, a lo que Ginny asintió al ver la siguiente línea del pergamino:

¡Eh, Fred! ¡Ven a ayudar!

—¿Ves a lo que me refiero?

Con la ayuda de los gemelos, el baúl de Harry finalmente quedó en un rincón del compartimiento.

Gracias —dijo Harry, quitándose de los ojos el pelo húmedo.

¿Qué es eso? —dijo de pronto uno de los gemelos, señalando la brillante cicatriz de Harry.

Vaya—dijo el otro gemelo—. ¿Eres tú...?

Es él —dijo el primero—. Eres tú, ¿no? —se dirigió a Harry.

¿Quién? —preguntó Harry.

Harry Potter —respondieron a coro.

—Nunca entendí cómo podían hacerlo tan perfecto —comentó Seamus, impresionado, como buena parte de los presentes.

—Cosas de ser hermanos gemelos —respondió George, mientras Fred asentía orgulloso.

Oh, él —dijo Harry—. Quiero decir, sí, soy yo.

Snape y Draco miraron a Harry con la misma mirada de sorpresa. A pesar que en su momento no lo expresaron, ambos sabían que su comportamiento se encontraba diametralmente opuesto al de su padre, más interesado en llamar la atención.

Los dos muchachos lo miraron boquiabiertos y Harry sintió que se ruborizaba. Entonces, para su alivio, una voz llegó a través de la puerta abierta del compartimiento.

¿Fred? ¿George? ¿Estáis ahí?

Ya vamos, mamá.

Con una última mirada a Harry, los gemelos saltaron del vagón.

Harry se sentó al lado de la ventanilla. Desde allí, medio oculto, podía observar a la familia de pelirrojos en el andén y oír lo que decían.

—¡Harry! —reclamó Lily, sorprendiendo a sus nietos mayores—, ¿Qué mala educación es esa?

—Tranquila, señora Lily —respondió Ron, mientras Harry intentaba disculparse—, creo que sólo trataba de darse una idea de cómo podía ser una familia "real", por decirlo así.

La pelirroja suspiró, asintió y dejó que su nuera siguiera la lectura.

La madre acababa de sacar un pañuelo.

Ron, tienes algo en la nariz.

El menor de los varones trató de esquivarla, pero la madre lo sujetó y comenzó a frotarle la punta de la nariz.

Mamá, déjame —exclamó apartándose.

—Mal movimiento —comentó James—, una madre siempre le ve a uno algún detalle que arreglar en el último segundo.

—Mamá Dorea siempre fue así —confirmó Sirius—, con cualquiera de nosotros. A Peter lo tenía a remolque, y a Remus también.

—¿"Mamá Dorea"? —preguntó Harry interesado.

—Sí —respondió James—, mi mamá adoptó al resto de Los Merodeadores y casi que los obligó a decirles Mamá Dorea y Papá Charlus.

—Incluyéndome —comentó Lily, divertida—; cuando James pidió mi mano, fue lo primero que me pidió: "Ni se te ocurra llamarme suegra, para ti soy Mamá Dorea".

¿Ah, el pequeñito Ronnie tiene algo en su naricita? —dijo uno de los gemelos.

Cállate —dijo Ron.

¿Dónde está Percy? —preguntó la madre.

Ahí viene.

El mayor de los muchachos se acercaba a ellos. Ya se había puesto la ondulante túnica negra de Hogwarts, y Harry notó que tenía una insignia plateada en el pecho, con la letra P.

No me puedo quedar mucho, mamá —dijo—. Estoy delante, los prefectos tenemos dos compartimientos...

—Prefecto perfecto a la vista —mencionó Sirius, haciendo reír al resto de los bromistas de las tres generaciones, y haciendo sonrojar a Percy.

Oh, ¿tú eres un prefecto, Percy? —dijo uno de los gemelos, con aire de gran sorpresa—. Tendrías que habérnoslo dicho, no teníamos idea.

Espera, creo que recuerdo que nos dijo algo —dijo el otro gemelo—. Una vez...

O dos...

Un minuto...

Todo el verano...

Oh, callaos —dijo Percy, el prefecto.

—Ya había entendido el punto —aclaró ante la mirada inquisidora de su familia y las risas del resto de los jóvenes—, pero saben que en ese tiempo fui bastante impertinente con mis exigencias de cumplir las normas.

—Y aún lo eres, papá —comentó Lucy, la gemela rebelde de Percy.

—Pero igual te queremos —remató Molls, girándose, junto a su hermana, para abrazar a su sorprendido padre.

Y, de todos modos, ¿por qué Percy tiene túnica nueva? —dijo uno de los gemelos.

Porque él es un prefecto—dijo afectuosamente la madre—. Muy bien, cariño, que tengas un buen año. Envíame una lechuza cuando llegues allá.

—Y a los demás —comentó George, en tono serio—, que nos coma el calamar gigante.

—¡Sabes que no es así, George! —respondió Molly, sonrojándose—, y sé que fuiste tú, ya puedo reconocerlos —concluyó en medio de un suspiro y de buscar abrazar a sus gemelos.

Besó a Percy en la mejilla y el muchacho se fue. Luego se volvió hacia los gemelos.

Ahora, vosotros dos... Este año os tenéis que portar bien. Si recibo una lechuza más diciéndome que habéis hecho... estallar un inodoro o...

—Mal movimiento, Molly —comentó James, usando un tono de voz entre serio y a punto de explotar de la risa—, darle ideas a quienes sabes que son bromistas.

¿Hacer estallar un inodoro? Nosotros nunca hemos hecho nada de eso.

Pero es una gran idea, mamá. Gracias.

No tiene gracia. Y cuidad de Ron.

No te preocupes, el pequeño Ronnie estará seguro con nosotros.

Cállate —dijo otra vez Ron. Era casi tan alto como los gemelos y su nariz todavía estaba rosada, en donde su madre la había frotado.

—Vaya que sí me cuidaron, ¿no? —comentó Ron ante la mirada inquisidora de Molly y divertida del resto de los presentes.

—Tú resultaste muy independiente —respondió Fred, sonriendo—, casi no nos preocupamos por ti.

—Ya veo —indicó la matriarca Weasley, cruzando sus brazos.

Eh, mamá, ¿adivinas a quién acabamos de ver en el tren?

Harry se agachó rápidamente para que no lo descubrieran.

¿Os acordáis de ese muchacho de pelo negro que estaba cerca de nosotros, en la estación? ¿Sabéis quién es?

¿Quién?

¡Harry Potter!

Harry oyó la voz de la niña.

Ginny suspiró, sonrojándose violentamente, ante la mirada atenta y divertida de esposo, hermanos, hijos, sobrinos y amigos; sintió la mano de Harry apretar suavemente su brazo, lo que le dio ánimo para, después de soltar algo de aire, seguir leyendo:

Mamá, ¿puedo subir al tren para verlo? ¡Oh, mamá, por favor...!

Ya lo has visto, Ginny y, además, el pobre chico no es algo para que lo mires como en el zoológico. ¿Es él realmente, Fred? ¿Cómo lo sabes?

—¡Mamá! —exclamó Lilu, impresionada, viendo a Ginny aún ruborizada.

—Sí, mi niña, en ese momento lo veía como un héroe, inalcanzable, e imaginarlo tan cerca, me hacía querer verlo aún más de cerca.

—Toda una fangirl —comentó JS a Freddie y Frankie, quienes se rieron a mandíbula batiente, hasta que una mirada agresiva de la lectora los hizo callar.

Se lo pregunté. Vi su cicatriz. Está realmente allí... como iluminada.

Pobrecillo... No es raro que esté solo. Fue tan amable cuando me preguntó cómo llegar al andén...

Eso no importa. ¿Crees que él recuerda cómo era Quien-tú-sabes?

La madre, súbitamente, se puso muy seria.

El mismo ambiente se había generado en la Sala. El silencio y las miradas tristes se multiplicaron en los mayores y en algunos de los medianos.

Te prohíbo que le preguntes, Fred. No, no te atrevas. Como si necesitara que le recuerden algo así en su primer día de colegio.

—Gracias, Molly —comentó James, quien abrazaba a Lily.

—Por Merlín, no fue nada —respondió Molly, sonrojándose.

Está bien, quédate tranquila.

Se oyó un silbido.

Daos prisa —dijo la madre, y los tres chicos subieron al tren. Se asomaron por la ventanilla para que los besara y la hermanita menor comenzó a llorar.

No llores, Ginny, vamos a enviarte muchas lechuzas.

Y un inodoro de Hogwarts.

¡George!

Era una broma, mamá.

—De paso, me quedé esperando mi inodoro —reclamó Ginny, interrumpiéndose y colocando un brazo en jarra.

—El inodoro llevaba otro destinatario —indicó Fred.

—Que parece que no le llegó, por lo que entiendo —completó George.

—¿A quién se lo mandaron?

—Eso creo que se debe mencionar más adelante, señora Weasley-Potter —mencionó Dumbledore, sonriendo.

El tren comenzó a moverse. Harry vio a la madre de los muchachos agitando la mano y a la hermanita, mitad llorando, mitad riendo, corriendo para seguir al tren, hasta que éste comenzó a acelerar y entonces se quedó saludando.

—Casi que todos lo hicimos antes de comenzar acá —mencionó Amelia, siendo apoyada por muchos de los más jóvenes—, esos años en que acompañamos a nuestros hermanos al tren, pero nos quedábamos por no tener la edad todavía.

Harry observó a la madre y la hija hasta que desaparecieron, cuando el tren giró. Las casas pasaban a toda velocidad por la ventanilla. Harry sintió una ola de excitación. No sabía lo que iba a pasar... pero sería mejor que lo que dejaba atrás.

—Creo que muchos tuvimos esa sensación —comentó Sirius, a lo que varios en la Sala, incluyendo a Snape, asintieron, aunque éste último de forma imperceptible.

La puerta del compartimiento se abrió y entró el menor de los pelirrojos.

¿Hay alguien sentado ahí? —preguntó, señalando el asiento opuesto a Harry—. Todos los demás vagones están llenos.

Harry negó con la cabeza y el muchacho se sentó. Lanzó una mirada a Harry y luego desvió la vista rápidamente hacia la ventanilla, como si no lo hubiera estado observando. Harry notó que todavía tenía una mancha negra en la nariz.

—¿Siempre fuiste así de detallista, Harry? —preguntó Seamus, impresionado.

—Me sirvió en ese momento y aún me sirve ahora —respondió el aludido, sonriendo y acariciando a su pequeña Lilu.

Eh, Ron.

Los gemelos habían vuelto.

Mira, nosotros nos vamos a la mitad del tren, porque Lee Jordan tiene una tarántula gigante y vamos a verla.

—¡Exacto! —exclamó Lee, sonriendo—, ese fue el año de la tarántula.

—¿Y qué pasó con ella, señor Jordan? —preguntó la profesora McGonagall, interesada.

—Si mal no recuerdo, se nos escapó en la primera visita a Hogsmeade —comentó Fred, intentando recordar. Aunque no estaba muy convencida, la profesora McGonagall asintió, dando la oportunidad a Ginny de seguir.

De acuerdo —murmuró Ron.

Harry —dijo el otro gemelo—, ¿te hemos dicho quiénes somos? Fred y George Weasley. Y él es Ron, nuestro hermano. Nos veremos después, entonces.

Hasta luego —dijeron Harry y Ron. Los gemelos salieron y cerraron la puerta.

¿Eres realmente Harry Potter? —dejó escapar Ron.

—¡Ron! —saltó Molly— ¿Qué te dije?

—Tranquila, señora Molly, no me incomodó que me lo preguntara —aclaró Harry, ganándose una sonrisa por parte de cuatro pelirrojas: Lily, Molly, Ginny y Lilu.

Harry asintió.

Oh... bien, pensé que podía ser una de las bromas de Fred y George —dijo Ron.

—Hermano —inició Fred, con voz de ofendido.

—Qué mala fe nos tienes —remató George, secándose lágrimas falsas con la manga de la camisa. Luego de unos segundos de risas, siguió la lectura.

¿Y realmente te hiciste eso... ya sabes...?

Señaló la frente de Harry. Harry se levantó el flequillo para enseñarle la luminosa cicatriz. Ron la miró con atención.

¿Así que eso es lo que Quien-tú-sabes...?

Sí —dijo Harry—, pero no puedo recordarlo.

¿Nada? —dijo Ron en tono anhelante.

—¡Ron!

—Lo siento, mamá —suspiró derrotado.

Bueno... recuerdo una luz verde muy intensa, pero nada más.

Vaya —dijo Ron. Contempló a Harry durante unos instantes y luego, como si se diera cuenta de lo que estaba haciendo, con rapidez volvió a mirar por la ventanilla.

—Típico de Ron —comentó Hermione, haciendo que el aludido se ofendiera.

¿Sois una familia de magos? —preguntó Harry, ya que encontraba a Ron tan interesante como Ron lo encontraba a él.

Oh, sí, eso creo —respondió Ron—. Me parece que mamá tiene un primo segundo que es contable, pero nunca hablamos de él.

—¿Y eso por qué, abuela Molly? —preguntó Hugo, mientras los demás jovencitos de la familia asentían interesados.

—Porque él nació squib, y al sentirse tan diferente, prefirió aislarse en el mundo muggle. Siempre extraño al primo Bernie, tenía un toque bromista muy parecido al de Percy, no tan físico sino mental.

Entonces ya debes de saber mucho sobre magia.

Era evidente que los Weasley eran una de esas antiguas familias de magos de las que había hablado el pálido muchacho del callejón Diagon.

—Por antigüedad, sí —mencionó Arthur—, pero jamás por actitud hacia otros magos.

—Sí, así he visto —comentó Draco, viendo como Scorpius y Rose atendían la lectura tomados de la mano.

Oí que te habías ido a vivir con muggles —dijo Ron—. ¿Cómo son?

Horribles... Bueno, no todos ellos. Mi tía, mi tío y mi primo sí lo son. Me hubiera gustado tener tres hermanos magos.

—Y si hubiéramos estado, seguro te los habríamos dado —comentó Lily, atrayendo a Harry en un abrazo—, porque estaba embarazada cuando Voldemort nos atacó, y tengo entendido que serían mellizos.

Un silencio sepulcral cayó en la Sala. Esa pieza de información afectó a los Merodeadores originales, a Harry y a varios de los profesores. Luego de algunos segundos donde muchos en la sala estuvieron secando lágrimas y suspirando ruidosamente, Ginny pudo seguir leyendo.

Cinco —corrigió Ron. Por alguna razón parecía deprimido—. Soy el sexto en nuestra familia que va a asistir a Hogwarts. Podrías decir que tengo el listón muy alto. Bill y Charlie ya han terminado. Bill era delegado de clase y Charlie era capitán de quidditch. Ahora Percy es prefecto. Fred y George son muy revoltosos, pero a pesar de eso sacan muy buenas notas y todos los consideran muy divertidos. Todos esperan que me vaya tan bien como a los otros, pero si lo hago tampoco será gran cosa, porque ellos ya lo hicieron primero. Además, nunca tienes nada nuevo, con cinco hermanos. Me dieron la túnica vieja de Bill, la varita vieja de Charles y la vieja rata de Percy.

—Lo siento, familia —mencionó Ron, sonrojado y con voz seca—, siempre he tenido problemas de confianza, y quizás con Harry es que pude ser realmente quien puedo llegar a ser, y claro, él y Hermione me ayudaron a combatir ese complejo. A su estilo, claro —aclaró ante la mirada inquisidora de los mencionados.

—Aunque a veces se te sale, papá —le comentó Rose—, sobre todo cuando jugamos en la casa del tío Harry en Southamphon.

Ron se ruborizó más, e hizo señas a Ginny para que continuara.

Ron buscó en su chaqueta y sacó una gorda rata gris, que estaba dormida.

Se llama Scabbers y no sirve para nada, casi nunca se despierta. A Percy, papá le regaló una lechuza, porque lo hicieron prefecto, pero no podían comp... Quiero decir, por eso me dieron a Scabbers.

Ante la mención de la rata, varios en la sala ensombrecieron su mirada, al recordar de quién se trataba.

Las orejas de Ron enrojecieron. Parecía pensar que había hablado demasiado, porque otra vez miró por la ventanilla. Harry no creía que hubiera nada malo en no poder comprar una lechuza. Después de todo, él nunca había tenido dinero en toda su vida, hasta un mes atrás, así que le contó a Ron que había tenido que llevar la ropa vieja de Dudley y que nunca le hacían regalos de cumpleaños. Eso pareció animar a Ron.

—Verdad que sí, hermano —reconoció el pelirrojo.

... y hasta que Hagrid me lo contó, yo no tenía idea de que era mago, ni sabía nada de mis padres o Voldemort...

Ron bufó.

¿Qué? —dijo Harry.

Has pronunciado el nombre de Quien-tú-sabes —dijo Ron, tan conmocionado como impresionado—. Yo creí que tú, entre todas las personas...

—Volvemos al punto —dijo James, en tono de fastidio—, no llamarlo por su nombre es tenerle miedo más que respeto, y yo a ese mal… —suspiró ante la mirada agresiva de Lily—, a ese no le voy a mostrar nunca respeto.

—Ya vemos —comentó Lily, siendo secundada por varios en la sala.

No estoy tratando de hacerme el valiente, ni nada por el estilo, al decir el nombre —dijo Harry—. Es que no sabía que no debía decirlo. ¿Ves lo que te decía? Tengo muchísimas cosas que aprender... Seguro —añadió, diciendo por primera vez en voz alta algo que últimamente lo preocupaba mucho—, seguro que seré el peor de la clase.

—Lo dudo —intervino Dudley—, como les dije, Harry siempre fue un muy buen estudiante.

—Bueno —suspiró Harry, ante la mirada de los más jóvenes—, ya lo veremos, según lo que se narre en los libros.

No será así. Hay mucha gente que viene de familias muggles y aprende muy deprisa.

—Para muestra un botón —completó Ron, señalando a su esposa.

—Y las primas Dursley también —comentó JS, sonriendo a Daisy—, son muy buenas brujitas para su edad.

Mientras conversaban, el tren había pasado por campos llenos de vacas y ovejas. Se quedaron mirando un rato, en silencio, el paisaje.

A eso de las doce y media se produjo un alboroto en el pasillo, y una mujer de cara sonriente, con hoyuelos, se asomó y les dijo:

¿Queréis algo del carrito, guapos?

Harry, que no había desayunado, se levantó de un salto, pero las orejas de Ron se pusieron otra vez coloradas y murmuró que había llevado bocadillos.

Harry salió al pasillo. Cuando vivía con los Dursley nunca había tenido dinero para comprarse golosinas y, puesto que tenía los bolsillos repletos de monedas de oro, plata y bronce, estaba listo para comprarse todas las barras de chocolate que pudiera llevar. Pero la mujer no tenía Mars…

—Harry… —quiso reclamar Lily, pero al ver el rostro soñador de su hijo, recordando ese momento, sólo pudo abrazarlo y decirle—: Mi niño, cuánta falta te hicimos.

—Sí, mamá —le respondió Harry, aún atrapado en ese abrazo que deseaba durara por siempre. Mientras tanto, Molly también abrazaba a Ron, mientras le decía:

—Hijo, perdónanos por no estar pendiente de ti.

—No, mamá, no puedo perdonarles nada, más bien perdónenme ustedes por no haber sido más abierto en ese sentido.

Ginny les dio unos minutos, cuando se separaron y suspiraron, siguió leyendo.

En cambio, tenía Grageas Bertie Bott de Todos los Sabores, chicle, ranas de chocolate, empanada de calabaza, pasteles de caldero, varitas de regaliz y otra cantidad de cosas extrañas que Harry no había visto en su vida. Como no deseaba perderse nada, compró un poco de todo y pagó a la mujer once sickles de plata y siete knuts de bronce.

—¡Papá! —exclamó Lilu— ¿Tanta hambre tenías?

Luego de reírse unos segundos, Harry comentó:

—No, mi niña, sólo que estaba descubriendo ese mundo, y quería de alguna manera probarlo todo. Así como tú querías probar todos los sabores de los helados de Florean Fortescue la primera vez que te llevamos, ¿recuerdas?

La niña se sonrojó violentamente, y se refugió en los brazos de su padre, quien sonriente, dio un beso en la coronilla de la niña y señaló a su esposa para que siguiera la lectura.

Ron lo miraba asombrado, mientras Harry depositaba sus compras sobre un asiento vacío.

Tenías hambre, ¿verdad?

—Mi sobrina está de acuerdo conmigo —comentó Ron. Ginny se adelantó a la lectura y, sonriendo, dijo:

—Pero el Harry de 11 años no está de acuerdo con el actual… Oigan la respuesta:

Muchísima —dijo Harry, dando un mordisco a una empanada de calabaza.

Se escucharon risas en toda la sala. Ginny volvió a adelantarse en la lectura y su sonrisa se borró al instante, sonrojándose.

Ron había sacado un arrugado paquete, con cuatro bocadillos. Separó uno y dijo:

Mi madre siempre se olvida de que no me gusta la carne en conserva.

—Lo siento, Ronnie —exclamó Molly, otra vez entre lágrimas.

—No importa, mamá, ya eso pasó —trató de justificarse Ron—. Además, el de la carne en conserva siempre fue Charlie.

—Es verdad —intervino Nadia, sonriendo mientras acariciaba el brazo de su padre—, y ese gusto me lo heredó.

—Yo prefiero los bocadillos de bacon —complementó Ron, intentando sonreír.

Te la cambio por uno de éstos —dijo Harry, alcanzándole un pastel—. Sírvete...

No te va a gustar, está seca —dijo Ron—. Ella no tiene mucho tiempo —añadió rápidamente—... Ya sabes, con nosotros cinco.

—¡Hey! —exclamó Ginny, interrumpiendo la lectura—, ¿Yo no cuento? ¿O no contaba en ese tiempo?

—Discúlpame, tú nunca te quejaste por la comida de mamá, siempre le decías sí a todo lo que preparaba.

—Bueno, eso es verdad —admitió, sonriendo a su madre, y retomó la lectura.

Vamos, sírvete un pastel —dijo Harry, que nunca había tenido nada que compartir o, en realidad, nadie con quien compartir nada. Era una agradable sensación, estar sentado allí con Ron, comiendo pasteles y dulces (los bocadillos habían quedado olvidados).

—No lo dudo —comentó Neville, mientras Dudley volvía a esconder su rostro en sus manos, ante la mirada de Samantha y sus hijas.

¿Qué son éstos? —preguntó Harry a Ron, cogiendo un envase de ranas de chocolate—. No son ranas de verdad, ¿no? —Comenzaba a sentir que nada podía sorprenderlo.

No —dijo Ron—. Pero mira qué cromo tiene. A mí me falta Agripa.

¿Qué?

Oh, por supuesto, no debes saber... Las ranas de chocolate llevan cromos, ya sabes, para coleccionar, de brujas y magos famosos. Yo tengo como quinientos, pero no consigo ni a Agripa ni a Ptolomeo.

—Son los más difíciles de conseguir —comentó Remus, con voz autorizada—, yo sólo llegué a ver el de Ptolomeo, pero nunca lo pude tener.

—Y pensar que este año sacaron una edición especial por los 20 años de la Batalla —indicó Roxanne, sonriendo—, y aparecen ustedes: James y Lily Potter, Sirius Black, Remus Lupin y Tonks, Severus Snape, Harry Potter, Ron Weasley, Hermione Granger, gemelos Weasley, y Neville Longbottom. Se dice que el cromo más difícil de la edición es el del profesor Snape.

Tanto la generación de los merodeadores como la de Harry se sorprendieron con este comentario.

Harry desenvolvió su rana de chocolate y sacó el cromo. En él estaba impreso el rostro de un hombre. Llevaba gafas de media luna, tenía una nariz larga y encorvada, cabello plateado suelto, barba y bigotes. Debajo de la foto estaba el nombre: Albus Dumbledore.

¡Así que éste es Dumbledore! —dijo Harry.

¡No me digas que nunca has oído hablar de Dumbledore! —dijo Ron—. ¿Puedo servirme una rana? Podría encontrar a Agripa... Gracias...

Harry dio la vuelta a la tarjeta y leyó:

Albus Dumbledore, actualmente director de Hogwarts. Considerado por casi todo el mundo Como el más grande mago del tiempo presente, Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tenebroso Grindelwald en 1945, por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre de dragón, y por su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Flamel. El profesor Dumbledore es aficionado a la música de cámara y a los bolos.

—Ahí era donde había leído por primera vez lo de Nicolás Flamel —comentó Harry, para luego matizar—, como no tengo la memoria fotográfica de Hermione, lo vine a recordar fue después.

Ron y Hermione asintieron, mientras el resto de la Sala los veía extrañados.

Harry dio la vuelta otra vez al cromo y vio, para su asombro, que el rostro de Dumbledore había desaparecido.

¡Ya no está!

Bueno, no iba a estar ahí todo el día —dijo Ron—. Ya volverá. Vaya, me ha salido otra vez Morgana y ya la tengo seis veces repetida... ¿No la quieres? Puedes empezar a coleccionarlos.

Los ojos de Ron se perdieron en las ranas de chocolate, que esperaban que las desenvolvieran.

Sírvete —dijo Harry—. Pero oye, en el mundo de los muggles la gente se queda en las fotos.

¿Eso hacen? Cómo, ¿no se mueven? —Ron estaba atónito—. ¡Qué raro!

Harry miró asombrado, mientras Dumbledore regresaba al cromo y le dedicaba una sonrisita. Ron estaba más interesado en comer las ranas de chocolate que en buscar magos y brujas famosos, pero Harry no podía apartar la vista de ellos. Muy pronto tuvo no sólo a Dumbledore y Morgana, sino también a Ramón Llull, al rey Salomón, Circe, Paracelso y Merlín. Hasta que finalmente apartó la vista de la druida Cliodna, que se rascaba la nariz, para abrir una bolsa de grageas de todos los sabores.

Tienes que tener cuidado con ésas —lo previno Ron—. Cuando dice «todos los sabores», es eso lo que quiere decir. Ya sabes, tienes todos los comunes, como chocolate, menta y naranja, pero también puedes encontrar espinacas, hígado y callos. George dice que una vez encontró una con sabor a duende.

—¿Cuándo no es que George o Fred estaban bromeando con su hermano? —reclamó Molly.

—No quiero ni imaginarme como sabe un duende —comentó Freddie, lo que secundaron los "nuevos merodeadores".

Ron eligió una verde, la observó con cuidado y mordió un pedacito.

Puaj... ¿Ves? Coles.

Pasaron un buen rato comiendo las grageas de todos los sabores. Harry encontró tostadas, coco, judías cocidas, fresa, curry, hierbas, café, sardinas y fue lo bastante valiente para morder la punta de una gris, que Ron no quiso tocar y resultó ser pimienta.

—No te fue tan mal, papá —mencionó Al—, a mí la primera que probé me supo a agua de mar, y la siguiente a aceite de hígado de bacalao. Después de ahí no quise probar más nunca una gragea de esas.

Se oyeron risas del grupo de los más jóvenes.

En aquel momento, el paisaje que se veía por la ventanilla se hacía más agreste. Habían desaparecido los campos cultivados y aparecían bosques, ríos serpenteantes y colinas de color verde oscuro.

Se oyó un golpe en la puerta del compartimiento, y entró el muchacho de cara redonda que Harry había visto al pasar por el andén nueve y tres cuartos. Parecía muy afligido.

Perdón —dijo—. ¿Por casualidad no habréis visto un sapo?

—Mala costumbre de ustedes los Longbottom y sus sapos —comentó Alice, negando con la cabeza.

—Tranquila, abuela —indicó Frankie—, como los cuatro somos alérgicos a los sapos, se acabó la tradición. Yo tengo una lechuza, que comparto con Alisu, y los mellizos tienen un gato.

Neville sonrió al oír la interacción entre su madre y su hijo mayor.

Cuando los dos negaron con la cabeza, gimió.

¡La he perdido! ¡Se me escapa todo el tiempo!

Ya aparecerá —dijo Harry.

Sí —dijo el muchacho apesadumbrado—. Bueno, si la veis...

Se fue.

No sé por qué está tan triste —comentó Ron—. Si yo hubiera traído un sapo lo habría perdido lo más rápidamente posible. Aunque en realidad he traído a Scabbers, así que no puedo hablar.

La rata seguía durmiendo en las rodillas de Ron.

Nuevos gruñidos se oyeron en la sala, sorprendiendo a los más jóvenes.

Podría estar muerta y no notarías la diferencia —dijo Ron con disgusto—. Ayer traté de volverla amarilla para hacerla más interesante, pero el hechizo no funcionó. Te lo voy a enseñar, mira...

Revolvió en su baúl y sacó una varita muy gastada. En algunas partes estaba astillada y, en la punta, brillaba algo blanco.

Los pelos de unicornio casi se salen. De todos modos...

Acababa de coger la varita cuando la puerta del compartimiento se abrió otra vez. Había regresado el chico del sapo, pero llevaba a una niña con él. La muchacha ya llevaba la túnica de Hogwarts.

Algunas risas se escucharon, especialmente después de volver a ver que alguien se sonrojaba rápidamente.

¿Alguien ha visto un sapo? Neville perdió uno —dijo. Tenía voz de mandona, mucho pelo color castaño y los dientes de delante bastante largos.

—Esa es mi mamá —comentó Hugo, pero al ver a Hermione, le comentó—, pero no tienes los dientes taaan largos, ¿o sí, papá?

—Ese tema de los dientes creo que lo podemos dejar para después —dijo la aludida, totalmente ruborizada—. Ginny, sigue, por favor.

Ya le hemos dicho que no —dijo Ron, pero la niña no lo escuchaba. Estaba mirando la varita que tenía en la mano.

Oh, ¿estás haciendo magia? Entonces vamos a verlo.

Se sentó. Ron pareció desconcertado.

Eh... de acuerdo. —Se aclaró la garganta—. «Rayo de sol, margaritas, volved amarilla a esta tonta ratita.»

Una explosión de risas se escuchó de parte de los gemelos, quienes reían la inocencia de su hermano, mientras que éste, y su actual esposa, adquirían el mismo rubor.

Agitó la varita, pero no sucedió nada. Scabbers siguió durmiendo, tan gris como siempre.

¿Estás seguro de que es el hechizo apropiado? —preguntó la niña—. Bueno, no es muy efectivo, ¿no? Yo probé unos pocos sencillos, sólo para practicar, y funcionaron. Nadie en mi familia es mago, fue toda una sorpresa cuando recibí mi carta, pero también estaba muy contenta, por supuesto, ya que ésta es la mejor escuela de magia, por lo que sé. Ya me he aprendido todos los libros de memoria, desde luego, espero que eso sea suficiente... Yo soy Hermione Granger. ¿Y vosotros quiénes sois?

Dijo todo aquello muy rápidamente.

Harry miró a Ron y se calmó al ver en su rostro aturdido que él tampoco se había aprendido todos los libros de memoria.

—Lo dije y lo sostengo: leí los libros, mas no me los aprendí de memoria —expresó Harry, dando a entender a Hermione que lo que había dicho temprano era cierto.

—Viste, Rose —le comentó Scorpius—, tu tío tiene razón.

—No te estés metiendo conmigo, Malfoy, porque te corro de aquí, y te lanzo a mis primos para que me defiendan.

—A nosotros no nos metas en tus problemas —comentó JS, mientras él, Frankie y Freddie se reían a mandíbula batiente.

Ginny no dio tiempo de replicar.

Yo soy Ron Weasley —murmuró Ron.

Harry Potter —dijo Harry.

¿Eres tú realmente? —dijo Hermione—. Lo sé todo sobre ti, por supuesto, conseguí unos pocos libros extra para prepararme más y tú figuras en Historia de la magia moderna, Defensa contra las Artes Oscuras y Grandes eventos mágicos del siglo XX.

¿Estoy yo? —dijo Harry, sintiéndose mareado.

—Y en las ediciones que solicitan en el séptimo año de Defensa contra las Artes Oscuras, aparecen todos, porque en ese año se estudia a Voldemort y su guerra contra el mundo mágico —comentó Victoire, tomada de la mano de Teddy, quien asentía sonriendo.

El mareo que Harry había sentido en aquel momento no se comparaba con el que sentía en este instante.

Dios mío, no lo sabes. Yo en tu lugar habría buscado todo lo que pudiera —dijo Hermione—. ¿Sabéis a qué casa vais a ir? Estuve preguntando por ahí y espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas. Oí que Dumbledore estuvo allí, pero supongo que Ravenclaw no será tan mala... De todos modos, es mejor que sigamos buscando el sapo de Neville. Y vosotros dos deberíais cambiaros ya, vamos a llegar pronto.

Y se marchó, llevándose al chico sin sapo.

Cualquiera que sea la casa que me toque, espero que ella no esté —dijo Ron.

—¡Ya va! —exclamó Seamus—, ¿Ustedes no se hicieron amigos de Hermione en el tren?

—No —respondió la misma Hermione—, como viste, mi primer acercamiento a Ron y Harry fue inapropiado, incorrecto, algo infantil. Siempre fui una niña que se amparaba en estudiar mucho, y no tenía muchas amistades por eso y porque, como era "el bicho raro" del salón, nadie se me acercaba, lo que hizo que no supiera como hacer amistades o cómo interactuar con niños de mi edad. Aunque traté de comenzar con buen pie, parece que no fue así.

—Igualmente yo, Hermione —comentó Ron—, fui muy rudo al hablarte de esa forma, quizás por estar acostumbrado a tratarme con puros varones. Ginny no cuenta —aclaró al ver la mirada agria de su hermana— porque eras y sigues siendo mi hermanita, y tú también te acostumbraste a una vida "varonil", por decirlo así.

Ginny, al quedar desarmada por ese argumento, sólo suspiró y siguió leyendo:

Arrojó su varita al baúl—. Qué hechizo más estúpido, me lo dijo George. Seguro que era falso.

¿En qué casa están tus hermanos? —preguntó Harry.

Gryffindor —dijo Ron. Otra vez parecía deprimido—. Mamá y papá también estuvieron allí. No sé qué van a decir si yo no estoy. No creo que Ravenclaw sea tan mala, pero imagina si me ponen en Slytherin.

¿Esa es la casa en la que Vol.… quiero decir Quien-tú-sabes... estaba?

Ajá —dijo Ron. Se echó hacia atrás en el asiento, con aspecto abrumado.

¿Sabes? Me parece que las puntas de los bigotes de Scabbers están un poco más claras —dijo Harry, tratando de apartar la mente de Ron del tema de las casas—. Y, a propósito, ¿qué hacen ahora tus hermanos mayores?

Harry se preguntaba qué hacía un mago, una vez que terminaba el colegio.

—Realmente había mucho que conocer. Disculpa por tanta pregunta —expresó Harry, a lo que Ron sacudió la mano en un gesto de quitarle importancia para después indicarle a Ginny que siguiera.

Charlie está en Rumania, estudiando dragones, y Bill está en África, ocupándose de asuntos para Gringotts —explicó Ron—. ¿Te enteraste de lo que pasó en Gringotts? Salió en El Profeta, pero no creo que las casas de los muggles lo reciban: trataron de robar en una cámara de alta seguridad.

Harry se sorprendió.

¿De verdad? ¿Y qué les ha sucedido?

Nada, por eso son noticias tan importantes. No los han atrapado. Mi padre dice que tiene que haber sido un poderoso mago tenebroso para entrar en Gringotts, pero lo que es raro es que parece que no se llevaron nada. Por supuesto, todos se asustan cuando sucede algo así, ante la posibilidad de que Quien-tú-sabes esté detrás de ello.

Harry repasó las noticias en su cabeza. Había comenzado a sentir una punzada de miedo cada vez que mencionaban a Quien-tú-sabes. Suponía que aquello era una parte de entrar en el mundo mágico, pero era mucho más agradable poder decir «Voldemort» sin preocuparse.

—Tienes razón —insistió James, haciendo que Lily negara en silencio.

¿Cuál es tu equipo de quidditch? —preguntó Ron.

Eh... no conozco ninguno —confesó Harry.

¿Cómo? —Ron pareció atónito—. Oh, ya verás, es el mejor juego del mundo... —Y se dedicó a explicarle todo sobre las cuatro pelotas y las posiciones de los siete jugadores, describiendo famosas jugadas que había visto con sus hermanos y la escoba que le gustaría comprar si tuviera el dinero.

Le estaba explicando los mejores puntos del juego, cuando otra vez se abrió la puerta del compartimiento, pero esta vez no era Neville, el chico sin sapo, ni Hermione Granger. Entraron tres muchachos, y Harry reconoció de inmediato al del medio: era el chico pálido de la tienda de túnicas de Madame Malkin. Miraba a Harry con mucho más interés que el que había demostrado en el callejón Diagon.

En ese momento, las miradas de casi todos los presentes se detuvieron sobre Draco, quien veía cómo su hija mayor, Christina, conversaba con Dominique.

¿Es verdad? —preguntó—. Por todo el tren están diciendo que Harry Potter está en este compartimento. Así que eres tú, ¿no?

Sí —respondió Harry. Observó a los otros muchachos. Ambos eran corpulentos y parecían muy vulgares. Situados a ambos lados del chico pálido, parecían guardaespaldas.

Oh, éste es Crabbe y éste Goyle —dijo el muchacho pálido con despreocupación, al darse cuenta de que Harry los miraba—. Y mi nombre es Malfoy, Draco Malfoy.

—¿Cuándo no es que un Malfoy no está con un Crabbe y un Goyle de guardaespaldas? —comentó con desprecio Sirius, viendo a Draco, pero fue Scorpius quien respondió:

—Me disculpa, señor Black, pero soy Malfoy y estoy con los Potter, los Weasley y los Longbottom, y no porque los tenga como guardaespaldas.

Sirius, derrotado, se hundió en su butaca, mientras que Draco comentó:

—Le puedo dar la razón, Black, en el hecho que siempre nuestras familias estuvieron relacionadas por negocios o intereses comunes —y en un gesto inconsciente, se acarició el antebrazo izquierdo, aquel donde había recibido la Marca Tenebrosa—, pero esa relación se perdió cuando murió Vincent Crabbe y Gregory Goyle y yo separamos nuestros caminos. Si ya hoy nuestra relación no es exactamente amistosa, al menos nos respetamos.

Ron dejó escapar una débil tos, que podía estar ocultando una risita. Draco (dragón) Malfoy lo miró.

Te parece que mi nombre es divertido, ¿no? No necesito preguntarte quién eres. Mi padre me dijo que todos los Weasley son pelirrojos, con pecas y más hijos que los que pueden mantener.

Se volvió hacia Harry.

Muy pronto descubrirás que algunas familias de magos son mucho mejores que otras, Potter. No querrás hacerte amigo de los de la clase indebida. Yo puedo ayudarte en eso.

Extendió la mano, para estrechar la de Harry; pero Harry no la aceptó.

—¡Así se hace, hijo! —exclamó James en medio de los aplausos, mientras Harry y Lily negaban y Draco suspiraba con un gesto de indiferencia.

Creo que puedo darme cuenta solo de cuáles son los indebidos, gracias —dijo con frialdad.

Nuevos aplausos, acompañados de risas se dejaron escuchar en la Sala.

Draco Malfoy no se ruborizó, pero un tono rosado apareció en sus pálidas mejillas.

Yo tendría cuidado, si fuera tú, Potter —dijo con calma—. A menos que seas un poco más amable, vas a ir por el mismo camino que tus padres. Ellos tampoco sabían lo que era bueno para ellos. Tú sigue con gentuza como los Weasley y ese Hagrid y terminarás como ellos.

Harry y Ron se levantaron al mismo tiempo. El rostro de Ron estaba tan rojo como su pelo.

En la sala, sólo se produjo un cruce de miradas. La tensión se había instalado, y el propio Draco se encargó de romperla:

—Sí, debo reconocer que en ese momento estaba muy influenciado por las ideas de mis padres, un Malfoy y una Black, y lógicamente mi comportamiento estuvo enmarcado en esa cultura purista, como comentaron temprano. Creo que hace tiempo enterramos el hacha de guerra, ¿no es así, Potter, Weasley?

—Así hicimos, Malfoy —respondió Harry, mientras Ron, viendo a su hija sentada junto al hijo de Draco, asentía en silencio—; yo la enterré luego de la escaramuza en el Bosque Prohibido, ¿recuerdas? —Draco asintió en silencio.

—Y yo —admitió Ron—, aunque he tardado más, porque siempre fuiste más ofensivo con mi familia que con la de cualquiera, acepté que podemos cambiar y mejorar, e incluso hemos permitido que tu hijo comparta con nuestros hijos y hasta haya sido adoptado en la cofradía de primos Weasley. No esperes que nos sentemos a beber una botella de whiskey de fuego, pero sí podemos tener una conversación civilizada.

—Así es, Weasley —reconoció Draco, asintiendo ante la mirada complacida de su esposa e hijos, puesto que Christina, algo alejada inicialmente, había prestado atención a la interacción entre los tres.

Repite eso —dijo.

Oh, vais a pelear con nosotros, ¿eh? —se burló Malfoy.

Si no os vais ahora mismo... —dijo Harry, con más valor que el que sentía, porque Crabbe y Goyle eran mucho más fuertes que él y Ron.

Pero nosotros no tenemos ganas de irnos, ¿no es cierto, muchachos? Nos hemos comido todo lo que llevábamos y vosotros parece que todavía tenéis algo.

Goyle se inclinó para coger una rana de chocolate del lado de Ron. El pelirrojo saltó hacia él, pero antes de que pudiera tocar a Goyle, el muchacho dejó escapar un aullido terrible.

Scabbers, la rata, colgaba del dedo de Goyle, con los agudos dientes clavados profundamente en sus nudillos. Crabbe y Malfoy retrocedieron mientras Goyle agitaba la mano para desprenderse de la rata, gritando de dolor, hasta que, finalmente, Scabbers salió volando, chocó contra la ventanilla y los tres muchachos desaparecieron.

—Una de las pocas cosas buenas que hizo la rata esa —comentó agriamente Ron, lo que llamó la atención de Sirius, pero inmediatamente comprendió al recordar la traición del cuarto Merodeador.

Tal vez pensaron que había más ratas entre las golosinas, o quizás oyeron los pasos porque, un segundo más tarde, Hermione Granger volvió a entrar.

¿Qué ha pasado? —preguntó, mirando las golosinas tiradas por el suelo y a Ron que cogía a Scabbers por la cola.

Creo que se ha desmayado —dijo Ron a Harry. Miró más de cerca a la rata—. No, no puedo creerlo, ya se ha vuelto a dormir.

Y era así.

¿Conocías ya a Malfoy?

Harry le explicó el encuentro en el callejón Diagon.

Oí hablar sobre su familia —dijo Ron en tono lúgubre—. Son algunos de los primeros que volvieron a nuestro lado después de que Quien-tú-sabes desapareció. Dijeron que los habían hechizado. Mi padre no se lo cree. Dice que el padre de Malfoy no necesita una excusa para pasarse al Lado Oscuro…

—Y siempre lo pensé —ratificó Arthur. Draco sólo encogió los hombros, las pruebas eran más que evidentes, y se imaginaba que no sólo se dejaría leer esa actitud de su parte sino todas sus correrías como familia a favor del Señor Tenebroso.

… —Se volvió hacia Hermione—. ¿Podemos ayudarte en algo?

Mejor que os apresuréis y os cambiéis de ropa. Acabo de ir a la locomotora, le pregunté al conductor y me dijo que ya casi estamos llegando. No os estaríais peleando, ¿verdad? ¡Os vais a meter en líos antes de que lleguemos!

—Prefecta perfecta en acción —comentó Sirius, riéndose y haciendo molestar a Lily, mientras que Remus sólo negaba, sonriendo. Otros que reían eran los jóvenes, puesto que Al comentó:

—Eso me recuerda nuestro primer viaje en el expreso de Hogwarts, Rose dándonos la lata para que nos cambiáramos casi apenas saliendo de King's Cross.

—¡No seas mentiroso, que el que estaba emocionado eras tú! —le respondió la aludida, levantándose y montando los brazos en jarra marca registrada Weasley—… Bueno, emocionado y asustado a partes iguales. Si no es por Louie y las primas florecitas —Violet y Daisy se rieron por esa forma de llamarlas—, te hubieras encerrado en tu baúl. Estuviste todo el viaje "no quiero estar en Slytherin, no quiero estar en Slytherin".

—Bueno —admitió Al, ruborizado—, sí, estaba nervioso. Mamá, sigue, por favor.

Scabbers se estuvo peleando, no nosotros —dijo Ron, mirándola con rostro severo—. ¿Te importaría salir para que nos cambiemos?

Muy bien... Vine aquí porque fuera están haciendo chiquilladas y corriendo por los pasillos —dijo Hermione en tono despectivo—. A propósito, ¿te has dado cuenta de que tienes sucia la nariz?

Ron le lanzó una mirada de furia mientras ella salía.

—Vaya —comentó Dil, viendo a la pareja tomados de la mano, sentados junto a sus hijos—, ustedes comenzaron bien mal, ¿no?

—Sí —admitió Hermione—, fueron casi dos meses terribles, después todo cambió.

Los tres se sonrieron, dando a entender que no comentarían nada más.

Harry miró por la ventanilla. Estaba oscureciendo. Podía ver montañas y bosques, bajo un cielo de un profundo color púrpura. El tren parecía aminorar la marcha.

Él y Ron se quitaron las camisas y se pusieron las largas túnicas negras. La de Ron era un poco corta para él, y se le podían ver los pantalones de gimnasia.

Una voz retumbó en el tren.

Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.

El estómago de Harry se retorcía de nervios y Ron, podía verlo, estaba pálido debajo de sus pecas. Llenaron sus bolsillos con lo que quedaba de las golosinas y se reunieron con el resto del grupo que llenaba los pasillos.

—Eso siempre se hace —comentó James—, yo me quedaba con las empanadas de calabaza, Remus con las ranas y barras de chocolate, y Sirius con lo demás.

—En nuestro caso —expresó JS—, yo me quedo con parte de las ranas de chocolate, porque la otra parte se la agarra Frankie, y las empanadas de calabaza son de Freddie, los dulces de caldero son los favoritos de Lucy, y las varitas de regaliz se las pelean Molls y Rosie. Scorp prefiere mantener la dieta y no agarra nada.

Algunas risas se escucharon, especialmente del grupo de los más jóvenes.

El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro andén. Harry se estremeció bajo el frío aire de la noche. Entonces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y Harry oyó una voz conocida:

¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harry?

La gran cara peluda de Hagrid rebosaba alegría sobre el mar de cabezas.

—Siempre me alegra ver a los chicos de primer año llegar —reconoció el guardabosque.

Venid, seguidme... ¿Hay más de primer año? Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme!

Resbalando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero. Estaba tan oscuro que Harry pensó que debía de haber árboles muy tupidos a ambos lados. Nadie hablaba mucho. Neville, el chico que había perdido su sapo, lloriqueaba de vez en cuando.

—O soy el que perdió el sapo —reconoció Neville, con voz derrotada—, o el que estuvo llorando buena parte del año.

Hannah tomó la mano de su esposo, y haciéndolo girarse a verla, le dijo:

—Acuérdate que éramos niños de once años, que no sabíamos a qué nos enfrentábamos, por lo que no era extraño que estuviéramos nerviosos.

Y le dio un rápido beso en los labios.

En un segundo, tendréis la primera visión de Hogwarts —exclamó Hagrid por encima del hombro—, justo al doblar esta curva.

Se produjo un fuerte ¡ooooooh!

El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.

¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla. Harry y Ron subieron a uno, seguidos por Neville y Hermione.

¿Todos habéis subido? —continuó Hagrid, que tenía un bote para él solo—. ¡Venga! ¡ADELANTE!

Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía.

—Entre impresionados y nerviosos —reconoció Parvati, mientras Lavender y Zacharias asentían en silencio.

—Yo estaba totalmente impactado —reconoció Seamus.

—Yo estaba nervioso y preocupado, porque no encontraba a Trevor —aclaró Neville.

¡Bajad las cabezas! —exclamó Hagrid, mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco. Todos agacharon la cabeza y los botecitos los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros.

¡Eh, tú, el de allí! ¿Es éste tu sapo? —dijo Hagrid, mientras vigilaba los botes y la gente que bajaba de ellos.

¡Trevor! —gritó Neville, muy contento, extendiendo las manos. Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente, a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo.

Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.

¿Estáis todos aquí? Tú, ¿todavía tienes tu sapo?

—Tenía que velar que todos, sapo incluido, hubieran llegado —comentó Hagrid ante las risas de muchos y el sonrojo de Neville.

Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.

—Y así termina el capítulo —suspiró Ginny al dejar el pergamino en el atril; éste se desplazó y se ubicó delante del profesor Flitwick, quien, ajustando sus pequeños lentes, sonrió al leer el título del siguiente capítulo.


Buenas tardes desde San Diego, Venezuela! Un nuevo capítulo en la lectura, y este incluye la participación de las tres generaciones, si no en pleno, al menos los más asiduos en la interrupción. Ha sido un esfuerzo interesante, y siento que quedó bastante "balanceado", incluyendo algunas alianzas, amistades, referencias a hechos tanto canon como propios de mi creación y de las fickers que mencioné en el capítulo pasado... Se dejan develar algunos hechos interesantes que poco a poco van a irse desencadenando en este plano astral... Ya el próximo capítulo es la selección, con todo lo que implica, y después lo que sabemos que sigue, pero con el toque que le estamos imprimiendo a esta, "Una Lectura Distinta"... Espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo, y espero sus comentarios y sugerencias, en el cuadrio o enlace de abajo... Salud y saludos!