Harry Potter: Una lectura distinta
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Piedra Filosofal
CAPÍTULO 8 El Profesor de Pociones
Luego de un buen rato de conversación y comida, los ánimos estaban contentos, todos estaban a la expectativa del nuevo capítulo. Cuando la Sala reubicó los sofás y butacas, el atril se materializó directamente delante de Snape, quien gruñó incómodo.
—Todos han de leer al menos un capítulo —expresó la sala, por lo que el aludido bufó nuevamente. Luego, ante la mirada de James, Harry y Sirius, extendió el rollo y sonrió imperceptiblemente al leer el título del siguiente capítulo.
—"El profesor de pociones"
—Allí, mira.
—¿Dónde?
—Al lado del chico alto y pelirrojo.
—¿El de gafas?
—¿Has visto su cara?
—¿Has visto su cicatriz?
Los murmullos siguieron a Harry desde el momento en que, al día siguiente, salió del dormitorio. Los alumnos que esperaban fuera de las aulas se ponían de puntillas para mirarlo, o se daban la vuelta en los pasillos, observándolo con atención.
—No era extraño —comentó Snape—, siendo hijo de quien es.
Lily y Harry lo miraron con amargura, y la pelirroja le replicó:
—Severus, lo menos que querría Harry era llamar la atención. En eso se parece más a mí que a James. Y creo que ya te debes haber dado cuenta con lo que llevamos leído.
Snape levantó la mirada, viendo a su amada verlo molesta, por lo que sólo respondió encogiendo los hombros y retomando la lectura. Mientras eso pasaba, James miraba en silencio la interacción entre su esposa y su rival.
Harry deseaba que no lo hicieran, porque intentaba concentrarse para encontrar el camino de su clase.
En Hogwarts había 142 escaleras, algunas amplias y despejadas, otras estrechas y destartaladas. Algunas llevaban a un lugar diferente los viernes. Otras tenían un escalón que desaparecía a mitad de camino y había que recordarlo para saltar.
—No me lo recuerden —suspiró Neville, abatido, ante la mención de los escalones fantasma, a lo que Dil sonrió, recordando que ella también había sido víctima de un escalón de esos.
Después, había puertas que no se abrían, a menos que uno lo pidiera con amabilidad o les hiciera cosquillas en el lugar exacto, y puertas que, en realidad, no eran sino sólidas paredes que fingían ser puertas. También era muy difícil recordar dónde estaba todo, ya que parecía que las cosas cambiaban de lugar continuamente. Las personas de los retratos seguían visitándose unos a otros, y Harry estaba seguro de que las armaduras podían andar.
—Sólo en caso de estricta urgencia, como ya sabe, señor Potter —aclaró orgullosa la profesora McGonagall.
—Además —interrumpió Rose—, tío Harry, ¿cómo sabías todos esos datos del colegio?
—Por tu madre, Rosie —sonrió Harry, viendo a su sobrina y a su amiga—, cada día nos mencionaba un dato distinto que recordaba haberlo leído en Historia de Hogwarts.
Los compañeros de Hermione recordaban esas menciones, sonriendo mientras la aludida se sonrojaba fuertemente.
Los fantasmas tampoco ayudaban. Siempre era una desagradable sorpresa que alguno se deslizara súbitamente a través de la puerta que se intentaba abrir. Nick Casi Decapitado siempre se sentía contento de señalar el camino indicado a los nuevos Gryffindors, pero Peeves el Duende se encargaba de poner puertas cerradas y escaleras con trampas en el camino de los que llegaban tarde a clase. También le tiraba papeleras a la cabeza, corría las alfombras debajo de los pies del que pasaba, les tiraba tizas o, invisible, se deslizaba por detrás, cogía la nariz de alguno y gritaba: ¡TENGO TU NARIZ!
Los Merodeadores se rieron sonoramente, al recordar lo que previamente habían comentado con Lily:
—¡Verdad que nosotros le enseñamos a hacer eso! —exclamó Sirius, a carcajada batiente, mientras James reía y Remus negaba, aunque sin ocultar su sonrisa.
—Lo de la nariz se lo enseñó Pettigrew, ¿no? —preguntó, inocente, Lily, lo que provocó que las risas se detuvieran toscamente.
—Sí —respondió James, con voz sombría.
Pero aún peor que Peeves, si eso era posible, era el celador, Argus Filch. Harry y Ron se las arreglaron para chocar con él, en la primera mañana. Filch los encontró tratando de pasar por una puerta que, desgraciadamente, resultó ser la entrada al pasillo prohibido del tercer piso. No les creyó cuando dijeron que estaban perdidos, estaba convencido de que querían entrar a propósito y los amenazó con encerrarlos en los calabozos, hasta que el profesor Quirrell, que pasaba por allí, los rescató.
—Típica suerte de Harry —mencionó Hannah, mientras el trío bufaba a la mención del antiguo profesor.
Filch tenía una gata llamada Señora Norris, una criatura flacucha y de color polvoriento, con ojos saltones como linternas, iguales a los de Filch. Patrullaba sola por los pasillos. Si uno infringía una regla delante de ella, o ponía un pie fuera de la línea permitida, se escabullía para buscar a Filch, el cual aparecía dos segundos más tarde. Filch conocía todos los pasadizos secretos del colegio mejor que nadie (excepto tal vez los gemelos Weasley), …
—¡Hey! —exclamó Sirius—, ¡No puede ser que no hayas oído hablar de nosotros los Merodeadores!
—Bueno —se justificó Harry, resumiendo el pensar de sus compañeros—, era apenas nuestra primera semana de clase, no conocíamos mucho del castillo o de sus anécdotas.
—Tiene razón —admitió James. Luego de suspirar, indicó—. Snape, por favor, continúa.
Tanto Lily como Severus vieron sorprendidos a James, quien sólo encogió los hombros e hizo señas para seguir la lectura.
…y podía aparecer tan súbitamente como cualquiera de los fantasmas. Todos los estudiantes lo detestaban, y la más soñada ambición de muchos, era darle una buena patada a la Señora Norris.
Y después, cuando por fin habían encontrado las aulas, estaban las clases. Había mucho más que magia, como Harry descubrió muy pronto, mucho más que agitar la varita y decir unas palabras graciosas.
Tenían que estudiar los cielos nocturnos con sus telescopios, cada miércoles a medianoche, y aprender los nombres de las diferentes estrellas y los movimientos de los planetas. Tres veces por semana iban a los invernaderos de detrás del castillo a estudiar Herbología, con una bruja pequeña y regordeta llamada profesora Sprout, y aprendían a cuidar de todas las plantas extrañas y hongos y a descubrir para qué debían utilizarlas.
—Disculpe, profesora —dijo Harry, a lo que Sprout sólo sonrió y dijo:
—Tranquilo, Potter. Me alegra que la Herbología le haya llamado la atención.
Pero la asignatura más aburrida era Historia de la Magia, la única clase dictada por un fantasma. El profesor Binns ya era muy viejo cuando se quedó dormido frente a la chimenea del cuarto de profesores y se levantó a la mañana siguiente para dar clase, dejando atrás su cuerpo. Binns hablaba monótonamente, mientras escribía nombres y fechas, y hacia que Elmerico el Malvado y Ulrico el Chiflado se confundieran.
—¿En qué año logró que se retirara el profesor Binns, profesora McGonagall? —preguntó Hermione, recordando el comentario que había hecho Molls.
—Hace dos años, señora Granger-Weasley.
El profesor Flitwick, el de la clase de Encantamientos, era un brujo diminuto que tenía que subirse a unos cuantos libros para ver por encima de su escritorio. Al comenzar la primera clase, sacó la lista y, cuando llegó al nombre de Harry, dio un chillido de excitación y desapareció de la vista.
Todos los que estuvieron en esa clase se rieron con ganas, mientras el propio Flitwick se sonrojaba y reía de sí mismo. Snape arrugó el ceño y siguió leyendo.
La profesora McGonagall era siempre diferente. Harry había tenido razón al pensar que no era una profesora con quien se pudiera tener problemas. Estricta e inteligente, les habló en el primer momento en que se sentaron, el día de su primera clase.
—Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderéis en Hogwarts —dijo—. Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver. Ya estáis prevenidos.
Entonces transformó un escritorio en un cerdo y luego le devolvió su forma original. Todos estaban muy impresionados y no aguantaban las ganas de empezar, pero muy pronto se dieron cuenta de que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran transformar muebles en animales. Después de hacer una cantidad de complicadas anotaciones, le dio a cada uno una cerilla para que intentaran convertirla en una aguja. Al final de la clase, sólo Hermione Granger había hecho algún cambio en la cerilla. La profesora McGonagall mostró a todos cómo se había vuelto plateada y puntiaguda, y dedicó a la niña una excepcional sonrisa.
—Realmente excepcional —comentó Seamus—. A mí me regañó porque le prendí fuego a mi cerilla.
—Sí, para que la profesora McGonagall sonría es porque algo de verdad impresionante está pasando —mencionó Alice—. Ni siquiera cuando James lograba a la primera el ejercicio lo felicitaba.
—Porque lo lograba a cinco minutos para el final de la clase, después de muchos regaños y de estar interrumpiendo la clase —les recordó la profesora, mirando fijamente a su estudiante, quien sonreía y encogía los hombros. Tanto Sirius como Remus sonrieron, recordando esos tiempos.
La clase que todos esperaban era Defensa Contra las Artes Oscuras, pero las lecciones de Quirrell resultaron ser casi una broma. Su aula tenía un fuerte olor a ajo, y todos decían que era para protegerse de un vampiro que había conocido en Rumania y del que tenía miedo de que volviera a buscarlo. Su turbante, les dijo, era un regalo de un príncipe africano como agradecimiento por haberlo liberado de un molesto zombi, pero ninguno creía demasiado en su historia. Por un lado, porque cuando Seamus Finnigan se mostró deseoso de saber cómo había derrotado al zombi, el profesor Quirrell se ruborizó y comenzó a hablar del tiempo, y por el otro, porque habían notado que el curioso olor salía del turbante, y los gemelos Weasley insistían en que estaba lleno de ajo, para proteger a Quirrell cuando el vampiro apareciera.
—Muchachos —mencionó Ron—, ¿no les recuerda al inepto que tuvimos en segundo año? Mentiroso, huidizo, incompetente…
—Ciertamente —ratificó Hermione, quien, al ver la mirada de los mayores, comentó—. Seguramente lo leeremos en el segundo libro.
Ginny se estremeció ligeramente, lo que notó Harry cuando le apretó la mano.
Harry se sintió muy aliviado al descubrir que no estaba mucho más atrasado que los demás. Muchos procedían de familias muggle y, como él, no tenían ni idea de que eran brujas y magos. Había tantas cosas por aprender que ni siquiera un chico como Ron tenía mucha ventaja.
El viernes fue un día importante para Harry y Ron. Por fin encontraron el camino hacia el Gran Comedor a la hora del desayuno, sin perderse ni una vez.
—¡Qué bien! —comentó James—, ¡A nosotros —indicó señalándose a él mismo y a Sirius— nos costó tres semanas y varios días de detención!
—¿Qué tenemos hoy? —preguntó Harry a Ron, mientras echaba azúcar en sus cereales.
—Pociones Dobles con los de Slytherin —respondió Ron—. Snape es el Jefe de la Casa Slytherin. Dicen que siempre los favorece a ellos... Ahora veremos si es verdad.
—Pociones más Slytherin más Snape, mala combinación —comentó Sirius, sombríamente.
—Profesor —preguntó Frank, con tono calmo—, siempre tuvo la idea de hacer que las dos casas compartieran esa clase particularmente, ¿verdad? Porque no recuerdo en mis siete años que viera pociones con otra casa que no fuera Slytherin.
—Es verdad, señor Longbottom —admitió Dumbledore—. Severus, por favor.
—Ojalá McGonagall nos favoreciera a nosotros —dijo Harry. La profesora McGonagall era la jefa de la casa Gryffindor; pero eso no le había impedido darles una gran cantidad de deberes el día anterior.
—No es que no nos favoreciera —reconoció James, y la profesora aguzó la mirada—, sino que no lo hacía tan evidentemente.
Un murmullo de reconocimiento hizo sonreír levemente a la Directora.
Justo en aquel momento llegó el correo. Harry ya se había acostumbrado, pero la primera mañana se impresionó un poco cuando unas cien lechuzas entraron súbitamente en el Gran Comedor durante el desayuno, volando sobre las mesas hasta encontrar a sus dueños, para dejarles caer encima cartas y paquetes.
—Es realmente un espectáculo —comentó Louis, a lo que los integrantes de la "tercera generación" y varios de los demás asintieron.
Hedwig no le había llevado nada hasta aquel día. Algunas veces volaba para mordisquearle una oreja y conseguir una tostada, antes de volver a dormir en la lechucería, con las otras lechuzas del colegio. Sin embargo, aquella mañana pasó volando entre la mermelada y la azucarera y dejó caer un sobre en el plato de Harry. Este lo abrió de inmediato.
Querido Harry (decía con letra desigual), sé que tienes las tardes de los viernes libres, así que ¿te gustaría venir a tomar una taza de té conmigo, a eso de las tres? Quiero que me cuentes todo lo de tu primera semana.
Envíame la respuesta con Hedwig.
Hagrid
Snape leyó el texto de la carta con voz monocorde, y al terminarla, miró con brusquedad al guardabosque, quien recibía el agradecimiento de Lily:
—Gracias, Hagrid, por estar pendiente de mi niño.
—Con gusto, Lily.
Harry cogió prestada la pluma de Ron y contestó: «Sí, gracias, nos veremos más tarde», en la parte de atrás de la nota, y la envió con Hedwig.
Fue una suerte que Hagrid hubiera invitado a Harry a tomar el té, porque la clase de Pociones resultó ser la peor cosa que le había ocurrido allí, hasta entonces.
—Si eso fue lo peor —comentó JS, atrayendo la mirada de muchos—, no me imagino el resto.
—Hasta entonces —ratificó Harry— y es mi primera semana de mi primer año.
Algunos, especialmente Lily, suspiraron intentando controlar la tensión que le había provocado ese comentario.
Al comenzar el banquete de la primera noche, Harry había pensado que no le caía bien al profesor Snape. Pero al final de la primera clase de Pociones supo que no se había equivocado. No era sólo que a Snape no le gustara Harry: lo detestaba.
Una mirada de reproche, silenciosa, se cruzó entre Lily y Severus, quien suspiró y siguió leyendo.
Las clases de Pociones se daban abajo, en un calabozo. Hacía mucho más frío allí que arriba, en la parte principal del castillo, y habría sido igualmente tétrico sin todos aquellos animales conservados, flotando en frascos de vidrio, por todas las paredes.
Snape, como Flitwick, comenzó la clase pasando lista y, como Flitwick, se detuvo ante el nombre de Harry.
—Ah, sí —murmuró—. Harry Potter. Nuestra nueva... celebridad.
—Severus —gruñó Lily, comenzando a molestarse. Harry estiró su mano para tomar la de su madre, quien al contacto se calmó un poco.
Draco Malfoy y sus amigos Crabbe y Goyle rieron tapándose la boca. Snape terminó de pasar lista y miró a la clase. Sus ojos eran tan negros como los de Hagrid, pero no tenían nada de su calidez. Eran fríos y vacíos y hacían pensar en túneles oscuros.
—Ojos de mortífago —comentó James, para luego aclarar—. Por muy redimido que estés, Snape, sabes que en ese momento aún te creíamos en el otro bando.
—Lo sé, Potter —respondió, sin quitarle la mirada—, y gracias a eso se dio todo como se tuvo que dar.
—Estamos de acuerdo, entonces. Sigue leyendo.
—Vosotros estáis aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones —comenzó. Hablaba casi en un susurro, pero se le entendía todo. Como la profesora McGonagall, Snape tenía el don de mantener a la clase en silencio, sin ningún esfuerzo—. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de vosotros dudaréis que esto sea magia. No espero que lleguéis a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos... Puedo enseñaros cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si sois algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.
—¡Vamos, Snivellius! —reclamó Sirius—, ¿Por qué tienes que poner la torta al final?
—El señor Black tiene razón, Severus —ratificó Dumbledore, antes que Snape replicara—. Había sido un discurso casi perfecto, hasta que usaste la referencia de los alcornoques.
El profesor se quedó en silencio, mirando ásperamente a Sirius, mientras algunas risitas se oían en la sala; risas que acalló al seguir leyendo.
Más silencio siguió a aquel pequeño discurso. Harry y Ron intercambiaron miradas con las cejas levantadas. Hermione Granger estaba sentada en el borde de la silla, y parecía desesperada por empezar a demostrar que ella no era un alcornoque.
—¡Harry! —reclamó la aludida, en medio de la risa de sus hijos y sobrinos.
—Es verdad, Hermione —le respondió Lavender—, en todas las clases te veías así, como con ganas de responder a todo lo que los profesores preguntaban.
—Me recuerda a alguien —le comentó Al a Scorpius, intentando que fuera en voz baja, pero sin lograr que ese alguien particular no lo escuchara:
—¡Sabes que te escuché, Alburrido! —Rose, asomándose del lado de Scorpius, miraba a su primo con rabia contenida.
—¡Potter! —dijo de pronto Snape.
Los cinco Potters: James, Harry, JS, Al y Lilu, se sorprendieron con el llamado que Severus había hecho, lo que causó la risa de varios en la sala. A pesar que Harry recordaba ese momento, había prestado atención a la interacción entre su hijo y su sobrina, por lo que lo había tomado por sorpresa.
—¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo?
—¡Vamos, Severus! —exclamó Lily—, ¡un niño de primer año no debería saber que eso es para preparar el Filtro de los Muertos en Vida!
¿Raíz en polvo de qué a una infusión de qué? Harry miró de reojo a Ron, que parecía tan desconcertado como él. La mano de Hermione se agitaba en el aire.
—No lo sé, señor —contestó Harry.
Los labios de Snape se curvaron en un gesto burlón.
—Bah, bah... es evidente que la fama no lo es todo.
—¿Cuál fama, Severus? —reclamó Lily—, ¿La fama de haber sobrevivido a la muerte de sus propios padres? ¿Por qué pagabas en mi hijo tu frustración y dolor? ¿Sería porque en él veías a James?
Snape vio a Lily y bajó la mirada. No soportaba ver sus ojos verdes llenos de rabia y tristeza.
La pelirroja bufó, mientras recibía un nuevo apretón de manos por parte de su hijo.
No hizo caso de la mano de Hermione.
—Vamos a intentarlo de nuevo, Potter. ¿Dónde buscarías si te digo que me encuentres un bezoar?
—¿Vas a seguir? —exclamó Lily.
—Ya, mamá, déjalo —pidió Harry, intentando calmar a su madre—, eso ya pasó.
James, mientras tanto, sólo veía a su rival, con un creciente sentimiento de molestia.
Hermione agitaba la mano tan alta en el aire que no necesitaba levantarse del asiento para que la vieran, pero Harry no tenía la menor idea de lo que era un bezoar. Trató de no mirar a Malfoy y a sus amigos, que se desternillaban de risa.
En la sala, Draco miraba sin expresión la interacción entre su profesor y la madre de Potter. Al mismo tiempo, McGonagall le decía a Snape:
—Eso no estuvo bien, Severus. No porque sean Gryffindor, sino porque esa actitud no se debía tomar con ningún estudiante.
—No lo sé, señor.
—Parece que no has abierto ni un libro antes de venir. ¿No es así, Potter?
Harry se obligó a seguir mirando directamente aquellos ojos fríos. Sí había mirado sus libros en casa de los Dursley, pero ¿cómo esperaba Snape que se acordara de todo lo que había en Mil hierbas mágicas y hongos?
—Especialmente —interrumpió Hermione— porque en ese libro en particular no salen las respuestas a esas preguntas. Tendrías que haber leído Preparación Avanzada de Pociones, que, si recuerdas, lo vimos en sexto año.
—¿Tú sí lo leíste, mamá? —preguntó Rose, interesada, mientras Harry recordaba el libro del Príncipe Mestizo, y miraba a Snape, quien no le quitaba la mirada de encima.
—Sí, fue uno de algunos libros extra que leí antes de comenzar ese año.
Snape seguía haciendo caso omiso de la mano temblorosa de Hermione.
—¿Cuál es la diferencia, Potter; entre acónito y luparia?
—¿Y entonces, Severus? —ya sin poderse contener, Lily se levantó y se plantó frente a Snape— ¿Apenas en su primera clase y le lanzaste tres preguntas de sexto año? ¿Qué pasaba por tu mente? —le tomó por la barbilla y lo obligó a mirarla a los ojos, mientras le preguntaba de nuevo—: Dime, ¿qué estaba pasando por tu mente en ese momento, Severus?
—Que tenía en frente al hijo de James Potter. Punto —respondió intentando mantener su imperturbabilidad.
—Y que sabías claramente que yo se lo había dado, ¿verdad? —recalcó Lily, señalando con su mano libre su pecho. Ante el silencio de Snape, la pelirroja bufó, y justo cuando lo soltó para darse la vuelta y sentarse, oyó la voz de su antiguo amigo quebrarse al decir:
—Por supuesto que lo sabía. Sus ojos me lo decían a gritos. Era ver tus ojos.
—Y, sin embargo, Severus… Sin embargo.
Un tenso silencio siguió mientras Lily tomaba nuevamente asiento, para refugiarse en los brazos de James, quien había asistido en silencio al reclamo de su esposa, como el resto de la Sala.
Ante eso, Hermione se puso de pie, con el brazo extendido hacia el techo de la mazmorra.
—No lo sé —dijo Harry con calma—. Pero creo que Hermione lo sabe. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?
Unos pocos rieron. Harry captó la mirada de Seamus, que le guiñó un ojo.
En la Sala, sin embargo, los aplausos se dejaron escuchar, especialmente de los Merodeadores, los gemelos y los más jóvenes.
Snape, sin embargo, no estaba complacido.
Tal como pasaba en la Sala. Snape miraba con rabia contenida a Harry, mientras Lily, aún en los brazos de James, miraba tristemente a su antiguo amigo.
—Siéntate —gritó a Hermione—. Para tu información, Potter; asfódelo y ajenjo producen una poción para dormir tan poderosa que es conocida como Filtro de Muertos en Vida. Un bezoar es una piedra sacada del estómago de una cabra y sirve para salvarte de la mayor parte de los venenos. En lo que se refiere a acónito y luparia, es la misma planta. Bueno, ¿por qué no lo estáis apuntando todo?
Se produjo un súbito movimiento de plumas y pergaminos. Por encima del ruido, Snape dijo:
—Y se le restará un punto a la casa Gryffindor por tu descaro, Potter.
—¡¿Qué?! —saltó nuevamente Lily.
—Fue grosero con un profesor —respondió Snape, inamovible—, debía aprender a respetar desde el principio. No comenzar a actuar como su padre.
—A ver —intentó reflexionar la pelirroja, dentro de su rabia mal contenida—, por lo que oí, te dio una respuesta como la que yo le hubiera dado a un profesor. Si hubiera respondido como James, hubiera dicho algo como —e intentando imitar la voz de su esposo, se levantó y señaló a Snape mientras decía—: "No sé, porque apenas estamos comenzando. ¿Por qué no nos dice que son, y comenzamos de una vez la clase?", ¿Sí, o no?
Algunas risas aisladas se escucharon, especialmente por los más pequeños. Severus respiró sonoramente, para luego asentir silenciosamente.
—Severus —intervino Dumbledore, con voz cansada—, la señora Potter tiene razón, no debiste tratar así a Harry ni a la señorita Granger, en ese momento, claro.
El aludido sólo encogió los hombros, quitando importancia al reclamo, y continuó la lectura.
Las cosas no mejoraron para los Gryffindors a medida que continuaba la clase de Pociones. Snape los puso en parejas, para que mezclaran una poción sencilla para curar forúnculos. Se paseó con su larga capa negra, observando cómo pesaban ortiga seca y aplastaban colmillos de serpiente, criticando a todo el mundo salvo a Malfoy, que parecía gustarle. En el preciso momento en que les estaba diciendo a todos que miraran la perfección con que Malfoy había cocinado a fuego lento los pedazos de cuernos, multitud de nubes de un ácido humo verde y un fuerte silbido llenaron la mazmorra.
Neville palideció al recordar le accidente que había provocado.
De alguna forma, Neville se las había ingeniado para convertir el caldero de Seamus en un engrudo hirviente que se derramaba sobre el suelo, quemando y haciendo agujeros en los zapatos de los alumnos. En segundos, toda la clase estaba subida a sus taburetes, mientras que Neville, que se había empapado en la poción al volcarse sobre él el caldero, gemía de dolor; por sus brazos y piernas aparecían pústulas rojas.
—¡Chico idiota! —dijo Snape con enfado, haciendo desaparecer la poción con un movimiento de su varita—. Supongo que añadiste las púas de erizo antes de sacar el caldero del fuego, ¿no?
—¿Le diste claramente las instrucciones, Snape? —reclamó a su vez Alice, quien estaba molesta por la forma en que había tratado a su hijo.
—Por supuesto —replicó el profesor—, no es mi culpa si no saben leer.
—¡Severus! —advirtió McGonagall—, ¡Esa no es forma de guiar una clase, y menos de pociones!
Neville lloriqueaba, mientras las pústulas comenzaban a aparecer en su nariz.
—Llévelo a la enfermería —ordenó Snape a Seamus. Luego se acercó a Harry y Ron, que habían estado trabajando cerca de Neville—. Tu, Harry Potter. ¿Por qué no le dijiste que no pusiera las púas? Pensaste que si se equivocaba quedarías bien, ¿no es cierto? Éste es otro punto que pierdes para Gryffindor.
Lily no comentó más nada, sólo negó silenciosamente mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. James, Sirius, Molly y Harry miraban a Snape, quien, sin inmutarse, siguió leyendo.
Aquello era tan injusto que Harry abrió la boca para discutir, pero Ron le dio una patada por debajo del caldero.
—No lo provoques —murmuró—. He oído decir que Snape puede ser muy desagradable.
Una hora más tarde, cuando subían por la escalera para salir de las mazmorras, la mente de Harry era un torbellino y su ánimo estaba por los suelos. Había perdido dos puntos para Gryffindor en su primera semana... ¿Por qué Snape lo odiaba tanto?
—Anímate —dijo Ron—. Snape siempre le quitaba puntos a Fred y a George. ¿Puedo ir a ver a Hagrid contigo?
—Todo sea por darte ánimos, hermano —comentó Ron.
—Y tomar una buena taza de té —complementó Lavender, provocando risas y miradas agrias.
Salieron del castillo cinco minutos antes de las tres y cruzaron los terrenos que lo rodeaban. Hagrid vivía en una pequeña casa de madera, en el borde del bosque prohibido. Una ballesta y un par de botas de goma estaban al lado de la puerta delantera.
Cuando Harry llamó a la puerta, oyeron unos frenéticos rasguños y varios ladridos. Luego se oyó la voz de Hagrid, diciendo:
—Atrás, Fang, atrás.
La gran cara peluda de Hagrid apareció al abrirse la puerta.
—Entrad —dijo— Atrás, Fang.
Los dejó entrar, tirando del collar de un imponente perro negro.
—¿Ese no fue el cachorro que te regalaron justo cuando estábamos en séptimo? —preguntó James, sonriendo ante el recuerdo del pequeño Fang.
—Sí, James —admitió Hagrid—, es él.
Había una sola estancia. Del techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en un rincón había una cama enorme con una manta hecha de remiendos.
—Estáis en vuestra casa —dijo Hagrid, soltando a Fang, que se lanzó contra Ron y comenzó a lamerle las orejas. Como Hagrid, Fang era evidentemente mucho menos feroz de lo que parecía.
—Éste es Ron —dijo Harry a Hagrid, que estaba volcando el agua hirviendo en una gran tetera y sirviendo pedazos de pastel.
—Otro Weasley, ¿verdad? —dijo Hagrid, mirando de reojo las pecas de Ron—. Me he pasado la mitad de mi vida ahuyentando a tus hermanos gemelos del bosque.
—¡Fred y George! —reclamó Molly, viendo a sus hijos, quienes encogieron los hombros.
El pastel casi les rompió los dientes, pero Harry y Ron fingieron que les gustaba, mientras le contaban a Hagrid todo lo referente a sus primeras clases. Fang tenía la cabeza apoyada sobre la rodilla de Harry y babeaba sobre su túnica.
Gestos de asco se escucharon, especialmente de las mujeres y niñas presentes.
Harry y Ron se quedaron fascinados al oír que Hagrid llamaba a Filch «ese viejo bobo».
—Y en lo que se refiere a esa gata, la Señora Norris, me gustaría presentársela un día a Fang. ¿Sabéis que cada vez que voy al colegio me sigue todo el tiempo? No me puedo librar de ella. Filch la envía a hacerlo.
Harry le contó a Hagrid lo de la clase de Snape. Hagrid, como Ron, le dijo a Harry que no se preocupara, que a Snape no le gustaba ninguno de sus alumnos.
—Es posible —se interrumpió el propio Snape, reflexionando ante esa línea del pergamino—, es posible que así fuera.
—Pero realmente parece que me odie.
—¡Tonterías! —dijo Hagrid—. ¿Por qué iba a hacerlo?
—Ya sabemos por qué —mencionó James, viendo a Snape directamente a los ojos, aunque éste se hacía el que no notaba su mirada.
Sin embargo, Harry no podía dejar de pensar en que Hagrid había mirado hacia otro lado cuando dijo aquello.
—¿Y cómo está tu hermano Charlie? —preguntó Hagrid a Ron—. Me gustaba mucho, era muy bueno con los animales.
—Gracias, Hagrid —respondió el propio Charlie, sonriendo mientras Nadia lo veía sonriente también.
Harry se preguntó si Hagrid no estaba cambiando de tema a propósito.
—¡Por favor, Harry! ¿Tú crees eso?
El comentario de Fred hizo reír a más de uno, excepto a los dos Potter mayores y a Snape.
Mientras Ron le hablaba a Hagrid del trabajo de Charles con los dragones, Harry miró el recorte del periódico que estaba sobre la mesa. Era de El Profeta.
RECIENTE ASALTO EN GRINGOTTS
Continúan las investigaciones del asalto que tuvo lugar en Gringotts el 31 de julio. Se cree que se debe al trabajo de oscuros magos y brujas desconocidos.
Los gnomos de Gringotts insisten en que no se han llevado nada. La cámara que se registró había sido vaciada aquel mismo día.
«Pero no vamos a decirles qué había allí, así que mantengan las narices fuera de esto, si saben lo que les conviene», declaró esta tarde un gnomo portavoz de Gringotts.
Harry recordó que Ron le había contado en el tren que alguien había tratado de robar en Gringotts, pero su amigo no había mencionado la fecha.
—Menos mal que papá tiene mala memoria —mencionó JS—, si recuerda esas conversaciones.
—Pero a veces no recuerdo todos los detalles, no sé si te has dado cuenta —respondió Harry al comentario de su hijo mayor.
—¡Hagrid! —dijo Harry—. ¡Ese robo en Gringotts sucedió el día de mi cumpleaños! ¡Pudo haber sucedido mientras estábamos allí!
Aquella vez no tuvo dudas: Hagrid decididamente evitó su mirada. Gruñó y le ofreció más pastel. Harry volvió a leer la nota. «La cámara que se registró había sido vaciada aquel mismo día.» Hagrid había vaciado la cámara setecientos trece, si puede llamarse vaciarla a sacar un paquetito arrugado. ¿Sería eso lo que estaban buscando los ladrones?
—Señoras y señores —interrumpió Hermione, riéndose—, aquí es cuando se activa el modo detective de Harry Potter.
—¿Detective? —preguntó Neville, secundado por sus padres y por Arthur.
—La versión Muggle de los aurores.
Un Ahhhh de comprensión, seguido por risas, se dejó escuchar en la sala.
Mientras Harry y Ron regresaban al castillo para cenar, con los bolsillos llenos del pétreo pastel que fueron demasiado amables para rechazar; Harry pensaba que ninguna de las clases le había hecho reflexionar tanto como aquella merienda con Hagrid.
—¿Tan mal cocino? —preguntó Hagrid, apenado.
—No, no, Hagrid, por favor —se disculpó Harry—, pero, vamos a ver… —y miró a sus amigos, en tono de súplica. Hermione tomó la palabra:
—Ven, Hagrid. Tienes buena sazón al cocinar, sí, pero cocinas como para tu estructura bucal, que es mucho más fuerte que la de cualquiera de nosotros.
—Por eso tus tortas —completó Ron—, aunque tienen buen sabor, pueden partirnos un diente.
—Ah —suspiró aliviado el semi-gigante—, entiendo.
¿Hagrid habría sacado el paquete justo a tiempo? ¿Dónde podía estar? ¿Sabría algo sobre Snape que no quería decirle?
—Pues en este capítulo no lo sabrán —mencionó Snape—. Ha terminado.
Soltó el pergamino, aliviado, aunque sabía que se acercaban muchos choques con Lily o James por cómo había tratado a Harry. A pesar que lo habían conversado al cruzar el velo, aún estaban abiertas muchas heridas emocionales.
El atril, después que Snape depositara el pergamino sobre él, se desplazó hasta colocarse delante de Draco Malfoy, quien vio extrañado el título del nuevo capítulo.
Buenos mediodías desde San Diego, Venezuela! Un nuevo capítulo se lee, y por supuesto, los roces y las molestias iban a estar a la orden del día... Como reflexionó Severus al soltar el pergamino, "sabía que se acercaban muchos choques con Lily o James por cómo había tratado a Harry. A pesar que lo habían conversado al cruzar el velo, aún estaban abiertas muchas heridas emocionales".. Lamentablemente no me cuadraron los tiempos para que este fin de semana, justo después de Halloween, pudiera publicar ese capítulo... Pero es lo de menos... Se viene uno de los capítulos que más me gustan, y más por quien la Sala tomó como lector... Como siempre (que me acuerdo), saludos a todos quienes leen, siguen, tienen como favorito y comentan este relato (en este último caso, sería sólo a lavida134, quien así sea como invitada comenta. Poco a poco se van a ir delatando las "alianzas", como le digo, vas a ver...) Salud y saludos!
