Harry Potter: Una lectura distinta
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Piedra Filosofal
CAPÍTULO 9 El duelo a medianoche
Snape soltó el pergamino, aliviado, aunque sabía que se acercaban muchos choques con Lily o James por cómo había tratado a Harry. A pesar que lo habían conversado al cruzar el velo, aún estaban abiertas muchas heridas emocionales.
El atril, después que Snape depositara el pergamino sobre él, se desplazó hasta colocarse delante de Draco Malfoy, quien vio extrañado el título del nuevo capítulo.
—Bien, el capítulo se llama El duelo a medianoche.
—¿Esa no fue la noche… —comenzó a preguntar Neville, sorprendido. Los adultos miraron al trío, interrogándolos con la mirada, pero Harry sólo comentó:
—Dejemos que la lectura nos guíe… Draco, por favor.
Harry nunca había creído que pudiera existir un chico al que detestara más que a Dudley, pero eso era antes de haber conocido a Draco Malfoy. Sin embargo, los de primer año de Gryffindor sólo compartían con los de Slytherin la clase de Pociones, así que no tenía que encontrarse mucho con él. O, al menos, así era hasta que apareció una noticia en la sala común de Gryffindor; que los hizo protestar a todos. Las lecciones de vuelo comenzarían el jueves... y Gryffindor y Slytherin aprenderían juntos.
—¡Qué simpática perspectiva! —exclamó Frank, resumiendo el pesar de los mayores. Harry sólo sonreía, infundiendo mayor misterio a su actitud al negar ante las miradas inquisidoras de su padre y sus hijos.
—Perfecto —dijo en tono sombrío Harry—. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de Malfoy.
—Lo dudo, hijo —recordó James, soñadoramente—; ya desde bebé has montado en escoba. De hecho, creo que aprendiste a volar antes que a caminar.
—¿Y cómo no? —recalcó Lily, entre alegre y molesta—, con este par de fanáticos de las escobas —señalando a su esposo y su compadre, quienes sonreían.
—Lo sé, mamá, lo sé —Harry descolocó a sus padres al decir eso—, aunque posiblemente la forma en que lo supe se mencione después.
Deseaba aprender a volar más que ninguna otra cosa.
—No sabes aún si vas a hacer un papelón —dijo razonablemente Ron—. De todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero seguro que es pura palabrería.
La verdad es que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba en voz alta porque los de primer año nunca estaban en los equipos de quidditch y contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando de helicópteros pilotados por muggles.
—Sobre todo tú, Malfoy, huyendo de muggles —exclamó Zacharias, con su chocancia característica.
—Sí, dudo que sepa que es un helicóptero —machacó Seamus, viendo cómo Draco adquiría cierto color sonrosado.
Pero no era el único: por la forma de hablar de Seamus Finnigan, parecía que había pasado toda la infancia volando por el campo con su escoba. Hasta Ron podía contar a quien quisiera oírlo que una vez casi había chocado contra un planeador con la vieja escoba de Charles.
—Ron, ¿cómo fue eso? —preguntó Charlie, intrigado.
—Después les cuento —esquivó el aludido, haciendo señas a Malfoy para que siguiera leyendo.
Todos los que procedían de familias de magos hablaban constantemente de quidditch. Ron ya había tenido una gran discusión con Dean Thomas, que compartía el dormitorio con ellos, sobre fútbol. Ron no podía ver qué tenía de excitante un juego con una sola pelota, donde nadie podía volar. Harry había descubierto a Ron tratando de animar un cartel de Dean en que aparecía el equipo de fútbol de West Ham, para hacer que los jugadores se movieran.
Neville no había tenido una escoba en toda su vida, porque su abuela no se lo permitía. Harry pensó que ella había actuado correctamente, dado que Neville se las ingeniaba para tener un número extraordinario de accidentes, incluso con los dos pies en tierra.
—Sin ofender, amigo, pero sabes que es así —comentó Harry, a lo que Neville, sonriendo, respondió:
—Lo sé, Harry, lo sé.
—Herencia de familia —suspiró derrotada Alisu, luego de lo cual fue abrazada por Fraknie.
Hermione Granger estaba casi tan nerviosa como Neville con el tema del vuelo. Eso era algo que no se podía aprender de memoria en los libros, aunque lo había intentado. En el desayuno del jueves, aburrió a todos con estúpidas notas sobre el vuelo que había encontrado en un libro de la biblioteca, llamado Quidditch a través de los tiempos.
—Muy buen libro se quieres conocer sobre quidditch —indicó James—, pero nulo si quieres algo de teoría sobre el vuelo en escoba.
Neville estaba pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar algo que lo ayudara más tarde con su escoba, pero todos los demás se alegraron mucho cuando la lectura de Hermione fue interrumpida por la llegada del correo.
Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo que Malfoy ya había notado, por supuesto.
La lechuza de Malfoy siempre le llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho abría con perversa satisfacción en la mesa de Slytherin.
—¡Hey! —se interrumpió—, ¡No era perversa satisfacción! —pero al ver las miradas de incredulidad de parte de sus compañeros, tuvo que aclarar—. Bueno, si me satisfacía, pero no era perverso.
—Está bien, sí, vamos a creerte —mencionó Lee Jordan, con voz aburrida.
Un lechuzón entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.
—¡Es una Recordadora! —explicó—. La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Mirad, uno la sujeta así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh... —se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata—... es que has olvidado algo...
—El problema —mencionó Frank, apoyando su mano en el hombro de Neville—, es que te ayuda a recordar que olvidaste algo, pero no eso que olvidaste. Por eso es que son inútiles.
—Le aseguro, señor Frank —mencionó Parvati, recordando y sonriendo—, que esa Recordadora fue muy útil. ¿Verdad, Malfoy?
Draco sólo gruñó, y luego de algunas risitas, siguió leyendo:
Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado, cuando Draco Malfoy, que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor; le quitó la Recordadora de las manos.
Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un motivo para pelearse con Malfoy, pero la profesora McGonagall, que detectaba problemas más rápido que ningún otro profesor del colegio, ya estaba allí.
—Fue realmente rápida, profesora —mencionó Hermione.
—No fue eso, señora Granger-Weasley, estaba pasando justo por ahí cuando vi levantarse a Potter y a Weasley.
—¿Qué sucede?
—Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora.
Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordadora sobre la mesa.
—Sólo la miraba —dijo, y se alejó, seguido por Crabbe y Goyle.
Aquella tarde, a las tres y media, Harry, Ron y los otros Gryffindors bajaron corriendo los escalones delanteros, hacia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso.
—Ideal para volar y jugar quidditch —comentó James, secundado por Sirius, los gemelos y todos los jugadores presentes.
La hierba se agitaba bajo sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.
Los Slytherins ya estaban allí, y también las veinte escobas, cuidadosamente alineadas en el suelo. Harry había oído a Fred y a George Weasley quejarse de las escobas del colegio, diciendo que algunas comenzaban a vibrar si uno volaba muy alto, o que siempre volaban ligeramente torcidas hacia la izquierda.
—Y nunca las cambiaron, ¿verdad? —comentó James—. Porque que recuerde, con las que nosotros aprendimos acá tenían el mismo problema.
—Se tuvo que comprar un lote nuevo de escobas después de la Batalla —comentó McGonagall, en tono emocionado—, puesto que el cuarto de las escobas, el que estaba en el campo de quidditch, fue destrozado y todas las escobas allí se perdieron. Gracias a la donación de Harry, se compraron, si mal no recuerdo, un lote de Cleansweep 7.
Todos aplaudieron a Harry, quien levantó las manos en un gesto de humildad que tanto Draco como Snape dudaron que fuera sincero.
Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.
—Bueno ¿qué estáis esperando? —bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.
Harry miró su escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños.
—Extended la mano derecha sobre la escoba —les indicó la señora Hooch— y decid «arriba».
—¡ARRIBA! —gritaron todos.
La escoba de Harry saltó de inmediato en sus manos, pero fue uno de los pocos que lo consiguió. La de Hermione Granger no hizo más que rodar por el suelo y la de Neville no se movió en absoluto. «A lo mejor las escobas saben, como los caballos, cuándo tienes miedo», pensó Harry, y había un temblor en la voz de Neville que indicaba, demasiado claramente, que deseaba mantener sus pies en la tierra.
Risas y aplausos, a partes iguales, se oyeron, y tanto Neville como Hermione, rojos de la vergüenza, se refugiaron en sus respectivas parejas.
Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndoles la forma de sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo a Malfoy que lo había estado haciendo mal durante todos esos años.
En la Sala, Draco levantó la mirada y vio a los mencionados, quienes hicieron señas similares de "ya qué…"
—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la señora Hooch—. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...
Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.
—Realmente estaba aterrorizado —aclaró Neville, rojo de vergüenza.
—¡Vuelve, muchacho! —gritó, pero Neville subía en línea recta, como el corcho de una botella... Cuatro metros... seis metros... Harry le vio la cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear; deslizarse hacia un lado de la escoba y…
—¡Merlín! —exclamó Alice, pálida—. Mi niño —hizo girar a Neville para tenerlo de frente—, dime que no te pasó nada malo.
—No, mamá, no fue grave. Escucha la lectura.
BUM... Un ruido horrible y Neville quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista.
—Y ahí desapareció —indicó Fred, bajando la mirada.
—Fue tan buena escoba —le siguió el juego George, provocando la risa de muchos.
La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.
—La muñeca fracturada —la oyó murmurar Harry—. Vamos, muchacho... Está bien... A levantarse. —Se volvió hacia el resto de la clase—. No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir quidditch. Vamos, hijo.
Alice suspiró aliviada. Revisó cuidadosamente la muñeca de Neville, lo que le hizo sonreír.
—Mamá, estoy perfectamente bien, tranquila.
Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.
—Ah, ¿también tenías un golpe en la pierna? —Alice no podía dejar de preocuparse por Neville, quien sólo negaba, aunque le encantaba sentirse cuidado.
Draco se había adelantado en la lectura, por lo que su rostro había vuelto a sonrojarse. Sólo Harry lo notó.
Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a carcajadas.
—¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?
Los otros Slytherins le hicieron coro.
—¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cortante.
—Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? —dijo Pansy Parkinson, una chica de Slytherin de rostro duro—. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.
—Realmente ustedes los Slytherin se ganaban la mala fama por sí mismos —comentó Parvati, tomada de la mano de Lavender.
—Bueno, Patil —replicó Astoria—, no todos fuimos tan repulsivos con las demás casas. Pero sí —mirando con cierto grado de decepción a Draco—, muchos Slytherin eran así.
—¡Mirad! —dijo Malfoy, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.
La Recordadora brillaba al sol cuando la cogió.
—Trae eso aquí, Malfoy —dijo Harry con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos.
—Y aquí, señoras y señores —interrumpió Ron, al estilo de sus hermanos—, es donde comienza la historia de Harry Potter como defensor y héroe.
—¡Vamos, Ron! —exclamó Harry, con voz aburrida.
—Sabes que siempre ha sido así, Harry —le recordó Hermione—, y no vas a poder negarlo si aparece en los libros.
Harry suspiró derrotado y asintió, mientras Ginny le acariciaba la espalda.
Malfoy sonrió con malignidad.
—Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué os parece... en la copa de un árbol?
—¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero Malfoy había subido a su escoba y se alejaba. No había mentido, sabía volar. Desde las ramas más altas de un roble lo llamó:
—¡Ven a buscarla, Potter!
Harry cogió su escoba.
—¡No! —gritó Hermione Granger—. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos. Nos vas a meter en un lío.
Harry no le hizo caso.
—Como casi siempre —confirmó Hermione. Ante la mirada de Harry, dijo—: Y es verdad, casi siempre hacías lo que creías correcto, así no respetara las normas.
Le ardían las orejas. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta de que había descubierto algo que podía hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era maravilloso. Empujó su escoba un poquito más, para volar más alto, y oyó los gritos y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada de Ron.
En la sala se oyeron aplausos y gritos, especialmente por parte de los más jóvenes, mientras James, hinchado de orgullo, miraba a su hijo, quien preguntó:
—Ron, ¿qué fue lo que gritaste?
—Creo que fue "Túmbalo de esa escoba", o algo así.
—Exactamente eso, Ron —confirmó Lavender, sonriendo. Hermione la vio, pero sólo sonrió al ver el gesto tranquilo de su antigua rival.
Dirigió su escoba para enfrentarse a Malfoy en el aire. Éste lo miró asombrado.
—Realmente, Potter —comentó Draco—, no esperaba que te subieras a la escoba a perseguirme.
—¡Déjala —gritó Harry— o te bajaré de esa escoba!
—Ah, ¿sí? —dijo Malfoy, tratando de burlarse, pero con tono preocupado.
Harry sabía, de alguna manera, lo que tenía que hacer. Se inclinó hacia delante, cogió la escoba con las dos manos y se lanzó sobre Malfoy como una jabalina. Malfoy pudo apartarse justo a tiempo, Harry dio la vuelta y mantuvo firme la escoba. Abajo, algunos aplaudían.
—Aquí no están Crabbe y Goyle para salvarte, Malfoy —exclamó Harry.
Parecía que Malfoy también lo había pensado.
—Sí, por supuesto que lo pensé —se interrumpió nuevamente Draco—, y me sentí realmente en desventaja.
—¡Atrápala si puedes, entonces! —gritó. Tiró la bola de cristal hacia arriba y bajó a tierra con su escoba.
Exclamaciones de asombro, por parte de los mayores y de los más jóvenes, se dejaron escuchar en la Sala, mientras que los que habían visto ese momento, lo recordaban con una gran sonrisa. McGonagall, inclinada hacia adelante, no perdía detalle de lo que había ocurrido antes de ver a Harry volar como lo hizo.
Harry vio, como si fuera a cámara lenta, que la bola se elevaba en el aire y luego comenzaba a caer. Se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la escoba hacia abajo. Al momento siguiente, estaba ganando velocidad en la caída, persiguiendo a la bola, con el viento silbando en sus orejas mezclándose con los gritos de los que miraban. Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la atrapó, justo a tiempo para enderezar su escoba y descender suavemente sobre la hierba, con la Recordadora a salvo.
Un rugido de emoción se escuchó en la sala. Todos, con excepción de los profesores y de Draco, saltaron de alegría y aplaudían como si hubieran estado presentes en ese primer vuelo de Harry. Los tres hijos de éste se lanzaron a abrazarlo, haciendo que casi cayera del sofá donde estaba junto a Ginny y sus padres. Luego de unos cinco minutos de alborozo, Draco siguió leyendo.
—¡HARRY POTTER!
Su corazón latió más rápido que nunca. La profesora McGonagall corría hacia ellos. Se puso de pie, temblando.
—Nunca... en todos mis años en Hogwarts...
La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia.
—Realmente me habías asustado, Potter —comentó la profesora, aunque después matizó—, pero mientras te veía volar y agarrar esa recordadora, tuve la intuición que eras quien nos faltaba.
—¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello...
—No fue culpa de él, profesora...
—Silencio, Parvati.
—Pero Malfoy…
—Ya es suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.
—Parvati, Weasley, discúlpenme —reconoció McGonagall—, estaba realmente impresionada.
Ambos negaron, sonriendo.
En aquel momento, Harry pudo ver el aire triunfal de Malfoy, Crabbe y Goyle, mientras andaba inseguro tras la profesora McGonagall, de vuelta al castillo. Lo iban a expulsar; lo sabía.
—Por algo así no te expulsan, Harry —comentó James, aún con su gran sonrisa en la cara.
—Como saben muy bien —indicó Dumbledore—, sólo se expulsa de Hogwarts por homicidio o uso de alguna de las maldiciones imperdonables, además de agresión sexual.
Quería decir algo defenderse, pero no podía controlar su voz. La profesora McGonagall andaba muy rápido, sin siquiera mirarlo. Tenía que correr para alcanzarla. Esta vez sí que lo había hecho. No había durado ni dos semanas. En diez minutos estaría haciendo su maleta. ¿Qué dirían los Dursley cuando lo vieran llegar a la puerta de su casa?
Subieron por los peldaños delanteros y después por la escalera de mármol. La profesora McGonagall seguía sin hablar. Abría puertas y andaba por los pasillos, con Harry corriendo tristemente tras ella. Tal vez lo llevaba ante Dumbledore. Pensó en Hagrid, expulsado, pero con permiso para quedarse como guardabosque. Quizá podría ser el ayudante de Hagrid. Se le revolvió el estómago al imaginarse observando a Ron y los otros convirtiéndose en magos, mientras él andaba por ahí, llevando la bolsa de Hagrid.
Muchos de la generación de Harry se rieron a carcajada batiente ante los pensamientos de Harry, incluyendo a Draco, quien esbozaba una sonrisa.
—Por Merlín, Harry —resumió Ron el sentir de muchos en la Sala—, eres exagerado en tus pensamientos fatalistas, ¿no crees?
La profesora McGonagall se detuvo ante un aula. Abrió la puerta y asomó la cabeza.
—Discúlpeme, profesor Flitwick. ¿Puedo llevarme a Wood un momento?
«¿Wood? —pensó Harry aterrado—. ¿Wood sería el encargado de aplicar los castigos físicos?»
—Realmente… Sí —confirmó Fred, haciendo reír a quienes conocieron a Oliver Wood.
—Señor Weasley —comentó sombríamente Dumbledore—, en Hogwarts nunca aplicamos castigos físicos, y usted lo sabe muy bien.
—Eso es correcto, profesor —admitió George—, pero él sí aplicaba castigos físicos.
—¿Quién es ese Wood, papá? —preguntó Al, interesado, a lo que Harry respondió señalando el pergamino en las manos de Draco.
Pero Wood era sólo un muchacho corpulento de quinto año, que salió de la clase de Flitwick con aire confundido.
—Seguidme los dos —dijo la profesora McGonagall. Avanzaron por el pasillo, Wood mirando a Harry con curiosidad—. Aquí.
La profesora McGonagall señaló un aula en la que sólo estaba Peeves, ocupado en escribir groserías en la pizarra.
—¡Fuera, Peeves! —dijo con ira la profesora. Peeves tiró la tiza en un cubo y se marchó maldiciendo. La profesora McGonagall cerró la puerta y se volvió para encararse con los muchachos.
—Potter, éste es Oliver Wood. Wood, te he encontrado un buscador.
—¡SIIII! —gritó James, secundado por Sirius, quienes comenzaron a hacer una danza extraña, a la que se unieron los gemelos, los Nuevos Merodeadores, y arrastraron a Remus, Tonks, Ginny, los otros hijos de Harry y hasta las mellizas de Dudley. Harry veía la escena entre divertido e incómodo. La danza duró unos tres minutos, tras los cuales McGonagall exclamó:
—¡Señores! ¿Satisfechos? ¿Podemos seguir la lectura?
Se disolvió la danza, y entre sonrisas y felicitaciones silenciosas de James a Harry, Draco pudo retomar la lectura.
La expresión de intriga de Wood se convirtió en deleite.
—¿Está segura, profesora?
—Totalmente —dijo la profesora con vigor—. Este chico tiene un talento natural. Nunca vi nada parecido. ¿Ésta ha sido tu primera vez con la escoba, Potter?
Harry asintió con la cabeza en silencio. No tenía una explicación para lo que estaba sucediendo, pero le parecía que no lo iban a expulsar y comenzaba a sentirse más seguro.
—Atrapó esa cosa con la mano, después de un vuelo de quince metros —explicó la profesora a Wood—. Ni un rasguño. Charlie Weasley no lo habría hecho mejor.
—¡Vaya!, —exclamó Charlie—, para que te comparara conmigo, tenía que haber sido un vuelo impecable.
—Es que lo fue, Charlie —ratificó Ron—, creo que no había visto a alguien volar así antes, salvo tú, y después, creo que Viktor Krum, y sin embargo…
Wood parecía pensar que todos sus sueños se habían hecho realidad.
—¿Alguna vez has visto un partido de quidditch, Potter? —preguntó excitado.
—Wood es el capitán del equipo de Gryffindor—aclaró la profesora McGonagall.
—Por eso es que es quien aplicaba los castigos físicos —aclaró Fred, haciendo reír a los presentes.
—Seguramente es como tú, Cornamenta —recordó Sirius, ganándose una mirada agria de James.
—"Si quieres ganar, tienes que sudar al entrenar", recuerda.
—Y tiene el cuerpo indicado para ser buscador —dijo Wood, paseando alrededor de Harry y observándolo con atención—. Ligero, veloz... Vamos a tener que darle una escoba decente, profesora, una Nimbus 2.000 o una Cleansweep 7.
—En aquel momento era lo mejor, pero ya hoy son venerables —comentó Roxanne, recordando que ella tenía una Cleansweep 24.2, edición especial para las Arpías.
—Bueno —comentó Hugo—, como comentó hace rato la profesora McGonagall, ahora las clases de vuelo son con Cleansweep 7.
—Hablaré con el profesor Dumbledore para ver si podemos suspender la regla del primer año. Los cielos saben que necesitamos un equipo mejor que el del año pasado. Fuimos aplastados por Slytherin en ese último partido. No pude mirar a la cara a Severus Snape en varias semanas...
La profesora McGonagall observó con severidad a Harry, por encima de sus gafas.
—Quiero oír que te entrenas mucho, Potter, o cambiaré de idea sobre tu castigo.
Luego, súbitamente, sonrió.
—Tu padre habría estado orgulloso —dijo—. Era un excelente jugador de quidditch.
—Por supuesto que lo estoy, Minnie —reconoció James, a quien la sonrisa no se le había ido de la cara.
—¿Señor James? —llamó la atención Ron; al recibir la respuesta afirmativa del aludido, preguntó—. ¿Recuerda que le comenté que Harry era de muchas "primeras veces"? —otra respuesta afirmativa—, pues ésta es otra de esas primeras veces.
—Es una broma.
Era la hora de la cena. Harry había terminado de contarle a Ron todo lo sucedido cuando dejó el parque con la profesora McGonagall. Ron tenía un trozo de carne y pastel de riñón en el tenedor; pero se olvidó de llevárselo a la boca.
—Me había quedado totalmente sorprendido —aclaró Ron, ante la mirada asombrada de su familia—, lo menos que me esperaba era que me dijera eso.
—¿Buscador? —dijo—. Pero los de primer año nunca... Serías el jugador más joven en...
—Un siglo —terminó Harry, metiéndose un trozo de pastel en la boca. Tenía muchísima hambre después de toda la excitación de la tarde—. Wood me lo dijo.
Ron estaba tan sorprendido e impresionado que se quedó mirándolo boquiabierto.
—Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene —dijo Harry—. Pero no se lo digas a nadie, Wood quiere mantenerlo en secreto.
—Y como en Hogwarts se guarda un secreto, ya a esa hora todos en Gryffindor lo sabíamos —mencionó Lee, mientras Parvati, Lavender y Seamus asentían.
Fred y George Weasley aparecieron en el comedor; vieron a Harry y se acercaron rápidamente.
—Bien hecho —dijo George en voz baja—. Wood nos lo contó. Nosotros también estamos en el equipo. Somos golpeadores.
—Nuestra inspiración —comentaron a dúo JS y Freddie, levantándose e inclinándose ante sus tíos y padre, bajo la risa de varios de la tercera generación.
—Te lo aseguro, vamos a ganar la copa de quidditch este curso —dijo Fred—. No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será muy bueno. Tienes que hacerlo bien, Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo contó.
—Bueno, tenemos que irnos. Lee Jordan cree que ha descubierto un nuevo pasadizo secreto, fuera del colegio.
—Seguro que es el que hay detrás de la estatua de Gregory Smarmy, que nosotros encontramos en nuestra primera semana.
—¡Rayos! —exclamó Sirius, viendo a los gemelos—, Nosotros nos tardamos casi dos meses en encontrar ese pasadizo.
Fred y George acababan de desaparecer, cuando se presentaron unos visitantes mucho menos agradables. Malfoy, flanqueado por Crabbe y Goyle.
—¿Comiendo la última cena, Potter? ¿Cuándo coges el tren para volver con los muggles?
—Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a tus «amiguitos» —dijo fríamente Harry. Por supuesto que en Crabbe y Goyle no había nada que justificara el diminutivo, pero como la Mesa Alta estaba llena de profesores, no podían hacer más que crujir los nudillos y mirarlo con el ceño fruncido.
—Nos veremos cuando quieras —dijo Malfoy—. Esta noche, si quieres. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —dijo Ron, interviniendo—. Yo soy su segundo. ¿Cuál es el tuyo?
—¡Ronald! —exclamó Molly, sorprendida por la actitud de su hijo. Lily miraba fijamente a Harry, como esperando que se negara a participar en ese duelo.
Malfoy miró a Crabbe y Goyle, valorándolos.
—Crabbe —respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.
Cuando Malfoy se fue, Ron y Harry se miraron.
—¿Qué es un duelo de magos? —preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que seas mi segundo?
—Bueno, un segundo es el que se hace cargo, si te matan —dijo Ron sin darle importancia. Al ver la expresión de Harry, añadió rápidamente—: Pero la gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo que podéis hacer Malfoy y tú es mandaros chispas uno al otro. Ninguno sabe suficiente magia para hacer verdadero daño. De todos modos, seguro que él esperaba que te negaras.
—Que es lo que debiste hacer desde un principio, Harry —estalló Lily, para después girarse y encarar a James—: ¡Eso es culpa tuya y tus genes de merodeador!
—¿Y si levanto mi varita y no sucede nada?
—Pues la sueltas —indicó Sirius, ante la mirada agresiva de Lily—, y le das un puñetazo en la nariz. A ver si así agarra algo de color —terminó diciendo, y provocando las risas de varios en la sala.
—La tiras y le das un puñetazo en la nariz —le sugirió Ron.
—Exactamente —ratificó Sirius.
—Disculpad.
—¿Y por qué voy a disculparte? —preguntó Sirius, provocando nuevas risas.
—Esa es la siguiente línea del pergamino —comentó Draco, releyendo—: "Disculpad".
Los dos miraron. Era Hermione Granger.
—¿No se puede comer en paz en este lugar? —dijo Ron.
Molly solo vio a su hijo desaprobatoriamente. Hermione le hizo señas de que no se preocupara.
Hermione no le hizo caso y se dirigió a Harry.
—No pude dejar de oír lo que tú y Malfoy estabais diciendo...
—No esperaba otra cosa —murmuró Ron.
—... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es que es muy egoísta de tu parte.
—Y la verdad es que no es asunto tuyo —respondió Harry.
—Adiós —añadió Ron.
—¡Harry / Ron! —exclamaron sus respectivas madres. Hermione insistió:
—No se preocupen, eso fue hace mucho, y sí, yo también me merecí que me trataran así, estaba entrometiéndome en asuntos que no me competían.
De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un perfecto final para el día. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean (Neville no había regresado de la enfermería).
—¿Y por qué, hijo —preguntó Alice, preocupada—, si sólo era la muñeca?
—Seguramente lo van a decir más adelante. Tranquila, que no era nada malo.
Ron había pasado toda la velada dándole consejos del tipo de: «Si trata de maldecirte, será mejor que te escapes, porque no recuerdo cómo se hace para pararlo». Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mismo día. Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le aparecía en la oscuridad, y aquella era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No podía perderla.
—Once y media —murmuró finalmente Ron—. Mejor nos vamos ya.
Se pusieron las batas, cogieron sus varitas y se lanzaron a través de la puerta del dormitorio de la torre. Bajaron la escalera de caracol y entraron en la sala común de Gryffindor. Todavía brillaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habían llegado al retrato, cuando una voz habló desde un sillón cercano.
—No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry.
Una luz brilló. Era Hermione Granger; con el rostro ceñudo y una bata rosada.
Los más jóvenes rieron al imaginarse a sus padres con once años, discutiendo, en batas de dormir.
—¡Tu! —dijo Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!
—Estuve a punto de decírselo a tu hermano —contestó enfadada Hermione —. Percy es el prefecto y puede deteneros.
Harry no podía creer que alguien fuera tan entrometido.
—Vamos —dijo a Ron. Empujó el retrato de la Dama Gorda y se metió por el agujero.
Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a Ron a través del agujero, gruñendo como una gansa enfadada.
Las risas tronaron en la sala, mientras Hermione, totalmente roja, reclamaba a Harry:
—¡¿Cómo que "gansa enfadada", Harry?!
—Disculpa, Hermione —Harry hacía esfuerzos ímprobos para evitar soltar una carcajada—, te juro que no recordaba haber pensado eso.
Tanto Lily como Molly, a pesar de lo anecdótico que podía ser el momento, no dejaban de reprobar la actitud de sus hijos, negando constantemente a lo que se leía que hicieron en esos momentos.
—No os importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo os importa lo vuestro. Yo no quiero que Slytherin gane la copa de las casas y vosotros vais a perder todos los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.
—Vete.
—Muy bien, pero os he avisado. Recordad todo lo que os he dicho cuando estéis en el tren volviendo a casa mañana. Sois tan...
Pero lo que eran no lo supieron. Hermione había retrocedido hasta el retrato de la Dama Gorda, para volver; y descubrió que la tela estaba vacía. La Dama Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor.
—Bueno, eso de "estar encerrada" es relativo —comentó Rose, sorprendiendo a su madre. Ron aprovechó para preguntarle:
—A ver, Hermione, ¿Somos tan qué?
—A ver —suspiró Hermione antes de responder—, había pensado en "irresponsables, insensatos, idiotas, estúpidos", lindezas como esas. Pero ya no importa. Por favor, Draco, sigue, ¿sí?
—¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó con tono agudo.
—Ése es tu problema —dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.
No habían llegado al final del pasillo cuando Hermione los alcanzó.
—Voy con vosotros —dijo.
—No lo harás.
—¿No creeréis que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los tres, yo le diré la verdad, que estaba tratando de deteneros, y vosotros me apoyaréis.
—Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.
—Callaos los dos —dijo Harry en tono cortante—. He oído algo.
—Se activó el "modo líder" de Harry —comentó Ron, sonriendo.
—Como habría dicho Moody, en "Alerta permanente" —comentó Tonks, recordando a su gruñón pero añorado maestro auror.
Era una especie de respiración.
—¿La Señora Norris? —resopló Ron, tratando de ver en la oscuridad.
No era la Señora Norris. Era Neville. Estaba enroscado en el suelo, medio dormido, pero se despertó súbitamente al oírlos.
—¡Gracias a Dios que me habéis encontrado! Hace horas que estoy aquí. No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.
Alice suspiró aliviada. Ya entendía por qué Neville no estaba en su cama, pero igual que Lily y Molly, estaba preocupada, ahora eran cuatro los que estaban fuera de la torre.
—No hables tan alto, Neville. El santo y seña es «hocico de cerdo», pero ahora no te servirá, porque la Dama Gorda se ha ido no sé dónde.
—¿Cómo está tu muñeca? —preguntó Harry.
—Bien —contestó, enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un minuto.
—Gracias, Harry, por preocuparte por mi niño —dijo Alice, sonriendo.
—Ni lo mencione, señora Alice, el es uno de mis más cercanos amigos, además de Ron y Hermione.
—Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio. Nos veremos más tarde...
—¡No me dejéis! —dijo Neville, tambaleándose—. No quiero quedarme aquí solo. El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces.
Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Hermione y Neville.
—Si nos atrapan por vuestra culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra vosotros.
Hermione abrió la boca, tal vez para decir a Ron cómo utilizar la Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara y les hizo señas para que avanzaran.
En la sala, Hermione había vuelto a sonrojarse, lo que notó Harry y Rose.
—¿De verdad se la ibas a decir, mamá? —preguntó la chica.
—Menos mal que no —comentó Harry—, porque capaz y la hubiera usado.
Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos.
Malfoy y Crabbe todavía no habían llegado.
Draco soltó un bufido que parecía una risa contenida, pero siguió leyendo sin ser interrumpido. Había tensión en el ambiente.
Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes, vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si Malfoy aparecía de golpe. Los minutos pasaban.
—Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susurró Ron.
—No lo pondría en duda —comentó Sirius agriamente—, es Slytherin, ¿qué se puede esperar de ellos?
Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces. No era Malfoy.
—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.
Era Filch, hablando con la Señora Norris.
—¡Este mal…! —exclamó Sirius, señalando a Draco, aunque se interrumpió ante la mirada cáustica que le lanzó McGonagall—. ¡Le dijo a Filch para que capturara a mi ahijado!
—¿Tienes pruebas, Black? —preguntó Snape, cruzándose de brazos.
—Es que es tan evidente, Snape, es lo típico que un Slytherin haría. Tú sabes que es así.
—Igual, Black —refutó el profesor, mirando fijamente a su antiguo rival—, no acuses si no tienes pruebas. Draco, sigue.
Aterrorizado, Harry gesticuló salvajemente para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch. Neville acababa de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los trofeos.
—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se han escondido.
—¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura.
Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
—Y más a esa hora de la noche, cuando se supone que todo está en calma —comentó Dil, quien se había acomodado en la butaca donde estaba, recogiendo sus piernas para encontrar una posición cómoda para su panza.
—¡CORRED! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
—Les hacía falta el mapa —mencionó sin pensar James, activando la curiosidad de los gemelos y de los nuevos merodeadores.
—No lo tuve sino hasta tercero —comentó Harry, aclarando el punto y provocando miradas furibundas de Snape y McGonagall.
—Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándose contra la pared fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con dificultad.
—Te... lo... dije —añadió Hermione, apretándose el pecho—. Te... lo... dije.
—Tenemos que regresar a la torre Gryffindor —dijo Ron— lo más rápido posible.
—Malfoy te engañó—dijo Hermione a Harry—. Te has dado cuenta, ¿no? No pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle.
Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo.
—Sí, realmente me dí cuenta que tenías razón, Hermione —admitió Harry—, pero recuerda que tú no habías querido venir inicialmente con nosotros.
—¿Ves, Snape? No soy el único que lo piensa —Sirius insistió, provocando otra mirada agresiva de Snape.
—Vamos.
No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos.
Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.
—¡Rayos! —exclamó Seamus, sentado al borde de su butaca, mientras apretaba la mano de Susan—, ¡Ahora sí se puso buena la cosa!
—Cállate, Peeves, por favor... Nos vas a delatar.
Peeves cacareó.
—¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, os agarrarán del cuellecito.
—No, si no nos delatas, Peeves, por favor.
—Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente—. Es por vuestro bien, ya lo sabéis.
—Sobre todo eso —comentó JS—; cuando siempre quiere estar en el jaleo y la broma.
—Todo el tiempo, Jamie —confirmó James a su nieto—, en nuestra época era así.
—Quítate de en medio —ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves.
—Mala jugada, Ron —dijo Remus, negando con su cabeza.
—Sí, nos dimos cuenta de inmediato —reconoció Ron.
Aquello fue un gran error.
—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE ENCANTAMIENTOS!
Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
—¡Estamos listos! —gimió Ron, mientras empujaban inútilmente la puerta—. ¡Esto es el final!
Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.
—Oh, muévete —ordenó Hermione. Cogió la varita de Harry, golpeó la cerradura y susurró—: ¡Alohomora!
El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.
—¿Adónde han ido, Peeves? —decía Filch—. Rápido, dímelo.
—Di «por favor».
—No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.
—No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta vocecita.
Unas carcajadas comenzaron a escucharse en la sala.
—Muy bien... por favor.
—¡NADA! Ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor. ¡Ja, ja! —Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.
Arreciaron las carcajadas, y todos se dieron cuenta que se trataba de Tonks, quien había cambiado su cabello a un color rosa flúor. Cuando se calmó un poco, y notó que la miraban, dijo, entre hipidos de risa:
—¡Es… que yo… se lo enseñe!
Algunos rieron, aunque Al, Nique y Rose miraban ceñudos al pergamino. El chico hizo la pregunta:
—¿En que piso está el aula de Encantamientos? ¿No es en el tercero?
—Si —reconoció el profesor Flitwick, su jefe de casa.
—¿Y no era que el pasillo del tercer piso estaba prohibido? —confirmó Rose, haciendo que todos los que no conocían lo vivido se tensaran. Draco retomó la lectura:
—Él cree que esta puerta está cerrada —susurro Harry—. Creo que nos vamos a escapar. ¡Suéltame, Neville! —porque Neville le tiraba de la manga desde hacía un minuto—. ¿Qué pasa?
Harry se dio la vuelta y vio, claramente, lo que pasaba. Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de todo lo que había sucedido.
No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido.
Todos, excepto los que habían estado esa noche allí, estaban tensos; Lily tenía fuertemente abrazado a Harry, así como Alice abrazaba a Neville, mientras Ron y Hermione eran abrazados a su vez por Molly; los hijos de los mencionados se apoyaban mutuamente, respirando angustiados.
Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos.
—Dumbledore —preguntó Lily, al borde de un ataque de nervios—, ¿qué demonios hacía un cerbero en el castillo?
—Fue necesario en su momento, Lily —replicó serenamente el director—, después fue reubicado, muy a pesar de Hagrid.
—¿Ese monstruo era tuyo, Hagrid? —preguntó a su vez Molly, a lo que el guardabosques respondió con un asentimiento de cabeza.
Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran inconfundibles.
Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.
Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del monstruo. No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Dama Gorda en el séptimo piso.
En ese momento, los abrazos protectores se relajaron, muchas bocanadas de aire se expulsaron y algunas lágrimas de agradecimiento se hicieron notar. Harry tomó la palabra y comentó:
—Quisiera recordarle algo a todos, tanto a mis padres, los padres de muchos acá, como a mis hijos y demás primos: esta fue apenas nuestra primera aventura "real", las que siguen van a ser más tensas, más peligrosas e incluso terribles. Si me permiten, recuerden que ya eso es pasado, es historia…
—Igual, hijo —comentó Lily, tomándole la mano—, no deja de angustiarme que hayas vivido eso.
Después de silenciosos asentimientos, Draco retomó la lectura.
—¿Dónde os habíais metido? —les preguntó, mirando sus rostros sudorosos y rojos y sus batas desabrochadas, colgando de sus hombros.
—No importa... Hocico de cerdo, hocico de cerdo —jadeó Harry, y el retrato se movió para dejarlos pasar. Se atropellaron para entrar en la sala común y se desplomaron en los sillones.
Pasó un rato antes de que nadie hablara. Neville, por otra parte, parecía que nunca más podría decir una palabra.
—¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio? —dijo finalmente, Ron—. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.
Hermione había recuperado el aliento y el mal carácter.
—¿Es que no tenéis ojos en la cara? —dijo enfadada—. ¿No visteis lo que había debajo de él?
—¿El suelo? —sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado ocupado observando sus cabezas.
—No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está vigilando algo.
Se puso de pie, mirándolos indignada.
—Espero que estéis satisfechos. Nos podían haber matado. O peor, expulsado. Ahora, si no os importa, me voy a la cama.
—Mamá —comentó Hugo, viendo serio a Hermione—, creo que tenias que aclarar tus prioridades.
Otro estallido de risas hizo sonrojar a Hermione, mientras Ron, acariciando la cabellera de su hijo, comentó:
—Exactamente eso fue lo que pensé.
—Pero no se lo dijiste, Weasley —refutó Draco, quien leyó a continuación:
Ron la contempló boquiabierto.
—No, no nos importa —dijo— Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?
Pero Hermione le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se metía en la cama. El perro vigilaba algo... ¿Qué había dicho Hagrid? Gringotts era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera ocultar... excepto tal vez Hogwarts.
Parecía que Harry había descubierto dónde estaba el paquetito arrugado de la cámara setecientos trece.
—Realmente impresionante, Harry —comentó Dumbledore, asintiendo—, muy impresionante.
—Si Moody estuviera aquí —dijo Tonks—, y creo que él ya lo sabía, te hubiera felicitado.
—Y eso no era todo —comentó Ron, sonriente—. Harry fue uniendo pieza por pieza, como es en su trabajo de auror.
—De ese capítulo sí es todo —indicó Draco, aliviado—. Acá terminó.
Depositó el pergamino en el atril, el cual se desplazó hasta ubicarse frente a Hermione, quien al ver el título del siguiente capítulo sonrió, miró a sus amigos y comentó:
—Ahora sí que empieza lo bueno.
Buenos días desde San Diego, Venezuela, y feliz domingo del "Abrazo en Familia"! Un nuevo capítulo nos reúne, y en este en particular se narra uno de los mejores momentos de este año, la naturalidad de vuelo de Harry y por supuesto, todo lo que trajo, incluyendo información fundamental que comenzaba a conformarse... Durante la lectura, los pequeños Ravenclaw parece que van a estar algo activos, especialmente Rose y su "memoria fotográfica", veamos como reaccionan para el próximo capítulo, que en voz de Hermione será digno de atención. Como es usual, un saludo para todos mis lectores anónimos, quienes siguen, marcan como favorito este relato y especialmente a lavida134, quien se mantiene invicta en los comentarios (Sí, intentaré incorporar más pronto que tarde una conversación adicional entre Lily y Severus, quizás con James como testigo, quién sabe...) Éxitos y bendiciones!
