Harry Potter: Una lectura distinta
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
La Piedra Filosofal
CAPÍTULO 13 Nicolás Flamel
Media hora más tarde, luego de comentar las fotos de buena parte de la familia de James, y de los primeros meses de vida de Harry, los seis Potter presentes hablaban sobre las aventuras que James y los demás Merodeadores habían vivido, cuando alguien tocó la puerta. Harry se acercó y al abrirla, vio a Ginny, con los ojos rojos por el llanto, pero con una sonrisa sincera:
—Ya estamos listos, vamos a retomar la lectura.
—Ven —le invitó Lily a pasar—, toma un poco de té, y ya vamos a la Sala.
Unos cinco minutos más tarde, ya todos estaban de regreso, y ubicados en los asientos que habían elegido, cuando el atril se materializó delante de Neville, sorprendiéndolo tanto como a Hannah y a su familia.
—¡Vaya! —exclamó al ver el título del capítulo—, el capítulo se llama "Nicolás Flamel".
Dumbledore había convencido a Harry de que no buscara otra vez el espejo de Oesed, y durante el resto de las vacaciones de Navidad la capa invisible permaneció doblada en el fondo de su baúl. Harry deseaba poder olvidar lo que había visto en el espejo, pero no pudo. Comenzó a tener pesadillas. Una y otra vez, soñaba que sus padres desaparecían en un rayo de luz verde, mientras una voz aguda se reía.
—Es comprensible —comentó James, con pesar— que no hayas querido seguir usando la capa.
Lily y Remus vieron a James asombrados, pero Sirius fue quien exclamó:
—¡No puede ser! ¡Qué has hecho con tu herencia merodeadora!
—Las pesadillas no me dejaban pensar en otra cosa, padrino.
Se hizo un silencio tenso, que Neville aprovechó para retomar la lectura:
—¿Te das cuenta? Dumbledore tenía razón. Ese espejo te puede volver loco —dijo Ron, cuando Harry le contó sus sueños.
Hermione, que volvió el día anterior al comienzo de las clases, consideró las cosas de otra manera. Estaba dividida entre el horror de la idea de Harry vagando por el colegio tres noches seguidas («¡Si Filch te hubiera atrapado!») y desilusionada porque finalmente no hubieran descubierto quién era Nicolás Flamel.
Ya casi habían abandonado la esperanza de descubrir a Flamel en un libro de la biblioteca, aunque Harry estaba seguro de haber leído el nombre en algún lado.
—Yo sé dónde… —canturreó Rose, haciendo reír al trío y extrañarse a varios en la Sala. Hermione le volvió a decir algo al oído, lo que la hizo sonreír.
Cuando empezaron las clases, volvieron a buscar en los libros durante diez minutos durante los recreos. Harry tenía menos tiempo que ellos, porque los entrenamientos de quidditch habían comenzado también.
Wood los hacia trabajar más duramente que nunca. Ni siquiera la lluvia constante que había reemplazado a la nieve podía doblegar su ánimo. Los Weasley se quejaban de que Wood se había convertido en un fanático, pero Harry estaba de acuerdo con Wood.
—Si quieres ganar, hay que entrenar hasta reventar —comentó James, a lo que Harry, JS y Roxanne asentían sonriendo. Los demás sólo negaban en silencio.
Si ganaban el próximo partido contra Hufflepuff, podrían alcanzar a Slytherin en el campeonato de las casas, por primera vez en siete años. Además de que deseaba ganar; Harry descubrió que tenía menos pesadillas cuando estaba cansado por el ejercicio.
—Ese es otro punto a tomar en cuenta —reconoció Sirius, recordando lo leído apenas unos minutos atrás.
Entonces, durante un entrenamiento en un día especialmente húmedo y lleno de barro, Wood les dio una mala noticia. Se había enfadado mucho con los Weasley, que se tiraban en picado y fingían caerse de las escobas.
—¡Dejad de hacer tonterías! —gritó—. ¡Ésas son exactamente las cosas que nos harán perder el partido! ¡Esta vez el árbitro será Snape, y buscará cualquier excusa para quitar puntos a Gryffindor!
El grito de sorpresa general no se dejó de escuchar en la Sala. Muchos miraron al antiguo profesor de Pociones, quien se limitó a devolver una fría mirada a todos.
George Weasley, al oír esas palabras, casi se cayó de verdad de su escoba.
—¿Snape va a ser el árbitro? —Escupió un puñado de barro—. ¿Cuándo ha sido árbitro en un partido de quidditch? No será imparcial, si nosotros podemos sobrepasar a Slytherin.
El resto del equipo se acercó a George para quejarse.
—No es culpa mía —dijo Wood—. Lo que tenemos que hacer es estar seguros de jugar limpio, así no le daremos excusa a Snape para marcarnos faltas.
Todo aquello estaba muy bien, pensó Harry; pero él tenía otra razón para no querer estar cerca de Snape mientras jugaba a quidditch.
—Mis razones tenía, y así se lo hice saber a Madame Hooch para que Severus fuera el árbitro —comentó Dumbledore, ante la mirada agresiva de James y Sirius. Lily, al contrario, veía apesadumbrada a su antiguo amigo.
—No lo dudo —indicó James, con sarcasmo en la voz—, especialmente por el gusto que… Snape le tuvo al quidditch.
—Claro —ratificó George—, no sabíamos que planeaba hacer.
—Eso, aparte de darnos tantas faltas como fuera posible —complementó Fred.
—Eso era un valor agregado a la razón principal de querer arbitrar ese juego —concluyó Severus, haciendo señas a Neville para que continuara y así zanjar la discusión.
Los demás jugadores se quedaron, como siempre, para charlar entre ellos al finalizar el entrenamiento, pero Harry se dirigió directamente a la sala común de Gryffindor; donde encontró a Ron y Hermione jugando al ajedrez. El ajedrez era la única cosa a la que Hermione había perdido, algo que Harry y Ron consideraban muy beneficioso para ella.
—¿Perdón? —preguntó Hermione, viendo consecutivamente a ambos, quienes sólo sonreían y hacían señas de inocencia.
—De hecho —intervino Parvati, sonriendo—, ser humillados por Ron en el ajedrez mágico era casi un ritual de iniciación en la sala común; literalmente nadie pudo ganarle, ni de nuestro año ni de otros años. Todos tuvieron que pasar su partida de humillación.
—Eso es verdad —comentó Neville—, ni siquiera jugando en equipo de tres Seamus, Dean y yo le logramos ganar.
Ron sonreía, mientras Hermione, pasada la molestia inicial, le acariciaba el brazo.
—No me hables durante un momento —dijo Ron, cuando Harry se sentó al lado—. Necesito concen... —vio el rostro de Harry—. ¿Qué te sucede? Tienes una cara terrible.
En tono bajo, para que nadie más los oyera, Harry les explicó el súbito y siniestro deseo de Snape de ser árbitro de quidditch.
—No juegues —dijo de inmediato Hermione.
—Imposible —interrumpió Harry
—Diles que estás enfermo —añadió Ron.
—Alguien hizo así una vez —comentó Ron viendo a Draco.
—Finge que se te ha roto una pierna —sugirió Hermione.
—Madame Pomfrey te descubriría al momento —intervino Fred.
—Rómpete una pierna de verdad —dijo Ron.
—No era mala idea —dijo George, ante el espanto de Molly.
—No puedo —dijo Harry—. No hay un buscador suplente. Si no juego, Gryffindor tampoco puede jugar.
—Ese es otro punto a tomar en cuenta —reflexionó Roxanne.
En aquel momento Neville cayó en la sala común.
—Momento, papá —interrumpió Frankie, extrañado—, ¿"Caíste"? ¿O "te dejaste caer"?
—Literalmente "caí" en la sala común —ratificó Neville, quien se había ruborizado al recordar esa situación.
Nadie se explicó cómo se las había arreglado para pasar por el agujero del retrato, porque sus piernas estaban pegadas juntas, con lo que reconocieron de inmediato el Maleficio de las Piernas Unidas. Había tenido que ir saltando todo el camino hasta la torre Gryffindor.
—¿Desde dónde? —preguntó Alice, preocupada.
—Desde la biblioteca —respondió Neville, en un hilo de voz.
Algunas miradas se dirigieron hacia Draco, quien miraba indiferente hacia el frente, sin observar a nadie en particular.
Todos empezaron a reírse, salvo Hermione, que se puso de pie e hizo el contramaleficio. Las piernas de Neville se separaron y pudo ponerse de pie, temblando.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Hermione, ayudándolo a sentarse junto a Harry y Ron.
—Malfoy—respondió Neville temblando—. Lo encontré fuera de la biblioteca. Dijo que estaba buscando a alguien para practicarlo.
—¿Cuándo no? —comentó Astoria, con tono de decepción.
—Sí, sí, lo reconozco —exclamó Draco, al ver que todos los de su la generación lo veían molesto—, era un niñato malcriado y con ideas absurdas, ¿sí? ¿Podemos seguir leyendo?
—¡Ve a hablar con la profesora McGonagall! —lo instó Hermione—. ¡Acúsalo!
Neville negó con la cabeza.
—No quiero tener más problemas —murmuró.
—¡Tienes que hacerle frente, Neville! —dijo Ron—. Está acostumbrado a llevarse a todo el mundo por delante, pero ésa no es una razón para echarse al suelo a su paso y hacerle las cosas más fáciles.
—No es necesario que me digas que no soy lo bastante valiente para pertenecer a Gryffindor; eso ya me lo dice Malfoy —dijo Neville, atragantándose.
—Gracias al ED —se interrumpió Neville—, mejoré mucho en ese sentido.
—Sí —ratificó Hannah, dándole un beso en la mejilla.
Harry buscó en los bolsillos de su túnica y sacó una rana de chocolate, la última de la caja que Hermione le había regalado para Navidad. Se la dio a Neville, que parecía estar a punto de llorar.
—Tú vales por doce Malfoys —dijo Harry—. ¿Acaso no te eligió para Gryffindor el Sombrero Seleccionador? ¿Y dónde está Malfoy? En la apestosa Slytherin.
Algunos bufidos se dejaron escuchar, además de algunos aplausos. Lily veía orgullosa a su hijo, y Remus reconoció en ese gesto a su amiga cuando él mismo tenía sus problemas de confianza.
Neville dejó escapar una débil sonrisa, mientras desenvolvía el chocolate.
—Gracias, Harry... Creo que me voy a la cama... ¿Quieres el cromo? Tú los coleccionas, ¿no?
Mientras Neville se alejaba, Harry miró el cromo de los Magos Famosos.
—Dumbledore otra vez —dijo— Él fue el primero que...
Bufó. Miró fijamente la parte de atrás de la tarjeta. Luego levantó la vista hacia Ron y Hermione.
—¡Lo encontré! —susurró—. ¡Encontré a Flamel! Os dije que había leído ese nombre antes. Lo leí en el tren, viniendo hacia aquí. Escuchad lo que dice:
Y en un alarde de memoria fotográfica, Rose interrumpió a Neville y recitó, de un solo golpe, el texto del cromo de la rana de chocolate:
«El profesor Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tenebroso Grindelwald, en 1945 (lo que provocó que Dumbledore bajara la vista y suspirara ruidosamente), por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre de dragón ¡y por su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Flamel!».
En la sala, todos aplaudían a Rose, quien, sonrojada, era abrazada por su madre.
—¿Cuándo te diste cuenta, Rosie? —le preguntó JS.
—Cuando se hizo mención que tío Harry sabía que lo había leído, pero que no recordaba dónde. En el capítulo pasado. Recuerden que él había leído una tarjeta similar en el tren.
Luego de gestos de asentimiento y nuevas felicitaciones, Neville retomó la lectura.
Hermione dio un salto. No estaba tan excitada desde que le dieron la nota de su primer trabajo.
—¡Esperad aquí! —dijo, y se lanzó por la escalera hacia el dormitorio de las chicas. Harry y Ron casi no tuvieron tiempo de intercambiar una mirada de asombro y ya estaba allí de nuevo, con un enorme libro entre los brazos.
—¡Nunca pensé en buscar aquí! —susurró excitada—. Lo saqué de la biblioteca hace semanas, para tener algo ligero para leer.
—¿Ligero? —dijo Ron, pero Hermione le dijo que esperara, que tenía que buscar algo y comenzó a dar la vuelta a las páginas, enloquecida, murmurando para sí misma.
—¿Realmente era algo ligero? —preguntó JS ante la risa de varios de su generación. Hermione lo vio con mala cara, mientras Rose se sonrojaba nuevamente. Molls se dio cuenta, pues le dijo:
—Rosie, ¿Tú también sacaste ese libro para una lectura ligera?
Ante la sorpresa general, Rose asintió, escondiéndose posteriormente en los brazos de su madre.
Al fin encontró lo que buscaba.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía!
—¿Podemos hablar ahora? —dijo Ron con malhumor. Hermione hizo caso omiso de él.
—Como siempre que encuentra —un codazo le hizo cambiar la idea—, ¡Auch, Mione!, Como siempre que encontraba algo por leer —y en un susurro, Ron le reclamó a su esposa—. Ese sí me dolió.
Hermione no le respondió, sino que sonrió con autosuficiencia.
—Nicolás Flamel —susurró con tono teatral— es el único descubridor conocido de la Piedra Filosofal.
Aquello no tuvo el efecto que ella esperaba.
Algo similar pasaba en los más jóvenes, quienes veían extrañados entre el pergamino y la propia Hermione.
—¿La qué? —dijeron Harry y Ron.
—¡Oh, no lo entiendo! ¿No sabéis leer? Mirad, leed aquí.
Empujó el libro hacia ellos, y Harry y Ron leyeron:
El antiguo estudio de la alquimia está relacionado con el descubrimiento de la Piedra Filosofal, una sustancia legendaria que tiene poderes asombrosos. La piedra puede transformar cualquier metal en oro puro. También produce el Elixir de la Vida, que hace inmortal al que lo bebe.
Rose recitaba de memoria, y en susurros, el texto, sorprendiendo a Hermione y a Ron, quienes escuchaban las dos voces leyendo lo mismo.
Se ha hablado mucho de la Piedra Filosofal a través de los siglos, pero la única Piedra que existe actualmente pertenece al señor Nicolás Flamel, el notable alquimista y amante de la ópera. El señor Flamel, que cumplió seiscientos sesenta y cinco años el año pasado, lleva una vida tranquila en Devon con su esposa Perenela (de seiscientos cincuenta y ocho años).
Hermione volvió a abrazar a su hija, llenándola de besos, mientras algunos miraban sorprendidos la escena.
—¿Veis? —dijo Hermione, cuando Harry y Ron terminaron—. El perro debe de estar custodiando la Piedra Filosofal de Flamel. Seguro que le pidió a Dumbledore que se la guardase, porque son amigos y porque debe de saber que alguien la busca. ¡Por eso quiso que sacaran la Piedra de Gringotts!
—¡Una piedra que convierte en oro y hace que uno nunca muera! —dijo Harry—. ¡No es raro que Snape la busque! Cualquiera la querría.
—Y no es raro que no pudiéramos encontrar a Flamel en ese Estudio del reciente desarrollo de la hechicería —dijo Ron—. Él no es exactamente reciente si tiene seiscientos sesenta y cinco años, ¿verdad?
—Estaban bastante cerca, debo reconocerlo —sonrió Dumbledore—, aunque con los errores propios de niños de once años.
—Sí —reconoció Harry—, estábamos apuntando hacia donde no era —mientras miraba a Snape, quien a su vez observaba a ninguna parte delante de él.
A la mañana siguiente, en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, mientras copiaban las diferentes formas de tratar las mordeduras de hombre lobo, Harry y Ron seguían discutiendo qué harían con la Piedra Filosofal si tuvieran una. Hasta que Ron dijo que él se compraría su propio equipo de quidditch y Harry recordó el partido en que tendría a Snape de árbitro.
—Jugaré —informó a Ron y Hermione—. Si no lo hago, todos los Slytherins pensarán que tengo miedo de enfrentarme con Snape. Les voy a demostrar... les voy a borrar la sonrisa de la cara si ganamos.
—Siempre y cuando no te borren a ti del terreno de juego —dijo Hermione.
—¿Quién era el de la sensibilidad de una cucharilla de té? —preguntó Ron, haciendo sonrojar a Hermione y reír a los más jóvenes.
Sin embargo, a medida que se acercaba el día del partido, Harry se ponía más nervioso, pese a todo lo que le había dicho a sus amigos. El resto del equipo tampoco estaba demasiado tranquilo. La idea de alcanzar a Slytherin en el torneo de la casa era maravillosa, nadie lo había conseguido en siete años, pero ¿podrían hacerlo con aquel árbitro tan parcial?
Harry no sabía si se lo imaginaba o no, pero veía a Snape por todas partes. Por momentos, hasta se preguntaba si Snape no lo estaría siguiendo para atraparlo. Las clases de Pociones se convirtieron en torturas semanales para Harry, por la forma en que lo trataba Snape. ¿Era posible que Snape supiera que ellos habían averiguado lo de la Piedra Filosofal? Harry no se imaginaba cómo podía saberlo... aunque algunas veces tenía la horrible sensación de que Snape podía leer los pensamientos.
Un buen número de miradas convergieron en el antiguo profesor, quien simplemente las ignoró diciendo:
—Puede ser, Harry Potter, que hubiera estado atento a tus movimientos más como protección que con intención de castigarte, pero no te darías cuenta así te lo hayan avisado.
—Espero que no estuvieras aplicando legeremancia con Harry o sus compañeros —reclamó Lily, lo que provocó miradas severas de McGonagall, Sprout y el propio Dumbledore a Snape, quien refutó diciendo:
—Sabes que es ilegal aplicar legeremancia a menores de edad.
—Pero eso no te hubiera detenido, ¿no, Snape? —recalcó James, mirando agriamente a su rival—. Especialmente si era a Harry.
El pocionista sólo hizo una señal a Neville, como si se espantara una molesta mosca, para que continuara la lectura.
Harry supo, cuando le desearon suerte en la puerta de los vestuarios, la tarde siguiente, que Ron y Hermione se preguntaban si volverían a verlo con vida. Aquello no era lo que uno llamaría reconfortante. Harry casi no oyó las palabras de Wood, mientras se ponía la túnica de quidditch y cogía su Nimbus 2.000.
Ron y Hermione, entre tanto, encontraron un sitio en las gradas, cerca de Neville, que no podía entender por qué estaban tan preocupados, ni por qué llevaban sus varitas al partido. Lo que Harry no sabía era que Ron y Hermione habían estado practicando en secreto el Maleficio de las Piernas Unidas. Se les ocurrió la idea cuando Malfoy lo utilizó con Neville, y estaban listos para utilizarlo con Snape, si daba alguna señal de querer hacer daño a Harry.
—Era lo menos que podíamos hacer —aclaró Hermione—, y como lo hemos dicho varias veces, los indicios nos decían que vigilábamos al hombre equivocado.
—No te olvides, es locomotor mortis —murmuró Hermione, mientras Ron deslizaba su varita en la manga de la túnica.
—Ya lo sé —respondió enfadado—. No me des la lata.
Mientras tanto, en el vestuario, Wood había llevado aparte a Harry.
—No quiero presionarte, Potter; pero si alguna vez necesitamos que se capture en seguida la snitch, es ahora. Necesitamos terminar el partido antes de que Snape pueda favorecer demasiado a Hufflepuff.
—¡Todo el colegio está allí fuera! —dijo Fred Weasley, espiando a través de la puerta—. Hasta... ¡Vaya, Dumbledore ha venido al partido!
El corazón de Harry dio un brinco.
—¿Dumbledore? —dijo, corriendo hasta la puerta para asegurarse. Fred tenía razón. Aquella barba plateada era inconfundible.
—Eso si es raro —reflexionó Frank, sorprendiendo a varios, que habían respirado aliviados—, porque, que yo recuerde, Dumbledore solo va al juego final de la temporada, para entregar la copa de quidditch.
—A veces me gusta asistir a otros juegos, señor Longbottom, especialmente si atraen mi atención, y dudo mucho que éste, después de lo previamente leído, no fuera la excepción.
Un silencioso asentimiento surgió, al recordar la experiencia de Harry con el espejo de Oesed. Neville siguió la lectura.
Harry tenía ganas de reírse a carcajadas, del alivio que sentía. Estaba a salvo. No había forma de que Snape se animara a hacerle algo si Dumbledore estaba mirando.
Tal vez por eso Snape parecía tan enfadado mientras los equipos desfilaban por el terreno de juego, algo que Ron también notó.
—Nunca vi a Snape con esa cara de malo —dijo a Hermione—. Mira, ya salen. ¡Eh!
Alguien había golpeado a Ron en la parte de atrás de la cabeza. Era Malfoy.
Las miradas en la sala se dirigieron a Draco, quien sólo encogió los hombros.
—Oh, perdón, Weasley, no te había visto.
Malfoy sonrió burlonamente a Crabbe y Goyle.
—Me pregunto cuánto tiempo durará Potter en su escoba esta vez. ¿Alguien quiere apostar? ¿Qué me dices, Weasley?
—Apuesto a que mi tío le vuela los perfectos dientes de un puñetazo —le propuso JS a Freddie y Frankie, quienes sonrieron:
—Vale —dijo Frankie—, yo voy a que le pone un ojo a la vinagreta.
—Yo, a que le parte la nariz —aceptó Freddie, haciendo chocar las manos de sus amigos.
Ron, quien recordaba el resultado, sólo sonreía, mientras Ginny, Hannah y Angelina veían molestas a sus hijos, aunque igual sonreían por dentro.
Ron no le respondió: Snape acababa de pitar un penalti a favor de Hufflepuff, porque George Weasley le había tirado una bludger. Hermione, que tenía los dedos cruzados sobre la falda, observaba sin cesar a Harry, que circulaba sobre el juego como un halcón, buscando la snitch.
—¿Sabéis por qué creo que eligen a la gente para la casa de Gryffindor? —dijo Malfoy en voz alta unos minutos más tarde, mientras Snape daba otro penalti a Hufflepuff, sin ningún motivo—. Es gente a la que le tienen lástima. Por ejemplo, está Potter; que no tiene padres, luego los Weasley, que no tienen dinero... Y tú, Longbottom, que no tienes cerebro.
—¿Y qué no tendrán los Malfoy? —estalló Seamus, molesto a más no poder—. ¿Dignidad? ¿Respeto? ¿Orgullo propio?
—Señor Finnigan —intervino Scorpius, mientras Will y Amelia intentaban calmar a su padre—, entiendo su molestia y la de todos, pero como lo dijo mi padre hace un buen rato, fue su forma de ser en ese tiempo; quizás ya haya cambiado —volteó a ver a Draco, quien lo miraba entre molesto y orgulloso—, de verdad, papá, quiero creer que cambiaste.
—Así es, hijo, y así es, Finnigan. Reconozco que mis acciones en esos años estaban influenciadas por mi padre y su legado de "sangre-pura", que, ya sabemos, no nos sirvió de mucho. Longbottom, por favor.
Neville sonrió al adelantarse en la lectura.
Neville se puso rojo y se volvió en su asiento para encararse con Malfoy.
—Yo valgo por doce como tú, Malfoy —tartamudeó.
—¡Así se habla, papá! —exclamó Kevin, mientras Paula aplaudía y reía sin emitir sonido.
Malfoy, Crabbe y Goyle estallaron en carcajadas, pero Ron, sin quitar los ojos del partido, intervino.
—Así se habla, Neville.
—Longbottom, si tu cerebro fuera de oro serías más pobre que Weasley, y con eso te digo todo.
La preocupación por Harry estaba a punto de acabar con los nervios de Ron.
—Te prevengo, Malfoy... Una palabra más...
Un rumor de Pelea, pelea, pelea… venía creciendo a medida que se leía esta parte, incentivado por los Nuevos merodeadores, y secundada por los gemelos, James, Sirius y, en menor medida, Remus.
—¡Ron! —dijo de pronto Hermione—. ¡Harry...!
—¿Qué? ¿Dónde?
Harry había salido en un espectacular vuelo, que arrancó gritos de asombro y vivas entre los espectadores. Hermione se puso de pie, con los dedos cruzados en la boca, mientras Harry se lanzaba velozmente hacia el campo, como una bala.
—Tenéis suerte, Weasley, es evidente que Potter ha visto alguna moneda en el campo —dijo Malfoy.
Ron estalló. Antes de que Malfoy supiera lo que estaba pasando, Ron estaba encima de él, tirándolo al suelo.
—¡Pelea, pelea, pelea! —gritaron los que estaban alborotando, hasta que un ¡Cállense! de parte de Lily, quien estaba angustiada por saber qué había pasado con Harry, los hizo calmarse.
Neville vaciló, pero luego se encaramó al respaldo de su silla para ayudar.
—¡Vamos, Harry! —gritaba Hermione, subiéndose al asiento para ver bien a Harry, sin darse cuenta de que Malfoy y Ron rodaban bajo su asiento y sin oír los gritos y golpes de Neville, Crabbe y Goyle.
—¡Papá! —exclamó Alice Susan, sorprendida— ¿¡Tú sólo contra ese par de trolls!?
—Sí, mi niña —respondió orgulloso Neville—, yo solo contra ese par.
En el aire, Snape puso en marcha su escoba justo a tiempo para ver algo escarlata que pasaba a su lado, y que no chocó con él por sólo unos centímetros.
—¡Qué lástima! —exclamó James, riéndose, mientras Snape lo perforaba con la mirada.
Al momento siguiente Harry subía con el brazo levantado en gesto de triunfo y la mano apretando la snitch.
Las tribunas bullían. Aquello era un récord, nadie recordaba que se hubiera atrapado tan rápido la snitch.
—¡Ron! ¡Ron! ¿Dónde estás? ¡El partido ha terminado! ¡Hemos ganado! ¡Gryffindor es el primero! —Hermione bailaba en su asiento y se abrazaba con Parvati Patil, de la fila de delante.
Parvati sonrió al recordar ese momento, sobre todo porque ella había visto, en un instante en el que la cabellera de Hermione le permitió, el momento exacto en el que la mano de Ron se estrellaba en la cara de Malfoy.
Harry saltó de su escoba, a centímetros del suelo. No podía creerlo. Lo había conseguido... El partido había terminado y apenas había durado cinco minutos. Mientras los de Gryffindor se acercaban al terreno de juego, vio que Snape aterrizaba cerca, con el rostro blanco y los labios tirantes. Entonces Harry sintió una mano en su hombro y, al darse la vuelta, se encontró con el rostro sonriente de Dumbledore.
—Bien hecho —dijo Dumbledore en voz baja, para que sólo Harry lo oyera—. Muy bueno que no buscaras ese espejo... que te mantuvieras ocupado... excelente...
Snape escupió con amargura en el suelo.
—Debo reconocer que el vuelo de Harry me tomó por sorpresa —reconoció Snape, con voz monocorde—, hizo recordarme la forma en que su pretencioso padre volaba.
Ambos Potter suspiraron sin comentar nada.
Un rato después, Harry salió del vestuario para dejar su Nimbus 2.000 en la escobera. No recordaba haberse sentido tan contento. Había hecho algo de lo que podía sentirse orgulloso. Ya nadie podría decir que era sólo un nombre célebre.
—¿Por qué decías eso, papá? —preguntó Al, interesado. Harry le dio cumplida respuesta:
—Porque hasta el momento me conocían por ser "el-niño-que-vivió", por algo que no había hecho, al menos conscientemente. Al lograr este triunfo, de la forma en que lo había logrado, me iban a reconocer como "Harry, el buscador más joven del siglo", algo que sí había hecho.
Varios Ahhh y Mmmmm de aprobación dieron paso a que Neville, interesado en la lectura, continuara.
El aire del anochecer nunca había sido tan dulce. Anduvo por la hierba húmeda, reviviendo la última hora en su mente, en una feliz nebulosa: los Gryffindors corriendo para llevarlo en andas, Ron y Hermione en la distancia, saltando como locos, Ron vitoreando en medio de una gran hemorragia nasal...
—Ya va —aclaró JS a Frankie y Freddie, cuando éste estiró las manos para cobrarles la apuesta—, todavía no han dicho que pasó con Malfoy.
Freddie recogió sus manos, y Ron sonrió de nuevo.
Harry llegó a la cabaña. Se apoyó contra la puerta de madera y miró hacia Hogwarts, cuyas ventanas despedían un brillo rojizo en la puesta del sol. Gryffindor a la cabeza. Él lo había hecho, le había demostrado a Snape...
Y hablando de Snape.
Una figura encapuchada bajó sigilosamente los escalones delanteros del castillo. Era evidente que no quería ser visto dirigiéndose a toda prisa hacia el bosque prohibido. La victoria se apagó en la mente de Harry mientras observaba. Reconoció a la figura que se alejaba. Era Snape, escabulléndose en el bosque, mientras todos estaban en la cena... ¿Qué sucedía?
Harry saltó sobre su Nimbus 2.000 y se elevó. Deslizándose silenciosamente sobre el castillo, vio a Snape entrando en el bosque. Lo siguió.
—Y ahí va Harry en modo detective —comentó Hermione, mientras que algunos sonrieron, la mayoría estaba atenta a la narración de Neville.
Los árboles eran tan espesos que no podía ver adónde había ido Snape. Voló en círculos, cada vez más bajos, rozando las copas de los árboles, hasta que oyó voces. Se deslizó hacia allí y se detuvo sin ruido, sobre un haya.
Con cuidado se detuvo en una rama, sujetando su escoba y tratando de ver a través de las hojas.
Abajo, en un espacio despejado y sombrío, vio a Snape. Pero no estaba solo. Quirrell también estaba allí. Harry no podía verle la cara, pero tartamudeaba como nunca. Harry se esforzó por oír lo que decían.
—¿Cuándo es que no estabas escuchando conversaciones ajenas, Potter? —le inquirió Snape, con molestia en su voz.
—Ya lo hemos conversado, profesor —replicó Harry, con voz calmada—, todas las evidencias nos llevaban a la persona equivocada, y no iba a desaprovechar la oportunidad.
—No lo dudo —gruñó el pocionista, haciendo señas a Neville para que siguiera.
—... n-no sé p-por qué querías ver-verme j-justo a-aquí, de entre t-todos los l-lugares, Severus...
—Oh, pensé que íbamos a mantener esto en privado —dijo Snape con voz gélida—. Después de todo, los alumnos no deben saber nada sobre la Piedra Filosofal.
Harry se inclinó hacia delante. Quirrell tartamudeaba algo y Snape lo interrumpió.
—¿Ya has averiguado cómo burlar a esa bestia de Hagrid?
—P-p-pero Severus, y-yo...
—Tú no querrás que yo sea tu enemigo, Quirrell —dijo Snape, dando un paso hacia él.
—Y-yo no s-sé qué...
—Tú sabes perfectamente bien lo que quiero decir.
Una lechuza dejó escapar un grito y Harry casi se cae del árbol.
—¡Por Merlín! —exclamó Lily, mientras que Tonks, recordando sus clases con Ojoloco Moody, gruñía molesta:
—¡Harry! ¡Ese traspiés pudo costarte información valiosa!
—Bueno —se excusó Harry—, tenía apenas once años.
Se enderezó a tiempo para oír a Snape decir:
—... tu pequeña parte del abracadabra. Estoy esperando.
—P-pero y-yo no...
—Muy bien —lo interrumpió Snape—. Vamos a tener otra pequeña charla muy pronto, cuando hayas tenido tiempo de pensar y decidir dónde están tus lealtades.
Se echó la capa sobre la cabeza y se alejó del claro. Ya estaba casi oscuro, pero Harry pudo ver a Quirrell inmóvil, como si estuviera petrificado.
—Eso es muy raro, ¿no creen? —comentó Dom, en tono reflexivo, pero Hermione le interrumpió:
—Sigue pensándolo, Dominique, porque creo que tienes una idea.
—Harry, ¿dónde estabas? —preguntó Hermione con voz aguda.
—¡Ganamos! ¡Ganamos! ¡Ganamos! —gritaba Ron al tiempo que daba palmadas a Harry en la espalda—. ¡Y yo le puse un ojo negro a Malfoy y Neville trató de vencer a Crabbe y Goyle él solo!...
—A pagar, niños —sonrió Frankie, mientras unos derrotados JS y Freddie sacaban un par de sickles y los ponían en las manos del ganador. A su vez, Alisu y los mellizos veían con preocupación a su padre, quien sonreía por su acción.
… Todavía está inconsciente, pero la señora Pomfrey dice que se pondrá bien. Todos te están esperando en la sala común, vamos a celebrar una fiesta, Fred y George robaron unos pasteles y otras cosas de la cocina...
—¡Fred y George! —se oyó la voz de Molly.
—Recuerdo que no lo robamos —mencionó Fred.
—Más bien, los elfos nos lo obsequiaron con gusto —remató George.
—Ahora eso no importa —dijo Harry sin aliento—. Vamos a buscar una habitación vacía, ya veréis cuando oigáis esto...
Se aseguró de que Peeves no estuviera dentro antes de cerrar la puerta, y entonces les contó lo que había visto y oído.
—Así que teníamos razón, es la Piedra Filosofal y Snape trata de obligar a Quirrell a que lo ayude a conseguirla. Le preguntó si sabía cómo pasar ante Fluffy y dijo algo sobre el «abracadabra» de Quirrell... Eso significa que hay otras cosas custodiando la Piedra, además de Fluffy, probablemente cantidades de hechizos, y Quirrell puede haber hecho algunos encantamientos anti-Artes Oscuras que Snape necesita romper...
—¿Quieres decir que la Piedra estará segura mientras Quirrell se oponga a Snape? —preguntó alarmada Hermione.
—En ese caso no durará mucho — dijo Ron.
—No ibas tan errado en tus suposiciones, Harry —comentó, sonriendo, Dumbledore. James y Lily vieron al anciano con sorpresa.
—Momento, Albus —era raro cuando James llamaba por su nombre a Dumbledore, como en este caso, cuando estaba a punto de estallar— ¿tú le estabas dando lecciones a Harry y a los chicos para cuidar la Piedra Filosofal?
—No, James —respondió el director, mirando con un brillo particular al mayor de los Potter—, ellos lo fueron averiguando por su cuenta. Aunque sí debo reconocer que el espejo de Oesed, aunque descuidado en ese salón, sirvió para darle una lección necesaria a Harry.
Aunque no estaba totalmente convencido, James lo dejó pasar. Neville, sorprendido, comentó:
—El capítulo terminó ya.
Al dejar el pergamino en el atril, este se desplazó hasta ubicarse frene a Charlie, quien, al ver el título del capítulo sonrió, vio a Hagrid y tomo una buena bocanada de aire.
Buenos días desde San Diego, Venezuela! Un nuevo capítulo nos reúne, y éste comienza a aclarar muchas situaciones de ese primer año de Harry, especialmente en cuanto al misterio de qué se ocultaba en el colegio. Como ha sido usual en la lectura, Rose destaca por su memoria y la reclamadera sigue... Saludos a todos quienes en las profundidades del anonimato leen, siguen, están alerta y esperan la actualización de este relato, y especialmente a Ale74 y lavida134 por sus saludos de esta semana. Salud y saludos!
