Aclaración: Los personajes no me pertenecen, le pertenecen a su maravillosa creadora la gran ChinoMiko, y al equipo de Beemov.
Advertencia: La historia puede contener lenguaje vulgar, personajes psicológicamente trastornados, sangre, muerte, destrucción, capaz con el transcurso de la capítulos de me de por meterle Lemmon, etc.
-Buenos días.-Esa dulce voz conocida lo saludó alegremente.
-Buenos días, veo que estás viva y limpia.-Advirtió sentándose en una de las banquetas altas que separaban la cocina del comedor.
-Y en una pieza.-Bromeó la chica, mientras servía un par de tazas de café.
-¿Puedo preguntar qué pasó?-Cuestionó.-¿Fallaste?
Una carcajada resonó por el bonito departamento.
-Yo nunca fallo, guapo. Por algo soy la mejor en la empresa.-Con una ligera sonrisa, dejó un plato de tostadas en la mesa.
-Ahí te equivocas, yo soy el mejor de la empresa.-Y comenzaron una discusión como los niños pequeños que eran en el fondo.
Tras unos minutos de riña en los que acordaron que ambos eran buenos, un cómodo silencio se instauró en el lugar.
-¿Quieres ir de compras más tarde?-Cuestionó la chica mientras jugaba con el borde de sus pantalones del pijama.
-Me encantaría pero tengo que ir a buscar un paquete para la empresa.-Avisó mientras masticaba, revisó el reloj en su muñeca y se levantó de un salto tomando una tostada del plato.-Ya voy tarde, mierda.-Dejó un pequeño beso en la cabeza de la contraria y salió rápidamente del departamento.
Un suspiro dejó los rojizos y rellenos labios de la pelirroja y se dispuso a levantar los platos de la mesa, probablemente haría una limpieza matutina.
El eco de unos pasos era todo lo que podía escucharse en el frío callejón.
La pelinegra observó el papel en sus manos, a pesar del temblor nervioso en estas, las palabras en brillante tinta negra se leían perfectamente.
420, Calle Jefferson, Sweet Ville, Francia.
8:30 am.
Observó la hora en su teléfono, 8:35. ¿Había sido una broma? No, era imposible, esa foto…
Un hombre se aclaró la garganta detrás suyo, sacándola de su ensoñación. Se volteó, encontrando un hermoso auto negro aparcado. ¿Estaba tan metida en su mente que no había escuchado el sonido del automóvil?
-Siento la demora.-Su voz era grave y madura, portaba su cabello negro desordenado sobre su frente y unos profundos círculos oscuros bajo sus ojos como si hubiera dormido muy poco, una bufanda morada se envolvía sobre su cuello cayendo sobre un abrigo negro que le daba un porte elegante.
-¿Quién eres? ¿Por qué enviaste esa nota? ¿Tú…-El muchacho hizo un gesto con su mano en señal de que debía guardar silencio.
-Tienes muchas preguntas y todas serán respondidas a su debido tiempo. Pero este no es el momento ni el lugar.-Abrió la puerta trasera del carro para luego hacer un ademán con su brazo indicándole que debía entrar.-Las paredes escuchan.-Susurró suavemente cuando la ojiazul obedeció.
El camino transcurrió en completo silencio, temporalmente ingresaron al estacionamiento subterráneo de un rascacielos.
-Señorita Lestrange.-El pelinegro abrió la puerta y tomó la mano de la chica para ayudarla a bajar.-Sigame por favor.
Atravesaron el ascensor y el más alto presionó un botón más grande que el resto que regía en la cima del panel de metal, no contaba con ningún número, sólo un símbolo que la joven no supo identificar.
El viaje fue sorprendentemente rápido. Las frías puertas plateadas se abrieron para enseñar un piso completamente vacío.
Tres paredes de reluciente vidrio le daban una vista privilegiada de toda la ciudad. El suelo de baldosas blancas perfectamente lustradas reflejaba todo tan bien que era como verse en el espejo.
-Tome asiento y espere un minuto.-Ordenó su acompañante y fue entonces cuando la chica notó un par de sillones blancos a un lado del ascensor.
El joven ascendió por unas escaleras que se encontraban en paralelo a los asientos.
Unos minutos después apareció nuevamente en los escalones y la guió a través de unas escaleras hasta llegar a oscura puerta custodiada por un par de hombres trajeados. Al ingresar por esta se encontró en lo que parecía una sala de juntas, contaba con una mesa cuadrada de cristal con sillas negras.
Un hombre con traje se encontraba en la punta, mientras cinco chicas estaban sentadas a ambos lados, todas sostenían sobres idénticos al suyo. Sin embargo, eso no fue lo que le llamó la atención, sino el hecho de que tres sillas estaban desocupadas. Dos en el extremo más cercano a la puerta y una en frente de una castaña con bonitos ojos color oliva y expresión totalmente en blanco.
Tomó asiento en el lugar que sintió era para ella mientras el chico ocupaba uno de los asientos de la cabecera.
-Bien, ya están todas aquí, antes de empezar quisiera saber si tienen alguna duda.
-Yo tengo una, ¿Por qué a ella la trajo el chico guapo y al resto nos trajeron esos gorilas?-Cuestionó una azabache de ojos azul intenso, poseía un muy marcado acento italiano a pesar de estar hablando inglés.
-Dudas relevantes.-Aclaró el hombre mayor perdiendo un poco su tono amable.
-Ah…
-Bien, todas ustedes señoritas están aquí porque son muy importantes y especiales. Y amo usar a la gente especial para mi conveniencia. A sus hogares llegó un pequeño sobrecito con un foto, una foto de un momento que creían nadie presenció. Luego mí querido agente ahí sentado va a explicarles cómo las conseguimos, pero por ahora…-El sonido de la puerta abriendose hizo que todos se voltearan menos el joven de espaldas.
-Lamento la tardanza, el mensaje no llegó en el mejor momento.-Una pelirroja de piel pálida ingresó por la puerta, traía su cabello atado en una coleta que dejaba escapar dos ondulados mechones sobre su cara, usaba un abrigo blanco y una bufanda morada idéntica a la del pelinegro. Tomó asiento en el lugar vacío y observó a todos los presentes.
-Linda, te he dicho muchas veces que debes estar atenta a los nuevos mensajes.-El hombre puso una mano en el borde de su saco y lo abrió un poco, lo suficiente como para meter la mano.-Tambien te he dicho que no me interrumpas mientras hablo.
-Lo siento mu…-El fuerte sonido de un disparo la interrumpió abruptamente. Entre ambos mechones de cabello comenzó a escapar un fino hilo de sangre que brotaba del agujero que había dejado la bala en su cráneo.
El pelinegro dejó una tableta de pastillas sobre la mesa y se levantó a buscar un vaso de agua del dispenser que descansaba en el rincón.
-Espero que a ninguna le moleste la sangre, no quiero gente desmayada en mi sala favorita.-El silencio que reinó incentivó al asesino a seguir hablando luego de devolver su arma al saco.-En frente de ustedes hay unas carpetas dónde hay información que ahora Viktor les va a explicar.
-Somos una asociación que existe desde hace cientos de años, hay sedes en todo el mundo y todas tienen una única misión, proteger a los débiles de mente de aquellas cosas que no pueden comprender.
-¿Como los fantasmas?-Preguntó una delgada pelirroja que había estado ojeando la carpeta.
-No, los fantasmas son una invención humana para explicar fenómenos causados por otras criaturas.-Cortó el ojiambar con cierto fastidio.
-¿Invención humana? Tu también eres humano.-Soltó una chica de cabello malva que se había mantenido al margen hasta ese momento.
-No guapa, te equivocas, no lo soy.-Las seis jóvenes lo miraron como a un bicho raro mientras buscaban una explicación.
-Viktor es un elfo, por eso pueden escucharlo hablando con las plantas de vez en cuando.-La pelirroja se había incorporado en su asiento para apoyarse en la mesa con una mano en su frente.-¿Qué? ¿Nunca vieron a nadie revivir?-Casi escupió en respuesta a las miradas que le daban las chicas.
-Ignorenla, se pone de mal humor cuando le disparan. Y no, no pueden preguntar por las orejas puntiagudas, es de mala educación.
-¿Pero por qué estamos aquí?-Habló la chica de cabello naranja llamada Satara.
-Porque todas tienen algo en común, todas estuvieron clínicamente muertas y aún así están aquí sentadas, ¿Les suena de algo?-Dijo la de bufanda morada dejando esparciendo las fotos en el centro de la mesa.-Y tenemos un problema lo suficientemente gordo como para necesitar a un grupo de gente que pueda morir sin problemas.
