Tal y como esperabas, todo es desorden en la que antes era tu casa. Polvo por todas partes, paredes destrozadas y muebles rotos. Eso no impide que te instales casi al instante. Limpiar, ordenar y arreglar no es divertido, pero mantiene tu mente ocupada y por ahora, es lo único que necesitas.
Sakura te visita de vez en cuando y te pregunta cómo estás pasando los días y si te estás adaptando bien. Tu contestas que bien, por supuesto, porque no sabes qué más decir.
No es mentira. Estás bien. Bueno, no bien. Pero lo suficientemente estable.
La residencia está fría y vacía. Ya no hay nadie que desordene, ni chillidos provenientes de la habitación de invitados, tampoco Ramen en cada estante. No hay nadie que te recuerde que debes comer cuando pasas días en cama, o que te obliguen a salir del piso. No hay nadie quien te cubra con una manta cuando caes rendido en el sofá, totalmente exhausto, a pesar de que no has hecho nada más que levantarte de la cama. Naruto ya no está allí, no para mantener conversaciones antes de ir a dormir ni tampoco para sacarte al puesto de Ramen. Sólo fueron unos meses viviendo juntos antes de que te marchases de la aldea, pero ahora lo aprecias infinitamente, porque antes se sentía como un hogar.
Ahora nadie espanta las pesadillas tan reales que te persiguen a la hora de dormir.
Lloras, tiemblas y gritas, pero nadie viene.
El piso está frío, y nadie enciende la chimenea.
La comida se estropea en el frigorífico y nadie te obliga a comer.
Tu casa, que durante un tiempo fue un hogar, te está ahogando.
¿Y qué haces, cuando no puedes nadar?
Te repites que debes respirar, pero una gran parte de ti quiere seguir ahogándose.
