Aquí el segundo capítulo. Tengo la historia escrita más o menos por la mitad de lo que yo pienso, así que supongo que no demoraré mucho en subir cada capítulo. Si alguien lee esto, le agradezco de antemano, y si envía un review, aún más.

La chica del club de basquetbol, Yui Namikawa, había decidido ir al handball. Durante su estancia en el otro equipo, había sido más infeliz que nunca y quería cambiar eso. No se decidía y por ello había llegado tarde. Yui deslumbraba por su belleza, destacaba por un lindo y bien formado cuerpo, un rostro jovial y bello, sonrisa pícara y curiosa, ojos grandes y amielados y un hermoso cabello. Ese pelo, el cual lo había llevado el día anterior en una trenza, en esa tarde lo tenía relativamente suelto, pero su flequillo estaba adornado, atado hacia atrás, por precisamente otra trenza, pequeña.

Tras presentarse ante las demás chicas, quienes la recibieron gustosas, especialmente Aizawa, pues prácticamente podían jugar ya un partido, Namikawa entrenó con una sonrisa en el rostro y al final todas las chicas la rodearon a admirar lo bella que era. Yui tuvo un sentimiento totalmente distinto al que tenía en el equipo de basquetbol, donde sus compañeras, sobre todo las de último año, no le mostraban cariño alguno.

–¿Regresarás mañana? –le preguntó Jin y ella asintió, contenta.– Bien, entonces quiero que tú, Komatsu y Nakamura pasen el receso de mañana, o si pueden, esta tarde, con Aizawa para que les explique las generalidades de este deporte

Las chicas se organizaron para verse por la tarde y reunirse en la casa de Nana. Ella las recibió con gusto. Al mismo tiempo, Jin no se rendía en su intento por convencer a Anzu Izumi de unirse al equipo. Algo en ella le llamaba la atención, no sólo su atleticismo, Masaki podía ver algo especial en la joven. Por ello, la siguió al terminar el entrenamiento. Izumi había sido castigada por haberse ido temprano un día antes y llegado tarde en ése y había tenido que realizar algunas labores como compensación, por lo que Jin pudo verla cuando se iba.

Masaki trató de ser sigiloso. Mantenía buena distancia y trataba de no perderla de vista. Izumi caminaba solitaria y luego se desvió desde una calle principal para meterse por calles más oscuras. Iba tranquila hasta que pasó por enfrente de una tienda y de ahí salieron dos sujetos a abordarla. Jin todavía podía verla a lo lejos y se preocupó, por lo que apresuró el paso para ayudarla.

Anzu no lo necesitaba, con su maletín propinó una paliza a uno de sus molestadores y el otro, al ver las habilidades de la chica, salió huyendo. Pero Izumi no iba a quedarse ahí y lo siguió a toda velocidad. Jin vio al otro sujeto en el suelo e intentó alcanzar a Anzu y lo logró hasta que ésta lanzó al canal de agua cercano al otro tipo. Ahí llegó Masaki, quien todavía tenía buena condición física, pero entre la inactividad y el tobillo lastimado, tuvo que recuperar el aliento un buen rato.

–¿Estás bien? –preguntó él, pero Anzu le indicó que esa pregunta la debía hacer ella.

–¿Por qué estás aquí? ¿Me estás siguiendo? –preguntó ella. Jin dijo que sólo quería asegurarse que estuviera bien.

–Lo que me sorprende es tu habilidad atlética –dijo él– vamos Izumi, necesito a alguien como tú en el equipo. Sé que serías una buena jugadora, no me rendiré hasta que entres al club.

–¿Quién te dijo mi nombre? –preguntó ella, sin siquiera responder a la petición de Jin.

–Nana Aizawa, me dijo que están en el mismo grupo.

–Oh sí, ella –recordó Anzu– no es una mala chica, aunque esté obsesionada con este "hanbol".

–Izumi, sólo un entrenamiento, y sé que te gustará. Vamos, como dije, el equipo necesita a alguien como tú.

–No estoy hecha para entrenar –admitió ella–, la disciplina no es lo mío. Sé que no tienes malas intenciones, pero no vas a convencerme, así que mejor me voy a mi casa. Les deseo suerte de todas formas –dijo Anzu mientras daba la espalda a Jin y seguía su camino.

Masaki ya no la persiguió. Izumi siguió con su paso firme, mirando hacia la nada y tras cerca de diez minutos arribó a un edificio de apartamentos. Entró al mismo y se dirigió hacia el elevador. No había nadie por ahí, el encargado, como era habitual a esas horas, se encontraba ausente. Anzu entró al elevador y pulsó el número tres, el último, segundos después ya estaba en su piso y llegó hasta la puerta final del pasillo, sacó una llave y abrió.

–Estoy en casa... –dijo, sin muchas ganas. De inmediato fue abordada por su madre. Una mujer bastante joven, con gran parecido a Anzu pero con cabello largo.

–¿Dónde estabas niña? ¿No me digas que otra vez te han castigado? –y así comenzó la serie de regaños que Anzu odiaba. Pero Izumi notó algo extraño, en uno de los movimientos, su madre dejó ver una marca que trataba de cubrir con su cabello.

–¿Qué diablos es eso, mamá? –quiso ver, pero su madre se negó–. ¡No me digas que otra vez te ha golpeado ese cabrón!

–¡No le hables así! ¡Es tu padre también!

–Él no es mi padre, yo no tengo y lo sabes bien. Y cuando Tohru llegue, voy a darle una paliza –aseguró Anzu, pero luego volteó hacia abajo, ya que alguien la jalaba de la falda. Era una pequeña, de cabello negro atado en una cola de caballo.– Konata-chan...

–No pelees, hermana –le pidió la niña. El rostro de enfado se borró en Anzu y ella se agachó hasta quedar al nivel de la pequeña.

–Está bien, no lo haré, si tú me lo pides, no lo haré hermanita –Izumi aceptó, mirando con verdadero amor a Konata y luego la abrazó. Anzu se levantó y luego se dirigió hacia otra habitación–. Después de todo, no tiene caso defender a una mujer que no se valora a sí misma –dijo, refiriéndose claramente a su madre.– A veces me gusta que me castiguen, para estar el menor tiempo posible en esta casa.

A su vez, Nana Aizawa guiaba a sus tres nuevas compañeras hacia su casa. Era un lugar relativamente grande, no muy lejos de la escuela. Aizawa estaba por introducir la llave en la puerta, pero ésta se abrió por dentro. Las recibió una chica, joven, pero más grande que Nana, con cabello castaño largo y una sincera sonrisa.

–¿Son tus amigas, Nana? –preguntó y recibió respuesta afirmativa–. Bienvenidas, yo soy Naru Aizawa, soy hermana mayor de Nana. Por favor, siéntanse como en su casa.

Nana explicó a Komatsu, Namikawa y Nakamura que su hermana era maestra en un jardín de niños y que además tenía otra hermana, de nombre Nami, que trabajaba en un salón de belleza. Su padre trabajaba en una empresa de electrónica y su madre era guía de turistas en el aeropuerto de Narita. Así Naru se ofreció para prepararles a las chicas unos bocadillos y ellas aceptaron. En pocos minutos, los tuvo listos.

–¿Así que hay un entrenador del equipo? Supongo que estás feliz, ¿no Nana?

–Sí hermana, él es algo extraño, pero creo que podremos participar en los regionales este año. El equipo ya se hizo más grande además –respondió Nana con entusiasmo. Cuando Naru se retiró, Nana empezó a explicar lo que sabía acerca del handball, lo hacía demasiado rápido, pero sus compañeras podían entenderla de cierta forma. Luego, Aizawa puso un video de un juego y con esa ayuda fue explicando las reglas y algunos movimientos. No tomaría sólo un día, pero al menos sus tres compañeras ya estaban entendiendo un poco.

Nakamura dijo que, aunque realmente estaba entendiendo poco, se sentía feliz de estar reunida con chicas de su escuela: –Soy algo torpe y lenta, y otras chicas nunca me han aceptado. Por eso siempre he intentado entrar a todo tipo de deportes, pero no había podido, hasta ahora, por eso haré todo lo que pueda para ayudar a este equipo.

De esa forma, siguieron los entrenamientos. El equipo lo conformaban Nana Aizawa, Michiko Sato, Setsuko Toyama, Yumi Adachi, así como las recién llegada Yui Namikawa, Hidemi Nakamura y Maki Komatsu. Tras la primera semana, Jin estaba identificando las posiciones adecuadas de las chicas y se dio cuenta de que no tenía portera. Había decidido que Namikawa, debido a su buen manejo de balón, podía ser la central y probablemente Komatsu, por su tamaño, la pívot. Preguntó entonces a quién le gustaría defender la meta, nadie levantó la mano y Aizawa finalmente se dirigió a cubrirla.

–Recuerde, entrenador, que yo puedo jugar cualquier posición –aseguró orgullosa y entonces pidió a sus compañeras que la probaran con algunos disparos. La técnica todavía les fallaba a las chicas y los tiros no eran de lo mejor, con poca ubicación y potencia –a excepción de Nakamura– por lo que Aizawa pudo detenerlos todos. Jin supo que, al menos por el momento, estaría bien, pero tampoco le pareció algo demasiado extraordinario.

En uno de esos entrenamientos, apareció la directora, y junto a ella, otra persona. Era una maestra, una mujer sonriente de mediana edad con un cabello castaño claro, corto, bien peinado y que pintaba ya algunas canas. Vestía casualmente y podía adivinarse como una persona sencilla.

La directora la presentó como Sumiko Abe y las chicas de segundo así como Michiko Sato, de tercer año, la reconocieron como la profesora de la materia de ciencias naturales.

–No lo tomes a mal, Masaki –dijo la directora Fujita–, pero la profesora Abe estará aquí para evitar cualquier mala interpretación por parte de la sociedad de padres acerca de un hombre entrenando a un equipo sólo de chicas, lo que puede ser normal en otras escuelas, pero no en Shuusei. No es que desconfíe de ti, pero así estará todo más tranquilo.

Jin aceptó sin problemas, aunque sí le molestaba un poco tener a alguien más por ahí que pudiera opinar algo en contra de su entrenamiento o "meter sus narices" en lo que no le importaba. Trató de olvidarse de esto y comenzó a enseñar algunos movimientos con el balón a las chicas. Jin se mantenía en buena forma y demostró algunas jugadas con tiro incluido; había sido impresionante y las jóvenes quedaron con la boca abierta. Él pidió que, en la medida de lo posible, trataran de imitar aquellos movimientos de ataque.

–Fuiste un gran jugador, ¿no es así, Masaki-kun? –preguntó la profesora Abe, quien se había sentado enseguida de Jin, en una silla que había por ahí.– No sé mucho de handball, yo jugué voleibol en mi juventud; pero puedo ver que eras un gran atleta, incluso todavía lo eres, si me lo preguntas.

–Sí, jugué un poco cuando era más joven –sonrió Masaki, sin revelar nada más.

–Si no te molesta, Masaki-kun, tengo una sugerencia para un entrenamiento especial –le dijo ella. Era lo que Jin más temía, tener que discutir con alguien que, además, podría no saber de lo que estaba hablando–. Pero no te preocupes, este entrenamiento especial no será en día normal, citaré el sábado a las muchachas. No interferirá con ninguna de tus enseñanzas, te lo aseguro.

Jin tuvo que aceptar y ni siquiera supo a qué horas sería ese "entrenamiento especial". Se sintió fastidiado inmediatamente y así pasó ese jueves y el siguiente día, pensando en que no sería fácil convivir con la profesora Abe.

El sábado se levantó cerca de las nueve de la mañana y salió a correr un buen rato, más de una hora. Tras despejarse, se duchó, almorzó y se quedó un momento escuchando música. En realidad huía de ver aquel entrenamiento y entendió que, como el entrenador del equipo, era su responsabilidad estar con las chicas, así que se decidió a ir y llegar lo más rápido posible, aunque arribó a Shuusei cerca de las doce del día. Se dirigió al gimnasio exterior y, al abrir la puerta, vio algo que no esperaba en lo más mínimo.

Las chicas estaban cubiertas de pintura blanca y rosa, y el gimnasio lucía brillante por dentro.

–¡Entrenador, estoy muy cansada! –le dijo Nakamura al verlo.

–Pero ha valido la pena, ¿no? –apareció Namikawa, con su cabello atado en cuatro pequeñas trenzas– ahora va a dar gusto entrenar aquí.

El otrora gris y triste gimnasio, ahora tenía la pared rosada en su mitad inferior y blanca en la superior. No había sido un trabajo de profesionales, pero no se veía mal. En una de las paredes se veían dos letras grandes, una "S" y una "H". Jin dedujo que serían de "Shuusei", así, romanizado.

–Sin duda ha sido un buen entrenamiento –le dijo Jin a la profesora Abe–. Dudé de esto, discúlpeme por favor.

–No te preocupes, Masaki-kun. Esto ayudará a las chicas a llevarse mejor, a entenderse, a crear un buen equipo. No sé si me estoy explicando bien.

Masaki entendió que, después de todo, la inclusión de la profesora Abe no sería una mala idea. Él no podía hacer ese tipo de cosas, nunca fue demasiado un hombre de equipo y desde el principio pensó que era en lo que más sufriría. Si la profesora Abe podía encargarse de esa faceta, sería mejor para él.

Al terminar, Jin mandó a las chicas a que se bañaran. Las duchas del gimnasio principal estarían libres por ser sábado y supuso que también sería una buena actividad para ellas.

–¿No será que quieres espiarnos, verdad, entrenador? –preguntó Aizawa, de forma pícara.

–Ya que se nos ha unido una chica tan bonita como Namikawa, seguro quieres echar un vistazo, ¿no es así, Masaki-san? –le dijo Komatsu. Jin no sabía qué responder, primeramente porque no era verdad lo que le decían. Se había puesto muy nervioso y hasta algo enfadado.

–¿Has creído todo, Masaki-kun? –preguntó la profesora Abe, sorprendiendo a Jin. – Las chicas sólo están bromeando, ¿verdad? –ella volteó a ver a las muchachas y ellas asintieron mientras sonreían. Luego de disculparse por la broma, salieron del gimnasio exterior para meterse en las duchas del otro inmueble.

–No eres muy bueno con las chicas, ¿verdad Masaki-kun?

–No demasiado –respondió él, tranquilo– en estas cuestiones, es bueno que usted esté por aquí. Luego, no sé cómo lidiaría con ellas en estos casos.

El siguiente lunes, Jin se levantó con mayor entusiasmo y llegó temprano a la escuela. Admiró un buen rato el trabajo de sus chicas en la pintura del gimnasio. Entre más lo veía, más imperfecciones encontraba y, sin embargo, más le gustaba cómo había quedado. La profesora Abe dijo que el siguiente sábado seguirían con la labor para terminar el letrero de "Shuusei".

A la hora del receso de los alumnos, Jin escuchó el bullicio de los jóvenes y recordó que había desayunado algo ligero, así que se dirigió a la cafetería de la preparatoria. Compró y preparó una sopa instantánea y fue comiéndola por el patio cuando se topó, nuevamente, con Izumi. Ambos se saludaron amistosamente.

–¿Qué tal va tu equipo de handball? –preguntó ella.

–Bien –le respondió.– Por cierto, ¿no te enseñaron a hablar con más respeto a los adultos? –le dijo Jin, al respecto de que ella no usaba ningún tipo de honoríficos hacia él y le hablaba de forma muy casual.

–Es que no te ves demasiado adulto. Quiero decir, te ves joven –dijo Anzu. Jin no decidía si podía tomar eso como un halago o no.– Lo extraño es que ahora no me pidas que me una a tu equipo.

–¿Lo dices por qué quieres unirte?

–No. Ya te lo dije, esas cosas no son para mí.

–Pues pienso que estás equivocada –le dijo él, serio, con mirada fuerte, lo que impactó un poco a la joven–. No sé lo que pase por tu mente, pero te voy a decir algo. No te estás valorando a ti misma, no te das cuenta, o no quieres darte cuenta, de las habilidades que posees. Izumi, te he visto, sé que eres una atleta nata, podrías jugar con éxito casi cualquier deporte que te propusieras. No desperdicies tu talento. Valórate a ti misma.

–¡No sabes lo que dices! ¡Ya deja de molestarme! –le dijo ella enfadada y caminó alejándose de él rápidamente. Masaki pensó entonces que iba a ser la última ocasión en que le dirigía la palabra a esa chica obstinada. Pensó también que era una verdadera lástima.

Si has leído hasta aquí, te agradezco mucho. Un saludo.