A penas y tengo tiempo de respirar, mi mundo está vuelto al revés, viajando de estación en estación, siempre de prisa, siempre haciendo escalas. No existe lugar al que pueda llamar hogar, el mundo es mi límite y mi jaula y no obstante a pesar de mi ajetreada vida y mis constantes ir y venir más pronto que temprano me descubro pensando en ella de nuevo.
Por ejemplo, ahora, que estoy esperando mi salida para el siguiente concierto, estoy en una sala llena de gente con murmullos sonoros, ruidos incesantes y un libro en mis manos que intento leer desde hace tiempo, pero de cuyas primeras páginas no logro pasar. Guardo frustrada el libro y me coloco los auriculares y reproduzco mi música, la primera canción que suena me lleva inmediatamente a una oleada de recuerdos y de nuevo es ella quien figura en mi mente.
Esa sonrisa que me volvía loca, esos ojos, ¡Dios esos ojos! Que solían ponerme de rodillas y ella siempre tan… tan ella, en su mundo, en sus cavilaciones, consumida por sus propios fantasmas, hundida casi siempre en un halo de tristeza. Habría dado lo que fuera por ser así de importante para ella, por quitarle el sueño, por ser causante de los sobresaltos de su corazón, por provocar en ella lo mismo que ella provocaba en mí. Pero todo era en vano, no era más que su patosa amiga, la distraída, la que cuenta chistes incómodos que le hacían sonreír más por compromiso que por otra cosa. Aquella a la que veía como una pequeña hermana a la que hay que defender continuamente del mundo y sus crueldades.
Recuerdo haberme perdido más de una vez contemplando esos ojos que por supuesto a mí no me contemplaban, recuerdo haber perdido el tiempo construyendo castillos en el aire, ideando escenarios en los que sería capaz de superar mi miedo y apostar el todo por el todo. Mil y una veces idee planes escrupulosos, ¡qué usaría!, ¡qué le diría!, ¡qué respondería! Y una y otra vez sólo fueron eso, planes irrealizables porque al verla perdía el habla, y toda idea coherente que pudiese haber habitado en mí se desvanecía, sucumbía ante tan avasalladora mirada y me volvía torpe, confusa, graciosa, como gritando ¡aquí estoy, nótame! ¡existo!, ¡por el amor de Dios mírame!
A los pasajeros con destino a Londres se les invita a abordar por el andén nueve –escucho la clásica voz monótona y melódica anunciar mi vuelo, tomo mis maletas para retomar el viaje, no falta mucho para que termine la gira y podré tomar vacaciones, volveré a casa y quizá pueda verla, a veces pienso que soy patética, muchos dicen que tengo al mundo a mis pies pero heme aquí, atorada en el pasado, pensando en una persona que jamás será capaz de percatarse de la profundidad de mis sentimientos hacia ella, quizá sea tiempo de dejar el pasado en el pasado y avanzar. ¿Qué más necesito para olvidarla si la distancia geográfica no ha funcionado?
El restringir nuestras interacciones al mínimo tampoco ha funcionado, me cuesta mucho contenerme en cada mensaje, en cada conversación, me muero por insinuarme de formas sutiles y no tan sutiles, pero ella es tan propia que me cohíbo y llevo la conversación por una zona cómoda para ambas, me he autoimpuesto un programa de abstinencia de su presencia y un programa de pasos para evitar mi adicción a ella, sin embargo, no puedo evitar que mi corazón pegue un brinco cada que la pantalla de mi celular se ilumina mostrando su rostro al recibir un mensaje suyo.
Entrego mi boleto a la azafata y camino por el tren de abordaje hasta llegar a mi asiento, en el camino un chico parece reconocerme y me pide un autógrafo en un pésimo español, sonrío algo incómoda, pero recuerdo que es de personas como este chico de quienes vivo y accedo al autógrafo y algunas fotos.
¡Mis amigos no podrán creerlo! –sonríe el chico mientras se dispone a enviar las imágenes por su celular-.
Y no puedo evitar sonreír mientras sigo caminando hasta mi lugar, ¡mientras tú me ignoras este chico estaría dispuesto a saltar por la ventanilla si se lo pidiera! Me digo mentalmente y me rio ante mi propio chiste.
Me acomodo en mi asiento y me dispongo a dormir lo más que pueda, es un viaje demasiado largo y necesito todas mis energías no solo para el show sino para los ensayos, estoy por cerrar los ojos cuando mi teléfono comienza a sonar y veo aparecer el número de mi representante.
¿Quién es el chico de las fotos? –me pregunta molesto, lo sé porque su voz es más grave de lo normal y sé por experiencia propia que está haciendo acopio de todas sus fuerzas para no gritarme-.
Es un fan, accedí a tomarme unas fotos con él y firmarle un autógrafo –respondí tranquilamente, como quien no teme nada porque no debe nada- además eso acaba de ocurrir hace no más de cinco minutos, ¿cómo es posible que ya lo sepas?
Todo el mundo lo sabe ya, las fotos se están propagando como fuego en la pradera –pronuncia exasperado- he recibido llamadas de la prensa respecto de si es tu nueva relación…
¡Por Dios! –exclamo exasperada- se me olvidaba lo hábiles que son todos para sacar las cosas de contexto, ¡te digo y te repito, es un fan con quien me tomé fotos y nada más, créeme cuando te digo que en cuanto tenga una relación con algo más que mi trabajo serás el primero en enterarte!
