Los personajes no son míos , yo solo los tomo para crear mi historia.

aviso:

Algunos personajes no son tan fieles en sus personalidades como en los libros.

Esta es una historia ficticia.


La larga noche.

—Ya te echo de menos.

—No tengo por qué irme. Puedo quedarme...

—Mmm...

Durante un buen rato se hizo un silencio sólo roto por el golpeteo de mi corazón, rítmico como el de un tambor, la cadencia desacompasada de nuestras respiraciones y el susurro de nuestros labios mientras se movían de forma sincronizada.

Algunas veces era muy fácil olvidar que besaba a un vampiro. No porque pareciera corriente o humano, ya que no podía olvidar ni por un segundo que tenía entre mis brazos a alguien más parecido a un ángel que a un hombre, sino porque Beau hacía que pareciera natural tener sus labios contra los míos, contra mi rostro y mi garganta. Besaba unos labios fríos, cuando un segundo pasaban a tibios, no le tomaba importancia ya que estaba envuelta en la sensaciones que me producía sus caricias.

Abrí los ojos y me encontré los suyos abiertos también, clavados en mi rostro. Nada parecía tener sentido cuando me miraba de esa manera, como si yo fuera el premio, en vez de la afortunada ganadora por pura chiripa.

Nuestras miradas se entrelazaron durante un momento; sus ojos azules eran tan profundos que imaginé estar mirando en realidad el mismo centro de su alma.

Me devolvió la mirada como si él también estuviera viendo mi alma y como si le gustara lo que veía.

Acerqué su rostro al mío otra vez.

—Definitivamente me quedo —murmuró un momento más tarde.

—No, no. Es tu despedida de soltero. Debes ir.

Dije las palabras, pero los dedos de mi mano derecha se trabaron en su cabello castaño, mientras presionaba la izquierda con fuerza contra la parte más estrecha de su espalda. Me acarició la cara con esas manos tibias.

—Carece de sentido esta despedida de soltero, cuando no le tengo miedo a pertenecerte solo a ti.

—Eso es verdad —suspiré contra la piel de su garganta.

Mamá dormía ajeno a todo en su habitación, por lo que era casi lo mismo que si estuviéramos solos. Estábamos acurrucados en mi pequeña cama, tan entrelazados como era posible.

Nunca conseguía superar la conmoción que me producía la visión de su cuerpo tan perfecto, blanco, frío o caliente, pulido igual que el mármol. Deslicé la mano por su pecho más suave como cuando era vampiro, recorriendo los lisos músculos de su estómago, maravillándome. Le atravesó un ligero estremecimiento y su boca buscó la mía de nuevo.

Comenzó a apartarse, ya que ésta era su respuesta automática cuando decidía que las cosas estaban yendo demasiado lejos y su reacción refleja, a pesar de que él era quien más deseaba continuar. Beau había pasado la mayor parte de su vida rechazando cualquier tipo de satisfacción física. Sabía que ahora le aterrorizaba cambiar esos hábitos.

—Espera —le dije, sujetando sus hombros y abrazándome a él con fuerza. Liberé una pierna de una patada y le envolví con ella la cintura—. Sólo se consigue la perfección con la práctica.

Él se echó a reír entre dientes.

—Señorita perfeccionista ¿Acaso has dormido algo en el último mes?

—Pero esto es sólo un ensayo general —le recordé—, y sólo hemos practicado ciertas escenas. Aún no ha llegado el momento de jugar sobre seguro.

Pensé que se iba a echar a reír, pero no contestó, y su cuerpo se quedó inmóvil debido a la tensión repentina. El color azul de sus ojos pareció volverse dorados de pronto y pasar de estado líquido a sólido.

Reflexioné sobre mis palabras y me di cuenta de lo que él habría oído en ellas.

—Edythe... —susurró él.

—No empieces otra vez con eso —le contesté—. Todo saldrá bien, dijiste que has mejorado.

—No lo sé. Es muy difícil concentrarse cuando estamos así, juntos. Yo... yo no consigo pensar con coherencia.

—Estaré bien.

—Edythe...

—¡Calla!

Apreté mis labios contra los suyos para detener su ataque de pánico. Ya había escuchado esto antes.

Me devolvió el beso durante un momento, pero quedó claro que ya no estaba tan implicado en él como antes.

—¿Qué tal están tus pies? ¿Fríos?

—Calentitos —contesto de inmediato, con una sonrisa.

—¿De verdad? ¿No te lo has pensado mejor? Todavía puedes cambiar de idea.

—¿Intentas dejarme plantado? ¿Quieres ser una novia fugitiva?

Se echó a reír entre dientes.

—Sólo me cercioro. No quiero que hagas algo de lo que no estés convencido.

—Estoy seguro de ti…

Él vaciló. Aunque algo me dijo no se trataba de la boda, sino de mí.

—¿Podrás? —me preguntó en voz baja—, Digo, ¿Qué hay de tu madre?

Suspiré.

—Pues que le echaré de menos.

Peor aún, porque sería ella la que me echaría de menos a mí, pero no quería darle ninguna gasolina con la que alimentar su reflexión.

—Y Becca… y tus demás amigos

—Sí, también echaré de menos a mis amigos —sonreí en la oscuridad. Pero no era como si me doliera tanto, sabía que ellos algún día dejaría de hablar con Becca.

Me eché a reír, pero después me puse seria.

—Beau, ya hemos pasado por esto. Sé que será duro, pero es lo que deseo de verdad. Te quiero a ti y que sea para siempre. Una sola vida no es bastante.

—Quedarse congelado para siempre a los dieciocho —susurró él— Es algo que hubiera escogido yo, pero…

—El sueño de cualquier mujer hecho realidad —bromeé, parando cualquier cosa que me digiera.

—No cambiarás nunca... No avanzarás jamás.

—¿Qué quieres decir con eso?

Él respondió pronunciando con lentitud las palabras.

—Tu madre hablo conmigo ase unos días, sobre…motivo real por el cual nos casamos.

—Creo que esa conversión debió hacérmela a mí también.

Él no contestó.

—¿Qué pasa, Beau?

—Sólo es que en ese momento… ella dijo si estabas embaraza no era necesario que nos casemos por obligación.

—Oh, vaya —exclamé, con un jadeo. No me había esperado que mi madre hubiera acorralado a Beau para ese motivo.

—Más aún, que hubiera alguna manera de poder hacerlo realidad. Que tuviéramos esa posibilidad. Odio arrebatarte eso.

Me llevó un minuto contestarle.

—Sé lo que estoy haciendo.

—¿Y cómo puedes saberlo, Edythe? Mira a mi madre, y a mis hermanas. No es tan fácil como crees.

—Pues Carine y tus hermanas lo llevan estupendamente. Si luego se convierte en un problema podemos imitar a Carine, adoptaremos.

Él suspiró, y entonces su voz se volvió fiera.

—¡Esto no está bien! No quiero que hagas sacrificios por mí. Deseo darte cosas, no quitártelas. No quiero robarte tu futuro.

Le puse la mano sobre los labios.

—Tú eres mi futuro. Así que déjalo ya. No te pongas en plan deprimente o llamo a Archie para que vengan y te lleve. Quizá es verdad que necesitas una despedida de soltero.

—Lo siento. Sueno deprimente, ¿verdad? Deben de ser los nervios. —ambos guardamos silencio unos segundo cuando sentimos tiraban un piedrecita a mi ventana me sobresalte, pero Beau hizo quejido lastimero—. ¡Oh, por el amor de todos los santos! ¡Eres peor que un acosador!

—¿Pasa algo malo?

Apretó los dientes con fuerza.

—No vas a tener que llamar a Archie, estoy seguro de que es el.

Le estreché muy fuerte durante un segundo y luego le dejé ir. No tenía la más mínima posibilidad de ganar a un Archie emocionado.

—Pásatelo bien.

La ventana fue abierta sin ninguna titubeo. Archie entro como si la ventana fuera la puerta en realidad, nos miraba con un gesto desaprobación.

—No tendría que venir a ver como Edythe te profana, si hubieras confirmado que vendría a la despedida de soltero.

—Eres tan molesto Archie... —dijo

Él puso los ojos en blanco, pero se levantó con sólo un movimiento fluido y se puso la camiseta en otro más. Se inclinó y me besó.

—¿Puedo mirar? —Dijo voz desde la ventana, cuando mire mejor podía ver a Royal. —¿Oh aun estas indecente?

—¿Como tú? —dijo Beau empujando de manera juguetona a Archie—No soy un exhibicionista, de todas formas, que ases a qui.

—No todos los días el hermanito menor de la familia contrae matrimonio. He venido a petición de Carine a cuidar a los mocosos.

—Soy mayor que todos ustedes—dijo enfurruñado intentado empujar Royal, pero este se rio salto hacia afuera, seguramente había aterrizado en el suelo.

—Vete —rompí a reír, tanto Beau y Archie me miraron—. Vete antes de que echen la casa abajo.

—Duerme algo. Mañana te espera un buen día. —me amenazo Archie, hasta podía ver un poco la irritación en su mirada. Seguramente vio que no iba dormir bien.

—¡Gracias! Seguro que eso me ayudará a relajarme. —Mire a Beau que se rio, —Te veré en el altar.

—Estaré en altar esperándote —sonrió por lo displicente que había sonado.

Me reí

—Muy convincente.

Y después se agachó, con los músculos contraídos para saltar, hasta que se desvaneció fuera de mi ventana aterrizando tan rápidamente que mis ojos no pudieron seguirle.

En el exterior se oyó un golpe sordo y apagado; a continuación, escuché hablar a Royal sobre que se bajara de su espalda.

—Será mejor que no le hagáis llegar tarde —miré a Archie que se reí, como sus hermanos estaban peleando abajo.

Entonces el me dirigió la mirada con simpatía.

—No te preocupes, Edythe. Le llevaremos a casa con tiempo suficiente.

Me senté con torpeza.

—Archie ¿Qué es lo que hacen los vampiros en sus despedidas de soltero? ¿No le iréis a llevar a un club de striptease, ¿verdad?

—Mierda, Beau descubrió nuestro plan —gruñó Royal fingiendo estar molesto, pero hubo otro golpe sordo y Beau se echó a reír por lo bajo. —Eleonor me dio un cupón club de striptease.

Hasta ahora, Royal parecía de un humor estupendo. Quizás este era el verdadero Royal que a veces Beau era incapaz de hablar mal de su hermano.

—Tranquilízate —me instó Archie, y así lo hice—. Iremos a ver una película, después a comer pizza, y are a Beau escoger entre el club de striptease o un bar. Es elección del novio—el levanto las manos me guiño el ojo.

—Gracias, Archie.

Él me guiñó un ojo y desapareció de la vista.

Afuera no se oía absolutamente nada, me quedé echada sobre las almohadas, sintiéndome algo soñolienta. Miré con fijeza las paredes de mi pequeña habitación, que brillaban con una palidez deslucida bajo la luz de la luna, entre mis párpados pesados.

Era la última noche que pasaría en mi cuarto. Mi última noche como Edythe Masen. Al día siguiente sería Edythe Cullen. Aunque debía admitir que me gustaba cómo sonaba.

Dejé que mi mente vagabundeara de manera perezosa durante un momento, a la espera de que el sueño me arrastrara con él, pero al cabo de unos cuantos minutos me encontraba más alerta, mientras sentía cómo la ansiedad inundaba mi estómago, retorciéndolo de la forma más desagradable. La cama me parecía demasiado grande sin Beau.

Mañana iba a ser un día muy emocionante.

En primera era el hermoso vestido. Archie había dejado que su sensibilidad artística predominara claramente sobre las cuestiones prácticas. Tenia un poco volumen en parte de abajo, era vestido de novia ambientado en siglo XVlll, más o menos.

Y luego estaba la lista de invitados.

La familia de Taras, el clan de Denali llegaría en algún momento previo a la ceremonia.

La familia Cullen aun no estaban de todos seguros de poner a los Denali en la lista de invitados, aunque debía entender que era más por la integrante nueva de los Denali, Lauren. La familia Cullen aún estaban molesto por cómo ella había revelado información a Joss, sin ningún miramiento.

Aunque al final ellos decidieron invitarlos, como una muestra de tregua. Los Denali se consideraban familia en cierta forma de los Cullen.

Y ése era el gran problema, aunque había otro más pequeño, también: mi autoestima se estaba rompiendo. Desque que Beau me había confirmado que Taras, había "molestado" según él, porque Beau aseguraba que Taras solo jugaba, para molestarlo. Que no tenía ningún interés en él. Que Taras y sus hermanos no eran Gay si no, solo coquetos.

Nunca había visto antes a Taras, pero estaba convencida de que el encuentro no sería una experiencia nada agradable para mi ego, digo era linda lo sabía, pero no podía competir con la belleza vampira.

Hacía mucho tiempo, antes de que yo naciera probablemente, él había coqueteado con Beau; y no es que yo lo culpara a él o a nadie por quererle. Aun así, seguro que sería hermoso como poco y magnífico en el peor de los casos. Aunque Beau me prefería claramente, yo no podría evitar las comparaciones.

—Somos lo más parecido que tienen a una familia —me recordó Beau con cierta tristeza al conocer el pasado de aquelarre—. Todavía se sienten huérfanos, ya sabes, después de todo este tiempo.

El aquelarre de Taras era ahora casi tan grande como el de los Cullen. Contaba con seis miembros: Taras, Kirill e Ivan a los que se habían unido Carlos y Elena, y ahora pareja de Iván, Lauren, de un modo muy parecido al que se habían unido Archie y Jessamine a los Cullen. Todos ellos deseaban vivir de un modo más humano al que solían estar acostumbrados los vampiros.

Pero a pesar de toda la compañía, Taras y sus hermanos se sentían solos en cierto sentido.

Todavía estaban de luto, porque hacía mucho tiempo también habían tenido un padre.

Podía imaginarme el vacío que su pérdida les habría dejado, incluso después de mil años. Intentaba imaginarme a la familia Cullen sin su creadora, su centro y su guía: su madre, Carine.

No podía, ésa era la verdad.

Carine me había contado la historia de Taras durante una de las muchas noches que me había quedado hasta tarde en la casa de los Cullen, aprendiendo todo lo que podía, preparándome para el futuro que había elegido. La historia de la madre de Tanya era una entre otras muchas, un cuento con moraleja que ilustraba una de las reglas que tenía que cumplir cuando me uniera al mundo de los inmortales. Sólo una regla, en realidad, una ley que luego se plasmaba en mil facetas diferentes: «Guarda el secreto».

Mantener el secreto significaba un montón de cosas: vivir sin llamar la atención; como los Cullen, mudándose a otro lugar antes de que los humanos sospecharan que no envejecían.

O manteniéndose alejados de cualquier humano, excepto a la hora de la comida, claro, del modo en que habían vivido nómadas como Joss y Víctor, modo en el cual aún vivían los amigos de Jessamine, Petra y Charles. Eso significaba mantener el control de los vampiros que hubieras creado, como había hecho Jessamine cuando vivía con Mario, o como no había sido capaz de hacer Joss con sus neófitos.

Y sobre todo significaba no crear cualquier cosa, porque algunas creaciones terminan siendo imposibles de controlar.

—No sé cuál era el nombre del padre de Taras —admitió Carine, y sus ojos de color dorado, casi del mismo tono que el de su cabello claro, se entristecieron al recordar el dolor de Taras—. Nunca hablan del sí pueden evitarlo, ni piensan en el por voluntad propia.

» El creador de Taras, Kirill e Iván (quien también los amó, creo) vivió muchos años antes de que yo naciera, durante el tiempo de una plaga que cayó sobre nuestro mundo, la plaga de los niños inmortales.

Me tragué la bilis que me subió por la garganta mientras imaginaba lo que estaba describiendo.

—Eran muy hermosos —me explicó Carine con rapidez, viendo mi reacción—, tan simpáticos y encantadores que no te lo puedes ni imaginar. Bastaba su proximidad para quererlos, era algo casi automático.

» Pero no se les podía enseñar nada. Se quedaban paralizados en el nivel de desarrollo en el que estuvieran cuando se les mordía. Algunos eran adorables bebés de habla ceceante y llenos de hoyuelos que podían destruir un pueblo entero en el curso de una de sus rabietas. Si tenían hambre, se alimentaban y no había forma de controlarlos con ningún tipo de advertencias. Los humanos los vieron, comenzaron a circular historias, y el miedo se extendió como el fuego por la maleza seca...

» El padre de Taras creó a uno de esos niños, y como me ocurre con los demás antiguos, no puedo tener ni una idea lejana de sus razones para hacerlo —inhaló profunda y lentamente—. Y por supuesto, eso implicó a los Vulturis.

Yo siempre me encogía ante la mención de ese nombre, pero claro, la legión de vampiros italianos, algo así como la realeza vampírica según ellos mismos, era una parte central de esta historia. No podía haber leyes si no hubiera castigos, y no habría castigo sin alguien que lo impartiera. Los antiguos Sulpicia, Athenodora y Marco controlaban las fuerzas de los Vulturis. Yo sólo me había topado con ellos en una ocasión, pero en aquel fugaz encuentro me había parecido que Sulpicia, con su poderoso don para leer la mente, era su auténtica líder.

—Los Vulturis estudiaron a los niños inmortales, tanto en su hogar de Volterra como en todo alrededor del mundo. Athenodora decidió que los más jóvenes eran incapaces de proteger nuestro secreto y que por eso debían ser destruidos.

» Ya te dije que eran adorables, y bueno, los miembros de los aquelarres lucharon con intensidad para protegerlos, por lo que quedaron diezmados. La carnicería no se extendió tanto como las guerras del sur en este continente, pero en cierto modo resultó más devastadora porque afectó a aquelarres que llevaban mucho tiempo funcionando, viejas tradiciones, amigos... Se perdieron muchas cosas. Al final, la práctica quedó completamente eliminada. Los niños inmortales se convirtieron en algo que no se debía mencionar, un tabú.

«Cuando yo vivía con los Vulturis, me encontré con dos de esos niños inmortales, así que conozco de primera mano su encanto. Sulpicia estudió a los pequeños durante muchos años después de que tuviera lugar la catástrofe que habían causado. Ya conoces esa inclinación que siente por las incógnitas, y tenía la esperanza de que pudieran dominarse; pero al final, la decisión fue unánime: no se debía permitir que existieran niños inmortales.

Ya casi se me había olvidado la historia del padre de los hermanos de Denali cuando ella volvió a mencionarlos.

—En realidad no está muy claro lo que ocurrió con al padre de Taras —siguió contando Carine—. Taras, Kirill e Iván vivieron completamente ajenos a todo hasta el día en que los Vulturis vinieron a buscarlos, a ellos y a su padre, por la creación ilegal del niño, y los convirtieron en prisioneros. Lo que salvó la vida de Taras y sus hermanos fue su ignorancia. Sulpicia los tocó y descubrió su total desconocimiento del asunto, de modo que no fueron castigados como su padre.

«Ninguna de ellas había visto nunca a la niña, o ni siquiera soñado con su existencia, hasta el día en que lo vieron arder en los brazos de su padre. Sólo puedo suponer que el mantuvo el secreto para protegerlos precisamente de esa situación. Pero, en cualquier caso, ¿por qué lo había creado? ¿Quién era ella y qué significaba para el cuándo no le importó el peligro de cruzar aquella línea? Taras y los otros nunca recibieron contestación a ninguna de estas preguntas, pero jamás dudaron de la culpabilidad de su padre y no creo que la hayan perdonado del todo.

» Athenodora quería hacer quemar a las tres hermanas, incluso aunque Sulpicia estaba completamente seguro de su inocencia. Los consideraba culpables por asociación. Tuvieron mucha suerte de que Sulpicia se sintiera aquel día bastante compasiva y fueron perdonados, aunque les quedó en sus corazones heridos un respeto muy sano por la ley...

No estoy segura de cuándo el recuerdo de aquella conversación dio paso al sueño. Durante un instante me pareció seguir escuchando a Carine en mi memoria, mirando su rostro, y luego, en algún momento posterior, me encontraba contemplando un campo desierto, gris, y aspirando el olor denso del incienso quemado en el aire. Y no estaba sola.

Había un grupo de figuras en el centro del campo, todas envueltas en capas del color de la ceniza. Lo normal es que me hubieran aterrorizado, porque evidentemente no podían ser otros que los Vulturis y yo seguía siendo humana, en contra de lo que ellos habían decretado en nuestro último encuentro. Pero sabía, como sólo se sabe en los sueños, que no podían verme.

Dispersas en distintos montones por el suelo se veían piras que desprendían humo. Reconocí su dulzura en el aire y no me acerqué para examinarlas. No tenía ninguna gana de ver los rostros de los vampiros que habían ejecutado, temiendo que pudiera reconocer alguno en aquellas piras ardientes.

Los soldados de los Vulturis permanecían en círculo alrededor de algo o alguien, y escuché la voz de Beau que se alzaba muy agitado. Me acerqué al borde de sus capas, empujada por el mismo sueño, para ver por qué mi ángel estaba ahí. Me deslicé sigilosamente entre dos de aquellos sudarios susurrantes y finalmente pude ver el motivo por el debatía con fuerza, alzado sobre un pequeño montículo que se cernía sobre ellos.

Era hermoso y adorable, tal y como Carine lo había descrito. Todavía era un niño pequeño, con poco más de dos años. Unos rizos de color marrón claro enmarcaban su rostro de querubín de mejillas redondeadas y labios llenos. Estaba temblando con los ojos cerrados en los brazos de Beau, como si estuviera demasiado asustado para ver cómo se le acercaba la muerte a cada segundo que pasaba.

Me abrumó una necesidad tan poderosa de salvar a aquel niño encantador y aterrorizado que dejaron de importarme los Vulturis, a pesar de la devastadora amenaza que suponían. Pasé de largo a su lado, sin preguntarme si ellos se daban cuenta de mi presencia. Salté hacia ellos para protegerlos.

Pero me quedé clavada en el sitio cuando tuve una visión más clara del montículo sobre el que se sentaba. No era de roca y tierra, sino que estaba formado por una pila de cuerpos humanos, vacíos de sangre y sin vida. Era demasiado tarde para no ver sus rostros. Los conocía a todos ellos:

Becca, Allen, Jeremy, Jules... Y justo al lado de Beau y el tan adorable niño estaba el cuerpo de mi madre.

El niño abrió sus brillantes ojos del color de la sangre.


La patata anonima.

Ho, no creo que lo soporte en realidad, pero ya son años de soportar cuan protectores pueden ser. Simplemente se resigno a que su familia lleva las cosas demasiado lejos.

No la señora Masen no haría un escándalo, pero si es de las que hablara de frente. Aunque sabe hablarlo con Edythe presente puede ser peligroso. Mejor preguntarle a yerno no sabe mentir.

De nada, espero que este cap te guste.