Los personajes no son míos , yo solo los tomo para crear mi historia.
aviso:
Algunos personajes no son tan fieles en sus personalidades como en los libros.
Esta es una historia ficticia.
Isla Earnest.
—¿Houston? —pregunté, alzando las cejas cuando llegamos a la entrada del aeropuerto de Seattle.
—Es sólo una parada en el camino —me aseguró Beau con una sonrisa de oreja a oreja.
Sentía como si apenas acabara de dormirme cuando él me despertó. Estaba medio grogui cuando me arrastró a través de las terminales, luchando por recordar que tenía que abrir los ojos después de cada pestañeo. Me llevó unos cuantos minutos captar lo que estaba sucediendo cuando nos detuvimos en el mostrador de los vuelos internacionales para revisar los billetes de nuestro próximo avión.
—¿Río de Janeiro? —pregunté impresionada. Era una lugar cálido, estaba segura de que para Beau era un clima que le agradaba.
—Otra parada —comentó él.
El viaje a Sudamérica se me hizo largo, pero muy cómodo en los amplios asientos de primera clase, acunada entre los brazos de Beau. Me volví a dormir y luego me desperté inusualmente alerta cuando giramos hacia el aeropuerto con la luz del sol poniente entrando de forma sesgada por las ventanillas.
No nos quedamos en el aeropuerto para tomar otro nuevo vuelo como yo esperaba. En vez de eso, cogimos un taxi para atravesar las atestadas calles de Río, un oscuro hervidero lleno de vida. Fui capaz de comprender algunas palabras de las que Beau le dirigió en portugués al conductor y que nos dirigíamos hacia un hotel antes de la siguiente etapa de nuestro viaje. El taxi continuó atravesando las multitudes como enjambres, hasta que se fueron disipando de algún modo y pareció que nos acercábamos al borde exterior occidental de la ciudad, en dirección al océano. Nos detuvimos en los muelles.
Beau encabezó la marcha hacia la larga línea de blancos yates amarrados sobre el agua, negra como la noche. Se detuvo ante la embarcación más pequeña de todas, y también la más esbelta, obviamente la habían construido pensando en la velocidad y no en el espacio. Aun así, tenía un aspecto lujoso y gracioso. Él saltó dentro con ligereza pese a las pesadas maletas que acarreaba. Las dejó caer sobre la cubierta y se volvió para ayudarme a pasar por encima de la borda.
Observé en silencio cómo aparejaba el navío para partir, sorprendida de lo habilidoso y acostumbrado que parecía a esta tarea, ya que nunca le había oído antes mencionar que sintiera interés alguno por la navegación; pero claro, era bueno en casi todo lo que emprendía, como siempre.
—¿Es tuyo? —dije sonriendo mientras Beau sonreí.
—Archie y Royal, no se perdonaría que escogiera cualquier transporte no digna de un Cullen—se escogió de hombros—cuando dije que quería algo para ir a la playa ellos, compraron esto.
Cuando nos dirigimos hacia oriente por el océano abierto, revisé en mi mente mis conocimientos básicos de geografía. Por lo que podía recordar, no es que hubiera mucho al este de Brasil... a menos que pensaras en ir a África.
Pero Beau aceleró mientras las luces de Río se atenuaban y luego desaparecían a nuestras espaldas. En el rostro tenía grabada su familiar sonrisa llena de júbilo, la misma que le producía cualquier forma de velocidad. El barco se sumergió en las olas y me roció con las salpicaduras procedentes del mar.
Al final, no fui capaz de resistir la curiosidad reprimida con tanta eficacia hasta ese momento.
—¿Vamos mucho más lejos? —pregunté.
El nunca olvidaba mi naturaleza humana, pero me pregunté si estaba planeando que viviéramos en aquel pequeño yate durante algún tiempo.
—Pues como una media hora más.
Clavó los ojos en mis manos, aferradas al asiento y sonrió.
Oh, vaya, pensé. Total, era un vampiro, al fin y al cabo. Lo mismo nos estábamos dirigiendo a la Atlántida.
Veinte minutos más tarde gritó mi nombre por encima del rugido del motor.
—¡Edy, mira hacia allí!
Y señaló justo delante de nosotros.
En un primer momento, únicamente vi la negrura de la noche acicalada por la estela blanca de la luna rielando sobre las aguas; pero un examen más atento de la posición indicada me reveló una forma baja y oscura que se interponía en el reluciente trazo de la luna sobre el oleaje. Entrecerré los ojos para fijar la vista en la oscuridad y el contorno se perfiló con más claridad. La forma terminó transformándose en un triángulo chato e irregular, con uno de sus lados más alargado que el otro, antes de hundirse en las olas. Nos acercamos más y pude comprobar que el contorno era tenue, oscilante ante la brisa ligera.
Seguí escudriñando hasta que todas las piezas cobraron sentido: delante de nuestra posición se erguía, por encima del mar, una islita donde se balanceaban las hojas de las palmeras y refulgía la media luna de una playa bajo la pálida luz de la noche.
—¿Dónde estamos? —murmuré, maravillada, mientras él cambiaba la dirección, dirigiéndose hacia el extremo norte de la isla.
Beau me escuchó a pesar del ruido del motor, y mostró una amplia sonrisa que relumbró bajo la luna.
—Es la isla Earnest.
El barco se deslizó hasta colocarse con exactitud en la posición adecuada: pegado a un corto muelle de planchas de madera deslustradas que adquirían un tono blanquecino a la luz de la luna.
Reinó un silencio absoluto cuando se detuvo el motor, pues no había más sonido que el chapaleteo de las olas contra el casco de la nave y el susurrar de la brisa entre las palmeras. El aire era cálido, húmedo y fragante, como el vapor que permanece después de una ducha de agua caliente.
—¿Isla Ernest? —repetí con un hilo de voz, y aun así sonó demasiado alta y quebró la paz de la noche.
—Es un regalo de Carine, y Earnest se ofreció a prestárnosla.
Un regalo. ¿Quién regala una isla? Fruncí el ceño. Aunque Carine me había regalado uno de sus pendientes más antiguos que había dado Earnest. No duda daba que Carine era capaz de regalar una isla.
Quizás Beau debía aprender aceptar ese tipo de regalos como Earnest, sin hacer una drama
Dejó las maletas en el muelle y luego se volvió y esbozó aquella sonrisa perfecta suya mientras se me acercaba, pero en vez de darme la mano, me tomó directamente en brazos.
—¿No se supone que debemos esperar hasta llegar al umbral de la casa? —pregunté, sin aliento, cuando él saltó con agilidad fuera del barco.
Él sonrió con ganas.
—Me gusta cumplir algunas tradiciones. aunque sea antes.
Sujetando los asideros de las dos enormes maletas del barco con una mano y acunándome en el otro brazo, me subió hacia el muelle y se encaminó hacia el sendero de pálida arena que se perdía en la umbría vegetación.
Durante una parte corta del trayecto, a través de un follaje similar al de la jungla, estaba tan negro como la tinta, y más adelante pude ver una luz cálida. Estábamos a punto de llegar cuando me di cuenta de que aquella luz era una casa, y que dos brillantes cuadrados perfectos eran en realidad dos grandes ventanas que enmarcaban la puerta delantera. El miedo escénico me abrumó de nuevo y con más fuerza aún que antes, cuando pensaba que nos dirigíamos hacia un hotel.
Mi corazón latía de forma audible contra mis costillas, y el aliento se me quedó atascado en la garganta. Miré a Beau directamente, pero el rehuí de mi mirada. Clavo sus ojos justo adelante, sin ver nada en realidad.
No tenía ganas de preguntar que estaba pensando, quizás por estaba más nerviosa, como para preguntar. El dejo las maletas en el ancho porche para abrir las puertas, que no estaban cerradas.
Busque su mirada, hasta que nuestras miradas se encontraron, solo después el avance hasta cruzar el umbral. Ambos permanecimos en silencio mientras me conducía a través del edificio, encendiendo las luces a su paso. Mi vaga impresión de la casa era que parecía demasiado grande para una isla tan pequeña y extrañamente familiar. Me había acostumbrado al esquema de colores preferido por los Cullen, claros y luminosos, y ello me hacía sentir como en casa. Sin embargo, no me pude concentrar en nada en particular. El pulso me latía detrás de las orejas con tal violencia que todo me parecía borroso.
Entonces Beau se detuvo y encendió la última luz.
Estaba concentrada en la inmensa cama blanca que había en el centro de la habitación, sobre la que colgaban las nubes vaporosas de una mosquitera.
Beau me dejó sobre mis pies.
—Iré... a por el equipaje.
La habitación resultaba demasiado cálida y el ambiente estaba más cargado que la noche tropical del exterior. Se me formó una gota de sudor en la nuca. Caminé lentamente hacia delante hasta que pude llegar y tocar la red espumosa. Por alguna razón sentía la necesidad de asegurarme de que todo era real.
No escuché el momento en que regresó Beau. De repente, su dedo glacial acarició la parte posterior de mi cuello, restañando la gota de transpiración. Se había trasformado en vampiro en totalidad, sus ojos dorados estaban observando con gran nerviosismo.
—Aquí hace un poco de calor —me dijo, como excusándose—. Pensé... que sería lo mejor.
—Perfecto —murmuré casi sin aliento, y él se echó a reír. Era un sonido nervioso.
—Intenté pensar en todo aquello que podría hacer esto... más fácil —admitió él.
Yo tragué saliva ruidosamente, todavía dándole la espalda. ¿Había habido alguna vez una luna de miel como la nuestra?
Sabía la respuesta a esa curiosidad. No, no la había habido.
—Me estaba preguntando —intervino Beau en voz muy baja—, si... primero... ¿te apetecería darte un baño nocturno conmigo? —su tono nervioso aún no se iba—. Es probable que el agua esté muy caliente. Es el tipo de playa que me gusta. Espero a ti también te gustara.
—Suena estupendo —se me quebró la voz.
—Estoy seguro de que necesitarás un par de minutos para atender tus necesidades humanas... Ha sido un viaje muy largo.
Yo asentí, orgullosa, aunque lo cierto era que me sentía poco humana en ese momento; quizás unos cuantos minutos a solas me ayudarían.
Me rozó la garganta, justo debajo de la oreja, con los labios. Soltó una sola risita y su frío aliento hizo hormiguear mi piel sobrecalentada.
—No tarde usted demasiado, señora Cullen.
Di un pequeño respingo al oír la mención de mi nuevo apellido.
Sus labios se deslizaron por mi cuello hacia abajo, hasta el extremo de mi hombro.
—Te espero en el agua.
Pasó a mi lado en dirección a la ventana francesa que se abría justo sobre la arena de la playa.
Por el camino, se quitó la camiseta con un encogimiento de hombros, dejándola caer al suelo y después atravesó silenciosamente el umbral hacia la noche iluminada por la luna. El sofocante aire salino se removió en la habitación detrás de sus pasos. ¿Acaso me había estallado la piel en llamas? Tuve que mirar hacia abajo para comprobarlo.
Ah, no, no se estaba quemando nada. Al menos no a la vista.
Me recordé a mí misma la necesidad de respirar y después avancé a trompicones hacia la maleta gigante que Beau había abierto sobre un bajo tocador blanco. Debía de ser la mía porque sobre todo lo que allí había estaba mi bolsa de baño y se veían un montón de cosas de color rosa, pero no reconocí ni una sola prenda de ropa. Mientras rebuscaba a través de las pilas de tejidos cuidadosamente doblados en busca de una prenda cómoda y que me resultara familiar, quizás un pantalón de chándal me llamó la atención que tenía entre las manos una cantidad espantosa de encaje muy fino y transparente y diminutos artículos de satén. Lencería. Lencería francesa muy atrevida.
Archie iba a pagar por esto, no sabía cuándo ni cómo, pero algún día. Mi futuro hermano no iba tener escapatoria, por comprarme ese tipo de ropa. Sin contar que en este momento me estaba preguntado cómo había tenido el atrevimiento de comprarme algo tan intimo como rompa interior, que claramente iba usar con su hermano.
Acaso Archie no conocía el decoro. La respuesta era sencilla.
No. No lo conocía.
Me rendí y me fui al baño, donde escudriñé a través de las largas ventanas que se abrían a la misma playa a la que daban las del dormitorio. No podía verle, así que supuse que ya estaría en el agua, sin tener que molestarse en emerger para buscar aire. En el cielo que nos cubría la cabeza, la luna tenía un contorno asimétrico, casi llena, y la arena brillaba con un color muy claro bajo su luz. Un movimiento ligero captó mi atención, el de sus ropas que colgaban de una protuberancia de una de las palmeras que rodeaban la playa, balanceándose perezosamente con la ligera brisa.
Otro relámpago de fuego cruzó de nuevo mi piel.
Necesité un par de inhalaciones profundas y después me acerqué a los espejos que colgaban sobre la larga encimera del baño. Tenía el aspecto de alguien que se ha pasado todo el día durmiendo en un avión. Encontré mi cepillo y lo hundí con rudeza en las marañas que tenía en la parte posterior del cuello hasta que las desenredé y las cerdas quedaron llenas de pelo. Me cepillé también los dientes de forma meticulosa, dos veces. Después me lavé la cara y me eché agua sobre la nuca, que me ardía febril. Esto me hizo sentirme tan bien que me lavé los brazos también y finalmente decidí abandonar y meterme en la ducha. Sabía que resultaba ridículo ducharse antes de nadar en la playa, pero necesitaba tranquilizarme y el agua caliente era la única forma fiable que tenía de hacerlo.
Cuando terminé cogí una enorme toalla blanca del armario del baño y me envolví con ella, anudándola bajo los brazos.
Entonces tuve que enfrentarme a un dilema que no había considerado hasta este momento.
¿Qué se suponía que tenía que ponerme ahora? Evidentemente, nada de bañador. Pero también me parecía estúpido ponerme la ropa otra vez. Y no quería ni pensar en qué cosas habría metido Archie en la maleta para mí.
Se me empezó a acelerar de nuevo la respiración y me temblaban las manos a pesar del efecto calmante de la ducha. Comencé a sentirme algo mareada, a punto de sufrir un ataque de nervios he toda regla. Si no fuese él quien estuviera ahí fuera, si no fuese consciente hasta la última célula de mi cuerpo de que me amaba tanto como yo a él, de forma incondicional e irrevocable y, siendo sincera, incluso de modo irracional, no sería capaz de salir de ducha.
Pero era Beau quien estaba allí fuera, así que susurré las palabras «no seas cobarde» entre dientes. Me apreté la toalla con fuerza bajo los brazos y me dirigí llena de decisión hacia el baño. Pasé al lado de la maleta repleta de encaje y de la enorme cama sin echarles ni una ojeada siquiera y salí por la puerta de cristales abierta hacia la arena fina como el polvo.
Todo estaba bañado en negro y blanco, desprovisto de color por la luz de la luna. Caminé lentamente por la cálida arena, haciendo una pausa al lado del árbol torcido donde él había dejado sus ropas. Apoyé la mano contra la rugosa corteza y comprobé mi respiración para asegurarme de que era regular. O al menos no del todo irregular.
Exploré as bajas ondas de la arena, negras en la oscuridad, buscándole.
No fue difícil de encontrar. Estaba de pie, dándome la espalda, sumergido hasta la cintura en el agua del color de la medianoche, con la mirada clavada en la luna de forma oval. La luz pálida del satélite confería a su piel una blancura perfecta, como la de la arena, y la de la misma luna, haciendo que su cabello mojado tomara el tono oscuro del océano. Estaba inmóvil, con las palmas de las manos descansando boca abajo sobre el agua. Las débiles olitas rompían contra su cuerpo como si fuera de piedra. Me quedé mirando las suaves líneas de su espalda, sus hombros, sus brazos, su cuello, su forma intachable...
El fuego dejó de ser un rayo que me cruzaba la piel para convertirse ahora en algo sordo y profundo, consumiendo en su ardor toda mi cobardía y mi tímida inseguridad. Me quité la toalla sin dudar, dejándola en el árbol con su ropa y caminé hacia la luz blanca, que también me transformó en algo pálido como la misma arena.
No pude oír el sonido de mis pasos mientras caminaba hacia la orilla del agua, pero supuse que él sí, aunque no se volvió. Di varios pasos, avanzando con cautela por el suelo invisible del océano, aunque mi precaución era innecesaria, porque la arena seguía siendo igual de suave, descendiendo levemente en dirección a Beau. Vadeé por la corriente ingrávida hasta que llegué a su lado, y después coloqué mi mano con ligereza sobre la mano tibia que yacía sobre el agua.
—Qué hermoso —dijo el sin verme en realidad aun en la cara.
—No está mal —conteste, como si no fuera nada del otro mundo. —Pero creo que tengo mi definición de hermoso. Esta delante mío
Se volvió con lentitud para enfrentarse a mí y su movimiento produjo leves olas que rompieron contra mi piel. Sus ojos tenían un brillo azul, pero con toques dorados sobre su rostro del color del hielo.
Retorció la mano hasta que entrelazó sus dedos con los míos bajo la superficie del agua.
—Creo que podemos entrar en una discusión sobre la definición de hermosos, cuando estas tu presente. —continuó él— Aunque no creo que sea bueno en nuestra primera noche.
Sonreí a medias, y después alcé la mano libre, que ahora no temblaba y la coloqué sobre su corazón. Blanco sobre blanco, por una vez, encajábamos bien. Él se estremeció ligeramente a mi cálido contacto y su respiración se volvió áspera.
—Te prometí que lo intentaría —me susurró él, de repente tenso—, pero si... si hago algo mal, si te hago daño, debes decírmelo corriendo…si llegas a ver mis ojos dorados dime que me detenga.
Asentí con solemnidad, manteniendo mis ojos fijos en los suyos. Di un paso más hacia delante a través de las olas e incliné la cabeza contra su pecho.
— Somos como una sola persona.
De pronto me abrumó la realidad de mis palabras. Ese momento era tan perfecto, tan auténtico. No dejaba lugar a dudas.
Me rodeó con los brazos, me estrechó contra él y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida propia.
—Para siempre —concluyó él y después nos sumergimos suavemente en el agua profunda.
El sol, caliente sobre la piel desnuda de mi espalda, me despertó por la mañana. Era muy tarde, quizás más del mediodía, no estaba segura. Pero aparte de la hora, todo lo demás quedaba totalmente claro. Sabía con exactitud dónde estaba, en aquella brillante habitación con la gran cama blanca, mientras los relucientes rayos del sol entraban por las puertas abiertas. Las nubes de la mosquitera tamizaban la luminosidad.
No abrí los ojos. Me sentía demasiado feliz como para cambiar nada, no importaba lo poco que fuera. Los únicos sonidos eran los de las olas allí afuera, nuestra respiración, el latir de mi corazón...
Me encontraba tan cómoda, incluso bajo el sol ardiente. Su piel fría era el antídoto acertado contra el calor. Tumbada, atravesada sobre su pecho helado, ceñida apretadamente por sus brazos, me sentía muy a gusto, muy natural. Me pregunté con pereza cómo había podido estar tan aterrorizada pensando en esa noche.
Sus dedos recorrían suavemente el contorno de mi columna, y supe que se había dado cuenta de que estaba despierta. Mantuve los ojos cerrados y apreté aún más los brazos en torno a su cuello, ciñéndome para acercarme todavía más a él.
No dijo nada; sus dedos seguían deslizándose arriba y abajo por mi espalda rozándola apenas mientras trazaba delicados dibujos sobre mi piel.
Me habría sentido del todo feliz si hubiera podido quedarme allí para siempre, sin perturbar para nada el momento, aunque mi cuerpo tenía otras ideas. Me eché a reír al escuchar mi estómago impaciente. Parecía algo prosaico tener hambre después de todo lo que había sucedido la noche anterior. Era como si te rieras obligado a aterrizar en la tierra, desde una gran altura.
—¿Qué es lo que resulta tan divertido? —murmuró él, todavía acariciando mi espalda. El sonido de su voz, seria y hosca, me trajo de nuevo un diluvio de recuerdos de la noche y sentí cómose me enrojecían el rostro y el cuello.
Mi estómago gruñó, como queriendo contestar la pregunta y yo me eché a reír de nuevo.
—Parece que una no puede escaparse durante mucho rato del hecho de ser humano.
Él se rio conmigo. Abrí los ojos, y la primera cosa que vi fue la pálida, casi plateada piel de su garganta, el arco de la barbilla sobre su rostro.
Tenía un semblante relajado. Me apoyé sobre el codo para alzarme y observar.
Beau tenía los ojos en mí, aunque eso no era lo que me llamara la atención. Era las mordidas que tenía en los brazos y mano, aun tenía cierto costras de sangre.
—Beau —le dije, con un pequeño y extraño temblor en la garganta—. ¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que te ha pasado?
—¿De qué hablas? —su voz sonó suave sin alteraciones.
Mi primer instinto, era entrar en pánico. Ahora que veía con más detenimiento sus marcas eran más horribles que antes, tenía una sustancia viscosa de color negro secándose en su mordedura. En sus manos en tenía 3 mordidas en cada mano, sin contar con la tenía en brazos. Y rastros de sangre en algunas.
¿Qué había pasado?
No recordaba nada de algún herida, o que Beau se hubiera manifestado. Todo había sido mucho más simple de lo que yo esperaba, puesto que ambos encajamos como dos piezas fabricadas precisamente para eso, para formar las partes de un todo. Esto me produjo una secreta satisfacción, el hecho de que fuéramos compatibles físicamente, del mismo modo que lo éramos en tantas otras cosas. No podía haber prueba más definitiva de que nos pertenecíamos.
No era capaz de pensar en nada que hubiera producido esas heridas tan horribles.
Su dedo suavizó las líneas de preocupación que se habían formado en mi frente.
—Te duele algo—pregunto, preocupado. Parecía un poco molesto como me estaba comportando, es que acaso él no podía ver o sentir las heridas en su propio cuerpo.
Hice un rápido reconocimiento, estirando mi cuerpo de forma automática, contrayendo y relajando los músculos. Sentía una cierta rigidez, y una cierta sensación de dolor también, eso era verdad, pero sobre todo tenía la extraña impresión de que tenía todos los huesos descoyuntados y de que había cambiado su consistencia, para quedarse cerca de la de una medusa. Y no era para nada un sentimiento desagradable.
Y entonces me enfadé un poco, porque yo debería estar atendiendo las heridas de él no, comprobar como me sentí.
—¡Beau! —susurré, realmente enfadada ya. Tome ambos brazos para tirarlos hacia mí, se diera cuenta de la gravedad—Tus brazos.
El bajo la mirada hacia una de manos, delicadamente quito su mano de la mía para observarlo.
—Se esta curando—dijo simplemente, —en algunos minutos solo será una línea dura. Me he tenido que morder.
—Qué, pero por que
Seguí mirando atónita como la herida cerca de su pulgar esta despareciendo un poco.
—Era mi mano o brazos, o tú. —se estremeció—tenía controlarme.
Un remolino se produjo en mi estomago con fuerza, cuando me di cuenta de que la causante que Beau se hubiera lastimado, fue mi culpa.
—¿Fue mi culpa? —pregunté, horrorizada...
El resopló incrédulo.
—Mordí una almohada, o dos también, es lo mínimo que hubiera pasado Edythe.
—¿Que... mordiste una almohada? ¿Por qué?
—No podía controlar, estuve a punto de morderte—hizo una meca, se sonrojo un poco. Quizás recordando algo. No lo sabía, pero ahora yo solo podía ver esa horribles mordidas, no pude evitar estremecerme
—¡Mírate, Belau! —casi histérica
Beau, bajo la vista un poco a sus manos, y examino su piel, parecía alterado, pero si un poco sorprendido por la cantidad y feas que se veía, tenían mas veneno de lo que una mordida tenía normalmente cuando había visto a Jessamine una vez.
—Oh —exclamo.
Intenté recordarlos, recordar alguna vez que actúo extraño, o dejo que sus instinto tomara el control. Solo recordaba que deseaba que estuviera más cerca mí, y me sentí muy feliz cuando así lo hizo…
—Yo... lo siento tanto, Beau —susurre, mientras el examinaba sus heridas. yo miraba con fijeza los cardenales
—Ya sabía que pasaría esto... —emitió el un suspiro, no pude evitar bajar la cabeza sintiendo cada vez mal. —, si bien no pensaba que quedarían tan feos, ahora que lo veo. Sabía que pasaría Edy—dijo con un mote de cariño.
No pude responder, aun incapaz de mirarle los ojos.
El toco mi brazo, pero me quede inmóvil
—Edy.
No me moví en absoluto.
—¿Edythe?
El resoplo.
—Pues yo no lo siento, Edy. Yo... no sé ni por dónde empezar.
—Te obligue a lastimarte—mi voz se rompió—No digas que eso está bien, por favor.
—Pero si es así —susurro.
—Beau —gemí amargamente—. No lo hagas.
—No, no lo hagas tú, Edythe.
Levante la vista, para toparme con unos ojos color azul, me miraban con dureza, me escogí un poco, al ver que está molesto.
—No estropees esto —me gruño—. Soy-fe-liz.
—Ya lo he estropeado —repliqué, pero lo dije en un susurro.
—Corta ya —repuso con brusquedad, enviándome un mirada azul helada. Sus ojo parecía destinados a que no me sintiera mal.
No pude evitar apretar mis dientes.
—¡Agh! —gruño enviándome otra mirada molesta. —. No voy a pasar por esto de nuevo Edythe. Si quieres ser un mártir, bien alzo, pero no me vas a estropear unos de días más maravillosos que podría tener, solo que quieres culparte por cosas estúpidas. —me tomo de hombro, pero sin hacer presión, pero con firmeza. —Hoy, no Edythe, hablo enserio.
Trague saliva. Intentado pensar con más claridad, volví a observar las heridas como ver una de ella se estaba cerrando solo quedaba una media luna. Quizás no era tan malo… quizás era lo mínimo que hubiera pedido, pudo haber sido peor….
—Pero...
—Hoy no.
Le quede mirando con fijeza.
—¿Por qué?
Lanzó las manos hacia delante de pura frustración.
—¡Porque toda esta angustia es innecesaria por cómo me siento en estos momentos! ¡O, mejor dicho, cómo me sentía hace cinco minutos! Estaba perfectamente feliz, total y completamente lleno de dicha. Ahora... bueno, ahora estoy algo cabreado, la verdad.
—Pero. No estas enojado—Dije con duda.
—Bueno, pues sí lo estoy. ¿Te hace eso sentir mejor?
Suspire, sin poder evitar que en estos momento, me empezaba a sentir algo arrepentida.
—Deberías estar enojado—replique. El puso los ojos en blanco, apretó la mandíbula.
—Eso es —replico con brusquedad—, eso es justo por lo que estoy enfadado. Me has reventado el subidón, Edythe.
Puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.
Yo aspiré una gran bocanada de aire. Sentía algo de dolor en ese momento, pero no era para tanto, se parecía a lo que sientes después de una vez tuve que bajar la neumáticos de mía auto, dos veces. Lo había hecho por las chantas se habían pinchado tanto adelante como atrás. Al día siguiente no podía ni andar; esto no resultaba ni la mitad de doloroso de lo que había sido aquello.
—Siento que te duela el cuerpo—dijo Beau con voz un poco mas suave, estaba controlando su tono de voz, para no mostrar cuan irritado estaba—Los dos sabíamos que éste era un asunto peliagudo y pensé que ambos lo habíamos asumido. Y, además, la verdad es que ha sido mucho más fácil de lo que pensé. Esto no ha sido nada en realidad —paseo los dedos a lo largo de su brazo, para después tomar el mío, vi que había unos cardenales en ellos. No me dolían me pregunte si el dolor que tenía era el mismo que yo tenía.—. Yo diría que, para ser una primera vez, sin saber muy bien qué tal resultaría, lo hemos hecho sorprendentemente bien. Con un poco más de práctica...Si es que quiere claro—dijo sonrojándose.
Baje la vista unos segundo, para darme cuanta quizás mi percepción estaba algo cegada porque no quería el saliera más lastimado, yo también me había lastimado, pero Beau no estaba haciendo un drama por ello, eso no quitaba el me amara con locura.
—Hablé con mis padres después de que tú y yo hiciéramos nuestro trato, con la esperanza de que ellos me ayudasen. Y por supuesto me advirtió de que esto sería muy peligroso para ti —una sombra cruzó por su rostro—. Pero ellos tenían fe en mí, pero parece no merecía su fe, si estas tan molesta.
Comencé a protestar y él puso dos dedos sobre mis labios antes de que pudiera decir nada.
—También le pregunté qué era lo que yo podía esperar. No sabía cómo sería para mí... siendo un medio vampiro —sonrió casi con desgana—. Earnest me explicó que era una sensación poderosa, que no se podía comparar con nada. Me dijo que el amor físico no se debía tomar a la ligera, porque siendo nuestros temperamentos tan estables, las emociones fuertes pueden alterarnos de forma permanente. Pero añadió que yo no debía preocuparme por eso, porque de todos modos tú ya me habías alterado por completo al tener mis cambios de entre humano o vampiro —y esta vez su sonrisa fue más genuina.
«También hablé con mis hermanos. Me dijeron que se sentía un gran placer que sólo va por detrás de beber sangre humana —una línea cruzó su entrecejo—Aunque nunca la he probado, sino deseado. —el movió la cabeza unos segundo—No se que sentiste tú, pero siento no puedas sentirte como yo.
Moví la cabeza varias veces antes de tomar su mano con fuerza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Porque estaba perdiendo mi tiempo en esto?
—Fue más. Lo fue todo. Lo siento, solo entre en pánico.
—Escúchame de una vez, Edythe Cullen. No estoy simulando nada por tu bien, ¿vale? Ni siquiera sabía que tendría que buscar alguna razón para hacer que te sintieras mejor hasta que empezaste a ponerte en este plan. Nunca he sido más feliz en toda mi vida y ni siquiera fui más feliz cuando decidiste que me amabas... Ni cuando comprobé que estabas viva en el estudio de ballet—me escogí a la mención de ese día, pero el contino—, o cuando dijiste «Sí, quiero» y en ese momento me di cuenta de que te tendría para siempre. Esos son los recuerdos más felices que tengo, pero éste es mejor que todos ellos. Así que acostúmbrate a la idea.
—Yo lo siento. Solo quiero verte feliz.
—Entonces no seas tú infeliz, porque eso es lo único que realmente va mal aquí.
Entrecerré los ojos, negué con mi cabeza, cuando volví a mirar sus brazos, ya estaban curados volví a negar.
—Tienes razón. Ha sido tan maravilloso Beau, yo solo…
Examino mi rostro con suspicacia y me devolvió su serena sonrisa.
Mi estómago gruñó.
—Tienes hambre —repuso con rapidez y se levantó de la cama de un salto agitando una nube de plumas, y eso fue lo que me lo recordó. Las plumas y las almohadas, que habían sido mordidas por Beau, en remplazo de mí. A pesar de que me dio una oleada de miedo. Sabia que Beau nunca me lastimaría, para él era mismo.
Cuando llegué al baño, pude obsérvame. No tenia tanto moretones, sabia bien que Beau también los podía ver, pero él había asumido que era lo mínimo que podía obtener, sin contar que Beau había tenido peores golpes alguna vez, donde había marcas, solo podía recordar sus caricias, no pude evitar estremecer un poco.
Me miré el pelo entonces y se me escapó un gemido.
—¿Edy? —apenas había proferido el sonido ya lo tenía pelado a mis espaldas.
—¡No voy a conseguir sacarme esto del pelo en toda la vida! —me señalé la cabeza, que tenía el mismo aspecto de un nido donde estuviera criando pollos. Comencé a extraer las plumas.
—Lo siento, —se rio él, pero permaneció de pie detrás de mí, quitándome las plumas a más velocidad.
—no te reías—dije viendo como el también tenía muchas plumas en su pelo— Tenemos un aspecto ridículo.
Él se rio, aun así, me ayudo a sacar algunas plumas.
—Esto no va a funcionar —suspiro después de un minuto—. Se te han pegado todas. Por qué no te bañas, mientras yo te preparo el desayuno —me di la vuelta, deslizando los brazos en torno a su cintura.
— ¿Quieres ayudarme?
—Mmm suena tentados, pero aún estoy molesto contigo —me dijo en voz baja y con suavidad se deshizo de mi abrazo. Suspiré cuando desapareció, a toda prisa.
Tenia la idea, que estuve a punto de arruinar mi luna miel. No puede evitar preguntarme si era por que Archie puso… esa ropa en mi maleta. Mis mejillas se sonrojaron mientras me metía a la ducha.
Una vez logré quitarme casi todas las plumas, me puse un vestido colorido de algodón, caminé descalza, sin hacer ruido, hacia el lugar de donde procedía el olor de los huevos, el beicon y el queso Cheddar.
Beau estaba delante de una cocina de acero inoxidable, deslizando una tortilla en un plato de color azul claro que había colocado sobre la encimera. El olor de la comida me sobrecogió, porque me sentía capaz de comerme el plato y la sartén también, de paso; me rugió el estómago.
—Aquí lo tienes —dijo; se volvió hacia mí con una sonrisa en el rostro y puso el plato en una pequeña mesa de azulejos.
Me senté en una de las dos sillas de metal que había y comencé a devorar los huevos calientes.
Me quemé la garganta, pero no me preocupó.
Se sentó frente a mí.
—Creo que no te alimento con la suficiente frecuencia.
Puse los ojos en blanco. ¿Que no me alimentaba con frecuencia?
Esa una mentira de las grandes, desde que había empezado a salir con Beau, él había mandado mi "feminidad" según los entandares, al bledo con sus exquisitas comidas.
—Crees que algún día pueda cocinarte algo—dije cambiando de tema, el hizo una meca poca disimulada cuando recordó mi engrudo de fideos, la única vez que comí. —Ok, ya entendí.
—Ya sabes, puedo enseñarte—comentó, riéndose, al ver mi puchero
Me alegré mucho de verle otra vez feliz, de que se empezará olvidar del escándalo que había hecho ase algunas momentos.
—¿De dónde han salido los huevos?
—Le pedí al equipo de limpieza que equipara la cocina, por primera vez, en este lugar. Les tendré que pedir que vean qué pueden hacer con las plumas.
Su voz se desvaneció, mientras su mirada se fijaba en algún punto por encima de mi cabeza.
Yo no contesté, intentando evitar decir cualquier cosa que le alterara una vez más.
Me lo comí todo, aunque había guisado suficiente para dos.
—Gracias —le dije, y me incliné sobre la mesa para besarle.
Él me devolvió el beso de forma automática, tome del nuca para profundizar el beso, me separe unos escasos centímetros de él, para susurrar.
—Tengo algo para compensar el mal rato que te hice pasar—dije volviéndolo a besar, sonreí entre besos.
—No tienes que compensar nada, te entiendo. Estabas preocupada.
Le di una de mis sonrisas torcidas que sabía que era una de sus favoritas, para volver a besarlo.
—Lo sé. Aun así, quiero hacerlo —hizo una pausa, alzando ligeramente la barbilla y después volvió a hablar sin mucha convicción—Es una regalo de Archie, estoy segura de que te gustaran.
espero que le guste.
