II. Comes home again, on better judgment making.
Junio de 2022.
Alacante era una ciudad preciosa, pero a Rafael no acababa de gustarle.
A diferencia de Nueva York, en Alacante no había demasiado de dónde escoger si querías entretenerte. En casa, a veces salía y paseaba por todo Brooklyn, tanteando el terreno y con ello, lograba luego detectar cada sutil cambio. De vez en cuando lo acompañaba Max, siempre y cuando no estuviera enfrascado en algún libro que le pareciera demasiado interesante; por otro lado, cuando obtuvo su primera runa, su padre decidió llevarlo consigo a las calles, para enseñarle a patrullar y a trabajar en equipo con otros cazadores de sombras, casi todos residentes temporales del Instituto.
Además, en Alacante debía vérselas prácticamente por su cuenta.
En cuanto pisaron la Ciudad de Cristal, los padres de Rafael tuvieron que marcharse al Gard a atender asuntos oficiales; por su parte, Max dijo algo de retomar una lectura y se encerró en la biblioteca. Como en ese momento no quería leer, Rafael se encogió de hombros, escribió una nota indicando que daría un paseo y la dejó en la mesita del recibidor.
Miró por encima del hombro la casa que estaba abandonando. Según lo que sabía, había pertenecido a una familia de cazadores de sombras ya extinta, por lo cual la Clave había esperado un tiempo prudencial a que algún descendiente de la misma la reclamara; al no ser así, la designaron como la casa oficial del Emisario y se la entregaron a su padre nefilim. Alexander Lightwood no quería aceptarla, alegando que tenía una residencia a la cual llegar cada vez que viajara a Alacante, pero la Clave insistió en que el Emisario debía tener su propia vivienda en la ciudad «en caso de cualquier imprevisto». Si se enteró de esos detalles fue por haber oído a sus padres discutirlos en cuanto regresaron a Nueva York, ya que ellos rara vez se alteraban. No era algo que le gustara recordar, la verdad.
Sacudiendo la cabeza, Rafael suspiró y dejó el lugar.
Tal vez necesitaba ese paseo más de lo que pensaba.
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Aquello era extraño y eso que Rafael veía cosas raras a diario.
Había llegado a la calle de «La Flecha de Diana», la mejor tienda de armas de la ciudad. El escaparate principal exhibía, en ese momento, una colección bastante interesante de espadas, de todos tipos y tamaños, a la que quiso echar un vistazo antes de seguir su camino.
Lo extraño era que alguien ya estaba embelesado delante del escaparate.
Conviviendo con subterráneos y cazadores de sombras por igual, Rafael no se sentía atraído por algo de forma inmediata. Lo extraordinario era pan de cada día para él, así que se preguntó por qué le parecía tan peculiar el chico que, de pie ante la tienda de armas, apenas se movía mientras contemplaba la colección de espadas del escaparate principal. Era tan alto como él, de pelo negro muy revuelto y figura delgada, cuyo atuendo consistía, al menos lo que podía ver, en un pantalón de mezclilla oscura y una chaqueta verde con capucha. Su postura era recta, con la cara ligeramente alzada hacia arriba y las manos a sus costados abriéndose y cerrándose lentamente, una y otra vez, en ademán de nerviosismo. Apenas movía la cabeza, lo que indicaba que tal vez tenía la atención fija en alguna espada en particular.
Sin saber bien por qué, Rafael fue a pararse a la izquierda del chico y habló.
—¡Hola! ¿Las espadas son nuevas?
Lo primero que obtuvo como respuesta fue un sobresalto. Luego, el chico dio un paso a la derecha, poniendo distancia entre ambos, antes de calarse la capucha de su chaqueta, meterse las manos en los bolsillos de la misma y agachar la cabeza.
Esa, pensó Rafael, era una reacción muy rara.
—Lo siento, no lo sé.
Las palabras habían sido pronunciadas por una voz seria y amable, con acento desconocido para Rafael, quien miró al chico de pelo revuelto con detenimiento.
—¿De dónde eres? —le preguntó.
Sacudiendo la cabeza, el otro volteó la cara de forma que menos pudiera verlo.
—No vengo mucho a Alacante, por eso no sé si…
—Buenos días, muchachos, ¿algo que les interese?
A un lado del cristal del escaparate principal, en la puerta de la tienda, apareció una mujer joven de cara ligeramente ovalada, muy guapa y de sonrisa alegre. A Rafael sus facciones le sonaban de algo, pero no lograba recordar de dónde o de quién.
—Buenos días, ¿las espadas son nuevas?
—Sí, pero no todas están en venta. ¡Oye! Te he visto antes, ¿hoy sí entras?
La mujer miraba al de chaqueta verde, quien dio de nuevo un respingo, negó con la cabeza repetidamente y comenzó a alejarse.
—Lamento las molestias —alcanzó a decir, antes de darles la espalda y marcharse.
A Rafael eso le pareció todavía más raro. ¿Quién hacía algo así cuando lo saludaban en una tienda? Además, se veía que le habían gustado las espadas, ¿por qué no querría entrar a ver una?
—¿Tú vas a entrar? —preguntó la mujer a Rafael.
El muchacho quiso asentir, pero se lo pensó mejor. Le gustaba admirar armas, pero en ese momento no le veía el sentido; no llevaba dinero, para empezar. Negó con la cabeza y esbozó una sonrisa cortés.
—Hoy no, gracias. Oiga, ¿conoce al que se acaba de ir?
—No, pero es curioso. Lleva días parándose delante, desde que exhibimos las espadas. Deben ser su arma favorita, ¿no crees?
—Tal vez. Hasta luego, y gracias.
—¡Hasta luego!
Agitando una mano, Rafael siguió el mismo camino que el desconocido, pero después de unos minutos, tuvo que reconocer que no iba a encontrarlo. Se encogió de hombros y desanduvo el camino, pensando que tal vez lo volvería a ver si visitaba la tienda en los próximos días.
Jamás se le pasó por la cabeza preguntarse por qué le interesaba tanto ese muchacho.
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Al día siguiente, Rafael repitió el paseo, aprovechando que sus padres volvieron a salir y que Max avisó que estaría revisando libros de magia. En esa ocasión no se entretuvo recorriendo callejuelas con afán aventurero, sino que se dirigió directamente a la tienda de armas, aunque supuso que sería demasiado temprano para cualquiera.
Pero al final, su decisión fue la acertada. Encontró al chico como el día anterior, lo único que variaba era su pantalón, pues llevaba uno negro. Usaba la misma chaqueta verde, con la capucha ya puesta, ¿sería para protegerse del sol?
—Hola —saludó al ponerse junto a él.
El chico movió la cabeza afirmativamente, de nuevo dando un paso lejos de él y agachando la mirada. ¿Por qué hacía eso?
—Soy Rafael, ¿cómo te llamas?
El otro se movió como si inspirara hondo, pero finalmente contestó.
—Alphonse.
—¿Alphonse?
Cuando el chico asintió con la cabeza, de alguna forma consiguió que la capucha se le cayera, pero se la volvió a colocar a toda velocidad.
—¿Alphonse qué? —se interesó Rafael, cayendo en la cuenta de que él tampoco había dicho su apellido, pero prefirió guardárselo un poco más.
El muchacho desvió la cara, de por sí a medio cubrir por la capucha, antes de consultar un viejo reloj que llevaba sujeto a la muñeca izquierda.
—Lo siento, tengo que irme —anunció, comenzando a darle la espalda.
—¡Oye! Si no tienes nada qué hacer mañana, ¿nos vemos otra vez aquí?
No obtuvo respuesta, solo el ver la espalda del otro alejándose.
Rafael se preguntó, por primera vez, si no era insensato por querer hablar con un extraño.
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Decidido a que la tercera fuera la vencida, Rafael se alistó a buena hora para salir de paseo, aunque en esa ocasión primero tuvo que contestar algunas preguntas de su hermano.
Siendo sincero, adoraba a Max, pero podía ser irritante cuando adoptaba su actitud inquisitiva, queriendo saberlo todo, aunque no tuviera relación con él. Rafael sospechaba que algo le había dicho su padre brujo al respecto, pues desde hacía unos meses, Max moderaba sus preguntas, pero a veces, solo a veces, era reconfortante tenerlo indagando a su alrededor.
Eso le recordaba cuánto le importaba a su hermano.
Al despedirse de Max, le preguntó si se le ofrecía algo en particular.
—¡Algo con chocolate!
Rafael asintió y salió, rumbo a la tienda de armas. En esa ocasión llevaba parte de sus ahorros, decidido a comprar algo, aunque fuera lo más sencillo del mundo.
Se alegró muchísimo cuando vio a Alphonse frente al escaparate principal, con la misma postura del primer día y la misma chaqueta verde. Imposible no notarlo, con la capucha puesta.
—Hola —saludó Rafael, sonriente—, ¿cómo estás, Alphonse?
El aludido dio una cabezada, agachando la vista, pero esta vez no se alejó. Rafael pensó que eso era un avance, aunque no sabía bien de qué.
—Oye, voy a comprar un par de cosas, ¿me acompañas?
Rafael señaló la entrada de la tienda, esperando que el otro notara el gesto, pese a la capucha. Lo observó durante unos largos segundos antes de obtener un tímido asentimiento.
—¡Andando, pues!
Tomando la iniciativa, Rafael fue hacia la puerta, la abrió y echó un vistazo por encima del hombro, asegurándose que Alphonse fuera detrás de él. Algo le decía que, de no estar atento, el otro podría esfumarse de su vista y no lo notaría.
—Buenos días.
El saludo vino de la mujer joven de la vez anterior, sonriente y al parecer entusiasmada por tener clientes. Salió de detrás del mostrador y los miró con curiosidad.
—¿Están buscando algo en especial? —inquirió ella.
—Un arma punzocortante —indicó Rafael enseguida, sonriendo de lado ante la ironía de sus palabras, debido a que más de tres cuartas partes de los artículos en esa tienda eran de ese tipo—. No tan grande como una espada, pero no tan simple como un puñal. Algo que sea fácil de esconder en una mano y para poder lanzarlo, pero que no sea un cuchillo. De esos tengo muchos. No sé… Algo que no sea precisamente largo.
La mujer lo observó en esa ocasión con el ceño fruncido, ladeando ligeramente la cabeza.
Rafael debía reconocer que era bonita, pero su expresión desconcertada le reveló que no lo había entendido. Era normal, sus padres y su hermano tampoco lo entendían cuando explicaba de esa forma algo que quería. Suspirando, estaba por dar media vuelta y dedicarse a mirar dagas cuando una voz intervino.
—Quizá… ¿quieras shuriken?
Mientras la mujer miraba atónita a Alphonse, Rafael sonrió a más no poder.
Era la primera vez que sentía que alguien lo comprendía sin necesidad de esforzarse.
—Tal vez —admitió con vaguedad—, ¿tú los usas?
Alphonse asintió, al tiempo que movía la mano derecha dentro del bolsillo de la chaqueta. Rafael había sido demasiado bien adiestrado por tío Jace como para no reconocer el gesto.
—Entonces veré primero unos de esos —indicó.
Enseguida fue guiado hacia una de las paredes de la tienda, dedicada a las armas de origen oriental. La mujer enseguida le señaló los shuriken e indicó que tal vez las kunai también le podrían interesar, pero meneó la cabeza. Las kunai eran como puntas de lanza muy largas y ya que había visto los shuriken, supo que eso era lo que buscaba.
Sonriendo, miró por encima del hombro a la mujer para pedirle unos cuantos, cuando el movimiento de una mancha verde lo distrajo.
Alphonse se estaba dirigiendo a la puerta.
—¡Oye, Alphonse! ¿De cuáles usas tú?
El aludido, dando un respingo, giró la cabeza tan bruscamente que la capucha se le resbaló, revelando un rostro ovalado, de tez clara y rasgos delicados, en el sentido de que eran hermosos y bien definidos. Sin embargo, fueron los ojos los que llamaron enseguida la atención de Rafael: eran de un tono marrón claro, que recordaba a la miel y con la luz, incluso hacían pensar en el oro.
¿Por qué semejantes ojos parecían estar llenos de pena?
—¡Qué color de ojos tan bonito!
Cuando oyó eso salir de su boca, Rafael se quedó pasmado y regresó la vista a las armas orientales. No solía hablar en español fuera de casa, no había necesidad y se avergonzaba un poco de su acento, más cuando en Alacante oía a unos cuantos hablar ese idioma con una entonación refinada y discreta. ¿Qué haría si Alphonse lo habían comprendido? Podía sentirse ofendido o algo peor…
—Me alegra que lo hicieras entrar, de verdad sus ojos son bonitos.
Con un respingo, Rafael miró a su derecha. La empleada, sonriendo levemente, le susurró aquello mientras veía a un Alphonse muy quieto, con el ceño fruncido en clara señal de confusión.
—No le traduzca lo que dije —pidió apresuradamente—, apenas nos conocimos y…
—No te preocupes. Pero algo tendrás que decirle, creo que lo asustaste.
Rafael asintió, antes de carraspear.
—Lo siento, no te avisé que se me sale el español de vez en cuando —sonrió débilmente—. Tu nombre… Es en francés, ¿verdad? ¿De dónde eres?
Alphonse, tras un instante de pasmo, sacudió la cabeza y alzó la mano con intención de ponerse la capucha.
—¡Oye! Ven a ver los shuriken conmigo. Nunca los he usado, no quiero elegir mal.
—Vean todo lo que quieran —invitó la mujer, con una sonrisa más amplia que antes—, y no duden en hacer las preguntas que se les ocurran. Muchacho —se dirigió a Alphonse quien, al darse cuenta de ello, dio un paso atrás, agachando la cabeza—, si te interesan las espadas…
Rafael supo que la mujer se equivocó cuando Alphonse les dio la espalda, mirando atentamente la pared de armas orientales mientras se calaba la capucha de nuevo.
—Si puedes, dile que puedo mostrarle unas espadas de la colección de mi jefa —le indicó la mujer a Rafael por lo bajo—, se veía tan contento viendo desde afuera…
Rafael asintió en silencio, pero algo le decía que le costaría mucho siquiera que Alphonse volviera a mirarlo.
Era una lástima. De verdad le gustaba el color de sus ojos.
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—Mañana doy la conferencia de la Academia.
A la hora de la cena, el aviso de su padre cazador de sombras tomó a Rafael por sorpresa. Casi había olvidado que eran las fechas en que se daba dicho evento.
—Alexander, ¿quieres que te acompañe? —se ofreció su padre brujo.
—No hace falta. Recuerda que le prometiste unas clases a Max.
—¡Ah, sí! Lo siento, hijo, casi me olvido de eso.
—No hay cuidado, papá.
—Padre, ¿puedo ir? —Rafael se encontró con tres pares de ojos mirándolo fijamente—. ¿Qué? Me estoy aburriendo y olvidé traer el libro que me prestó tío Simon.
—Rafael, yo podría…
—No te molestes, papá —Rafael no quería que su padre brujo malgastara energía mágica en una tontería como traerle el libro que había dejado en Nueva York—. ¿Entonces, padre?
—No veo por qué no. Mientras doy la conferencia, puedes pasearte por ahí. Quizá hasta quieras venir en otoño.
—¡Olvídalo! Tío Simon dice que puede ser una pesadilla.
—¿Le crees todo a Simon?
—Solo lo que le conviene —intervino Max, con una sonrisa pícara.
—¡Chismoso! —soltó Rafael en español.
Las risas pronto inundaron el lugar.
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El comedor de la Academia de Cazadores de Sombras estaba en una de las estancias más grandes, por lo que las horas de las comidas no se veían afectadas por falta de espacio.
Alphonse se decía eso cuando notaba a los demás distribuirse entre las mesas, lejos de él.
Estar solo no le era desconocido. Pese a la camaradería con algunos chicos de su clase, que parecían adjudicarle cualidades que en realidad no tenía, ellos tenían sus propios asuntos qué atender en su tiempo libre, como las discusiones por las tareas y las prácticas, o los últimos chismorreos de corredor. Cierto era que en la mesa que elegía (siempre la misma, siempre la más alejada del barullo principal), no se hallaba solo, pero los otros, en esa ocasión chicos de primer año, no parecían muy contentos de tenerlo cerca, a juzgar por cómo se colocaron en el extremo opuesto de la mesa y se enfrascaron en un curioso debate sobre demonios Mantid.
Estar solo, se dijo, no era tan malo como la soledad en sí.
Alphonse observó de nuevo la cena, que realmente no era una maravilla, pero que tenía mejor sabor que lo que solía cenar en París. Al principio se preguntó la razón, porque de verdad, en su Instituto los alimentos eran mejor cocinados. La respuesta que encontró fue que, con el ruido a su alrededor, podía fingir que no comía solo y eso lo hacía engullir todo con más ganas.
Pero era ridículo y lo sabía. Pocos querían comer con él, pero guardaba esas ocasiones en la memoria como joyas valiosas, porque por un fugaz momento, sentía que el vacío de la soledad se iba. Lo malo era que, al acabar el momento y volver a la rutina, era terrible darse cuenta de que no volvería a vivir algo así en una temporada y que quizá, sería así siempre.
¿Por qué había aceptado ir a la Academia, entonces? No era la primera vez que se lo preguntaba. A estas alturas, casi terminando su instrucción obligatoria, estaba de más la cuestión, pero no podía evitar que le rondara por la cabeza. Debían creerlo poco menos que un inútil, pues no respondía cuando le hablaban a menos que fuera necesario y perdía cosas continuamente.
Ojalá las perdiera él mismo, se dijo amargamente. Ahora estaba metido en un lío porque no hallaba la estela, pero para deducir lo que pudo haber pasado con ella, no necesitaba echar mano de su intelecto (uno que sus compañeros menos hostiles habían alabado alguna vez). Por eso se había escabullido a Alacante tres días seguidos, a muy temprana hora y sin importarle la larga caminata: necesitaba conseguir otra estela para curarse la mano derecha, por más que pudiera usar la izquierda si la situación se llegaba a agravar.
Se acordó de nuevo del muchacho de la ciudad. Rafael, se llamaba. Lo halló admirando espadas (una mala costumbre suya cada vez que veía esas armas) y lo había abordado como si nada, lo que se explicó con el hecho de que casi no pisara la Ciudad de Cristal. Debía estar de visita, pues de asistir a la Academia, lo habría identificado… y él lo habría reconocido como el mismo mudo sin gracia que solo sabía sacar sobresaliente en los trabajos escritos y aguantarle malamente el paso al instructor Mayhew.
Alphonse no supo cómo comportarse correctamente con aquel chico. Las charlas fáciles, esas que surgían de forma espontánea con el fin de pasar el rato, no eran lo suyo. Por lo general, la gente solía hablarle para pedirle algo, ordenarle algo… u otras cosas que no venían al caso. El que alguien quisiera simplemente hablar con él era un concepto que le resultaba muy extraño.
Un movimiento ligeramente más brusco de lo normal, al frente, lo hizo enfocar la vista. Se contuvo de esconder la mano herida cuando notó a cierta chica recorrer el comedor con la mirada, sobre las puntas de los pies, antes de fijarse en él. Se creyó acorralado, pero llamaron a la joven y en cuanto ella se giró para contestar, Alphonse aprovechó para levantarse con su bandeja y escabullirse a donde podía depositarla, antes de irse.
Conforme se alejaba del comedor, fue adentrándose en el silencio del resto de la Academia. Era un poco tranquilizador, pero al mismo tiempo, acentuaba el hecho de no tener compañía. Por supuesto, la idea era salir sin ser visto, pero el vacío en su interior creció al percatarse que, en realidad, nadie iba a preocuparse por dónde estaba o porque no se acabó ni la mitad de la cena.
—Mañana será otro día —musitó, apenas dejando escapar la voz.
Estaba pensando en la conferencia anual del Emisario. Alphonse no había faltado a la anterior y sentía que podía entenderse con aquel serio y amable cazador de sombras, aunque jamás habían cruzado palabra. Había algo en su modo de hablar y de moverse que le transmitía serenidad y una fuerte confianza en lo que hacía. Le gustaría ser un poco así, pero ni siquiera se había atrevido a abordarlo después de la conferencia, seguro de que lo creería un nerd un tanto obsesivo, si llegaba a fijarse en su libreta de notas.
Suspirando, Alphonse tomó rumbo a su dormitorio, deseando de verdad que pronto pasara algo, lo que fuera, que le ayudara a ser algo bueno por los demás, cualquier cosa.
Era preferible eso a que lo abandonaran a su suerte, como casi siempre.
