III. Ah!, wherefore with infection should he live.
—No creí que fuera como decía tío Simon.
A Rafael no le entraba en la cabeza que las instalaciones de la Academia de Cazadores de Sombras tuvieran un aspecto tan descuidado, no a esas alturas. Lo entendía cuando tío Simon pasó por ella, pues la habían reabierto a toda carrera tras la Guerra Oscura tras más de una década de abandono, pero ya habían pasado años de eso. Solo debía acordarse de que allí encontraron a su hermano cuando era un bebé.
—Les interesa más lo que enseñan que dónde lo hacen —observó su padre cazador de sombras, encogiéndose de hombros—, aunque sí deberían haber enderezado esa torre.
—Ah, ¿no la hicieron así?
Alexander Lightwood negó con la cabeza, justo cuando salía a recibirlo la decana Beausejours, lo cual aprovechó Rafael para dar un último vistazo a su alrededor. Definitivamente no quería ir a la Academia, en vista de que los amplios terrenos contrastaban de forma lúgubre con los edificios. Además, ¿para qué, si ya contaba con su padre y tío Jace, algo por lo que muchos matarían?
—¿Escucharás, Rafael?
El chico dio un respingo ante la pregunta de su padre.
—Lo siento, me distraje. Sí, escucharé una parte, al menos. Luego daré una vuelta, si a ti y a la decana no les importa. Nos veríamos aquí en la entrada, ¿verdad?
—Sí, claro.
—Sé bienvenido, Rafael Lightwood —dijo la mujer, con una fugaz sonrisa.
El muchacho evitó por todos los medios hacer una mueca. Era raro el cazador de sombras que no evitara pronunciar el «Bane» de su nombre completo.
Para casi todos, el que contaba era el apellido nefilim y nada más.
—&—
Tras media hora de la conferencia de su padre, Rafael abandonó el salón.
Lo hizo con discreción, sin querer interrumpir ni dar la impresión de que el tema no le interesaba. En realidad, vivía cada día con la política de los subterráneos, así que se aburría con cosas que para él eran básicas. Un par de veces, de pasada, pensó que quizá podría llegar a Emisario, aunque no estaba seguro aún. Era demasiado inquieto y prefería resolver las cosas actuando, algo por lo cual su padre brujo lo felicitaba, asegurando que a veces, mucho en el mundo no se haría si te parabas a pensar demasiado en los detalles.
Algo lo llevó a la escalinata de entrada, donde se sentó justo a la mitad de la misma. Contempló el paisaje, vacío y silencioso, para luego mirar a sus pies, preguntándose dónde exactamente tío Simon y sus amigos de la Academia habían hallado a Max.
A veces, pensaba que su hermano había sido más afortunado que él. Sí, lo abandonaron, pero era demasiado pequeño para recordar otra cosa que no fueran los rostros sonrientes de quienes se volvieron su familia. Max había tenido la suerte de estar rodeado de amor prácticamente desde siempre; según él, eso le ayudaba a soportar las pocas miradas desaprobatorias que le dirigían en Alacante cuando le daba por salir a las calles. Max no se avergonzaba de su marca de brujo, aunque comprendía que en ocasiones debía usar un glamour que, por cierto, lo hacía lucir muy parecido a su padre cazador de sombras.
Dejando de lado esos pensamientos, pues sabía a dónde se dirigían, Rafael de pronto oyó ruido a sus espaldas. Al girarse, se topó con un numeroso grupo de jóvenes, casi todos de su edad, que bajaban la escalinata mientras reían por algo. Frunciendo el ceño, Rafael consultó su reloj de pulsera porque, si no estaba mal, la conferencia de su padre seguía en curso.
—Oye, ¿te importa?
Un muchacho alto y fornido lo miraba desde tres escalones arriba. Haciendo una mueca, Rafael sucumbió a la tentación y se tendió en el escalón a su espalda, abriendo los brazos y haciendo la cabeza hacia atrás para verlo al revés.
—Buenos días, ¿cómo estás? ¿Se te ofrece algo?
El otro frunció el ceño y dejó escapar un bufido antes de repetir.
—¿Te importa?
—¿Qué cosa?
—Estás estorbando el paso.
Rafael miró a ambos lados y luego se encogió de hombros.
—Hay suficiente espacio a ambos lados para que pasen tú, tus amigos y tu ego.
Se oyeron risas ahogadas, pero claro, al chico fornido no le hizo gracia la broma.
—¿Quién te crees que eres, de todas formas? Tú no estudias aquí. Te reconocería.
—Me cuesta trabajo creer eso, pero supongamos que es cierto. La cosa es tan simple como que estoy de visita.
—¿Por qué? ¿Van a meterte a patadas el próximo año? Tal vez piensen que así vas a aprender respeto por tus superiores.
¿Ese tipo hablaba en serio? Rafael agradeció mentalmente, quizá por milésima vez, el no ir a la Academia.
—No necesito venir, entreno bastante bien en mi ciudad —eso técnicamente era verdad, así que Rafael se encogió de hombros y se enderezó, aunque sus brazos seguían abiertos a ambos lados—. Han oído del Instituto de Nueva York, ¿no?
Casi al mismo tiempo, varios de los ahí reunidos jadearon de asombro.
—¿Ahora vas a decirnos que conoces a los Herondale?
—Pues claro. Son los directores, ¿no? A veces los veo.
Eso era un eufemismo enorme, pero con ese tipo y sus seguidores no valía la pena presumir a tío Jace y a tía Clary, o no tardarían en atar cabos y descubrir que su padre era el hombre cuya conferencia habían abandonado.
—Oye, ¿nos contarías más de ellos?
—¿Por qué? El Emisario sabrá más que yo. Es el parabatai de Jace Herondale.
El fornido y su séquito intercambiaron miradas, varios haciendo diversos gestos de desacuerdo con semejante idea, pero fue el fornido quien dio voz a casi todos ellos.
—Ese solo sabe hacer discursos inútiles. Dudamos mucho que haya hecho siquiera la mitad de las cosas que se dicen de él. Nunca habla de eso, aunque se le pregunte.
—¿No se te ocurrió, estúpido insensible, que eso se llama «modestia» y que nunca le ha interesado la fama?
—¿Qué me dijiste?
—Ah… Buenos días, Rafe.
El saludo, hecho desde su derecha en voz serena y contenida, tomó a Rafael por sorpresa. Al girar la cabeza, se encontró con una figura vestida de negro que usaba una chaqueta verde, cuya capucha llevaba puesta.
—¿A ti quién te llamó, Montclaire?
El fornido miraba al de chaqueta verde con cara de pocos amigos, pero a Rafael no pudo importarle menos. Estaba seguro de quién era y se alegraba de volver a verlo, aunque las circunstancias no parecían muy favorecedoras.
—Nadie —admitió el de chaqueta verde, dando un paso atrás.
—¡Hola, Alphonse! —Rafael se puso de pie de un salto, acercándose al muchacho cuya cara apenas era visible dentro de la capucha—. ¿Estabas en la conferencia?
—Eh… Sí, acaba de terminar. Tú… ¿Esperas al Emisario?
—Sí, ¿por qué?
—Es que… la decana lo llamó y…
—Entonces irá para largo. ¿Me enseñas este sitio mientras se desocupa? Me han hablado de él, pero nunca había venido. Espera, no tienes otra clase, ¿verdad?
Al tiempo que la capucha verde se movía de un lado a otro, a modo de negación, Rafael notó de reojo que el fornido y los suyos le dedicaban miradas de confusión. Seguramente se preguntaban quién era él para tener algún asunto con el Emisario.
—Andando, pues. Si nos disculpan…
—Montclaire, ¿quién te dio permiso de meter a un extraño a la Academia?
Rafael, viendo que su acompañante hacía ademán de detenerse, lo tomó de un brazo y siguió su camino, acabando de subir la escalinata y atravesando las puertas.
—¿Por dónde empezamos? —quiso saber.
—Ah… La armería está… Ve por la derecha y en el tercer pasillo…
—¿No vienes?
—Lo siento, es que… No quiero molestar…
—¡Tonterías! Si voy yo solo, me perderé. Mi padre va a tardar y ya le había dicho…
—¿Tu padre? ¿Eres…? Eres Rafael Lightwood–Bane, ¿verdad?
Eso detuvo en seco los pasos de ambos, aunque cada uno tenía razones distintas.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Rafael.
—Yo… te vi llegar con el Emisario y… y recordé tu nombre, así que pensé… Siento si…
—Vaya, eres el primero que se da cuenta tan rápido —aseguró Rafael, sinceramente impresionado, antes de sonreír—. Y por lo que oí, tu apellido es Montclaire, ¿verdad?
—Eh… sí.
A Rafael le pareció muy raro que Alphonse mirara discretamente en todas direcciones mientras confirmaba su apellido; el cual, por cierto, sentía que había oído en alguna parte.
—Alphonse Montclaire… Suena bien. Muy francés. ¿Eres francés? ¿De qué parte de Francia eres?
—Ah… sí, soy francés y… soy de París.
—¡París! ¿Es cierto que hay croissant en todos los cafés? ¿Que sirven vino aunque seas menor de edad? ¿Y que se ve la torre Eiffel desde cualquier punto de la ciudad?
Rafael sonreía, pero perdió el gesto al notar la desazón de Alphonse. ¿Acaso dijo algo inapropiado? Detestaría haberlo hecho, pues por alguna razón, el esquivo chico le caía bien.
—Oye, ¿qué pasa? —decidió preguntar, sin saber qué podría haber hecho mal.
—Yo… No, nada. París… tiene algo especial, aunque… No sé qué tan bien esté que lo diga yo. Lo de los croissants y lo de la torre Eiffel es cierto, pero… lo del vino no.
—¡Vaya, algún día quiero ir! Voy a convencer a papá de llevarme si vuelve a hacer uno de sus viajes de moda. ¿Vives en París? —Alphonse asintió lentamente—. ¿En dónde? Si convenzo a papá, quisiera visitarte.
La cabeza de Alphonse se agitó de un lado a otro, casi tirando su capucha.
—¿Qué pasa?
—No tienes qué… —Alphonse se interrumpió, llevándose una mano a la orilla de la capucha para cubrirse más la cara al tiempo que, por el otro extremo de aquel pasillo, venía caminando un pequeño grupo que pasó de largo sin dirigirles ni una mirada. En cuando el grupo se perdió de vista, Alphonse señaló unas puertas dobles e indicó—. Allí es la armería.
—¿Podemos entrar?
Alphonse se encogió de hombros, movió la cabeza a ambos lados, como fijándose si habría alguien, antes de abrir las puertas y hacerse a un lado.
—Pasa —indicó.
Rafael obedeció, pero a cada segundo Alphonse le intrigaba más. Nunca había conocido a alguien tan educado y a la vez, con aspecto de estar asustado de todo a su alrededor. ¿Así sería siempre? En caso afirmativo, no imaginaba cómo se las arreglaba en las clases.
La armería, como bien supuso, era enorme y bien surtida, aunque varias armas eran sin filo o muy viejas, sin duda para que practicaran con ellas los mundanos principiantes. Rafael se entretuvo un rato en mirar una de las paredes, donde se exhibían varios tipos de espadas y dagas, cuando en un momento dado miró a su alrededor, extrañado.
Encontró a Alphonse de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, aunque un par de veces la ladeó como si escuchara algo del exterior.
—¿Pasa algo? —quiso saber—. Oye, si no debemos estar aquí, podemos irnos.
—No es eso.
—Entonces ven y dime sinceramente, ¿podría usar una de estas? Siempre he querido una espada propia y mi padre prometió regalarme una en mi cumpleaños, pero tenía que estar bien seguro de cuál estilo quería. Seguro va a mandarle grabar algo y no quiere tener que devolverla si no estoy cómodo con ella. ¿Sabes lo peor de todo? En los entrenamientos no encuentro la espada correcta. Mi cumpleaños es en julio, tengo que decidir ahora o padre me hará esperar otro año.
Hasta que terminó su explicación, Rafael no cayó en la cuenta de que había hablado sin pensar y que, además, estaba confiándole todo aquello a un extraño. A últimas fechas, en casa había veces en que sentía que debía contener la lengua, para así no interrumpir alguna reunión de su padre cazador de sombras, o un encargo de su padre brujo, o una de las recientes lecciones de magia de su hermano. ¿Sería eso? ¿Se sentía tan silenciado por las circunstancias que había parloteado a lo tonto con el primero que no protestó al oírlo?
Porque era verdad: Alphonse Montclaire no había protestado. Había escuchado su explicación en silencio, observándolo tranquilamente, aunque esto último solo podía adivinarse debido a la capucha verde, tercamente cubriéndole la cabeza y casi toda la cara. Tal vez no distinguiera sus facciones, pero Rafael se fijó discretamente en su lenguaje corporal, que aparte de delatar una retracción más allá de su comprensión, no mostraba hostilidad hacia él.
—¿Qué espada usas cuando entrenas? —inquirió Alphonse finalmente.
—¿Qué?
—Me refiero a… Si siempre usas el mismo tipo de espada, aunque sean diferentes piezas, tal vez ese sea el problema. Debes intentar con todas las que puedas, aunque a primera vista no te gusten, para ver si… —de estar centrado en el tema, sereno y firme, Alphonse pasó a quedarse muy quieto, antes de darle la espalda a Rafael mientras se llevaba una mano a la cabeza, aplastando el borde de la capucha contra su frente—. Lo siento —musitó, siendo apenas audible—, no soy muy agradable cuando me pongo así.
—¿De qué hablas? —espetó Rafael, consciente de estar vagamente molesto, aunque no entendía bien por qué.
Alphonse se limitó a menear la cabeza, por lo visto incapaz de contestar. En circunstancias normales, Rafael habría dejado el tema y hubiera dicho cualquier tontería para relajar el ambiente. Sin embargo, aquello no era normal para él y Alphonse le agradaba, le intrigaba y le preocupaba a partes iguales.
—Siempre uso una así —Rafael señaló una espada casi del largo de su pierna.
—Esa no está bien —aseguró Alphonse enseguida, con el tono más seguro que Rafael le había oído hasta el momento, antes de volver a acercarse a la pared—. A la hora de elegir espada, importa el tamaño respecto a tu cuerpo. Seguramente la sientes algo pesada, ¿verdad? Y que no te equilibras bien.
—Yo… Sí, justo eso. Mi tío me dijo que la cambiara, pero nunca me explicó por qué.
—Tal vez quería que lo notaras por tu cuenta.
—Conociéndolo, me lo creo. ¿Tú cuál sueles usar?
—Cualquiera que nadie quiera.
La respuesta y un paso atrás dado por Alphonse desconcertaron a Rafael.
¿Lo había dicho en serio?
—Ahora no hay nadie —decidió señalar, teniendo una idea—, ¿cuál me recomiendas? ¿Y cuál usarías tú?
Tras titubear un instante, Alphonse finalmente se quitó la capucha, alzó la cabeza y revisó las espadas con expresión de concentración, hasta que tomó un arma que a Rafael le recordó a un estilete, aunque el ancho de la hoja y la guarda eran más como los de una espada normal. Toda completa, el arma debía medir más o menos lo mismo que su brazo.
—Puedes intentar con esta —Alphonse tendió la espada con cuidado—. La llaman «medio estoque». Los mundanos crearon el estoque y nosotros, esta versión más corta.
—Ah, gracias. ¿Y tú?
Alphonse se encogió de hombros. Sus ojos, que no lo habían mirado en todo aquel rato, se quedaron de pronto fijos en una espada evidentemente más larga que la recién entregada, pero muy parecida en la forma (¿un estoque mundano, tal vez?), la cual sujetó tras un corto titubeo, para luego moverla de un lado a otro, sopesándola.
Si le quedaba a Rafael alguna duda sobre los conocimientos de Alphonse, quedaron despejadas. Sentía bien en la mano esa espada, como si encajara con él perfectamente, haciéndole sentir que podría ganarle incluso a tío Jace en un entrenamiento, si se esmeraba. ¿Por qué a él no se le había ocurrido revisar más a conciencia la información al respecto? Ahora se sentía idiota por ignorar las recomendaciones de su padre Alexander sobre cambiar de espada.
Decidió observar a Alphonse por un momento. Le daba la espalda, pero eso no le impedía notar la inspección que hacía al arma en sus manos, pasándola de una a otra, antes de levantarla y lanzar un par de mandobles a un objetivo invisible. Se veía más seguro que antes, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo y no tuviera dudas al respecto. Al colocarse de perfil, Rafael pudo verle uno de los ojos, que brillaba como una moneda de oro al sol, enfocado en que la espada hiciera lo que su dueño quería.
Más tarde, Rafael sabría describir la sensación que lo inundó como «fascinación», pero en ese momento no supo hallar la palabra correcta. Solo sabía que, a excepción de su tío adoptivo, no había visto jamás a alguien que manejara la espada de esa manera y estaba deseoso de saber qué habilidades tendría Alphonse.
—Oye, ¿podríamos practicar un poco con ellas? —propuso, esperando no meter la pata—. La mía se siente bien, pero quiero estar seguro.
Para su alegría, Alphonse asintió con la cabeza, girándose para quedar frente a frente. Pasó la espada de una mano a otra, como si dudara, pero al apretar un poco el mango con la mano derecha hizo una mueca, así que se la quedó en la izquierda.
—Cuando quieras —dijo, alzando la vista.
Rafael arqueó una ceja. Aquello sería casi como entrenar con tío Jace, que era zurdo, pero eso no le preocupó tanto como la mueca recién hecha de Alphonse y que los ojos de este no estaban fijos directamente en los suyos, sino en un punto ubicado aproximadamente por encima de su hombro derecho.
Sin embargo, asintió y alzó la espada, para enseguida lanzar el primer golpe.
Desde el primer momento, aquella espada hizo exactamente lo que él quería, cosa que Rafael no dejó de celebrar mentalmente. A diferencia de otras ocasiones, no sentía el brazo pesado ni la mano torpe, así que sus golpes fueron como los tenía previstos. Le decepcionó un poco que Alphonse pudiera bloquearlos casi todos, pero por alguna razón no le importó.
Más allá de estar perdiendo, lo que más sorprendía a Rafael era el practicar con alguien en silencio sin sentirse incómodo. Tan acostumbrado estaba a los entrenamientos en Nueva York, llenos de comentarios, órdenes y bromas, que era una novedad el solo escuchar el choque de las espadas y no sentir la imperiosa necesidad de decir algo. Tras analizarlo por un rato, esquivando un golpe que iba directo a su costado izquierdo, Rafael creyó entender a qué se debía: estaba tan concentrado en seguir los movimientos de Alphonse para poder contrarrestarlos, que no le ponía atención a nada más.
—¿Qué está pasando aquí?
La repentina pregunta, que a cualquier otro habría desconcertado, para Rafael fue solo un ruido al que había que prestar algo de atención. Por lo tanto, lanzó entonces el que sería su último golpe, al antebrazo derecho de Alphonse.
Con lo que no contó fue con que Alphonse previera eso, como llevaba haciendo en todo el combate, por lo cual intentó interponer la espada, pero algo falló en el cálculo de su movimiento, porque emitió un siseo y bajó el brazo a toda velocidad.
—¡Lo siento! ¿Estás bien?
Alphonse sacudió la cabeza, intentando asentir, pero el ver que dejaba caer la espada con descuido no le gustó nada a Rafael.
—Montclaire, hice una pregunta.
Rafael fulminó con la mirada al hombre alto y ancho de hombros que los veía desde la puerta. Su expresión mostraba descontento y no parecía que fuera a acercarse.
—Bu… Buenas tardes —saludó Alphonse, respirando hondo mientras se inclinaba a recoger su arma con la mano derecha, lo cual le causó otra mueca antes de enderezarse lentamente y mirar a quien le hablaba—. Le mostraba la armería a Rafael Lightwood–Bane, señor Mayhew.
—Más bien parecía que lo dejabas darte una paliza —apuntó el hombre, frunciendo el ceño al fijarse en Rafael—. Tú no estudias aquí, ¿verdad?
Lo que vino a la mente de Rafael fue un «¡ni muerto!», pero solo negó con la cabeza.
—Deberías pensártelo, así le darías guerra a chicos como este —Mayhew señaló a Alphonse con un ademán, antes de resoplar—. Montclaire, ¿olvidaste la estela de nuevo?
Tras un leve titubeo, Alphonse asintió, pero Rafael no pasó por alto que ni siquiera había hecho el intento por buscar la estela en sus bolsillos.
—Ve a la enfermería entonces, pero primero devuelvan esas espadas a su lugar. Y en serio, chico —se dirigió a Rafael, viéndolo atentamente—, deberías considerar venir el siguiente año. Podríamos ayudarte.
A Rafael no podía importarle menos lo que ese tipo pensara, pero por educación le dirigió una inclinación de cabeza, en señal de que lo pensaría. Después de eso, Mayhew se retiró.
—¿Quién era él? —quiso saber.
—El entrenador de la Academia.
—Pues necesita anteojos. ¿Acaso no vio que tú me estabas dando una paliza a mí? Apuesto a que en los entrenamientos ni siquiera te mira.
—En realidad, casi siempre me toca entrenar con él.
—¡Estás bromeando!
Obviamente Alphonse hablaba en serio, pensó Rafael. Olvidó eso cuando lo vio intentando quitarse la chaqueta, por lo que se acercó con la mano extendida.
Como el primer día, en cuanto Alphonse lo notó, dio un paso atrás y agachó la cabeza.
—¿De verdad estás bien? ¿No deberías hacerle caso al tipo e ir a la enfermería?
Rafael vio que Alphonse parecía retraerse más en sí mismo en cuanto lo oyó, justo cuando por fin conseguía quitarse la chaqueta. El chico observó su antebrazo izquierdo con atención, donde se veía un corte del cual la sangre no dejaba de fluir, antes de tantear con la mano derecha en uno de sus bolsillos, hasta sacar un gastado pañuelo. Con ese trozo de tela hizo presión en la herida por un rato, apretando los labios, antes de dejar escapar un suspiro.
—No, estaré bien —dijo Alphonse, finalmente respondiendo a sus preguntas.
—Ah, ¿vas a ir por tu estela?
Era la conclusión más lógica. Por lo poco que Rafael había visto, Alphonse rehuía a las personas, así que andaría siempre por su cuenta, aunque eso incluyera curarse solo las heridas.
Lo vio suspirar de nuevo, antes de alzar el pañuelo, ya casi todo rojo y empapado. El corte no parecía profundo, pero no tardó en sangrar otra vez. Frunciendo el ceño, Alphonse volvió a colocar el pañuelo, aunque al presionar con la mano derecha, hizo otra mueca de dolor.
—¡Esto es ridículo! —espetó Rafael, sacando su propia estela y ofreciéndosela—. Anda, puedes usar esta.
Alphonse se le quedó mirando como si estuviera loco.
No, se corrigió Rafael. Lo estaba mirando como si tuviera algo extraordinario al alcance de la mano y temiera tocarlo.
—Puedo hacer la iratze yo, si quieres —ofreció.
Alphonse se mordió el labio inferior, claramente tenso, antes de asentir con la cabeza muy despacio. Parecía preguntarse si hacía lo correcto aceptando aquel favor, como si…
Sacudiendo la cabeza, Rafael se libró de aquella repentina idea. ¿Quién podría temerle a alguien que sujetara una estela? Bueno, quizá a él todavía no se le daban ciertas runas, pero era por falta de práctica, no por poca dedicación.
Dejando de darle vueltas al asunto, Rafael apoyó con cuidado la estela en la cara interna de la muñeca izquierda, ofrecida por un Alphonse que lo observaba casi sin parpadear.
Por un breve instante, justo cuando terminó y retiró la estela, Rafael creyó ver brillar las líneas de la iratze, pero se dijo que debió ser su imaginación. Ya le preguntaría a su tía Clary, las runas eran lo suyo, después de todo.
—Gracias.
La palabra sonó ahogada. Rafael miró a Alphonse a la cara, preocupado de que su runa hubiera fallado. Se sorprendió al notar al otro menos pálido e inconfundiblemente aliviado.
—De nada. ¿Por qué no me enseñas lo demás y…?
—Ya es tarde.
Alphonse señalaba un reloj en un punto en una pared, cerca de las puertas.
—¡Diablos! Gracias de todas formas, Alphonse. ¿Tienes más clases hoy?
—¿Hoy? —el chico frunció el ceño, ladeando ligeramente la cabeza, lo cual le recordó a Rafael a uno de sus primos pequeños le daba por pensar con «seriedad»—. No, ya no.
—¿Y puedes salir unas horas?
—¿Salir?
—Sí, salir, dejar la Academia. Ven conmigo.
Rafael empezó a caminar, pero no había dado ni dos pasos cuando se dio cuenta de que Alphonse no lo seguía. Haciendo una mueca de impaciencia, fue hacia él estirando una mano, pero volvió a ver a Alphonse alejándose de su alcance al notarlo.
—Quiero presentarte a mi padre, ¿vienes?
—No te molestes, yo…
—¡No es molestia! Quieres hacerle preguntas sobre la conferencia, ¿no? Pues bien, si te presento, no se negará a contestarte. Le gusta hablar de lo que hace, pero es algo tímido. Papá jura que mi padre era peor cuando se conocieron, pero no puedo imaginarlo.
A buen paso, salieron de la armería y deshicieron el camino hasta la puerta principal, la cual atravesaron sin tardar en toparse con Alexander Lightwood y la decana Beausejours.
—¡Eh, padre! —llamó Rafael despreocupadamente—. Quiero presentarte a… ¿Alphonse?
Hasta que lo llamó, Rafael se dio cuenta de que no lo seguía. El joven Montclaire se había quedado junto a la puerta, poniéndose de nuevo la chaqueta y la capucha, con la cara vuelta hacia un lado. Era como si estuviera preparándose para volver a entrar al edificio.
—¿A quién? —se interesó de inmediato el Emisario.
La decana Beausejours, echando un vistazo a donde Rafael tenía puestos los ojos, dejó escapar un suspiro.
—No te molestes, Alec —recomendó—. Ese chico apenas habla.
—¿Quién es?
—Ven, padre. Estaba en la conferencia y tiene algunas dudas…
—Está bien. Si nos disculpas, Amy…
Dejaron a la decana donde estaba y entonces Rafael soltó un bufido de exasperación.
—¿Qué pasa, Rafael?
—No me gusta este lugar, padre. Parece que nadie entiende a Alphonse aquí, o no quieren que esté, pero sienten que deben soportarlo. ¿Quién va a querer hablar así?
—A veces hay que hablar para hacerse oír.
—Lo sé, pero no creo que sea su culpa.
—Pareces demasiado seguro.
Rafael asintió, dándole la razón, pero no se explicó. No podía hallar las palabras para algo que no entendía aún.
—Alphonse —llamó, en cuanto llegaron ante el chico, quien dio un respingo—. Él es mi padre, Alexander Lightwood. Casi todos lo llaman Alec. Padre, él es Alphonse Montclaire. Me enseñó la armería de la Academia ¡y sabe un montón de cosas sobre espadas! ¡Ya sé cuál pedir para mi cumpleaños!
—Bu… buenas tardes, señor Emisario —Alphonse hizo una cortés inclinación de cabeza.
—Mucho gusto, Alphonse. No es necesaria tanta formalidad, puedes llamarme Alec. Te agradezco que ayudaras a mi hijo con lo de su espada.
—Yo… No creo haber hecho gran cosa, señor…
—Padre, ¿podemos invitar a Alphonse a comer? Dice que ya no tiene clases hoy.
—¡Ah, entonces acabaste tu segundo año! ¿Es correcto, Alphonse?
El aludido asintió, mientras que Rafael arqueaba una ceja, sin comprender.
—Al cabo de dos años en la Academia, si eres sobresaliente, tienes los últimos días libres y puedes graduarte para pasar a lo que siga: en el caso de mundanos, la Ascensión; en el caso de los cazadores de sombras, volver a casa o ir al Escolamántico. ¿Cuál es tu opción, Alphonse?
El aludido se encogió de hombros, con la vista gacha. A Rafael no le parecía lógica la respuesta, no después de notar lo inteligente que podía ser Alphonse.
—¿El Escolamántico no te eligió?
—No, señor. No soy lo que buscan.
—¿Estás bromeando? ¡Pero si eres increíble con una espada en la mano! Y esa memoria… Yo querría poder acordarme de todo eso sobre espadas, te lo digo en serio.
—El Escolamántico solo elige cazadores de élite.
—Ah, ¿entonces te va mal en otras cosas? ¿Cómo en Idiomas Demoníacos o en Historia Nefilim? A mí se me da fatal la Historia, siempre ando confundiendo fechas.
—Eh… Aprobé todo, de hecho. Tal vez… Tal vez eso no basta.
Rafael estuvo a punto de replicar, pero notó un leve gesto de su padre para que se quedara callado, aunque seguía mirando a Alphonse con atención.
—Alphonse, ¿dónde se dieron las primeras conversaciones para establecer los Acuerdos?
—Eh… En Londres, señor. ¿Por qué…?
—¿Quiénes participaron?
—Fueron… El Cónsul Roderick Morgenstern, el director del Instituto de Londres Granville Fairchild, representantes de la Clave, una sirena, dos vampiros, un licántropo y un brujo. Ellos estuvieron en la primera reunión, la más formal. Hubo otra, que tardó un tiempo en decidirse por querer cambiar la sede, tendría que revisar… Y una última, considerada extraoficial porque solo había tres cazadores de sombras y de los subterráneos nada más se requirió la asistencia del brujo y uno de los vampiros.
Conforme Alphonse hablaba, Rafael volvió a sentirse impresionado, porque no cualquier nefilim era capaz de recitar aquel suceso sin mezclar algún sentimiento de incredulidad o desdén, como si pensaran que la culpa de los fracasos de aquellas reuniones, recayeran únicamente en los subterráneos involucrados.
—¿Sabes si alguno de esos subterráneos sigue vivo para atestiguar el evento?
—Sí —Alphonse arrugó la frente, al tiempo que alzaba un poco la cara, antes de decir con toda certeza—. El brujo.
—¿Seguro?
—Bueno, tal vez la sirena siga viva, pero es difícil de asegurar si su sitio de recreo habitual era el Támesis y en Londres han pasado tantas cosas desde esas fechas, como los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial mundana. Del resto, hay registros históricos de sus muertes.
—¿Cómo sabes que la sirena andaba por el Támesis? ¿Y que los demás murieron?
Ante eso, Alphonse se puso un poco nervioso, mirando en todas direcciones y dudando de hablar al vislumbrar que la decana Beausejours seguía cerca de ellos, sin duda esperando al Emisario para algún asunto oficial.
—¿Sucede algo? —quiso saber el Emisario.
—Lo siento, no era mi intención entretenerlo —Alphonse señaló a la decana.
—No te preocupes. Si quieres, podemos continuar esta conversación en la comida. Tienes permiso de salida en estos días, ¿verdad?
—Yo… No es mi intención molestar, señor, no tiene qué…
Rafael vio a su padre fruncir el ceño, como cuando algo no le gustaba, antes de decirle.
—Puedes llevarlo a casa para comer, Rafael. Tengo que hablar con Amy otro rato, aprovecharé para avisarle.
Rafael asintió, notando de reojo que Alphonse estaba pasmado, como si acabara de ocurrir algún tipo de fenómeno natural poco frecuente.
No era posible reaccionar así solo por ser invitado a comer por el Emisario, ¿verdad?
—Anda, vamos, Alphonse. Si nos apuramos, podríamos conseguir que papá nos conjure el postre que queramos.
—¿Conjurar?
Rafael sonrió, meneando la cabeza.
Ya vería Alphonse lo que era una comida con todos los Lightwood–Bane a la mesa.
—&—
El camino a casa era largo desde la Academia, ubicada en las afueras de Alacante, pero ninguno de los dos muchachos se quejó, ya que se la pasaron conversando.
En realidad, era Rafael quien más hablaba, contando anécdotas de su muy peculiar familia. Alphonse apenas pronunciaba palabra, pero escuchaba con atención, dando a entender que le daba la debida importancia a lo que Rafael decía. Alphonse solo se animaba a hablar cuando le preguntaba algo específico e incluso así, dudaba mucho al contestar, dando la impresión de que, por algún motivo, temía ser callado en cualquier momento.
—¡Casi lo olvido! ¿Por qué me llamaste «Rafe»?
Alphonse frunció el ceño, agachando la cabeza mientras llegaban, finalmente, a la calle de la casa del Emisario.
—No me molestó —aseguró Rafael, intentando animar al otro—. Por eso quiero saber.
—No… No querías decir quién eras, ¿verdad? Solo se me ocurrió, iba a saludar e irme.
—Seguro nadie ha relacionado el «Rafe» con mi nombre. ¡Qué tontos! Menos mal que no voy a la Academia.
—¿No te invitaron?
—¡Claro que me invitaron! Pero dije que no. Es lo máximo vivir en Brooklyn. Además, entreno en el Instituto de Nueva York con mucha gente genial: mi padre, tío Jace, tío Simon… a veces se nos unen tía Izzy y tía Clary… ¿Puedo pedir más? Si en la Academia lo supieran, se morirían de envidia.
Alphonse asintió, fijando la vista al frente, con una expresión soñadora en el rostro, una que decía que, si él pudiera entrenar con los mencionados héroes de guerra, se le estaría concediendo un deseo que haría lo posible por no arruinar.
Por alguna razón, Rafael sintió un nudo en garganta al verlo.
—Supongo que en París entrenas en el Instituto, ¿no, Alphonse?
El nombrado asintió, ya sin ánimo. De hecho, a Rafael le dio un escalofrío la rapidez con la que su acompañante pasó de estar soñando despierto, a poner una expresión casi apática.
—Vivo allí, de hecho —confesó Alphonse en voz baja, casi como si no quisiera.
—He oído que ese Instituto es muy bonito, ¿tiene sala de música?
—Eh… Sí, que yo recuerde.
—¡Estupendo! Cuando estoy libre, hago algo de música. No es la gran cosa, pero me gusta. ¿Tú sabes tocar algún instrumento?
—No, lo siento.
—¡Ah, no importa! Entonces, ¿qué haces cuando estás libre?
Alphonse permaneció callado tanto tiempo después de esa pregunta, que Rafael temió haberlo ofendido de alguna forma. Sin embargo, se dijo que la expresión del otro era más reflexiva que molesta, así que esperó pacientemente la respuesta.
—Leo —oyó pronunciar a Alphonse suavemente, tímido, sorprendiéndose al notar que se ruborizaba—. Novelas mundanas, sobre todo. Hay algunas muy buenas.
—Vaya, eso no me lo esperaba.
Alphonse giró la cabeza, evidentemente, para no mostrar la cara.
—También salgo mucho —confesó, con el mismo tono de antes—, camino por la ciudad queriendo… esperando conocerla mejor. Es diferente según la hora o el lugar, nunca me aburre.
—Te encantaría Nueva York entonces. A veces hago eso mismo allá. Es espectacular pasar por un lugar que creías que conocías y ¡zas!, aparece algo que no habías notado.
Alphonse asintió con la cabeza, más relajado de lo que Rafael lo había visto desde que lo conoció, cosa que lo hizo observar atentamente su rostro, sintiendo que había algo diferente en él. Tardó un poco, pero descubrió lo que era y se quedó pasmado.
Alphonse estaba sonriendo y si no recordaba mal, era la primera vez que lo veía hacerlo.
Rafael tragó saliva y fue su turno de desviar la vista, sintiendo que podría hacer el ridículo si se le escapaba una lágrima. ¿Qué tenía Alphonse Montclaire que lo afectaba tanto?
Esperaba ansiosamente averiguar la respuesta.
—&—
De ser alguien más su acompañante, Rafael se habría reído de su expresión de asombro al ver quiénes lo recibían en casa.
—Rafael, ¿quién es ese encantador muchacho que te acompaña?
—Es un amigo nuevo, papá. Alphonse Montclaire. Está en la Academia.
—¿La Academia? ¿Ese vejestorio?
—Yo no voy allí ni muerto.
—Algo difícil en tu caso, Max, ya estuviste allí.
—No me lo recuerdes.
—En fin… Alphonse, él es mi otro padre, Magnus, y mi colorido hermano pequeño, Max.
—¡Oye! ¿Por qué dices eso de mí?
—¿Acaso es mentira?
—Bu… Buenas tardes, señor Bane… Max…
—¡Vaya, un nefilim joven y con modales! No se ven todos los días. Puedes llamarme Magnus, galo.
—¿Galo? ¿De qué hablas, papá?
—¡Rafael no repasa Historia lo suficiente!
—¡Cállate Maxwell, o te haré puré de arándanos en el próximo entrenamiento!
—Viene de los pueblos galos, algunos de ellos asentados en Francia.
La explicación de Alphonse cortó en seco la desordenada conversación de los Lightwood–Bane, que enseguida miraron a su invitado fijamente. Alphonse, como intuyó Rafael, no tardó en apretar los labios y desviar la vista.
—Tu nuevo amigo es muy instruido, hijo —apuntó Magnus Bane, complacido—. Espero que aprendas eso de él, puede ser muy útil.
—No te preocupes, eso ya me lo echó en cara. Sin querer, claro. Es la primera vez que me recomendó una espada ¡y acertó por completo! ¡Ya sé cuál pedir para mi cumpleaños!
—Un conocimiento muy estimado entre los tuyos, me imagino, Alphonse Montclaire.
Alphonse se encogió de hombros, haciendo ademán de meter las manos a los bolsillos de la chaqueta, pero arrepintiéndose en el último minuto.
—Hace mucho que no voy a París —comentó el brujo mayor, ignorando las muecas de incredulidad de sus hijos—. No para un asunto oficial, al menos. ¿Quiénes son los líderes subterráneos ahora, muchacho?
Rafael casi se dio una palmada en la frente. Su padre brujo no veía bien que los cazadores de sombras ignoraran ciertos asuntos subterráneos. Si Alphonse no contestaba la pregunta como Magnus Bane esperaba, seguro le haría la comida insufrible.
—Eh… No los conozco…
En serio Rafael quiso golpearse contra algo. Alphonse ya empezaba mal.
—… No en persona, al menos. Memoricé sus nombres. La Gran Bruja es madame Soleil Glace y casi no sale en público. Monsieur Roux… Yves Roux, es jefe de la manada de licántropos, un médico y tiene un consultorio propio, por eso puede cerrar en luna llena sin levantar sospechas. Y también… Bueno, a monsieur Sangbleu… Se llama Claude… Monsieur Sangbleu es el líder de los vampiros y está casi todas las noches en el Moulin Rouge, allí no puedo entrar siendo menor de edad… Y había un contacto hada, pero desapareció desde hace tiempo, y con la Paz Fría en vigor, en el Instituto no se preocuparon por saber si los subterráneos buscaron un reemplazo.
—¿En serio? ¿Y quién es el director de tu Instituto, a todo esto?
—Ah… Monsieur Beauvale. Jean–Luc Beauvale. Reemplazó a madame Verlac, Eloide Verlac, hace ocho años, más o menos.
—No he conocido a muchos Beauvale ni a muchos Verlac —admitió Magnus, impasible—. Tampoco a muchos Montclaire, ahora que lo pienso. ¿Siempre ha sido tu familia de París?
—Eh… Yo nací allí, pero… Mi padre… Oí que mi padre era de Lyon.
El silencio cayó pesadamente entre ellos, lo cual Rafael lamentó profundamente. Mientras su padre brujo y su hermano intercambiaban miradas, Alphonse de alguna forma parecía querer esconderse en sí mismo. Rafael fue capaz de notar que evitó por todos los medios no llevar una mano a su capucha, seguramente queriendo ocultarse en el interior de la misma hasta que algo hiciera que se olvidaran lo que había dicho… y si era posible, de él.
En vista de las circunstancias, Rafael intentó algo de lo que mejor se le daba.
—Papá, ¿alcanzamos Al y yo a pedirte un postre?
—¿Para la comida? —gracias al Ángel, su padre pescó la idea al vuelo, por lo cual Rafael tomó nota mental de agradecérselo más tarde—. Sí, aún me falta esa parte. ¿Qué van a querer?
—¿Puedes conseguir de esa tartaleta de nuez y crema batida de hace dos días?
—Claro, pero la mitad del costo saldrá de tu mesada. Ya sabes, regla de tu padre.
—Sí, sí. ¿Tú qué quieres, Al?
Hasta que Alphonse le dedicó una mirada confundida, Rafael cayó en la cuenta de cómo lo estaba llamando. Se le había ocurrido sin más, con la vaga sensación de que algo en su propio nombre lo aterraba y lo mortificaba, así que quería darle a entender que con él estaría bien, porque no tendría que oírse llamar como de costumbre. Optó por lo más simple, dos letras que esperaba le hicieran llegar un mensaje sincero y duradero.
"Quiero ser tu amigo, Al. Acéptame y nunca te voy a fallar."
—Puedes pedir lo que quieras, jovencito —aseguró el Gran Brujo
—No quiero causar molestias, señor Bane, yo…
Rafael adivinó lo que su padre iba a decir justo a tiempo para pararlo con un ademán. Quizá Alphonse declinara el postre si oía algo como que siempre le ofrecían lo mismo a los «invitados distinguidos» o «invitados de honor».
—Yo… Una vez probé… —parecía costarle un enorme esfuerzo, pero Alphonse logró seguir, aunque en voz baja—. ¿Crème brûlée?
—¡Oh, sí, una delicia! ¿Recuerdas dónde la probaste?
Alphonse negó con la cabeza, sin mirar a nadie.
—Bueno, conozco un par de sitios donde es una maravilla y a nadie le importará si se pierde una. Vayan a pasar el rato, chicos, pero nada de desastres. Rafael, ¿qué estaba haciendo Alexander cuando lo dejaron?
—Lo abordó la decana Beausejours para no sé qué asunto.
—Entiendo. Comemos en una hora. Bienvenido otra vez, Alphonse.
El nombrado, tras dar un respingo, asintió e hizo una inclinación de cabeza antes de que Rafael lo llamara.
—¡Al! ¡Vamos a enseñarte algo genial!
Sin esperar respuesta, Rafael tomo de un brazo a Alphonse, quien lo veía con los ojos muy abiertos y en el primer segundo del contacto, intentó zafarse con cierta brusquedad.
Rafael sintió que se anotó un punto cuando Alphonse, después de eso, solo se dejó guiar. En parte se le seguía viendo cuidadoso y callado, pero eso podía arreglarse con el tiempo.
Esperaba que después de ver aquello, Alphonse quisiera seguir siendo su amigo.
—Max, Al también lee novelas mundanas —comentó animadamente.
—¿De verdad? —la azulada cara de Max se giró hacia Alphonse, quien lo vio un segundo directamente antes de mover ligeramente la cabeza, fijando los ojos un poco más arriba de un hombro de Max—. ¿Cuál fue la última que leíste?
—Eh… Fue Vientos de Invierno. Tal vez no sepas…
—¡La saga de Martin! ¡Claro que la conocemos! ¡Es espectacular! ¿Verdad, Rafael?
—Sí, es de los pocos libros mundanos que nos gustan a los dos. ¿Cuándo lo acabaste?
—Pues… el mes pasado, antes de los exámenes teóricos. Tenía que ponerme a estudiar.
—Entonces, debes querer leer el libro que te falta, ¿no?
La pregunta de Max era de lo más inocente, pero por la expresión de Alphonse, Rafael temió que la respuesta no fuera tan simple.
—Eso… El libro no lo tengo. Espero que… En París hay… En un café a veces puedes pedir libros prestados y me queda de paso cuando hago patrullas, tal vez…
—Podemos prestártelo nosotros, ¿verdad, Rafael? Lo leímos hace meses.
—Pero eso…
—Por nosotros no hay problema. Podemos llamarte o mandarte un mensaje de fuego cuando vayamos a París y entonces nos lo devuelves.
Alphonse negó con la cabeza, por lo cual Max miró a Rafael un poco preocupado. Claro, su hermano ya había notado lo mismo que él poco antes, que el chico Montclaire no parecía aceptar los favores, pero no por orgullo o desdén. Ambos hermanos, sin saberlo, llegaron a la misma conclusión: Alphonse Montclaire les gustaba y harían cualquier cosa por demostrárselo.
Eso tuvo su recompensa al abrir las puertas de la biblioteca y ver su expresión maravillada. Si por ellos fuera, lo dejaban allí para siempre.
—Es grandioso —susurró Alphonse en francés.
Tal vez Rafael y Max no entendieron las palabras, pero sí el tono de las mismas.
De momento, no podían pedir más.
—&—
—Creo que ya sé qué pasó con tu amigo.
Cuando su padre Alexander lo miró diciendo eso durante la cena, Rafael frunció el ceño.
—¿Hablas de Al? —quiso confirmar.
—Sí, de Alphonse Montclaire. Magnus, ¿recuerdas que Jem nos contó de un difunto al que presentó sus respetos después de la batalla de la Ciudadela?
—Ah, sí —para asombro de Rafael, su padre Magnus no sonreía, quizá porque el recuerdo no era muy agradable—. Un chico que tuvo que matar a su parabatai, ¿no?
Rafael sintió un escalofrío. Recordó la historia, más que nada porque llamaba su atención todo lo relacionado con los parabatai. Aparte de que su padre cazador de sombras fuera uno, Rafael tenía la ilusión de llegar a ser uno, aunque aún no había encontrado a nadie para ello.
—A quien Jem presentó sus respetos fue a Edward Longford. Se suicidó luego de matar a su parabatai Oscurecido, Jérôme Montclaire.
—¿Montclaire? Alexander, ¿no irás a decirme que…?
—Alphonse Montclaire tiene libres los últimos días del curso en la Academia, lo que significa que terminó su segundo año y con honores, además. Se nota que es demasiado modesto como para exigir un reconocimiento, pero lo más lógico era que el Escolamántico le hubiera ofrecido un puesto y no fue así. Amy asegura que al muchacho le falta carácter, ya que apenas habla o se relaciona con sus compañeros, pero nosotros ya vimos que es educado, inteligente y no sé ustedes, pero a mí me da la sensación de que se puede confiar en él.
—A mí también —dijeron Rafael y Max a la vez, mientras Magnus asentía.
—Pues bien, logré que Amy me contara que, en realidad, el nombre de Alphonse fue sacado de la lista de alumnos presentada al Escolamántico, por petición del Instituto de París.
—Ah, lo quieren de vuelta en casa —dejó escapar Magnus, aliviado.
—No precisamente. Amy me dijo que en su Instituto recomendaban que Alphonse se quedara en la Academia otro año, debido a sus problemas de conducta.
—¿Problemas de…? ¡Tiene que ser una broma! ¡Hablaste con él sentado a esta mesa, Alexander! ¡Tú mismo viste el buen chico que es!
En silencio, Rafael estuvo de acuerdo con su padre brujo. A la hora de la comida, tras pasar casi una hora juntos en la biblioteca, Alphonse pareció relajarse lo suficiente como para intervenir en la conversación y responder a todo lo que le preguntaron, aunque parecía tener especial cuidado cuando el tema era él mismo y su vida en París.
—Cuando hablé con Amy, apenas lo había tratado por unos minutos, pero tienes razón. Le aseguré a ella que no había sido lo mejor para el chico, además de recordarle que la lista del Escolamántico tomaba en consideración el desempeño en la Academia, nada más. Entonces me enteré de quién era Alphonse y que lo de sacar su nombre de la lista fue un favor personal de Amy para la persona del Instituto de París que lo pidió, un tal Antoine Verlac.
—Cuando creo que los cazadores de sombras han avanzado un poco, me topo con estas cosas. ¿Y qué más te dijo la decana?
—Que al chico se le invitó a volver el año siguiente, pero no ha decidido si lo hará o no. No parecía muy contenta. Cuando le pregunté qué opinaba ella en lo personal, no supo contestar. Ha debido regañarlo algunas veces, porque los profesores se quejaron de él, pero como Alphonse se quedaba callado, lo dejó por imposible.
—¿Qué queja podrían tener de ese muchacho?
—Una era su falta de cuidado. Hace unos días tuvieron un entrenamiento en combate especialmente duro, y su compañero de práctica le lesionó un brazo. Mayhew no lo mandó a la enfermería hasta que fue evidente que Alphonse no llevaba la estela con él y…
—¿Y qué?
—Y nadie le ofreció la suya, o a hacerle una iratze. Amy cree que fue porque se enteraron de que Jérôme Montclaire era su padre, a lo cual le aseguré que era una estupidez, ¿qué culpa tiene Alphonse de lo que le pasó a su padre o al parabatai de él? Fue cuando dejamos el tema… Bueno, yo lo dejé y regresé a casa, porque quería confirmar por mí mismo que se equivocaban con él. Y tuve razón. Me avergüenza ser cazador de sombras justo ahora…
Mientras sus padres seguían conversando en voz baja, Rafael sintió que se le iba el apetito. Con lo que había oído, parecían explicarse muchas cosas del comportamiento de Alphonse, de todo aquello que hacía y decía con tal de no ser notado para que no lo juzgaran por lo que no era, aunque sus esfuerzos eran en vano. No parecía tener cabida en ninguna parte a menos que le resultara útil a alguien y semejante pensamiento lo llenó de indignación.
Iba a hablar seriamente con Alphonse antes de dejar Alacante. Sin ninguna duda.
—&—
La cena en la Academia, para Alphonse, tuvo un sabor amargo esa noche.
Se resistía cuanto podía, pero no dejaba de recordar lo sucedido con la familia del Emisario. Había visto escenas de parientes charlando y hasta discutiendo, pero jamás odiándose… y siempre sin estar él incluido. Temió que le reprocharan el haber intervenido, más cuando lo hacía con datos que no venían a cuento, pero para su sorpresa, al oírlo lo observaron como esperando que hablara más. Habría querido preguntarles por qué, pero no se atrevió.
La biblioteca le había gustado, lo admitía. Según lo que le explicó Max Lightwood–Bane, parte de la colección ya estaba en la casa cuando se la concedieron a su padre, mientras que el resto era de la familia. Surgió en su mente la duda sobre quiénes eran los anteriores dueños, pero la guardó para sí. Quizá en alguna parte de los archivos del Gard podría investigarlo, cuando fuera adulto y si no había olvidado el asunto.
Menos mal que no surgió durante la comida esa parte suya, la de interesarse por detalles insignificantes. En ese caso, lo más probable era que hubieran dejado de prestarle atención, cosa que no sabía que le gustaba obtener, hasta que consiguió un poco.
¡Vaya iluso era! ¿Cuándo iba a aprender? La atención tenía un precio. La atención rara vez era simple y sin intenciones ocultas. La atención no era para él.
Sin embargo, veía por todas partes que la gente era notada, así que no podía evitar el anhelar algo así para sí mismo. Tal vez Antoine y Simone no fueran de su completo agrado, pero a Suzzy la atendían bien, así que algo bueno tenían. Echaba de menos París, en el sentido de que era un sitio conocido, donde sabía qué esperar y cómo actuar, por eso la Academia había sido un reto los primeros meses, más aún cuando algunos profesores expresaron su interés en él.
Eso sí que fue extraño. Había hecho lo mismo de siempre, atender las lecciones y tomar notas, para después poder hacer correctamente los trabajos escritos sin necesidad de consultar a los profesores; por otro lado, en los ejercicios físicos seguía con la mirada todo lo que el señor Mayhew explicaba, con la intención de poder aplicarlo más tarde. Estaba tan acostumbrado a trabajar en silencio y sin causar problemas, que lo asustó un poco el que los profesores comenzaran a llamarlo con cierta frecuencia, haciendo preguntas sobre sus trabajos y sus movimientos, para las cuales dio respuestas que, suponía, no los dejó muy contentos, a juzgar por sus ceños fruncidos. Poco a poco, logró acostumbrarse a los repentinos cuestionamientos de los docentes y los respondía lo mejor que podía, porque allí, a diferencia del Instituto donde creció, sí parecían escucharlo.
Tal vez por eso había sentido la necesidad de decir aquellas cosas en casa del Emisario. Como las sabía y en la Academia no había problema en que las mencionara, se atrevió a hacerlo, olvidando por un momento que era solo un invitado y en realidad, nadie había pedido su opinión. No es que pudieran culparlo: nunca antes había sido el invitado de nadie.
Además, no tardarían en saber quién había sido su padre y harían como todos los demás.
Sus pensamientos eran más caóticos en ese momento, en parte por los sucesos del día, en parte por la mano derecha. Ya no dolía tanto, gracias al Ángel y a la runa de Rafael, pero seguía sintiendo cierta molestia que le impedía sujetar objetos de forma adecuada. En ese momento, manipulaba el tenedor con la izquierda, pero había sido una odisea cortar el filete de su plato, aunque lucía tan pequeño.
La runa… No, no debía acordarse de la runa, o querría llorar. No debía pensar en la runa, o querría pedirle otra a Rafael, aunque no la necesitara. No debía pensar en la runa, o renegaría por enésima vez de sí mismo, porque no era un cazador de sombras normal.
Tal vez lo mejor sería olvidarlo todo, pensó. Evitaría Alacante todo lo que pudiera, aunque al día siguiente intentaría de nuevo hallar la tienda de la que oyera hablar a unos chicos mayores el año pasado, donde se suponía que podría encontrar una estela. En fin, si no podía evitar Alacante, esquivaría siempre la dirección del Emisario, no podía ser tan difícil.
Sí, debía empezar a olvidar a los Lightwood–Bane, para que el vacío de la pérdida lo asaltara lo antes posible, antes de olvidarlo también.
Era una lástima, en realidad. Todos, y en especial Rafael, le habían caído bien.
Era una lástima, porque seguramente a él ya lo habían olvidado.
