IV. That due to thee, wich thou deserv'st alone.

Rafael no perdió tiempo al día siguiente, a menos que se considerara como tal el desayunar lo primero que encontró. Después, dejó una nota en casa avisando que había salido y que procuraría regresar a la hora del almuerzo.

Alacante brillaba a la luz de las últimas linternas, pues apenas amanecía. Rafael no solía ponerse en movimiento tan temprano estando allí, pero en esa ocasión lo necesitaba. Tío Simon le había dicho una vez que, en algunas ocasiones, cuando tu cuerpo se concentraba en algo, tu mente hallaba respuestas que la esquivaban. Ya había comprobado antes que eso era cierto, así que nada le costaba volver a intentarlo.

Usando ropa deportiva azul marino, una gorra y tenis, empezó a caminar por la Ciudad de Cristal, aunque media hora más tarde ya estaba corriendo. No llevaba prisa, solo iba a buen ritmo, recorriendo calles que reconocía de otras visitas y hallando algunas que para él eran nuevas.

Mientras los edificios pasaban a su lado de forma borrosa, recordó a Alphonse y todo lo que sabía de él, frunciendo el ceño a medida que combinaba eso con lo que su padre Alexander había averiguado. Se detuvo segundos después y sacudió la cabeza. Sentía que el enfado volvía a él, siendo lo que menos quería en ese momento. Si algo había aprendido de sus padres era que, al hacer algo parecido a lo que él pretendía, no debía perderse la calma.

Miró a su alrededor. Para su asombro, había llegado a la Plaza del Ángel. Contempló a su derecha la fachada del Salón de los Acuerdos y a su izquierda, medio escondida, la sencilla casa que le habían concedido a tío Simon en Alacante. Sintió ganas de reír cuando recordó que tío Simon apenas si viajaba a Idris y, por lo tanto, cuando él y su familia llegaban, pasaban más tiempo poniendo todo en orden que disfrutando del lugar.

Observando la casa de los Lovelace, Rafael sintió ganas de verla más de cerca. Sabía dónde escondían la llave de repuesto, podía entrar incluso, si quería. Sin embargo, no dio ni dos pasos cuando algo en su visión periférica lo hizo regresar los ojos al Salón de los Acuerdos.

Delante de la puerta, estaba de pie una delgada figura ataviada con una chaqueta verde.

Rafael no supo si agradecer al Ángel su suerte o no, pero no pensaba desaprovechar la oportunidad. Se acercó con calma, notando que aquella persona, pese a tener las manos en los bolsillos de la chaqueta, no se veía tensa ni triste. ¿Se podía saber eso por la postura? Rafael sostenía que sí ante quien lo pusiera en duda y hasta la fecha, nadie había podido rebatirlo.

Por si las dudas, decidió saludar de forma diferente a como acostumbraba: más tranquilo, casi en un murmullo.

—¿Al? ¿Eres tú?

Cuando la figura movió la cabeza en señal de afirmación, algo en Rafael se sobresaltó, como cuando daba un paso en falso en algún entrenamiento, previo a un golpe particularmente doloroso.

—Justo estaba acordándome de ti —indicó, viendo también el Salón de los Acuerdos, aunque movía los ojos a donde debía estar el rostro de Alphonse Montclaire bajo la capucha—. No te agradecí que vinieras a comer con nosotros, ni te pregunté si podíamos vernos de nuevo.

—No… no te preocupes. Yo… La verdad, no estaba seguro de haberlo hecho bien.

—¿Hacer bien qué?

—Eh… En París no… Lo siento, es que fue un poco raro.

Rafael no acostumbraba a esperar por las respuestas de la gente, a excepción de su padre cazador de sombras, que era asaltado por la timidez tratando ciertos temas. Sin embargo, en lugar de impacientarse, se quedó muy quieto, queriendo que Alphonse entendiera que no tenía prisa por saber lo que sea que estuviera por decirle.

Ciertamente hizo bien, porque lo que oyó a continuación puso a prueba su paciencia.

—Nunca me habían invitado a comer, así que… Es decir, he leído lo que pasa, pero…

—¿Dónde has leído eso?

—En novelas, aunque… Una vez hallé un manual de etiqueta en la biblioteca del Instituto y…

—¿Para qué leíste un manual de etiqueta?

—Creí que tal vez… A veces hacen cenas formales en el Instituto y pensé que, si llegaban a invitarme, debía ir preparado.

—Espera, si hacen esas cenas formales en el Instituto, y tú vives ahí, ¿por qué no te invitan? ¿Acaso son por asuntos oficiales? Tío Jace ha organizado algunas y son muy aburridas, pero mi padre me hace ir de vez en cuando, para aprender cómo son, porque en un futuro lo puedo necesitar.

—No lo sé. Nunca he estado en ninguna. Cuando las organizan, Normalmente estoy en una patrulla.

—¿Normalmente?

El giro que acababa de tomar la conversación le gustaba a Rafael cada vez menos.

—Si me envían a patrullar, no me importa —aseguró Alphonse con una ligereza que sonó terriblemente fingida—, porque puedo pasar por algo a L'Étoile… Es un café de subterráneos… Con un glamour puedo entrar y salir sin problemas, a menos que haya brujos o hadas… y como sé a qué hora terminan las cenas, solo vuelvo después de que todos se vayan a dormir…

—¿Qué dicen tus compañeros?

—¿Mis compañeros?

—Sí, ¿qué dicen cuando se pierden esas cenas al hacer las patrullas?

—Lo siento, no te entiendo.

Rafael estuvo a punto de soltar una exclamación de fastidio, pero lo pensó mejor. Alphonse estaba inusualmente elocuente y un paso en falso podía hacer que dejara de confiar en él.

—Me refiero a tus compañeros de patrulla —aclaró.

—¿Compañeros de…? No hago patrullas con nadie desde hace más de un año.

—¿No? Espera, ¿cuántos años tienes?

—Yo… Casi quince.

En esa ocasión, Rafael estuvo a punto de gritar, pero recurrió a toda su fuerza de voluntad para controlarse.

—A mí todavía no me dejan hacer una patrulla solo —logró comentar.

—Debes ser muy bueno, supongo.

—¿Por qué crees eso?

—Porque deben temer que te pase algo malo si vas solo.

Las palabras reverberaron en la mente de Rafael por segundos que parecieron larguísimos, porque algo en ellas chocaba dolorosamente con sus propias ideas. Tardó un poco, pero cuando descubrió lo que era, sintió unas ganas enormes de estrenar los shuriken que comprara días atrás.

Por un milagro, logró controlar su indignación de nuevo y decidió regresar un par de puntos en aquella conversación.

—Oye, y si tienen una de esas cenas que decías y no te mandan a patrullar, ¿qué haces?

—Esperar en mi habitación.

—¿Esperar qué?

—A que pueda ir por algo de cenar.

—¿Qué?

Rafael lamentó haber dejado escapar esa exclamación, pues Alphonse dio un respingo y se apartó de él un paso. Sin embargo, era imposible que se quedara callado.

—¿No te invitan a las cenas formales y cuando te mandan a tu habitación no te dejan cenar antes? ¿Es en serio?

—No exactamente. Yo… suelo cenar cualquier cosa, antes de que se sienten a la mesa del comedor, pero cuando ofrecen una de esas cenas, ocupan la cocina desde un par de horas antes, así que… —Alphonse encogió los hombros con forzada despreocupación—. Normalmente no es tan malo. No sé qué hagan en esas cenas, pero dejan una parte de la comida. Si tomo un poco de todo, no les importa después.

—¿Por qué no tendrían que importarles? La comida de un Instituto es de todos los que viven allí, ¿no? Eso dice tío Jace, al menos.

Alphonse volvió a encogerse de hombros, por lo que Rafael sintió que debía dejar ese tema, o acabaría gritándole cuando no tenía la culpa de nada.

—¿Y cómo está eso de que nunca te habían invitado a comer? ¿Te refieres a alguien famoso como mi padre?

—No.

—¿Entonces?

—Eso… Creo que… Tal vez no me invitan porque no soy interesante. Casi no hablo y me la paso en mi habitación, en entrenamientos, en la biblioteca, en patrullas o… o paseando.

Lo último Alphonse lo dijo en un susurro tan bajo, que Rafael apenas le entendió, pero como sí lo hizo, la furia amenazó con hacerlo vociferar. ¿Alphonse no era interesante? ¿Estaba hablando en serio? Si el joven Montclaire no era interesante, Rafael era la persona más callada del planeta.

—¿De dónde sacaste eso? —quiso saber.

Agachando la cabeza, Alphonse sacó las manos de los bolsillos de la chaqueta y entrelazó los dedos. Rafael había pensado que las manos de ese chico tenían algo de peculiar, pero no atinó a saber qué, hasta que estuvo en su casa el día anterior: sus dedos eran largos y finos, su padre brujo los llamaría «de artista», de alguien que podía crear con delicadeza y precisión. Ni siquiera las afeaban los rastros de viejas Marcas y la runa de Clarividencia en el dorso de la diestra, al contrario: daban la impresión de que su dueño sabía lo que era trabajar duro y al mismo tiempo, encontrar la belleza en lo más inesperado.

Aunque no sabía bien de dónde le había surgido esa idea, Rafael sabía que era verdad en el caso de Alphonse. Se quedó viendo aquellas manos un largo rato, con los dedos entrelazándose y soltándose una y otra vez, con lentitud, por lo cual fue que notó algo.

—¿Qué te pasó ahí?

—¿Eh?

Rafael, olvidando sus precauciones, estiró una de sus propias manos con rapidez y sujetó con cuidado la muñeca derecha de Alphonse, quien por lo que notó, apretó con fuerza los labios.

Diciéndose que se disculparía en un segundo, el joven Lightwood–Bane usó su agarre para acercarse la mano del otro a los ojos. Los dedos parecían estar bien, pero aún así…

—¿Puedes cerrar esta mano, por favor?

—¿Por qué…?

—Por favor, hazlo.

Suspirando con abatimiento, Alphonse obedeció y fue cuando Rafael confirmó lo que creyó haber visto antes.

El meñique derecho no se doblaba por completo. Volvió a acercarse la mano a los ojos, detectando así la sombra de un moretón en la palma, con la parte más oscura del lado del meñique. Debido a la experiencia, juraría que ese moretón originalmente era más amplio… y que, si hubiera tenido una iratze en el golpe al instante, ya no le dolería.

—Esto no fue de ayer, ¿verdad?

—No, fue…

—¿Por qué no te has hecho una runa?

—Yo…

—Espera, deja saco la estela, debo traerla por…

—Rafe, déjalo.

El que Alphonse usara el apodo que le había dado, hizo que Rafael detuviera de golpe sus movimientos y lo mirara con desconcierto. Ciertamente Alphonse podía ser firme y seguro cuando se lo proponía, ¿pero para no querer una iratze?

—Yo… Por favor, préstame tu estela.

Sin comprender a qué venía la petición después de haberle pedido que no insistiera, Rafael obedeció y sacó el instrumento de un bolsillo. Respirando hondo, Alphonse sujetó la estela, la movió repetidamente en la mano izquierda, en ademán de acomodarla mejor entre sus dedos, y se acercó la punta de la estela a la cara interna de la muñeca derecha.

Rafael había visto muchas veces a su tío Jace trazar runas, sobre todo de pequeño, que estaba muy intrigado por su elegante y curvilíneo método, realizado con una mano distinta a la que usaba él mismo para casi todo. Le explicaron entonces, de la forma más simple posible, que la mayor parte de las personas son llamadas diestras por usar la mano derecha de manera casi exclusiva; igualmente, a los que usaban la izquierda como tío Jace se les conocía como zurdos. Sin embargo, decía su padre brujo, había una cantidad muy pequeña de personas que podían emplear de manera indistinta las dos manos, aunque casi siempre se iba a notar la preferencia de una sobre la otra. A quienes usaban ambas manos se les llamaba ambidiestros y debía uno ser demasiado observador para darse cuenta, además de que su padre brujo, medio en broma y medio en serio, declaró que los pocos ambidiestros que había conocido tenían habilidades extraordinarias, tanto físicas como mentales, porque no veían el mundo de una sola manera, aunque como también aclaraba, esa era su teoría y podía no ser la verdad.

Recordar esa perorata sobre las manos dominantes, hizo que le diera la razón a su padre Magnus. Veía el delicado trazado de Alphonse de una iratze con la mano izquierda, cuando la runa de Visión indicaba que su mano dominante era la opuesta.

—¡Vaya! No sabía que podías usar la estela con esa mano.

—Yo… No es gran cosa.

—Si no puedes usar tu mano dominante, sí es la gran cosa. Yo no creo poder usar la mano izquierda si tengo lastimada la derecha.

—Es costumbre, supongo.

—¿Costumbre?

Alphonse terminó la runa, la cual Rafael miró con atención por unos segundos. Esta vez no hubo dudas: delante de sus ojos, el trazo se difuminó demasiado rápido, demasiado pronto…

¡Diablos…! —masculló.

Por toda respuesta, Alphonse le devolvió la estela, bajó las manos y las hundió de nuevo en los bolsillos de la chaqueta.

—Cuando era pequeño, una vez… Tuve la mano derecha inútil por unos meses —la repentina confesión le causó a Rafael un vacío terrible, similar a cuando comenzaba a sentir náuseas… lo que, por cierto, no era común en él—, así que debí arreglármelas con la izquierda. Fue… fue más sencillo de lo que esperaba, creo que siempre pude hacerlo, aunque nunca lo había necesitado y por eso no me daba cuenta.

—¿No te podían curar la mano con runas?

—Aún no tenía la primera siquiera.

Eso debió ser doloroso, pensó Rafael absurdamente. Doloroso y cruel.

—¿Qué Hermano Silencioso no podía curar eso? —espetó de pronto.

—¿Hermano…? No, no fue ningún Hermano.

Definitivamente Rafael quería estrenar sus shuriken. A duras penas, logró respirar hondo.

—¿Entonces quién te curó la mano?

—Yo… en primer lugar no sé, me desmayé. Después… Después me enviaban con alguien que seguramente era subterráneo, porque no hizo preguntas de una herida así en un niño de siete años, solo hacía lo suyo y ya. No vi a un Hermano Silencioso hasta que casi me curaba y el que fue me dijo que… Fue raro, dijo que iba a encargarse de todo, pero… ¿Creerás que se oía un poco enojado? Nunca me he topado con un Hermano Silencioso que se enfade.

De repente, a Rafael le urgía no seguir escuchando a Alphonse. No porque dejara de importarle, sino porque estaba tan afectado que necesitaba un poco de tiempo para asimilarlo. Temía decir o hacer algo equivocado si no se calmaba y era lo último que quería, sobre todo con Alphonse confiando tan de repente en él.

Aunque le doliera, debía preguntar una cosa. Preparado para lo peor, carraspeó.

—Al, me alegra mucho que me contaras todo eso, pero ¿por qué ahora? ¿Por qué a mí?

—¿Te alegra? ¿En serio? ¿No deberías estar volviendo a casa? ¿No quieres olvidar?

—¿Olvidar qué?

Definitivamente algo pasaba y Rafael no pensaba irse hasta descubrirlo.

—Es en serio, me alegra —reafirmó, apartándose un poco solo para erguirse en toda su estatura—. Quiero que seamos amigos, Al. De esos que pueden contarse todo, cualquier cosa, porque sabes que el otro no te va a ver mal ni te va a ignorar. No me preguntes por qué, solo sé que es así. Quiero… Quiero que cuentes conmigo, ¿de acuerdo? Me agradas y haría lo que fuera…

—No —Alphonse meneó la cabeza e hizo una mueca adolorida—. No digas eso.

—¿Por qué? ¡Es la verdad!

—No es posible, así que déjalo.

—¿Dejar qué?

—¡No te burles de mí! Quizá sea tan poca cosa como todo el mundo cree, ¡pero no soy estúpido! Deja de ser amable conmigo, déjame en paz para olvidar estos días y que ya no duela…

El muchacho se había puesto de nuevo de cara al Salón de los Acuerdos, pero inclinaba la cabeza y con la mano derecha, tiraba del borde superior de la capucha, con el único fin de cubrirse el rostro lo más posible. Desde su posición, Rafael alcanzó a ver, estupefacto, que la iratze en su muñeca ya era solo otro débil recuerdo de una Marca. ¿Por qué no había durado?

—¿De verdad eso quieres? —logró preguntar en cambio—. Porque si es así, lo haré. Me voy a ir y no volveré a pensar en el chico alto, torpe, amable y listo que me animó en Alacante como hacía mucho que no pasaba. ¿Crees que no estoy asustado por haber hablado con un extraño de cosas que no les he dicho a mis padres o a mi hermano? ¿Crees que no me esfuerzo al hacerme a la idea de que me agrada alguien a quien no conozco, por algo que no comprendo?

—Rafe…

—¡Y eso! ¿Sabes que no quise que nadie me llamara así desde que era pequeño? Antes lo hacían, pero recordé… Antes de mi familia, solo algunos mundanos me llamaban «Rafe», Al, lo hacían para que me acercara a ellos y me aterraba, porque no sabía si se iban a burlar de mí, o me darían una paliza, o me iban a drogar para...

La cara pasmada de Alphonse le caló a Rafael, como cuando era niño y no acababa de creerse que tendría una familia de verdad, que lo cuidaría y lo amaría aún con el más extraño rasgo que resultara tener. Empezaba a comprender, aún más, lo que quizá Alphonse pensaba, su verdadera intención al ser tan sincero poco antes y eso le dolió tanto como si lo apuñalaran.

—Si querías asustarme, perdiste el tiempo —afirmó, con expresión resuelta—. Puedo jugar al mismo juego que tú, pero no quiero que sepas de mí así. Más vale que te vayas creyendo que quiero que seamos amigos, porque no te dejaré en paz hasta que lo hagas. Y cuidado, porque tengo al Emisario y a dos brujos de mi parte, ¡les caíste tan bien que quieren verte otra vez! Quedaría muy mal si les dijera que peleamos por exceso de confianza. ¡Diablos!, si hasta suena ridículo cuando lo digo, ¿no crees?

Rafael temió haberse excedido cuando Alphonse alzó la cara con brusquedad, aunque no podía ver su expresión.

Lentamente, Alphonse llevó su diestra a la capucha, tironeó de ella un momento, como poco antes, para luego echarla hacia atrás. Lo primero que notó Rafael, increíblemente, es que el sol se estaba elevando. El detalle se reflejaba en los ojos de Alphonse, que destellaron debido la luz y a las lágrimas que obviamente estaba conteniendo. El cabello, tan negro como una runa, se hallaba aplastado, cual vago reflejo del pesar de su dueño, quien se esforzaba por todos los medios para no dejar de mirarlo.

Eso convenció a Rafael de que había ganado la partida. Alphonse ya no quería fingir que lo veía a la cara, sino que quería hacerlo de verdad. Saber lo que le estaba costando le causó un nudo en la garganta, porque se acordaba perfectamente de lo que era dar tu confianza a alguien aún temiendo, absurdamente, que al final fuera en vano.

¡Por el Ángel que iba a asegurarse que Alphonse no se arrepintiera!

—&—

—Rafael Santiago Lightwood–Bane, dijiste que estarías de regreso a la hora del almuerzo. ¡Del almuerzo! ¿Por qué tardaste tanto?

—Papá, eso…

—Lo siento, señor Bane. Eso es culpa mía.

—¡No digas tonterías, Al! Debí haberme acordado de mi propia nota.

—Rafe…

—¡Basta los dos, o se quedarán sin postre! Rafael, sé que estamos en Alacante, pero como tu padre y yo hemos tenido ocasión de comprobar, eso no es garantía de seguridad. La próxima vez que desaparezcas tanto tiempo, será tu padre quien se encargue, ¿has entendido?

—¡No, papá! ¡Sabes cómo es padre! Si dice que me dará un castigo, lo hará…

—Ah, ¿y yo no?

—¡Es diferente! ¡Tú directamente castigas, sin avisar! Lo que más le gusta a padre es lanzarme de cabeza a entrenar con tía Izzy y su látigo del infierno… y desarmado. ¿Sabes lo que es intentar que un látigo de oro, plata y electrum no te despelleje vivo?

—Me temo que sí. Una vez Isabelle creyó que le hice algo malo a tu padre y vino tras de mí con ese látigo… Menos mal que aclaré el malentendido a tiempo, ese día traía un conjunto espectacular que habría quedado inservible en caso contrario.

—¡Y eso qué importa! ¡Podrías haberlo reconstruido en segundos!

—Los hechizos de reconstrucción de la materia suelen requerir gran habilidad y energía mágica, no suelen ser prácticos para banalidades.

Rafael dejó de mirar a su padre brujo cuando oyó aquello de parte de Alphonse quien, por lo visto, lo dejó escapar sin darse cuenta y por eso se sonrojaba a más no poder, desviando la vista.

—Vaya, parece que los cazadores de sombras de la flor de lis tienen unos cuantos trucos bajo la manga —comentó Magnus, con una sonrisa divertida.

—¿La flor de lis?

—La flor de lis es un símbolo asociado con Francia desde hace siglos —apuntó Alphonse, aún con el rostro girado—. Los Bellefleur la usan como emblema.

—Hacía bastante tiempo que no oía ese apellido —reconoció Magnus, pensativo—. Creo que ya no queda ninguno vivo, ¿o sí?

—No, yo… Creo que Madeleine y Juliette Bellefleur eran las últimas.

—A Madeleine la conocí, pero el nombre de Juliette no me es familiar.

—Ella vivía en Lyon, con su marido y su hijo. Murió en el año 2000, en una misión.

—Lástima. En Lyon se vive bien y la comida es excelente. ¿Has ido, Alphonse?

—No, yo… Jamás había salido de París hasta que entré a la Academia. Pero quiero ir alguna vez, para… Bueno, es algo que tal vez no… —Alphonse se encogió de hombros—. Quizá vaya cuando cumpla los dieciocho.

—¿Algo de interés para ti en Lyon?

Alphonse asintió, con las mejillas sonrojadas y la cabeza inclinada. Rafael pensó que algo se le escapaba, hasta que recordó el día anterior y creyó comprender lo que era.

—Tu padre era de allí, ¿verdad?

La pregunta, comprendió dos segundos después, fue inoportuna e hiriente. Alphonse se tensó visiblemente, apretando tanto los labios que éstos palidecieron, antes de señalar.

—Sí. El abuelo Frédérique, su parabatai y la abuela Juliette murieron allí.

—¿Juliette? —se interesó Magnus, frunciendo el ceño—. Qué coincidencia que habláramos de una Juliette y tú nos menciones a otra.

—Eso… Es que es esa Juliette. Por eso sé de ella, yo… La busqué en las genealogías.

—¿Quiere decir que eres un Bellefleur, muchacho?

—No, no creo que sea para tanto…

—Ahora me explico ese buen porte. Madeleine también lo tenía, aunque no era tan evidente. Claro, no era tan guapa como tú.

Rafael pensó que, de recibir un halago más, la cara de Alphonse estallaría, pero eso fue antes de que su amigo agachara tanto la cabeza que no se podía distinguir nada de sus rasgos.

—Mi estimado Alphonse, que te parezcas físicamente a un familiar no es para avergonzarse.

—No es… Lo siento, normalmente la gente no me lo dice así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera algo bueno. Eso… Es raro.

Rafael miró a su padre brujo con cierta alarma, a lo que él asintió imperceptiblemente con la cabeza antes de volver a hablar.

—Lo bueno o lo malo de parecerse a un pariente lo decides tú, Alphonse.

—Lo siento, es que… No las conocí y no sé qué pensar.

—No te preocupes. Que te veas como alguien más no significa que seas como ese alguien.

—¿Y si…? ¿Y si quisiera ser como ese pariente porque es buena persona?

—Entonces lo estarás honrando y eso no tiene nada de malo.

Alphonse alzó la cara poco a poco, mostrando una expresión de intensa concentración. Rafael esperaba que se estuviera tomando en serio las palabras de su padre, o era capaz de repetírselas mientras hacían algo con armas punzocortantes.

—Y si… —Alphonse titubeó, pero finalmente dijo lo que estaba rondando en su cabeza—. Y si quieres ser como alguien a quien te pareces, pero que dicen que no fue muy bueno, ¿está mal?

—Tendrías que confirmar primero si lo que dicen es verdad, ¿no te parece?

Un suspiro de profundo alivio brotó de los labios de Alphonse, quedo y suave, lo que relajó a Rafael un poco, pues inmerso en la conversación, apenas se había fijado en lo tenso que estaba.

—Bien, zanjada la cuestión, pueden ir a descansar un rato. La comida se sirve más o menos en una hora. Y Rafael, no distraigas a Max, está fabricando un conjuro.

—¿Dentro de la casa? ¿Está loco?

—Tranquilo, solo le pedí que redactara la teoría. Lo probaremos hasta regresar a Brooklyn.

—¡Menos mal! La última vez me dio un buen susto. Al, ¿quieres ver el jardín trasero?

El interpelado asintió y minutos después, ambos muchachos estaban echados en el césped, observando el cielo.

Para asombro de Rafael, no sentía la imperiosa necesidad de pronunciar palabra, como a veces le sucedía. Alphonse era una serena presencia a su lado, la cual no resultaba pesada ni hostil, sino que era un recordatorio de que no estaba solo aún en el silencio. Se preguntó qué sería tener siempre a Alphonse a su alrededor, con su tranquila forma de escuchar, su privilegiada mente, su humildad desmedida y sus enormes ganas de aprender. Igualmente, se preguntó qué podría hacer por él, por quitarle de encima esa abrumadora sensación de no encajar en ningún sitio, de ser menos que otros por lo que hicieron personas a las que nunca conoció… ¡Lo que daría porque no temiera a cosas simples que debía dar por sentadas!

—Rafe, lamento lo de esta mañana.

El aludido arrugó la frente, contrariado por perder su instante de paz, pero tratándose de Alphonse, procuró no demostrarlo.

—Yo… Tenías razón —admitió Alphonse con voz avergonzada—. Intentaba ahuyentarte. Creí que sabiendo lo que soy realmente, te irías más rápido y así, me dolería menos.

—¿Y qué eres?

Silencio. Un suspiro. Un soplo de brisa sobre sus rostros.

—Un bastardo cuyo único mérito fue el heredar el aspecto y las habilidades de su padre.

—Un… ¿Qué quieres decir? Tus padres…

—Sé quién fue mi padre, pero de mi madre no sé ni el nombre. Han insinuado que mi padre tuvo una aventura con alguna cazadora de sombras que ahora está casada y no quiere recordatorios de deslices pasados. Pero no lo creo.

—¿Por qué?

De nuevo el silencio. Una bandada de pájaros cruzando el cielo sobre sus cabezas. El ruido del césped agitado por el viento.

—¿Has visto…? Notaste lo de mis runas, ¿verdad?

—Sí. Pensé que era mi imaginación.

—Creo saber lo que es. He leído tratados al respecto. A los mestizos les afectan las runas distinto que a los cazadores de sombras normales.

—¿Crees que eres un mestizo?

—Sí. Mestizo de subterráneo, además. Solo eso explicaría que las runas que yo me hago duren tan poco y…

—¿Y?

—Es raro. Cuando… Cuando alguien más me hace una runa, siento… Cosas.

—¿Cosas como qué?

—Hasta ahora… Una frialdad como de hielo contra tu piel… También un hueco en el estómago, por culpa del asco… En una ocasión fue algo tan pesado que estuve a punto de desmayarme, era… Era lo que a veces he leído en las novelas, de cómo una persona poderosa ve a otra por debajo de su nivel social como si no valiera nada…

—¿Desprecio?

—Sí, creo que sí. Lo peor es… Todo eso es… Es lo que sienten por mí.

Ahogo en uno, miedo en otro. Silencio. De nuevo el césped movido con fuerza por el viento.

—No… Nunca se lo había dicho a nadie. Sabía que no me creerían y pensarían que tengo algo mal… Como si no fueran suficientes las demás cosas…

—¿Qué otras cosas crees que tienes mal?

—Nadie me mira a los ojos. Nadie parece querer oírme hablar. Nadie quiere prestar atención a las torpes ideas que llego a tener…

—No te ofendas, pero has estado tratando con gente estúpida. A nosotros… A mis padres, a Max y a mí… A los cuatro nos agradas mucho.

—Lo siento, no lo entiendo.

—A veces no hay que entenderlo, Al. A veces solo se siente y ya. Como lo que dices de las runas. Por cierto, yo… no te hice nada malo ayer, ¿verdad?

—No. Llevaba días adolorido, sin más remedio que aguantar la lesión del último entrenamiento… En la enfermería no me atendieron porque dijeron que debía aprender a arreglármelas con las runas, si era cazador de sombras… No encontraba mi estela…

—Momento, ¿no tienes estela?

—Ahora mismo no. No he podido reponerla, así que tendré que pedir otra cuando vuelva a París. Al menos a eso no pueden decir que no, sería contra las reglas enviarme a patrullar sin estela.

—Es contra las reglas enviarte a patrullar solo, siendo menor de edad. Podría jurarlo.

—Lo es.

—¿En serio? ¿Y no se los has dicho?

—Lo hice, y me enviaron a patrullar una semana entera, sin saltarme las prácticas y las lecciones teóricas por la mañana.

Silencio corrosivo. Brisa cálida. Cielo azul brillante.

—Estaba desesperado por quitarme el dolor —la voz de Alphonse había bajado su volumen hasta un suave murmullo, uno que le hizo pensar a Rafael, sin saber por qué, en noches al aire libre con cielos cuajados de estrellas—. Me ofreciste la estela y no podía creerlo, pero… Sabía que una runa mía no iba a conseguir gran cosa. Pero que tú te ofrecieras a hacerla… No recuerdo que me pasara antes. Por eso me arriesgué a decir que sí y sentí…

Ahogo, esta vez compartido. Una nube cubrió al sol. El susurro del césped y de los insectos.

—Era algo delicado. Cálido. Fresco. Como… como un manto cubriéndome y la sombra de un árbol sobre mi cabeza. No sé qué era, pero… La runa funcionó, se empezó a cerrar la herida, la otra lesión dejó de doler… Me avergüenza decirlo, pero… Estuve a punto de llorar, Rafe. ¿Así son las runas normalmente?

—Yo… No sé qué decirte…

Era verdad. Quitando el hecho de que jamás había escuchado algo semejante, Rafael sintió de pronto que hablaba con uno de sus primos, curiosos ante las runas que aún no tenían; al mismo tiempo, no sabía lo abrumador debía ser para Alphonse percibir todo lo que alguien sentía por él al dibujarle una runa… sobre todo si no eran sentimientos positivos en absoluto. Tan solo de imaginarlo le daban escalofríos y saber que él había sido el primero en ofrecerse voluntariamente a trazarle una runa lo abrumó, agradeciendo al Ángel que solo le hubiera transmitido cosas buenas que, aunque ni él mismo sabía explicar, eran reales.

Un giro. El sol seguía sin aparecer. Ruido procedente de la casa, pero nadie los interrumpió.

—¿Rafe? ¿Estás bien?

—Sí, solo… Un momento.

—¿Seguro? Puedo irme si necesitas…

Rafael negó con la cabeza. Era consciente del arrebato que había tenido, que podía malinterpretarse el abrazar al otro chico en la posición en la que estaban y que probablemente, Alphonse sintiera que le estaba causando problemas, pero decidió no pensar en eso. Lo único que quería era darle a entender a Alphonse que ahora contaba con él, pero como no le salían las palabras, hizo lo mismo que en ocasiones le había visto realizar a su padre cazador de sombras: dejar que sus actos hablaran por sí mismos.

—Rafe, yo…

—Lo siento, ¿te lastimé o algo?

—No, solo… Antes de irme…

—¿Irte? No hemos comido.

—Me refiero a más tarde.

—¡Ah, eso! ¿Qué pasa?

—Antes de irme, quizá… ¿Podrías…? ¿Sería mucha molestia si…?

—¿Quieres que te haga otra runa?

—Si no quieres… Espera, ¿dibujarla?

—Sí, ¿por qué? ¿No era eso?

—No, lo siento. Solo… Iba a pedir prestada tu estela.

Rafael se enderezó y se sentó, con las piernas cruzadas y pasándose una mano ferozmente por el cabello, en actitud frustrada.

—¿No quieres que haga la runa yo, Al? —inquirió, repentinamente dolido.

—No es eso.

—Por favor explícame, ¿sí?

—Eso… No quiero… Pronto cada uno irá por su lado, Rafe.

—¿Y eso qué?

—Yo… No debería acostumbrarme a algo que no volveré a tener.

Estaba en lo cierto, pero eso no significaba que a Rafael no le doliera el inesperado desaire. Sin embargo, eso lo llevó a preguntarse qué sería de Alphonse en cuanto se separaran, en si le darían pronto otra estela y en quién le trazaría runas si las llegaba a necesitar.

Al segundo siguiente dedujo las respuestas a esas preguntas y sintió que le hervía la sangre, pero ¿qué podía hacer él?

—¿Tienes que regresar a París enseguida?

—¿Qué?

—Me refiero a después de la Academia. ¿Tienes que regresar a París en las vacaciones?

—No… En teoría, no tengo la obligación. Podría… Leí que los huérfanos podemos solicitar asilo en Alacante si no tenemos tutores oficiales…

—¿En París no tienes un tutor?

—No uno que responda ante la Clave por posibles faltas de mi parte. Eso… Los términos legales son algo aburridos de leer, así que…

Vaya, había algo que a Alphonse no le gustaba leer. Rafael tomó nota mental de ello.

—Entonces, ¿quieres venir a Brooklyn?

Alphonse volvió a mostrar la expresión de sorpresa que le vio cuando lo invitara a comer el día anterior. Dedujo a qué se debía y se le revolvió el estómago.

—Ir hasta el otro lado del mundo es… ¿Mi inglés no se oye mal?

Rafael negó enseguida con la cabeza. El acento de su amigo era, sin duda, británico, haciendo que se preguntara dónde lo había aprendido.

—Les preguntaré a mis padres, por si hay que hacer alguna cosa —indicó—. ¡Ah, antes que lo olvide! —le puso la estela en una mano, cerrándole los dedos sobre la misma.

—Rafe, esto…

—Ahora la necesitas más que yo. Puedo pedir otra. Tío Jace lo entenderá, él dos veces dio su piedra de luz mágica. Y si resulta que encuentras tu estela, puedes devolvérmela.

Rafael no tuvo necesidad de escuchar el ahogado «gracias» de Alphonse para saber que había hecho algo bueno por él.

Lo único que seguía preguntándose era en qué más podría ayudarle.

—&—

—Recuerdo que los franceses son algo apasionados con lo que consideran suyo.

Tan elocuente comentario de Magnus Bane durante la comida, le dio a Rafael mala espina.

—¿Eso qué significa? —quiso saber Max, que como casi siempre, se había llevado un libro a la mesa, mismo que le permitirían abrir a la hora del postre.

—Nos encantaría recibirte en Brooklyn, Alphonse —comenzó Alexander Lightwood, cauto, antes de seguir en un tono más serio—, pero habría que concertarlo primero con tus tutores…

—No tengo, señor.

—¿No? ¿Quién se hace cargo de ti en París?

—Vivo en el Instituto. En teoría, si no recuerdo mal, mi tutor sería el director en turno, pero eso no es oficial, solo… ¿cuál era el término? ¿«De facto»? —musitó Alphonse, con cara de preguntarse si recordaba bien la información que estaba dando.

—Si es tan bueno memorizando y aplicando información, un día va a llegar a Cónsul —aventuró Magnus, risueño.

—Nadie querría un Cónsul como yo, señor Bane. Tengo buena memoria, nada más.

—Te he dicho que me llames Magnus, jovencito.

—Yo… Lo siento.

—¿Nadie se registró como tu tutor ante la Clave? —se sorprendió Alexander.

—No. Lo sé porque… La decana Beausejours me dijo una vez que cuando llamaban a alguien del Instituto para hablar de mí, le bastaba con cualquiera.

—Los nefilim me siguen sorprendiendo por su desdén y su incapacidad de hacer felices a seres inocentes… ¿Se puede hacer algo, Alexander?

—En teoría, si Alphonse está en lo cierto, puede venir con nosotros. Mañana mismo me acercaré al Gard a revisar los registros. Tendré que avisarle también a Amy, pero creo que tampoco habrá problema con ella. ¿Ya avisaste, Alphonse?

—¿Avisar?

—Al Instituto de París, ¿ya avisaste que vas a ausentarte?

—Eh… No, no lo he hecho. ¿Por qué?

—Si esperan tu regreso, deben estarte considerando para entrenamientos, lecciones, patrullas… Ese tipo de cosas. Mejor avisarles para que reorganicen sus horarios.

Alphonse asintió en silencio, lo que hizo a Rafael preguntarse a quién iba a avisar su amigo.

—Rafe, ¿tú…? ¿Has mandado un mensaje de fuego?

—Sí, un montón de veces, ¿por qué?

Nunca se le ocurrió la pregunta que hizo Alphonse a continuación, llena de timidez y del deseo de no avergonzarse a sí mismo.

—Por favor… ¿Me enseñarías cómo hacerlo?

En esa ocasión, no solo fue Rafael quien le dedicó una mirada incrédula.

—¿Cuántos años tienes, Alphonse? —inquirió Alexander, el más tranquilo en ese momento.

—Catorce, señor.

—¿Los cumpliste este año?

—No, señor.

—Entonces este año cumples quince. ¿Cuándo?

—Eh… El treinta y uno de octubre.

—¡En Halloween! —exclamó Max sin poder evitarlo, volviendo a ponerse serio al instante.

—¿Quién es el instructor de runas en tu Instituto?

—Ahora es Simone… Simone Verlac. Antes era mademoiselle Therése. Therése Dieudonne. Me dijeron que se retiró al campo cuando vine a la Academia.

—¿Ella, Therése, no te enseñó los mensajes de fuego?

—No, señor. Vine a la Academia antes de que lo hiciera.

—¿Y en la Academia no los enseñan?

—No, señor, no a los hijos de cazadores de sombras.

—¿Por qué?

—Dan por hecho que se los enseñan sus familiares o sus tutores, para que escriban a casa.

—Cuando supiste eso, ¿no les dijiste en tu Instituto?

—Sí, lo hice.

—¿Y qué comentaron sobre enseñártelos?

—Nada.

Aquello era inaudito, pensó Rafael. No que su padre Alexander lograra que Alphonse respondiera sus preguntas, pues estaba hablando con el tono serio y cordial que siempre le funcionaba al tratar con subterráneos, sino por lo que estaba saliendo a la luz acerca de su amigo.

—¿No dijeron nada de enseñártelos? ¿Estás seguro?

—Sí, señor.

—En ese caso, ¿no esperaban respuestas?

—¿Respuestas?

—A sus propios mensajes.

—Lo siento, pero no le entiendo.

—Debieron enviarte algún mensaje de fuego, ¿no es así?

—¿Mensaje de…? ¿A mí?

Eso parecía suficiente explicación. Para asombro de Rafael, su padre cazador de sombras estaba mostrando los primeros signos de enfado. Hacía mucho que no sucedía.

—¿Sabes si ellos enviaron mensajes de fuego a la Academia?

—Ah, sí. Supe de una vez.

—¿A quién se lo enviaron?

—A la decana Beausejours.

—¿Supiste qué decía?

—No, pero… Me lo imagino.

—¿Por qué?

—Es que… La decana Beausejours comentó que había llegado el mensaje y… Bueno, ella quiso saber si tenía algún problema con los del Instituto. Le contesté que no y la decana solo me avisó que tenía permiso de quedarme en Alacante.

—¿Por qué te daban ese permiso?

—Supongo que… No estoy seguro, pero creo que por el periodo libre. Eran principios de diciembre en ese momento.

—¿Qué esperaban que hicieras en el periodo libre?

—No estoy seguro. Pensé… Lo primero que pensé es que no necesitaban que volviera y…

Eso parecía significar «no me necesitaban». Con lo que ahora sabía de Alphonse, Rafael lo creía capaz de pensar eso y más.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—Eh… Había otros que se quedarían en Alacante… Muchos de la clase de Ascensión…

—¿Así llaman ahora a la clase de los mundanos? La última vez que fui, se estaban quitando el apodo de «escoria».

—¡Debes estar bromeando, papá!

—Claro que no. Pregúntale a tu tío Sandy…

—Simon, Magnus. Entonces, Alphonse —el aludido, dando un respingo, miró de reojo al Emisario antes de agachar la cabeza—, ¿te quedaste en el hostal para los candidatos a Ascender?

—Eso… Sí.

Rafael frunció el ceño. Algo, no sabía bien qué, le dijo que Alphonse estaba ocultando algo con esa simple respuesta. Tomó nota mental de preguntar por eso más tarde.

—¿Qué hiciste cuando te quedaste en Alacante?

—Esa vez la pasé en las calles, conociéndolas. Nunca había venido y tenía curiosidad.

—¿Esa vez? ¿Te quedaste más de una ocasión?

Alphonse asintió en silencio. Por su expresión, parecía estar cayendo en la cuenta, tardíamente, de todo lo que había estado diciendo y lucía muy avergonzado.

—Rafael, acabando de comer, ayuda a Alphonse con el mensaje de fuego, por favor. Diríjanlo al director del Instituto de París y que cualquier inconveniente, lo consulte conmigo. No se entretengan demasiado, tu amigo debe volver a la Academia.

—Sí, padre.

Para sus adentros, Rafael se compadeció de aquel sobre quien su padre cazador de sombras desquitara su ira.

—&—

—Rafael, ¿cuál crees que sea mejor?

Como pocas veces, el nombrado estaba leyendo en la cama algo que no era ficción, «Técnicas de esgrima para principiantes». Frunciendo el ceño, cerró a medias el libro, con un dedo encajado en las páginas donde iba, antes de mirar a su hermano.

—¿De qué hablas?

—Quiero prestarle libros a Alphonse —respondió Max, sonriendo y mostrando en alto dos ejemplares—, pero aparte del de Martin, no estoy seguro de cuál otro.

—Uno con espadas —pidió Rafael sin titubear—, no importa si es novela o no. Le encantan.

—Muy bien. Creo que tenemos un tratado… Oye, Rafael, ¿por qué lo invitaste a Brooklyn?

—¿Qué, no quieres que vaya?

—¡No es eso! Me agrada mucho, aunque casi no hablara conmigo. Y también… Creo que si se pudiera quedar con nosotros un tiempo, hasta lograríamos que sonriera.

Rafael asintió, quitándose de la cabeza el presumir que él ya había visto sonreír a Alphonse. Si lo pensaba demasiado, le parecía muy triste que su amigo casi no mostrara un gesto que en su familia era frecuente, fácil… normal.

—Creo que fue por eso —admitió en voz baja—. Siento que si ve que nos agrada, tal vez quiera sonreír más y hasta podría quedarse con nosotros.

—¡Eso sería estupendo! Oye… —Max dudó por un segundo, echando un vistazo a los libros que todavía sostenía, antes de continuar—, ¿y si fueran parabatai?

Ante tal idea, Rafael quiso golpearse la frente. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

—¡Eres un genio, hermanito! —exclamó, soltando su libro y saltando de la cama para pasearse de un lado a otro—. Me estuve preguntando qué puedo hacer por Al y me imaginaba que sería genial estar juntos todos los días. ¡Esa es buena idea! ¡Los parabatai hacen todo eso y más!

—Me sorprendes —confesó Max, dejando los libros que traía sobre su propia cama—. Con la de veces que has dicho que quieres un parabatai

—Sí, lo dije, pero padre me aseguró que no era tan simple —Rafael frunció el ceño, recordando la charla más seria que había tenido sobre el tema con su padre Alexander—. ¿Lo has visto pelear junto a tío Jace? ¿O a tía Clary y tío Simon?

—No, recuerda que yo no hago patrullas.

—Pero en los entrenamientos…

—¡Ah, sí! —Max adoptó una pose reflexiva, sentándose en la cama de su hermano—. Son algo… peculiar —terminó diciendo, no muy convencido.

—Padre me explicó todo sobre eso. Incluso me describió algunas cosas que ha llegado a sentir de parte de tío Jace. Sé que no es cualquier cosa, Max, yo… Creo que solo estaba esperando a alguien que siempre vaya a estar conmigo, sin importar lo que hagamos, alguien en el que siempre vaya a confiar… Alguien a quien quisiera como no los quiero a ninguno de ustedes.

Admitir lo último en voz alta fue para Rafael como una revelación del mismísimo Ángel. Dejó de pasearse, mirando por la ventana de su habitación sin ver nada realmente. Sabía que lo que acababa de decir era la más pura verdad e imaginó que eso explicaba la extraordinaria relación entre los pares de parabatai en su familia.

—¿Querrías a un parabatai más que a nosotros? —inquirió Max, algo alicaído.

—No —aseguró Rafael con firmeza—. Sería algo… Diferente. Intenso, sí, pero… Padre me dijo que querer a un parabatai nunca hará que dejes de querer a otras personas. Míralo a él: quiere a tío Jace y nos quiere a nosotros.

Tras un largo momento de reflexión, Max asintió, más tranquilo.

—Entonces, ¿se lo vas a pedir? —preguntó—. ¿Quieres que Alphonse sea tu parabatai?

Rafael pensó, mucho tiempo atrás, que si encontraba a alguien que quisiera como parabatai, tendría que meditarlo cuidadosamente, a sabiendas de lo importante que era la decisión y que ésta duraría toda la vida. Sin embargo, cuando Max se lo preguntó, no tardó ni dos segundos en sentir la seguridad de su respuesta, tanto en la mente como en el corazón, así que la pronunció.

—Sí. Le pediré a Al que seamos parabatai.

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Por fortuna ya no tenía clases, o Alphonse no habría puesto atención esa mañana.

Se contenía cuanto podía, pero una y otra vez, se descubría metiendo la diestra al bolsillo de su chaqueta verde, asegurándose que la estela siguiera allí. Esta vez no la perdería y no solamente porque la necesitara.

Hacía muchísimo tiempo que no recibía nada sin dar primero algo a cambio.

No era idiota, sabía que cualquier otro habría supuesto que la estela era un regalo, pero Alphonse no iba a permitírselo, por mucho que Rafael diera a entender que no se preocupara. Tenía toda la intención de devolverla en cuanto consiguiera otra. No pudo ir a Alacante temprano ese día, pero podía hacerlo en un rato más. Al fin y al cabo, nadie lo echaría en falta.

En ese momento, iba camino al despacho de la decana. Le debía una respuesta sobre sus planes a futuro, ahora que su segundo año en la Academia había concluido. De seguir con la idea de unos días atrás, habría aceptado quedarse otro año, porque era mejor la soledad que tenía en Idris a la que lo aprisionaba en París. Ambas eran lo mismo, pero no se sentían así, si es que eso tenía algún sentido.

Sin embargo, la invitación de Rafael había venido a desconcertarlo. Se la hizo sin ningún tipo de aviso, ni parecía haber sido instigada por algún motivo escondido, no después de que había disculpado sus (ahora sabía) absurdos intentos por alejarlo más rápido. Rafael realmente quería su compañía, pero como no vivía en Alacante, le pareció de lo más lógico pedirle que se fuera con él y su familia en cuanto terminaran sus asuntos pendientes. No había tenido las agallas para rechazarlo porque sabía que era un honor, pero también porque se trataba de Rafael.

El último pensamiento sí que era… chocante, pero Alphonse empezaba a acostumbrarse a él. Rafael le agradaba y no solo porque ser amable con alguien como él. Había algo que, ahora sabía, estaba en el fondo del muchacho, muy por debajo de su personalidad extrovertida y sus frecuentes sonrisas, pero no a todos se los dejaba ver, ni siquiera a la familia que tanto quería… pero a él sí, podría jurarlo. Lo había notado y fue lo que más lo hizo desistir de alejarlo.

Quizá Rafael no estaba tan solo como él, pero eso no significaba que ignorara lo que se sentía.

¿Cómo sería Nueva York? Había leído algunas cosas de esa ciudad, desde luego, tanto en novelas como en libros de no ficción, pero eso no sería lo mismo que estar allí. Con el viaje le pasaba lo mismo que con la estela: no quería pensar en ello, no quería que inundara su mente de un agradable sentimiento hacia Rafael y su familia, pero volvía a imaginar los próximos días y, aunque le daba pánico el no conocer el sitio, también lo entusiasmaba.

La sensación le era tan ajena, que tardó en identificarla. Él estaba… ilusionado.

Llegó entonces ante la puerta de la decana, conteniendo a duras penas el deseo de sacar la estela de Rafael (no, no era suya, no debía nombrarla como suya), porque querría hacerse la runa Impertérrito y no sentía que fuera correcto. Sí, la decana lo intimidaba, pero estaba seguro de que le daba exactamente igual lo que pasara con él, así que ¿acaso iba a perjudicarla si no quería volver el próximo año? Sin mencionar que Jean–Luc estaba avisado de que no iría a París inmediatamente y el director, cuando se acordaba de él, no solía poner trabas a sus acciones.

Respirando hondo, se decidió por fin y llamó a la puerta.

—¡Adelante!

Alphonse volvió a tomar aire, contó hasta tres y empujó la puerta solo un poco, antes de darse cuenta que estaba cerrada. Sintió un infantil regocijo al sacar finalmente la estela y trazar una runa de apertura, pues había querido usar el instrumento ese día desde que se había levantado.

—Con su permiso —musitó, asomando la cabeza en primer lugar y obligándose a mirar hacia donde, recordaba, estaba el escritorio de la decana—. ¿Puedo hablar con usted?

—¡Ah, Montclaire! Qué oportuno. Alguien pidió verte.

Alphonse, frunciendo el ceño por un segundo, miró hacia donde señalara la decana con una mano y descubrió a Antoine, de pie con una postura muy recta, cruzado de brazos y lanzándole una airada mirada con esos ojos verdes tan parecidos a los de Suzzy.

Sin quedarle más remedio, asintió y entró completamente al despacho. Procuró por todos los medios no demostrar nerviosismo, al tiempo que se guardaba la estela. ¿Qué estaría haciendo Antoine allí? Hasta la fecha, nadie del Instituto de París se había presentado en la Academia, no por él al menos. Deseó que no le estuviera llevando malas noticias acerca de Suzzy.

Como única pista para enterarse de lo sucedido, Antoine le tendió una carta, sin dirigirle la palabra, solo haciendo un gesto para que la leyera lo antes posible.

El muchacho no lo sabía, pero de no haberla leído, habría podido decirle a la decana sobre la invitación de los Lightwood–Bane y sin ningún tipo de remordimiento.