V. Thou that art now the world's fresh ornament.

Julio de 2022.

Rafael estaba inquieto.

A su alrededor, todo eran risas, brillo y música. Una fiesta organizada por Magnus Bane en su loft de Brooklyn no podía ser de otra forma y menos si se trataba de honrar a su primogénito.

Era el cumpleaños de Rafael, pero éste no podía disfrutarlo.

En honor a la verdad, no sabía si ese era su cumpleaños. Cuando lo adoptaron, sus padres le preguntaron si quería celebrarlo el día que empezó a ser parte de la familia, o tenía alguna fecha en mente. A su corta edad, a Rafael no se le ocurrió mejor opción que aquella de julio, porque había visto que muchísima gente reía y hacía fiesta hasta en las calles. Fue cuando su padre brujo le explicó que, en Argentina, era cuando se recordaba a los amigos y Rafael contestó que tanto mejor, porque ese sería su primer deseo de cumpleaños: el tener muchos amigos.

Era la primera vez, que recordara, que la idea de los amigos le sabía amarga.

—¡Rafael, Rafael! ¡Vamos a jugar!

Suspirando, volteó hacia su izquierda. Dos caras idénticas se acercaban a él, mirándolo con dos pares de ojos que normalmente, lo alegraban y lo fascinaban por igual.

—¿Se esconden del par de remolinos? —quiso saber, sonriendo de lado sin muchas ganas.

—¡No digas eso! —uno de los recién llegados, un niño de cabello negro y ojos verdes, se llevó un dedo a los labios.

—Podrían escucharte —añadió su copia viviente, abriendo al máximo sus ojos marrones.

Rafael asintió, recordando por enésima vez una anécdota sobre los gemelos, en la cual tío Jace bromeaba afirmando que tía Izzy debía alegrarse de que sus hijos no hubieran salido a su padre… aunque fue refutado en los años siguientes, cuando los ojos de Kyle se volvieron marrones y tanto él como Jordan se aficionaron a las mismas cosas mundanas que tío Simon.

—¿Dónde los dejaron, por cierto?

—En la cocina…

—… Con tía Clary y con mamá.

A veces, solo a veces, Rafael se preguntaba cómo hacían esos dos para hablar así, pero nunca había querido despejar la duda directamente.

—¿Jugamos entonces? —quiso saber Jordan.

—Trajimos el ajedrez. Y cartas.

Rafael se encogió de hombros. Le daba igual una cosa que otra.

—¡Raf, Raf! ¡Vamos a jugar!

—¡Ay, no!

—¡Hasta luego, Rafael!

Dos segundos después, los gemelos se habían ido y Rafael debió esperar dos segundos más para tener delante a una cosita delgada y de brillante cabello rubio, cuyo vestido azul celeste la hacía ver delicada e inocente.

—Con cuidado —previno Rafael con suavidad.

—¡Raf, a jugar! —pidió la niña, mirándolo con sus ojos verdes muy abiertos y una sonrisa enorme en la cara.

—¿Dónde está Henry, Stella?

—Ah, aquí están —un chiquillo pelirrojo se detuvo delante de ellos apenas a tiempo para no tropezar y caerles encima—. Lo siento.

—No te preocupes, Henry. ¿En qué pensabas?

—¿De dónde saca tío Magnus ese polvo brillante? ¿Es igual que cuando conjura comida?

—No estoy seguro, ¿por qué no le preguntas?

—Luego. Está ocupado. ¿Tú en qué estás pensando?

—¡Raf, a jugar! —repitió Stella, dando saltitos.

Si fuera otra ocasión, a Rafael no le habría importado saltar por allí con Stella o platicar de cualquier cosa que llamara la atención de los agudos ojos de Henry, pero de pronto sintió un ansia enorme por estar solo.

—Ven, Stelle —llamó Henry, de repente más alegre—. Acabo de ver a Jordan y a Kyle.

—¡Yoda y Kai! —se entusiasmó Stella, tomando la mano que Henry le ofrecía.

—Nos vemos luego, si quieres —dijo Henry a modo de despedida.

Rafael recibió la mirada de su primo, comprensiva y profunda, con un escalofrío.

Casi siempre Henry tenía un semblante soñador y la sonrisa a flor de piel, andando tras su hermana pequeña como si no tuviera nada mejor qué hacer en el mundo, pero había ocasiones como aquella en que desconcertaba. Hacía que viniera a su mente cuando Henry era un recién nacido, pues todos se quedaron impresionados con sus enormes ojos azules por días, hasta que los tíos Carstairs lo conocieron y declararon que los había heredado de un antepasado Herondale. Tía Clary les agradeció la información, asegurando con ironía que solo eso evitaría que tío Jace la acusara de serle infiel.

Rafael sacudió la cabeza. ¿Por qué pensar en las anécdotas de su familia no lo hacía feliz? Solía funcionarle, más porque algunos de esos sucesos los pudo ver en persona. La cara de sus propios padres al ver los ojos de Henry, por ejemplo, era digna de rememorar si querías reír un momento, pero no le había dado resultado.

Finalmente, su ánimo se alteró al notar un fogonazo por encima de su cabeza.

Sorprendido, Rafael vio la pequeña llama anaranjada solo unos segundos, antes que un trozo de papel comenzara a caer lentamente delante de él. Creyó ver su nombre escrito allí, por lo que estiró la mano y lo atrapó, para luego acercárselo a los ojos con sumo cuidado.

Confirmó su suposición inicial: era un mensaje de fuego dirigido a él. La pregunta era de quién, puesto que todo aquel que quisiera hablarle, estaba ese día en el loft.

La caligrafía, recta y elegante, le trajo a la mente un nombre, sintiendo de golpe que debía romper aquel papel. Si era quien creía, no tenía derecho a mandarle ni una letra. Por otra parte, ¿por qué lo hacía hasta ese día? ¿Qué quería?

Renegando de su poca fuerza de voluntad, se decidió a abrir el papel que, para su asombro, le dio la impresión de que una flor se le mostraba en todo su esplendor, revelando en su interior la misma caligrafía con la que se escribiera su nombre, toda encima de lo que parecía una marca de agua con la forma de… ¿El Big Ben?

Para Rafael Santiago Lightwood–Bane:

Si estás leyendo esto, cosa que espero, es porque tu curiosidad ha pesado más que tu justificado enfado.

Te deseo un feliz cumpleaños y mi sincera esperanza es que puedas festejar muchos más en compañía de tu familia y demás seres queridos.

Desconozco cuál es el protocolo a seguir en estos casos, solo sé que no quería dejar pasar el día sin enviar el presente, que tal vez resulte insignificante o hasta no deseado. Si este último es el caso, no dudes en tirar el mensaje. No vale la pena conservar algo que te desagrada.

Un abrazo:

Alphonse E. Montclaire.

Apretando los labios en señal de enfado, Rafael estrujó el papel y estuvo a punto de lanzarlo lejos, pero finalmente no se atrevió. ¿Cómo podía algo enojarlo, entristecerlo y alegrarlo, todo al mismo tiempo, sin enloquecerlo en el camino?

—Rafael —llamó Alexander Lightwood, viéndolo al segundo siguiente con una ceja arqueada—. ¿Qué sucede?

—Primero se larga y luego esto —espetó, tendiéndole el mensaje de fuego a su padre.

Alexander lo leyó con detenimiento, antes de suspirar.

—Me escribió el último día de junio, Rafael —confesó, sorprendiendo al muchacho—. Se disculpó por todas las molestias que pudiera habernos ocasionado y me preguntó cuándo era tu cumpleaños, porque recordaba que le dijiste el mes, mas no el día. Le respondí que no se preocupara, le di la fecha y le reiteré la invitación de venir, a lo que contestó que estaba muy agradecido con nosotros, pero que no podía aceptar sin desairar al Instituto de Londres…

—¿El Instituto de Londres?

—Sí. Fue enviado allí de parte su Instituto, como compañero de viaje de otra joven, una Verlac. Lo convocaron desde Alacante para eso.

—Momento, ¿me estás diciendo que se fue porque lo llamaron?

—Lo correcto sería decir que fueron a buscarlo, pero sí.

—¿Lo obligaron?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Por lo que dijo Amy, alguien del Instituto de París fue a llevarle una carta y después de leerla, aceptó marcharse con esa persona.

—Padre, ¿tú lo sabías? ¿Por qué no me dijiste…?

—Imaginé que se habría ido por una emergencia y que no tardaría en ponerse en contacto. Olvidé por completo que tu amigo no estaba acostumbrado a los mensajes de fuego y que lo más probable sería que no se le ocurriera mandarnos uno. Lo que, por cierto, debiste haber hecho tú.

Rafael estuvo a punto de replicar, pero sabía que su padre tenía razón. De no haberse enfadado tanto por la repentina partida de Alphonse, habría pensado primero en comunicarse con él, confesando de paso que necesitaba una estela nueva para ello. Pero no lo hizo, enojándose todavía más cuando en casa descubrieron que se quedó sin estela y lo castigaron dos semanas sin entrenamientos ni patrullas, porque no quiso admitir la razón de su desaparición.

—No tenía estela, ¿recuerdas? —señaló.

—Cosa que sigo ignorando por qué…

—Se la di a Al —admitió, acongojado—. En Alacante, me dijo que no encontraba la suya y creí que la necesitaba más que yo.

—¿Por qué no dijiste eso desde el principio? Lo habríamos entendido.

—Estaba muy molesto, ¿de acuerdo? No quería pensar en él. Sentí como si… Como si…

—¿Como si te hubiera traicionado?

—Sí.

Ambos se quedaron en silencio, solo llenado por la algarabía a su alrededor.

—Alphonse Montclaire fue invitado a quedarse en el Instituto de Londres —informó Alexander, causando que Rafael lo mirara con pasmo—. La joven Verlac a la que acompañaba quiso marcharse, pero él no. ¿Recuerdas a Tiberius Blackthorn?

—¿Blackthorn? ¿Es uno de los hermanos de Tave?

—Sí. Tiberius es el director del Instituto de Londres. Me avisó que está pensando en registrarse como tutor oficial de Alphonse ante la Clave. Si lo hace, tu amigo no tendría ninguna responsabilidad para con el Instituto de París…

—… Y no tendría que regresar allí si no quiere, ¿verdad?

—Sí, exacto. ¿Querrías visitarlo entonces?

—¿Me dejarías ir a Londres?

—Solo si prometes no hacerle reclamos. No sé si puedes imaginar lo que debió motivarlo a irse así, pero yo sí, aunque no conviví demasiado con él. Lo que menos necesita es que lo odies.

—¡No lo odio! Padre, ¡estaba frustrado! ¡Iba a pedirle que fuéramos parabatai!

—Tú… ¿Estás seguro? Dime que no es por lástima, Rafael…

—¡Por supuesto que no! Tú me enseñaste lo importante que es, ¡jamás se me ocurriría…!

—¿Entonces por qué?

—¡No lo sé! Quisiera explicarlo como se debe, de verdad, pero no puedo. Solo siento que quiero pedírselo. Es el primer amigo que he tenido con el que… Padre, me conoces. ¿Me has visto alguna vez con alguien sin hablar?

—Pues… No. Se te da bien iniciar conversaciones.

—Con Al puedo hacerlo, padre. Puedo estar con él sin sentir que debo hablar todo el tiempo. Con el practiqué con la espada una sola vez, sin hablar, y sentí que era lo correcto. Con Al… Padre, los quiero a todos, lo sabes, pero… A veces, solo a veces, quiero estar con alguien en silencio sin sentirme agobiado… solo. Y solo he sentido que puedo hacerlo con Al. Suena ridículo, ¿verdad? Suena a que no los quiero lo suficiente…

—No, hijo, no te angusties. Un parabatai suele tener ese efecto, el de causarte emociones que normalmente no tienes. Me asombra que te pasara con alguien a quien conoces tan poco.

—¡Lo sé, a mí también!

—En ese caso, pídeselo.

—¿De verdad?

—De verdad. Nunca te había oído hablar así de nadie. Además, Alphonse me agrada y creo que sería buena influencia para ti.

—Claro, lo que necesito son buenas influencias, seguro…

Alexander sonrió y le revolvió el pelo con suavidad. Rafael se sintió reconfortado. Era raro cuando los gestos de su padre no tenían ese efecto en él.

—Nunca está de más una buena persona en tu vida —aseguró el adulto—. Y algo me dice que Alphonse Montclaire es muy buena persona.

Rafael asintió con firmeza. Él también lo creía.

¡Hola, Al!:

Te agradezco mucho la felicitación de cumpleaños, aunque déjame decirte que es demasiado formal para estar dirigida a un amigo.

Porque… Aún somos amigos, ¿verdad? Yo lo veo así y espero que tú también.

Sigue en pie la invitación para que vengas a vernos. Max me ha estado volviendo loco con todos los libros que quiere prestarte, vas a necesitar una maleta para llevártelos, y yo quiero presentarte a toda mi familia.

Abajo te escribo unos números. Son de mi casa en Brooklyn, del Instituto y de mi celular. Por favor, ¿podrías llamarme? Hay algo que quiero decirte y un mensaje de fuego no me parece adecuado.

Espero que estés bien y que nos veamos pronto.

Un abrazo:

Rafe.

P. D. ¿De qué es la «E» en tu nombre?

—&—

Los huevos y las salchichas apenas le pasaban a Alphonse por la garganta.

Era la hora del desayuno y Livia era de esas que, en la medida de lo posible, hacía que los residentes del Instituto de Londres hicieran juntos sus comidas. Con los horarios de los cazadores de sombras, resultaba difícil, pero Alphonse no había tardado en notar que, por lo menos, una comida al día era como ella quería, lo que implicaba un gran esfuerzo para Kit y su entusiasmo al entrenar, así como para Tiberius y su manía de enfrascarse demasiado en ciertas investigaciones. Él mismo, tan habituado a sentarse en solitario a la mesa cuando nadie anduviera cerca, debió dejar de hacerlo cuando Livia lo descubrió, aunque no comprendió la mirada que le dirigió.

Sin embargo, su predicamento ese día era el mensaje de fuego de Rafael. Pronto dejó de lado el hecho de que su felicitación de cumpleaños resultó demasiado formal, para dar paso a que él lo había llamado «amigo», aunque lo dejara plantado cuando prácticamente ya había aceptado su invitación para ir a Nueva York.

¡Y pedía que lo llamara! ¿Cómo se suponía que haría algo así? En honor a la verdad, Alphonse había usado el teléfono en muy contadas ocasiones, así que sabía cómo funcionaba, pero le resultaba demasiado incómodo. Sabía que del otro lado de la línea podía contestarle cualquiera, incluso podía pasar al marcar a un teléfono celular, ¿y qué se suponía que debía hacer en ese caso? ¿Saludar y pedir hablar con Rafael así, sin más? Había visto a otros hacer llamadas y le parecían tan naturales como si sostuvieran las conversaciones en persona, ¿podría él hacer eso?

Pensar en ello le hizo darse cuenta, otra vez, de que el anormal era él. ¿Cómo iba a asustarlo una simple llamada telefónica? Al final, admitió para sí que era más el miedo a perder a Rafael que la vergüenza de hacer el ridículo, así que miró a su alrededor y respiró hondo.

Tiberius estaba en la cabecera de la mesa, como siempre, degustando el desayuno con un libro a un lado del plato. Si no había leído en lo que iba de la mañana, era por atender la conversación con su hermana melliza, sentada a su derecha, y con su esposo, a su izquierda.

Livia era muy amable con todo el mundo, lo mismo que enérgica. Alphonse quiso compararla con alguien, a modo de referencia, y la única persona que le vino a la mente fue la tía de Suzzy, Louisette Arbreblanc, que tenía buen carácter y al mismo tiempo, mano firme para manejar a sus hijos. Parecía especialmente interesada en cualquier opinión que el muchacho tuviera acerca de las lecciones de Historia Nefilim, aunque no entendía por qué.

Kit Herondale, por su lado, con el pelo tan rubio y bien peinado como oscuro y revuelto era el de Tiberius, poseía cierto aire elegante que no era opacado por la seguridad en sí mismo, su humor sarcástico y lo estricto que era en la sala de entrenamiento. Las pocas veces que reía, era en compañía de los Blackthorn, generando un sonido que, reconocía, resultaba grato al oído. El primer nombre de Kit era Christopher, pero muy pocas veces escuchó que lo llamaran así, por lo que él mismo procuró jamás hacerlo.

Echaba de menos a Suzzy, pero sin ella, ya no se sentía tenso, siempre al pendiente de que nadie le devolviera sus ácidas opiniones a la joven. Él mismo, más de una vez, quiso advertirle que cuidara sus palabras, pero Suzzy no habría hecho caso.

La niña Doves seguía con ellos y no le disgustaba. Getty no era su nombre, por lo que había dado a entender, pero seguía desconociendo cuál podría haber originado semejante apodo. Dejando eso de lado, el que resultara cazadora de sombras no era tan sorprendente como Suzzy quiso dar a entender, pero sí poco usual. La niña, tras el shock inicial que supuso el destino de su antigua residencia (uno que a él le había causado un par de pesadillas), se decidió a convertirse en una cazadora de sombras de verdad, entrenando como nunca y estudiando por horas. Había que reconocerlo, estaba demostrando ser muy inteligente y bastante buena.

Fue Getty quien se dio cuenta de que había dejado de comer y frunció el ceño.

—¿Al? ¿Pasa algo?

Él pensó que era un alivio que allí, en Londres, la gente a su alrededor hubiera aceptado tan fácilmente el apodo que Rafael le había dado. Estaba menos nervioso de hablar así con los demás, porque su nombre no causaba miradas frías ni frases despectivas.

—No —respondió, centrándose de nuevo en el contenido de su plato.

—Al, Kit y yo necesitamos hablarte de algo, ¿nos acompañas al despacho cuando acabemos de desayunar? —pidió Tiberius.

Ligeramente aturdido, Alphonse asintió, intentando de nuevo acabarse el desayuno, aunque sintiera que se le cerrara la garganta. No podía ser nada bueno que el director del Instituto donde te hospedabas, te hiciera ir a su despacho. Al menos, no en su experiencia.

Sin embargo, casi una hora después, Alphonse debió reconsiderar sus suposiciones; de paso, se preguntó si no estaba en algún tipo de alucinación.

—Lo siento, no lo entiendo —musitó, agachando la cabeza y apretando los puños.

En el despacho del director, el muchacho había ocupado una de las sillas para las visitas; por su parte, Tiberius estaba del otro lado, sentado en su butaca con expresión neutra y a su derecha, Kit permanecía de pie muy erguido, dando la impresión de ser un verdadero ángel de la guarda.

—Nos hemos informado acerca de tu situación —explicó Tiberius con serenidad—. Sabíamos que querías quedarte aunque Suzette se fuera, así que estuve conversando con Jean–Luc al respecto, con tal de que no supusiera un problema. Él dijo que daba el permiso, pero que para efectos prácticos, estabas por tu cuenta. El punto es que sigues siendo menor de edad y, aunque Jean–Luc fue muy amable enviando una carta de autorización para tu estancia aquí, no servirá por mucho tiempo. Por eso, Kit y yo decidimos que lo mejor sería solicitar tu tutela.

—¿Por qué?

La pregunta salió de Alphonse antes siquiera de que pudiera pensarla. Se sintió un completo idiota, así que no levantó la vista. Acababan de decírselo, ¿no?

—Ty, creo que no debimos… Al, no tienes que aceptar —aclaró Kit en el acto, con cierto deje de ruego en la voz que Alphonse no comprendió, por lo que alzó la cara con cuidado y se encontró con el rubio mirándolo atentamente—. No queremos que pienses que te estamos obligando. Nosotros quisimos hacer el trámite, pero eso no significa que no vamos a tomarte en cuenta. Piénsalo bien y cuando sepas lo que quieres, dínoslo y nos encargaremos del resto.

Alphonse apretó por un momento los temblorosos labios y a falta de su chaqueta, apretó los puños un poco más. Las caras de Tiberius y Kit no mostraban signos de estar mintiendo, o de que estuvieran jugándole una de esas bromas crueles que les gustaban a algunos de la Academia.

Sin embargo, las apariencias engañaban. Si olvidaba eso, dolería más cada ilusión rota.

—Ty, creo que es suficiente por ahora, ¿no? —indicó Kit, con una mueca.

—Posiblemente. Acompáñalo, por favor. Yo le aviso a Livvy.

Kit asintió y le hizo señas a Alphonse para que se pusiera de pie, cosa que el joven hizo en el acto, aunque de manera un poco torpe. Debió abrir las manos para apoyarse en el respaldo de su silla por un momento y sintió los dedos ligeramente entumidos, así que los estiró y los contrajo repetidamente, con cierto nervio, aunque le sorprendió darse cuenta que llevaba un tiempo sin hacer ese ademán. ¿Sería porque llevaba un tiempo sin alterarse de aquella manera?

—Al, ven conmigo un momento.

Kit lo adelantó, así que Alphonse solo pudo asentir a la carrera, antes de dedicarle un gesto de despedida a Tiberius, quien asintió en señal de reconocimiento y enseguida se acercó un fajo de lo que parecían cartas.

Momento, ¿acaso Tiberius no revisó las cartas antes del desayuno, como siempre?

—Espero que no te hayas molestado —comenzó Kit, ya en el pasillo y sin dejar de caminar—. Si es el caso, enójate conmigo. Ty ya me había advertido que podrías considerarlo una… ¿Cómo dijo? ¡Ah, sí! Una «intromisión con fines meramente egoístas» —el rubio se encogió de hombros, aunque su sonrisa en ese momento no era la habitual, sino una con tintes de nostalgia—. Supongo que has escuchado alguna de las historias sobre mí, de cómo llegué con los Blackthorn.

Kit lo miró por un segundo, con paciencia, así que Alphonse supo que esperaba una respuesta, que no solo estaba pensando en voz alta.

—Eh… Sí, algo escuché —confirmó.

—Me lo imaginé —Kit asintió con la cabeza, antes de regresar su vista al frente—. Más debes haber oído de Jace, ¿no? Nuestro parentesco es confuso, pero existe, así que él me llama «primo» y no me importa, aunque a veces es un poco fastidioso. En fin, a lo que quiero llegar es… Al, sabes que los cazadores de sombras tenemos muchas familias así, ¿no? Armadas con diferentes personas que no siempre comparten sangre, pero a la larga, funcionamos juntos, a veces mejor que algunas familias de sangre que he visto —Kit sacudió la cabeza, esta vez de lado a lado, quizá espantando algún recuerdo desagradable—. No pretendo saber todo, pero tengo la sensación de que, si quisiste quedarte, es porque en París no tienes una familia, ¿o sí? No tienes que contestar a eso, se nota. Si realmente te viera como parte de su familia, la chica Verlac no se habría querido ir sin ti.

—¿Por qué no? —soltó Alphonse, quien enseguida desvió la mirada y se sintió muy torpe.

—¿Por qué? Al, vinieron aquí juntos, cualquiera creería que pasar el verano en el extranjero no sería lo mismo si se separaban.

Alphonse meneó la cabeza. No creyó que Kit comprendiera, pero de repente, éste detuvo sus pasos y se giró hacia él, mostrándole un ceño fruncido y una mirada iracunda que, de algún modo, supo que no estaba dirigido a él.

—¿Me estás queriendo decir que te obligaron a venir? —preguntó el rubio, en un siseo.

—¿Qué? ¡No! Suzzy me pidió que la acompañara. Como hablo inglés mejor que ella, creo…

—Crees —soltó Kit lentamente, incrédulo—. ¿Le preguntaste alguna vez por qué te invitó?

—No, pero…

—Al, es que… Si un amigo te invita a algún lado, normalmente es porque quiere que estés a su lado, independientemente de si le ayudas o no.

Alphonse sintió, de nueva cuenta ese día, que era incapaz de emitir palabra. Hacía muy poco, habría dicho que Suzzy era su amiga sin dudarlo, pero en ese momento ya no estaba tan seguro, pues como Kit, creía que los amigos preferían estar juntos a separados.

Claro que, siendo sincero, Alphonse no había tenido la oportunidad de poner eso en práctica.

—Ay, Al, ¿es en serio?

—¿Qué? —en esa ocasión, el muchacho se sintió perdido, ¿ahora qué había hecho mal?

—Dime ahora mismo si hay algo que quieras. Lo que sea.

—¿Yo?

Kit se llevó una mano a la cabeza, revolviéndose el pelo de tal forma, que Alphonse se sorprendió cuando no se arrancó ni un mechón. Agachó la vista, repasando la conversación para saber cuál fue su error, hasta que escuchó un bufido de parte del otro.

—Al, por favor, dímelo. ¿Hay algo que quieras ahora mismo?

Alphonse estuvo a punto de negar con la cabeza, ¿qué podía importar lo que él quisiera? Sin embargo, el recuerdo de Rafael vino a su cabeza como el fogonazo de su mensaje de fuego, antes de que dejara escapar una pregunta sin saber bien lo que decía.

—¿Tengo permiso de usar el teléfono?

—¿El teléfono? —Kit frunció el ceño.

—Ah, es… Solo por si quisiera… Es decir, las llamadas no se me dan bien, pero…

Estaba tropezando de nuevo con las palabras. Alphonse pensó en que no estaba ganándose el permiso, precisamente, pero para su asombro, Kit suspiró antes de asentir.

—Puedes usar el teléfono cuando quieras —aseguró—. Eso sí, procura no ocupar demasiado la línea. A todo esto, ¿dónde está tu teléfono?

—¿Mi qué?

Kit volvió a sacudir la cabeza, pasando la mano otra vez por su brillante pelo, esta vez para acomodarlo un poco. A continuación, respiró hondo y sonrió de lado.

—Creo que esa es buena idea, me la guardaré por un rato. Ahora, jovencito, tendremos práctica de espadas hasta que logre descifrar cómo haces ese giro con mandoble a la izquierda, porque no consigo golpear con la parte plana de la hoja igual que tú.

Alphonse siguió a Kit a toda carrera, sin saber bien qué había pasado y, al mismo tiempo, preguntándose cómo sería que los demás los vieran, al rubio y a Tiberius, como sus padres.

La idea le gustó demasiado, por lo que procuró olvidarla.

Si sus ilusiones se rompían, dolería, así que más le valía no tenerlas.