NA: ¡Hola! Algunas personas me preguntaron si iba a dejar la historia así... ¿Cómo iba a haceros eso? xD No, este fic tendrá entre cuatro o cinco caps.
Este en concreto utiliza el prompt "Noche". Al final me ha quedado algo largo, pero bueno, espero que os guste :)
Y de nuevo gracias por estar ahí :D
Spreading wings.
El subconsciente de Hermione rememoró los últimos momentos de aquella primera vez. Sus caricias, la respiración acompasada sobre su cuello, erizando el vello de su nuca y haciéndola estremecer… Sus brazos alrededor, el suelo temblando bajo ellos…
Y luego la cama. La cómoda y apacible cama. Sus cuerpos rodando por ella, deslizándose por las sábanas, deshaciéndose en placer.
Hermione empezó a abrir los ojos lentamente, percatándose de que los rayos del sol ya se habían encargado de iluminar la habitación donde se encontraba.
Se giró sobre la cama, esperando encontrar a Draco al otro lado… Pero el rubio que le había tatuado las dos pequeñas mariposas en el vientre, cerca de la cadera derecha, no estaba allí.
Entonces se incorporó, sujetando la sábana contra su pecho desnudo, y encontró una nota en la mesita de noche, junto con un envase con crema. Tomó la nota con delicadeza y empezó a leerla.
Hermie,
me he ido al Estudio. En la nevera hay de todo, sírvete tú misma.
No olvides limpiarte el tatuaje y ponerte crema.
Draco.
A Hermione se le escapó una media sonrisa mientras se levantaba de la cama sin ningún pudor, ahora que sabía que estaba sola.
Caminó desnuda por la casa, recogiendo su ropa del suelo a medida que la iba encontrando. Se vistió y se dirigió a la cocina, abriendo el frigorífico y echando un vistazo a lo que había dentro.
Optó por servirse un poco de zumo y, apoyada en la encimera, empezar a comerse un par de galletas con pepitas de chocolate que había sobre ella.
Luego volvió a la habitación donde había pasado la noche, con la intención de coger la crema… Pero una horrible punzada de dolor se agarró a su estómago cuando se dio cuenta de un pequeño, pequeñísimo detalle. Había pasado la noche fuera de casa sin ni siquiera haber hecho una llamada o mandar un mensaje a sus padres. Giró sobre sí misma y corrió hacia el salón, donde había visto su bolso en el suelo por última vez. Se arrodilló a su lado y, con dedos temblorosos, abrió la cremallera, dándole la vuelta y vaciándolo en el suelo. Rebuscó entre sus cosas hasta dar con su primitivo móvil y lo cogió. Tenía un malísimo presentimiento, por eso cerró un momento los ojos, tragó saliva y suspiró profundamente antes de volver a abrirlos y desbloquear el teléfono.
Las treinta y dos llamadas perdidas y los once mensajes confirmaron sus sospechas.
Volvió a meterlo todo en el bolso y salió disparada hacia la puerta, cerrándola con un fuerte portazo y bajando las escaleras de dos en dos hasta llegar al pequeño y oscuro pasillo que daba al pub. Tiró de la puerta y entró en el establecimiento, encontrando a Alex, el empleado, cargando una de las mesas de madera que vio la noche anterior en la calle.
—Buenos días —saludó éste.
—¡Alex! —exclamó ella, al borde de la histeria. El joven se giró, sorprendido de que supiera su nombre—. Necesito que me hagas un favor —el chico abrió la boca para contestar, pero ella le interrumpió antes de que pudiera decir nada—. ¿Has venido en coche? ¿Moto?
—En coche —respondió, confuso.
—¡Bien! —volvió a exclamar ella, poniendo los pulgares de las manos hacia arriba—. Necesito que me lleves a mi casa, y rápido.
El muchacho frunció el ceño mientras la miraba como si se hubiese vuelto loca.
—Pero en media hora empieza mi turno y tengo que prepararlo todo —comentó.
Hermione se pasó las dos manos por el pelo, empezando a hiperventilar.
—Alex, por favor, no te lo pediría si no fuera importante —rogó ella, empezando a temblar levemente—. Draco no tiene por qué enterarse si abres unos minutos tarde.
Él se mordió el labio, pero ante el evidente nerviosismo de Hermione, finalmente aceptó.
—Puedes dejarme aquí —dijo ella con apremio, desabrochándose el cinturón de seguridad y girándose hacia él—. No sé cómo agradecértelo.
Alex se encogió de hombros.
—Sólo espero que no llegues demasiado tarde —comentó.
—De hecho, voy unas diez horas tarde —dijo ella, saliendo del coche y despidiéndose con la mano.
Por el rabillo del ojo vio cómo el chico ponía cara rara ante su confesión, pero volvió a arrancar y desapareció por la esquina.
Hermione echó a correr. Estaba a tres calles de su casa, pero haber llegado en un coche conducido por un hombre habría hecho que sus padres –que lo más probable era que estuvieran asomados a las ventanas– pusieran el grito en el cielo.
La acera parecía mucho más larga aquel día pero, aunque parecía que no lo iba a lograr, consiguió llegar a su casa en tiempo récord.
Como había supuesto, su padre miraba por la ventana de su habitación cuando traspasó la verja de la casa. Con dedos temblorosos metió la llave en la cerradura, pero alguien desde dentro abrió antes de que ella pudiera hacerlo.
Su madre, con el rostro empapado por las lágrimas, apareció en la puerta.
—¿Dónde has estado? —dijo, mirándola de arriba abajo.
—Con mis amigos —respondió ella, analizando su rostro. Parecía al borde de la locura.
—¡Mentira! —gritó su madre, todavía bloqueando la puerta—. Llamé a todos y cada uno de tus amigos. Ninguno había quedado contigo anoche.
Hermione miró a ambos lados, consciente de alguna que otra mirada curiosa por parte de los transeúntes.
—Mamá, ¿podemos hablar dentro? —susurró, con el corazón latiéndole a mil por hora.
—¡Sí, claro que podemos! —escuchó exclamar a su padre, que bajaba las escaleras como un desquiciado. Tardó sólo unos cuantos segundos en llegar, cogerla del brazo y tirar de ella hacia dentro—. Vas a decirnos ahora mismo dónde has estado —exigió.
Hermione tragó saliva forzosamente, intentando deshacer el tremendo nudo que se le había formado en la garganta. Se había quedado completamente en blanco. ¿Qué iba a decir? ¿Que había pasado la noche con un desconocido que le había tatuado unas mariposas en el vientre? ¿Que había perdido la virginidad con él? ¿Que se había sentido tan maravillosamente libre de repente que se había olvidado de inventar alguna excusa creíble? Hermione abrió la boca, sin saber muy bien qué decir… Pero su madre habló primero.
—¿Has estado con ese novio tuyo? ¿Qué habéis estado haciendo? ¿Te ha forzado a hacer algo que no quisieras hac…?
—¡Ronald me dejó ayer! —gritó ella, interrumpiéndola—. ¡Y por teléfono!
El recuerdo de aquel momento hizo que su interior se revolviera como si le hubieran propinado una patada justo en la boca del estómago.
—¿Entonces dónde has estado? —siguió preguntando su padre.
Pero Hermione acababa de darse cuenta de que ya era adulta, y de que no tenía por qué rendir cuentas con nadie sobre lo que hacía con su vida. Tomó una bocanada de aire, y con toda la calma de la que fue capaz, dijo:
—No tengo por qué darte explicaciones.
Una mano voló rápidamente hacia su rostro, golpeando su mejilla y provocando que su cabeza girara bruscamente a un lado, quedando oculta por su ondulado y despeinado pelo.
Hermione sintió ardor allí donde su madre le había pegado. Ardor y vergüenza. Ardor y humillación. Con lágrimas en los ojos, levantó la cabeza poco a poco, enfrentándose de nuevo a las interrogantes y duras miradas de sus padres.
—Tengo veinticinco años —susurró—. No vuelvas a tocarme.
Y dicho aquello, empezó a subir las escaleras con apremio, cerrando la puerta de su habitación tras ella. Luego, cogió la silla del escritorio y la apoyó contra ella y la cama, bloqueándola, e ignorando a sus padres llamando a la puerta y ordenándole que abriera inmediatamente, vació la mochila de la universidad y empezó a meter dentro toda la ropa que pudo. Pantalones, camisetas, un pijama, ropa interior…
—¡Hermione!
Sus padres seguían gritando… Pero ella no respondió. Deshizo la cama, cogió la sábana y salió al pequeño balcón de su habitación, amarrándola a la barandilla con fuerza. Luego, sin pararse a pensarlo ni un momento, se echó la mochila al hombro y pasó una pierna al otro lado. Las sudorosas manos le hacían pensar que resbalaría… Pero al parecer se estaba aficionando a las emociones fuertes. Pasó la otra pierna y se sujetó a la sábana, que caía hacia abajo. Sin darse tiempo a sopesar si aquello era una buena idea, empezó a descender por ella. Sentía una poderosa adrenalina arder en sus venas, proporcionándole una sensación de júbilo días antes desconocida.
Con los pies ya en el suelo y el corazón haciéndole trizas el pecho, echó a correr hacia el único sitio que se le pasó por la mente. Donde sabía que no la encontrarían. Donde sabía que estaba él.
Hermione volvió a traspasar la puerta de aquel Estudio sin haber pensado muy bien qué decir al llegar. Por suerte, aquel día Draco era la única persona detrás del mostrador. Una expresión confundida cruzó su rostro de lado a lado al levantar la cabeza y verla allí clavada, exhausta y sudada.
—Hermie —dijo, apresurándose a llegar a su lado.
—Hermione —susurró ella, casi sin aliento.
—¿Qué ha pasado?
Pero ella no quería explicar nada. No en aquel momento.
—No me he curado el tatuaje —consiguió decir al fin.
Él echó un rápido vistazo al reloj de muñeca de su mano derecha antes de volver a observarla con atención durante unos segundos. Luego, apretó los labios y le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera.
El sonido de la máquina de tatuar que inundaba el local cesó cuando ambos entraron en el lugar de trabajo del rubio, que abrió un par de cajones y sacó una gasa y la crema. Empapó la gasa con agua del grifo y se volvió hacia ella, levantándole la camisa blanca que le había quitado la noche anterior. Hermione rozó sus dedos cuando se apresuró a sujetarla ella misma, haciendo que ambos se miraran una milésima de segundo. Él le desabrochó entonces el botón del pantalón y lo bajó un poco, quitándole el papel transparente del tatuaje. Luego, se inclinó un poco para limpiarlo bien, y unos instantes después lanzó la gasa a la papelera, poniéndose crema en los dedos. De nuevo, aquel contacto sobre su piel provocó que Hermione se mordiera un labio involuntariamente.
Él examinó su expresión mientras ella miraba al punto donde le extendía el ungüento, y después de unos segundos, Draco se volvió para lavarse las manos.
—Ya está.
—¿Puedo quedarme? —las palabras cayeron de la boca de Hermione antes de que pudiera detenerlas.
Él se volvió, suspirando, y se apoyó en la encimera.
—Me queda un tatuaje para terminar el turno.
—Puedo quedarme fuera —dijo ella, esperando no obtener una negativa. No sabía dónde ir si eso pasaba. Él lo sopesó unos segundos—. Sólo necesito la compañía de alguna serpiente…
Aquella ocurrencia hizo que el rubio sonriera ampliamente.
—De acuerdo, quédate —accedió, dirigiéndose hacia la entrada, donde esperaba una chica rubia, de ojos verdes y gruesos labios pintados con carmín—. Oh, ¿Rachel? Perdona, estaba… ocupado —dijo, mirando de reojo a Hermione, que acababa de sentarse en uno de los sofás de fuera—. Ahora mismo lo preparo todo.
Quince minutos más tarde, Hermione observó cómo aquella preciosa chica entraba en la habitación donde ella había decidido cambiar el rumbo de su vida el día anterior. Trató de mantener a raya aquellos pequeños e incómodos celos que habían aparecido de repente. Eran total y absolutamente absurdos, sin una razón aparente que los sostuviera, carentes de lógica, de sentido común… Pero aun así, siendo consciente de todo aquello, no podía evitarlos.
Sin otra cosa que hacer, sacó su teléfono móvil del bolso. La pantalla acababa de apagarse al no haber contestado a la llamada entrante, seguramente de sus padres. Suspirando, lo desbloqueó. Ahora tenía cincuenta llamadas perdidas y veintisiete mensajes. Volvió a suspirar, abriendo la pestaña de llamadas y empezando a revisarlas.
Mamá, Mamá, Papá, Mamá, Mamá, Papá, Papá, Papá…
Aburrida, descendió más deprisa.
Papá, Mamá, Papá, Papá, Mamá, Ginny, Mamá, Mamá…
Resopló.
Papá, Papá, Mamá, Ginny, Papá, Mamá, Mamá, Ron…
Sorprendida, volvió a mirar aquel nombre. ¿Para qué le habría llamado Ronald? Sin ganas de pensar demasiado al respecto, obvió aquella llamada y siguió revisando las llamadas… Otras cuantas de su madre, otras muchas de su padre, una más de Ginny… Y unas cinco o seis de Ron.
Frunciendo el ceño, presionó el botón en forma de carta y empezó a leer los mensajes.
Mamá; 19 de Septiembre, 23:24-
Hermione, cuando llegues a casa tenemos que hablar. No puedes simplemente irte y dejarnos con la palabra en la boca.
Mamá; 19 de Septiembre, 23:56-
Recuerda que podemos ir a buscarte. No vuelvas muy tarde.
Papá; 20 de Septiembre, 00:15-
¿Dónde estás?
Mamá; 20 de Septiembre, 00:47-
Ya va siendo hora de que nos llames, ¿no te parece?
Papá; 20 de Septiembre, 01:03-
Que sepas que va a ser la última vez que salgas y no nos digas dónde vas. Nos tienes a tu madre y a mí con el corazón en un puño.
Ginny; 20 de Septiembre, 01:15-
Tía, tus padres acaban de llamarme, ¿dónde estás? Se suponía que me avisarías si salías a celebrar tu cumpleaños. ¿Estás con Harry, Parvati y compañía? Llámame y me uno a la fiesta.
Papá; 20 de Septiembre, 01:36-
Dijiste que saldrías con tus amigos. Ninguno había quedado contigo. ¿Con quién estás? Contesta a los mensajes.
Ginny; 20 de Septiembre, 02:15-
He llamado a todos y ninguno está contigo. Tía, que ya me había arreglado. ¿Estás con Ron? ¡Eso se avisa! Por fin has decidido dar el paso. Pdt: Llama a tus padres, están desquiciados porque no respondes sus llamadas.
Llegados a ese punto, Hermione sentía una fuerte presión en el pecho y un nudo bien atado en la garganta. Tragó saliva, pasando los mensajes con rapidez. Sabía que seguirían en la misma línea que los anteriores… Sin embargo, el nombre de su ex volvió a aparecer entre ellos. Sin vacilar ni un segundo, lo abrió.
Ron; 20 de Septiembre, 02:40-
Tu amiga Ginny me ha llamado. Dice que has salido pero nadie sabe dónde estás. Ella pensó que estarías conmigo… Si no estás con tus amigos ni conmigo, ¿entonces con quién? Llámame.
Increíblemente, aquello no quedó así.
Ron; 20 de Septiembre, 02:52-
Así que primero rechazas mi oferta de pasar la noche juntos y ahora sales de fiesta. A saber con quién. Además, ¿desde cuándo te gusta salir por la noche? Cógeme el teléfono.
Ron; 20 de Septiembre, 03:05-
Respóndeme al menos a los mensajes.
Ron; 20 de Septiembre, 03:47-
No sé por qué me molesto en seguir hablándote, lo más seguro es que estés en alguna parte lamentándote de que te haya dejado. Porque amigos tampoco tienes.
Ron; 20 de Septiembre, 10:38-
Perdona ese último mensaje. Me gustaría que hablemos. Llámame.
Ron; 20 de Septiembre, 11:00-
¿De verdad quieres quedarte sola para siempre? ¡Llámame!
Hermione no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. ¿Por qué le dolían tanto las palabras de alguien que ni siquiera se había molestado en quedar con ella para dejarla en persona? ¿Por qué siempre había vuelto con él, a pesar de sus mentiras y engaños? ¿Por qué simplemente no asumía las consecuencias de sus actos y se olvidaba de ella de una vez? Estaba cansada de que jugara con ella, de que la considerara inferior, de que la obligara a hacer cosas que no quería, y a pesar de ello pareciera que era él el que no podía vivir sin ella.
—¿Qué te pasa? —preguntó una voz de repente.
Hermione levantó la cabeza de inmediato, percatándose de la mirada de Eddie, el compañero fuerte y con perilla de Draco.
—Nada, nada —se apresuró a responder, secándose las lágrimas con el dorso de la camisa.
—A ver, chiquilla —dijo él, sentándose en una butaca que tenía al lado—, no se llora por nada. ¿Tan malo es Draco en la cama?
Hermione lo miró horrorizada, pero él se reía a carcajadas.
—¿Cómo…?
—Nunca antes había quedado con ninguna clienta —contestó, encogiéndose de hombros—. Lo he supuesto.
—Ah.
Hermione, al sentir que se le coloreaban las mejillas, bajó la mirada.
—Escucha, no tengo ni la más remota idea de lo que te pasa, pero una cosa es segura —comentó—. Todo llega, y todo pasa. Así que todo tiene solución, ¿me entiendes? —Hermione volvió a mirarlo, y él señaló una oscura calavera tatuada en su brazo—. Todo, menos la muerte. Así que disfruta de la vida, que sólo hay una.
Las lágrimas dejaron de rodar por su rostro cuando analizó aquellas palabras. Sorbió por la nariz y le dedicó una media sonrisa. Eddie volvió a sonreír de lado a lado mientras se levantaba y se dirigía a la puerta.
—Asegúrate de que Draco no te deje dentro cuando cierre —dijo, despidiéndose con la mano.
No pasó mucho tiempo hasta que aquella rubia volvió a aparecer en la entrada, pagando en efectivo el resto del tatuaje.
—Me ha encantado —comentó ella con una sonrisa.
—Me alegro —respondió él—. Acuérdate de curártelo apropiadamente y echarte la crema dos veces al día durante una semana.
Ella asintió y se despidió, pasando frente a Hermione al dirigirse a la salida.
—Ya he acabado —dijo Draco, suspirando—. ¿Qué te apetece comer?
—Lo que tú quieras. Yo invito.
Él la miró un momento, confundido.
—Me dijiste que no trabajabas.
—Sí, pero tampoco salía, tampoco gastaba… Tengo dinero ahorrado desde que tenía doce años —confesó Hermione—. Quiero agradecerte que aceptes estar conmigo hoy.
—Si acepto es porque quiero.
—Bueno, pues yo quiero pagar la cuenta. No me vayas a decir que eres un chapado a la antigua y que no consientes que una mujer te invite a comer —dijo, arqueando una ceja.
—¿Tengo pinta de chapado a la antigua? —preguntó, fingiendo un mohín.
—Para nada —respondió ella—. Me hubiera sorprendido bastante.
Ambos salieron del establecimiento, y ella esperó pacientemente a que él cerrara la puerta y echara la verja.
—¿Sabes lo que me sorprendería a mí? —preguntó él, empezando a caminar por la acera.
—¿Qué?
—Que aceptaras montarte en la moto sin casco.
Hermione frunció el ceño y dejó de caminar, haciendo que él se girara para mirarla.
—¿Qué? No sabía que vendrías —se excusó.
—¿Por qué nunca llevas casco? —preguntó, un tanto irritada.
—Por la sensación de libertad —respondió sin dudar un sólo segundo.
—¿Y qué pasa si tienes un accidente?
Él se encogió de hombros.
—Puedo salir ileso, puedo romperme una pierna o puedo matarme.
—¿Y pretendes comprobar qué porcentaje tiene cada muestra? —se quejó.
—No, lo que pretendo es vivir —dijo, acercándose para agarrarla de la muñeca y hacerla caminar—. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene vivir la vida sin un poco de emoción?
Hermione se sorprendió dándole un poco la razón internamente.
«¿Qué sentido tiene la vida si la vives encerrada?», se preguntó.
Así que, no sin cierto reparo, aceptó subirse a la moto sin casco.
Cuando ésta empezó a rugir, Hermione se agarró con mucha más fuerza al cuerpo del rubio, al que la situación parecía hacerle bastante gracia.
—¿Comida rápida? —preguntó Hermione, plantada frente a la puerta de una pizzería.
—Dijiste que lo que yo quisiera —dijo él, abriendo la puerta y entrando—. Esto es lo que quiero.
—Pero yo pensaba que sería algo un poco más…
—Deja de pensar en lo políticamente correcto y limítate a disfrutar el momento —terció, interrumpiéndola—. Me gusta la Barbacoa, con extra de salsa.
Draco se sentó en una mesa para dos mientras Hermione se ponía a la cola para pedir. Un rato más tarde, volvía con una pizza Barbacoa y otra Hawaiana, así como una botella de agua debajo de un brazo.
—Ponerle piña a una pizza es una aberración —comentó, haciendo una mueca.
—No tienes por qué comerla —se defendió ella, acercándole la de Barbacoa.
—¿Agua?
—Si vas a ingerir una cantidad indecente de calorías y grasas, qué menos que ahorrarte las de los refrescos, ¿no? —sentenció ella, cogiendo una porción de la suya.
—Sin lugar a dudas, piensas demasiado —se rió.
Ambos empezaron a discutir sobre los pros y los contras de la comida basura. Draco, con unos muy buenos argumentos, parecía estar ganando el debate cuando el móvil de Hermione profirió un pitido. Ella suspiró, limpiándose las manos antes de cogerlo. Era otro mensaje. Hermione se tensó al comprobar el remitente, cosa que Draco no pasó por alto.
—¿Qué pasa?
Pero ella no respondió, volviendo a leer aquel mensaje una y otra vez.
Ron; 20 de Septiembre, 15:12-
Nunca conseguirás estar con nadie que no sea yo. En el fondo te estoy haciendo un favor queriendo volver contigo, y lo sabes. No volveré a pedirte que me llames, es tu última oportunidad. Hazlo ahora para poder quedar esta tarde, que hoy tengo el turno de noche.
Hermione sintió los ojos humedecerse de repente antes de que Draco se inclinara sobre la mesa y le quitara el móvil de las manos. Su expresión se tornó incrédula a medida que lo leía.
—¿Quién es este tonto? —preguntó, devolviéndole el teléfono.
—Mi ex —susurró ella.
—¿Es tu compañero en la universidad?
Hermione negó con la cabeza.
—Trabaja.
—¿De qué?
—Es recepcionista de un hotel.
—¿Qué hotel?
—The Park City.
—A ver… —dijo, sacándose el móvil del bolsillo de su pantalón.
Hermione suspiró, bloqueando el suyo y volviendo a guardarlo en el bolso.
—¿Es éste? —preguntó Draco, enseñándole la pantalla.
—Sí… —respondió, frunciendo el ceño al percatarse de que no sabía cuáles eran sus intenciones—, pero espera, ¿para qué quieres saberlo?
Él sonrió.
—Ese tío se merece un escarmiento —comentó, sumergido en lo que fuera que estaba haciendo—. Listo. Volvamos a mi casa, tenemos que arreglarnos para esta noche.
En el camino de vuelta, Draco se negó a explicarle qué era lo que tenían que hacer aquella noche, haciendo que ella apretara los labios al respecto. Al llegar, ambos se sentaron en el sofá de la entrada mientras Hermione le explicaba el motivo por el que había aparecido de repente en el Estudio cargada con una mochila. Draco no hizo demasiados comentarios y le preguntó si quería darse una ducha mientras él bajaba un momento a hacer el inventario del pub.
La ducha dejó a Hermione bastante relajada. Se puso una camiseta cómoda y el pantalón del pijama y fue al dormitorio a hacer la cama que deshicieron la noche anterior. Aquel recuerdo hizo que se mordiera el labio de nuevo. Luego, agotada, encendió la tele y se echó en el sofá. Sus días nunca habían sido tan movidos, ni siquiera en épocas de exámenes. Hermione sacudió levemente la cabeza mientras trataba de no pensar demasiado en los estudios. Era sábado, y nunca antes había tenido tan pocas ganas de que llegara el lunes. Así que dejó que sus párpados se fueran cerrando lentamente hasta abandonarse al sueño.
—¡Hermie!
Hermione se despertó sobresaltada. ¿Cuánto había dormido? La luz que entraba por la ventana empezaba a ser tenue. Confusa, miró a ambos lados de la habitación, sin ver a nadie.
—¿Draco?
—¡Estoy aquí! —respondió, asomándose por la puerta de la habitación mientras se hacía un nudo de corbata.
Hermione enarcó una ceja.
—¿Dónde vas?
—Vamos —la corrigió—. Ven, elige lo que quieras del armario.
Ella se levantó, frotándose los ojos con las manos y bostezando.
—¿Dónde vamos? —preguntó, llegando a su lado.
—A recuperar tu dignidad —respondió, dirigiéndose al armario empotrado—. Aquí está la ropa de mi ex. Nunca volvió para recuperarla, así que supongo que me la regaló.
—A recuperar mi… —susurró ella, confusa.
—Dignidad —repitió—. Vamos, ponte lo que quieras, pero procura que sea sexy.
—Pero yo no… —él la miró, interrogante—. Nunca me he puesto ropa…
—¿Sexy?
Draco abrió el armario y miró entre la ropa de mujer, pasando algunas perchas, hasta que dio con un vestido negro, estrecho y con escote en forma de V. Lo puso sobre la cama y luego se acercó a ella, quitándole la camisa sin previo aviso. Después, desabrochó el botón de su pantalón y lo bajó con precisión.
Hermione lo miró, excitada. Su nueva y liberada sexualidad había vuelto a provocarle aquel ardor en sus partes íntimas… Pero él parecía demasiado concentrado en volver a vestirla.
—Sube los brazos —ordenó.
Cuando ella obedeció a regañadientes, le pasó el vestido por la cabeza, deslizándolo por su cuerpo hasta la altura de las rodillas. Luego, se alejó un paso para verla mejor.
—Pues yo diría que estás bastante sexy —confesó, mirándola de arriba abajo—. ¿Sabes andar con tacones?
—Definitivamente no.
Él se agachó y sacó un par de un cajón.
—Pues aprende —dijo, tendiéndole los tacones y mirando el reloj de muñeca—. Tienes una hora.
—¿A qué viene todo esto? —volvió a preguntar, cansada de tanto secretismo.
Draco alargó el brazo y la cogió por la cintura, acercando su rostro a su cuello y besando el lóbulo de su oreja.
—Confía en mí —susurró—. Voy a peinarme. Tú anda un poco con eso e intenta no matarte.
Aquel vestido era demasiado corto para su gusto, y los tacones demasiado altos. Sin embargo, en uno de los torpes paseos que se dio por la casa, se topó de repente con un espejo de pie en el pasillo. Tuvo que mirarlo dos veces para reconocerse. No tenía ni idea de que una simple prenda y un par de zapatos podían realzar su figura de aquella manera.
Se observó detenidamente. Se gustaba. Más de lo que pudiera haber imaginado nunca.
Cuando Draco la llamó de nuevo por ese nombre que no era el suyo, ella acudió, haciendo una mueca, lo más rápido que aquellos andamios la dejaron.
Él la sentó en una pequeña butaca en el baño y empezó a pasarle la plancha por el pelo, alisándolo. Luego, le dio un rímel, una paleta de sombras y un pintalabios para que se maquillara, y aunque nunca antes se había maquillado tanto, aquella noche tenía pinta de ser especial… Por eso, contra todo pronóstico, se pintó como si llevara años haciéndolo. Por eso sonrió a la persona que la miraba desde el espejo. Por eso no hizo preguntas cuando Draco le pidió que se subiera al coche de Alex… Porque tenía la sensación de que recordaría aquella noche hasta el último exhalo de sus pulmones.
No hablaron demasiado durante el trayecto, aunque el silencio no fue para nada incómodo.
Ella reconoció la zona, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Cuando él paró frente al hotel, ambos se miraron.
—¿A esto te referías cuando dijiste que acercarme a las serpientes podía resultarme beneficioso? —susurró ella.
—Esta noche eres la mujer más sexy de Inglaterra —respondió, ignorando su pregunta—. Vamos a hacer que ese imbécil se arrepienta de todas y cada una de sus sucias palabras.
Draco se bajó del coche sin parar el motor, acercándose a la puerta del copiloto y ayudando a Hermione a bajar. Luego, dejó que el aparcacoches hiciera su trabajo.
Los dos caminaron hacia el hotel, subiendo los pocos escalones que había hasta la entrada.
—¿Estás lista?
Ella asintió, a pesar de sentirse ligeramente mareada. Él agarró su mano por primera vez, enlazando los dedos con los suyos, y empujó la puerta de cristal.
Cuando Hermione entró detrás de Draco pudo divisar a lo lejos, detrás del mostrador, la cabellera pelirroja de su ex, que parecía estar buscando algo en el ordenador. Ella se mordió un labio a medida que avanzaban, él apretó su mano con más fuerza.
—Recuerda que es él el que nunca va a encontrar a nadie como tú —susurró.
Aquellas palabras lograron infundirle un atisbo de confianza. Hermione se puso derecha, cuadró los hombros y alzó la barbilla en el momento exacto en el que Ron levantó la cabeza. Él abrió la boca, como si no creyera lo que veían sus ojos. Luego, empezó a examinarla con más detenimiento mientras se acercaba. Sus tacones, su vestido, su mano enlazada con la de aquel desconocido, sus curvas, su escote, su pelo liso, sus labios pintados, sus ojos maquillados…
—Tenemos una Suite reservada para esta noche —dijo Draco al llegar.
Pero Ron, con el ceño fruncido y una expresión de espanto en el rostro, no podía apartar la mirada de la de Hermione, que se la sostenía con dureza.
—¿Hermione?
Draco se aclaró la garganta.
—No —él se acercó para leer la plaquita de su pecho—, Ronald. ¿Desde cuándo a los clientes se les llama por su nombre de pila? Señorita… —dijo, girándose hacia Hermione.
—Granger —respondió ella, con una media sonrisa apareciendo por entre sus labios.
—Señorita Granger, por favor. Puede dirigirse a mí como señor Malfoy.
Ron lo miró con irritación.
—No entiendo nada.
—No es tan difícil, Ronald, pero puedo repetirlo si lo necesita. He reservado una Suite para pasar esta noche con mi chica —comentó, agarrando a Hermione por la cintura—. Si fuera tan amable de darnos cuanto antes la habitación, se lo agradecería. Estamos deseando comprobar si la cama es tan cómoda como dicen las reseñas de internet.
Ron pareció colapsar, mirando alternativamente a uno y a otro con cara de tonto.
—Disculpa, he pagado por una noche. Me gustaría poder aprovecharla —espetó Draco, ahora dedicándole una mirada envenenada—. Si no es capaz de hacernos el Check-in, le rogaría que llamara a su superior.
El pelirrojo no hizo ningún comentario y, saliendo de su ensimismamiento, empezó a usar el ordenador.
—¿Malfoy? —preguntó, de mala manera.
—El mismo —respondió el rubio.
—Ya ha pagado todo, tiene la cena y el desayuno incluido —comentó.
—Lo sé.
—Rellene este impreso —pidió, desplazando por el mostrador una hoja de papel y un bolígrafo.
Mientras Draco escribía, Ron y Hermione intercambiaron un par de miradas. Él parecía bastante molesto, lo cual hacía que la sonrisa de Hermione fuera aún más grande. Ella apartó la vista de su ex para mirar a Draco y morderse un labio.
—Ya está.
—Estupendo —espetó Ron, guardando el papel, cogiendo una llave del tablón y dejándola con fuerza sobre el mostrador—. Habitación 502.
—Debería bajar esos humos —le advirtió—, y más cuando trabaja de cara al público.
Ron reprimió una mueca.
—Disculpe.
—Bien. He pagado por una Suite, ¿no va a subir con nosotros?
—Faltaría más.
Ron salió de detrás del mostrador y se dirigió hacia el ascensor. Presionó el botón y esperó, de espaldas a Draco y Hermione. Cuando éste llegó, pasó y se hizo a un lado para que ellos también entraran. Pulsó el número cinco y se cruzó de brazos mientras observaba cómo se cerraban las puertas.
—Estás preciosa esta noche —dijo Draco, acercándola más aún a él y dándole un beso en la frente. Ron profirió un levísimo bufido.
Sin saber muy bien qué decir, Hermione alzó la vista para mirarlo. Draco le sonreía, agarrando su cadera con fuerza.
—No puedo esperar a llegar —susurró ella, olvidándose por completo de la presencia de su ex en aquel pequeño espacio.
El ascensor paró y Ron salió disparado por el pasillo. Ellos lo siguieron y esperaron a que abriera la puerta de la habitación. Luego, volviéndose, se percató de que no llevaban equipaje.
—¿Y las maletas? —preguntó.
—Oh, no traemos —respondió Draco—. Vivimos aquí, sólo queríamos pasar una noche… Ya sabe, divertida.
Ron arrugó la nariz, mirando a Hermione con una ira mal contenida.
—¿Tiene algún problema con ella? —preguntó el rubio.
—Estará pensando que, probablemente, nunca podrá estar con alguien como yo —susurró ella, lo suficientemente alto para que lo oyeran ambos.
Ron apretó los labios y echó a caminar, hecho una furia, hacia el ascensor.
—Desde luego, el personal deja bastante que desear —comentó Draco, entrando en la habitación tras Hermione, y cerrando la puerta de un portazo.
