NA: ¡Hola! Sé que he tardado. Vosotros sabéis que he tardado. Todos saben que he tardado. Me gustaría ser más constante con las actualizaciones, pero aparte de las obligaciones en la vida muggle, la inspiración a veces puede ser una p*ta. No me guardéis rencor.
Capítulo 5: Wet freedom.
Hermione se despertó con la claridad que entraba por las puertas acristaladas que daban a la terraza. Era consciente de que había despertado, pero aún no había abierto los ojos. No quería abrirlos. Todavía tenía la sensación de que al hacerlo volvería a encontrarse en su pequeña y blanca habitación, rodeada de libros por todas partes. Y no era que de repente odiara la lectura o el estudio –dudaba seriamente que eso algún día fuera a pasar–, pero en aquel momento necesitaba dejar un poco de lado sus antiguos hábitos y centrarse en descubrir y disfrutar los nuevos… si es que no lo había soñado todo y ni tenía dos mariposas tatuadas en el vientre ni se había acostado dos veces con el tatuador. Recelosa de sus propios pensamientos, Hermione decidió estirar el brazo y pasar una mano por las sábanas de la cama para tratar de dar con Draco. No lo encontró, y una punzada de dolor se agarró a su estómago. ¿Podría ser posible que todas aquellas sensaciones fuertes sólo hubieran sido producto de su imaginación? ¿De la necesidad de sentir algo de emoción en su vida para no volverse loca? Frunciendo el ceño abrió los ojos de una vez, dispuesta a volver a enfrentarse a su vida solitaria y aburrida y a aceptar que tal vez era así como debía ser… pero el altísimo techo que encontró sobre ella le hizo percatarse de que no, de que aquella no era su habitación de ninguna de las maneras. Se incorporó entonces y miró a su alrededor. La habitación de esa lujosa Suite estaba vacía… y ella desnuda. Un temblor le recorrió la columna vertebral. No había traído otra ropa que la puesta, y dudaba que aquel corto vestido fuera a calmar su frío.
Puso los pies descalzos en el suelo y caminó por la estancia buscando, al menos, su ropa interior. Pero el sonido de un grifo abriéndose y agua cayendo llamó su atención. Miró la puerta cerrada de lo que suponía que era el cuarto de baño. Lo suponía, ya que era la única habitación a la que no había entrado antes. Anduvo hacia ella y puso la mano débilmente en el picaporte. Vaciló unos segundos. Su antigua yo a veces volvía fugazmente a dejarle un atisbo de inseguridad y miedo. Hermione sacudió la cabeza. No había hecho todas esas locuras para tirarlo todo por la borda al tercer día. Agarró el picaporte con más fuerza y éste cedió a su presión, dándole paso a un caldeado baño lleno de vapor y aromas. Supo por el espacio que, sin duda, aquel era el baño más grande y posiblemente también el más lujoso en el que había estado nunca. Creyó haber visto por el rabillo del ojo un jacuzzi en la esquina más alejada, una encimera enorme con varios lavabos y una gran cantidad de productos para el cuidado personal sobre ella. Además también creía que la decoración era muy parecida a la del resto de la Suite; delicada y sofisticada pero suntuosa y esplendorosa a la vez. Realmente lo creía, pero no podía confirmarlo. No, porque se había quedado clavada en el suelo mientras contemplaba embelesada el torso desnudo de Draco bajo la alcachofa de techo de la ducha, que estaba a ras del suelo. Ésta se encontraba al fondo de la estancia. Una mampara de cristal salía de la pared y recorría unos metros hasta casi la mitad de la habitación, separando así la zona de la ducha. Y Draco se pasaba las manos por el cabello mojado, haciendo que los músculos de su espalda se marcaran más de lo normal. El agua que caía por su cuerpo había provocado en Hermione un aturdimiento repentino. Nunca lo había visto desnudo de espaldas… y no entendía muy bien por qué le sorprendía que allí también tuviera tatuajes. Sus glúteos se veían firmes y redondos, hipnotizantes.
Y sin saber cómo, de repente se encontraba poniendo una mano en la terminación del cristal que hacía de mampara y entrando en la ducha. Hermione se percató del pequeño respingo que dio cuando ella también se puso bajo el agua, pero a pesar de la sorpresa, Draco sonrió y le quitó un mojado mechón de pelo de la cara. Luego, cogió de la repisa un botecito con un líquido blanco en su interior, lo abrió y vertió un poco en la palma de su mano izquierda. Le tendió a ella el bote y ella lo cogió. Draco se refregó las manos un poco y luego las extendió y enredó los dedos en el pelo de Hermione. Lo masajeó mientras el champú hacía su trabajo y la espuma empezó a aparecer en él. Hermione lo miró, le gustaba cuando parecía concentrado en algo. Sus facciones se ablandaban y sus manos trabajaban con más precisión. Pero su cabello era largo y se enmarañaba con demasiada facilidad, por lo que ninguno pudo reprimir una carcajada cuando pasados unos minutos él no pudo sacar los dedos de su pelo. Hermione dejó escapar algún que otro "¡ay!" y Draco casi se resbala un par de veces de la risa. Pero ambos consiguieron sobreponerse cuando ella se puso de puntillas y estiró las manos hacia su cabello. Había vertido el resto del contenido del bote en sus manos y pretendía hacer lo mismo que él. Draco se mostró reticente durante unos segundos, pero luego dejó que metiera los dedos en su fino y rubio pelo y los moviera con esmero. Aunque casi no llegara. Y él de repente tenía otra sustancia rosada en la palma de la mano, y acariciaba los pequeños senos de Hermione y deslizaba ambas manos por su cintura. Ella sacó los dedos de su pelo y se apartó el suyo propio de la cara con el dorso de la mano. Recogió un poco de la espuma que había aparecido en su cuerpo y empezó a frotar el pecho del rubio, encontrando algún que otro pequeño tatuaje en las zonas menos esperadas. Hermione se preguntó si algún día se tomaría el tiempo de contarle qué significaban todos ellos. Pero consideraba que ese momento ya era perfecto de por sí, así que se esmeró en no perderse ninguna de sus espontáneas sonrisas.
Bajo el agua pensó que sería una buena idea llevar una lista con las alocadas cosas nuevas que había empezado a hacer. Se estaba liberando tanto de todas las ataduras de su vida y estaba sucediendo todo tan rápido que no quería olvidar ninguna de esas nuevas experiencias.
Tendría que apuntar al final de la misma "encontrarse bajo el agua de la ducha con un desconocido". Esperaba que no fuera la última cosa que apuntara en esa lista.
Cuando lograron aclararse y secarse con las suaves toallas de bordados dorados, ambos se dispusieron a salir de la habitación para vestirse. Sin embargo, los dos se miraron a la vez al pasar por el jacuzzi. Terminaron chapoteando y salpicándose el uno al otro mientras cientos de burbujas les hacían cosquillas en la piel. Un rato más tarde, las risas se trasladaron de nuevo a la habitación, donde incluso tuvieron que mirar debajo de la cama en el intento de encontrar la ropa que habían lanzado en todas direcciones la noche anterior.
Ambos intentaron adecentarse en la medida de lo posible, cogieron unos cuantos botes de gel, champú y crema hidratante, se despidieron de la habitación y bajaron a la planta principal, no sin que antes Draco se riera escandalosamente por la casi caída de Hermione al doblar la esquina. Ésta consideró muy seriamente quitarse aquellos endemoniados tacones y bajar descalza.
Una chica bastante guapa les indicó amablemente que el desayuno se servía en la entreplanta, y que todavía tenían una hora para desayunar. Hermione recorrió su rostro con la mirada. Tenía los ojos de un azul muy claro y unos labios carnosos y naturales. Llevaba el moreno pelo liso recogido en una coleta alta perfecta. Hermione le devolvió la sonrisa antes de que Draco tirara de su mano para subir un pequeño tramo de escaleras cerca de la recepción. Se preguntó si había sido aquella la compañera de trabajo con la que Ron la había engañado en varias ocasiones. Algo en su interior le decía que sí, pero por más que quisiera no podía odiarla. No cuando conocía demasiado bien a su ex novio. Seguramente ella también habría sido mezquinamente engañada.
—Hermie.
Aquella voz le hizo volver a la realidad y mover la cabeza para mirarlo.
—¿Sí? —respondió ella
—Que dónde quieres sentarte.
Ella volvió a mirar al frente. Habían llegado y no se había dado ni cuenta.
—Me es indiferente —respondió al fin. Draco se encogió de hombros y volvió a tirar de ella para moverse, pero ella opuso resistencia cuando divisó un gran jarrón de pie a la derecha de la habitación—. Prefiero ahí.
Hermione aligeró el paso, siendo ella la que esta vez lo llevaba a él, y se sentó en una mesa para dos bastante cerca de las flores.
—¿A qué ha venido eso? —inquirió Draco mientras arqueaba una ceja.
Hermione sonrió, pero era una sonrisa con un punto de tristeza implícita.
—Hortensias —respondió, mirando el gran ramo de flores de diferentes tonalidades de rosa, lila y azul—. Me recuerdan a mi infancia, al olor a pueblo, al patio trasero de la casa de mi abuelo…
Draco puso los antebrazos sobre la mesa y se inclinó un poco en ella.
—¿Todavía vive? —quiso saber él.
Ella asintió con la cabeza.
—Sí, pero no ha vuelto a ser el mismo desde que murió mi abuela. La suya fue una historia de amor, de verdadero amor, desde el principio hasta el final. Él plantaba y cuidaba las hortensias de su patio para alegrar a su mujer cada mañana. —Hermione se mordió el labio inferior mientras recordaba—. De pequeña corría entre ellas buscando mariposas. —Pudo apreciar por el rabillo del ojo cómo Draco entreabría un poco la boca—. Me pregunto si todavía las sigue cuidando.
Él había empezado a mirarla con curiosidad, como si lo que le contaba le pareciera bastante interesante.
—¿Te preguntas? —dijo, instándole a que le contara más.
—Sí. No he ido mucho por ahí últimamente… Creo que va a hacer ya tres años y medio desde que no veo a mi abuelo. Mis padres trabajan mucho y él vive lejos. Yo he querido ir en varias ocasiones, pero mis padres consideraban inapropiado que hiciera un viaje de varias horas en autobús yo sola.
—Permíteme que te diga que tus padres son imbéciles —comentó Draco, ignorando el reciente mohín que había aparecido en el rostro de ella—. ¿Dónde vive tu abuelo?
—Vive en un pueblo al norte de Londres llamado Edale, a unas cuatro horas en coche.
—¿Y es tu abuelo tan cerrado de mente como tus padres?
Hermione lo miró, recelosa.
—¿Qué pretendes?
—Pretendo saber si pondría el grito en el cielo si aparecieras en su casa conmigo —respondió, encogiéndose de hombros.
Ella se tomó un momento para analizar sus palabras. No estaba segura de si lo estaba interpretando correctamente, pero… ¿Le estaba proponiendo llevarla a visitar a su abuelo?
Hermione tragó saliva antes de hablar.
—¿Has oído cuando he dicho que está a cuatro horas?
—Claro —respondió él, echándose hacia atrás en la silla de manera despreocupada—. Has dicho que está a cuatro horas en coche. Con mi moto llegamos en la mitad de tiempo.
A pesar de que Draco acababa de admitir abiertamente que no tenía intención de respetar los límites de velocidad, a Hermione se le iluminó la cara. Hacía tanto tiempo que deseaba ver a su abuelo que optó por pasar por alto ese pequeño detalle un tanto ilegal.
Después del desayuno ambos se pasaron por el mostrador de la planta principal, donde los recibió la misma chica de antes. Draco entregó la llave de la habitación y ella le devolvió las del coche de Alex, su empleado. Bajaron al garaje del hotel, se montaron en él y salieron fuera.
Draco condujo unos quince minutos hasta llegar a una zona residencial, donde buscó con la mirada un aparcamiento y aparcó en el primer sitio libre que vio. Apagó el motor, sacó la llave y le hizo un gesto a Hermione para que saliera. Cerró el coche y cruzó de acera. Hermione lo seguía sin hacer preguntas. Estaba demasiado entusiasmada con la idea de aquella pequeña escapada a Edale que no podía pensar en otra cosa que no fuera aquello.
De repente, Draco abrió la verja de una de esas casas victorianas y entró al patio delantero, llamando a la puerta con los nudillos al llegar a ella.
Alex no tardó en aparecer tras la puerta. Sus ojos volaron de su jefe –a quien parecía estar esperando– a Hermione, a quien definitivamente no había esperado encontrar en la puerta de su casa. La analizó unos segundos con curiosidad, intentando atar cabos internamente, hasta que Draco habló por primera vez.
—Gracias por este pequeño favor —dijo Draco, alzando las llaves y poniéndolas a la altura de la cara de Alex—. Lo tendré en cuenta.
—Ya te dije que no había problema. ¿Queréis pasar? —ofreció él, cogiendo sus llaves—. Mis compañeros de piso no están, puedo invitaros a un té.
—Oh no, gracias —respondió el rubio—. Hermie y yo tenemos una…
—Hermione —le interrumpió ella.
—… excursión que hacer a la campiña inglesa —siguió diciendo, ignorando su aclaración—. Te agradecería que me devolvieras las llaves de mi moto.
Alex parecía dividido entre la confusión de ver a Draco con una mujer y la diversión de que aparentemente no se hubiera molestado en aprenderse su nombre, pero se volvió hacia una pequeña mesita que había en la entrada, abrió un cajón y sacó una llave. Se la tendió a Draco y éste la cogió.
—Está al final de la calle —dijo su empleado.
—Gracias. —Draco se giró sobre sí mismo y empezó a caminar en dirección a la verja, pero antes de llegar a ella dijo por encima del hombro—: No hace falta que abras esta tarde. Tómate el día libre.
Hermione apreció una amplia sonrisa en el rostro del chico antes de seguirlo fuera.
Caminaron unos pocos metros hasta encontrar la moto de Draco, perfectamente aparcada entre dos coches. Draco se subió a ella con gran agilidad mientras que Hermione se quedaba mirándolo desde la acera con el ceño fruncido.
—¿Qué? —preguntó él cuando se percató de su mirada.
—¿Cómo quieres que me suba ahí —dijo, señalando la moto—, con esto —siguió, señalando el cortísimo vestido—, y esto —continuó, ahora señalando los tacones.
—Súbete de lado.
—¡Pero me voy a caer!
Draco puso los ojos en blanco y volvió a bajarse de la moto. Se acercó a ella, le estiró el vestido hacia abajo todo lo que pudo, la cogió en peso sin demasiado esfuerzo y la plantó sobre la moto de modo que sus piernas quedaron colgando de un solo lado. Luego se subió de nuevo frente a ella y arrancó. Hermione se agarró a su cintura como pudo cuando giró la muñeca varias veces, haciendo rugir el motor, antes de que la moto saliera disparada por la carretera.
Hermione estaba segura de que sólo conducía así para ponerla de los nervios, pero se obligó a recordar cuánto echaba de menos a su abuelo y cuánto quería que la llevara a verlo, por lo que aquella vez no dijo nada.
Draco metió una llave en la cerradura de un portal a la vuelta del pub y abrió la puerta, sujetándola para dejarla pasar. Luego él también entró y se paró un momento frente a los buzones, abriendo uno y recogiendo las cartas y propaganda de su interior.
Ambos subieron unas escaleras y él recorrió el pasillo hasta pararse frente a una puerta. Giró otra llave un par de veces y la empujó. Hermione entró tras él y la cerró. Estaban en el salón del piso de Draco. Al otro lado del mismo pudo divisar la puerta por la que habían subido hasta allí la noche del viernes, desde el pub.
Él se empezó a quitar la chupa mientras se dirigía a la habitación y ella se mordió un labio instintivamente, pero sacudió la cabeza cuando él desapareció de su campo de visión y se puso a buscar su mochila, donde el día anterior había metido ropa antes de escaparse de casa. No le llevó más que un puñado de segundos encontrarla. Estaba a los pies de una de las sillas que rodeaba una mesa pequeña. Y su bolso colgaba sobre otra de ellas.
Hermione cerró los ojos. No quería coger el bolso. Dentro se encontraba su teléfono móvil y… realmente no le apetecía comprobar cuántas cientos de llamadas perdidas tenía. Mucho menos leer los mensajes desesperados de sus padres. Abrió los ojos de nuevo. Lo dejaría ahí colgado de momento.
Se forzó a sonreír, aunque sólo fuera un poco. No quería que la ansiedad arruinara aquel día que había empezado tan bien y que tenía toda la pinta de ir a mucho mejor.
Se quitó los tacones, se bajó la cremallera del vestido y se lo sacó por la cabeza. Luego cogió la mochila y rebuscó en ella, cogiendo unos pantalones vaqueros negros y un jersey de cuello vuelto gris claro. Decidió también cambiar su ropa interior. Nunca antes se había quitado unas braguitas tan impregnadas de flujo, pero al parecer su cuerpo se revolucionaba con cada mirada, con cada roce de su piel… con él, simple e irracionalmente sólo con él estando cerca.
Draco reapareció en el salón unos minutos más tarde, mientras ella ataba los cordones de sus Converse negras. Se había puesto unos vaqueros azules con roturas en las rodillas, una camiseta básica blanca y, como no, su característica chupa encima. Llevaba una gasa húmeda en una mano y un tubo con crema en la otra. Los puso sobre la mesa y se volvió hacia ella.
—Deberías ser tú quien se acordara de curarse el tatuaje —comentó él, quitándole el botón del pantalón y bajándole la cremallera.
A la mierda la ropa interior limpia. Pero sabía que tenía razón, debería estar más pendiente de cuidar su piel para evitar que surgieran todos esos problemas cutáneos que leyó en la hoja de papel que firmó en el estudio.
Hermione lo vio poner la rodilla en el suelo, como la primera vez.
—Es cierto —respondió ella a medida que él le subía el jersey y le pasaba la gasa por las mariposas tatuadas—. Pero si sigues agachándote frente a mí de esa manera me temo que voy a seguir olvidándolo a propósito.
Las palabras salieron de sus labios tan naturalmente que Draco no pudo reprimir una sonrisa. Luego extendió un poco de crema por su piel, se limpió las manos con un pañuelo y volvió a subirle la cremallera y a ponerle el botón del pantalón. Miró la hora en el reloj de muñeca que se había puesto.
—Son las once. Si salimos ya podemos llegar para la hora de comer.
—Vale… sólo una cosa —dijo ella, consciente de que iba a sufrir bastante durante al menos un par de horas—. Procura no matarnos.
Hermione no sabía cuánto tiempo llevaban en la carretera, y no sabía si quería saberlo. Tal y como había imaginado, Draco condujo a una velocidad alarmantemente alta. Por suerte lograba reducirla a tiempo cuando el pequeño GPS que llevaba en el manillar le indicaba que había radares cerca, pero lo malo de aquello era que luego volvía a pisar el acelerador. Y seguía sin llevar el casco. Ella había recorrido esa carretera muchas veces y sabía con certeza cuán peligrosas eran. Recordaba que cuando era pequeña le gustaba mirar por la ventanilla durante el trayecto, viendo pasar las señales de peligro, ya fuera por curvas peligrosas, desprendimientos o por riesgo de que se cruzara algún animal. Ahora, montada sobre aquella moto, con el casco bien ajustado en su cabeza y los brazos rodeando el cuerpo de Draco, no lograba abrir los ojos para verlas. Aquella sensación de aceleración le aterraba. A veces incluso creía sentir ingravidez. Y su mente tampoco ayudaba a calmarla, ya que se ponía a imaginar posibles situaciones de accidentes. Y sus cuerpos no quedaban de una pieza precisamente.
Hermione resopló. Realmente no quería morir, pero gritarle a Draco al oído que redujera la velocidad podía provocar el efecto contrario a lo que quería, así que optó por seguir sujetándose a él con fuerza y a esperar llegar sana y salva cuanto antes.
El viento siguió calándole un buen rato más, él hizo unas cuantas maniobras un tanto peligrosas y ella continuó rezándole a lo que fuera que hubiera ahí arriba para que sus padres no tuvieran noticias de ella por parte de la morgue.
Pero por fin, una eternidad más tarde, Draco empezó a reducir la velocidad cuando el GPS anunció que se encontraban cerca de su destino.
Nunca antes las palabras de ese pequeño aparato molesto le sonaron tan a gloria. Hermione volvió a abrir los ojos y se percató de que estaban entrando en el pequeño camino de gravilla de justo antes del pueblo. No tardarían más de dos o tres minutos en llegar.
Draco miró su reloj de muñeca. La una y cuarto. Había tenido un margen de error de tan solo quince minutos, no estaba mal.
Cuando llegaron todo estaba tal y como ella lo dejó. Incluso aquel anciano que había visto desde la ventanilla trasera del coche seguía sentado en la misma mesa del único bar de Edale.
Hermione miró en todas direcciones. El pueblo era muy pequeño –tanto como para que las pocas personas que paseaban por sus calles miraran extrañados aquel vehículo y las dos personas desconocidas sobre él–, pero aun así quería comprobar que todo seguía como en sus recuerdos.
Draco sintió cómo su acompañante dejaba de agarrar su cuerpo y se quitaba el casco, a pesar de estar todavía en movimiento. Aquel aparato indicaba que llegarían a la dirección que habían metido en él en menos de un minuto.
Hermione no esperó a que parara del todo. Bajó de la moto aún en marcha, recuperando el equilibrio con asombrosa rapidez, y caminó con paso ligero hacia la puerta abierta al otro lado de la calzada.
—¡Abuelo! —exclamó, sintiendo cómo el corazón latía a mil por hora dentro de su pecho. Recorrió el pequeño pasillo hasta la sala de estar, donde dejó el casco encima de la mesa y volvió a tomar aire a todo pulmón—. ¡Abuelo!
Un octogenario de pelo cano y mirada amable asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—¿Hermione? —murmuró.
—¡Sí, abuelo! —respondió ella con la voz cargada de emoción—. ¡Soy yo!
—Oh… Pero yo no sabía que vendríais, ¿por qué no me habéis avisado? —dijo con los ojos empezando a anegarse en lágrimas mientras se acercaba a ella con los brazos abiertos—. ¡Qué sorpresa! Cuánto has crecido… ¿Cuándo habéis llegado? Te he echado mucho de menos, mi niña. —Se separó de ella, se sacó un pañuelo de tela del bolsillo del pantalón y se secó las lágrimas que habían resbalado por su rostro. Parecía que quería decir tantas cosas que no sabía por cuál empezar—. ¿Y tu madre?
Cuando el hombre se percató del casco encima de la mesa, Hermione enlazó los nerviosos dedos de sus manos detrás de su espalda, sin saber muy bien qué decir.
—Abuelo, en realidad vengo sola…
La expresión del familiar se tornó extrañada.
—¿Tú sola? —preguntó, pero en ese preciso instante vio aparecer por el pasillo a un hombre rubio, alto y delgado que se pasaba una mano por el revuelto pelo de manera despreocupada—. Oh…
Hermione se giró al ver que su abuelo se había quedado mirando a un punto detrás de ella. Se mordió un labio disimuladamente mientras lo observaba mirar una foto suya de pequeña sobre un mueble de la entrada.
Cuando Draco se percató de que abuelo y nieta lo miraban, esbozó una amplia sonrisa y alzó una mano a modo de saludo.
—Hey —dijo, acercándose a Hermione.
—He venido con un… amigo —aclaró ella—. Espero que no te importe.
Hermione conocía a su abuelo como para saber de sobra que no, pero era lo que se solía decir cuando se aparecía de repente en casa de alguien con un desconocido.
—Ya veo —respondió el hombre, cuya expresión pareció relajarse de repente. Le tendió una espasmódica mano al chico y éste la cogió con seguridad—. Bienvenido a mi casa, hijo.
—Gracias señor.
—Oh no, no, llámame Robert —se apresuró a decir.
—Robert. Yo soy Draco.
Él asintió y ambos se estrecharon la mano.
—¿Habéis almorzado? Estaba preparando unos filetes de pollo.
—No, y lo cierto es que ahora que lo dices tengo bastante hambre —comentó Hermione, siguiendo a su abuelo hasta la cocina—. Haré una ensalada.
—Estupendo hija, estupendo. Draco, tú pon la mesa —ordenó, girándose hacia él con una sonrisa—. Qué bien, qué bien, hoy comida en compañía.
Robert encendió el hornillo y puso una sartén un tanto abollada sobre él, moviéndola de vez en cuando para evitar que se pegaran los filetes.
Hermione ya estaba cortando la lechuga cuando Draco se le acercó por detrás y le susurró disimuladamente al oído:
—¿Dónde están los platos? ¿Y los vasos? ¿Dónde está todo?
Ella se rió entre dientes y le señaló varios armarios en la cocina.
Después de que Draco y Hermione halagaran a Robert por lo buena que había estado la comida, esta última se ofreció a hacer un poco de té.
Los ojos de Draco recorrieron su cintura y las curvas de su cuerpo a medida que se alejaba hacia la cocina, cosa que el abuelo no pasó por alto.
—Así que sois… amigos —inquirió el anciano, tomando por sorpresa al rubio.
—Sí —dijo él, tratando de apartar los ojos de su nieta—, bueno, supongo que sí.
—Digamos que algo así, ¿no? —preguntó Robert, alzando una ceja. Draco asintió—. Pero te gusta. —Draco le sonrió ampliamente al anciano, pero no dijo nada—. No tengas miedo de mí, hijo… he visto y he vivido tantas cosas que el amor es lo último que me exaltaría.
Draco apretó levemente los labios y movió la cabeza.
—No sé si esto es amor —confesó.
—Oh, lo sabrás, lo sabrás —respondió el abuelo—. Cuando llegue el momento lo sabrás. Y me apuesto lo que sea a que será pronto. Es decir, no voy a enumerar todas las razones por las que podrías enamorarte de ella porque debes descubrirlas tú, y no es porque sea mi nieta… pero Hermione es especial, igual que su abuela.
—¿Cuándo supo usted que estaba enamorado de su esposa? —quiso saber Draco.
—¿Yo? —Robert hizo una breve pausa mientras desviaba la mirada hacia la pared de enfrente y sonreía—. Desde el primer instante en que la vi.
Draco siguió la trayectoria de su mirada y se topó con una foto antiquísima de una muchacha de unos veintitantos colgada en la pared. El marco estaba anticuado y la foto se notaba algo desgastada, pero a pesar de ser en sepia pudo apreciar perfectamente los suaves contornos de su rostro inmaculado, sus grandes ojos marrones y su rizado pelo abarcando gran parte de la instantánea. Aquella joven le sonreía con la alegría de la juventud.
Cuando Draco apartó la vista y volvió a mirar al anciano, éste ya lo estaba mirando con una sonrisa en los labios. Entonces se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta.
—Era igual que Hermie —dijo.
—¿Igual que quién? —preguntó Robert, confuso.
—Que yo, abuelo —respondió Hermione, que había aparecido de nuevo con una bandeja en las manos—. Él me llama así. No sé si lo hace para molestarme o es que tiene ciertas dificultades para aprenderse mi nombre. —Dejó la bandeja sobre la mesa y extendió una taza de porcelana para cada uno. Luego tomó la tetera hirviendo y empezó a verter el té en ellas—. ¿Habláis de la abuela?
Ambos asintieron y Hermione volvió a sentarse, no sin antes mirar la fotografía por encima de su hombro.
—Le decía a tu amigo que no hay que tenerle miedo al amor —comentó Robert—. Creo que es una de las pocas cosas que puede salvarte de la realidad. Desde que ella se fue soy demasiado consciente de las cosas… del marchitar de las flores, del paso del tiempo, de mi vejez… estoy seguro de que si ella estuviera aquí todo sería distinto. Cuidaríamos de las flores, veríamos pasar el tiempo y envejeceríamos juntos. —Hermione estiró un brazo para acariciarle la espalda a su abuelo dulcemente—. No cariño, estoy bien. La extraño, y lo hago con cada segundo que pasa… pero he aprendido a darle los besos de buenas noches al cielo. Sé que me está esperando ahí arriba. —El silencio se instauró en la habitación mientras todos bebían el té y abarcaban las tazas con ambas manos para calentarlas—. ¿Qué tal está tu madre?
La conversación tomó un rumbo diferente y hablaron de otras muchas cosas. Una de las veces Robert comentó un momento gracioso en la niñez de Hermione y esta lo miró por el rabillo del ojo mientras Draco se reía. Hablaron de estudios, trabajos, tatuajes. Hermione comentó que estaba sacando buenas notas en su último año de Universidad y que le avisaría para que fuera a verla a su graduación. Draco dijo que era tatuador y Robert miró a Hermione con los ojos muy abiertos cuando se le escapó que se habían conocido en su local.
—¿Te has hecho un tatuaje? —preguntó su abuelo.
Hermione no sabía qué opinaba él sobre aquel tema, así que decidió reservarle la mirada asesina a Draco por si se diera el caso de que no lo aprobaba. Pero en cuanto Hermione se levantó un poco el jersey y dejó al descubierto aquellas sutiles mariposas, su abuelo volvió a sacar el pañuelo de tela de su bolsillo y a secarse las lágrimas. Observó el tatuaje durante un momento y luego sonrió.
—Qué bonito detalle. Hacías muy feliz a tu abuela cada vez que atrapabas unas cuantas y las dejabas revolotear por su habitación. Yo intenté cazar algunas una vez, pero no hubo manera —A Robert se le pasó un pensamiento por la mente de repente—. ¿Lo ha visto tu madre? —Hermione negó con la cabeza—. Pues procura que no lo vea. Y si alguna vez lo hace, no te preocupes por lo que diga. Son preciosas.
Ninguno se dio cuenta de había empezado a atardecer hasta que a Draco le sonaron las tripas.
Robert les dijo que iría a la tienda del pueblo a comprar unos dulces para merendar y que volvería en unos minutos. Hermione lo observó salir de la casa a través del pasillo y luego giró la cabeza para mirar una puerta de cristal opaco al otro lado del salón. Draco se percató de ello enseguida.
—¿Da al patio? —quiso saber. Ella asintió—. ¿Me lo enseñas?
Ambos se levantaron y caminaron hacia la puerta. Hermione sintió su corazón latir más deprisa en su pecho. Había visitado a su abuelo en varias ocasiones después de la muerte de su abuela, pero en ninguna de ellas había sido capaz de salir fuera. En cierto modo no quería ver su estado, siempre se había limitado a creer que estaría como siempre, como cuando era pequeña. Sin embargo, aquella misma tarde había escuchado que su abuelo había ido viendo morir las flores, pero no quería creer que fuera del todo cierto. Con una temblorosa mano presionó el picaporte, abrió la puerta y salió. Hermione contuvo el aliento. Una parte de ella se negaba a aceptar lo que tenía enfrente, aunque lo estuviera viendo con sus propios ojos.
Las hortensias seguían ahí, pero habían muerto. Al igual que todas esas otras flores. Estaban marchitas, marrones, secas. No quedaba nada del patio trasero grande y colorido por el que había corrido cientos de tardes cuando era pequeña. Ya no había mariposas.
Hermione se mordió un labio y se obligó a acercarse a ellas. Se inclinó un poco, pero ya no olían. Luego estiró el brazo para tocar una con los dedos, pero sus marchitas hojas se desprendieron tan fácilmente del tallo y cayeron al suelo que Hermione no pudo reprimir un sollozo, ni pudo retener esa lágrima rebelde que luchaba por escapar de sus ojos.
Draco se mantuvo todo el tiempo a su lado sin decir nada. Era algo por lo que debía pasar. Era un tipo de duelo. Duelo por darse de bruces con la realidad. Por darse cuenta de que una etapa de su vida acababa de terminar de repente. Porque ya no era una niña y esas flores jamás volverían. Hermione era consciente de que había estado dejando aparcado el momento de aceptar su madurez demasiado tiempo, pero realmente había albergado la esperanza de encontrar aquel jardín, su tan preciado jardín, justo como en sus recuerdos.
Draco no supo en qué momento el rostro de Hermione se había anegado de lágrimas, pero cuando se percató de ello le pasó un brazo por el hombro. Ella rodeó su cintura y hundió la cara en su pecho.
—Murieron con mi abuela —logró murmurar.
—Pero una vez vivieron, y pudiste disfrutarlas —dijo él, estrechándola un poco más fuerte—, al igual que tu abuela.
—A ella le encantaban —respondió Hermione, sorbiendo por la nariz—. En el fondo sabía que mi abuelo sólo las cuidaba para ella. Una parte de mí sabía que no era coherente… pero el hecho de creer que seguían vivas de alguna forma la mantenía viva a ella también.
Draco respiró.
—Sé que esto quizás suene demasiado a cliché… pero tu abuela sigue viva. Ahora mismo vive porque la estás recordando. Sigue viva en todos aquellos que la quisieron.
Hermione recordó la última vez que la vio. Estaba tan débil que no pudo ni abrir los ojos cuando ella llegó corriendo y, con una sonrisa, abrió el bote de las mariposas. Hermione tenía sólo once años cuando sus labios se tornaron en una mueca de tristeza cuando la última de las mariposas salió por la ventana sin ser vista. Y era la más hermosa que Hermione había cazado nunca. Se sentó en la silla de madera junto a la cama y le tomó la mano.
—Abuela, eran las mariposas más bonitas que jamás has visto. ¿Quieres que vuelva a intentar atraparlas?
Su abuela, aún con los ojos cerrados, despegó los labios lentamente y susurró.
—No cielito. Mejor cuéntale a la abuela cómo eran.
Hermione notó cómo arrastraba las palabras. Era evidente que le costaba pronunciarlas en voz alta.
—Eran preciosas, abuela. La más bonita era de color violeta. Tenía unas antenas larguísimas y unas alas enormes.
—¿Cómo eran?
—Tenían líneas negras y puntos blancos. Esa mariposa era violeta clara pero el color se oscurecía a medida que se acercaba al cuerpo. Deberías haberla visto.
—Me hubiera encantado mi niña. Y dime, ¿cómo están las flores del jardín? ¿Siguen igual de bonitas?
—Sí. Más incluso. ¿Quieres que te ayude a levantarte para que puedas asomarte a la ventana?
—No, no te preocupes. Las estoy recordando ahora mismo.
La suave caricia de la mano de Draco sobre su brazo la hizo volver al presente. Se quedó unos instantes más observando las flores muertas antes de escuchar a su abuelo avisar de que había llegado.
—Se fue demasiado pronto. Yo quería disfrutarla —comentó ella mientras pasaba por delante de Draco para volver a entrar en la casa.
Él se alegró de que no se hubiera girado para mirarlo. No quería tener que explicar por qué había cerrado los ojos y se había encogido un poco sobre sí mismo de repente.
