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Capítulo 7: Birds under the rain.
A Hermione le rugieron las tripas cuando terminó de escribir en el reverso de aquel panfleto publicitario. Su grasienta hamburguesa y sus patatas seguían sobre la mesa, justo donde las había dejado antes de que Draco empezara aquella persecución para intentar leer lo que ella había escrito. Hermione pasó los ojos por la lista y leyó su contenido de nuevo rápidamente. Se mordió el labio al imaginar qué diría él acerca de… eso.
Tratando de pensar en otra cosa desvió la mirada hacia otro lado, topándose con el bolso que colgaba de la misma silla desde hacía unos días. Sabía que su teléfono estaba dentro, y aunque también sabía que estaba apagado, le intimidaba en cierta medida. Un atisbo de remordimiento atravesó sus entrañas al pensar en el infierno que les estaba haciendo pasar a sus padres. No había vuelto a hablar con ellos desde que se escapó de casa, pero podía imaginar a la perfección su desesperación al no tener noticias suyas. Era demasiado consciente de que tarde o temprano debía volver a casa y aclarar lo sucedido, pero a pesar de todo su lado recientemente desatado no quería volver a la realidad tan pronto, había algo en el interior de su mente que se empeñaba en buscar razones para restarle importancia. Quizás pudiera alargar aquella locura unos días más. Además tenía que inventar una buena excusa para justificar su desaparición, y en ella no podían entrar las palabras sexo, moto ni tatuaje. Mencionar a Draco tampoco era una opción.
Hermione dejó el papel amarillo sobre la mesa, se levantó y se dirigió a la cocina. Sólo hacía diez minutos desde que él se había ido. Abrió el frigorífico y miró su interior con una mueca en el rostro. Por lo visto no conocía el significado de "comida sana". Lo único que veía era beicon, restos de pizza y comida envasada. Lo cerró y se dirigió de nuevo al salón. En el reloj de pared marcaban las tres menos veinte… y una lucecita se encendió en su cabeza. Su facultad no estaba demasiado lejos de allí, dos o tres paradas de metro y a lo mejor le daba tiempo a llegar antes de que Ginny saliera de la última clase. No estaría mal dar señales de vida, aunque fuera a su amiga. Podría pedirle los apuntes de ese día mientras comen en la cafetería y de camino contarle dónde había estado y con quién. Un pequeño destello de nerviosismo se instaló en su estómago. Ginny había sido su amiga desde siempre, sería la única persona a la que le confesaría la aventura que estaba viviendo y de la que se sentía orgullosa… pero no estaba del todo segura de su reacción. Habían sido íntimas desde el colegio, Hermione recordaba su amistad como una de las cosas más puras y bonitas que le habían pasado en la vida. Las tardes de meriendas y juegos que pasaba junto a ella le hacían olvidar las normas y las exigencias de sus padres con respecto a la más mínima cosa. Su pelirroja amiga le hacía reír con sus ocurrencias, y sus abrazos sinceros cuando la situación en su casa la sobrepasaba le reconfortaban. Las cosas empezaron a torcerse en el instituto, cuando Ginny empezó a ser la chica popular y ella el bicho raro. Su amiga trataba de negarlo, intentaba convencerla de que nada había cambiado. Pero Hermione no era tonta y sabía de más que su compañía había empezado a suponer un lastre en la reputación de su amiga. La universidad no hizo más que agravar esa sensación de soledad que se apoderaba de ella cuando se sentaban juntas. Ginny la eclipsaba en tantos sentidos que a veces se sentía invisible junto a ella. A pesar de todo, Hermione siempre había guardado ese grato recuerdo de los primeros años de su amistad y se había escudado en ella para seguir tratando de tenerla en su vida. Ya fuera por su forma de ser o por la inusual y estricta disciplina que había experimentado en casa con sus padres, Hermione no tenía más amistad que esa. Era cierto que ser la sombra de Ginny le había permitido conocer a mucha gente de la universidad, todos con una popularidad envidiable, respetados por el resto de los alumnos. Pero Hermione siempre había permanecido apartada, y ahora no sabía decir si había sido por voluntad propia o porque ellos nunca la habían dejado intervenir en sus conversaciones y quedadas de populares. Ella siempre había sido "la amiga de", y aunque siempre lo había sabido nunca se había parado a pensar en ello con detenimiento. Tal vez por evitar el hueco que acababa de formarse en su pecho de repente.
Tratando de no dejarse llevar por ese sentimiento de vacío, sacudió la cabeza y se dispuso a salir de la casa, no sin antes coger su bolso con reparo y colgárselo de un hombro. Podía salir con el teléfono apagado, pero necesitaría su cartera para pagar la comida.
El viaje en metro no hubiera sido tan pesado de no ser por la pequeña niña de unos seis años, rizos dorados y vestido rosa que pataleaba y gritaba a todo pulmón mientras tiraba de la mano de su madre con todas sus fuerzas. Hermione miró a la mujer por el rabillo del ojo. Tenía la mirada perdida y cara de no haber dormido en días. Parecía ajena al espectáculo que estaba formando su hija en mitad del vagón, como si poco a poco hubiera aprendido a ignorarla para preservar su salud mental. Unas tremendas ojeras hundían sus ojos y le proporcionaban un aspecto casi enfermo.
Hermione se estremeció cuando llegó a su parada. Levantarse y dejar allí a aquella pobre señora mientras ella se alejaba tan alegremente le parecía casi cruel. Pero se olvidó de aquello tan pronto como salió de la boca de metro y empezó a caminar los pocos metros que había hasta el campus. Ya había muchos estudiantes con sus mochilas colgadas fuera de los edificios, así que Hermione aceleró el paso para tratar de interceptar a su amiga en el caso de que todavía no hubiera salido de la facultad. Estaba nerviosa. Su corazón latía enérgicamente y sus pulmones luchaban por retener el aire en ellos más de medio segundo. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a empezar? ¿Se alegraría por ella, porque al fin hubiera encontrado una vía de escape a su eterna clausura? La niña del metro le había entretenido lo suficiente como para evitar que hubiera podido pensar en ello.
Hermione iba tan concentrada en sus pensamientos que por poco no repara en la cabellera pelirroja que caminaba a tan solo unos pasos de ella.
—¡Ginny!
La chica, que iba hablando muy animadamente con sus amigos, se giró para comprobar quién la llamaba por su nombre. Su largo pelo liso pareció desprender destellos de luz con el movimiento de cabeza, su rostro cambió por completo cuando la vio frente a ella.
Ginny se disculpó con Harry, Neville y las hermanas Patil antes de acercarse a Hermione.
—¿Dónde has estado? —le susurró. Parecía esforzarse por no mostrar frente a los demás la preocupación que había sentido esos días al no saber nada de ella.
Hermione le sonrió.
—Me ha pasado algo increíble —respondió—. ¿Comemos en la cafetería y te lo cuento?
Ginny arqueó una ceja, escéptica, y la confianza de Hermione menguó considerablemente.
—Íbamos a comer en el centro comercial —comentó, girándose hacia los amigos que la esperaban un poco más allá—. ¿No puedes decírmelo ahora?
Pero todo lo que había vivido en los últimos días era demasiado largo como para poder resumirlo en un par de minutos. Hermione estuvo a punto de restarle importancia a todo eso y decirle que no importaba, que podía irse con ellos, que ya encontrarían un momento para hablar al respecto… pero maldita sea, si se había propuesto hacer cambios en su vida también tenía que cambiar la forma en la que se infravaloraba de manera inconsciente. Ella sí merecía la atención de su amiga, ella no era menos que nadie.
—Oh, vamos —dijo al fin—. El viernes no viniste a mi cumpleaños. No vino nadie. Pero no me importa, desde entonces no han dejado de pasarme cosas buenas. ¿Por qué no me dedicas un ratito? Te he echado de menos.
Ginny se mordió el labio un segundo, luego se giró hacia sus amigos.
—Chicos, voy a comer con Hermione. ¿Nos vemos luego por allí?
Ellos parecieron sorprendidos, pero se alejaron sin decir demasiado hacia el centro comercial.
Su amiga la miró con una sonrisa que a duras penas llegaba a sus ojos, pero Hermione estaba demasiado feliz como para notarlo. Ambas entraron de nuevo en el edificio y se sentaron en una de las mesas de la cafetería. Luego de elegir qué plato combinado querían pedir y hacérselo saber a la camarera, Ginny se inclinó sobre la mesa con expresión interrogante.
—¿Y bien?
Hermione no sabía muy bien por dónde empezar, y necesitó un momento para ordenar las ideas en su cabeza.
—El hecho de que nadie viniera a mi cumpleaños… bueno, fue una sensación horrible.
—¿Nadie? —quiso saber ella—. ¿Ni Ron?
La mención de su exnovio le pilló con la guardia baja. Durante esos días había conseguido olvidarse de él por completo… pero no podía negar que la herida era demasiado reciente como para que hubiera sanado todavía.
—Ron me dejó ese mismo día. Por teléfono.
Se produjo un incómodo silencio entre ellas. Los segundos se sintieron horas y los sentimientos de Hermione empezaron a estar a flor de piel. Sólo decidieron que ya había sido suficiente cuando la camarera se acercó de nuevo para llevarles las bebidas.
—Podrías haberme llamado —le dijo Ginny.
—Deberías haber estado allí —murmuró ella.
Más silencio. La conversación había cogido un rumbo que no era el esperado. Hermione no había ido allí con la idea de recriminarle nada, pero el hecho de recordar aquel deprimente día en el que se sintió la persona más miserable del mundo era demasiado para ella.
Después de un buen rato removiendo la gaseosa de su vaso con la pajita, su amiga negó un poco con la cabeza mientras apoyaba de nuevo la espalda en la silla.
—Deberías considerar hacer cosas más divertidas, de esa manera tal vez…
—Lo sé —le interrumpió Hermione. Tenía que llevar aquello a donde realmente quería llegar—. Fue un cúmulo de cosas lo que hizo que me diera cuenta de todo. No soy tan guapa como tú o tus amigas, jamás seré igual de popular. Tenía miedo de tantas cosas que evitaba vivir a toda costa. Me refugiaba en los libros y los estudios y me aterraban los cambios, pero el viernes pasado decidí dar un giro a mi vida.
—Y se te ocurre desaparecer de la faz de la Tierra por días.
Hermione reprimió una media sonrisa al recordar quién le había ayudado a desaparecer. La camarera apareció de nuevo con dos platos que dejó encima de la mesa antes de irse a atender a otros clientes.
—Había vivido oprimida demasiado tiempo. —dijo. Todavía sentía el recuerdo de las cuerdas que la ataban y la mordaza que la callaba. Pero ya había tenido suficiente de eso—. Necesitaba cambios, volver a sentirme libre… como cuando corríamos por el parque cuando mi madre no miraba, ¿te acuerdas?
Ginny asintió con la cabeza.
—Nunca entendí por qué no dejaba que corrieras por el césped.
—Temía que me hiciera daño —respondió. No la excusaba, pero después de todo por lo que había pasado… tampoco la juzgaba.
Ambas empezaron a comer. Hermione todavía le daba vueltas a cómo contarle aquello, a cómo decirle que había desplegado sus alas de nuevo, esas alas que hacía sólo unos días estaba segura de tener ocultas en alguna parte de su espalda, esas alas que resultaron batir con fuerza cuando aquel completo desconocido le ofreció la oportunidad de hacerlo. Cuando le enseñó cómo.
Acababa de meterse un poco de lechuga en la boca cuando Ginny habló de nuevo.
—Me tienes en ascuas.
—No sé muy bien por dónde empezar…
—Prueba a empezar por el principio.
Hermione masticó un poco más y tragó ayudándose de un sorbo de agua. Luego empezó a remover la ensalada con el tenedor.
—Decidí hacerme un tatuaje. —Hermione levantó la mirada lo justo para ver la expresión sorprendida de su amiga. Había abierto tanto la boca que parecía que se había roto la mandíbula. Esperó unos segundos por si decía algo, pero al no obtener respuesta prosiguió—. Esa misma tarde fui al estudio de tatuajes más cercano a mi casa y me hice unas mariposas en el vientre. —Ginny parecía completamente atónita, pero ahora que Hermione había empezado no podía parar—. Me costó un poco convencer al tatuador de que me lo hiciera en el momento, pero le expliqué los motivos por los que iba y al final accedió. Cuando ya estuve tendida en la camilla y él acercó la máquina a mí, me di cuenta de que el dolor de ese tatuaje sobre mi piel no representaba una mínima parte de toda la pena que sentía en mi interior. Fue un punto de inflexión. Quise llorar cuando lo vi, cuando comprendí que ya no había vuelta atrás. Pero no de arrepentimiento, sino de alegría. Nunca pensé ser capaz de dejarme llevar por un arrebato de locura tan grande. Pero eso no fue más que el principio. Draco, el tatuador, me invitó a tomar algo por la noche. Así que volví a casa, me duché, y no sin antes escuchar las advertencias de mis padres, salí de casa y fui hacia donde habíamos quedado. Él apareció con una moto y un casco para mí. Decidida a seguir rompiendo mis propios esquemas, me puse el casco y me subí detrás. Conduce como un loco, por cierto.
Ginny la miraba con tanta intensidad que había logrado ponerla un poco nerviosa. Decidió entonces comer un poco más. Conociéndola como la conocía había esperado que hubiera aprovechado esa pausa para decir algo, pero de entre sus labios no salió otra cosa que su propia respiración. Hermione tragó de nuevo antes de inclinarse sobre la mesa.
—Tuvimos sexo en su apartamento —susurró en voz baja—. Todavía no sé cómo tuve el valor de aceptar. Fue… fue algo increíble. —Volvió a ponerse derecha mientras miraba su plato—. Cuando desperté la mañana siguiente todavía seguía allí. Y ni siquiera había avisado a mis padres de que no iría a dormir. Muerta de miedo por lo que podría encontrarme al llegar, crucé el umbral de mi casa. Y… bueno, conoces a mis padres, puedes imaginar lo que ocurrió. Tuvimos una discusión y mi madre me agredió. Metí algo de ropa en mi mochila y me escapé por la ventana. Estaba totalmente desorientada, no sabía a dónde ir… y mis pies me llevaron de vuelta a él, a la única persona que me había hecho sentir viva sin apenas conocerme. Le conté lo sucedido y estuvo de acuerdo en que me quedara en su casa. Lo invité a comer, era lo mínimo que podía hacer… pero mi móvil no dejaba de sonar, y en un descuido él leyó uno de los típicos mensajes humillantes que me había enviado Ron. Me preguntó dónde trabajaba y volvimos a su casa. Abrió el armario y me dio uno de los vestidos de su ex. Era ajustado y demasiado atrevido para mí, pero estaba haciendo cambios, ¿no? También me obligó a ponerme unos tacones de infarto. Yo no sabía qué era lo que pretendía hasta que llegamos. Había reservado una suite en el hotel donde trabaja sólo para demostrarle que mi vida no acababa después de él, que, al contrario, mi vida acababa de empezar. Lo hicimos de nuevo, y a la mañana siguiente nos duchamos juntos. —Hizo una pausa para tomar aire. Ya casi estaba llegando al final—. Le hablé de mi abuelo y de lo mucho que lo echaba de menos, así que, adivina… me propuso ir a visitarlo. Al principio me mostré recelosa, ya que sabía su manera de conducir, pero mis ganas de volver a ver a mi abuelo eran más fuertes que cualquier miedo. Abrazarlo de nuevo fue una sensación tan reconfortante… Pero la tarde se nos vino encima y cuando quisimos darnos cuenta había anochecido, así que decidimos quedarnos a dormir en el pueblo. Esa es la razón por la que he faltado hoy a clase. Draco está trabajando esta tarde y yo no sabía qué hacer. Luego se me ocurrió venir a verte para pedirte los apuntes y contártelo todo. Y, bueno, eso es todo.
La expresión de su amiga había cambiado varias veces a medida que hablaba. Alguna vez había arqueado una ceja, otra había fruncido el ceño, apretado los labios o abierto mucho los ojos. Cuando Hermione terminó de hablar se encontraba tan sorprendida como antes. La castaña volvió a llevarse el tenedor a la boca mientras la dejaba asimilar toda aquella información. Le tomó un par de minutos a Ginny volver a reaccionar. Sacudió un poco la cabeza y, para sorpresa de Hermione, soltó una sonora carcajada que hizo que los ocupantes de las mesas contiguas se giraran para mirarla.
—¿Pero qué me estás contando, Hermione? —La aludida levantó la mirada de su plato para clavar los ojos en su amiga, que de repente había adquirido un tono de voz un tanto insolente.
—No entiendo a qué viene eso —balbuceó ella.
Ginny clavó el tenedor en el plato de macarrones que todavía no había probado.
—¿Tatuajes? ¿Motos? ¿Vestidos ajustados? ¿Sexo? —Se metió un poco de comida en la boca mientras seguía riéndose—. Venga ya, Hermione. Te conozco y sé que te lo estás inventando.
Una punzada de dolor arremetió contra su pecho al escuchar sus palabras, quedándose ahí y provocándole un repentino aturdimiento. No sabía qué responder a eso.
—Ginny. —El nombre de su amiga salió de su garganta arañándola a su paso—. Lo que te he contado es cierto.
Ella sonrió, negando con la cabeza.
—Entiendo que necesites montarte esas películas en tu cabeza, amiga. Es normal teniendo en cuenta cómo eres. Pero de ahí a intentar engañarme… no está bien. Ahora en serio, ¿dónde has estado?
De repente todo se desmoronó a su alrededor. La muchacha frente a ella acababa de convertirse en una completa desconocida. ¿Cuándo había empezado a comportarse de esa manera tan despectiva? ¿Por qué rodaba los ojos y se reía de lo que le contaba? ¿Acaso creía que no era capaz de intentar cambiar su vida a mejor? ¿En qué momento se había vuelto tan prepotente?
Ella ya sabía la respuesta. Hacía mucho tiempo. El tiempo y las personas con las que había decidido rodearse la habían cambiado. Y ahora venían a su mente todas esas veces en las que la había dejado en ridículo con sus palabras, imágenes de desprecios y malos gestos se agolparon en su memoria de una vez. No había querido verlo antes. La antigua Hermione había permitido que sucediera por temor a quedarse sola. Pero ella ya no era la misma, ella también había cambiado. Y aunque lo fácil hubiera sido levantarse un poco la camiseta para mostrarle el tatuaje, la Hermione de ahora se levantó de la silla y apoyó las manos en la mesa, inclinándose hacia ella.
—Te equivocas. —Se colgó el bolso de nuevo, hurgó en él brevemente y sacó un billete de la cartera. Lo dejó caer entre ellas y luego le mantuvo la mirada—. Hace mucho que dejamos de ser amigas.
Y acto seguido cuadró los hombros, alzó la barbilla y salió de la cafetería con toda la dignidad de la que fue capaz.
Trataba de no desmoronarse mientras se alejaba del campus. Las palabras de Ginevra todavía resonaban en su cabeza con fuerza. El dolor no se había ido de su pecho ni un momento, y si era del todo sincera tenía bastantes ganas de llorar. De impotencia, de rabia. Ella misma había permitido su menosprecio tanto tiempo. Aquella sería la última vez.
Caminaba distraída, con la nariz enrojecida y los ojos llorosos, pero algo llamó su atención en uno de los escaparates de la calle. Se acercó a él y lo miró, maravillada. Ese vestido era precioso. Y le recordaba a su recién estrenada libertad. No lo dudó. Entró en la tienda y lo compró con mucho gusto. Unos preciosos zapatos negros de charol también acabaron en la bolsa sin pensarlo.
Alex no se inmutó cuando Hermione entró en el bar y se coló por debajo de la barra. La saludó con la mano y siguió atendiendo a los hombres de una de las mesas. Ella subió el tramo de escaleras hasta la entrada alternativa al apartamento de Draco. No sabía a qué hora terminaría de trabajar, pero supuso que tendría unas dos horas hasta entonces. Se había permitido una tarde exclusivamente para ella. Después de lo que había ocurrido aquel día necesitaba despejar su mente como fuera. Así que después de comprarse el vestido y los zapatos siguió caminando por la avenida viendo los escaparates. Entró en alguna que otra tienda más y luego se dirigió a una librería cercana. Siempre le había gustado el olor a libro nuevo. Deambuló por sus pasillos, pasando las yemas de los dedos por la cubierta de unos cuantos. Leyó la sinopsis de un par que le habían llamado la atención, y como no pudo decidirse con cuál quedarse, se compró ambos. Ahora estaban dentro de otra bolsa en el suelo del salón de Draco. Hermione había lanzado el bolso contra el sofá y se había agachado junto a su mochila, abriéndola y sacando una muda nueva. Necesitaba una ducha.
Hermione dejó las braguitas limpias y el nuevo sostén sobre el lavabo y se cogió un moño con la gomilla del pelo antes de desnudarse. Abrió el grifo y luego dejó caer la ropa al suelo, dándole un empujoncito con el pie para echarla a un lado. El agua ya salía caliente y ella sentía la necesidad de meterse bajo el agua. Las primeras gotas que impactaron contra su cuerpo la hicieron suspirar. Hacía tan sólo unos momentos había creído que era imposible que aquel día lograra sentirse bien después de lo ocurrido con Ginny. Se equivocaba. Aquella sensación era tan reconfortante que parecía que hasta su mente había decidido darse un respiro. Hermione dejó escapar un suspiro de placer mientras el agua caía por su piel, enrojeciéndola a su paso. Se sentía bien, se sentía… se sentía más ligera que nunca. Más libre. Más ella. Menos frágil. Porque había sido capaz de cortar de raíz una amistad tóxica, porque ya no quería rodearse de personas que no le dejaran avanzar, crecer, volar. Porque ya no le daba miedo quedarse sola si así podía ser quien siempre había querido.
Hermione echó un poco de gel en la palma de su mano y la pasó por su cuerpo. Habían sido muchos cambios en sólo unos pocos días, apenas lograba reconocerse. Pero no se arrepentía. De nada. Ni de hacerse ese tatuaje que ahora rozaban sus dedos haciendo espuma, ni de montar en moto a toda velocidad, ni de… ni de haberse entregado a él, a ese desconocido del que sólo sabía su nombre y poco más. Draco la había tomado y ahora ella no podía dejar de pensar en eso. Sus manos deslizándose por sus muslos, abriéndole las piernas, provocándole escalofríos. Su sonrisa maliciosa y sus perfectos dientes mordiéndose el labio al mirarla desde abajo. Su lengua, su deliciosa y ardiente lengua. Un estremecimiento tras otro. Tres de sus dedos en ella, todos sus sentidos a flor de piel.
Hermione había empezado a tocarse sin darse cuenta. Su sexo estaba más que mojado, y no sólo debido al agua. Deslizó un tembloroso dedo dentro de ella lentamente. Sus labios menores latían debido a la excitación. Cerró los ojos. Sólo Dios sabía cuánto deseaba que Draco estuviera allí en ese momento, pero algo le decía que podía valerse con su imaginación. Sacó el dedo impregnado de flujo y volvió a penetrarse de nuevo, esta vez con otro más. El recuerdo de su cuerpo moviéndose sobre ella aún seguía muy vivo en su cabeza. Sus brazos llenos de tatuajes rodeándola, los músculos de sus glúteos contrayéndose una y otra vez a medida que se lo hacía. Su espalda, el sudor en su frente, su flequillo rubio moviéndose al compás, sus ojos clavados en ella… Él. Simplemente él. Absurdamente él.
Hermione alzó una mano para alcanzar la alcachofa de la ducha. Estaba a punto. Acercó el chorro de agua a su clítoris y siguió aliviándose. Su corazón latiendo con fuerza, su interior ardiendo de placer. Un gemido, la sonrisa de Draco en su memoria y una corriente eléctrica recorriendo su columna vertebral al terminar.
Suspiró profundamente mientras cerraba el grifo. Se sentía extasiada, pero de alguna forma le gustaba ese sentimiento. Le encantaba.
Hermione se puso la ropa interior y salió al salón con ligereza. Cogió el vestido nuevo y se lo deslizó por la cabeza. No se había parado a probárselo en la tienda, así que lo único que esperaba era que le quedara bien. Lo alisó un poco con la mano y se calzó los zapatos de charol. En el armario de su casa no tenía ropa tan bonita.
Se miró en el espejo de pie del pasillo. No pudo evitar esbozar una enorme sonrisa. Se quitó la gomilla que seguía recogiendo su pelo en un moño y dejó que cayera sobre sus hombros libremente. Luego se giró un par de veces para verse desde diferentes ángulos. Le gustaba su reflejo. El vestido era azul marino, con mangas largas y con un elástico que se ceñía a su cintura. Le llegaba hasta las rodillas y su estampado eran pequeños pájaros blancos, rosas y verdes. Todos ellos parecían batir sus alas, exactamente como ella en aquel momento. Los zapatos le quedaban perfectos y su pelo milagrosamente parecía estar colaborando en ese momento. Agradeció ese pequeño detalle, y a pesar de verse guapa, le apeteció pintarse un poco. Volvió sobre sus pasos y abrió el cajón del baño donde sabía que había maquillaje. Cogió el rímel y un pintalabios rosa oscuro y se giró hacia el espejo. Dudó un momento antes de hacerlo. Sabía perfectamente que habían pertenecido a la ex de Draco. Recordaba el momento en el que había visto el nombre de la chica tatuado en el brazo del rubio, pero no podía recordar el nombre exacto. No se sentía demasiado cómoda usando sus cosas… pero no podía volver a casa como si nada y pedirle a su madre que le dejara su maquillaje. Además el mismo Draco le había obligado a ponerse un vestido y unos tacones suyos.
No le llevó mucho tiempo elevar sus pestañas y colorear sus labios. Luego se colgó el bolso de un hombro, cogió el casco de la moto para ella y un paraguas de la percha. Nunca podías fiarte cuando unas pocas nubes cubrían el cielo de Londres. Después de eso salió por la puerta.
—¿Vas a decirme dónde vamos? —preguntó Draco.
—No —respondió ella.
Draco se había quedado sorprendido al verla entrar en el estudio. Sus enormes compañeros le habían dado unas palmaditas en la espalda y algún codazo cariñoso en las costillas. Parecía maravillado por su aspecto. Ella había sonreído mientras se acercaba al mostrador y él había aprovechado para recomponerse.
Hermione había esperado pacientemente a que acabara su turno y luego le había pedido que fuera con ella a un sitio. Le había dicho que aparcara cerca del puente de la torre de Londres, y él no hacía más que intentar sonsacarle a dónde iban.
Pero esa vez le tocaba a ella sorprenderlo.
Cuando llegaron, Hermione cogió el paraguas y caminó con paso seguro por el paseo peatonal, dejándolo atrás. Él corrió a su lado y volvió a insistir una vez más. Ella rodó los ojos e ignoró sus quejas. Ya estaba oscureciendo y en el cielo podía verse alguna que otra estrella solitaria.
A medida que iban pasando los minutos, Draco se rindió y optó por seguirla con las manos en los bolsillos de su chupa. Pero tampoco tuvo que esperar demasiado. Hermione le dedicó una mirada y una sonrisa ladeada antes de dirigirse a un edificio a pie del río. Empujó la puerta y la aguantó para que pasara él. Estaban en un restaurante. Dentro, un hombre joven se acercó a ellos.
—Buenas noches —saludó—. ¿Tienen reserva los señores?
Hermione asintió.
—A nombre de Hermione Granger.
—Hermie —murmuró Draco a su lado a modo de corrección. Ella se rió mientras esperaba que el chico comprobara su reserva y los acompañara a su mesa.
Draco se quedó sorprendido cuando les pidió que entraran en un ascensor y marcó el número cinco. Cuando se abrieron las puertas de nuevo, unas espectaculares vistas aparecieron ante ellos. Las paredes del restaurante eran de cristal y podía verse el exterior. Su mesa se encontraba en el extremo más alejado. Draco se quitó la chupa y la puso en el respaldo de la silla antes de sentarse. Luego arqueó una ceja cuando el joven le retiró la silla a Hermione para que se sentara.
—Enseguida les atenderá un camarero —dijo, luego se inclinó un poco y se fue.
—Este sitio es más bonito de lo que imaginaba —comentó Hermione.
Sobre la mesa había un recipiente de cristal con un poco de agua y un par de velas flotando sobre ella. Fuera, el atardecer en Londres era precioso. Las farolas de la calle ya se habían encendido y reflejaban su tenue luz sobre el agua del Támesis.
—¿Vas a explicarme ahora a qué viene esto? —quiso saber él. Hermione lo miró, pero no encontró en su rostro otra cosa que una amplia sonrisa y unos grisáceos ojos clavados en ella.
Hermione sintió que se quedaba sin aliento una milésima de segundo.
—Bueno, creía que era justo que te agradeciera todo lo que has hecho por mí estos últimos días —dijo al fin, cuando logró recuperar la compostura—. Ha sido todo tan… surrealista... pero a la vez tan real. Fuiste la única persona que consiguió que lo que había empezado como un cumpleaños desastroso se convirtiera en algo único. Y no tenías por qué haberlo hecho, podrías haberte negado a tatuarme sin cita aquel día, y yo habría vuelto a mi casa y me habría tirado en la cama a esperar a que el día pasara lo más rápido posible. —Hizo una pausa en la que suspiró—. Pronto tendré que volver a casa de mis padres, así que pensé que invitarte a un buen restaurante a cenar era lo mínimo que podía hacer.
Draco entrecerró los ojos.
—No tienes por qué irte.
Ella lo miró, analizando en su cabeza lo que acababa de decir. ¿Se refería a que podía quedarse en su apartamento indefinidamente? Estaba a punto de responder cuando alguien se acercó a la mesa.
—Buenas noches señor, señorita. —Un hombre con camisa blanca y pantalones de traje los miró a ambos—. Mi nombre es Daniel y hoy seré su camarero. Les dejo unas cartas para que decidan qué quieren pedir. —Les dio una carta a cada uno y acto seguido sacó una pequeña Tablet del bolsillo de la camisa—. ¿Qué desean beber?
—Vino —se apresuró a decir Draco, haciendo caso omiso del evidente desacuerdo de Hermione ante sus palabras—. Una botella de vino tinto para ambos.
Daniel lo apuntó rápidamente y se alejó.
—Si es por el dinero, lo pago yo —comentó él.
—No es por eso. Sabes que no bebo alcohol —se quejó ella.
—Bebías —corrigió—. Está comprobado que una copa de vino de vez en cuando es bueno para el organismo.
—¿Quién dice eso? —preguntó ella, escéptica.
—Lo digo yo —respondió él, arremangándose las mangas de la camiseta.
Hermione no pudo hacer otra cosa que reírse, pero pronto recordó lo último que había dicho antes de que los interrumpieran.
—Volviendo al tema de antes… ¿A qué te refieres cuando dices que no tengo por qué irme?
Él se encogió de hombros.
—A eso mismo. A que no tienes por qué volver a casa de tus padres si no quieres. Yo vivo solo, no sería una molestia que te quedaras.
Hermione se pasó una mano por el pelo antes de responder.
—Me conoces desde hace tres días —murmuró. Se sentía en la obligación moral de intentar hacerlo entrar en razón. Nadie metía a un desconocido en su casa y le daba una copia de las llaves al tercer día.
—Sí, y creo que no eres una asesina, ni una ladrona. Al menos no es la impresión que das —dijo él, poniendo el codo en la mesa y apoyando la barbilla en su mano—. ¿Vas a violarme mientras duermo?
Hermione no tenía muy clara la respuesta a esa pregunta, pero afortunadamente llegó Daniel con dos copas y una botella de vino sobre una bandeja negra.
—Señores —dijo después de poner las copas sobre la mesa y verter el vino en ambas—. ¿Han decidido ya qué van a pedir?
Draco y Hermione se miraron.
—En realidad no, ni siquiera hemos abierto la carta —explicó él.
—En ese caso volveré en unos minutos —respondió antes de volver a alejarse.
Hermione se escondió detrás de la carta y trató de concentrarse en su lectura. ¿Carne? ¿Pescado? ¿Arroz? ¿Sopa? No sabía por qué le costaba tanto decidirse.
—Por cierto, si lo hicieras tampoco me quejaría —comentó Draco de repente.
A Hermione le costó un minuto entender que se refería a la pregunta que no había sido capaz de contestar antes. Sintió cómo se le coloreaban las mejillas y se ocultó un poco más tras la carta.
Sus palabras le habían pillado por sorpresa. Nunca hubiera imaginado que él quisiera compartir su piso con ella tan rápido. Era una locura, otra más que no se había esperado, ni siquiera la había visto venir. Pero ella tenía dudas al respecto. Y muchas. Las preguntas se agolpaban en su mente y no le dejaban pensar con claridad. Daniel regresó a la mesa con su Tablet y Hermione pidió lo primero que vio. Escalopines de pollo y ensalada, al menos era algo que le gustaba. Draco pidió ternera en salsa con patatas.
Hermione suspiró mientras veía al camarero acercarse a otra mesa.
—No creo que tenga dinero suficiente como para pagarte siquiera el primer mes de alquiler.
—Nadie ha dicho que tengas que pagar algo.
Hermione frunció el ceño.
—No voy a quedarme en tu casa de gratis. —Alzó una mano para evitar que rechistara—. Eso no va a pasar. Además, son mis padres los que me pagan los estudios. Yo no tengo trabajo, he gastado la mayor parte de los ahorros que tenía durante estos días. No puedo…
—¿Y si yo te diera trabajo? —preguntó él, esbozando otra sonrisa. Hermione abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salieron de sus labios—. Hace tiempo que Alex me dice que necesita ayuda en el bar. Suele llenarse bastante y lo cierto es que estaba considerando buscar otra persona. ¿Te gustaría? Te garantizo que con ese sueldo podrías pagarte los estudios y darme una parte de alquiler si lo deseas. Y aun así te sobraría para subsistir durante el mes.
Hermione trató con todas sus fuerzas de no emocionarse, pero sus ojos se humedecieron igualmente. Estaba dándole una alternativa. Estaba ofreciéndole la solución para poder irse de casa de sus padres y empezar una nueva vida por su cuenta. Aquellos días le había brindado la posibilidad de ser libre efímeramente. Ella siempre había sido consciente de que no duraría para siempre. Pero ahora estaba entregándole la libertad absoluta. Un empleo. Un sitio donde vivir.
—Eso sería genial —logró farfullar—. Estás hablando en serio, ¿verdad?
—Totalmente.
Hermione reprimió las ganas de saltar sobre la mesa y abrazarlo, principalmente porque había personas a su alrededor que podían tacharla de loca.
Durante los siguientes minutos hablaron sobre cómo le había ido en el estudio aquel día, y después de contarle con todo tipo de detalles cómo era el inmenso tatuaje de un dragón que había hecho en la espalda de un hombre, le preguntó qué había hecho ella.
Hermione se llevó su copa de vino a los labios por primera vez aquella noche. Necesitaría un empujoncito para hacerlo.
Draco la escuchó atentamente. Ella le contó lo ocurrido con su amiga y le habló de su infancia juntas para que se hiciera una idea de lo importante que había sido para ella. Él no dudó al hablar después de que terminara.
—Las personas cambian, a mejor o a peor. Tú y tu amiga sois el puro ejemplo de ello. Ella se dejó corromper por la vanidad y tú elegiste romper con todo para empezar a vivir como siempre habías soñado. —Draco percibió el brillo en sus ojos y estiró una mano para ponerla sobre la suya—. No necesitas en tu vida a personas que no te quieran en la suya.
Hermione pudo ver entonces el nombre de su ex tatuado de por vida en su piel. Astoria. Eso era, Astoria. También reparó en el tatuaje de la muchacha triste con el pelo movido por el viento.
—¿Alguna vez vas a explicarme el significado de tus tatuajes?
Draco frunció un poco los labios. Luego se puso derecho y se bajó las mangas de la camisa.
—Tal vez —respondió ásperamente.
La cena estuvo deliciosa. Hermione incluso se sirvió otra copa de vino. Pero la noche ya había caído en la ciudad y era hora de marcharse. Él trabajaba por la mañana y ella tenía intención de volver a clase.
Una vez en la calle comenzó a chispear débilmente, pero enseguida empezó a caer un torrencial de agua del cielo. Draco abrió el paraguas rápidamente y tiró de ella para acercarla. Ambos iban bajo él, apretujados y mojándose igualmente. Hermione pensó que aquello era aburrido. Además, siempre había querido estar bajo la lluvia sin que le importara si se mojaba o lo que dirían de ella.
En un rápido movimiento Hermione le quitó el paraguas de la mano y salió corriendo mientras lo cerraba.
—¡Hermie!
Por su tono de voz parecía que a él no le hacía demasiada gracia calarse hasta los huesos. Pero Hermione había empezado a reírse con ganas y ahora no podía parar. Draco corrió tras ella intentando quitarle el paraguas, pero ella siempre se escabullía de su agarre. Ambos ya estaban completamente mojados. De vez en cuando pasaba alguien cerca, pero parecía que aquella noche tenían toda la calle para ellos solos. Las farolas que pasaban e iban dejando atrás eran testigos de aquella nueva locura improvista. Hermione no dejaba de reírse, y llegados a ese punto le contagió la risa a Draco. Los dos siguieron jugando bajo la lluvia un buen rato, sin preocupaciones ni ataduras. Sin nadie que les dijera que no podían hacerlo, estar ahí, siendo diferentes a las personas que los miraban a lo lejos con recelo.
Draco logró agarrarla de la cintura, y aunque casi resbalan y caen al suelo, lograron equilibrarse de nuevo. Él observaba su risa como si nunca hubiera visto algo tan maravilloso. Ella se apartó el empapado pelo que se había quedado pegado a su cara. Ambos se miraron un momento, bajo la última farola de aquella acera. Draco puso las manos en sus caderas, Hermione rodeó su cuello con los brazos. Aquel momento parecía perfecto. Ninguno dudó un segundo. Sus mojados labios se encontraron de repente y los dos cerraron los ojos al mismo tiempo. Draco la agarraba como si quisiera fundirla en su pecho para no perderla nunca, Hermione rió un poco más bajo su aliento. Era la primera vez que se besaban, eran conscientes de ello. El sexo era una cosa, un beso en los labios era otra.
Y podían llamarla loca, pero Hermione no cambiaba ese instante de locura por toda la cordura del mundo.
