NA: ¡Holaaaa! Qué ganas tenía de seguir escribiendo esta historia. La verdad es que he estado muy inspirada estos días (cuando tengo que estudiar es cuando más lo estoy) y se me ha hecho difícil reprimirme. Pero hoy he hecho un examen muy duro y he pensado que me lo merecía.

No es un capítulo igual de largo como os tengo acostumbrados en este fic, pero he pensado que mejor esto que otro mes más de espera sin nada.

PD. Todo el pasado de Draco va a descubrirse en el siguiente capítulo. El drama se acerca.


Capítulo 9: Brand new.


Hermione acariciaba lentamente con las yemas de los dedos su brazo estirado sobre la cama. Lo hacía tan suavemente que parecía que sólo rozaba superficialmente el vello rubio sobre sus tatuajes, pero ella notaba el calor que irradiaba su cuerpo en la punta de sus dedos. La noche anterior, cuando regresaron a su apartamento después de haber pasado varias horas en el estudio, ambos habían vuelto a enredarse bajo las sábanas de la cama hasta que el cansancio les hizo cerrar los ojos lentamente a pesar de que parecía que ninguno tenía prisa por dormirse.

El solo recuerdo de sus manos acariciando su cuerpo le hacía morderse el labio y sentir un deseo incontrolable de volver a sentirlo sobre ella, pero sabía que debía levantarse pronto si no quería llegar tarde a la Facultad, y definitivamente Hermione no estaba por la labor de seguir perdiendo clases. Pero la luz de la mañana que entraba por la ventana y empezaba a acariciar el rostro dormido de Draco le daba un aspecto tan bello que a duras penas podía apartar la mirada de él. En su fuero interno agradecía el hecho de que él durmiera plácidamente, sobre todo porque era consciente de que se encontraba completamente encandilada observando cada una de sus facciones, ahora suaves y relajadas. En ese instante le parecía impensable que el hombre que yacía junto a ella pudiera resultar ser una de esas personas "serpiente" de las que le habló aquella primera noche, simplemente no podía creer que él fuera la mitad de canalla de lo que se empeñaba en aparentar.

Hermione se obligó a apartar la vista de él y a levantarse de la cama de una vez. Lo hizo con mucho cuidado para evitar despertarlo, luego se dirigió al cuarto de baño y se dispuso a darse una buena ducha. Sin duda el agua templada cayendo por su cuerpo era una muy buena forma de espabilarse un martes con sabor a lunes. Cuando terminó se enrolló una toalla al cuerpo y volvió a la habitación para vestirse. Eligió algo de ropa de su mochila y echó un breve vistazo por encima de su hombro, sólo para comprobar que él todavía durmiera antes de dejar que la toalla cayera a sus pies. Hermione se puso la ropa interior nueva, un pantalón negro ajustado y una blusa blanca que le quedaba un poco grande.

—Buenos días, guapa —susurró una voz ronca a su espalda de repente.

Ella se giró rápidamente para mirarlo. Se había quitado la sábana de encima y ahora tenía el torso completamente desnudo. Unas calzonas visiblemente viejas habían hecho las veces de pantalón de pijama aquella noche.

—¿Desde cuándo llevas despierto?

—Digamos que me has deleitado con unas buenas vistas por la mañana —se rió.

Hermione se mordió un labio mientras se pasaba una mano por el pelo.

—Vaya —dijo, completamente ruborizada—. Esto… Buenos días.

Lo vio enarcar una ceja mientras se incorporaba en la cama.

—No me digas que ahora te da vergüenza que te vea desnuda —Hermione abrió la boca para contestar, pero él volvió a hablar de nuevo—. Eso está arrugado.

Ella miró un momento su vestuario, luego se encogió de hombros.

—Es lo que tengo, lleva días en la mochila.

Draco se levantó de la cama y se desperezó un poco, luego se acercó a ella arrastrando los pies y bostezando.

—Te ofrecería una plancha, pero no tengo.

—¿No planchas tu ropa? —Hermione parecía un poco perpleja. Si bien era cierto que se conocían sólo de unos cuantos días, hubiera jurado que nunca lo había visto con una camiseta arrugada.

—No —respondió él, estirando el brazo y poniéndole un mechón de pelo tras la oreja—. Otros la planchan por mí después de lavarla —esperó un momento, pero al ver el ceño fruncido de la chica decidió aclararlo—. Hay algo que se llama tintorería. Nunca he entendido cómo se usa la lavadora, y una vez que traté de plancharme una camisa casi incendio todo el bloque.

—¿Tus padres nunca te enseñaron algo tan básico como eso antes de que te independizaras?

Hermione creyó ver el instante justo en el que apareció en su mirada un atisbo de… algo. No supo decir muy bien el qué, pero lo que definitivamente sí sabía era que no se trataba de algo alegre precisamente. Él se giró enseguida, dándole la espalda y dirigiéndose al armario. Abrió una de sus puertas y, sin volverse para mirarla, comentó.

—Puedes ponerte algo de Astoria.

Su tono se había vuelto helado, sombrío. Hermione se debatía entre si debía acercarse o no, pero al ver que Draco no hacía nada decidió caminar hasta él. Apoyado en el lateral de la puerta que acababa de abrir, miraba hacia dentro con expresión lúgubre.
Ella miró un momento la ropa colgada en el interior, pero no cogió nada. Draco parecía enfadado y triste a la vez, como si le estuviera costando bastante trabajo mantener la compostura de repente. Hermione no pudo seguir mirándolo más por el rabillo del ojo. Se acercó a él poco a poco hasta que estuvieron a escasos centímetros. Entonces, en lugar de amedrentarse por su evidente irritación y cara de pocos amigos, colocó los brazos alrededor de su cintura y apoyó la cabeza en su pecho con suavidad. Estaba rígido, su respiración entrecortada. Pudo escuchar a través de su pecho los latidos de su corazón, demasiado arrítmicos y fuertes.

—No sé qué pasa. Supongo que debe haber sido algo que he dicho —dijo en voz muy baja, como si temiera volver a molestarlo—. Si es así lo siento mucho, de veras.

Hermione sintió cómo su cuerpo se relajaba poco a poco, pero ella no cesó en su abrazo. Por el contrario, lo abrazó mucho más fuerte. Draco terminó poniendo los brazos alrededor de ella y profiriendo un largo y profundo suspiro contra su coronilla.

—Vamos, ponte algo bonito.

Ella sonrió brevemente al comprobar que su tono de voz había vuelto a la normalidad. Luego acarició los tatuajes de su pecho con los dedos de una mano.

—La verdad es que no creo que esté demasiado cómoda llevando la ropa de tu ex todo el día. Además, nadie me mira en la Facultad. Paso bastante desapercibida, nadie va a reparar en mi blusa arrugada —sus dedos se toparon con el tatuaje de su antebrazo que había llamado su atención más de una vez, el que mostraba a una chica extremadamente triste con el pelo tapándole parcialmente el rostro por el viento. Lo acarició con el pulgar antes de volver a hablar—. ¿Cuándo vas a explicarme el significado de tus tatuajes?

—Tengo muchos —se quejó él.

—Bueno, yo tengo todo el tiempo del mundo —Hermione alzó la mirada para sonreírle. Draco se resistió durante unos segundos, pero terminó devolviéndosela antes de plantarle un beso en los labios sin previo aviso.

—Vamos, te llevo a clase —dijo, cerrando aquella puerta del armario y abriendo la que contenía su ropa.

Hermione lo observó empezar a vestirse mientras ella hacía la cama a su espalda.

—¿No me dijiste ayer que hoy trabajabas por la mañana? —quiso saber.

—Tengo la primera cita a las diez y cuarto —comentó mientras se subía los pantalones—. No me gusta tatuar tan temprano, de hecho, nunca lo he hecho antes de esa hora. Necesito estar más despierto que recién levantado.

Ella asintió, mullendo un poco la almohada antes de colocarla de nuevo en su sitio.


Hermione le devolvió el casco y se despidió con la mano del rubio motorista mientras caminaba rápidamente hacia el edificio de su Facultad. Sabía que llegaba tarde porque no se veía a nadie por los alrededores del campus. Subió las escaleras y se dirigió a la clase correspondiente, abriendo la puerta de atrás con sumo cuidado y entrando en el aula sin hacer apenas ruido. Sólo unos cuantos alumnos repararon en su presencia, los que se sentaban al fondo de la clase. También apreció por el rabillo del ojo cómo el profesor la miraba distraído unos segundos antes de seguir con la lección. Hermione divisó un asiento libre en la tercera fila del fondo y llamó un poco más la atención cuando tuvo que pedirles a unos cuantos compañeros que la dejaran pasar, pero cuando al fin llegó allí y se sentó, le invadió una sensación extraña y deprimente, como si nada hubiera cambiado desde la última vez que había estado en clase.

Nadie la saludaba ni parecía tener intención de entablar una conversación con ella. No conocía al noventa y cinco por ciento de la gente que había allí, y el cinco por ciento restante seguía intimidándola en la distancia, a pesar de ni siquiera ser conscientes de que ella estaba allí. Vio a los que una vez había considerado sus amigos sentados en una misma fila, todos juntos, de espaldas a ella. Tal y como había sido siempre, todo el tiempo. Siempre habían sido ellos, ella ni siquiera había significado nada para ninguno.
Cuando reparó en la cabellera pelirroja de Ginny hizo que sintiera cómo le daba un vuelco el corazón. Su amiga de la infancia, su mayor confidente… ahora ya no era nada. Nadie. Había caminado fuera de su vida y había dado un portazo al salir. Y todavía conseguía que temblara su interior al recordar lo que una vez habían sido, aún tenía el poder de hacerla sentir pequeña, como cuando empezó su reconocida popularidad y decidió que su amistad no era más importante que lo que podía conseguir sin ella. Seguramente pensó que las puertas que le abriría su reputación no las conseguiría a su lado. Lo que no sabía era que ella había estado siempre dispuesta a abrirle ventanas en sus momentos más bajos, a brindarle un cálido abrazo reconfortante cuando su corazón doliera y a ofrecerle el más sincero y puro amor cuando sintiera que todo se derrumbaba. Porque eso era lo que hacían las amigas, quererse, apoyarse. Estar la una para la otra. Compartir momentos, y aceptarse. Sí, las amigas se aceptaban y se respetaban sin importar nada más, sin pedir nada a cambio, sin juzgar.

Ginny había dejado más que claro que su amistad había muerto hacía mucho tiempo, había sido Hermione la que se había negado a verlo durante mucho más del necesario. Pero eso iba a cambiar, porque ella ya no era minúscula, qué va, ahora era más grande que todos ellos juntos. Ahora había alguien más que se había encargado de hacérselo ver.

Hermione se armó con su recién estrenada confianza y se puso derecha en el asiento. Miró a ambos lados. A su derecha había un chico al que parecía costarle demasiado esfuerzo mantener los ojos abiertos. A su izquierda una chica de rasgos asiáticos a la que había visto alguna que otra vez y que tomaba unos apuntes claros y limpios en una libreta. Hermione se aclaró la garganta sin hacer ruido.

—Disculpa —susurró a la chica, mostrando su mejor sonrisa—. Me he dejado el libro en casa, ¿podrías compartir el tuyo conmigo?

La chica asintió y amablemente corrió el libro hasta que estuvo en medio de ambas.

—Por cierto, mi nombre es Hermione —la compañera la miró de nuevo, sonriendo con cordialidad—. Hermione Granger.