NA: Aquí os traigo un capítulo largo para celebrar los veinte capítulos de esta historia. ¡Mil graaaaaacias por seguir ahí!
Capítulo 20: Secrets.
Octubre se había ido tan rápido como lo estaba haciendo Noviembre. A tan solo cuatro días de que se diera paso al último mes del año, Hermione podía decir con orgullo que por fin había conseguido mantener una sana y deseada estabilidad en su vida. Las cosas con Draco iban tan bien o mejor que antes. La relación con su padre se mantenía como siempre debido a que apenas lo veía debido a su trabajo, y su madre había estado cumpliendo su promesa de no inmiscuirse más de lo necesario en su vida privada. La relación con sus nuevos amigos también se había consolidado tras varias quedadas más… tanto era así que en cuanto cobró su primer (y generoso) sueldo no dudó ni un segundo en ponerlo sobre la mesa para reservar el viaje a las islas españolas del que tanto habían estado hablado durante las últimas semanas.
Durante ese tiempo Hermione había estado tanteando a sus padres para soltarles el bombazo en el momento más oportuno. Por supuesto, y como era de prever, no se lo tomaron nada bien al principio… pero ella ya no les estaba pidiendo permiso, les estaba informando de que se iba. Y había acertado en hacerlo con tiempo. El hecho de que el viaje ya estuviera pagado ayudó a que pensaran en ello y se hicieran a la idea, pero eso de que Draco no formara parte del plan pareció terminar de convencerlos. Al parecer habían conseguido aceptar, aunque fuera a regañadientes, que no podían impedirle que se fuera.
Cuando sus padres le preguntaron de dónde había sacado el dinero para pagar semejante viaje ella simplemente alegó tener "ahorros" de años anteriores. Todavía no se sentía preparada para confesarles lo del pub, tenía cierta reticencia a hacerlo por si la idea de que dedicara su tiempo a trabajar en lugar de a estudiar no les pareciera bien. Barajaba la posibilidad de que trataran de sabotearlo todo en ese caso, así que era algo que por el momento prefería mantener para ella. Tampoco era un crimen ocultar ciertas cosas a tus padres ¿verdad?, sobre todo cuando ya tienes veinticinco años.
Por fin sentía que empezaba a levantarse y reclamar sus derechos.
Con respecto a Cedric, se había unido a Julie y a ella en su primer día de universidad y ambas habían hecho todo lo posible por facilitarle las cosas. Le enseñaron la facultad en los descansos, le hicieron un tour por el campus al salir de clase y estuvieron más que de acuerdo en integrarlo al grupo de amigos para evitar que estuviera solo. El chico, cuyos padres se habían visto obligados a mudarse a Londres de un día para otro debido a los traslados de personal que estaba haciendo la empresa en la que trabajaban, había seguido vistiendo ropas tan extravagantes y coloridas como el jersey amarillo del día en el que Hermione le atendió en el pub. Obviamente no pasaba para nada desapercibido entre la multitud, aunque luego no era todo lo extrovertido que cabía esperar de alguien que vestía ropas así. Resultó ser un chico gracioso cuando tenía sus días más sociales, y algo risueño y callado cuando definitivamente no le apetecía hablar demasiado. Hermione lo veía como alguien realmente interesante, como una persona curiosa.
Pero dejando a un lado todo lo positivo que había estado ocurriendo en su vida últimamente, había una persona en especial que no había logrado sacar de su mente durante un largo periodo de tiempo… hasta que por fin había decidido tomar cartas en el asunto.
Hermione se removía inquieta en la silla mientras movía con una cucharilla el café que un amable camarero le había puesto por delante. Había quedado allí con esa persona, aunque no estaba muy segura de que fuera a aparecer. Y eso le preocupaba.
Casi podía oír el débil tic tac del reloj de su muñeca, y a cada segundo que pasaba el nerviosismo aumentaba considerablemente. Ya habían pasado quince minutos de la hora acordada, pero por la puerta de cristal de aquella cafetería hacía un rato que no entraba nadie.
Con el corazón a mil por hora, su cabello empezó a sofocarla más que nunca. Se cogió una cola alta con la goma elástica que siempre llevaba en la muñeca y se pasó una mano por su sudorosa nuca.
El teléfono vibró repentinamente en el bolsillo de sus pantalones, provocando que diera un respingo en el sitio. En todo ese tiempo no había vuelto a recibir mensajes en número oculto, pero quien quiera que fuera que estuviera jugando a incordiarla había pasado a llamarla varias veces al día. La tensión de sus hombros desapareció en cuanto vio que se trataba de un mensaje de Draco, quien por fin había dado el paso de proponerle intercambiar sus números de teléfono.
"Respira. Todo va a ir bien"
Hermione trató de recuperar una expresión neutral en cuanto se percató de que se había quedado sonriendo tontamente a la pantalla del teléfono.
Draco se había interesado en conocer esa historia y saber por qué tenía tanto interés en quedar con dicha persona. En cuanto Hermione se hubo sincerado con él no dudó en mostrarle todo su apoyo y alentarla a hacerlo.
Volvió a mirar su reloj. Veinte minutos. Poco a poco perdía la esperanza de que fuera a aparecer.
Suspiró, resignada. Era el primer miércoles que tenía libre en el trabajo y se encontraba allí, completamente sola, esperando a alguien que ni siquiera se interesaba por su persona. Definitivamente estaba perdiendo el tiempo.
Miró el interior de su taza. Sólo le había dado dos sorbos al líquido oscuro del interior, pero aquella sensación de vacío que había empezado a experimentar le había quitado las ganas de seguir bebiendo el amargo café. Miró su reloj por última vez antes de decidir que era hora de marcharse. Se encontraba abriendo su bolso y buscando su monedero en el interior del mismo cuando una voz ronca la hizo rebotar del susto.
—Perdona la tardanza… —dijo. Su voz sonaba bastante apagada—. No iba a venir.
Hermione, sorprendida, clavó los ojos en ella, los labios levemente separados.
—Ginny —logró murmurar.
Ambas chicas se miraron en silencio durante lo que pareció una eternidad, pero Hermione pronto sacudió la cabeza y le hizo un gesto para que se sentara frente a ella. Su amiga de la infancia arrastró la silla con desgana e hizo lo que le pedía.
—¿Para qué querías verme? —preguntó la desaliñada chica, sin rodeos.
Hermione no podía dejar de contemplar su aspecto. El resplandeciente cabello pelirrojo que anteriormente había sido una clara seña de identidad de la muchacha ahora se recogía en un moño despeinado y sin gracia en lo alto de su cabeza. Sus pestañas no estaban impregnadas de rímel y sus labios no se coloreaban con el carmín que solía usar. Unas inmensas ojeras ocupaban gran parte de su rostro y parecía que se había vestido rebuscando en los cajones de la habitación de su hermano Charlie.
De repente Ginny hizo el amago de levantarse de la mesa, fue entonces cuando Hermione entendió que se había quedado demasiado tiempo mirándola sin decir nada.
—¡Espera! —se apresuró a decir. La pelirroja, que estaba a punto de levantarse, volvió la cara para mirarla—. Es sólo que… hace mucho que no te veo.
Ginny volvió a sentarse de mala gana. Hermione tuvo que esforzarse el doble de lo que había previsto para mantener la compostura. Aquella persona frente a ella mostraba una actitud muy diferente a la de la amiga que una vez había tenido. Si bien Ginny se había vuelto engreída y arrogante en la universidad, esa chica que ahora se sentaba frente a ella parecía dispuesta a lanzar la cerilla para ver al mundo arder. Nunca la había visto así de asqueada.
—Pues aquí me tienes —dijo la chica con voz resignada—. ¿En qué puedo ayudarte?
Hermione decidió pasar por alto el sarcasmo de aquella última pregunta e ir directamente al grano.
—¿Qué ocurre, Ginny? Hace más de un mes que no vas a clase.
—¿Por qué debería darte explicaciones? —quiso saber. Hermione no apartó la mirada de ella ni un segundo.
—Porque estoy preocupada por ti —respondió, contundente.
—¿Y por qué tendrías que estarlo? Nuestra amistad acabó hace tiempo —frunció mucho el ceño y chasqueó los dedos a unos centímetros de su cara—. Despierta, ya no tienes que preocuparte por mí.
Hermione parpadeó un par de veces. No había visto venir ese gesto tan rudo y maleducado. ¿Qué estaría pasando por su cabeza en aquel momento para comportarse así con ella? La posibilidad de levantarse de allí y salir por la puerta pasó fugazmente por su mente, pero desechó la idea tan pronto como la tuvo. Daba igual que su amistad se hubiera roto unos meses atrás, ella seguía importándole tanto o más que antes.
—No voy a levantarme de aquí hasta que me digas qué te pasa. Y tú tampoco lo harás.
—Lo que pase con mi vida no te incumbe en absoluto.
La dureza de sus palabras y la ligereza con la que las decía provocaba que Hermione sintiera un retortijón en el estómago cada vez que la miraba.
—Te prometo que dejaré que sigas con tu vida cuando me asegure de que todo va bien —Ginny empezó a rechistar, pero Hermione habló más alto que ella—. Me da igual que llevemos un tiempo sin hablar, dos meses, tres, cuatro años. Una vez fuiste una parte muy importante de mi vida y eso no puede borrarlo ni la más fuerte de las discusiones. Llevo preocupada por ti desde el primer día que faltaste a clase. No quiero que te pase nada malo, y si ya está pasando algo quiero ayudarte en la medida de lo posible.
Ginny se había quedado callada mientras la miraba con el ceño fruncido, los labios apretados y las mejillas empezando a ruborizarse. Su actuada y prepotente actitud estaba empezando a desmoronarse y ahora podía ver el brillo de las lágrimas en sus celestes ojos. Era evidente que estaba tratando de contenerlas con todas sus fuerzas, porque si una sola de ellas conseguía derramarse y rodar por sus mejillas estaría confirmando que algo no iba bien.
Hermione le hizo un silencioso gesto al camarero para que no se acercara cuando vio que tenía la intención de ir a tomar la comanda de Ginny. Luego esperó pacientemente con las manos apoyadas sobre la mesa.
La pelirroja tardó unos minutos, pero terminó derrumbándose en contra de su voluntad.
—No deberías preocuparte por mí —habló la chica al fin entre sollozos—. Yo me he portado muy mal contigo. No deberías, no tendrías…
—Escucha —la interrumpió. Apartó el frío café a un lado y estiró una mano sobre la mesa para ponerla sobre la suya—. Olvídate de todo lo malo que ha pasado entre nosotras. Céntrate en los buenos momentos que hemos vivido juntas. ¿Acaso tú no harías lo mismo por mí?
Hermione le dedicó una cálida sonrisa. De repente se sentía feliz. Tenía la sensación de que la Ginny frente a ella ya no era la chica altiva y déspota de la universidad. Las lágrimas que mojaban sus pestañas y empañaban la piel de sus mejillas le habían hecho ver cuán poco quedaba de esa faceta de su amiga que tanto había odiado tiempo antes. En ese instante la sentía más cercana, más humana, como cuando antes de que todo cambiara. Como cuando todavía las risas eran sinceras y las palabras desinteresadas, como cuando los abrazos eran un habitual en el día a día y fantaseaban, tiradas sobre el césped del patio trasero de su casa, sobre historias de hadas mágicas.
Los ojos de Ginny vagaron un momento por la mesa antes de adentrarse en los suyos con el arrepentimiento y la pena dibujados en su rostro. Hermione apretó con más fuerza la mano de su amiga. Había vuelto. La chica que una vez había sido su mejor amiga por fin había vuelto… y Hermione estaba más que dispuesta a aceptar esa disculpa que no hacía falta que dijera en voz alta.
—¿Qué ocurre, Ginny?
Su amiga tuvo que tragar saliva forzosamente. Sus ojos estaban hinchados y en su expresión podía verse el dolor que estaba sintiendo en su pecho. Hermione se empezó a preocupar cuando ella negó con la cabeza, pero finalmente, después de unos minutos, Ginny volvió a hablar.
—Tres chicos… —se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Estaba en el baño y… y tres malditos…
—Ginny, tranquilízate —pidió Hermione con el tono más dulce que pudo—. Ordena tus ideas. Tómate el tiempo que necesites.
Su amiga tomó una gran bocanada de aire y dedicó un momento a acompasar su respiración a un ritmo normal. Hermione miró a su alrededor. La cafetería había terminado llenándose, pero la gente a su alrededor parecía no haberse percatado de la escena. Hermione se aplaudió internamente por haberse decantado por esa mesa de esquina.
—Fue en el cumpleaños de las Patil —dijo Ginny, esta vez un poco más calmada—. Estaba en el baño cuando… cuando tres tíos abrieron la puerta y se encerraron conmigo. Intenté gritar, pero uno de ellos selló mis labios con la palma de su mano. Me… me tocaron —su voz se quebró y Hermione no pudo evitar poner cara de espanto al escuchar su relato—. Me tocaron en contra de mi voluntad. Había bebido lo suficiente como para no poder defenderme, pero no demasiado como para no acordarme de lo ocurrido. Me acuerdo de todo. Incluso recuerdo haberte visto en la playa poco después de que eso pasase.
—Dios mío… —susurró Hermione. Sus ojos habían empezado a empañarse, y una lágrima cayó directamente a la mesa mientras se ponía la mano libre en la boca.
—Cuando la fiesta se hubo acabado y sólo quedamos el grupo de siempre, les pedí que dejaran de limpiar la casa y me escucharan. Ninguno me creyó cuando les conté lo que me había pasado. La mayoría me acusó de estar ebria y las Patil me preguntaron entre risas si de verdad creía que ellas tenían amigos violadores. Se rieron en mi cara. Una parte de mí se rompió para siempre en ese instante.
—Dios santo, Ginny, ¿lo has denunciado a la policía? —ahora era Hermione la que casi no podía articular bien una sola palabra.
Su amiga negó con la cabeza.
—No soy capaz de recordar sus rostros. Lo único que recuerdo es que en el momento pensé que no conocía a ninguno de ellos.
Hermione aprisionó una de sus manos entre las suyas.
—Creo que de todas formas deberías denunciarlo. La policía sabrá lo que hacer para dar con ellos.
—No —dijo ella con rotundidad—. No. Lo único que quiero es olvidar todo esto, borrarlo de mi mente para siempre. Pero… parece imposible. No consigo dejar de recordar el dolor de sus uñas clavadas en mis brazos, las risas al levantarme la camiseta y dejar al descubierto mi sostén, la sucia mano de uno de ellos deslizándose por mi falda mientras con la otra se… —dejó la frase inacabada. Hermione agradeció que lo hiciera—. Todavía recuerdo la vergüenza, la sensación de pensar por un instante que ha sido culpa mía…
—¿Qué? ¡No! —Hermione estaba indignada. Las lágrimas todavía resbalaban por su rostro—. Nada de eso ha sido culpa tuya.
—A veces creo que no lograré superarlo nunca.
—Puede que esos estúpidos no hayan tomado en serio algo tan grave, pero yo estoy contigo. Vamos a pasar por esto juntas, ¿de acuerdo? Mañana puedes venir a comer a mi casa después de la universidad y luego podemos ir a…
—No voy a volver a la universidad —la interrumpió.
—¿Cómo?
Ginny secó las lágrimas de Hermione con los dedos de la mano libre. Ese momento se sentía tan íntimo que era como si nunca hubieran estado separadas, como si nada malo se hubiera interpuesto entre ellas jamás. Hermione exhaló con dificultad. Le dolía tanto su dolor que lo sentía aferrándose a su pecho con cada segundo que pasaba.
—No puedo volver a ver a las personas que se rieron de mí cuando todo mi ser se estaba desmoronando. Violaron mi cuerpo y mi intimidad y ellos me cuestionaron a mí. No puedo…
—Pero ahora no estás sola —le recordó Hermione—. Nos sentaremos lejos, ¿de acuerdo? No tendrás que cruzarte con ninguno de ellos.
—Hermione, es que no puedo seguir viendo a la misma gente de siempre. No son sólo las Patil, Harry o Neville. Son todos. Tengo la sensación de que me señalarán con el dedo y hablarán a mis espaldas cuando vean en lo que me he convertido de un día para otro —hizo un gesto con la mano para que volviera a observar su apariencia—. La gente espera que siga estando a la altura a la que estaba antes de todo esto. Pero me siento tan rota por dentro que ni siquiera tengo ganas de salir de la cama por las mañanas.
—No puedes dejar que esto acabe contigo…
—Las expectativas lo harán. Llevo yendo a un psicólogo dos semanas y mis padres ya esperan que esté bien. No me malinterpretes, lo que me ha pasado les ha afectado igual o más que a mí, lo único que quieren es volver a verme como siempre. Todos quieren verme como siempre y… y yo…
—No te presiones. Lo que ha pasado todavía es reciente y tienes todo el derecho a estar mal. Pero si lo que te preocupa es lo que vaya a pensar la gente… deberías mandarlos a todos a la mierda. No voy a mentirte y decir que nadie va a hablar de ti porque es evidente que lo harán, no has sido alguien que precisamente pasara desapercibida allá donde iba. Pero la gente va a hablar siempre. No dejes que la gente que ni siquiera te quiere influya sobre ti con su negatividad.
—Lo sé, lo sé, simplemente… siento mucha presión social. Allí todos me conocen y lo último que quiero es…
—No todos —la interrumpió Hermione. Ginny la miró con sorpresa—. Hay un chico nuevo en nuestro curso, Cedric, estoy segura de que haríais buenas migas. Y no sé si conoces a Julie, la chica con la que me he estado sentado en clase este tiempo atrás, pero es encantadora y no va a juzgarte por tu aspecto. Creo que aunque fueras en pijama y con la baba reseca en la comisura de los labios por no haberte lavado la cara ella no dirá nada malo sobre ti.
—Pero…
—Escucha. Vamos a hacer una cosa, ¿vale? No quiero agobiarte, pero ya que has perdido tantas clases durante estos meses puedes probar a venir mañana con nosotros y ver qué tal vas. No tienes que venir a todas, puedes venir sólo a una. Poco a poco, Ginny. Si la situación llegara a abrumarte te acompañaré fuera. Pero tienes que empezar a recuperar tu vida. Te conozco lo suficientemente bien como para saber que puedes hacerlo.
Ginny también apretó su mano. Acababa de recuperar a la única persona que alguna vez había sido su amiga de verdad. Después de abrir los ojos con respecto a los otros no había dejado de pensar en Hermione y en la amistad a la que había renunciado con tal de no desentonar entre los que ahora veía como puros superficiales y estúpidos.
El corazón de Hermione era enorme, ella lo sabía… pero no recordaba cuánto. No merecía otra oportunidad. De verdad que no. Pero Hermione se la estaba dando sin ni siquiera pedirla. Sólo esperaba saber enmendar todo el daño que le había hecho con el paso de los años. Empezaría por dejarse ayudar.
Todavía tenía el rostro empapado, pero la chica sonrió.
—Me gusta ese hombre de la moto y la chupa de cuero —dijo de repente—. Tienes que contarme más cosas sobre él.
Un par de horas más tarde, después de que Ginny rechazara su oferta de ir a por un helado y se marchara de la cafetería, Hermione decidió llamar a Draco para pedirle que fuera a recogerla. De alguna forma sentía la necesidad de su compañía después de haber escuchado la estremecedora confesión de su amiga de la infancia. Todavía sentía cómo se le erizaba el vello de la nuca cada vez que trataba de imaginar por lo que había pasado.
Cuando Draco apareció por la esquina derrapando con la moto Hermione se secó las húmedas mejillas con las manos, pero eso no impidió que él terminara percatándose de sus enrojecidos ojos. Apagó el motor en doble fila e hizo el amago de bajarse pero ella se apresuró a llegar a donde estaba. Con un gran interrogante dibujado en su cara, Draco se inclinó un poco para tomar su rostro entre las manos y de paso limpiar con el pulgar una última lágrima que acababa de caer de sus ojos. Hermione pronto le hizo saber que estaba bien, que si estaba llorando no era porque le pasara algo malo a ella. Le explicó cómo había ido la reunión con su amiga y le contó el motivo de sus lágrimas. Draco puso cara de espanto al escuchar la historia. Luego la atrajo hacia él, apoyando su cabeza en su pecho y dándole un beso en la coronilla.
—¿Quieres ir a dar una vuelta por el nuevo centro comercial descubierto?
Ella aceptó al instante. No era muy dada a esos sitios, pero ese día necesitaba mantenerse ocupada para despejar la mente.
Sirvió. Pasear tranquilamente de la mano con Draco era todo lo que necesitaba en ese instante. Visitaron todas las tiendas de ropa por las que pasaron a pesar de que llegados a un punto Hermione empezó a quejarse al respecto. Draco tenía que tirar de su mano para literalmente arrastrarla a la zona de mujeres ya que ella sólo se paraba a mirar las chaquetas y camisas de hombre y trataba de convencerlo para que entrara al probador con sus elecciones. Sin embargo, cuando Draco veía algo para ella y se ofrecía a pagárselo Hermione se negaba en rotundo.
—¿Por qué no me dejas hacerte regalos? —se quejó él, dándole una patada a una pequeña piedra del camino.
—Primero porque no necesito nada —argumentó Hermione, orgullosa—. Y segundo porque si quisiera algo podría comprármelo yo.
—Qué chica más independiente, cualquiera lo diría —se rió.
Draco soltó su mano un momento para quitarse la chupa. Aquel día hacía un calor sofocante para tratarse de la fría y húmeda Londres. Se la puso bajo un brazo y volvió a estirar la mano para tomar la de Hermione, pero después de unos segundos de no encontrarla en el aire se dio cuenta de que llevaba un rato caminando solo. Se giró sobre sí mismo y la vio unos metros más allá, clavada en el suelo mientras miraba hacia el interior de una tienda con los labios entreabiertos y el ceño un poco fruncido.
Lo que Hermione estaba viendo era nada más y nada menos que a su padre, que hablaba con la dependienta de una tienda mientras dejaba uno de los folios del montón que llevaba consigo sobre el mostrador. La chica lo cogió, le dedicó una sonrisa y lo guardó. Su padre sonreía de una manera un tanto forzada al salir por la puerta, pero la sonrisa terminó de desaparecer de su rostro en cuanto levantó la vista y vio a su hija frente a él. Pareció quedarse mudo. Apretó el taco de folios sobre su pecho de manera instintiva.
—¿Papá?
—Her… Hermione, ¿no ibas a la biblioteca?
—¿No estabas trabajando?
Hermione miró al hombre con desconfianza mientras unos segundos de silencio se apoderaban del momento. Su padre era la última persona que esperaba encontrarse en ese lugar, sobre todo después de que tras del almuerzo hubiera salido corriendo de casa mientras se ponía la chaqueta a toda prisa y gritaba que lo habían llamado del trabajo.
—He… he venido a entregar unos papeles.
Hermione miró el interior de la tienda con escepticismo.
—¿Qué tipo de papeles tendría que entregar una empresa dedicada a las relaciones internacionales a una tienda de decoración? —su padre no respondió. Podía ver las pequeñas gotas de sudor nacer en lo alto de su frente, parecía al borde del colapso. El tembleque de sus manos desvió la atención de su hija hacia la cómoda y holgada ropa que ahora vestía—. ¿Dónde está el traje con el que saliste de casa esta tarde? ¿Qué está ocurriendo, papá? ¿Qué es eso que llevas ahí?
Al no recibir respuesta, Hermione estiró una mano para intentar alcanzar una de las hojas pero su padre giró el torso justo a tiempo para que no pudiera hacerlo. Entonces se acercó mucho más para tratar de hacerse con el tocho entero, no le importaba si tenía que forcejear con él delante de la gente, definitivamente lo haría. Y lo hizo. Las personas que pasaban por ahí empezaron a mirarlos mientras ellos se peleaban durante unos segundos por aquellas hojas, que terminaron desparramadas por el suelo cuando finalmente resbalaron de los brazos de Peter. Éste maldijo por lo bajo y empezó a recogerlas del suelo de inmediato, pero Hermione fue capaz de coger una al vuelo y ver de lo que se trataba. Tuvo que leerlo un par de veces para terminar de entenderlo.
—¿Qué haces repartiendo tu currículum por las tiendas, papá?
El tono de Hermione sonaba cauteloso, aunque había un atisbo de horror mal contenido en el trasfondo.
Su padre se incorporó para mirarla. Parecía agotado, abatido, como si esa especie de forcejeo con su hija lo hubiera terminado de rematar.
—Porque me han despedido del trabajo, Hermione —respondió Peter. Su voz era profunda y demoledora, y daba la sensación de que fuera a echarse a llorar de un momento a otro.
—¡¿Qué?! Pero no pueden despedirte, ¿cuántos años llevas en la empresa? ¡Desde antes de que yo naciera!
—Pues llevo meses sin trabajo, hija mía —su padre se acercó a ella y le quitó la hoja de la mano suavemente.
—¿Meses?
—Sí, meses. Hace poco que se acabó el finiquito que me dieron y desde entonces he estado tirando de ahorros.
—¿Pero por qué no…?
Su padre dio un largo y profundo suspiro.
—¿No es evidente? No os he dicho nada para no preocuparos. A pesar de contar con el sueldo de tu madre era el mío el que sostenía a la familia, sé que lo sabíais. Las cuentas no salen y es por eso que llevo tanto tiempo intentando encontrar un nuevo empleo.
—Pero papá, ¿entonces qué haces aquí? ¿No deberías estar buscando empleo de lo que has trabajado toda la vida?
—¿Crees que no lo he hecho ya? —su padre suspiró de nuevo, resignado—. Las empresas quieren gente joven que acabe de terminar sus estudios para que puedan ir creciendo dentro de la organización, no a un cincuentón como yo, que está más cerca de la jubilación que otra cosa. En todo este tiempo no he recibido ni una sola llamada para ir a una entrevista de trabajo, por eso he tenido que empezar a buscar puestos como reponedor o dependiente. Tampoco creo que así vayan a darme una oportunidad pero al menos tenía que intentarlo.
Hermione no lo dudó ni un segundo. Sabía perfectamente qué era lo que tenía que hacer, debía ofrecer al núcleo familiar su propio sueldo para ayudar a mantener su economía. Incluso renunciaría al viaje con sus amigos si fuera necesario… pero antes tenía que respirar profundamente y elegir las palabras sabiamente. Conocía a su padre lo suficientemente bien como para saber que no era buena idea soltarle las cosas de sopetón. Antes tenía que preparar el terreno.
Estaba a punto de abrir la boca para hablar cuando una voz a su espalda la hizo sobresaltarse.
—Buenas tardes, señor Granger —aquel dilema familiar había sido tan inesperado e impactante que Hermione se había olvidado por completo de que iba con Draco, quien ahora le tendía la mano a su padre mientras le dedicaba una amplia sonrisa de oreja a oreja. Peter la tomó en lo que parecía ser un acto reflejo, pero su expresión era de completa incredulidad—. Mi nombre es Draco Malfoy. Perdone, le aseguro que he intentado no meterme donde no me llaman pero no he podido evitar escuchar lo que le ha estado diciendo a su hija —cuando el apretón de manos cesó Draco puso el brazo alrededor de la cintura de Hermione, provocando así que su padre abriera mucho los ojos y los mirara casi con horror—. Me gustaría ofrecerle un puesto de trabajo en mi negocio. No creo que haya ejercido alguna vez de camarero, mucho menos en un pub, pero créame cuando le digo que terminará cogiéndole el tranquillo. Su hija ni siquiera sabía servir ni una cerveza en su primer día —Draco hizo una pausa para reírse. Lamentablemente no se percató de las señales que le estaba haciendo Hermione para que abortara misión—. Estoy seguro de que sería una buena mentora para usted, además así podríais pasar más tiempo juntos.
Peter miró a su hija con las facciones divididas entre la incredulidad y el enojo.
—¡¿Estás trabajando en un pub?! —Hermione se agarró a la chupa de Draco mientras veía venir al huracán—. ¿Desde cuándo? ¿Eso quiere decir que nos has estado mintiendo a tu madre y a mí todo este tiempo? ¿Cómo has podido hacerlo?
Hermione se sintió pequeña por un instante. Fue sólo por un momento que volvió a ser aquella chiquilla callada y temerosa de las represiones que alguna vez había sido… pero había crecido lo suficiente como para no dejar que ese sentimiento de inferioridad y culpa pudiera con ella. Hermione volvió a clavar los ojos en los de su padre y, por primera vez en toda su vida, le sostuvo la mirada sin ni siquiera pestañear. Alzó un poco la barbilla y mantuvo la compostura frente a él.
—No es mi culpa que nunca me hayáis dado motivos para confiar en vosotros. La razón por la que os he ocultado algo así ha sido porque nunca sé cómo vais a reaccionar mamá y tú, ¿lo ves? En cierto modo os temo. Y yo no soy la responsable de eso, sino vosotros mismos —vio cómo su padre se ponía rígido ante sus palabras. La sangre había empezado a fluir y acumularse en su rostro dándole un aspecto medio cómico medio aterrador—. Llevo trabajando en el pub casi dos meses, y sí, todo este tiempo he estado haciéndoos creer que iba a la biblioteca para evitar reacciones como esta. Tal vez te hubieras dado cuenta antes si no hubieras estado tan ocupado inventando tus propias excusas y coartadas. No es un secreto que mis habilidades para mentir son más bien mediocres.
Las orejas de su padre estaban hirviendo, casi podía sentir el acaloramiento que debía estar experimentando en esos momentos. Había apretado mucho los labios y la miraba con una clara rabia mal contenida. Hermione siguió mirándolo hasta que fue él quien apartó la vista primero. Peter miró el reloj de su muñeca.
—Son las ocho, deberíamos volver a casa —dijo entonces, su voz estridente.
Hermione y Draco se miraron un momento. No necesitaban hablar para saber que estaban de acuerdo con que ella se marchara con su padre. Un leve y discreto roce de manos y ambos separaron sus caminos por aquel día.
El trayecto de vuelta a casa fue todo lo incómodo que podía ser. Su padre no había dicho ni una palabra y ella miraba por la ventanilla del coche fingiendo indiferencia. Estaban a un par de calles de su casa cuando Peter la sorprendió rompiendo el silencio.
—Hermione.
La aludida se volvió para verlo con sorpresa.
—¿Sí?
Él parecía estar buscando las palabras adecuadas mientras mantenía el entrecejo levemente fruncido y la vista puesta en la carretera.
—Corrígeme si me equivoco pero… el hombre de antes, ese tal…
—Draco.
—Sí, Draco. ¿Es el tipo que aparece contigo en el vídeo de internet? —su hija asintió con la cabeza—. ¿Te trata bien?
—Mejor que bien —respondió ella, pero sus palabras se volvieron un susurro. Empezar a hablar de Draco con su padre era sin duda un paso agigantado teniendo en cuenta que éste siempre había rehusado preguntar nada sobre él.
—Su apariencia me hace dudar un poco.
—Sus tatuajes no definen quién es él realmente, papá.
—Sí, tal vez estés en lo cierto. ¿Puedes decirle que acepto su propuesta de trabajo? Antes me he ido demasiado rápido… ¿Crees que le debo una disculpa al respecto?
—No te preocupes, seguro que sigue contando contigo en la plantilla.
—Tienes que explicarme cómo funciona ese trabajo.
—Será un placer ayudarte, papá.
Hermione se percató de que ya llevaban un rato aparcados frente a su casa, pero su padre no parecía tener la más mínima intención de bajarse del coche.
—Oye nena… ¿Es cierto eso que has dicho antes? —murmuró.
—He dicho muchas cosas.
—¿De verdad es miedo lo que tu madre y yo te infundamos?
Hermione se miró las manos, apoyadas suavemente sobre su regazo.
—Sé que vuestra intención siempre ha sido la de protegerme… pero siendo tan estrictos conmigo lo único que habéis conseguido ha sido que os tenga tanto respeto que llegue al punto de rozar la sumisión.
El interior del coche se quedó en absoluto silencio. Lo único que oía Hermione era la respiración irregular de su padre.
—A tu madre y a mí siempre nos ha dado un miedo atroz a que te pasara algo malo —comentó el hombre de repente—. Sabes que eres lo único que tenemos.
—No voy a irme a ninguna parte, papá —respondió ella—. Siempre seguiré siendo vuestra hija… pero tenéis que entender que necesito ser libre. Lo necesitaba desde hacía mucho tiempo, es ahora cuando estoy empezando a sentirme liberada. Mamá ha hecho grandes progresos al respecto, ¿no habláis de ello?
—Últimamente no hemos tenido mucho tiempo para hablar, ahora sabes por qué —señaló con el pulgar al montón de ropa que había en el asiento trasero del coche. Estaba a punto de cambiar su traje de chaqueta por un simple delantal. Se estremeció un poco sólo de pensarlo.
—¿Eres consciente de que tenemos que decírselo a mamá?
—Es por eso que no quiero bajarme del coche —bromeó.
Ambos rieron al unísono antes de decidir que era hora de enfrentar la realidad.
La noticia de su empleo en el pub de su novio afortunadamente se quedó en un segundo plano en cuanto Peter le confesó a su mujer que lo habían despedido del trabajo. Les llevó una hora lograr tranquilizar a la mujer, que se había puesto histérica de repente. Su padre se sentó a su lado en el sofá, tomó su mano con delicadeza y le explicó por qué la economía familiar no se vería afectada mientras Hermione le preparaba un té. Conocer que su marido acababa de conseguir otro trabajo definitivamente ayudó a relajar sus nervios.
Cuando estuvieron seguros de que a Edythe no iba a darle un ataque de pánico, Peter se encargó de hacer la cena y Hermione salió a tirar la basura en cuanto terminaron. Teniendo que caminar un par de minutos para llegar a los cubos aprovechó para llamar a Draco por teléfono y así tener un momento de intimidad en medio de la noche, donde nadie pudiera oírles.
—Hermie —saludó alegremente al otro lado de la línea.
—Eres especialista en meter la pata —le recriminó ella en lo que pretendía ser un tono duro.
—No me habías dicho que no se lo habías contado a tus padres, ¿qué voy a saber yo?
—Casi le provocas un infarto a mi padre.
—Los secretismos nunca traen nada bueno, amor. ¿Qué haces?
—Nada, he salido a sacar la basura.
—Eso me recuerda que yo también tengo que sacar la mía. ¿Puedes venir a ocuparte de eso? Me da bastante pereza.
—Tienes que aprender a sacar tu propia basura a la calle —le reprendió, divertida.
—Te dejaría quedarte a dormir después —propuso él con voz sensual. Luego hizo un sonido gutural que provocó las risas de Hermione.
—Si es así entonces me lo pienso —Draco volvió a gruñir de manera graciosa y Hermione se apoyó en una pared cercana. La noche había caído por completo pero la luz de la farola de enfrente conseguía alumbrarla tenuemente—. Mi padre quiere que te diga que acepta el trabajo. Está un poco preocupado porque piensa que puedes querer retirar tu propuesta después de sus malas maneras de antes.
—Ni siquiera se me pasó por la cabeza dejar a tu padre desempleado por un mal gesto —respondió él, volviendo a ponerse serio—. Seguro que consigo hacerme su amigo en un par de días.
—Seguro —se rió Hermione, consciente de que eso era poco probable tratándose de su padre—. Tengo que agradecerte que hayas hecho eso por él. Es un buen hombre, sólo que cuando se trata de mí no puede contener sus emociones.
—No lo he hecho por él, Hermie, lo he hecho por ti —confesó a través de la línea—. Eres tú la que me importa y sabía que el que tu padre estuviera sin trabajo iba a suponerte más de un dolor de cabeza. Ya no tienes de qué preocuparte, amor.
Ella se mordió un labio mientras sus palabras calaban muy en su interior. Sus hormonas empezaron a danzar haciendo que su deseo por él mojara sus braguitas en ese momento.
Pero un ruido al otro lado de la calle la trajo de nuevo a la realidad. Miró hacia donde provenía el ruido y enfocó los ojos lo suficiente como para distinguir una silueta alta parada a lo lejos, en medio de la acera. Su pulso se desbocó de repente y su respiración se volvió agitada. Era una silueta negra y difusa, pero estaba segura de que se trataba de una persona… una persona que no se movía ni un poquito mientras la observaba en la distancia.
—¿Hermie? —dijo Draco por tercera vez.
—Tengo que volver a casa —fue lo único que respondió ella.
Y colgó.
NA2: He leído muchas suposiciones sobre quién es ese misterioso acosador. Todas me parecen... interesantes. *Ríe a carcajadas mientras se frota las manos maliciosamente*
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Cristy.
