NA: ¿Preparados para el drama?
Este capítulo va dedicado a mi preciosa cuñada, Tati. Eres una persona con un corazón que no le cabe en el pecho. Te preocupas mucho por mí, tus lindas palabras siempre consiguen reconfortarme. Estoy orgullosa de tenerte como amiga.
¡Feliz cumpleaños! Te quiero mucho.
Capítulo 24: The incident.
Los días habían ido pasando, y con ellos había empezado a llegar el verdadero frío londinense de esas fechas. Ya habían hecho algunos exámenes parciales, pero todavía les quedaba uno más antes de las vacaciones de Navidad. Debido a todo el tiempo que había pasado en la biblioteca durante la última semana Hermione no había podido pasar todo el tiempo que hubiera querido con Draco.
Él no se había quejado al respecto, pero al parecer la estaba extrañando tanto como ella a él, ya que algunas mañanas en las que no tenía que trabajar había ido a su facultad sólo para verla un rato entre clase y clase.
A pesar de que había pasado ya algo de tiempo, la gente seguía alucinando al verlos aparecer. Ya casi habían conseguido pasar desapercibidos yendo solos por la calle, pero era juntarse en un espacio público y ver los teléfonos y las miradas apuntándolos directamente a ellos.
Hermione no había vuelto a ver el vídeo, no por falta de ganas, sino por falta de tiempo. Quería convertir las malas sensaciones y los malos recuerdos de la primera vez que lo vio en algo completamente nuevo. Quería sonreír al verlo por el hecho de saber que Draco volvía a estar a su lado, pero sencillamente no encontraba el momento para hacerlo. El estudio y el trabajo la dejaban completamente agotada al final del día, con llegar a casa y tirarse en la cama como único pensamiento recorriendo su mente en esos momentos.
—Ey —dijo Hermione levantando la mirada de sus apuntes cuando alguien tiró un lápiz e impactó justo en su coronilla. Jasir la miraba con impaciencia—. ¿Qué?
El chico respiró profundamente de manera divertida.
—Vale, chica de la mente distraída, te pregunto por tercera vez si vas a venir el sábado al centro comercial.
Hannah dejó su bolígrafo a un lado e intervino en la conversación.
—Sí, vamos a ir a comprar algunas cosas para el viaje.
—¿Vais a ir todos? —preguntó Hermione.
Tanto la hermana gemela de Julie como Eric, su novio, asintieron con la cabeza.
—Vamos a ir a comprarnos bikinis nuevos —dijo Cho.
—Yo quiero comprarme una pamela —comentó Julie—. He oído que en España se llevan mucho.
—Menuda horterada —dijo Hannah con aversión.
—En ese caso iré con vosotros —respondió Hermione—. Ahora que lo pienso mi ropa de playa necesita una renovación.
La bibliotecaria llamó al orden tan fuerte que el sonido retumbó por todo el lugar. Todos volvieron a sumergirse en sus estudios en ese momento. Hermione hubiera hecho lo mismo si Ginny no hubiera tirado de su sudadera de estudio para llamar su atención.
—Llevas unos días en las nubes —susurró cerca de su oído.
Hermione apoyó un codo en la mesa y sujetó su cabeza con la mano.
—Hace tres días que no veo a Draco —respondió ella, también en un susurro.
—Pensé que os veíais por la tarde.
—Ni siquiera he podido estar con él unos minutos cuando he ido a trabajar. Esta semana está haciendo turnos dobles en el estudio y acaba el día tan cansado como yo. Además, en tres días me voy de vacaciones a España y…
La bibliotecaria volvió a llamar al orden, esta vez con mucha más energía. Hermione arrugó la nariz en su dirección.
—Hubo un tiempo en el que esa señora te caía bien —le recordó Ginny mientras hacía todo lo posible por no reírse.
—No puedo creer que no me diera cuenta de lo molesta que es —dijo—. ¿De verdad no quieres venir al viaje? Todavía podemos ampliar la reserva.
El semblante de Ginny cambió de repente.
—Aún no me siento cómoda con la idea de… —Hermione asintió con la cabeza. No le hacía falta que terminara la frase para saber que todavía no estaba preparada para estar tantos días tan lejos de su casa—. Además, ya le he prometido a Cedric que estudiaría con él.
El chico que se sentaba frente a ella se quitó los auriculares tan pronto como dijo su nombre.
—¿Has dicho algo? —preguntó.
—No puede ser que hayas escuchado algo con la música a todo volumen —dijo Ginny, extrañada—. Puedo escucharla desde aquí.
—Estaba mirando tus labios y me había parecido que pronunciabas mi nombre —respondió risueño, luego se encogió de hombros y se puso los auriculares de nuevo.
Las dos chicas se miraron y rieron por lo bajo.
—Creo que le gustas —se atrevió a decir Hermione.
Ginny le dio un manotazo en el hombro, pero luego se quedó mirándolo unos segundos. Las ojeras bajo sus ojos se pronunciaban mucho más cuando se le quedaba viendo de esa manera tan… triste. La poca luz que quedaba en ellos se apagaba por completo cuando recordaba lo ocurrido en la casa de la playa de las Patil. Las comisuras de sus labios se hundían un poco más y sus pecosos mofletes se coloreaban del color de su pelo. Se obligó a volver a la realidad y apartar la mirada hacia su amiga.
—No, no lo creo.
Aquella misma tarde su padre se despidió de ella al salir por la puerta para ir a trabajar. Ese día no iba con él ya que se había pedido el día libre. Debía aprobar el parcial de mañana si quería seguir optando al aprobado al final del curso, y Draco ya opinaba que su "suegro" podía hacerse cargo del local sin problemas. Solo esperaba que su padre no sintiera demasiado el cambio de trabajar con alguien más a verse completamente solo para atender a todos los clientes.
Hermione limpió la mesa del salón y esperó a que llegaran sus compañeros. Para estudiar matemáticas financieras era indispensable poder hablar con otras personas para resolver en grupo las infinitas dudas que generaba esa asignatura en los alumnos, así que propuso su casa como punto de encuentro. Julie, Ginny y Cedric no tardaron en llamar a la puerta y estar sentados a la mesa rodeados de apuntes y libros interminables.
Cada dos por tres podía oírse un bufido de resignación, un resoplido de agobio o un "me quiero morir" de boca de las chicas. Cedric era un caso aparte. Tan tranquilo como siempre se dejaba caer un poco en la silla mientras leía despreocupadamente uno de los temas del libro como si de una novela se tratara. Ginny le dio un pellizco en el brazo y él dio un respingo en el sitio.
—Ya sabemos que eres un prodigio y que esto para ti es como un examen de primaria, pero nosotras no tenemos esa suerte —dijo, remangándose las mangas de la sudadera negra de su hermano—. ¡Ayúdanos!
Definitivamente ese chico tenía un don para las matemáticas. Bueno, para las matemáticas y para todas las otras asignaturas de la carrera. Fue un verdadero alivio poder contar con él para resolver dudas y practicar los ejercicios prácticos, aunque a veces fuera difícil seguir lo que decía porque se entretenía con una mota de polvo o se ponía a pensar en sus cosas.
Cuando la madre de Hermione entró en el salón para llevarse las tazas de té vacías, saludó a todos los chicos y le dedicó una sonrisa especialmente cálida a Ginny.
—¿Cómo vais? —quiso saber.
—Es difícil saberlo —respondió Julie, cuya goma del pelo había ido deslizándose hacia abajo y ahora le daba un aspecto como de… como de estudiante en plenos exámenes—. Es una asignatura muy complicada.
—Tan complicada que Hermione y yo vamos a pasar la noche estudiando en mi casa —intervino Ginny—. Ahora mismo estábamos hablando de ello.
—En ningún momento habéis hablado de… ¡Ay!
Ginny siguió sonriendo a la mujer mientras que Cedric se agachaba debajo de la mesa para agarrarse el pie recién pisoteado. Hermione miró a su amiga con un interrogante bien grande escrito en la cara, pero luego cayó en la cuenta de que tal vez lo había dicho para…
—¡Sí! —dijo Hermione con ganas—. Vamos a pasar toooda la noche estudiando.
Ginny dejó a Julie y a Cedric en sus respectivas casas antes de parar junto aquel portal.
—Gracias por esto —le dijo Hermione desde el asiento del copiloto.
—Para eso estamos las amigas. Anda, ve.
Hermione le dio un abrazo como buenamente pudo y se dispuso a bajar del coche. Se despidió con la mano mientras la veía marcharse y luego corrió hacia la puerta, pero su dedo se quedó a unos centímetros de llamar al porterillo. ¿Y si…?
Se apresuró a doblar la esquina, saludó al portero de por las noches y entró dentro del local. Estaba segura de que si hubiera sido otra persona no la hubiera dejado entrar con aquellas pintas y esa abultada mochila llena de ropa y libros, pero ser la novia del jefe tenía sus ventajas.
Era jueves y se notaba. La música alta y el pub abarrotado eran claras señales de que la gente venía buscando diversión. Hermione esquivó a los clientes que se le ponían por medio y, sin pensárselo dos veces, se metió por debajo de la barra. Saludó con la mano a Alex, que parecía un poco confuso de verla allí a esas horas, pero no se paró a hablar con él. Subió las escaleras que conectaban el local con su apartamento y abrió la puerta con el juego de llaves que tenía en su llavero. Cuando pasó dentro se preocupó de cerrar tras ella con toda la suavidad posible. Su chaqueta de cuero estaba tirada sobre el sofá, así que ya debía estar en casa. Caminó por el piso de puntillas, pero se paró en seco cuando al fin lo vio de espaldas. Estaba apoyado en la encimera de la cocina mientras esperaba que algo se calentara en el microondas. Un pequeño detalle a destacar era que llevaba el torso completamente desnudo. Hermione aprovechó el hecho de que todavía no se hubiera percatado de su presencia para admirar los tatuajes de sus hombros y baja espalda. Se mordió un labio instintivamente mientras se apoyaba contra el marco de la puerta.
—Te he echado de menos —dijo al fin, dándole vueltas a las llaves con un dedo.
Draco se sobresaltó un poco antes de girarse para mirarla. Una gran sonrisa apareció en su rostro de repente.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó mientras se acercaba a ella a grandes zancadas.
—¿Qué estás haciendo sin camiseta? —dijo ella divertida mientras sus fornidos brazos rodeaban su cintura y la levantaban unos centímetros del suelo—. Son preguntas que da gusto hacer.
Draco se rió con ganas, la dejó en el suelo y tomó su rostro entre las manos.
—Manché mi camiseta con la salsa de la pizza mientras comía en el estudio. Quitármela es lo primero que he hecho al llegar a casa —dijo, dándole un beso en los labios—. Tu turno.
—Ginny ha vuelto a ofrecerse como coartada para que pueda pasar la noche contigo —explicó.
—Esa amiga tuya cada día me cae mejor.
El microondas sonó en ese mismo momento.
—¿Qué hay para cenar? —quiso saber Hermione, dejando su mochila en el suelo y olfateando un poco para intentar adivinar qué estaba cocinando.
—Pizza —respondió él.
—¿No acabas de decir que has comido pizza para almorzar?
Él se encogió de hombros.
—Sí, esa es lo que ha sobrado de este mediodía.
Hermione rodó los ojos y optó por hacerse algo más ligero con algunas de las pocas cosas que encontró en su frigorífico. Unos minutos más tarde ambos se sentaron en el sofá con sus respectivos platos. Draco encendió la televisión.
—Mañana tengo un examen —comentó ella.
—¿Y cómo lo llevas?
—Bueno… bien, creo. No lo sé en realidad. Antes de acostarnos tendré que repasar un poco para afianzar conceptos.
—Perdona, ¿puedes repetir eso último? —preguntó Draco mientras masticaba con la boca medio abierta—. Me he quedado en cuando has pronunciado la palabra "acostarnos".
Ella se rió un poco y pinchó un poco más de sus huevos revueltos con el tenedor.
—No seas tonto —le reprendió dulcemente—. ¡Y no comas con la boca abierta!
—A sus órdenes —dijo antes de tragar.
La pareja siguió cenando mientras veían las noticias, pero en un momento dado Draco apuntó a la televisión con el control remoto, escribió un par de números y un segundo más tarde el canal cambió. Dejaron de verse imágenes tristes y desoladoras de aquellos países en guerra para dar paso a Bob Esponja.
—¿Ves los dibujos? —Hermione parecía un poco escéptica.
—Es mucho mejor que ver las miserias del mundo, ¿no?
Hermione no podía discutirle eso. A pesar de que siempre le había gustado estar al tanto de lo que pasaba en la actualidad no podía negar que a veces las noticias eran un poco morbosas. Y le hacían sentir como una testigo silenciosa de las injusticias del mundo. Se ajustó un poco más en su parte del sofá y empezó a ver los dibujos con él. Al menos eran divertidos.
—¿Quieres ducharte primero? —le ofreció Draco cuando ambos hubieron terminado.
—No, me duché al llegar de la universidad. Aprovecharé para estudiar mientras estás dentro.
—De acuerdo —dijo él mientras se levantaba y le quitaba el plato vacío de las manos. Hermione no pudo evitar fijarse en sus fuertes brazos llenos de tatuajes—. Enseguida estoy contigo.
Cuando Draco dejó los platos en la cocina y se encerró en el baño, Hermione cogió su mochila con pesadez y se dirigió a la mesa del salón. No es que tuviera unas ganas tremendas de ponerse a estudiar a esas horas de la noche, pero la idea de tener un aprobado en esa asignatura era más que tentadora. Esparció sus apuntes por la mesa y se puso a repasar.
Estaba en medio de uno de los problemas más complejos cuando se abrió la puerta del baño. Ella estaba tan concentrada en las cuentas que ni siquiera lo escuchó acercarse.
—¿Cómo van esos estudios? —preguntó, poniéndole las calientes y todavía mojadas manos en los hombros.
—¿Eh? —dijo ella sin levantar la vista del libro.
Draco acarició sus hombros un momento antes de desplazar las manos por lo largo de sus brazos.
—Te preguntaba que si vas bien.
—Pues… —demonios, aquel ejercicio era realmente complicado. Se estaba esforzando al máximo por no perderse entre tantos cálculos—. Pues creo que…
Draco acababa de poner las manos entre sus muslos, separándolos sobre la silla con un rápido e inesperado movimiento. Hermione podía sentirlo inclinado tras ella, su respiración en su cuello.
—¿Decías? —susurró.
—Decía que… —Hermione había empezado a sentirse acalorada a medida que sus dedos presionaban su sexo a través del pantalón—. Que creo que…
—¿Que vas bien? —le ayudó. Ella frunció el ceño levemente. Odiaba perder la capacidad para pensar con claridad cada vez que se le acercaba. En ese mismo instante ni siquiera podía respirar con naturalidad.
—Eso —dijo al fin.
Draco siguió presionando los dedos en el punto justo para hacerla suspirar. Luego besó el lóbulo de su oreja y movió la silla para que quedara frente a él. Lo hizo parecer tan fácil como mover una silla sin nadie sentado en ella. Le quitó el botón del pantalón y bajó la cremallera lentamente. Hermione no pudo reprimir un suspiro de excitación.
—¿Te he interrumpido? —le susurró Draco al oído de manera divertida—. Puedes seguir estudiando si lo deseas.
Hermione gruñó un poco en respuesta. Luego besó su hombro aún desnudo. El calor que irradiaba le quemó los labios.
Draco le sacó el pantalón de un tirón y después hizo lo mismo con las braguitas, pero estas las deslizó por sus piernas más suavemente. Volvió a separarle las piernas y clavó una rodilla en el suelo mientras la miraba fijamente. Ella entreabrió los labios y se sujetó al borde de la silla, como si temiera perder el equilibrio de un momento a otro. Cuando lo vio poner la otra rodilla en el suelo y acercar el rostro a su intimidad contuvo la respiración unos segundos. Ya sabía que aquello era lo más placentero después del orgasmo, la primera toma de contacto entre su lengua y su sexo.
El frescor de su saliva activó todas y cada una de sus terminaciones nerviosas, haciéndola estremecer. Hermione recordó vagamente que se suponía que debía volver a respirar. Echó la cabeza hacia atrás, abrió mucho la boca y llenó sus pulmones de oxígeno. Luego se pasó un par de dedos por los labios mientras lo exhalaba lentamente con deseo contenido.
Ahora Draco acariciaba sus piernas con las manos bien abiertas. El fino y rubio vello de Hermione se erizaba allí donde las yemas de sus dedos la tocaban. Un cúmulo de sensaciones provocó que se pasara la lengua por los labios, deseosa de que llegara el momento de sentirlo dentro. Él, por su parte, siguió lamiendo y humedeciendo su intimidad hasta el punto de hacerla mover levemente las caderas debido al placer.
En un momento dado Draco se levantó del suelo. El bulto bajo el pantalón de su pijama quedaba a la altura de su cara. Él ya iba a bajárselo cuando Hermione agarró sus manos para evitar que lo hiciera. Lo atrajo un poco más a ella y, alzando la cabeza para mirarlo, dejó que su pantalón cayera a sus pies. Luego se mordió el labio levemente, cerró los ojos, sacó la lengua y la pasó por su miembro con lentitud. Salivando como estaba, siguió impregnando su sexo con deseo. Draco empezó a gemir al momento. Agarró su pelo en un puño y le introdujo su sexo en la boca abierta. Ella casi nunca hacía eso, tal vez por exceso de vergüenza o por falta de confianza, pero debía admitir que cuando se animaba a darle sexo oral era tan excitante como recibirlo.
El miembro de Draco ya estaba completamente duro y ninguno podía esperar a pasar al siguiente nivel. Cuando se apartó de ella, Hermione volvió a abrir los ojos. Draco le pasó un dedo por la comisura de los labios para quitarle un pequeño exceso de saliva que le resbalaba lentamente. Tomó su brazo para levantarla de la silla, ocupó su lugar y la sentó encima de él.
—Vamos, amor —le dijo mientras acariciaba sus caderas—. Házmelo como sabes.
Hermione enredó los dedos en su pelo mientras se movía sobre él acariciando su sexo con el suyo. Lo hizo durante un par de minutos. Su erección era tan pronunciada que masturbarse con ella era de lo más placentero, pero no había nada que se comparase con sentirlo dentro de ella. Draco la miraba a los ojos mientras sentía cómo entraba en su cuerpo poco a poco. Era una mirada parecida a la… admiración. Ya era un milagro que ese hombre se hubiera fijado en ella, pero que la deseara de esa manera y quisiera permanecer a su lado a pesar de todo ya era un regalo de los dioses.
Ambos gimieron, se tocaron, se besaron y disfrutaron de la pasión del momento hasta que llegó a su fin. Exhaustos y bañados en sudor, dedicaron unos segundos a recuperarse. Sus respiraciones eran irregulares y un leve cosquilleo había aparecido en las palmas de sus manos. Volvieron a besarse un poco más hasta sentirse como nuevos.
—Creo que necesito otra ducha —dijo Hermione, apoyando la frente contra la suya.
El día siguiente, Hermione y sus amigos celebraron el fin de aquel examen yendo a comer al centro. Por más que habían insistido en que los acompañara, Ginny se negó a ir excusándose en que necesitaba dormir después de ese parcial. Hermione se apenó un poco al respecto, pero no fue demasiado obstinada y dejó que, tal y como quería hacer, volviera a su casa. Había hecho grandes progresos en los últimos días y solo por eso ya estaba orgullosa de ella. Tal vez después de vacaciones se encontrara más dispuesta.
—Eres una buena distracción para ella —le dijo Hermione a Cedric mientras miraban la carta del restaurante—. Para Ginny.
El chico la miró directamente a los ojos.
—¿De qué necesita distraerse?
En ese mismo instante se dio cuenta de que tal vez había hablado demasiado.
—Pues… ya sabes. De cosas.
Cedric se quedó pensativo unos segundos, pero luego pareció quedarse satisfecho con aquella extraña respuesta.
—Claro. Todo el mundo necesita distraerse de cosas —dijo—. Es una chica linda.
—Lo es.
—¿Qué vais a pediros? —quiso saber Julie, mirando de reojo al camarero que se acercaba.
Su amiga la acercó hasta el estudio de Draco antes de ir a dejar a Cedric en su casa. Aquel día volvía a ser libre, volvía a dejar el estrés guardado en un cajón hasta la próxima tanda de exámenes. Para ese último había estado algo nerviosa, pero por suerte la falta de repaso de la noche anterior no había afectado demasiado a sus conocimientos sobre la materia. Sabía que ese examen estaba aprobado, aunque quería dejar de pensar en la universidad. Ahora lo único que quería era aprovechar al máximo su tiempo con Draco. Iba a extrañarlo cuando se fuera a España el domingo, casi que ya lo estaba echando de menos sin ni siquiera haberse ido.
Cuando abrió la puerta y entró en el establecimiento se encontró de frente con uno de los compañeros de Draco, que la saludó con la mano y se apoyó en el mostrador con indiferencia.
—Tu hombre está ocupado —le dijo—. Acaba de recibir a una clienta.
—Vaya… ¿sabes si va a tardar?
El hombre sonrió, asintiendo con la cabeza.
—Quiere toda la espalda llena —le informó.
Hermione hizo una pequeña mueca. Intentó obviar el detalle de que la mujer que estaba dentro con Draco iba a desnudarse delante de él. Se esforzó en poner su mejor sonrisa en su rostro.
—Entonces volveré luego —le dijo—. Gracias… ¿Edd…?
—Eddie —le recordó—. De nada, "Hermie".
Ella le dedicó una mirada extrañada pero luego recordó que Draco se refería a ella de esa forma hablara con quien hablara. Sacudió un poco la cabeza y volvió a salir fuera. Aprovechó para dar un paseo por el barrio y despejar la mente de la saturación de la universidad. Disfrutó el viento en la cara, las risas de los niños yendo de la mano de sus padres al saber que ya no tenían que volver al cole hasta después de Navidad, el sonrojo de una pareja de amantes acurrucándose en un banco de la plaza… Iba distraída, no pensaba en nada en especial cuando algo en un escaparate llamó su atención. Se quedó ahí de pie, parada frente al cristal y mirando aquel pequeño objeto. Un frío vaho escapaba de entre sus labios cada vez que respiraba. Cuando al fin se decidió a entrar y comprarlo, se metió el pequeño paquete en el bolsillo del chaquetón. No era más que un detalle, ni siquiera era algo caro, pero a su entender era el regalo de Navidad perfecto para Draco.
Una vez fuera, volvió sobre sus pasos mientras pensaba qué más podría comprarle aparte de aquello. Quizás podría encontrarle un regalo especial en España, quién sabe.
Después de un rato volvió a verse en el estudio, pero para su decepción Draco todavía no había acabado con la clienta. Eddie estaba dibujando alguno de sus bocetos sobre el mostrador así que decidió sentarse en el sofá a esperar a que saliera. Se desabrochó el chaquetón y se puso cómoda, pero un molesto recuerdo acaparó su mente sin previo aviso.
Recordaba haber estado sentada en aquel mismo sofá un tiempo antes, recordaba haber llorado al recibir uno de los mensajes de Ron tras la ruptura y haber hablado con Eddie cuando se acercó a ella. Todavía podía sentir el mismo nudo en su garganta si se lo proponía. Habían sido días duros aquellos en los que no sabía ni dónde estaba ni hacia dónde quería ir. Lo único que había sabido con certeza en ese momento era que quería romper con todo y liberarse. Y ahí estaba ahora, más libre que nunca.
De fondo se escuchaba el sonido de la máquina tatuadora. Sí, en ese momento era libre, y además tenía un bonito tatuaje que lo demostraba en su vientre. Quién lo hubiera dicho de ella…
Los malos recuerdos abandonaron su cabeza cuando aquella chica, no mucho mayor que ella, salió de la habitación y le tendió la tarjeta de crédito a Eddie. Hermione no quería ni imaginar cuánto podía costar tatuarse la espalda entera… ni cuánto podía llegar a doler.
Detrás del corpulento cuerpo de su compañero vio salir a Draco. Movía los hombros para destensarlos y rotaba la cabeza en señal de cansancio. Hermione se levantó del sofá y caminó hacia él, que cuando la vio le dedicó una sonrisa de lado a lado.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Ya he terminado los exámenes de diciembre, vuelvo a ser libre hasta… hasta enero —se rió.
Draco le dio un cálido beso en la frente y la tomó de la cintura.
—Disculpa un momento —le dijo, mirando entonces a la chica a la que acababa de tatuar—. Marie, no olvides pedirle a alguien que te cure el tatuaje. Ya sabes de sobra cómo va. Si hay algún problema con algo llámame.
La chica se percató de Hermione en ese momento, y no tardó en mirarla con una ceja un poco arqueada antes de sonreírle ampliamente a su novio y prometerle que se curaría bien. ¿Por qué todas las mujeres la miraban de esa forma cuando iba con Draco?
Él volvió a poner toda su atención en Hermione antes de esperar a que su clienta se fuera.
—¿Qué me estabas diciendo?
—Que ya estoy de vacaciones —respondió. Se escuchó la puerta cerrarse, pero ninguno le prestó atención.
—Es una lástima que yo no pueda decir lo mismo… —Draco suspiró, apoyándose contra el mostrador—. Me hubiera gustado poder ir contigo y con tus amigos de vacaciones, pero en esta época del año es cuando más clientes tenemos.
—¿Y eso por qué?
—En parte es porque los tatuajes se curan mucho más rápido que en verano —intervino Eddie—. También porque si te haces un tatuaje en verano tienes que tener cuidado de que no le dé el sol, y nadie quiere perderse la temporada de bronceado en la playa por un tatuaje.
—Sí —dijo Draco—. Además, esta época es la de demostrar el afecto por una persona tatuándose su nombre… ya sea un familiar o un novio. Hay que estar loco.
Hermione no pasó por alto el sarcasmo de esa última frase. Por supuesto, él tenía el nombre de su ex tatuado en el brazo… y estaría ahí para siempre.
—Tatúame tu nombre —dijo Hermione de repente. Las palabras salieron de su boca sin haber dedicado unos segundos a pensar en lo que estaba a punto de decir—. Quiero tener tu nombre tatuado.
Tanto Draco como su compañero la miraron con una expresión contrariada.
—¿Te has vuelto loca? —preguntó él.
—No. Sólo quiero tenerte en mi piel.
—¿No crees que hacer eso es un poco… estúpido?
—No es algo tan estúpido. Tú lo hiciste —le recriminó.
—Sí, y por eso tendré un contante recordatorio en la piel de la mujer que me abandonó hace años —su voz se había tornado algo dura.
—Bueno, pero yo no voy a dejarte y tú tampoco vas a hacerlo, ¿verdad? No hay nada de lo que preocuparse.
Hermione no tenía ni idea de dónde habían salido esas ganas locas de tatuarse su nombre, no era algo en lo que hubiera estado pensando ni mucho menos, pero lo cierto era que ahora que se le había ocurrido se moría por hacerlo cuanto antes. Y no estaba loca como decía él. Recordaba perfectamente el dolor del primero y el sonido de la máquina taladrándole la cabeza… pero también recordaba la sensación de verlo terminado en su piel. Hermoso, permanente. Como quería que fuera su relación.
Draco le dio paso a la habitación de la que acababa de salir y Eddie se despidió de ambos. Ya era hora de cerrar, pero ellos iban a quedarse un poco más. El corazón de Hermione latía tan desbocadamente que no era capaz de mantener la respiración a raya. Él ya se había puesto los guantes de látex, pero en lugar de sacar todo lo necesario para hacer su tatuaje se acercó a ella y la agarró de la cintura.
—Escucha. No tienes que hacerte un tatuaje para demostrarme nada, lo sabes ¿verdad?
—Lo sé, pero quiero hacerlo —lo miró directamente a los ojos—. O me lo haces tú o voy a otro estudio de tatuajes.
—¿Me estás amenazando con irte a la competencia?
—Tal vez.
Ambos rieron, Draco acariciando su mano derecha.
—Tendrás tu maldito tatuaje.
—Debería haber aprendido antes que amenazando a la gente consigues todo lo que quieres.
—Tan fácil como eso —siguió diciendo él—. ¿Dónde vas a quererlo?
Ella se quedó pensativa un momento. Luego notó su tacto en la muñeca. Miró hacia allí durante unos segundos.
—Ahí —dijo al fin.
—¿En la muñeca? Esa zona es muy dolorosa.
Ella tragó saliva.
—No importa.
Draco se rió. Sabía perfectamente que estaba a punto de arrepentirse de haberle pedido algo así.
—Seguramente no soportes que te tatúe mi nombre entero —dijo—. He visto a hombres llorar mientras le tatuaba las muñecas.
—¿Estás intentando chantajearme?
—No. Bueno, tal vez.
Ella hizo un mohín, sopesándolo un momento.
—¿Y si me tatúas sólo la inicial?
—¿Quieres una D en la muñeca?
—Eso he dicho.
Draco alzó las manos a modo de rendición.
—Como quieras. Es tu dolor.
Hermione estuvo tensa todo el tiempo, incluso cuando estaba preparando las cosas. No podía creer que tuviera el brazo derecho extendido sobre la camilla, con una "D." dibujada en la muñeca, y que él volviera a inclinarse sobre su piel con esa cosa del demonio en la mano. Esa cosa que ya había empezado a hacer ese molesto e irritante sonido. No lograba entender cómo él conseguía trabajar con eso todo el día.
La aguja se clavó en su piel y el dolor fue inminente. Cerró la mano izquierda en un puño y apretó los labios con fuerza. Su ceño se frunció casi con violencia y su corazón empezó a palpitar incluso más rápido que antes. Dolía. Maldición, sí que dolía.
Era un tatuaje pequeño, pero gracias a todo ese dolor daba la sensación de que le estaba llevando horas hacerlo. Miró el proceso por el rabillo del ojo. Sus venas sobresalían más que nunca en ese punto, casi podía verlas latir con el vaivén de la sangre.
Y sí, se le hizo eterno… pero el resultado fue tan hermoso que mereció la pena. Era simple, no muy grande, pero a sus ojos era perfecto.
—¿Te gusta? —le preguntó él mientras le extendía crema por la irritada zona.
—Me encanta.
Si esconder sus mariposas había sido una tarea que no le había requerido nada de esfuerzo, mantener su nuevo tatuaje fuera de la vista de sus padres había sido imposible. Ambos lo habían terminado viendo el día siguiente durante el almuerzo. La manga de su camiseta se había corrido un poco mientras se llevaba el tenedor a la boca y ambos lo habían visto con toda claridad. El resplandor de la crema sobre su piel había sido demasiado llamativo.
—¿Eso es…?
Hermione se miró allí donde su madre señalaba. Lo hizo con toda naturalidad, sin inmutarse lo más mínimo.
—Un tatuaje, sí.
—Oh. ¿Te lo ha hecho él?
—Se lo pedí yo.
Los tres habían seguido comiendo durante unos segundos más, pero su madre había terminado por pedirle muy educadamente que se lo enseñara. Su hija lo hizo sin pensárselo dos veces. Ya no tenía miedo de cómo pudieran reaccionar. Era su cuerpo, podía llenarlo de tatuajes si quisiera y ellos no podían decir nada. Los dos miraron aquella pequeña D fijamente. Ninguno dijo nada.
Aquel mismo día por la tarde Draco pasó a buscarla para ir al centro comercial con sus amigos. Cuando ella abrió la puerta lo encontró esperándola frente a su casa con una pose un tanto sexy sobre la moto.
—Hola, preciosa —saludó.
—Hola, precioso —respondió. Para su sorpresa sostenía dos cascos en su regazo. Le entregó uno y él se puso el otro, el que ella le había regalado por su cumpleaños. Se despidió con la mano de su padre, que los miraba escondido tras la cortina de la cocina, y se agarró a Draco esperando el acelerón.
Julie miraba las pamelas de la tienda mientras decidía cuál era la que más le gustaba. Por lo visto no mentía cuando decía que quería una para llevarla al viaje. Hannah por otro lado le daba la espalda y observaba los pareos colgados de las perchas mientras que los otros se paseaban por la tienda. Habían tenido que ir a un establecimiento especialmente dedicado al surf y el verano para encontrar algo que poder comprar. En los escaparates de cualquier otra tienda de Londres sólo podían verse abrigos bien calentitos y ropa de invierno en general. Al parecer los aficionados a surfear lo hacían durante todo el año, más especialmente en invierno. Por eso el dependiente no se sorprendió al verlos entrar allí en pleno diciembre.
—Este biquini es precioso —dijo Hermione, más para sí misma que para Draco.
—Déjame ver… —respondió él a su lado.
Lo cogió del perchero y lo sostuvo en alto para verlo mejor. Era negro, con pequeñas perlitas cosidas a la parte de arriba y el filo de la braguita de color plateado. Hermione aprovechó para coger la etiqueta y girarla.
—Ya no me gusta.
—¿Y eso por qué?
Ella giró la etiqueta hacia él para que pudiera ver el precio.
—¿35 libras? Ni que fuera de oro.
—Pero es bonito.
—Puedo usar los que ya tengo.
Hermione estuvo un rato más mirando aquellos carísimos biquinis antes de decidir que no necesitaba comprar nada de esa tienda.
—Voy a la librería un momento, ¿vienes? —le dijo a su novio.
—Adelántate, yo voy en un momento. Creo que Eric quería mi opinión sobre un bañador.
—Vale, te veo ahora —le dio un beso rápido y se dirigió a la otra punta del centro comercial.
El olor a libro nuevo que inundaba aquella otra tienda la hizo inspirar profundamente antes de sacarle una sonrisita. Si tenía que gastarse una fortuna en algo, al menos que fuera en libros.
Había leído todos los de su casa, y aunque había probado a descargarse algunos en su móvil, aquel teléfono era demasiado antiguo para abrir ese tipo de documentos y ella ciertamente dudaba que fuera a gustarle leer en aquella pantalla luminosa. Su amor por los libros era algo que rebasaba límites. Le encantaba tenerlos entre las manos, pasar sus páginas… Eran mucho más reales que su versión digital, estaba segura de ello.
Vagó por entre las estanterías buscando un buen libro que comprar. Sabía que el viaje se haría largo, no tanto por la distancia entre países, sino por el tiempo de espera en el aeropuerto. Tenía que esperar para facturar su maleta, para pasar el control, luego debía esperar otro rato a que se abriera la puerta de embarque, luego ponerse en la cola para embarcar... y en el aeropuerto de destino volver a esperar para recuperar su maleta. Iba a tener mucho tiempo para sumergirse en las páginas de un libro.
Distraída, pasó los dedos por ellos mientras caminaba y leía por encima los títulos impresos en los lomos… cuando impactó con alguien y un libro cayó al suelo.
—Vaya, lo siento —dijo ella rápidamente, agachándose para recoger el libro de aquella persona—. No miraba por donde…
Se quedó de piedra cuando vio de quién se trataba. Percy se enderezaba las gafas en el puente de la nariz y la miraba con sorpresa.
—¿Hermione? Cuánto tiempo —dijo con su aguda voz.
—Percy… Sí, hace tiempo que no nos vemos —Hermione le tendió el libro y él lo cogió de inmediato—. ¿Cómo…? ¿Cómo estás?
El chico puso el libro contra su pecho, lo cual le pareció un gesto muy parecido al que ella misma hacía.
—Pues hace poco me contrataron en un hospital.
—Qué bueno que lograras encontrar trabajo —respondió la chica, tratando de ser educada—. ¿Y lo llevas bien?
—Sí, bueno… mucho trabajo, ya sabes. En un hospital no hay descanso ni los fines de semana. De hecho, mañana entro a las seis de la mañana. ¿Qué tal te va a ti?
El pelirrojo la miraba por encima de sus gafas cuadradas, aunque en ocasiones parecía algo distraído.
—Oh, pues yo acabo de terminar los exámenes. Ahora esperando las notas, nada nuevo.
—Tú eres lista —fue lo único que dijo.
Acto seguido se produjo un silencio un tanto incómodo. Ambos se miraron los pies y se tocaron el pelo para disimular lo embarazoso de la situación.
Hermione no quería hacer esa pregunta, pero sabía que debía hacerlo por educación. Se llenó de valentía, tomó aire y volvió a mirar al chico.
—¿Cómo está tu hermano? —dijo al fin.
—¿Ron? Bien, como siempre. ¿O te refieres a otro de los tres restantes?
—No, no —se apresuró a decir ella—. Me refería a él… a Ron.
—Pues está bien. Ahora sale con su compañera de trabajo, creo.
—Vaya, eso está… bien.
Internamente sentía lástima por aquella chica, pero no estaba bien decirlo en voz alta delante de su hermano.
—Hermie —dijo una voz conocida a sus espaldas—. No te encontraba. Oh, hola.
Percy agachó un poco la cabeza y saludó con la mano.
—Draco —el entusiasmo en la voz de Hermione era más que evidente. Su salvador. Había venido en el momento justo para salvarla de aquella situación tan incómoda—. Te presento a Percy… es el hermano de Ron.
Draco le tendió la mano y el pelirrojo se la estrechó, pero el hombre había puesto cara de no saber de quién hablaba.
—Encantado Percy. Disculpa la pregunta, tu hermano es…
—Mi ex —respondió Hermione, poniéndose rígida de repente.
—Oh —otro incómodo silencio los envolvió hasta que terminaron de darse la mano—. Bueno, no tienes la culpa de tener a un imbécil por hermano, ¿no? La familia no se elige —dijo, sonriendo ampliamente.
—Ya…
—Por cierto, Julie te está buscando para pedirte opinión sobre las pamelas —le dijo el rubio.
—¿Pamelas? —Percy parecía un poco divertido ahora.
—Sí —respondió ella—. Mañana nos vamos de vacaciones a España y mi amiga cree que allí llevan pamelas todo el tiempo.
—Oh.
La pareja observó al chico mientras se volvía a poner las gafas bien y desviaba la mirada de ellos. Ese chico siempre había sido un poco... raro. Hermione paseó los ojos por los libros de la estantería más cercana y cogió el primer libro cuyo título llamó más su atención.
—Creo que me llevaré este.
—Ese es bueno —comentó el pelirrojo larguirucho.
—Estupendo entonces. Ha sido bueno volver a verte —dijo la chica, despidiéndose con la mano y marchándose con Draco hacia la caja.
Hermione se levantó de un salto de la cama cuando sonó el despertador. La noche anterior había estado haciendo la maleta con su madre y, aunque sabía que no faltaba nada, volvió a revisarla entera por si acaso.
Sonrió al ver aquel bonito biquini en lo alto de su ropa perfectamente doblada. El día anterior Draco se lo había metido en la bolsa en la que llevaba su libro nuevo sin que se diera cuenta, y aunque al llegar a casa y descubrirlo había querido reprenderle por gastarse tanto dinero en algo que iba a ponerse un par de veces con suerte, lo cierto es que le sacó una enorme sonrisa por el detalle. Podía ser muy tozudo cuando se lo proponía. Él quería que se sintiera guapa en su viaje, que se pusiera ese bikini tan bonito y que disfrutara de unos días de sol y playa con una refrescante gaseosa al lado. Ya le había advertido que tuviera cuidado con el nuevo tatuaje, pero ella le había asegurado que no aguantaría al sol más de diez minutos. Su piel era demasiado blanca como para arriesgarse a ponerse completamente roja o pillar un melanoma.
Cerró de nuevo la maleta y bajó con ella por las escaleras para despedirse de sus padres. Su madre le dio un interminable abrazo que la dejó sin aire, su padre le pidió que tuviera mucho cuidado y que llamara al llegar a España.
Julie ya estaba esperando fuera cuando salió por la puerta. Estaba nerviosa, completamente emocionada. Era su primer viaje con amigos y quería disfrutarlo al máximo. Metió su maleta en el maletero del coche y se subió al asiento del copiloto.
—¿Y tu hermana?
—Ella va en el coche de su novio. Hannah y Jasir también van con ellos —Hermione se puso el cinturón y se quitó un mechón de pelo de la cara. ¿Había pensado que estaba nerviosa? No, estaba nerviosísima—. ¿Qué es eso?
Hermione se miró la muñeca.
—Oh, un nuevo tatuaje. Me lo hizo Draco el viernes.
—Vaya, no te lo vi ayer. ¿D de… Draco?
—Exacto —Hermione sonrió a su amiga, aunque la sonrisa no le llegó del todo a los ojos.
—¿Qué pasa?
—Nada. Es que voy a extrañarlo estos días.
Julie tamborileó los dedos sobre el volante un par de veces. Parecía estar sopesando una idea en su cabeza.
—¿Quieres ir a despedirte? —le preguntó.
A Hermione se le iluminó la cara.
—¿De verdad?
Julie miró su reloj de muñeca y metió la primera marcha.
—Creo que da tiempo a pasarnos un momento por ahí. Así yo también me despido de Alex, que supongo que ya estará en su turno de mañana.
La castaña casi que daba saltitos de alegría en el asiento. Ahora su sonrisa era mucho más sincera y llena de entusiasmo. Aunque sólo pudiera subir a darle un rápido beso de despedida era algo con lo que no había contado, y ahora le hacía mucha ilusión poder hacerlo.
¿Había dicho ya que estaba nerviosa? Qué emoción. El día empezaba bien, muy bien.
Julie paró en el portal de su apartamento y Hermione salió corriendo del coche para llamar al telefonillo. Seguramente lo despertara. Era un domingo por la mañana y ella sabía lo mucho que le gustaba quedarse rezagado en la cama hasta el mediodía los fines de semana… pero estaba segura de que la recibiría con una somnolienta sonrisa y le daría el beso de su vida para que no se olvidara de él durante el viaje.
Llamó una, dos, tres veces. Llamó una cuarta vez, pero nadie respondía. Un poco decepcionada, Hermione se volvió hacia el coche. ¿Dónde podía estar aquel día? ¿Desde cuándo madrugaba un día que no tenía que trabajar?
Estaba abriendo la puerta del copiloto cuando divisó a Alex saliendo del pub y corriendo en su dirección.
—Ey —le dijo—. ¿Vienes a despedirte de Julie?
Alex la pasó de largo y paró unos tres coches más allá. Se había sacado las llaves del coche del bolsillo, pero estaba tan nervioso que se le habían caído al suelo.
—¡Alex! —Julie también había salido del coche y ahora ambas chicas se apresuraban a llegar a donde estaba.
—¿Qué ocurre? —quiso saber Hermione.
Las manos de Alex temblaban levemente mientras intentaba abrir su coche.
—Me han llamado del hospital —dijo con la voz entrecortada—. Draco ha tenido un accidente.
NA: Queréis matarme por eso, ¿a que sí?
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Cristy.
#PrayForDraco.
