NA: Esta nota será breve. Siento mucho el drama. ¡A leer!
Capítulo 26: In the dark.
Cuando Hermione despertó de la pesadilla que estaba teniendo lo hizo de manera sobresaltada. Por un momento no entendió por qué no estaba tumbada sobre el blando colchón de su habitación, sino sentada en un sillón que definitivamente no recordaba haber comprado recientemente. Le llevó más tiempo del esperado caer en la cuenta de que aquellas cuatro paredes no eran las de su habitación. Empezó a recordar lentamente el momento de haber recibido la noticia del accidente de Draco, el haber renunciado al viaje a España sin ni siquiera importarle lo más mínimo, haber llegado al hospital en el coche de Alex y todo lo que vino después. Los detalles del incidente, los agentes de policía, el contacto de sus manos cuando por fin pudo pasar a verlo… Haber tenido la sensación de que todo había sido una pesadilla sólo hacía más difícil el hecho de aceptar que lo que estaba pasando era real. Asquerosa y desgraciadamente real. Echó un vistazo a sus manos, todavía unidas. Las comisuras de sus labios se alzaron en una leve sonrisa. El hecho de tocar su piel era tan placentero que le proporcionaba una calidez interior inigualable.
No podía esperar a que llegara el momento de que despertara. Sus ojos se posaron en su rostro, aunque la falta de iluminación no le permitía ver más allá que simples sombras. Cuando sus pupilar estuvieron completamente dilatadas y sus ojos se hubieran adaptado a la oscuridad de la habitación, tuvo que contener la respiración por un momento. ¿Draco tenía… tenía los ojos abiertos? No sabía cuánto de verdad había en aquello, no quería creer ciegamente en lo que pensaba que veía porque cabía la posibilidad de estar imaginándolo. Se centró en enfocar los ojos y en aprovechar la tenue luz del pasillo para confirmar si realmente Draco estaba despierto o era todo producto de su imaginación. Creyó ver cómo entreabría los labios ligeramente. Una profunda respiración por su parte le confirmó que había despertado.
—Preciosa —saludó con voz ronca—. Abrir los ojos y tenerte a mi lado es una de las mejores sensaciones.
Daba la impresión de que su cuerpo dolía cada vez que pronunciaba una palabra, aunque todavía podía apreciarse el efecto de la anestesia en su voz. Hermione se levantó del sillón como si de repente una corriente eléctrica hubiera recorrido sus entrañas y la hubiera hecho inclinarse sobre él, los ojos empezando a humedecerse. Había despertado. Draco había despertado y sabía quién era ella. En el terrible sueño que acababa de tener él no recordaba ningún momento vivido a su lado debido al fuerte golpe en la cabeza… Era un alivio que aquel detalle sí hubiera quedado como lo que era, una simple pesadilla.
—Draco —susurró mientras acariciaba su frente y le quitaba los mechones que se habían quedado pegados a ella con el sudor—. ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele algo? ¿Aviso a la enfermera?
Draco intentó sonreír ante el evidente nerviosismo de Hermione y el temblor en su voz, pero aquella sonrisa se quedó en una mueca de dolor.
—No vayas a ningún sitio.
Aquello sonó como un desesperado ruego malamente disimulado. Hermione asintió rápidamente con la cabeza para hacerle ver que no iba a moverse de su lado.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—Mucho, no sé cuánto. Tu móvil no paraba de sonar.
Hermione apartó la vista de él para clavarla en el pequeño bulto que descansaba en el suelo, junto a la camilla. Ese debía ser su bolso. Seguramente se hubiera caído de su regazo a lo largo de la noche. Entonces miró hacia arriba, hacia el reloj redondo que marcaba la hora sobre la cabeza de Draco. Tuvo que entrecerrar los ojos y forzar mucho la vista para ver las agujas.
—Deben haber llamado mis padres. Son las cuatro y media —le dijo en voz baja.
—¿Quieres volver a dormirte?
¿Dormirse ahora que él había despertado? Qué estupidez. Negó con la cabeza.
—Lo decía porque no les he dicho lo de tu accidente. Seguramente estén nerviosos porque no les he llamado para decirles que he llegado bien a España —los ojos de Draco parecieron volverse un poco más oscuros.
—Has perdido tu viaje —susurró con dificultad—. Te pagaré lo que costara.
—No digas tonterías —se quejó ella—. No hay lugar en el mundo en el que prefiera estar que a tu lado.
—Eso es muy bonito —su voz ronca se vio rota por el dolor durante un par de segundos. Luego, continuó—: Pero te daré el dinero.
—Te duele.
No era una pregunta. Si ya era suficientemente difícil tener que verlo de aquella manera, con heridas por todo el cuerpo y rodeado de máquinas que pitaban de vez en cuando, peor era notar su sufrimiento. Tenía que llamar a una enfermera.
Y lo hubiera hecho si Draco no hubiera agarrado su muñeca en el momento en el que quiso darse la vuelta.
—Quédate.
—Pero…
—Lo único que necesito es estar contigo.
Ella chistó y lo miró con indignación, pero terminó obedeciendo.
Ninguno habló durante unos minutos, aunque estaba claro que él parecía debatirse entre decir en voz alta aquello que le rondaba por la cabeza o quedárselo dentro.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hermione al fin.
Él movió un poco la cabeza, dejando ver un moratón que había salido recientemente en su pómulo.
—Es sólo que… durante los primeros minutos de anestesia escuché algunas cosas… —la chica sintió cómo se le encogía el corazón en aquel momento—. Sé que sabes más que yo. ¿Por qué no siento las piernas, Hermione?
El silencio se hizo mucho más pesado en ese instante. El rostro de Hermione se tornó compungido, sus ojos se humedecieron a medida que tomaba una gran bocanada de aire y se acercaba un poco más a él. Puso una mano en su mejilla y la acarició con el dedo pulgar durante un par de segundos. No lograba encontrar las palabras para aquella pregunta. Los arrítmicos latidos de su corazón, taladrándole el pecho desde dentro, no se lo ponían más fácil. Las agujas del reloj sobre sus cabezas parecieron detenerse indefinidamente. Las máquinas también dejaron de hacer ruido. Hermione ya no escuchaba ningún sonido en aquella habitación, tan solo un débil pitido que había aparecido en sus oídos en cuanto él pronunció su nombre real con tal angustia.
Abrió los labios levemente, esperando que las palabras fueran capaces de subir por su garganta y salir de allí.
—Vas a ponerte bien.
Aquel susurro se sintió realmente pesado entre ambos. Hermione creyó distinguir el brillo que acababa de aparecer en aquellos tristes ojos grises, pero Draco puso una mano en su cabeza y la presionó suavemente para obligarla a apoyarla sobre su pecho.
Tal vez pudiera hacer que no lo viera llorar, pero no podía evitar que sintiera el casi frenético sube y baja de su pecho en el proceso. Lo hizo en silencio, tanto que ella sólo podía escuchar el sonido de su entrecortada respiración y los latidos de su desbocado corazón en su oído. Cerró los ojos. ¿Qué se dice cuando tu persona especial sufre de esa manera? ¿Cómo se hace para no dejarle ver que aquello te está rompiendo a ti también? ¿Que incluso te duele más que a él?
Con el rostro pronto anegado en lágrimas, Hermione volvió a dormirse con las caricias de sus dedos sobre su cabello.
—¡Levante! Habráse visto, ¡levante!
Hermione despertó con una desagradable voz que había hecho retumbar su cerebro dentro de su cabeza. La cegadora luz de la mañana fue tan potente que dejó sus ojos doloridos por un momento.
—¡Cuidado! Dios santo, ¡cuidado con eso!
Sin saber cómo, Hermione había quedado enredada en los muchos cables y vías que rodeaban el cuerpo de Draco. Con los ojos entrecerrados y todo el cuidado del que fue capaz, se deshizo de ellos y se centró en aquella persona que gritaba tanto. Parecía ser una enfermera bien entrada en años, con bastantes arrugas adornando su cara de sapo y una diadema rosa chicle sujetándole el canoso pelo hacia atrás. Era menuda y regordeta, y en cuanto Hermione se apartó un poco de la camilla empezó a caminar por la habitación dando saltitos mientras iba de una máquina a otra.
Todavía con los ojos pesados y una sensación de agarrotamiento en los músculos, Hermione leyó de casualidad la placa metálica que descansaba en su pecho. Enfermera Umbridge.
—Haga el favor de marcharse, ¿me escucha? Vamos a empezar con las pruebas. ¡Fuera, fuera!
Todo pasó tan rápido que sólo tuvo tiempo de coger su bolso y echarle un rápido vistazo a Draco mientras la mujer la empujaba por la espalda para que dejara la habitación cuanto antes. Un atisbo de terror en los ojos de Draco le suplicaron que no lo dejara allí solo con aquella mujer, pero la enfermera le cerró la puerta en las narices y corrió la cortina interior para evitar que pudiera quedarse mirando.
Un par de enfermeras más jóvenes e infinitamente más amables entraron en la habitación en lo que ella se recuperaba del shock del momento. Se frotó un poco los ojos con el dorso de la mano y suspiró mientras pensaba en qué podía entretenerse mientras hacían las comprobaciones pertinentes. Un letrero colgando del techo le dio una rápida respuesta. Sus necesidades humanas no podrían esperar mucho más tiempo.
Cerró la puerta del aseo tras ella y se tomó su tiempo allí dentro. Se echó un poco de agua en la cara para espabilarse y se pasó los dedos por el pelo para intentar adecentarlo, obviamente sin demasiado éxito. Cuando estuvo lo suficiente despierta como para percatarse de su rostro, se encontró con unas enormes bolsas bajo sus ojos. Algunas venillas rojas casi tocaban su iris. Se quedó contemplando su reflejo durante unos segundos antes de obligarse a reaccionar, quitar el pestillo de la puerta y salir fuera de nuevo.
Caminó con pies de plomo mientras se recogía el pelo en una coleta bastante despeinada. Sentía la cabeza tan pesada que cuando quiso levantarla para volver a mirar al frente tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas, pero cuando alzó la vista se encontró con dos figuras conocidas frente a la puerta de la habitación de Draco. Hablaban entre ellas con rostros casi apesadumbrados.
—Hola —saludó en voz baja cuando llegó hasta ellos.
Alex asintió con la cabeza y su madre la tomó entre sus brazos tan pronto como se dio cuenta de que se trataba de ella. El cálido abrazo tocó alguna que otra fibra sensible en su interior, humedeciéndole los ojos sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Podía sentir cómo sus mejillas se coloreaban con la sangre que había fluido a borbotones bajo su piel. En la punta de su nariz surgió un débil cosquilleo que provocó que cerrara los ojos e hiciera una mueca de dolor.
—Hija mía —fue lo único que dijo su madre en aquel momento. Parecía realmente afectada por la situación.
Hermione bajó la vista a sus zapatos cuando se separaron… ¿Cómo un simple abrazo podía remover tantas cosas en su interior?
—Siento no haber respondido a tus llamadas —musitó.
—No te preocupes por eso ahora —se apresuró a decir Edythe, tomando el rostro de su hija entre las manos y obligándola a mirarla—. Alex nos ha puesto al corriente de todo.
Hermione miró alrededor un instante.
—¿Y papá?
—Está fuera —respondió su madre—. Sólo pueden entrar tres personas por paciente.
Hermione asintió con la cabeza mientras suspiraba. Luego fue vagamente consciente de que ambos llevaban al cuello la misma acreditación de visitante que llevaba ella.
—Es un poco angustiante no saber qué está pasando ahí dentro —comentó con pesadez.
—Necesitas despejar la mente, cariño. Vamos, vamos fuera —dijo la mujer, que ya había empezado a caminar en dirección a la puerta de salida.
—Pero…
—Yo estaré aquí —dijo Alex con firmeza al percatarse de la mirada de preocupación que le había echado a la puerta—. No estará solo cuando acaben. No te preocupes.
—Serán solo unos minutos —le aseguró su madre—. Además, papá quiere verte.
Todavía un poco indecisa por alejarse demasiado, Hermione empezó a caminar junto a su madre. Todo se sentía un poco extraño desde que había llegado al hospital. Su aura, si es que existían ese tipo de cosas, parecía tan deprimida que se contraía a su alrededor con tanta fuerza que daba la sensación de querer ahogarla.
Ahogo. Eso era exactamente lo que sentía en aquel momento. Asfixia. Tal vez no era tan mala la idea de su madre de despejarse un poco.
Su padre las esperaba sentado en uno de los bancos de fuera. Cuando la vio aparecer por la puerta se levantó de un salto y fue a estrecharla en sus brazos, tal y como su madre acababa de hacer un instante antes.
—¿Cómo estás? —preguntó, visiblemente preocupado por su salud mental.
—Todo lo bien que puedo estar —respondió ella, hundiendo parcialmente el rostro en el pecho de su padre.
—Estaba a punto de salir de casa para mi turno en el pub cuando Alex llamó a la puerta para informarnos de lo ocurrido y dejar tu maleta. No podía creerlo.
—Va a ponerse bien —dijo ella, tratando de convencerse a sí misma—. Yo estaré a su lado para ayudarlo a recuperarse.
Hermione sintió la mano de su madre frotando su espalda con delicadeza.
—Lo sabemos —dijo—. Por eso te hemos traído esto.
Su hija se separó de su padre lo justo para mirar en la dirección que apuntaba el dedo de su madre. Junto al asiento en el que tan solo unos segundos antes había estado sentado Peter había una bolsa de viaje que, aunque no era demasiado grande, estaba bastante abultada.
—No vamos a obligarte a que te muevas de su lado hasta que tú misma lo decidas —la voz de su padre hizo de aquellas palabras algo completamente inesperado.
Hermione lo miró con un poco de sorpresa en los llorosos ojos. Al parecer el accidente de Draco había sido lo suficientemente impactante como para conseguir que dejara a un lado su eterno rol de padre sobreprotector y adoptara una postura un poco más benevolente. Tal vez aquel suceso hubiera logrado hacerle ver que era lo suficientemente adulta no sólo para cuidar de una persona en el hospital, sino también para llevar a cabo todo aquello que se propusiera en la vida.
—Gracias —respondió al fin, volviendo a abrazarlo.
Su madre la rodeó desde atrás, aprisionándola en un fuerte abrazo conjunto. Pero la bonita estampa familiar se vio interrumpida por unos rápidos pasos que llamaron la atención de los tres en aquel preciso instante.
—¡Hermione!
La familia se giró hacia el pasillo por donde provenía el alboroto. Una chica pelirroja se acercaba a ellos trotando.
—He venido en cuanto Julie me ha avisado —dijo con voz entrecortada cuando llegó a ellos, luego tomó una gran bocanada de aire y continuó—. ¿Qué ha pasado?
Hermione le explicó lo ocurrido muy brevemente y acto seguido obtuvo su tercer abrazo sincero de la mañana. A pesar de que conseguían crearle un nudo en la garganta debía admitir que eran bastante agradables. Normalmente siempre era ella la que daba los abrazos a los demás, aunque ciertamente podía acostumbrarse a aquel nivel de mimo.
—Siento no haber venido antes, estaba dando un paseo con Cedric cuando Julie me avisó —dijo su amiga, todavía esforzándose por recuperar la respiración.
Hermione no pasó por alto el hecho de que dijera que había conseguido levantarse de la cama para salir a la calle sin que alguien hubiera tenido que estar rogándole que lo hiciera. Tampoco que nombrara al eterno despistado de Cedric en todo esto. Casi consigue sacarle una sonrisa.
—No te preocupes, el turno de visitas acaba de empezar.
—¿Podemos pasar a verlo?
—Sólo pueden entrar tres personas, y Alex ya está dentro…
—Oh, toma la mía —dijo su madre, quitándose la acreditación y tendiéndosela a Ginny—. Nosotros esperaremos aquí. Entra tú con ella.
Ginny se colgó la cinta al cuello y tomó la mano de Hermione en un gesto imprevisto.
—Gracias, señora Granger.
Hermione cogió la maleta y reunió toda su fuerza para sonreírle a sus padres a medida que su amiga tiraba de ella para pasar dentro de la zona de cuidados intensivos. Una mujer a la entrada comprobó sus acreditaciones y las dejó pasar.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Ginny mientras caminaban por el largo pasillo, todavía con las manos unidas.
—Cansada —respondió ella—. Casi exhausta. Siento una gran carga sobre mi cuerpo, pero el peso de mi cabeza es mucho más angustiante.
Sus ojos volvieron a humedecerse al recordar a Draco postrado en la cama. Una lágrima terminó derramándose por su rostro cuando la conversación de la noche pasada hizo acto de presencia en su memoria.
—Intentaré aliviar esa carga, créeme. Estaré a tu lado hasta que todo esto pase.
Hermione había empezado a llorar a medida que se acercaban. La única respuesta que pudo darle a su amiga fue apretar su mano mientras se secaba las lágrimas con la otra.
Alex esperaba sentado en el suelo, junto a la puerta de su habitación.
—¿Todavía no han salido? —la voz de Hermione sonó ronca a la par que preocupada.
—Al poco de irte entró el doctor de ayer, y hace unos minutos ha salido una de las enfermeras y he aprovechado para preguntarle —dijo el chico—. Le están haciendo las pruebas de movilidad. Me ha dicho que puede alargarse un poco.
Ginny sostuvo a Hermione por la cintura al prever que iban a fallarle las fuerzas. Era más duro de lo que había imaginado tener que quedarse allí fuera mientras en aquella habitación se llevaban a cabo pruebas decisivas para el futuro de Draco. Deseaba con todas sus fuerzas poder estar a su lado para infundirle ánimos.
Apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer junto a Alex. Si ella estaba literalmente aterrada en ese momento… no podía ni imaginar cómo se estaría sintiendo él ahí dentro. Su primo le pasó un brazo por los hombros y ella dejó caer la cabeza en su pecho. Ginny se sentó a su otro lado y le puso una mano alrededor de la cintura.
Una enfermera que pasaba por allí les sugirió que fueran a sentarse a la sala de espera, pero ninguno de ellos se movió de allí en mucho tiempo.
Los hombros de Hermione empezaron a sentirse agarrotados, tanto que tuvo que moverlos un poco para aliviar el dolor.
—La espera me está matando —susurró.
Pero la puerta se abrió en ese mismo instante. Los tres se pusieron de pie de un brinco. Varias enfermeras salieron de la habitación, seguidas por el doctor, que anotaba algo en su portafolios del día anterior. La última en salir fue la señora Umbridge, que los miró de arriba abajo durante una milésima de segundo antes de marcharse con la cabeza muy alta, como si aquello se tratara de algo sin importancia. Nació en Hermione el impulso de patearle el culo a esa señora tan desagradable, pero logró contenerse al ser el estado de Draco mucho más importante que ella.
Cuando el doctor levantó la cabeza de sus notas se encontró con aquellos tres pares de ojos que lo observaban sin pestañear. Cerró la puerta tras él y miró los papeles una última vez antes de empezar a hablar.
—Le hemos hecho todas las pruebas posibles, pero no ha mostrado indicios de movilidad en las piernas. Debemos hacerle una radiografía para comprobar el nivel de lesión de la columna pero tendremos que esperar a que el responsable de esa área nos indique la hora a la que pueden hacerlo.
—¿Va a ponerse bien? —preguntó Ginny mientras miraba a su amiga por el rabillo del ojo. Hermione se había puesto blanca.
—Eso dependerá de lo que saquemos en claro en la radiografía. No sabemos qué tan alta ha podido ser la lesión, ni siquiera sabemos si se ha producido fractura en sí. Tendremos que esperar para averiguarlo.
—¿Cómo está ahora? —quiso saber Alex. No habían descorrido las cortinas y seguían sin poder verlo desde fuera.
—En estos instantes se encuentra tranquilo —Hermione no pasó por alto la manera tan sutil de decir que al principio se había mostrado inquieto, tal vez algo temeroso—. Podéis pasar a verlo ahora. Una enfermera vendrá a informaros sobre la hora en la que le haremos la radiografía en cuanto lo sepamos. Yo mismo me pasaré por aquí para llevarlo.
Los tres chicos le dieron las gracias y el doctor se alejó para entrar en otra habitación. Alex fue el primero en girar el pomo de la puerta. Draco los miró entrar con el semblante impasible. Hermione se acercó a la camilla y le plantó un húmedo beso en los labios que le hizo sonreír por un instante.
—Amor —dijo él a modo de saludo—. Primo, Ginny.
Los chicos, que se habían quedado en la distancia mientras observaban el cálido beso entre los amantes, se acercaron un tanto más en respuesta.
—Me alegro de verte de nuevo… aunque sea en estas circunstancias —dijo Ginny.
—Nos has dado un susto de muerte —apuntó Alex.
—Siempre me ha gustado llamar la atención, ya lo sabes —casi podía apreciarse un atisbo de burla en su voz. Casi.
Hermione dejó su bolsa a los pies de la camilla y Alex se comprometió a traerle otra a él con sus pertenencias.
Los minutos pasaron y Draco estuvo muy serio durante todo el tiempo, pero las facciones de su rostro cambiaron levemente cuando su primo y Ginny salieron fuera para darles paso a los padres de Hermione.
—Suegros —saludó con un indicio de sonrisa en la comisura de los labios.
—Draco —dijeron ellos al unísono. Ninguno hizo ninguna mueca ante aquella palabra que tanto odiaban—. ¿Cómo te encuentras? —preguntó su madre, acercándose al otro lado de la camilla.
—Extraño —dijo él—. Nunca había pasado tanto tiempo sin moverme de una cama.
—Bueno, mi hija será una buena distracción para ti —comentó Peter. Una media sonrisa apareció en su rostro. Parecía bastante sincera viniendo de él.
—He visto la bolsa… no quiero que se quede aquí todo el tiempo.
El pecho de Hermione se contrajo un poco ante aquello.
—No pienso moverme de tu lado —dijo de manera abrupta, casi violenta. Aquello la había hecho sentir un tanto indignada, por no decir bastante.
—Tienes una vida ahí fuera —replicó él con dureza—. No puedes pasarte todo el día aquí.
Hermione quiso gritarle que su vida estaba allí donde estuviera él, pero ni hubiera estado bien hacerlo en presencia de sus padres ni creía que su voz fuera a conseguir ser más fuerte que un susurro en esos momentos. Definitivamente iba a discutirle aquello más tarde, cuando sus ojos no estuvieran anegado en lágrimas y su mente lograra procesar las palabras adecuadas para hacerlo.
—Hermione quiere pasar por esto a tu lado —dijo la suave voz de su madre de repente—. Deja que te cuide y haga compañía.
Draco se quedó viendo a la chica con una mirada que pretendía ser dura, pero las lágrimas que rodaban por sus ojos marrones lograron ablandarlo.
—No vas a encontrar a otra mujer como ella —intervino su padre—. Deja que se quede a tu lado.
El rubio acomodó su brazo escayolado y estiró la otra mano para secarle las lágrimas.
—Hablaremos de ello más tarde. En cuanto a usted… —dijo, dirigiéndose a Peter—. Necesitaré que se ponga de acuerdo con Alex para llevar el pub.
—Puedes empezar a tutearme, chico. Me haces sentir viejo.
Todos sonrieron ante aquello, aunque Hermione suspiró al ser consciente de que no iba a ponerle fácil el hecho de permitirle quedarse a su lado.
Una enfermera llegó para anunciarles que el doctor vendría a recogerlo sobre las tres de la tarde. Hermione miró la hora. Eso sería dentro de dos. Sus padres se quedaron un rato más pero terminaron excusándose para ir a comer. Alex y Ginny no entraron después, por lo que ambos supusieron que también habían ido a almorzar.
—Deberías ir a comer algo.
—Lo haré en cuanto vengan a por ti.
—No vas a obedecer lo que te digo, ¿verdad?
—¿Por qué tendría que hacerlo? —Hermione le dedicó una sonrisa burlona antes de volver a ponerse seria—. No quiero alejarme de ti. He pasado mucho miedo en las últimas horas.
Los ojos de Draco se hundieron un poco más.
—Lo siento.
Hermione acarició su brazo derecho sobre el colchón.
—No tienes que disculparte por haber tenido un accidente.
—Sí, sí que tengo que hacerlo —tragó saliva forzosamente. Había algo en su perdida mirada que dejaba entrever su sufrimiento interno—. ¿Qué hubiera pasado si te hubiera llevado en el asiento de atrás? Jamás me lo hubiera perdonado.
Hermione se inclinó un poco más sobre él para llamar su atención, las yemas de sus dedos rozando el moratón de su pómulo.
—No tienes la culpa de esto.
—Discrepo.
—Puedes discrepar todo lo que quieras.
—Sabes la manera en la que conduzco. He sido un imbécil al seguir haciéndolo contigo detrás, un inconsciente. Sentía tus dedos aferrándose a mi cuerpo, casi podía sentir tu miedo.
Se produjo un silencio un tanto incómodo para ambos. Lo sabía. Siempre le había parecido que su manera de circular era temeraria, ella misma había sentido pánico al montarse en aquella moto… pero aunque no hubiera estado allí en el momento del accidente estaba segura de que no había sido su culpa.
—El coche se dio a la fuga —le dijo ella en un susurro—. La policía piensa que fue intencionado.
Draco pareció procesar la información poco a poco. No había sabido nada del accidente y tampoco había querido preguntar. En cierto modo le asustaba la idea de haber provocado una tragedia que no pudiera solventar. Pasados unos segundos la tensión de sus hombros pareció relajarse, y como si el hecho de que posiblemente alguien lo odiara tanto que hubiera querido provocar su muerte no importara en absoluto, comentó:
—Me salvaste la vida —Hermione parecía confundida, pero Draco alzó el brazo lleno de vías y acarició su rostro—. Tu casco. El que me regalaste por mi cumpleaños. Me regalaste la vida.
Un suspiro escapó por entre los labios de la muchacha. No había pensado en ello hasta ese momento.
Él la atrajo lo suficiente como para poder darle un suave beso que los hizo fundirse entre las cuatro paredes de aquella habitación mientras esperaban a que el doctor volviera a por él.
No iba a ser grave. Iban a superar aquella terrible adversidad y a salir mucho más fuertes de ella.
NA: Mil millones de gracias por tanto love/hate en los últimos reviews. Amé todos y me reí mucho con algunos. No pensé que la gente reaccionaría así al intentar matar a Draco. Porque lo intenté. Pero el tío es duro de cojones.
¿Me dejas un review para que no siga intentándolo? :D
Cristy.
