NA: Aquí estoy, cumpliendo con mi promesa de actualizar y haciéndolo un par de días antes :D

—Andy Dornan, ¡TE DESEO UN GENIAL Y MUY FELIZ CUMPLEAÑOS EL DÍA 17! Que cumplas muchos más :3

—Un agradecimiento muy especial a Angélica por transmitirme sus conocimientos y ayudarme a entender el trabajo de los fisioterapeutas. Espero que disfrutes mucho este capítulo *guiño guiño*


Capítulo 27: Looking to the moon.


Debido al retraso típico de los hospitales Draco tardó una hora y media en entrar a la sala de radiografías. Hermione esperaba fuera, sentada en los duros asientos de metal. Su madre a un lado, Alex al otro.

Tras una llamada de la señora Weasley para recordarle a su hija que aquel día tenían cita en el psicólogo, Ginny fue la primera en irse, no sin antes prometer que volvería al día siguiente. Su padre se había ido poco después que ella, después de hablar con Alex y llegar a la conclusión de que, independientemente de lo que le había pasado a Draco, el pub debía seguir funcionando. Se turnarían entre ellos para sacarlo adelante hasta que las cosas volvieran a la normalidad… si es que el daño no era irreversible.

Hermione se miró las sudadas palmas de las manos mientras intentaba controlar la velocidad con la que latía su corazón. Desde que le había dicho adiós con una sonrisa y había visto al doctor empujar su camilla por esa puerta blanca el tiempo parecía haberse ralentizado bruscamente. Los segundos pasaban tan lentamente que los minutos parecían horas, y no había manera de conseguir que su mente dejara de imaginar los peores escenarios posibles. La espera se estaba haciendo insoportable y ella se estaba volviendo loca a sí misma. Tenía que parar, poner fin a todos esos pensamientos negativos que colapsaban su cerebro y no le dejaban pensar en nada más. A fin de cuentas estaba muy cerca de conocer la gravedad del accidente, no tenía ningún sentido anticiparse a los acontecimientos.

Se levantó del asiento y se pasó una mano por el encrespado cabello mientras caminaba unos cuantos pasos para destensar el cuerpo. Necesitaba encontrar una manera de distraer su mente durante el tiempo que Draco estuviera ahí dentro, debía hacerlo pronto si no quería volverse completamente loca.

Mientras caminaba en círculos un sonido apareció de repente en el pasillo. A Hermione le costó unos segundos darse cuenta de que se trataba de la vibración de su teléfono móvil. Habiendo encontrado la excusa perfecta para dejar de pensar en lo que estaba por venir, abrió el bolso que llevaba colgado al hombro casi con urgencia y descolgó la llamada sin mirar siquiera el nombre en la pantalla.

—¿Diga?

—¿Hermione?

La chica se giró sobre sí misma para dedicarle una mirada a Alex.

—Julie.

—Te he llamado un millón de veces, ¿por qué no contestabas? Me tenías preocupada.

Alex había levantado la mirada de sus pies cuando Hermione había dicho aquel nombre en voz alta. La chica le dedicó una media sonrisa.

—Ya sabes cómo es mi relación con los teléfonos, nos odiamos mutuamente. ¿Cómo te lo estás pasando por España?

—Eso no importa ahora —dijo su amiga con un bufido al otro lado de la línea—. ¿Cómo estás?

Hermione tomó aire lentamente por la nariz.

—Nerviosa. Le están haciendo la radiografía ahora… ¿Es normal que tarden tanto tiempo?

—Cariño —respondió su madre con voz suave—. Lleva dentro sólo quince minutos.

—Quince eternidades… —murmuró Hermione.

—Escucha, tienes que estar tranquila —le dijo su amiga, quien por el barullo de fondo parecía estar en ese momento en una calle muy transitada—. Respira profundamente y trata de pensar en positivo. Derrumbarte ahora no te hará ningún bien. Ni a ti ni a Draco. Así que si necesitas un abrazo pídeselo a Alex. Detrás de esa fachada de chico tímido hay un gran abrazador.

Hermione no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar aquello, aunque las comisuras de sus labios volvieron a hundirse en cuanto las palabras de Julie calaron en su interior.

—Tengo que ser fuerte.

—Sí, pero eso no significa que no puedas permitirte no serlo. Si necesitas llorar, hazlo. Una situación así podría superar a cualquiera. Solo debes recordar volver a levantarte después. Lo harás, ¿verdad?

Hermione cerró los ojos y apretó los labios un momento. La verdad es que había empezado a sentir claramente cómo la presión empujaba su pecho y le dificultaba el respirar. Y esta ansiedad había traído consigo unas ganas irremediables de llorar todo el tiempo.

—Te lo prometo —dijo al fin.

—Estoy deseando volver para estar contigo.

—Disfruta el viaje, Julie. Yo estaré bien.

Su amiga se quedó callada unos segundos en los que Hermione fue capaz de escuchar con claridad cómo la gente hablaba en español a su alrededor.

—Haremos otro viaje juntas más adelante —dijo entonces.

—Me encantaría —respondió Hermione. En ese preciso instante se abrió de nuevo la puerta blanca y por ella apareció el doctor empujando la camilla de Draco—. Tengo que colgar, hablamos luego.

Tanto Edythe como Alex se levantaron de sus asientos con una rapidez asombrosa, y los tres se apresuraron a rodear al doctor en busca de respuestas. Ninguno se dio cuenta de que una enfermera había salido tras ellos hasta que empezó a llevarse a Draco por el pasillo.

—Analizaré los resultados con vosotros en su habitación —dijo el hombre—. Subo enseguida.

Hermione suspiró antes de acercarse a la camilla y tomar a Draco de la mano mientras hacían el camino de vuelta a la zona de cuidados intensivos.

El doctor tardó una eterna media hora en llamar a la puerta de su habitación. Cuando entró todos los presentes se irguieron en respuesta. En lugar de su carpeta, esta vez llevaba unas radiografías en la mano. Apagó las luces y se dirigió a la pared frente a la camilla de Draco, donde había un aparato cuadrado que se iluminó en cuanto el hombre presionó un botón. Puso una de las radiografías delante de él y se quedó mirándola lo que pareció un milenio.

—He estado revisando los resultados antes de venir —dijo con tanta lentitud y parsimonia que a Hermione le dieron ganas de zarandearlo violentamente para que espabilara y los sacara de dudas de una vez. El hombre giró la cabeza para clavar los ojos en los de Draco. Luego volvió a fijarse en la radiografía—. Has tenido mucha suerte. No existe fractura alguna.

Todos los presentes respiraron aliviados en ese instante. Hermione profirió un pequeño gemido mientras se llevaba las manos a la boca debido a la emoción del momento. No se había fracturado la columna, todavía había esperanzas de que volviera a sentir las piernas.

En el rostro de Draco había aparecido una brillante y enorme sonrisa. Presionó sus manos sobre el colchón para intentar ponerse derecho, pero el hombre lo detuvo de inmediato con sus palabras.

—No te incorpores —le ordenó—. Aunque no exista fractura todavía queda por determinar si la lesión es grave o no. No es necesario que te rompas los huesos para que la médula espinal se dañe de manera irreversible.

—¿Qué es lo que procede entonces? —quiso saber él, volviendo a tumbarse en su camilla.

—Mañana mismo se te asignará un fisioterapeuta y en los próximos días veremos los progresos que vas haciendo —el hombre se dirigió entonces a los que llevaban colgado del cuello el pase de "visitantes"—. En las sesiones con el profesional aconsejamos que el paciente esté acompañado por un familiar o alguien de su círculo cercano. Creemos que eso ayuda a que la persona se esfuerce al máximo y consiga una pronta recuperación.

Draco y Hermione se miraron a la vez. No les hacía falta decir ni una sola palabra.

El doctor puso la otra radiografía frente a la luz sólo para cerciorarse de que su diagnóstico era el correcto. Después de unos segundos asintió para sí mismo, apagó el aparato y volvió a presionar el interruptor de la pared. La habitación volvió a iluminarse enseguida.

—Hoy seguiremos midiendo tus constantes y realizando pruebas previas que ayudarán al fisioterapeuta a conocer mejor tu situación —miró el reloj de su muñeca mientras se dirigía a la puerta—. Nos vemos luego.

Todos agradecieron al hombre y esperaron a que cerrara la puerta para celebrar la increíble noticia de que aquella pérdida de sensibilidad podía ser pasajera.


La tarde pasó un poco más animada. Los ánimos realmente se habían elevado en todos y cada uno de ellos. Edythe llamó a su marido para informarle de los resultados, Alex hizo lo mismo con Julie y Hermione con Ginny. El ambiente se había llenado de entusiasmo y nuevas esperanzas.

Luego de un rato más en el que hablaron de todo un poco, a Hermione se le hizo difícil ocultar los gruñidos de su estómago. Uno de ellos fue tan fuerte que todos dejaron de charlar para mirarla.

—Tienes que comer algo —dijo Draco, aunque sonó más bien como a una orden.

—Estoy bien —respondió ella.

—Suegra, ¿por qué no la acompaña a comer algo? —preguntó, ignorando por completo sus palabras.

—Draco tiene razón —coincidió su madre—. Vamos a la cafetería, necesitas reponer fuerzas.

Hermione miró a su novio sobre la camilla, quien alzó las manos a modo de rendición.

—Está bien, está bien, de aquí no me muevo.

Todos se rieron, y aunque a Hermione le costó un poco, al final terminó cediendo.


El comedor del hospital estaba medio vacío cuando llegaron, lo único que se escuchaba era el sonido de los cubiertos sobre los platos y el débil murmullo de una televisión en la distancia. Hermione removía los resecos macarrones con el tenedor mientras su madre trataba de mostrarse lo más natural posible haciéndole todas esas preguntas. Que estuviera preocupada por su estabilidad mental después de todo era algo comprensible, y aunque podía llegar a resultar un poco tedioso no se molestó lo más mínimo.

—Estaré bien —dijo la chica, sin más apetito para terminarse la comida que quedaba en su plato.

—¿Estás segura? —la voz de su madre sonaba un tanto intranquila.

—Mamá… —Hermione tomó aire lentamente antes de seguir—. Puedo con esto. Confía en mí.

—Lo hago, cariño, lo hago —la mujer tendió una mano sobre la mesa y tocó la suya con los dedos—. Pero vas a tener que ser muy fuerte para soportar ver a Draco en sus terapias. Me imagino que no debe ser nada fácil de llevar, así que recuerda que tu padre y yo estaremos a tu lado para lo que necesites.

Hermione le dedicó una media sonrisa a la mujer al otro lado de la mesa.

—Lo sé.


La tarde estaba cayendo cuando Hermione subió las escaleras de nuevo, esta vez sin compañía. Su madre le había dado un gran abrazo antes de despedirse en la puerta. La mañana siguiente tenía que trabajar y necesitaba descansar de pasar todo el día en el hospital.

Con dos pases de visitante en su poder, Hermione llegó a la habitación de Draco para encontrar a Alex esperando en su puerta.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Acaba de llegar el doctor para las pruebas que dijo que le harían. Estaba esperando a que llegaras para poder ir a relevar a tu padre en el pub —dijo—. Dile a mi primo que volveré mañana.

Hermione asintió y ambos se despidieron con la mano. Lo vio marcharse antes de mirar la puerta cerrada y las cortinas echadas de la habitación. Sin saber muy bien qué hacer mientras terminaban de hacer las pruebas pertinentes, empezó a caminar hacia la sala de espera de la zona, pero antes de que pudiera dar tres pasos una voz llamó su atención en el pasillo.

—Disculpa…

A pesar de pertenecer a un hombre, aquella voz era suave, serena y tranquila… pero había aparecido tan de repente que aun así Hermione dio un pequeño saltito del susto. Al girar la cabeza encontró a un hombre muy alto saliendo de la habitación contigua a la de Draco. Su cabello era completamente blanco y estaba muy encrespado y despeinado, aunque el hombre no parecía demasiado mayor ni desaliñado. Tal vez sus ropas podían resultar un poco extrañas, pero su semblante transmitía tranquilidad y paz.

—¿Sí? —dijo ella con calma.

—Perdona que te moleste, y disculpa la intromisión pero… —prosiguió el hombre mientras cerraba la puerta tras él y se acercaba lentamente a Hermione. Justo cuando estaba a punto de seguir hablando se quedó mudo, pensativo—. No sé si es correcto que te haga esta pregunta.

El hombre le sonreía cálidamente, aunque era evidente que estaba un poco avergonzado. Hermione le devolvió la sonrisa.

—¿Qué necesita?

—Verás... —comenzó, señalando la puerta que había tras él con su largo pulgar—. Mi hija te vio pasar antes y quedó muy emocionada de pensar que podías ser… bueno, la chica del beso bajo la lluvia. ¿Lo eres?

Hermione no pudo evitar expresar sorpresa. Si bien tanto ella como Draco habían sido "la pareja del momento" en todo internet… lo cierto era que aquel boom ya se había pasado hacía tiempo. Todavía había alguien que los reconocía por la calle, pero ya nadie sacaba el teléfono móvil para fotografiarlos.

—Sí señor, soy yo —dijo cuando logró salir de su asombro.

—Vaya… es un placer conocerte, señorita —dijo él, en cuyo rostro había aparecido una enorme y radiante sonrisa de dientes torcidos—. Mi nombre es Xenophilius Lovegood, extraño nombre, soy consciente.

Hermione le estrechó la mano que acababa de tenderle y asintió una vez con la cabeza.

—Encantada, yo soy Hermione.

—Oh, tienes un precioso y mitológico nombre, ¿lo sabías?

—Sí —respondió ella encogiéndose de hombros—. Mis padres no querían que mi nombre fuera común, querían algo especial.

—Y vaya que lo consiguieron. Mi hija se llama Luna, que en inglés significa "moon".

—Qué original —coincidió la chica.

—Bueno, disculpa si me voy por las ramas… suele pasarme cuando me pongo nervioso —el hombre se frotó las blanquecinas manos mientras pensaba en las palabras adecuadas—. Sé que acabamos de conocernos pero… me gustaría pedirte un favor.

Lejos de sentirse incómoda por el extraño encuentro con aquel hombre, Hermione se sentía relajada y dispuesta a ayudarlo con lo que necesitara.

—¿De qué se trata?

—Mi hija lleva ingresada unos seis meses por problemas de corazón… aunque no es la primera vez. Le detectaron una malformación cuando tenía un par de años y desde entonces no hace otra cosa que entrar y salir de los hospitales… —su voz seguía siendo suave, y aunque no se rompió sí que se apagó un poco.

—Vaya… —Hermione se había llevado una mano a los labios de manera involuntaria. Aquella historia era tan triste que su voz sí se había perdido en las profundidades de su garganta.

—Ahora tiene veinticuatro años y bueno, su diagnóstico es grave. Llevaba meses sin verla sonreír… hasta hoy, cuando pensó que te había visto pasar. Ella es muy fan tuya desde la primera vez que vio ese vídeo de internet y… me gustaría pedirte que entraras a saludarla. ¿Sería mucho pedir?

—Por dios —logró decir ella con la voz entrecortada—. No, por supuesto que no.

La gran sonrisa de antes volvió a asomar por los finos labios del hombre.

—Esto va a significar mucho para ella, Hermione. Te lo agradezco con toda mi alma, pero antes déjame que le dé la noticia poco a poco. No es conveniente que su corazón empiece a latir demasiado rápido de repente.

—Claro, estaré esperando fuera.

El hombre desapareció por la puerta y Hermione aprovechó para cerrar los ojos y respirar profundamente. Le impactaba el hecho de darse cuenta de que existían muchísimas personas en el mundo luchando contra alguna enfermedad desde pequeños. ¿Qué vida habían vivido? ¿Qué felicidad podían experimentar tras tanto dolor? En ese momento no podía pensar claramente, pero lo que tenía claro era que nadie se merecía una vida en un hospital.

Era consciente de que ella se había quejado mucho de la suya cuando realmente nunca había tenido que acostarse pensando que tal vez no despertaría a la mañana siguiente. Había miles de personas, aquí y ahí fuera, queriendo vivir y temiendo por su vida cada día. Ella era una afortunada, y sentía que si había algo que pudiera hacer por ayudar a cualquiera que se encontrara en esa situación, definitivamente debía hacerlo.

La puerta se abrió de nuevo y el hombre se apartó para dejarla pasar. Hermione tomó aire una última vez y se dispuso a entrar en aquella habitación con pasos pequeños.

La chica que había postrada en la cama estaba bastante delgada y una media docena de tubos cubrían gran parte de su cara. Su cabello esparcido por la almohada era de la misma tonalidad que el de su padre, y definitivamente igual de encrespado y descuidado. Unos pómulos marcados sobresalían bajo unas grandes ojeras de color oscuro que contrastaban con el de sus ojos: el azul más cristalino que había visto nunca. A pesar de estar un poco apagados, se iluminaron débilmente con su presencia. Una sonrisa que pareció dolerle curvó sus labios hacia arriba y una máquina a su izquierda empezó a pitar muy fuerte con el subibaja de su pecho.

—Mi pequeña —se apresuró a decir su padre.

—Estoy bien —respondió ella, cerrando los ojos un momento y controlando su respiración. Unos segundos más tarde la máquina dejó de pitar—. Todo controlado.

El hombre se acercó a ella y pasó los dedos por su pelo antes de separar unos cuantos cables para poder besar su frente.

—Estaré justo ahí, no me iré lejos —le dijo.

Ambas vieron al hombre marcharse y dejarlas solas. Hermione no era capaz de controlar los arrítmicos latidos de su corazón. Le partía el alma ver a una chica tan joven de esa manera. No era justo.

—Hola —dijo la chica. Hermione había empezado a mirarse los pies sin ni siquiera darse cuenta. Levantó la cabeza para posar sus ojos en los de ella en ese instante—. Me llamo Luna.

—Hola. Yo soy Hermione.

—Conocerte es muy emocionante —la chica de grandes ojeras cerró los párpados con pesadez unos segundos y respiró con cierta dificultad—. Aunque no lo parezca.

—Creo que yo podría decir lo mismo —respondió Hermione. Un gran nudo se había instalado en su garganta y no le dejaba hablar con claridad.

—No es cierto.

—Claro que sí —Hermione se acercó a su camilla y carraspeó débilmente para intentar deshacer aquel molesto nudo. Se sentó en el sillón antes de continuar—: Creo que hay que ser muy fuerte para aguantar todo por lo que has pasado. Tu padre me ha contado brevemente tu historia ahí fuera.

La chica se sonrió un poco.

—Él cree que podré salir adelante…

—Claro que podrás.

—Uno sabe que está llegando su hora cuando ha pasado tanto durante tanto tiempo —le contradijo la chica. Su voz era tan suave y dulce como la de su padre, pero se volvió un poco fantasiosa al cambiar de tema de repente—. Tal vez te preguntes por qué me siento un poco en las nubes al tenerte aquí al lado… y créeme cuando digo que es completamente alucinante.

Sus pupilas ahora miraban al techo, como despistadas por algo que Hermione no podía ver.

—Mucha gente se obsesionó con ese vídeo cuando salió —respondió Hermione en voz baja.

—Pero supongo que nadie más que yo —su cabeza se movió un par de centímetros y sus claros ojos se posaron ahora en ella con cansancio—. Nunca había visto algo tan hermoso, en toda mi vida. Dos amantes jugando y besándose bajo la lluvia… ¿Sabes? —sus ojos volvieron a clavarse en el techo—. Siempre me he preguntado por qué la gente corre para resguardarse de la lluvia. Yo lo hubiera dado todo por tener un momento como el que captó la cámara que os grabó.

—No es tan divertido —dijo Hermione, intentando curvar sus labios en una sonrisa—. Después estuve un par de días resfriada.

—Pero es muy romántico —respondió la chica con un pequeño atisbo de entusiasmo en la voz—. Me encantan las películas donde los protagonistas se dejan llevar bajo la lluvia, bailan y se besan. Creo que he visto todas las que existen… pero ninguna logró llegarme tanto como ese vídeo. Por la forma en la que te estrecha entre sus brazos se puede ver que él realmente te ama —Hermione tragó saliva mientras se quitaba un mechón de la cara. Sus mejillas se habían empezado a poner rosadas con sus palabras—. Me hubiera gustado tener a alguien que me mirara de esa forma tan especial.

—¿Nunca has…?

—¿Tenido novio? —Luna completó su frase inacabada—. No, nunca. Y no es que me hayan faltado pretendientes —sus labios dibujaron una media sonrisa que se desvaneció al segundo—. Al sentirme tan débil y vulnerable siempre rechacé a todos los chicos que se interesaban en mí. Supongo que tenía miedo de que me rompieran el corazón… Irónico, ¿verdad?

Hermione se había quedado sin palabras, aunque dudaba haber podido decir algo con el cada vez más grande nudo de su garganta. Optó por mirarse las manos mientras sentía que sus ojos se humedecían levemente.

—¿Su nombre empieza por D? —preguntó de repente.

Hermione levantó la cabeza para mirarla.

—¿Cómo lo sabes? —Luna señaló el pequeño tatuaje que sobresalía por la manga de su camiseta—. Ah, claro. Sí, él se llama Draco.

—Qué nombre tan curioso. ¿A quién estás visitando?

Sin duda alguna aquella chica era muy buena en cambiar de tema con facilidad.

—A Draco —los ojos de Luna se abrieron un poco debido a la sorpresa—. Ha tenido un accidente… pero se pondrá bien.

La rubia respiró profundamente para serenarse. Al parecer aquella noticia la había puesto un poco nerviosa.

—Tiene que hacerlo. Forma parte de mi pareja favorita de todos los tiempos.

Hermione se rió con su ocurrencia.

—Sin duda alguna tengo que hablarle de ti.

—¿De verdad harías eso?

—¡Claro! ¿Cómo no decirle que he conocido a nuestra fan número uno? —dijo divertida, aunque luego se quedó pensativa unos segundos—. Bueno, lo haré con una condición.

—¿Qué condición?

—Quiero que dejes de pensar que no saldrás de esta. Debes prometerme que te mantendrás positiva y tratarás de encontrar motivos para seguir luchando y recuperarte.

—No puedo recuperarme por mí sola —sus labios se fruncieron y ella tomó una larga y profunda respiración—. Necesito de un donante de corazón y pasar por una delicada operación para empezar a estar bien.

Hermione se mordió el labio. Eso no lo sabía. Miró entonces a través de la ventana, suspirando. El cielo ya estaba oscuro y la luna asomaba por entre los árboles del parque que colindaba con el lugar. Alumbraba mucho, más que nunca. Su luz era tan brillante que a pesar de no posicionarse todavía en lo más alto del cielo iluminaba todo a su alrededor. Podía decir que aquella noche la luna era realmente hermosa.

Sin saber cuánto tiempo había estado contemplando aquella estrella, volvió a la realidad posando los ojos en la chica.

—Bueno, prométeme entonces que mantendrás la positividad y la esperanza de que eso pase muy pronto. Yo a cambio te ofrezco mi compañía y la promesa de hablarle a Draco de ti. Tal vez incluso pueda venir con él un día de estos, ¿qué me dices?

—Vaya —Luna alargó mucho las vocales de esa palabra. Realmente parecía bastante entusiasmada—. Sí, acepto tus condiciones.

Unas enfermeras tocaron a la puerta y anunciaron que venían a hacer las revisiones rutinarias. El señor Lovegood se asomó un poco para ver cómo estaba su hija, pero ella y Hermione apenas alcanzaron a despedirse con la mano antes de que pudiera salir y la enfermera con cara de sapo cerrara la puerta tras ella con violencia.

—Qué desagradable… —farfulló por lo bajo.

—¿Cómo ha ido? —el hombre se frotaba las manos con nerviosismo.

Hermione le contó todo antes de despedirse también de él y prometerle que volvería a visitar a su hija al día siguiente.

La puerta de la habitación de Draco ya estaba abierta, por lo que aceleró el paso para entrar y volver a encontrarse con él.

—Hermie —saludó él cuando la vio—. ¿Dónde has estado?

Hermione le habló del señor Lovegood, de su hija y de la conversación que habían tenido en la habitación de al lado. Le dijo también que a partir de mañana iría a verla cuando a él le estuvieran haciendo las revisiones pertinentes. Draco se mostró feliz de saber que estaría entretenida teniendo un buen gesto con aquella chica, a la que por cierto ya le había cogido cariño sin ni siquiera conocerla.

Un enfermero trajo la cena de Draco y, después de que Hermione se pusiera ropa cómoda para la noche entre piropos y silbidos de su novio, ambos se quedaron dormidos de la mano.


Los primeros en venir al día siguiente fueron Alex y Ginny, que apareció acompañada de Cedric. Éste último se había colado aprovechando un despiste de la mujer que revisaba las acreditaciones de visitantes.

Draco ya había desayunado para entonces, y aunque Hermione se había comido la manzana que le habían traído, Ginny le había comprado un paquete de galletas para ella. Charlaron durante un par de horas hasta que alguien llamó a la puerta. El pomo se giró y tras ella apareció una mujer morena con un uniforme blanco que realzaba un poco sus curvas. Era joven, tal vez de la edad de su novio.

Hermione se percató de que Draco abrió mucho los ojos debido a la sorpresa.

—Buenos días, soy la fisioterapeuta —dijo de manera distraída mientras revisaba unos papeles sueltos que traía en la mano. Alex, Ginny y el visitante de más se escabulleron tras ella en ese momento. Cuando la mujer levantó la cabeza para mirar a Draco había algo en sus ojos que Hermione no pudo descifrar—. No podía creerlo cuando leí tu ficha. No es que tu nombre sea muy común, pero tenía la esperanza de que se tratara de otra persona.

—Hola, Angélica.

—Draco —respondió ella. Luego se giró hacia Hermione, la escaneó durante un par de segundos con la mirada y asintió en su dirección.

Hermione frunció un poco el ceño. ¿Se conocían? ¿De qué? ¿Por qué esas miradas?
Se apresuró a decir algo mientras la mujer dejaba los papeles en la pequeña mesa junto a la cama y se acercaba a Draco.

—Buenos días, yo soy Hermione.

—Encantada, Hermione —dijo ella, destapando a Draco con un rápido movimiento. Las sábanas ahora sólo cubrían sus tobillos—. Voy a explicaros qué es lo que vamos a hacer hoy, ¿de acuerdo?

¿Notaba un atisbo de antipatía en su voz? ¿Tal vez resentimiento?

Fuera como fuese, la mujer les dijo que en aquella primera sesión empezaría a moverle las piernas y el brazo que no tenía escayola, así como a proporcionarle masajes para mejorar su circulación. Hermione la vio hacer todo lo que había dicho sin pronunciar palabra. No se suponía que debiera sentir la tensión entre ellos, ¿cierto? ¿Por qué los invadía ese silencio tan incómodo? Sentía que había algo que no encajaba en lo que debía ser algo tan sencillo como una relación médico-paciente. Sin duda había algo más complejo en el trasfondo.

—Quiero que me digas si en algún momento sientes algo —dijo la mujer con tirantez—. Incluso si se trata de un débil cosquilleo. Lo que sea.

A pesar de que su voz seguía siendo firme y dura sus manos trataban el cuerpo de Draco con especial cuidado. Los movimientos eran suaves y precisos y el masaje final, delicado. Hermione la vio coger de nuevo aquellas fichas y apuntar un par de cosas en ellas.

—¿Algo? —preguntó ella.

—Nada —respondió Draco.

Los dos se miraron a los ojos en lo que fue un intenso e incómodo segundo. Los suyos eran de una tonalidad muy parecida a los de Hermione, y sé dio cuenta de que si se fijaba detenidamente podía encontrar más parecidos entre ambas de lo que le gustaría.

—Nos vemos mañana entonces.

Sus delgadas manos volvieron a girar el pomo de la puerta y a salir de la habitación sin ni siquiera volver a mirar a Hermione para despedirse.

Algo le decía que no iba a gustarle la respuesta a la pregunta que se moría por formular.

—¿Qué pasó entre vosotros?

—Hermie… —en el momento en el que ella se cruzó de brazos y alzó una ceja supo que no iba a dejarlo estar. Suspiró—. No significó nada, te lo prometo.

Hermione apretó los labios, muy consciente de que no iba a conseguir nada más de su parte. Le dedicó una mirada de reojo antes de caminar hasta la puerta y salir de la habitación. Él no hizo ni el amago de decir algo para evitarlo. Tal vez entendiera que aquello que iba a hacer era algo necesario.

Hermione encontró a la fisioterapeuta apoyada en el mostrador y hablando con las enfermeras que había tras él. Se dirigió a ella con paso firme y decidido.

—Hola —saludó. La mujer se puso derecha y cuadró los hombros al verla.

—¿Necesitas algo?

—¿Podemos hablar?

Las enfermeras miraron la situación con curiosidad, pero Angélica le hizo un gesto con la cabeza para que la acompañara. Caminaron hasta un lugar alejado de las miradas fisgonas e indiscretas de cualquiera a quien le interesara aquella incómoda conversación.

—¿Qué necesitas? —repitió ella.

Hermione sentía sus pulmones arder debido a la agitación del momento. Por primera vez estaba ante alguien que seguramente había compartido cama y besos con el amor de su vida. Se ponía enferma con tan solo imaginarlo.

—La sesión de terapia que has tenido con Draco ha sido… bueno, ha sido un poco…

—¿Incómoda? —completó. Hermione asintió y tragó saliva con dificultad—. No todos los días tienes que tratar al hombre que desapareció de tu vida por completo de un día para otro. Aunque tú no tienes la culpa, lo siento si te has sentido molesta.

El rostro de la mujer se mostraba completamente impertérrito mientras que el de Hermione se enrojecía con cada segundo que pasaba. Angélica puso una mano en su cintura y cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Debía decir algo pronto antes de que la situación se pusiera más tensa de lo que ya era.

—¿Draco te…? —¿Qué le pasaba, por qué no encontraba las palabras adecuadas?—. ¿Simplemente se fue?

—No es que se fuera, ya que nunca vivimos juntos… pero nunca volvió. Se esfumó. Jamás volvió a llamar y yo no soy mujer de rogarle a ningún hombre, así que sencillamente perdimos el contacto.

—Vaya…

—Pero si lo que quieres es saber si existe peligro… No, definitivamente no. Lo que tuvimos pasó hace casi un año y sinceramente ya me había olvidado de él.

—Oh —Hermione necesitaba ordenar las ideas en su cabeza con urgencia si no quería seguir pareciendo una completa estúpida incapaz de decir tres palabras seguidas—. No, Angélica. No es eso lo que me preocupaba.

—¿Qué te preocupa entonces?

—Bueno… no me importa lo que pasara entre vosotros. Eso es pasado. Lo que quería pedirte era que lo ayudes. Por favor, tienes que ayudarlo.

La posibilidad de que las terapias que debía seguir Draco para su recuperación fueran malas o no se dieran correctamente la hacía estremecer. El destino de su novio dependía por completo de aquella mujer y le aterraba el hecho de que pudiera querer vengarse de alguna manera. Ella le dedicó una mirada bastante intensa.

—Como ya te he dicho, todo eso quedó atrás… y aunque no lo estuviera aún nunca dejo que los sentimientos se interpongan en mi trabajo. Ante todo soy una profesional.

Diablos. Esa mujer derrochaba seguridad por cada poro de su piel. Su cabeza estaba alta y su voz no se había roto en ningún momento. Hermione asintió antes de pasarse la lengua por los resecos labios. No podía negar que ahora estaba mucho más tranquila.

—Gracias.

—No hay de qué. Ahora tengo que irme.

Ella la vio dar media vuelta y marcharse por el pasillo hasta doblar la esquina. Su caminar seguía siendo elegante a pesar de que pisaba duro contra el suelo. Sin duda esa mujer era increíble. Hubiera dado lo que fuera por tener la mitad de la confianza que irradiaba.


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Cristy.