NA: ¡Hola! Ufff, no os hacéis una idea de lo que me ha costado terminar este capítulo. Lo he leído y repasado unas, no sé, ¿cincuenta veces? Y aun así siento que no está del todo como me gustaría. Tengo la sensación de haberme estancado un poco y de no saber cómo remediarlo, y obviamente eso afecta a la calidad del capítulo. Perdón por eso. Simplemente necesito subirlo de una vez y pasar a otra cosa xD Espero que no lo percibáis taaan mal como yo, o que al menos sepáis disculparlo.
Es bastante largo, así que también espero que eso compense la larga espera.
Laura Carruyo y Sixta Robles, os lo dedico de todo corazón :)
Capítulo 35: The end.
A Hermione le sorprendió no encontrar a nadie sobre ella al momento de abrir los ojos. Había estado completamente segura de que algo o alguien le estaba martilleando la cabeza en ese momento, aunque esa horrible sensación se quedó una vez despierta. Después de eso, tardó unos segundos en lograr enfocar el techo del cuarto. ¿Desde cuándo se movía la habitación? ¿O era ella la que estaba dando vueltas?
Gimió por lo bajo, cerrando los ojos con fuerza y llevándose las manos a la cabeza. Sentía como si estuvieran taladrándole el cráneo, como si fuera cuestión de tiempo que aquel dolor terminara haciéndole pedazos el cerebro.
—¿Estás bien?
Reconocía esa voz. La conocía bastante bien. Sabía que le encantaba escucharla y que cuando se lo permitía, lo hacía de buena gana durante horas… pero no esa mañana. Aquella vez solo quería que se callara. O al menos que no le hablara tan fuerte.
—Shhhh —logró responder. Se tomó un momento para asimilar el dolor de cabeza y volver a abrir los ojos lentamente. Draco ni siquiera estaba cerca. La observaba con un deje de preocupación desde el otro lado de la puerta. Hermione tardó en reparar en que ya estaba vestido—. ¿Qué hora es?
Él miró el reloj mientras ella se incorporaba poco a poco, con una asombrosa pesadez en su cuerpo.
—Las once y media.
—¿Las qué…? —Hermione se preguntó si alguna vez había dormido tanto en toda su vida—. ¿Qué haces aquí? ¿No tienes que trabajar?
—Cancelé las primeras citas de la mañana —le dijo él de manera despreocupada.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No quería dejarte sola antes de que despertaras y poder comprobar que estás bien. —Se encogió de hombros—. Por cierto, tu móvil ha estado sonando.
¿Por qué aquella voz que tanto amaba parecía romper sus tímpanos aquella mañana?
—Seguramente sea mi madre, pero a estas alturas no es una sorpresa para nadie que nunca responda a las llamadas —intentó bromear, pero su voz sonaba demasiado pastosa—. La llamaré ahora.
—Sí, deberías, pero no menciones lo de que ayer… ya sabes, lo de que dejé que te emborracharas —le pidió, aunque había un claro tinte burlón en su voz—. No querría tener a la suegra descontenta, no después de lo que me ha costado ganarme su confianza.
—¿Qué? ¿Por qué le diría…? —Hermione se dio cuenta en aquel momento de que ella estaba hablando en susurros, y aun así su cabeza latía con fuerza con cada palabra—. ¿Qué me pasa? Me siento horriblemente mal.
Draco se acercó a la cama, sentándose a su lado con cuidado.
—¿No te acuerdas de lo que pasó ayer? —le preguntó.
Ella hizo una mueca de dolor, volviendo a cerrar los ojos un momento.
—¿Ayer?
—Hermie, te bebiste casi una botella de vino tú sola.
—¿Yo?
Apenas lograba ordenar las ideas en su cabeza.
—Sí, tú. —Draco le apartó un mechón despeinado de la cara—. Tienes resaca.
—Eso no es posible. —Hermione quiso levantarse de la cama, pero el simple gesto de apartar las mantas le hizo sentir un mareo extremo bastante inusual en ella.
—Sí que lo es. —Ahora Draco parecía divertido. Ella lo miró, apreciando cómo había desaparecido todo rastro de preocupación de su rostro, como si comprobar que su único mal era la resaca le quitara importancia al asunto. Como si ella no siguiera sintiéndose peor que nunca—. Anoche te dije que estabas ebria y tampoco me creíste. ¿Puedes sentir los efectos ahora?
—Cállate —le dijo. Quiso sonar contundente, pero más bien pareció una súplica lamentable. Vagos flashes de la noche anterior cruzaron su mente con rapidez. Ella frunció un poco el ceño, nublándosele la vista unos segundos—. Espera, sí que recuerdo una cosa.
—¿Qué recuerdas?
Hermione reunió la poca fuerza de la que disponía y le dio un manotazo en el hombro con indignación. Draco la miró con sorpresa.
—¿Cómo osas rechazarme?
El hecho de que él se riera tan fuerte acentuó el dolor en sus sienes. Nunca antes había pensado nada parecido, pero quiso matarlo en ese momento.
—Y lo haría otra vez —confesó con claridad—. No me aprovecharé de ti de esa manera. Si quieres hacerlo "perjudicada" tendrás que conseguir que me embriague yo también, así estaremos en igualdad de condiciones.
—Esta te la guardo —le prometió ella—. Y no creo que quiera volver a tener resaca en mi vida, no te preocupes.
—Venga, levántate ya. Si te quedas en la cama será peor. —Le dio un beso en la frente, se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse—. Baja al bar y pídele a Cho que te ponga una cerveza.
Hermione estaba tratando de levantarse en ese instante, pero casi le fallan las fuerzas al escuchar aquello. No podía estar hablando en serio.
—¿De verdad piensas que me apetece seguir bebiendo alcohol? —le recriminó, todavía hablando en murmullos.
—Sé lo que digo, créeme. He tenido resaca muchas veces. —Ella le dedicó una mirada crítica que claramente desaprobaba lo que acababa de decir—. Seguramente te sientas así porque estás deshidratada.
—¿Y no puedo beber agua?
—Podrías, pero el agua no contiene las sales que necesitas para recuperar el potasio y el PH de tu organismo. Además, la cerveza tiene levadura, ingrediente que al mezclarse con los ácidos de tu estómago te hará sentir una calma instantánea de ese malestar que me comentas.
Hermione dejó caer la cabeza en su hombro y él rodeó su cuerpo con brazos protectores.
—Esta sensación es horrible.
—Haz lo que te digo. Te sentará bien. —La abrazó por un minuto, luego le dio un beso en los labios y se dirigió hacia la puerta—. No olvides llamar a mi suegra.
Hermione le hizo un gesto con la mano y él le sonrió antes de irse. Ella se quedó plantada en el sitio durante más tiempo del que le hubiera gustado. La sola idea de quitarse el pijama para vestirse ya le parecía la tarea más ardua del mundo. Difícil, sí, pero necesaria. Se tomó su tiempo para adecentarse y luego, sin apetito alguno, bajó al bar por las escaleras interiores.
—¡Hola! —saludó Cho desde el otro lado de la barra.
Ella intentó disimular su reciente sensibilidad a los gritos lo mejor que pudo. Se sentó en un taburete, no sin cierta dificultad, y suspiró profundamente antes de decir.
—Ponme una cerveza, por favor.
La hermana gemela de Julie la miró con extrañeza, pero enseguida tomó un vaso limpio y empezó a servirle cerveza de barril.
—¿No es un poco temprano para empezar a beber?
—Oh, yo no quiero. Draco me obliga. —Al percatarse de la cara de confusión de la chica, decidió explicarse mejor—. Dice que tengo resaca.
—¿Dice? ¿No la tienes?
—Sí, supongo que sí. —Se rindió—. Solo no quería reconocerlo.
—Bueno, en ese caso seguro que te viene bien —comentó, dejando el vaso frente a ella—. Todo el mundo sabe que lo mejor para combatir la resaca es la cerveza.
—Yo no lo sabía —susurró. Luego la tomó y le dio un pequeño sorbo. Con el ceño fruncido, se obligó a tragar el líquido que ya estaba en su boca. Detestaba el sabor de la cerveza, lo detestaba por encima de cualquier otra cosa en ese momento. Así que, siendo completamente consciente de que aquello solo era una excusa para no beberla, decidió llamar a su madre.
La línea solo sonó una vez.
—¡Hermione!
La chica cerró los ojos con un deje de culpabilidad. Había esperado ese tono en su voz, sobre todo después de las veinte llamadas perdidas de aquella mañana. Su madre podía haber cambiado en muchos aspectos, pero claramente todavía no aceptaba el desapego de su hija por aquel aparato.
—Estaba dormida —trató de explicarse con urgencia, pero su madre ya la estaba interrumpiendo.
—No hay excusas que valgan. ¿Y si hubiera sido algo importante? No sé, que creyera que tu padre está delirando al ponerse a limpiar la casa, por ejemplo.
Hermione se rió con ganas, pero los refunfuños de su madre al otro lado le hicieron recuperar la compostura.
—Tienes razón, lo siento —dijo con sinceridad, aunque manteniendo la sonrisa en los labios—. Si mi querido padre no está delirando, ¿entonces qué pasa?
—Te hemos comprado una cosa para tu graduación —respondió, claramente entre dientes—. Pero como ya eres independiente y no quieres nada con nadie…
La chica se llevó la mano libre a la boca para acallar la risa. A veces su madre podía resultar tierna en ciertas ocasiones. No pudo evitar encontrar evidentes similitudes con la conversación telefónica que había tenido con su abuelo la noche anterior.
—¿Quieres que me pase por allí? Así podrás dármelo, y de camino podríamos planear una mañana de tiendas. Todavía tengo que comprarme los zapatos.
—¿Una mañana de tiendas? ¡Una tarde, querrás decir!
—Lo reconozco, es la primera vez que se me hace tan tarde.
Su madre suspiró al otro lado de la línea.
—Tienes suerte de que te quiera tanto —respondió, su voz todavía severa—. Aquí te espero.
—Voy para allá.
Se terminó el resto de la cerveza de un largo trago, dejó el vaso en la barra con más fuerza de la necesaria y se despidió de Cho con un movimiento de mano.
Paso tras paso, sin poder evitar arrastrar los pies en algunos tramos, Hermione llegó a su destino. Conseguir hacerlo a la plataforma indicada era otra cosa. Pronto sería mediodía, y eso se reflejaba en la cantidad de personas tomando el metro en ese momento. Tener que sortear a la gente, soportar el ruido y aguantar empujones influyó en su humor más que de costumbre, pero increíblemente Hermione se sentía un poco mejor después de haberse tomado aquella cerveza. Deseó que aquella bebida mágica tuviera el poder de alejar a los bebés que lloraban de manera ensordecedora cerca de su oído, pero se resignó a su destino, agradecida de que al menos hubiera aliviado un poco su malestar.
Una eternidad más tarde, finalmente llegó a su parada. Después de tolerar con éxito el llanto desesperado de aquel infante podía sentir las venas de su cabeza latiendo con intensidad. Se bajó del vagón con alivio y resopló antes de seguir su camino.
La brisa de la calle le resultó extremadamente agradable, así que se centró en disfrutarla durante el paseo que había hasta llegar a la casa de sus padres.
En cuanto llamó a la puerta, su madre salió para darle un abrazo que ella recibió con gusto, pero luego la mantuvo firmemente agarrada mientras olisqueaba un poco cerca de su rostro. Hermione se quedó inmóvil ante aquel comportamiento tan extraño.
Edythe se separó de su hija solo para mirarla con ojos entrecerrados.
—¿Te huele la boca a cerveza?
Aquellas palabras provocaron que a su hija le diera un ataque de risa nerviosa, lo que solo consiguió un escrutinio más profundo por su parte.
—¿Qué? ¡No! —Hermione intentó cortar el contacto visual mirando hacia otro lado, pero eso solo logró que se encontrara con su famosa mirada inquisitiva cuando reunió el valor para volver a verla de reojo. La chica terminó rindiéndose, así que optó por encogerse de hombros y ser sincera—. De acuerdo, tú ganas. Anoche bebimos vino y hoy tengo resaca —dijo, intentando aguantarse la risa al ver la expresión horrorizada de su madre. Ella no se había conformado con la mentira, ahora no podía escandalizarse porque le contara la verdad—. Usualmente no bebo cerveza. No me gusta. Podría decirse que Draco prácticamente me ha obligado a tomarla, pero no le digas que te lo he dicho.
—¿Por qué te ha…?
—Porque supuestamente alivia la resaca. —Hermione intentó quitarle hierro al asunto cambiando de tema—. Bueno, ¿todavía me merezco ese regalo del que hablabas o ya te has arrepentido?
La mujer pareció sopesar su pregunta mientras la miraba con labios fruncidos. Luego pasó por su lado, cogió su bolso de la percha de la entrada y cerró la puerta de la casa. Volvió junto a su hija y dejó una pequeña caja alargada en sus manos.
—No, pero ábrelo antes de que lo haga.
Hermione le hizo caso a su madre y levantó la tapa sin demora. No pudo controlar la expresión en su rostro cuando vio de lo que se trataba. Miró a su madre con asombro, pero sus ojos pronto volaron de vuelta a aquellos largos y brillantes pendientes.
—Son preciosos —logró murmurar.
—Espero que le vayan bien al vestido, como no quieres decirnos cómo es… —Su madre le pellizcó la mejilla con cariño—. Es el regalo de graduación de tu padre y mío. Sabemos que no siempre hemos actuado bien, pero estamos orgullosos de la mujer en la que te has convertido a pesar de todo.
Hermione se abalanzó hacia ella antes incluso de dejarla terminar.
—Es un detalle, mamá. Muchas gracias.
—Está bien, está bien. Vamos.
Ambas se dirigieron al coche aparcado frente a la casa y se montaron en sus respectivos asientos, introduciendo Edythe la llave en el contacto y poniendo rumbo al centro de Londres.
Lo que inicialmente iba a ser un ratito de tiendas pronto se convirtió en todo un día fuera de casa. Después de encontrar los zapatos que llevaría en su graduación, su madre había insistido en invitarla a comer, luego a un café (que terminó de calmar el dolor de cabeza que le había traído la resaca), y después en pasarse por el cine solo "para ver la cartelera". Hermione debió haberse imaginado que aquella película de amor que anunciaban a bombo y platillo en todas partes llamaría la atención de su progenitora… pero parecía tan feliz pasando tiempo con ella que Hermione no tuvo corazón para negarle el capricho.
Compraron palomitas, un par de botellas de agua y entraron a la sala. La chica le mandó un mensaje a Draco para avisarle de que llegaría tarde a casa, y aprovechó para recordarle que revisara el comedero del gato. Luego silenció el teléfono, las luces se apagaron y la película empezó.
Al contrario de lo que había pensado al principio, el filme resultó ser una comedia romántica. Los protagonistas hicieron reír al público la mayor parte del tiempo, excepto en la parte en la que admitían estar locamente enamorados y se daban, por fin, el tan ansiado primer beso. Aquello logró remover sentimientos en el interior de Hermione. Draco y ella no se habían conocido en una competición de karaoke, él no había saltado de un acantilado por una apuesta ni le había preparado luego un batido con sal a modo de venganza, pero… ellos también habían hecho cosas muy locas. Se habían enamorado perdida e irrevocablemente de la noche a la mañana. Así, sin más. Y de repente, toda su vida había dado un vuelco cuando sus labios se encontraron por primera vez. Su primer beso, ese que les había regalado una fama momentánea que nunca pidieron, pero de la que jamás se olvidarían. Porque habían sido la pareja más admirada de internet, porque juntos habían hecho historia… y porque aunque su beso no había tenido guión alguno, no tenía nada que envidiarle al que estaba viendo en la gran pantalla.
Las palomitas se acabaron cuando una animada música empezó a sonar y los créditos fueron apareciendo. La gente esperó a que volvieran a encenderse las luces para ir saliendo.
—¿Te ha gustado la película? ¿A que al final no soy tan mala eligiendo? —le preguntó su madre al montarse en el coche.
—De acuerdo, lo admito. Ha estado bien.
—A mí me ha hecho pensar en vosotros.
—¿Te refieres a Draco y a mí?
La mujer arrancó el coche, pero antes de presionar el acelerador se volvió hacia su hija con un deje profundo en la mirada.
—Te está haciendo experimentar cosas nuevas —dijo con un suspiro. No era una pregunta.
—Bueno, no sé si quiero volver a repetir la experiencia de tener resaca, pero… sí, definitivamente hace mi vida más interesante.
Hubo unos segundos de silencio, luego ambas se echaron a reír a la vez.
Tal y como le había prometido, Hermione llamó a su abuelo mientras iban de camino al apartamento de Draco. Había puesto el manos libres para que su madre también participara de la conversación, así que, aunque al principio resultó algo tenso, finalmente fueron capaces de charlar con normalidad hasta que llegaron a su destino. Poco a poco todo volvía a su cauce, las cosas siempre terminaban arreglándose con el tiempo.
Su madre paró en doble fila y Hermione se dirigió al maletero para coger las bolsas de sus compras, pero después de varios intentos terminó asomándose por la ventanilla del conductor.
—No abre —le informó.
—Sí abre, solo que a veces se queda atascado.
Edythe salió del coche y corrió a la parte de atrás para intentar arreglarlo.
—¡Buenas noches, suegra! —Ambas mujeres miraron hacia arriba, encontrando a un rubio sonriente (y sin camiseta) asomado a la ventana del primer piso—. ¡Hoy me la has robado!
Su deje burlón logró sacarle una sonrisa a la mujer, quien decidió emplear un tono inusualmente bromista en ella para responder.
—Te recuerdo que yo soy su madre… ¡A ti te encontró en la calle!
—Toda la razón suegra, toda la razón —prosiguió él—. ¡Y mira que pusiste empeño en crearla, eh! Mis dieces, señora.
Un par de personas pasaron por allí en aquel momento, siendo testigos imprevistos de la extraña conversación que se estaba dando a gritos en aquel lugar. Ambos siguieron un poco más, pero una vez que el maletero se abrió, Hermione no dudó en salir corriendo de allí. Se despidió de su madre con la mano y se dispuso a entrar al portal del edificio.
—¡Te veo en la graduación, amor! —La escuchó decir a lo lejos.
Todavía algo abochornada, subió las escaleras y metió la llave en la cerradura, pero antes de que pudiera girarla, la puerta del apartamento se abrió de par en par. Draco estaba allí, con nada más que unos boxers cubriendo sus intimidades y mirándola con diversión. Estaba claramente orgulloso de haberla dejado estupefacta con la inesperada visión de su tonificado cuerpo.
—¿Qué haces así? —murmuró.
—Tenía calor —respondió, encogiéndose de hombros y colocándose bien el elástico en la cadera. Hermione arqueó una ceja.
—Ya, claro.
—¿Qué?
—Estás haciendo esto para provocarme —se quejó. Le mantuvo la mirada con intensidad para hacerle confesar. Él rió.
—Bueno, es posible que también sea por eso.
Un sonido de llaves se escuchó justo detrás de ellos. La vecina cuarentona y soltera de enfrente estaba a punto de salir de casa, lo que hizo que Hermione se lanzara contra el cuerpo casi desnudo de su novio para evitar malentendidos.
—¡Vamos, vamos, vamos! —le urgió, empujándolo con todas sus fuerzas y cerrando la puerta justo a tiempo. Una vez que estuvieron a salvo, la muchacha literalmente tiró las bolsas sobre el sofá antes de abalanzarse de nuevo sobre él—. A veces llegas a ser odioso, Draco Malfoy.
Él, claramente gustoso, la cogió en peso en cuanto ella dio un salto y rodeó su cintura con las piernas.
—¿Odioso, Hermie Granger? Pero si soy un cielo.
Ella, que había empezado a besar su cuello, puso los ojos en blanco un momento.
—Sí, odioso dije. No te importa lo más mínimo avergonzarme delante de cualquiera —respondió ella entre beso y beso—. Y no sé cómo lo haces, pero en el fondo me gusta.
—¿Y por eso me odias? —Se rió.
—Te odio y te deseo al mismo tiempo —confesó—. Y te lo advierto, esta noche no te vas a escapar.
—Espera, déjame comprobar que no estás ebria —se burló. Ella alcanzó su ropa interior y respondió metiendo una mano dentro. Le dedicó una mirada triunfal al, aquella vez, conseguir que fuera él el sorprendido—. Bueno, tampoco hace falta, ¿no?
La chica se rió con ganas mientras la llevaba a la habitación y cerraba la puerta tras él. La dejó en la cama con delicadeza y se inclinó sobre ella para desabrochar el botón de su pantalón. En cuestión de segundos, ambos estuvieron completamente desnudos bajo las sábanas. Hermione tomó la misma posición que la noche anterior, esta vez siendo plenamente correspondida.
Una armoniosa melodía empezó a sonar en sus oídos cuando se dejaron fundir en el deseo, convirtiéndose en uno solo. De alguna manera, la música seguía el ritmo que ambos marcaban con sus movimientos. Cada beso era un acorde diferente, cada caricia una armonía.
Envueltos en una espiral de placer que los llevaba un poquito más alto con cada roce, Draco y Hermione experimentaron juntos el clímax una vez más. Exhausta, se dejó caer a su lado mientras respiraba con dificultad.
—¿Alguna vez… tienes suficiente? —logró preguntar de manera entrecortada.
—¿Del sexo? —Ella asintió como buenamente pudo—. Bueno, es mi segunda cosa favorita en el mundo.
Hermione giró la cabeza para verlo, mechones despeinados cruzaban su rostro de lado a lado.
—¿Cuál es la primera?
—¿No es evidente? Tú.
La chica se rió de nuevo. ¿Cómo era posible que lograra enamorarla cada día más? Cuando pensaba que no podía quererlo más, siempre conseguía hacerle ver que estaba equivocada. Despejó su cara con las manos, se apoyó en uno de sus codos y se le quedó viendo, maravillada.
—¿Sabes? A veces me siento tan afortunada por tenerte que no puedo evitar preguntarme qué motivos podrían haber tenido otras antes que yo para… —Draco esperó pacientemente a que terminara—. Es decir, ¿quién podría dejarte ir? ¿Quién no lucharía por ti? ¡Mírate! ¡Eres el hombre perfecto!
—Me alegra de que lo pienses, intento serlo por ti… pero hubo un tiempo en el que no lo era —confesó con seriedad. Se pasó un brazo por detrás de la cabeza y suspiró—. Ya lo sabes, estaba enfadado con el mundo y me negaba a recibir afecto. El sexo era una cosa, pero los sentimientos eran otra muy distinta, y yo estaba cerrado a ellos. Por supuesto que hubo quienes quisieron luchar por mí, pero se alejaban en cuanto descubrían al monstruo que había en mí.
Hermione contuvo la respiración, acercándose más y posando la palma de su mano en su rostro. La deslizó hacia abajo en una suave y lenta caricia, y luego tomó su barbilla para hacerle mirarla.
—Tú no eres eso —le regañó.
—No, ahora no. Pero en mi juventud hice cosas horribles.
—Lo habías perdido todo, estabas asustado.
Hermione solo conseguía susurrar las palabras.
—Sí, y me he perdonado por eso. Hoy en día no me enorgullezco, pero no puedo cambiar el pasado —dijo, acariciándole el cabello—. Por supuesto, hubo una chica que se quedó en mis momentos más bajos, pero eso ya lo sabes.
—Sí, fue a la que más amaste.
—Fue a la única que amé —le corrigió—. Y luego llegaste tú. Apareciste en el momento perfecto y me hiciste sentir todo aquello otra vez. Creo que vi a mi yo del pasado reflejado en ti, en el miedo y la fragilidad que había en tu mirada.
—Y entonces tú me salvaste a mí —dijo, sonriéndole y dándole un tierno beso en los labios—. ¿Sabes qué? Anoche soñé con Luna.
—Oh. —Draco parecía aprobar el hecho de que, después de tantas noches, hubiera podido soñar algo que no fuera la recurrente pesadilla del juicio—. ¿Era un buen sueño?
—Nunca me había sentido tan en paz —respondió—. Y se sentía bastante real…
—¿De qué hablasteis?
—No dio tiempo a mucho, pero en el sueño me aseguraba que me esperaban cosas grandiosas en la vida. No sé por qué, pero tuve la sensación de que tú tendrías algo que ver con eso.
—No sé si tendré que ver, pero estaré a tu lado para verlo.
Hermione abrió los ojos. Era una nueva mañana, pero no una cualquiera. Finalmente había llegado el día de la graduación. Su gran día, por el que había luchado y se había esforzado durante todos esos años. Se frotó los párpados antes de estirarse. Lo había ansiado tanto que ahora no podía creer que estuviera a escasas horas de recibir su diploma.
—Buenos días, futura licenciada —dijo Draco con orgullo, entrando en la habitación con una bandeja en las manos.
Sorprendida, Hermione se incorporó y dejó que la pusiera sobre sus piernas. Observó el desayuno tan delicioso que le había preparado. Jugo de naranja recién exprimido, unas tortitas con sirope y un bol con frutos rojos. También había algunos caramelos dispersos por la bandeja.
—Vaya… ¿Desde cuándo sabes cocinar?
—Desde nunca —bromeó—. Pruébalo, seguro que sabe horrible.
Hermione se rió con ganas.
—No importa lo que digas, tiene un aspecto estupendo. —Tomó los cubiertos, cortó un trozo de tortita y se la llevó a la boca después de mojarla en el sirope. Cerró los ojos mientras masticaba—. Está delicioso.
—Entonces ha merecido la pena madrugar.
—¿Cuánto tiempo llevas en la cocina?
—Dos horas —confesó, riendo—. ¿Crees que esa ha sido la primera tanda? Este desayuno ha sido cocinado a prueba y error.
—Ya me estoy imaginando el cubo de la basura…
—Me he comido las primeras… estaban asquerosas.
Hermione sonrió, siguiendo con su desayuno mientras Draco se vestía.
—¿Vas a alguna parte? —quiso saber.
—Sí, tengo que hacer algo.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No, no te preocupes —respondió él, abotonándose una de sus camisas más elegantes.
—No tengo nada que hacer, no me importaría acompañarte —insistió ella.
—No es eso, es que no puedes venir.
Hermione dejó de sorber su zumo para mirarlo con ojos entrecerrados.
—¿Y eso por qué? —Él se encogió de hombros para evitar responder—. ¿Vas en traje de chaqueta?
—Es que no sé si me dará tiempo a volver a casa para cambiarme, y como no quiero llegar tarde a tu graduación… prefiero irme ya vestido.
—¿Entonces no vienes a comer?
—No, imposible.
—Está… bien, supongo —respondió ella, siguiendo con su zumo mientras lo miraba por el rabillo del ojo.
Draco se ajustó la corbata antes de girarse.
—¿Cómo estoy?
—Atentando contra la salud pública.
Parecía confuso cuando respondió.
—¿Qué?
Hermione le lanzó una mirada un tanto pervertida.
—Vas a provocar desmayos en cuanto salgas por la puerta —explicó, totalmente convencida de que así sería realmente—. ¿Hay muchas mujeres a donde vas?
—¡Ah, es eso! ¿Mujeres? Un montón —respondió mientras se colaba los mocasines. Cuando levantó la cabeza, se topó con el severo semblante de Hermione—. ¡Es broma! Tú no te preocupes por nada, hoy es tu día. Haz algo con tus amigas, divertíos antes de la ceremonia. —Se inclinó hacia ella, plantándole un beso gigante en la frente—. Y ni se te ocurra graduarte antes de que llegue, ¿de acuerdo?
Ella le dio un manotazo en el hombro y lo vio alejarse, dejándola con la única compañía del gato al salir por la puerta del apartamento a toda prisa.
Hermione había decidido hacer algo de limpieza mientras esperaba a que pasaran las horas y llegara el momento de partir. Había puesto música y había bailado un poco mientras quitaba el polvo, fregaba el suelo y ordenaba algunos armarios, cosa que le había llevado más tiempo del esperado. Después de la faena se había dado una larga ducha y ahora se disponía a prepararse algo de comer.
El gato había empezado a rozarse por sus piernas cuando sonó el timbre de la puerta. Hermione sorteó al animal y fue a atenderla de inmediato.
—Alex, hola —saludó al ver de quién se trataba—. Draco no está.
—En realidad venía a verte a ti —respondió él.
—Oh… Claro, pasa.
—Gracias.
Hermione volvió sobre sus pasos y empezó a apartarse la comida en un plato.
—¿Quieres? Es ensalada de pasta —le ofreció—. Se suponía que hoy comía sola, pero ya sabes… nadie ha conseguido nunca calcular la proporción exacta a la hora de cocinar pasta. Me temo que he hecho para una semana.
El chico se acercó a donde estaba, olisqueando un poco la comida.
—No me había dado cuenta de que era tan tarde —se excusó—. Tendría que irme en transporte público y la verdad es que no tengo nada preparado en casa… ¿No te importa?
Ella le dio un codazo amistoso en las costillas.
—No seas tonto, claro que no.
Hermione sirvió un plato más y ambos se sentaron a la mesa del salón. Cuando los dos vasos estuvieron llenos de agua, dejó la jarra a un lado y lo miró con curiosidad.
»Bueno, ¿a qué debo tu visita?
—Pues…
—No, espera —lo interrumpió—. Antes de que empieces quiero hacerte una pregunta…
—Claro, dime.
El fuerte escrutinio de Hermione no pasó desapercibido por el chico, quien se movió incómodo en su silla.
—Sabes a dónde ha ido Draco, ¿verdad?
—¿Qué?
—Vamos, has dicho que usarías el transporte público para irte a casa, y eso solo puede significar que le has dejado tu coche para algo. Ahora, confiesa.
La presión a la que lo estaba sometiendo con la mirada no ayudaba en nada a la timidez innata del muchacho, que clavó la vista en su comida y se mantuvo en silencio unos segundos.
—No puedo decírtelo.
—Oh, vamos.
—Si se entera de que te he arruinado la sorpresa… —alegó, tratando de convencerla—. Me mata.
—Así que es una sorpresa…
—¡Sí! Esto… ¡No!
Después de insistir un puñado de veces más, Hermione terminó rindiéndose. Bufó por lo bajo, removiendo sus macarrones.
—Está bien, ¿qué necesitas?
El entusiasmo en las chicas era palpable, desde la manera en que bailaban desinhibidas alrededor de la habitación hasta la forma en que buscaban cualquier excusa para reír a carcajadas y al unísono.
—¿Os lo podéis creer? ¡Vamos a graduarnos! —exclamó Ginny, sujetando su elegante vestido negro sobre su cuerpo y bailando con él frente al espejo. Hermione se limitaba a dar vueltas y vueltas sobre la silla de estudio.
—Lo sé, parece increíble —respondió Julie mientras se pasaba la plancha por el pelo. De repente parecía algo distraída—. Chicas, ¿creéis que Alex ha podido olvidarse? ¡No me ha llamado en todo el día! Y tampoco responde a mis llamadas —se quejó.
Una nueva canción empezó a sonar en el momento en el que Hermione casi pierde el equilibrio, teniendo que sujetarse al extremo del escritorio. Intentó fingir una expresión extrañada, pero apenas lograba disimular su entusiasmo por lo que le esperaba a su amiga aquella misma noche, y de lo que era total y absolutamente ignorante.
—No lo sé, no creo. Draco también ha estado raro hoy, se fue por la mañana y todavía no ha vuelto. No quiso decirme a dónde iba… Supongo que será cosas de los chicos Malfoy —dijo, percatándose de que había encendido la pantalla del ordenador al mover el ratón del escritorio sin querer. Un documento Word apareció ante sus ojos, llamando su atención casi de inmediato. Supo que se trataba del libro que Julie estaba escribiendo sobre ella porque distinguió la palabra "tatuajes" entre las líneas. La chica apareció a su lado a la velocidad del rayo, y sin darle más tiempo para leer, bajó la pantalla de su portátil con disimulo.
—Pues Cedric ha aparecido hoy en la puerta de mi casa con un ramo de flores —intervino Ginny, que no se había dado cuenta de nada—. Lo gracioso es que abrió mi padre. Conociendo como es mi hermoso y para nada ordinario novio… os podéis hacer una idea de la situación.
Las chicas bromearon un poco más antes de terminar de arreglarse. Había coleteros y horquillas tirados por el suelo, un bote de laca rodando por el suelo y un montón de artículos de maquillaje esparcido por todas partes. Hermione simplemente había dejado que Julie la peinara mientras Ginny se encargaba de su rostro. Le había pedido expresamente que el maquillaje fuera lo más sutil posible… y ahora que se miraba al espejo se preguntaba si la culpa de aquello era de su amiga por no atender su petición o de ella misma por esperar que lo hiciera. Había sombras de diferentes tonalidades de marrón en sus párpados, sus cejas estaban perfectamente perfiladas y sus pestañas parecían más largas que nunca. Además, había marcado sus pómulos y pintado sus labios de un color parecido al de sus ojos. Estuvo tentada a quejarse al principio, pero luego, mirándose mejor… tampoco estaba tan mal. En realidad estaba guapísima. El maravilloso y complejo recogido que le había hecho Julie le daba un toque romántico que nunca hubiera imaginado. Varios mechones escapaban y acariciaban la piel de sus hombros desnudos. Tuvo que contener el aliento al darse cuenta del resultado final. Los pendientes que le había regalado su madre conjuntaban con el vestido, que era beis, sin mangas y acampanado, y la fina tela brillaba con miles de lentejuelas sobre su cuerpo. Era… perfecto. Ni siquiera le importaba que el escote fuera un poco más pronunciado de lo que acostumbraba.
No podía esperar a tener a Draco delante. Estaba realmente impaciente por ver su reacción aquella tarde.
—Deja de mirarte, estás hermosa —le reprendió Julie con cariño.
La chica se volvió para admirar a sus amigas. El vestido de Ginny era de un azul eléctrico que resaltaba su cabellera y caía recto por su cuerpo. El de Julie, dorado con detalles en negro.
Por más que lo intentaba no lograba encontrar palabras que describieran mejor la manera en la que se sentía en ese momento, así que simplemente dejó escapar un "wow". Aquella misma situación se repitió con los padres de Julie, quienes se quedaron embelesados viéndolas bajar las escaleras. Su gemela también estaba abajo, acompañada de su novio. Ambas hermanas se acercaron para tomarse de las manos y compartir un momento que se sintió especial y personal. Nadie se atrevió a interrumpirlas, ni siquiera sus padres.
Había humedad en sus ojos cuando, finalmente, se volvió hacia sus amigas.
—Bueno, ¡hora de irse!
Los alrededores del lugar en el que se celebraría la graduación ya estaban atestados de gente. Fuera del tumulto, Hermione divisó a sus padres charlando con los de Ginny, por lo que todas se dirigieron allí para saludar. En cuanto las vieron aparecer ondeando sus vestidos parecieron quedar estupefactos. Hermione había esperado una reacción similar, pero lo que no había previsto era la súbita emoción de su madre. La mujer se le había acercado, había rozado los pendientes que llevaba con las yemas de sus dedos y luego la había separado un poco para verla mejor. Hermione la había abrazado para evitar ver sus lágrimas.
—Vamos mamá, no llores aquí —le pidió, intentando no emocionarse también.
—No puedo evitarlo, estás preciosa.
Los señores Chang llegaron justo para presentarse y las tres familias coincidieron en lo hermosas que se veían sus hijas en el que sería uno de los días más importantes de su vida. Cedric se les unió poco después, pero Julie y Hermione no paraban de mirar alrededor para intentar divisar a sus respectivos novios. El padre de esta última se dio cuenta de ello.
—¿Draco no viene? —le preguntó disimuladamente.
—Sí, claro que sí —se apresuró a responder—. Tenía cosas que hacer. Creo que solo llega tarde.
Los alumnos fueron llamados desde el interior del edificio y todos empezaron a acudir tras despedirse de sus familiares, a quienes verían más tarde en el salón de actos, cuando iniciara la ceremonia.
Hermione y sus amigas fueron las últimas en entrar, pero las primeras en conseguir que todos los allí presentes se giraran para mirarlas. La mayoría de las personas le eran completos desconocidos, aunque podía recordar algún que otro nombre… Harry, Blaise, Lavender… pocos más. Hacía tanto tiempo que ni siquiera cruzaba una palabra con ellos que le resultó irónico que un día hubiera deseado tanto conseguir un poco de su atención. Ya no era la misma de antes, había madurado, y lo sabía porque ahora no estaba dispuesta a rogarle interés a nadie. Ahora caminaba con la cabeza alta, ahora eran los demás los que tendrían que ganarse su respeto y confianza. Divisó cómo las hermanas Patil hacían un mohín simultáneamente al verla entre la gente. Ella les respondió con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndolas enrojecer de ira y provocando que volvieran a girarse para perderla de vista.
Las chicas y Cedric se despidieron cuando la profesora encargada del evento les pidió que se colocaran en orden según sus nombres y apellidos. Llevar a cabo aquella simple tarea les costó cerca de una hora. Había gente que llegaba tarde, otros muchos que no dejaban de cambiarse de sitio y unos cuantos en paradero desconocido.
No fue fácil, pero después de varios intentos lograron conseguirlo. Y llegó la hora de la verdad.
La fila empezó a moverse y Hermione experimentó una pequeña taquicardia al ser consciente de lo que estaba haciendo. Se arremangó el vestido y trató de no matarse con los tacones al bajar los escalones de la sala para llegar a su asiento. Una vez ahí, se giró hacia la parte reservada para amigos y familiares. Le costó unos minutos, pero finalmente encontró a sus padres en la multitud. La saludaban con la mano mientras intentaban hacer fotos con sus móviles, no sin cierta dificultad.
Alguien dio unos toquecitos en el micrófono y la ceremonia comenzó. Intentó poner atención a lo que decía la Decana en esos momentos, pero estaba segura que no era más que el mismo discurso aburrido y anticuado que repetía año tras año, promoción tras promoción.
Su mente voló hacia otras cosas cuando la mujer dio la palabra a los profesores que querían intervenir. Si bien era cierto que llevaba un lustro esperando aquel momento, no podía negar que era un acto bastante aburrido.
Volvió a echar un vistazo al público cuando, una eternidad después, empezaron a llamar a los alumnos para que subieran al estrado.
Nada, ni rastro de él.
Julie fue de las primeras en subir, recoger su diploma y posar para la foto. Trató de prestar atención, pero el hecho de que Draco no diera señales de vida solo provocaba que quisiera echarse a llorar. Ni siquiera fue consciente de cuando fue el turno de Cedric.
Otra ojeada.
No podía creer que estuviera a punto de perderse uno de los momentos más importantes de su vida. No había forma de que no se sintiera defraudada, dolida.
Se nombraron los apellidos de la última fila de alumnos antes que ella. Ansiosa, casi angustiada, se giró de nuevo para buscarlo con la mirada. Contuvo el aliento al distinguir una cabellera rubia entre la gente, pero después de enfocar mejor los ojos, se dio cuenta de que solo se trataba de su primo.
—Anna Gabrielson, Pete Garrod, Christina Gibbs, Hermione Granger y Thomas Green —recitó la Decana, llamándolos al estrado antes de que una lluvia de aplausos inundaran el lugar.
Hermione se levantó de su asiento con desgana, esperando a que pasaran los que iban antes que ella para poder avanzar. Era consciente de que había un atisbo de tristeza en el brillo de sus ojos, que habían perdido por completo esa emoción y alegría de la que rebosaban unas horas antes. Se dispuso a subir los cinco escalones hacia la tarima casi con parsimonia, pero antes de que pudiera llegar arriba, el sonido de una puerta cerrándose con un golpe sordo inundó la sala. La ceremonia se interrumpió durante un instante cuando todos se volvieron en sus asientos para ver quién era el que, no solo había llegado tarde al evento, sino que se había molestado en hacérselo saber a todo el mundo.
Habiendo cambiado la chupa de cuero por una elegante chaqueta, Draco se la iba ajustando al cuerpo a medida que se dejaba ver entre la gente. Ajeno a haberse convertido en el centro de atención de todos los presentes (especialmente de las mujeres), la buscó con la mirada hasta encontrarla. Pareció aliviado de llegar justo a tiempo.
Un segundo hombre, que definitivamente caminaba mucho más lento que el primero, llegó con dificultad al lado de su novio, quien le señaló en su dirección para que pudiera ver dónde estaba. Hermione no se dio cuenta de que se trataba de su abuelo hasta que este no la saludó con la mano y le lanzó un beso en la distancia. La chica necesitó tomar aire para asimilarlo. Sus ojos volvieron a humedecerse, pero esta vez de alegría.
No se lo había preguntado, pero eso era exactamente lo que quería por su graduación.
Un carraspeo entre la multitud regresó a todos los presentes a la realidad, así que, retomando la firmeza inicial en sus pasos, caminó sobre el estrado con más decisión que nunca. Los nervios habían pasado en un abrir y cerrar de ojos, ahora ni siquiera le importaba que hubiera cientos de personas mirando sus movimientos. Recibió su diploma con una sonrisa, se inclinó un poco para que le pusieran la esclavina de graduación sobre los hombros y se giró hacia la cámara con determinación. El flash la hizo parpadear. Jamás se había sentido más realizada, consigo misma y con su trabajo, pero aquel sentimiento se multiplicaba por mil al saber que todas las personas a las que amaba estaban presentes en ese momento.
Ginny fue la última alumna en recibir el papel que la acreditaba como contable, y justo después todo el mundo empezó a aplaudir una última vez y a salir de la sala. Ya estaba, su anhelado acto de graduación acababa de terminar.
Draco la estaba esperando fuera, cerca de la puerta principal. Al verlo, Hermione echó a correr hacia él, y sin miedo a caer, se lanzó a sus brazos como si la última vez de haber sentido su tacto hubiera sido una eternidad atrás. Él la recibió con los brazos abiertos, rodeando su cintura tras el impacto y levantándola del suelo para darle un par de vueltas en el sitio. Ella seguía enganchada a su cuello cuando él le susurró al oído:
—Te dije que estaría a tiempo.
—¿Cómo lo supiste? —le preguntó, apenas con un hilo de voz.
—Escuché lo que hablasteis ese día. Te dolía el hecho de que tu abuelo no pudiera venir a tu graduación —le explicó, luego se separó un poco para verla a los ojos—. Y yo odio verte sufrir.
—Pero…
—Te robé el número y lo llamé. —Se encogió de hombros—. Le pregunté si sería más cómodo para él que fuera a recogerlo y me aseguró que de esa forma sí vendría. Simplemente hice lo que tenía que hacer. Por cierto, estás preciosa.
Hermione se mordió un labio sin ni siquiera intentar disimularlo. Era consciente de las miradas indiscretas de las personas que tenían alrededor, pero no podía hacer nada con la manera en que la hacía sentir.
—¿Podemos saltarnos la parte de la fiesta y volver a casa ya? —musitó.
Él arqueó una ceja.
—De eso nada, uno no se gradúa todos los días —le recordó—. Además, tienes que ayudar a Alex con… ya sabes, con eso.
Hermione se dio una palmada en la frente. ¿Cómo podía hacerle perder la noción del tiempo y la realidad con su sola presencia?
—Espera… ¿Tú lo sabes?
—¡Cielo! —La átona voz de su abuelo interrumpió la conversación, haciendo que su nieta se separara de Draco para correr a su encuentro—. Pero mira qué guapa estás. ¡Qué orgullo de nieta! ¡Graduada!
—Creí que no vendrías —le dijo con alegría después de recibir su abrazo.
—Ese novio tuyo me lo puso fácil. —Se rió, contagiándole la risa al instante. Después de ese momento, la chica hizo un mohín.
—Me gustaría quedarme contigo. —Se quejó, viendo cómo todos los demás iban yéndose al local que les proporcionaba la universidad para festejar.
Sus padres llegaron en ese momento.
—Tu abuelo va a quedarse en casa unos días, cielo —le comentó su madre, que ya parecía haber dejado todo claro con el hombre—. Mañana organizaremos una merienda para que podamos pasar tiempo juntos, en familia. Hoy tienes que ir a esa fiesta con tus amigas.
A Hermione todavía le sorprendía un poco que su madre la alentara a salir por la noche, pero lo cierto era que muchas cosas habían cambiado desde que Draco había aparecido en su vida. Muchas más de las que era capaz de contar.
Después de negarse un poco más a separarse de su abuelo, terminó aceptando el trato que le proponía su madre; fiesta hoy y merienda familiar mañana. Al fin y al cabo ya le había dado su palabra a Alex.
Cuando quisieron darse cuenta, la facultad ya estaba medio vacía. Todos los amigos y familiares de los graduados se habían marchado y tan solo quedaban unos cuantos rezagados, como ellos. Hermione y Draco se habían sentado en uno de los bancos del pasillo, conscientes de que sus amigos los esperaban al otro lado, pero sin que aquello les preocupara demasiado. Después de todo el estrés y la tensión de aquel día, la chica había necesitado unos minutos a solas para tomarle de la mano y apoyar la cabeza en su hombro. Pensarlo era doloroso, pero por un momento había creído que toda su relación se había basado en una mentira, una alucinación, que él nunca aparecería entre la gente… que ni siquiera le importaba.
—Siento haber dudado de ti —se disculpó.
—Está bien, eso no importa ahora —susurró él, dándole un beso en la frente a modo de conclusión—. ¿Nos vamos?
—Sí, deberíamos.
—¿Señorita Granger? ¿Es usted? ¡Espere, no se vaya!
La chica se giró, entrecerrando un poco los ojos para distinguir al hombre que parecía conocerla.
—Necesitas gafas —bomeó Draco a su lado—. Deberías ir al oculista.
Ella se rió, pero quedó absolutamente sorprendida cuando finalmente vio de quién se trataba.
—No puedo creerlo —murmuró. ¿Era su profesor de estadística? ¡Sí, lo era! Tiró de Draco para acudir a su encuentro, tendiéndole la mano cuando lo tuvo enfrente y asintiendo con la cabeza hacia la mujer que había a su lado—. ¡Profesor Coop! Supe que estuvo enfermo, ¿cómo se encuentra?
—Algo mejor, querida, algo mejor. Aunque mucho me temo que, por recomendación del médico, no volveré a dar clases. Solo he venido para presenciar la última graduación y despedirme de mis compañeros de profesión. —Tosió un poco, volviéndose hacia la mujer que esperaba a su lado con una sonrisa—. Oh, qué modales los míos. Señorita Granger, le presento a la señora Finns. Leticia, ella es la chica de la que te hablé.
El gran interrogante que se dibujó en el rostro de la chica hizo que la mujer se dispusiera a aclarar la situación.
—Encantada de conocerte, Hermione —dijo con voz suave, estrechando su mano—. Soy Leticia, la nuera de tu profesor. Trabajo como directora de Recursos Humanos en una editorial. He escuchado que eres muy buena en la rama de la estadística, y precisamente, debido a una baja, necesitamos a alguien en el departamento de contabilidad que tenga nociones y sepa manejar programas estadísticos. Por un casual… ¿Estás buscando trabajo? Puedo hacerte una entrevista este mismo lunes, siempre y cuando estés disponible.
—¿Es en serio? —preguntó ella, perpleja.
—Claro. Mi suegro siempre te nombra cuando le preguntan cuál es su alumno favorito. Ya hasta siento que te conozco.
Draco le pellizcó el trasero disimuladamente para hacerla salir de su ensimismamiento.
—Oh, claro, por supuesto —balbuceó—. Quiero decir, estaría encantada de hacer esa entrevista.
—Estupendo, entonces nos vemos el lunes. ¿Tienes su correo electrónico? —le preguntó al hombre mayor.
—Claro, solo tendría que hojear unos papeles.
—Vale, gracias. Te mandaré un mail con la dirección y la hora, ¿te parece bien?
—Me parece perfecto.
Cuando aquellas personas se despidieron y se alejaron de ellos, Hermione necesitó un minuto para calmarse. Draco la abrazó por detrás, rodeando su cintura con los brazos y presionando los labios sobre su coronilla.
Siempre que él estaba cerca le pasaban cosas buenas.
Supo de inmediato que aquella era el final de una etapa, el inicio de otra nueva.
NA: ¡Muchas pensasteis mal de Draco en mi post de Facebook! ¿De verdad lo creíais capaz de irse con Astoria el día de su graduación? ¿AL BUENAZO DE DRACO? Habrá giros argumentales en lo que queda de historia, pero no van por ahí los tiros xD
¿Y qué pensáis que se trae Alex entre manos? Estoy segura de que eso no lo va a adivinar NA-DIE! *risa malvada*
¿Me dejas un review por el esfuerzo? D:
Cristy.
