Resumen: Un tema desconocido y tan humano que sólo Dib puede ayudar.


El tema había pasado a segundo plano y la rutina de ambos regresó, a pesar de que había algo extraño en el aura del irken, como si Zim no pudieran soportar al humano por largos periodos de tiempo, sus discusiones seguían latentes. Dentro de sus interacciones, existía esa necesidad implícita, una en la que tenían que llamar la atención mutua de forma obligatoria, pero eso no era más que la típica dependencia que los forzaba a convivir el uno con el otro.

Después de que Zim se marchó ese día en la fábrica, Dib pensó que las cosas serían más complicadas desde ese punto en adelante. Y aunque Zim si se encerró en su propio mundo durante varios días, no tardó mucho en regresar a poner en acción sus malévolos planes de conquista una vez más. De alguna forma, parecía que Zim quería regresar a los tiempos de antes, a los tiempos en los que ambos se odiaban con claridad, donde no había esa extraña atmósfera, una que se encontraba debajo de capas de discusiones sin sentido y luchas por la victoria. Cada uno con su propósito individual, la destrucción de la Tierra para Zim y la salvación de ésta para Dib.

Múltiples oportunidades e intentos por parte de Dib para volver a traer el tema que aquejaba al irken de nuevo a flote eran en vano, cada vez que lo hacía, la actitud del irken cambiaba abruptamente hasta llegar a dos reacciones. En la primera se alejaba e ignoraba por horas y días, en cambio la segunda, aunque menos frecuente, era gritar furioso que no era su incumbencia.

Poco a poco Zim se perdía cada vez más entre ambos extremos, siendo el indiferente y frío cada vez más constante, casi fusionándose con su personalidad, lo que incrementaba la inquietud del joven Membrana. Era como si Zim simplemente reaccionará por hábito más que por que por otra cosa.

Y ahora yacía ahí, en la base de Zim una vez más, intentando obtener una respuesta sobre el comportamiento del alíen. En cuanto vio que el irken cerraba sus manos en puños y su expresión reflejaba ira, supo que había caído en la segunda categoría. Sin embargo, a diferencia de las otras veces en las que se mantenía alejado, Zim marchó hasta quedar frente suyo. Dib se vio obligado a bajar la vista debido a la diferencia de estatura, pero seguía siendo completamente intimidante.

—¡BASTA! ¡No necesito tu insignificante y gigantesca cabeza metida en mis asuntos, inmunda larva humana!—exclamó furioso al mismo tiempo que golpeaba con una garra el pecho del humano.

Dib sonrió nervioso e intentó retroceder con un gesto de paz, tal vez ahora sí había colmado la paciencia de Zim después de todo. No obstante, el pequeño irken avanzó al mismo tiempo, al parecer no lo dejaría escapar—. ¡Siempre con lo mismo, una y otra vez! ¡¿No te ha quedado claro que Zim no necesita ni quiere tu ayuda?! ¡Simplemente eres un humano debilucho y molesto que quiere aprovecharse de cualquier información para usarla en mi contra!

El discurso del irken incrementaba de volumen conforme hablaba, tanto que podía asegurar que las personas a un kilómetro podían escucharlos. Mientras tanto Dib intentaba calmar las cosas, de nuevo. ¿Cómo decirle a esa lagartija que sus intenciones no eran esas? De hecho, ni siquiera él mismo sabía a dónde exactamente quería llegar con sus propias y opuestas acciones.

—No es eso, Zim. Yo sólo...

¿Yo sólo que? Se preguntó a sí mismo en sus pensamientos. ¿En verdad le importaba su rival o había algún plan que desconocía de sí mismo? Tragó saliva, sin saber la respuesta, o quizá no quería saberla.

—¡¿Tú qué, sucio humano?! ¡Responde!—gritó Zim perdiendo su última gota de paciencia, la cual era un milagro contando que Dib estuvo insistiendo por tanto tiempo.

El más alto se quedó en silencio incapaz de responder, pues su mente se distrajo más en ver los detalles del rostro de Zim. Se dio cuenta de lo pálida que estaba la piel del alíen, de que sus orbes color magenta llenos de misterios y una gran pasión por cumplir su meta, ahora carecían de brillo, más bien parecían opacas, aún si reflejaran molestia y algo que no pudo reconocer.

En pocas palabras y si pudiera describirlo, Zim lucía exhausto. Pero eso no tenía sentido, ¿verdad? Los alíens no descansaban, de hecho si mal no recordaba, Zim le había mencionado que los irkens no necesitaban dormir, pero cómo era que él lucía tan desgastado y... triste. El rostro de Dib se transformó en asombro al darse cuenta de una verdad que estuvo ahí todo el tiempo al mismo que una pregunta apareció en su mente, ¿los irkens podían sentir tal complicada emoción?

—Estás triste...—murmuró, diciendo su monólogo interior en voz alta. Al darse cuenta, ambos abrieron los ojos ligeramente sorprendidos y Dib cubrió su boca. Zim no se movió para adelante, sino que retrocedió lentamente conmocionado soltandolo en el proceso. Ninguno esperaba eso. Hubo una larga pausa en la que Dib temió romper el silencio, pero al final tomó el valor para llamar a su rival—. ¿Zim? ¿Estás bien?

El alíen no se había movido ni un centímetro sino que veía a la nada, perdido en sus pensamientos. Dib miró a su alrededor nervioso, no sabía qué hacer. Si se acercaba al irken, éste podría pensar que estaba aprovechando su momento de debilidad o alguna paranoia por el estilo, pero si se iba no podría estar tranquilo dejándolo de ese modo. Una sensación fría y de terror se acrecentó en su estómago al imaginar a Zim solo en esa base lidiando con esas lúgubres emociones, si es que las tenía.

Finalmente y de forma inesperada, Zim habló—. No, Zim no está triste.

Pero más que una respuesta, era como si intentara convencerse a sí mismo. Probablemente era inconcebible que se sintiera de esa forma. El pecho de Dib se contrajo cuando se dio cuenta de que tenía razón. Zim estaba triste y lo peor era que el alíen no sabía que era en primer lugar, mucho menos sabía cómo lidiar con ello.

—Zim, estar triste es una emoción completamente normal—comenzó a explicar, lo cual atrajo la atención del más bajo—. A veces pasan cosas que nos afectan de forma negativa y nos hacen sentir mal de alguna forma. Ahora, no sé qué es lo que ha ocurrido para que estés así, pero si lo hablas quizá podamos solucionar y regresar a los tiempos de antes, ¿qué te parece?—sonrió alentando al irken a hablar.

Aunque la respuesta que esperaba era que el otro gritara, Zim parecía razonar sus palabras, eso era impresionante para Dib pues él nunca había hecho eso antes. Sí, era cierto Zim se comportaba de esa manera tan errática y extraña desde hace meses, pero esa respuesta era nueva, como si a través de sus acciones quisiera decir el tema que lo estaba carcomiendo en el interior, al final cada comportamiento, era evidencia de que no sabía cómo reaccionar. Ahora que lo pensaba con más detenimiento, eso explicaría los cambios de humor, los silencios, las evasivas y el vacío en sus ojos.

Zim alzó la vista y le lanzó una mirada ligeramente desconfiada, dispuesto a aceptar las palabras intentando parecer indiferente.

—Y dime, Dib-cosa, ¿cómo solucionar esa cosa de " triste"?

La pregunta fue repentina, pero tenía sentido que Zim quisiera saber más. Por alguna razón, Dib encontró ese gesto interesante y lo hizo sonreír ligeramente. Zim siempre fingía lucir desinteresado en muchas cosas, pero era muy curioso.

—Bueno, Zim, estar triste es cuando los humanos experiencia un situación que no sabemos cómo afrontar. Aunque supongo que tu tienes alguna clase de depresión debido a ha durado más tiempo y afecta demasiado tu comportamiento y tu estado de ánimo-

—¿Tienes la cura?

—¿Qué? ¿Cura?—Dib se detuvo a pensar. Zim pensaba que la tristeza era una enfermedad—. No, Zim, no hay algo así como una cura mágica en sí que te haga sentir mejor de inmediato, muchas veces simplemente la experimentas, la comprendes y la dejas ir. Es en general una sensación temporal. Aunque tiene que ver con algunos procesos quimicos tambien...

—¿La dejas ir?—interrumpió Zim, su tono delataba su interés latente.

Dib asintió—. Así es, una vez que comprendes la causa y la enfrentas, entonces decides que puedes avanzar.

—¿Y si esa "situación" de la que hablas es algo que está fuera de tu control?—Zim parecía calmado a pesar de hablar con un tono molesto, casi como si le costara encontrar las palabras exactas para describir lo que sentía. Dib lo observó curioso de ver tal reacción, casi parecían un par de amigos normales conversando. Y eso, en parte, era inquietante.

—Muchas cosas que pasan estarán siempre fuera de nuestro control—. Y antes de que Zim pudiera hablar, Dib continuó su explicación—. Así funciona la vida, pero somos nosotros los que deciden cómo reaccionar, supongo que esa es la clave para enfrentar a la tristeza. Digamos que tampoco soy muy bueno con esa clase de emociones—confesó ligeramente nervioso sobándose la nuca—. Lo mejor que podrías hacer es intentar comprender la causa en primer lugar y aceptarla, aunque esto es algo difícil para cualquiera. Pero oye, siempre puedes hacer algo que te gusta para distraerte—sonrió más confiado ahora que el alíen estaba poniendo atención. Eso en parte le hacía sentirse importante, era la primera vez que alguien lo escuchaba atentamente.

Ambos volvieron a quedarse en silencio, Dib observando a Zim y el alíen analizaba esas palabras.

—¿Que haces para distraerte, Dib?—preguntó cauteloso el irken. Dib reflexionó unos momentos antes encorvarse de hombros. Fue un instante después que una idea llegó a su mente, estiró rápidamente su brazo y tomó la muñeca del invasor comenzando a emprender camino.

—Acompañame.

De repente, el alíen jalo su extremidad para soltarse del agarre y miró molesto al humano.

—¡¿Qué haces, Dib-larva?! ¡Acaso esta es otra de tus trampas?!

—No, no, Zim. Es sólo que... —suspiró buscando calmar al alíen, pero se mantuvo firme y no reveló la sorpresa—. No puedo decirte, pero no es una trampa te lo aseguro.

Esas palabras incluso sonaban extrañas para él, pero no le importó, estaba determinado a llevarse al alíen para hacer que se distrajera de esa tristeza.

El irken lo miró desconfiado, pero al final al no ver alguna amenaza obvia, aceptó seguirlo, sólo si se mantenía a distancia, no sin antes sacar las lentillas de su PAK poniendoselas y entró rápidamente por su peluca antes de volver a salir.

—Bien, pero en cuanto vea que es una trampa. Te destruiré sin dudar, ¿entiendes, Dib-cosa?

—Sí, sí— respondió Dib haciendo un gesto desdeñoso con la mano, acostumbrado a las amenazas, y retomó el camino. Aun así, en el fondo una parte de él se cuestionó qué es lo que estaba haciendo, mientras otra se sentía aliviado de que por fin había recibido una respuesta positiva del irken, al menos ahora sabía que es lo que ocurría con su enemigo, y eso era un comienzo.